La Séptima Víctima [The Seventh Victim] (1943) de Mark Robson


Desde que descubrí hace unos años la maravillosa El Regreso de la Mujer Pantera (The Curse of the Cat People, 1944) sigo obsesionado con los filmes que Val Lewton produjo en la RKO y maravillándome de que incluso en sus obras más menores haya pequeños detalles que las hacen singulares y especiales. Y de todas las obras de ese ciclo hoy diría que la más representativa de su estilo sería La Séptima Víctima (The Seventh Victim, 1943), aun cuando es innegable que no está a la altura de obras maestras como La Mujer Pantera (Cat People, 1942) o la que considero la obra cumbre de Lewton y de Jacques Tourneur, Yo Anduve con un Zombie (I Walked with a Zombie, 1943). De hecho la veo incluso algo inferior al debut de Robert Wise que mencionaba al principio, pero precisamente por ese motivo creo que representa mejor el estilo de Lewton: películas extrañas, desiguales, decididamente inarmónicas, que bajo la apariencia de una premisa de terror convencional en realidad en realidad manejan otras ideas. El visionado de los mejores logros del dúo Lewton-Tourneur es decididamente mucho más satisfactorio porque son obras maestras que ofrecen una experiencia redonda, pero la sensación de extrañeza de filmes como La Séptima Víctima es también algo muy especial, aunque surgiera por accidente.

La protagonista del filme es Mary, una joven criada en un internado a la que cierto día se le comunica la súbita desaparición de su hermana mayor Jacqueline, su único familiar, que además era quien le estaba pagando la educación. Pese a que la directora le ofrece seguir ahí costeándose sus gastos ayudando como profesora auxiliar, Mary decide salir al exterior a investigar qué le ha sucedido a su hermana. En su búsqueda descubre que Jacqueline ha vendido a su socia la empresa de cosméticos que había fundado y que ha tenido un comportamiento extraño en las últimas semanas. En su búsqueda le ayudará Gregory Ward, que estaba enamorado de Jacqueline, y un psiquiatra, el Doctor Louis Judd, que tiene un papel un tanto extraño en dicha historia. Poco a poco las pistas que encuentra la conducirán hacia un extraño culto satánico.

La Séptima Víctima es una de esas películas que en un primer visionado es inevitable que resulte decepcionante a causa no solo de la absoluta incoherencia de su argumento, sino de lo poco aprovechada que parece la premisa que seguramente a todos nos atrajo hacia ella en una primera instancia: el tratarse de un filme de terror clásico sobre un culto satánico. Como veremos, en realidad el componente satánico es bastante menor y lo importante de esa organización secreta es su capacidad para «engullir» a personas y obligarlas a acatar sus doctrinas.

A cambio tendremos una idea más aproximada de las intenciones de Lewton y sus guionistas si atendemos a la escena inicial, cuando la directora del colegio le ofrece a Mary la oportunidad de seguir ahí pero ella decide marcharse a buscar a su hermana. Justo cuando sale del despacho una compañera mayor que ella, que también se encontró en una situación similar y optó por quedarse en la escuela, le insiste de forma reiterada que nunca regrese, que se quede fuera. ¿A qué viene ese diálogo referente a una idea sobre la que la película no volverá a incidir? Seguramente a que La Séptima Víctima no es tanto la historia de una mujer desaparecida a causa de una secta satánica como la de una joven que ha vivido durante años en un pequeño universo artificial protegida del exterior y que ahora debe afrontar por primera vez los peligros del mundo real – curiosamente Lewton parecía sentir cierta predilección por historias sobre mujeres jóvenes sometidas a situaciones de aprendizaje forzadas, y ésta no es más que una de las pistas que confirman que existe una marca autoral en sus producciones para la RKO.

Fijémonos sino en los poquísimos planos que tienen lugar a continuación en el internado: ¿qué escucha Mary mientras abandona esa escuela hacia la que parece guardar gratos recuerdos? Voces de niñas recitando lecciones de historia, de francés o cantando. Todo ello materias en las que son educadas pero que de poco o nada le servirán a Mary una vez abandone esos muros. Un mundo de conocimiento y erudición que poco tiene que ver con lo que será necesario para sobrevivir a los peligros de allá fuera.

El principal handicap de la película es claramente la trama argumental que, digámoslo claramente, es un absoluto sinsentido en que a veces nos encontraremos situaciones de tensión efectivas desde el punto de vista del suspense pero injustificadas narrativamente, así como indagaciones sobre el paradero de Jacqueline muy traídas por los pelos. En un filme convencional todo esto hundiría la película, pero en el peculiar universo de Val Lewton le da una sensación de extrañeza que vista desde nuestro punto de vista actual resulta muy moderna (no entro en hasta qué punto fue premeditado o accidental). En medio de una escena de repente un personaje lanza una frase extraña que no viene demasiado a cuento pero deja un poso extraño, como cuando el Doctor Judd le dice a Mary que se puede acceder a su apartamento por las escaleras de la derecha y la izquierda, y él siempre prefiere las de la izquierda porque son «el lado siniestro». Luego en una fiesta de sociedad los personajes hablan y de repente, tras una conversación algo violenta, la melodía de piano de fondo se convierte en la «Sonata del claro de luna» de Beethoven y tras un silencio incómodo todo adquiere un inesperado tono lúgubre y melancólico.

Personajes que parecen intrascendentes de repente adquieren importancia y nos muestran una interesante historia detrás que, no obstante, tiene cero relevancia en la trama: el poeta muerto de hambre que decide ayudar a Mary es un escritor que publicó una obra brillante y vive atormentado por no verse capaz de igualarla, y la vecina a quien vimos toser varias veces se revela como una mujer enferma terminal que al final tiene una conversación trascendental con Jacqueline. Es una película que parece funcionar por ramalazos e intuiciones que, hábilmente colocados, generan unas sensaciones muy particulares, la idea de que más allá de la trama criminal (la hermana desaparecida y la sociedad satanista) hay algo que circula por debajo que nos resulta inquietante e incomprensible. Eso es el cine de Val Lewton.

No pretendo infravalorar aquí el talento del resto de implicados en la película: Mark Robson demostraría más allá de su debut como director ser un muy buen cineasta, el excelente trabajo de fotografía en blanco y negro corre a cargo del gran Nicholas Musuraca y el reparto es bastante efectivo destacando una joven Kim Hunter como protagonista y Tom Conway como el inquietante Doctor Judd (curiosamente el mismo personaje que interpretó el año anterior en La Mujer Pantera, casi como si Lewton quisiera crear un universo cerrado en su cine). Incluso aunque Jean Brooks creo que no deslumbra en el personaje de Jacqueline pese a suponerse que es una mujer que llama siempre la atención, a cambio su look es tan extraño para la época que deja una huella en el espectador.

Aunque no sabemos con seguridad si la mayoría de detalles que hacen de ésta una obra tan singular provenían del guionista o del productor, no cabe duda de que tienen la impronta del segundo. Por ejemplo, ¿a quién se le ocurriría situar una escena en que la protagonista se confrontara con otro personaje… en un cuarto de baño mientras ésta se está duchando? Y no obstante, funciona a la perfección: el hecho de que Mary esté desnuda en la ducha le da un punto de indefensión extra (algo de lo que Hitchcock tomó nota para cierta escena de Psicosis (Psycho, 1960)) y, la idea de convertir su interlocutora en una sombra, que solo intuimos tras la cortina pero nunca vemos, le da una apariencia más inquietante. Ahora imaginen la misma escena pero en circunstancias normales: un encuentro en una cafetería o en la calle, que habría sido lo normal. La verosimilitud no es tan importante como las sensaciones y el clima que transmite.

Aparentemente el filme originalmente no poseía tantos vacíos de guion pero se recortaron varias escenas. Curiosamente muchas de ellas parece que incluían diálogos filosóficos sobre el bien y el mal, demostrándonos una vez más lo que le interesaba realmente a Lewton de toda esta historia. Sí que se conservan destellos reveladores, como que el culto satánico no quiera matar a Jacqueline sino obligarla a suicidarse, de forma que no son tanto una amenaza violenta directa como una secta que busca apoderarse de la voluntad de sus miembros que les han sido infieles y que así cometan el pecado supremo.

A cambio hay algunas concesiones innecesarias como que Mary al final descubra el amor en ese viaje iniciático al mundo real, pero creo que se compensa de sobras con esa escena final. Pocas películas del Hollywood clásico verán que terminen con una nota tan negativa y desesperanzada por mucho que el acto en si suceda tras una puerta y no se muestre directamente a cámara. Con sus defectos y sus incongruencias, La Séptima Víctima es una obra que tiene más valor hoy día que en su estreno, que revela a un creador inquieto buscando y probando nuevas ideas más que a un cineasta seguro de si mismo, y eso la convierte en una película inusualmente moderna.


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4 comentarios

  1. Bueno Doctor, otra que me apunto… Me tiene usted explotado.

    Hace muy poco vimos en casa «Bedlam, hospital psiquiátrico», también dirigida por Robson, y una vez más disfrutamos de esa imperfección tan bien gestionada que es la seña de identidad de Lewton.

    Muchas gracias Doctor, saludos de una víctima de cinefílicos sortilegios.

    1. Qué casualidad, yo vi Bedlam por primera vez hace un par de semanas. Y es alucinante cómo en obras indudablemente menores el Lewton de esa época siempre tiene detalles curiosos a ofrecerte que no encuentras en otros cineastas contemporáneos suyos.
      No sé si ha visto El barco fantasma (1943), es otra obra menor suya pero tiene algo que me pareció muy original: su narrador es un hombre mudo. Además apenas dura una hora y poco.

      Un saludo y gracias a usted.

  2. ¡¡¡Sí, lo mejor de esta película es la extrañeza de la que hablas!!! De hecho, es lo que permanece en el recuerdo. También por esta película sentí curiosidad porque siempre me ha llamado la atención la carrera cinematográfica de Kim Hunter.
    En un «Tranvía llamado deseo» siempre se habla de la Blanche Dubois de Vivien Leigh (que sí, está maravillosa), pero la Stella de Kim Hunter tiene un montón de matices y ella está magnífica.
    Siguiendo con «La séptima víctima» y las sectas satánicas, me ha venido a la cabeza una peli de otro director que nombras Jacques Tourneur, «La noche del demonio». Y hablando de Lewton para mí fue un descubrimiento «El hombre leopardo».
    Jajaja, todo es ir encadenando.
    Y por ir cerrando el comentario me he ido a la filmografía de Mark Robson. Adoro su «Más dura será la caída», pero anda que no me lo he pasado yo bien con uno de los melodramas por excelencia de los cincuenta: «Vidas borrascosas».

    Beso
    Hildy

    1. Vidas Borrascosas lleva mucho tiempo en mi lista de pendientes que nunca se acaba, algún día llenaré ese vacío. Robson era muy buen cineasta, sus escenas de boxeo en Más dura será la caída están magníficamente filmadas y en el filme que nos ocupa gran parte de esa atmósfera la consiguen él y su director de fotografía.
      En cuanto a El hombre leopardo, tiene el problema de palidecer en comparación con las dos obras maestras anteriores, pero es un filme notable y curiosísimo. Para nada desdeñable.

      Un abrazo.

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