Una Mujer bajo la Influencia [A Woman under the Influence] (1974) de John Cassavetes

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Mabel Longhetti es una mujer casada y con tres hijos que tiene un comportamiento bastante errático y extravagante, que por momentos roza la demencia. Su marido Nick, un trabajador de la construcción, va sobrellevando las irregularidades de su mujer hasta que un día no puede más y decide internarla en un hospital psiquiátrico.

Una Mujer Bajo la Influencia es una de las más célebres obras dirigidas por John Cassavetes, el padre del cine independiente americano. Cassavetes realizaba sus propias películas a espaldas de la gran industria y financiándoselas él mismo con lo que ganaba en su carrera como actor. Precisamente por eso, Cassavetes podía permitirse hacer un tipo de cine más difícil y arriesgado, puesto que sus propuestas serían absolutamente inviables en Hollywood. Su obra suele tratar los sentimientos humanos y las relaciones entre personas de forma cruda y directa. Evitaba ante todo dramatismos forzados y buscaba un realismo que huía del típico conflicto argumental para centrarse en la vida cotidiana y en esos pequeños momentos (o pequeños en apariencia) que rodeaban a sus personajes.

En esta película el punto de partida es la inestabilidad mental de Mabel, que no nos es mostrada como una loca sino más bien como una mujer con altibajos emocionales muy marcados y ciertos arrebatos extravagantes. Adora a su marido y sus hijos, y le encanta ser anfitriona en reuniones sociales, pero en sus continuos intentos por ser una buena madre y esposa a veces se excede y provoca situaciones violentas, como por ejemplo la comida de los compañeros de Nick en que avergüenza a uno de ellos insistiéndole para que baile con ella.

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Sin embargo, Nick tampoco es que sea un esposo ejemplar y de hecho grita y pega a su mujer con demasiada facilidad, es el estereotípico marido “macho” y temperamental, que ama a su mujer pero pierde los nervios con excesiva facilidad, lo cual sin duda empeora el estado de ella. En la escena final, en que una supuestamente recuperada Mabel vuelve a tener un arrebato de locura, los niños agarran desesperados a su padre para que no se acerque a Mabel, como si temieran que le fuera a hacer daño. Desde su punto de vista Nick es a veces más un peligro que una ayuda.

Aunque la gran protagonista del film es Mabel, Cassavetes también se preocupa por elaborar un retrato detallado de Nick, un hombre que intenta tener un hogar equilibrado pero es incapaz de dar ejemplo él mismo. Aunque la base argumental es la locura de Mabel, no resulta menos conmovedora la torpeza de Nick, su insistencia por crear momentos de “normalidad”. De hecho las escenas en que se nos muestra cómo quiere a sus hijos lo que nos muestran es precisamente lo desastroso que es como padre, tal y como demuestra la escena en la playa en que se agobia intentando generar un momento idílico artificial y sólo lo consigue en el viaje de retorno dándoles sorbo de cerveza a sus hijos.

Su comportamiento con Mabel es similar. En aquellos momentos que son especiales y/o delicados para ella comete la torpeza de inundar la casa de gente: el día después de la presunta cena íntima a la que no pudo acudir se trae por sorpresa a todos sus compañeros para invitarles a comer, y cuando vuelve del hospital organiza una agobiante fiesta llena de amigos, compañeros y semidesconocidos (aún así cuando reducen la cena a una reunión de familiares cercanos, ella insiste en que se vayan todos para tener un momento íntimo con Nick). Su empatía hacia ella en ocasiones así es casi nula, pero nunca dudamos que lo hace con buena intención y que la quiere. Un detalle curioso: en todo el film Nick repite insistentemente que la quiere, pero cuando al final ella se lo pregunta después de la última crisis, él se ve incapaz de responder abrumado.

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Cuando al final la protagonista retorna de su estancia en el hospital descubrimos que la Mabel jovial y llena de vida de antes ha desaparecido, se ha convertido en una mujer muerta de miedo, fría y aburrida. Y es entonces cuando Nick descubre que él ama a la Mabel de antes, a la auténtica Mabel, aunque tuviera ese punto de locura. Resulta muy significativo que al poco rato de su llegada él no lo soporte más y se la lleve aparte para pedirle que vuelva a comportarse como antaño, como era ella, que repita sus extraños gestos de locura. Cassavetes, experto en diseccionar las relaciones y sentimientos entre personas, esboza aquí la gran contradicción de las relaciones maritales: uno quiere a su pareja por cómo es, pero al mismo tiempo desea cambiarla o adaptarla a sus gustos sin que deje de ser ella misma. Nick quiere a Mabel en gran parte por su extraña personalidad, y pretende quitarle ese punto de locura sin que deje de ser ella. Pero no es posible, porque lo que define a Mabel en gran parte es esa locura.

El estilo de Cassavetes hace que la historia tenga tal nivel de realismo que todo resulta creíble hasta el punto que parece como si los espectadores nos hubiéramos colado en la casa de los protagonistas y estuviéramos siendo testigos de sus miserias y conflictos personales. Sin embargo, Cassavetes huye por completo de los grandes conflictos en favor de lo cotidiano. Por ejemplo, cuando una desesperada Mabel acaba acostándose con un desconocido que conoce en un bar, Nick no se encuentra con él al volver a casa y de hecho ese episodio no vuelve a mencionarse salvo de pasada cuando su suegra hace referencia a ciertas infidelidades (jamás sabemos no obstante cómo lo ha sabido, ya que a Cassavetes eso le da igual). Tampoco se nos muestra absolutamente nada de la dura terapia por la que pasa Mabel en el hospital. Estos hechos en otra película aparecerían resaltados, pero al director y guionista neoyorkino no le interesan, lo que le quiere mostrar es cómo la vida cotidiana de Mabel y Nick se va deteriorando. Las escenas que en otras películas se resolverían en unos minutos, Cassavetes las dilata casi hasta mostrarlas en tiempo real, como por ejemplo la comida con los obreros a los que Nick invita a casa o la fiesta final para celebrar el retorno de Mabel. Son escenas largas en las que durante un buen rato no sucede nada, o mejor dicho, aparentemente no sucede nada, pero en esos diálogos triviales, en esos silencios, en esos gestos ocasionales y sin importancia se encuentra la clave de lo que busca Cassavetes.

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La dirección de Cassavetes le imprime al film un estilo casi documental con tanta eficacia que todo parece tan natural que puede parecer improvisado. En realidad Cassavetes y los actores trabajaban sobre un sólido guión, pero el director se encarga de que éstos se sientan cómodos y de que sus interpretaciones resulten naturales y fluidas. Los encuadres a menudo son estéticamente caóticos, la cámara sigue a los actores muchas veces cortándoles o filmándoles desde planos generales que no permiten dominar la acción del todo, no existe el plano-contraplano y abundan los breves desenfoques. Lejos de ser consecuencia de una realización descuidada, es el estilo que persigue Cassavetes en primer lugar para dar mayor libertad a los actores (que no han de estar atentos por el equipo técnico y centrarse en sus actuaciones) y en segundo lugar porque esta estética aumenta la sensación de realismo.

Sin embargo la marca de autor que más me gusta de Cassavetes son sin duda sus primeros planos cerrados que tanto abundan en esta película. Este tipo de planos hace que literalmente acabemos pegados a los personajes, sintiendo más aún la sensación de que estamos penetrando en su intimidad, en su mundo privado. Si hay una escena en que este recurso destaca especialmente es aquélla en que Mabel regresa de casa después de haber sido internada y entra en el comedor a ser recibida por sus hijos. En lugar de mostrarnos, como sería habitual, las caras de alegría de los niños y cómo abrazan a su madre, Cassavetes concentra la escena en un primer plano de la emocionada Mabel llorando. Esto hace que la escena sea aún más intensa y emotiva y concentre el punto de vista únicamente en Mabel. También son inolvidables los primeros planos de Mabel acostando a los niños en sus camas, de una pureza inaudita y en que de nuevo la dirección de Cassavetes acentúa aún más la sensación de intimidad.

A todos estos logros cabe añadirles las magníficas interpretaciones de dos habituales del cine de Cassavetes como Peter Falk (fantástico) y la esposa del director, Gena Rowlands (soberbia), además de unos buenos secundarios entre los que se encuentran las madres de Cassavetes y de Gena Rowlands, que resultan suficientemente creíbles como para que uno no sospeche que no son actores profesionales, sobre todo la señora Cassavetes.

Como ya hizo y seguiría haciendo a lo largo de su filmografía, en Una Mujer bajo la Influencia Cassavetes esbozó uno retrato crudo, sincero y certero de las relaciones humanas con auténtico realismo. Y como sucede en el mundo real, no se nos aporta un final cerrado o una respuesta a los problemas que se presentan, simplemente la vida continúa y Mabel y Nick seguirán juntos pese a que esos problemas sigan estando presentes.

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