William Dieterle

El Hombre Que Vendió Su Alma [The Devil and Daniel Webster] (1941) de William Dieterle

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En este gabinete se ha hablado ya de dos magníficos films del alemán William Dieterle, Jennie (1948) y Cartas a mi Amada (1945), que para mí destacaban sobre todo por ese deje sobrenatural que hacía tan especiales sus respectivas historias. En El Hombre Que Vendió Su Alma, anterior a esos dos dramas románticos, Dieterle ya pudo dar rienda suelta a esa faceta suya al tratarse de una adaptación moderna del mito de Fausto y, por tanto, una película abiertamente sobrenatural en su planteamiento.

Ambientada en un pequeño pueblo de New Hampshire, su protagonista es el humilde granjero Jabez Stone, cuya continua mala suerte le lleva a vender su alma al diablo a cambio de una fortuna. A raíz del trato que hace, la suerte cambia para Stone y no solo puede pagar sus deudas con el dinero adquirido sino que se convierte en un poderoso terrateniente que tiene en sus manos al resto de granjeros del pueblo. No obstante, su mujer y su madre notan un cambio en el carácter de Jabez Stone, que se ha vuelto frío y ambicioso, y la primera decide pedir consejo a Daniel Webster, un pequeño político que goza de muy buena reputación entre los granjeros por el apoyo que les da y su carácter cercano.

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El Hombre Que Vendió Su Alma es una de las obras que más me ha sorprendido del Hollywood clásico, ya que por estilo parece casi más germana que americana. Y no lo digo por la nacionalidad del director, sino por ese estilo tan surreal y onírico, lleno de metáforas e instantes que rompen con la armonía de una narración clásica hollywoodiense. Es cierto que el material de base da mucho juego para todo ello, pero la forma como Dieterle lo explota denota claramente sus orígenes en la industria cinematográfica alemana de los años 20. Todo el film tiene ese halo romántico y tenebroso en su puesta en escena, muy ayudado por la excelente fotografía de Joseph H. August (que colaboró de nuevo con Dieterle en Jennie). Además se trata de una obra maravillosamente visual, hasta el punto de que a veces parece casi una película muda por la forma tan expresiva de tratar las imágenes. Hay por ejemplo algunos primeros planos que están insertados de una forma que tiene más que ver con el cine mudo que con el sonoro (por ejemplo el rostro de la madre mirando gravemente en ciertas escenas), por no hablar de algunos trucos de montaje muy inusuales que parecen demasiado bruscos en el contexto de un film de Hollywood.

El momento culminante en este aspecto se encuentra al final, cuando un acaudalado Stone organiza una fiesta en su mansión a la que nadie acude. Repentinamente aparecen en el salón principal varios personajes invitados por su amante Belle (que está íntimamente vinculada con el demonio). Toda esa escena es filmada con un tono difuminado dándole un aire irreal y casi terrorífico cuando los personajes empiezan a bailar y Belle inicia una danza mortal con el usurero del pueblo, que también había hecho un trato con el diablo, y muere en manos de ella. La última escena nos muestra a su vez un juicio en que Daniel Webster intenta defender a Stone antes de que se lo lleve el diablo. El jurado y el juez son una serie de personajes famosos por sus malas acciones que también habían vendido su alma. Aunque la escena está destinada a desembocar en el típico discurso de Webster en favor de la libertad, lo que la convierte en un momento tan magistral es de nuevo la dirección de Dieterle, que se sirve de nuevo de pequeños trucajes para aumentar el tono sobrenatural.

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Resulta curioso que de todo el reparto el que menos se luzca de todos sea el protagonista, interpretado por James Craig. A cambio tenemos al siempre maravilloso Edward Arnold como Daniel Webster, la seductora Simone Simon como la atractiva Belle y, sobre todo, Walter Huston como el diablo. Huston, uno de los mejores intérpretes que jamás haya aparecido en la gran pantalla, aquí se regodea en un papel que es una golosina para cualquier actor de carácter robando las escenas al resto del reparto cada vez que aparece por la pantalla.

No obstante el verdadero protagonista del film es Dieterle, quien coge una historia clásica conocida de sobras por el público y la transforma en una fantasía visual sugerente y terrorífica que tiene lugar en el improbable contexto de la América rural. Solo ese final extrañamente idílico con guiño al público incluido por parte de Huston rompen un poco con el estilo del resto, pero eso no quita que El Hombre Que Vendió Su Alma sea una de las películas más curiosas y únicas que se hayan realizado en un gran estudio del Hollywood clásico.

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Cartas a mi Amada [Love Letters] (1945) de William Dieterle

En un periodo de años muy concreto, el director germano William Dieterle filmó en Hollywood dos películas muy interesantes con bastantes puntos en común: Cartas a mi amada (1945) y Jennie (1948). Aparte de las similitudes más obvias (ser del mismo género y tener la misma pareja protagonista), ambas destacan sobre todo por ser dos dramas que juegan con cierto componente fantástico y sobrenatural. Aún sin ser películas perfectas, las dos tienen una magia especial que las hace únicas y especialmente bellas. En el caso de Jennie ese tono sobrenatural está implícito en su argumento. Aunque no es así en Cartas a mi amada, no hace falta analizarla muy a fondo para comprobar que también hay algo de eso.

La premisa es muy prometedora: durante la guerra, Allen escribe una serie de románticas cartas de amor haciéndose pasar por su compañero Roger, un mujeriego que quiere seducir a una joven llamada Victoria pero no sabe expresarse románticamente por carta. Allen siente remordimientos de conciencia ya que en esas cartas deja entrever sentimientos muy profundos que darán a Victoria, a la cual nunca ha visto, una imagen falsa de Roger. Al poco tiempo, Roger y Victoria se casan. Cuando Allen vuelve de la guerra, Roger ha muerto y Victoria ha desaparecido, pero su fantasma sigue persiguiéndole.

Más allá de ser un drama romántico, el enfoque que da Dieterle al tema tiene mucho que ver con el componente sobrenatural al que aludí antes, y la búsqueda que hace Allen de Victoria en realidad no es muy diferente a la que hace Scottie tras Madeleine en Vértigo (1958). En este caso, Allen ha descubierto su corazón a una mujer que no conoce, y en ese intercambio de cartas han unido sus destinos pese a que para él no era más que un favor a hacer a un amigo. Cuando Roger le pide que ponga algo de su alma en la última carta a Victoria, ese diálogo nos da a entender claramente lo que conlleva ese intercambio de cartas.

Una vez en Inglaterra, Allen  ha quedado prendado del fantasma de una mujer a la que no conoce. De hecho cuando la ve en persona no tiene forma de sospechar que es ella, ni ella puede reconocerle o recordarle a él. Pero instintivamente, Victoria se siente atraída por ese desconocido, como si sintiera el vínculo que se ha creado entre ellos mediante esas cartas.

Todas estas ideas pueden sonar a sensiblería barata, pero el gran mérito de Dieterle es cómo las articula para darles ese tono casi fantástico en la línea de obras como Sueño de Amor Eterno (1935) de Henry Hathaway o la ya mencionada Jennie. Pero a diferencia de estas dos, aquí lo fantástico está en la forma y no en el contenido, ya que al final la película acaba derivando en el clásico misterio policíaco concerniente a la misteriosa muerte de Roger y la amnesia de Victoria. Es aquí donde quizá el film pierde algo de su fuerza, ya que ese tono medio fantástico que envuelve a los protagonistas acaba convirtiéndose en un misterio racional a resolver por exigencias del guión.

Aún así, esta película semidesconocida es una suerte de hermana menor de Jennie muy a tener en cuenta donde ya se ve lo bien que funcionaba la pareja protagonista destacando el fenomenal Joseph Cotten. En ese otro film, Dieterle consiguió crear una de las películas más bonitas y especiales del Hollywood clásico gracias a que la historia le permitía llegar más lejos en el tema fantástico, pero Cartas a su Amada es a su vez un muy recomendable drama romántico que demuestra su potencial como director.

Jennie [Portrait of Jennie] (1948) de William Dieterle


Fascinante y conmovedor drama fantástico protagonizado por Eben Addams, un artista muerto de hambre que no consigue vender ninguno de sus cuadros hasta que un día encuentra la inspiración que necesitaba en Jennie, una adorable niña que conoce en un parque. Ésta afirma ser hija de unos funambulistas que actúan en un local que en realidad lleva muchos años desaparecido, y además se comporta como si viviera en otra época. La próxima vez que Eben se la encuentra, parece haber crecido como si hubieran pasado años por ella, y no días. Así mismo, la joven persiste en su extraña actitud de hablar de hechos ya pasados como si fueran del presente. Addams decide investigar y descubre que Jennie es una niña que vivió hace muchos años y que por algún motivo se le aparece de vez en cuando en diferentes etapas de la vida de ella.

Jennie es una de esas películas especiales que tienen un encanto único. La historia de por sí es fascinante pero el tratamiento que se le da la convierte en un memorable cuento mágico. La imaginativa puesta en escena de William Dieterle (actor y director de origen germano bastante desconocido pero con una carrera envidiable) captura por completo el espíritu de esta historia y transmite ese romanticismo puro que no cae en la ñoñería. La simple idea de contar la historia de un amor entre un hombre y una mujer del pasado que a cada encuentro ha crecido unos años ya se me antoja maravillosa, pero Dieterle acaba de redondearla magníficamente con su puesta en escena.

Salvo el protagonista, el resto de personajes creen que Jennie no existe y que es obra del delirio de un hombre desesperado y muerto de hambre. Afortunadamente nunca se nos llega a aclarar del todo, pues como bien dice en más de una ocasión Miss Spiney (una mujer mayor que se convierte en una especie de madre protectora para él), si Eben cree en ella, eso es lo único que importa. Jennie es casi el ideal de mujer que busca Eben Addams inconscientemente y cuya esencia plasma a la perfección en un retrato que, como dicen el resto de personajes, capta un rostro femenino que no tiene edad concreta, que podría ser de cualquier época.
Todas las apariciones de Jennie tienen algo de fantasmal o sobrenatural magníficamente recreado por la maravillosa fotografía en blanco y negro, que se sirve muy inteligentemente de los juegos de luz para darle ese aire espiritual e incluso un tanto irreal, patente en planos como ése tan maravilloso en que Jennie se va patinando bañada por la fuerte luz solar. Ese juego con realidad-ficción que no pretende dar explicaciones coherentes sino invitar al espectador a sumergirse en ese ambiente ensoñador, es una de las grandes cualidades de la película.

Llama bastante la atención el atrevimiento a la hora de servirse de algunos recursos poco habituales para acompañar esta mágica puesta en escena, como el tintado de algunas partes del film de colores azulados o marrones (un recurso típico del cine mudo totalmente en desuso en el sonoro) o el uso del color en el último plano del cuadro que da nombre a la película. Este recurso resulta especialmente destacable en la crucial última escena en el faro, que le da un tono aún más fantasmal y dramático. Por desgracia en el futuro no hubo apenas cineastas que se atrevieran a continuar con estos experimentos con el color.

Jennie fue uno de los últimos proyectos del ambicioso productor David O. Selznick, quien tras haberse hecho famoso con films como Rebeca (1940) y, sobre todo, Lo que el Viento se Llevó (1939), se encontraba por entonces en pleno declive. Jennifer Jones, que encarna a la protagonista, era su mujer a la que aspiraba a llevar al estrellato. Jones hace aquí un buen papel captando la esencia de su personaje, esa joven soñadora, vitalista y con algo especial que encandila a Eben Addams y el público. Joseph Cotten como de costumbre lleva a cabo un notable trabajo interpretando al pintor y es respaldado por secundarios de la talla de Ethel Barrymore y una Lillian Gish ya algo olvidada que hacía pocos años que había vuelto al cine después de un largo retiro de la gran pantalla.

Pese a ser un fracaso en su momento, este romántico film se ha convertido en una obra de culto muy reivindicada al mostrarnos una preciosa historia de amor contada con una pureza y hermosura que aún hoy en día logra encandilarnos.