Bushido [Bushidô zankoku monogatari] (1963) de Tadashi Imai

A la hora de plantear una película ambientada en tiempos muy lejanos al nuestro hay a menudo un problema de base a tener en cuenta: el hecho de que esos personajes, que datan de épocas totalmente distintas a la nuestra, tengan un comportamiento o código de valores tan ajeno a nosotros que nos resulte a veces muy difícil o casi imposible entender su comportamiento. Si además entra en juego una serie de reglas especiales, basadas en un férreo sistema de valores propio, la historia puede llegar a ser chocante. Esto implica para el cineasta una curiosa disyuntiva. Si adapta el carácter o comportamiento de los personajes a lo que nosotros entendemos como lógico o normal, a cambio estará mostrando una visión poco fidedigna de la época (algo que en sí mismo no tiene por qué ser sinónimo de un mal filme, aceptando que estamos viendo una ficción para pasar el rato, pero que puede ser problemático si lo que se buscaba era ser lo más fiel posible a dicho contexto). Pero por otro lado, si prefiere mantenerse fiel a cómo cree que deberían reaccionar o comportarse esos personajes que nos son tan ajenos, se corre el riesgo de perder uno de los puntos básicos para que una película funcione: empatizar con sus protagonistas. Un primer ejemplo que me viene a la cabeza es la película checa de excelente ambientación medieval El Valle de las Abejas (Údolí vcel, 1968) de Frantisek Vlácil, pero creo que pocas veces he notado esa problemática de forma tan clara como en Bushido (Bushidô zankoku monogatari, 1963) de Tadashi Imai. No se asusten si les parece que estoy disperso porque, como veremos en breve, la idea que expongo aquí creo que es ni más ni menos que la base fundamental del filme.

Ya de entrada la película empieza pillándonos completamente desprevenidos mostrándonos unos planos de una ambulancia llevando a una chica que ha intentado suicidarse a un hospital. ¿No se suponía que íbamos a ver una película de samuráis? El narrador, que es su prometido, explica entonces en tono pesaroso que se siente culpable pero, ojo al dato, para explicarnos el por qué de lo sucedido de repente se lanza a explicarnos la crónica de su familia a lo largo de los siglos, que ha sido históricamente una dinastía de samuráis. ¿Qué rayos puede tener que ver que los tatarabuelos de este hombre fueran samuráis con que su prometida se haya intentado suicidar? Tengan paciencia, puede parecer un giro muy enrevesado, pero cuando lleguen al final podrán entender a qué viene este prólogo y epílogo.

Hay dos grandes aspectos que creo que le dan un gran interés a Bushido. El primero ya lo he dejado intuir al inicio y profundizaré en él en breve. El segundo está en como desmitifica de una forma tan sorprendente la que seguramente sea la gran figura del cine japonés de época: el samurái. Tradicionalmente siempre se nos ha dado a entender a través del cine que los samuráis eran guerreros poderosos e implacables, si bien no han faltado las películas que han dado una visión más desencantada de ellos: ya sea desde el prisma de la comedia (la recientemente comentada Akanishi Kakita (1936) o Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo (Tange Sazen Yowa: Hyakuman Ryo no Tsubo, 1935)), reflejándonos las condiciones de miseria en las que se veían obligados a sobrevivir en malas épocas (Humanidad y Globos de Papel (Ninjo Kami Fusen, 1937) o Harakiri (Seppuku, 1962)) u optando por el divertido cinismo visto desde un punto de vista más moderno (la saga de Yojimbo (1961) y Sanjuro (1962) de Akira Kurosawa). No obstante, todavía no había visto un filme que reflejara de forma tan certera otro aspecto fundamental de la vida del samurái que ha cambiado bastante mi percepción de ellos: el férreo y rígido código de honor que les obligaba a tener una fidelidad y obediencia absoluta a su señor, es decir, el bushido. Y de esto trata el filme que nos atañe.

Porque lo que Imai nos muestra aquí es la historia de una saga de samuráis pero no para narrarnos sus grandes hazañas a la espada sino cómo a lo largo de los siglos han sido sistemáticamente denigrados y pisoteados por sus señores. Extraña paradoja, contemplamos a unos hombres valientes y luchadores excelentes, que en cualquier otro filme se situarían muy por encima del resto de personajes, pero aquí en una posición de sumisión absoluta. Uno de ellos es castigado por su señor, hacia el que siente una veneración casi propia de un perro hacia su amo, y aun así cuando éste fallece solo piensa en suicidarse para irse con él. Otro es forzado a convertirse en el amante de un príncipe homosexual y, por si eso fuera poco, cuando el celoso monarca descubre que se ha acostado con una mujer le inflige un castigo brutal. La principal historia y la más descarnada de todas nos muestra cómo uno de estos samuráis se ve obligado a vender a su hija a otro noble como medio de soborno, y más adelante, por si eso fuera poco, será su propia mujer la que será requerida como objeto sexual. Cuando ésta prefiera suicidarse antes que pasar por esa humillación, el señor castigará duramente a nuestro protagonista porque su mujer «ha manchado de sangre el suelo del castillo».

Bushido es una película cruel hasta la extenuación con sus personajes, algo que curiosamente la hace especialmente vigente hoy día, en que tan de moda está entre cierto cine de autor ser innecesariamente cruel. Pero en el caso de Tadashi Imai esa crueldad está de sobras justificada no solo por mostrarnos una realidad histórica, sino sobre todo por ofrecernos una visión tan fuera de lo habitual de la figura del samurái, aquí convertido en una serie de hombres casi indefensos en su inquebrantable fidelidad a su señor, por muy cruel e injusto que éste sea con ellos.

Y aquí es donde recojo lo que anunciaba en el primer párrafo. Hay ciertos momentos de la película en que los señores son tan radicalmente crueles con los samuráis protagonistas que nos puede resultar hasta chocante, especialmente en la historia del que se ve obligado a ceder su hija y su mujer como objetos sexuales. Hay un momento hacia el final de este relato en que el protagonista, que ha perdido ya a un ser querido y ha sido castigado de forma injusta y humillante, sufre una última prueba que revela la más absoluta brutalidad y cinismo de su amo, hasta mucho más allá de lo soportable por cualquier persona. Aquí nuestra visión actual implora por venganza, por que el samurái desenfunde la espada y se vengue de ese amo tan sanguinario y caprichoso. Sería una enorme satisfacción para nosotros como espectadores concedernos esta venganza, pero eso implicaría no ser fiel con la forma como se ha desarrollado el personaje protagonista. Éste, como buen samurái que es, respeta el código bushido hasta sus últimas consecuencias, y eso implica obedecer siempre a su señor pase lo que pase, sin ninguna excepción. La fortaleza del samurái está de hecho en gran parte en basarse de forma tan inquebrantable en ese principio. Y por ello mucho me temo que al final no habrá ninguna venganza. Pero ésta es una de las grandes claves de Bushido: el hacer que los espectadores nos enfrentemos directamente a este hecho, que experimentemos la enorme insatisfacción de ver cómo esa saga de samuráis ha seguido siendo fieles a sus amos tras sufrir generación tras generación todo tipo de injusticias y ningún reconocimiento. Puede que como experiencia cinematográfica no sea tan satisfactoria como otras películas del género, pero sí que es probablemente una de las más fidedignas en ese sentido.

Uno de los aspectos que juega a favor del filme es el portentoso tour de force de su actor protagonista, Kinnosuke Nakamura, quien interpreta a todos los descendientes de esa saga familiar otorgándoles además una personalidad propia a cada uno: desde aquellos que expresan su insoportable sufrimiento en la mirada a los que tienen una actitud más ingenua. Tanto Nakamura como la sólida dirección de Imai son dos de los puntos fuertes de una película que, a cambio, creo que se hace algo pesada en sus más de dos horas. En el momento en que se descubre cuál es la finalidad de la historia llega un punto en que se me hace algo reiterativa, y quizá con algo menos de metraje la experiencia me habría sido un poco menos agotadora.

En el tramo final a cambio las historias se aligeran a medida que se acercan al siglo XX. En la que está situada en la Era Meiji (finales del siglo XIX) presenciamos cómo el sistema de clases antiguo ha caído y los antaño poderosos señores que dominaban a los samuráis han caído en decadencia. De hecho se da una situación inversa, en que nuestro samurái (ahora estudiando Derecho para conseguir un trabajo de verdad) es quien tiene más poder sobre su señor, un anciano desvalido y demente. Pero he aquí lo interesante: aun estando en esa posición de poder, sigue tratándolo con suma cortesía y deferencia, como si fuera su criado. El espíritu bushido ha permanecido intacto en él incluso en una época en que ya no tiene sentido, haciendo que su situación sea casi cómica – y digo lo de «casi» porque, como ya veremos, una vez más otro miembro de la familia será víctima de esta situación y, lo que es peor, lo aceptará de forma resignada.

Cuando ya entramos en el siglo XX empezaremos a intuir qué tenía que ver este recorrido histórico con una chica suicidándose en nuestra era. Presenciamos un brevísimo episodio de la II Guerra Mundial en que el hermano del protagonista, convertido en aviador kamikaze, protagoniza una pequeña ceremonia junto a otros pilotos antes de embarcarse a su misión suicida. La forma como su superior les trata tiene mucha más humanidad que las que hemos visto antes, pero la exigencia sigue siendo la misma: morir por su superior, ya sea un señor o el emperador. Y eso nos lleva a la historia inicial, en que el protagonista pide a un jefe suyo que sea padrino de su boda. Éste acepta pero al saber que la novia trabaja en una empresa de la competencia deja entrever, como en broma, que estaría bien que les proporcionara cierta información confidencial para quitarles un proyecto de las manos. Por si fuera poco, una vez conseguido, le propone aplazar unos años la boda, ya que ella tiene pensado acudir a la ceremonia también con su respectivo jefe y la situación podría ser violenta.

De modo que he aquí la idea tras Bushido: mostrarnos como esa relación de sumisión tan humillante de los samuráis hacia sus señores se traslada al Japón del siglo XX en la forma como los oficinistas modernos se someten de forma tan absoluta a las empresas para las que trabajan. Ya no tenemos arrogantes señores de mentalidad feudal, pero sí jefes que con hipócrita cortesía siguen exigiendo a sus empleados más de lo que éticamente les pertoca. Siendo esto aplicable a cualquier sociedad industrializada desarrollada, resulta especialmente pertinente en Japón, donde como es sabido la cultura del trabajo, el esfuerzo y una devoción hacia la empresa para la que se trabaja están más que arraigadas. Imai, que era un cineasta de fuertes tendencias izquierdistas, está poniendo el dedo en la llaga al darnos a entender que esa relación de siervo-vasallo sigue existiendo en estos tiempos modernos pero bajo una forma más civilizada.

Lo pertinente del mensaje y la visión tan desencantada del samurái han convertido a Bushido en la obra más difundida de un cineasta que, curiosamente, en su época gozaba de mucho más reconocimiento del que tiene hoy día. En las clásicas listas de mejores del año o de la historia elaboradas por revistas como Kinema Jumpo, Imai estaba siempre presente en posiciones privilegiadas, pero curiosamente el paso del tiempo le ha relegado a cierto olvido. Sin ser mi favorita suya de las pocas que he visto – ésa sería por el momento el melodrama más clásico Until We Meet Again (Mata au hi made, 1950) – sí que creo que es una obra muy necesaria a reivindicar por su calidad pero también por las ideas tan interesantes e inusuales que aporta.

4 comentarios

  1. Vaya! Pues me la apunto porque aunque la película no sea gran cosa, según su buen criterio, seguro que me interesa verla.

    Esto de la humillación de los samurai marginados por su señor, y lo chungo que es vivir conforme al bushido, aunque aquí se desarrolle más prolijamente está de fondo como usted muy bien dice en muchas tramas de estas pelis, pues son esas humillaciones las que provocan que salte la chispa, como sucedía si no me falla la memoria en Harakiri y creo que también está de fondo en la leyenda de los 47 ronin.

    ¡Gracias como siempre!

    1. No, ojo, no quería dar a entender que no fuera gran cosa, de hecho me parece de notable alto, simplemente creo que a nivel de ritmo se hace demasiado larga.

      Efectivamente, Harakiri es el caso por excelencia de humillación pero en este caso no venía provocada por el señor, y podía entenderse como un castigo hacia esos samurais ajenos que se «aprovechaban» de su generosidad, por ello en este filme es aún más impactante: la violencia va dirigida a sus propios siervos. En Los 47 ronin puede que hubiera también algo de eso, tiene razón, pero no la tengo tan reciente.

      Un saludo.

  2. Madre mía, doctor Mabuse, qué ganas me han entrado, después de leer su magnífico texto, de ver BUSHIDO. Qué interesante me ha parecido ese recorrido histórico para mostrar en una misma familia que el vínculo de sumisión se perpetúa a través de los siglos…, con cambios sutiles de forma.

    Beso
    Hildy

    1. Hola Hildy,

      Sí, es una película interesantísima por temática y por la forma de tratarla, seguro que te gusta. ¡Espero que sea así!

      Un saludo.

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