Mes: marzo 2009

La Mujer en la Luna [Frau in Mond] (1929) de Fritz Lang

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La última película muda de Fritz Lang resultó ser también una de sus obras más memorables. Partiendo de un guión de su esposa Thelma von Harbou (escritora de todas sus grandes películas de su etapa alemana), este film de ciencia ficción nos narra la primera expedición llevada a cabo hacia la luna desde una perspectiva seria, diferenciándose de la visión más fantasiosa de obras como la célebre Viaje a la Luna (1902) de Méliès.

Pese a sus 160 minutos, La Mujer en la Luna no llega a aburrir en ningún momento en gran parte debido a que Lang divide el film en dos argumentos claramente diferenciados. Durante la primera parte se nos cuenta cómo el anciano profesor Manfeldt confía a su buen amigo el ingeniero Helius sus escritos sobre un posible viaje a la Luna que planean realizar. Manfeldt teme que una poderosa organización trate de robarle esos valiosos documentos movidos por la posibilidad de que haya oro en la Luna.
Esta primera mitad es una clara deudora de otros films de intriga del director como Dr. Mabuse (1922) o Los Espías (1928). Se repiten aquí temas que ya aparecieron en esas obras como la presencia de una misteriosa organización que aspira a aumentar su poder o la caracterización de algunos de esos criminales para engañar al protagonista.

Destaca en esta parte de la película la maestría de Lang y von Harbou para narrarnos la historia de manera que los acontecimientos se sucedan de forma tan seguida que no se llegue a aburrir al espectador en ningún momento y, al mismo tiempo, saber dosificar la información. En ese sentido cabe mencionar la presentación de los principales personajes al inicio del film en la casa del profesor y de sus conflictos personales mediante flashbacks, que nos muestran la humillación que sufrió el profesor en su juventud cuando propuso el viaje a la Luna, y a Helius recibiendo una carta de su compañero Windegger en que le informa que va a casarse con Fride, mujer que él también ama. Gracias a ese recurso se agiliza mucho más la acción concentrándola en una sola noche.

Así pues, en los primeros 80 minutos del film no nos encontramos aún nada que nos haga suponer que estamos contemplando una obra de ciencia ficción, sino que se centran en mostrarnos cómo las organizaciones poderosas que dominan el mundo se hacen con el control de dicha expedición científica por fines lucrativos: el posible oro lunar.

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A continuación se nos sitúa directamente en el despegue de la nave espacial, ahorrándonos todos los preliminares. Es aquí cuando vemos al Fritz Lang de Metrópolis (1927) haciendo un trabajo sencillamente magistral en la recreación del acontecimiento. Tanto la nave como los procesos por los que pasa antes del despegue están tratados con una veracidad digna de asombro. La dirección de Lang y los excelentes efectos especiales consiguen que incluso hoy en día no notemos los numerosos trucajes y maquetas que tuvieron que emplear para recrear la nave y la maquinaria que la pone en funcionamiento. También cabría mencionar en ese sentido al ingeniero Hermann Oberth, que asesoró tan eficazmente a Lang sobre la construcción de la nave que el gobierno alemán luego ordenaría destruir las maquetas y decorados del artilugio por ser demasiado realistas.

La voluntad de realismo también queda patente al tratar temas como la ingravidez o la fuerte presión a la que se someten los aeronautas cuando la nave despega. En contraste, cuando llegan a la Luna se pierde el realismo al olvidarse de la falta de gravedad y permitir que los personajes puedan respirar sin necesidad de bombonas de oxígeno.
Como curiosidad histórica, se decidió que los segundos antes del despegue se hicieran con una cuenta atrás por un motivo de lo más lógico: si se cuenta hacia delante el espectador no sabe en qué número despegará la nave, pero contando hacia atrás todos sabemos que despegará al llegar a cero, por tanto es mucho más eficaz hacer una cuenta atrás desde el punto de vista dramático, porque así se genera suspense. Fue a raíz de este film cuando se decidió adoptar la cuenta atrás previa al despegue no sólo en más obras de ciencia ficción sino incluso en la vida real.

Otro aspecto importantísimo que no olvida Lang al hablarnos del despegue es la repercusión que tiene este acontecimiento en la sociedad de masas y de los medios de comunicación. Miles de espectadores, locutores de radio y cámaras de cine siguen emocionados el desenlace de ese hito histórico. Como dice uno de los personajes, el mundo entero está viendo y escuchando qué hacen, hecho que el director nos muestra visualmente con el plano que mostramos abajo.

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A bordo de la nave se encuentran el profesor, Helius, su amigo Windegger, la prometida de éste Friede, un misterioso hombre que representa a la organización con la que se han visto obligados a colaborar y un niño como polizonte. El drama está servido: por un lado está el inevitable triángulo amoroso (Helius ama a Friede pero no quiere traicionar a su amigo) acentuado por el hecho de que Windegger sólo piensa en volver a la Tierra; por otro lado, tenemos al espía de la organización que nunca se sabe a ciencia cierta hasta qué punto se puede confiar en él. Los conflictos humanos en situaciones extremas suelen ser muy eficaces en este tipo de obras y aquí von Harbou sabe explotarlos a la perfección. Tan pronto como alunizan, el profesor pierde la cabeza y se va a investigar el paraje él solo, el espía intentará traicionarles a todos cuando descubra el oro y por último está el ya mencionado triángulo amoroso.

Todo ello tiene lugar en una Luna excelentemente recreada y creíble que de nuevo nos obliga a quitarnos el sombrero ante los responsables del film (especialmente inolvidable es el plano en que se ve como pierden de vista la Tierra). Todos estos conflictos llegan a su punto cumbre en el clímax final en que pierden una de las bombonas de oxígeno y tendrán que decidir quién de ellos no regresará a la Tierra. La resolución quizás sea algo típica, pero es un final esperanzador que puede darnos a entender la posibilidad de un nuevo mundo en la Luna donde los hombres puedan habitar en más paz y armonía que en la Tierra.

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El Viejo y el Niño [Le Vieil Homme et l’Enfant] (1967) de Claude Berri

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Conmovedora película ambientada en Francia durante la II Guerra Mundial. El protagonista es un niño judío llamado Claude, que es enviado por sus padres a un pueblo hasta que finalice la contienda para mantenerlo lejos del peligro nazi. Ahí se alojará en la casa de los ancianos padres de una amiga de su familia. Sin embargo, el entrañable abuelo  Pepe alberga un profundo rencor hacia los judíos, por lo que Claude tendrá que ocultar su identidad a sus protectores.

Resulta ejemplar la forma cómo se trata en este film un tema tan delicado y quemado como es el antisemitismo. A veces parece olvidarse que no todos los que apoyaron la persecución judía eran auténticos malvados de mirada aviesa y sin corazón. Por muy duro que sea reconocerlo el antisemitismo es algo que ha existido siempre y que a veces aflora incluso en personas tan entrañables como el personaje de Pepe.
Berri nos presenta la historia con una absoluta imparcialidad, sin recrearse en elementos melodramáticos o situaciones forzadas. Pepe es un personaje que cae bien al espectador hasta el punto de que sus continuos discursos antijudíos nos resultan graciosos pese a su contenido. No podemos evitar simpatizar con ese ancianito que cuida a su perro como si fuera su propio hijo, que juega con ese niño con tanta ternura y que, para mayor recochineo, es vegetariano porque cree que es inhumano devorar a seres vivos. Todo esto contrasta con el desprecio y el odio que parece sentir no ya sólo hacia los judíos sino también hacia masones y bolcheviques.

La historia está llevada de una forma que huye de todo moralismo, y prueba de ello es que Pepe jamás llegará a saber que ese niño al que tanto adora es un judío. Ese habría sido el desenlace más previsible y que el espectador teme en todo momento, pero a los guionistas no parece interesarles esa situación. No quieren que veamos cómo Pepe aprende una valiosa lección sobre tolerancia, sino que contemplemos su relación con el niño, que seamos testigos del íntimo vínculo que se establece entre ellos sabiendo nosotros la verdad. No se pretende caer en el tópico de que veamos como el personaje «equivocado» es consciente de su error o se plantea un dilema moral, en todo caso dicho dilema va dirigido a los espectadores, pero nunca a Pepe.

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Cabe destacar también la magnífica interpretación de la pareja protagonista, pero sobre todo la de Michel Simon como Pepe, a quien podemos recordar por sus papeles secundarios en films tan diversos como L’Atalante (1934) de Jean Vigo,  El Cebo (1958) de Ladislao Vajda o El Tren (1964) de John Frankenheimer. Su personificación consigue que Pepe adquiera vida propia, que seamos capaces de verlo no ya como un personaje sino como una persona real de carne y hueso. Es en gran parte suyo el mérito de que la película funcione tan bien.
El pequeño Alain Cohen en su primer papel cinematográfico hace también un buen trabajo al comportarse con naturalidad consiguiendo ese gran reto que es que un niño nos resulte creíble actuando en una película. Claude es un personaje muy interesante también, ya que al no conocer sus pensamientos y ser totalmente inocente llega un punto en que no sabemos si se cree los discursos de Pepe sobre los judíos o si simplemente le sigue la corriente (por ejemplo, en cierta escena dice que ha tenido una pesadilla porque ha soñado que era judío).

Por último, la realización de Berri ayudada por una buena fotografía en blanco y negro contribuyen a dotar este film de una pureza y de una delicadeza especiales. Cabe destacar las escenas en que Claude juega en el campo con su amiga o con Pepe, de una belleza y autenticidad asombrosas. Son estos pequeños momentos los que parecen que más interesan a Berri, el conseguir retratar la armonía en la que viven sus personajes, una armonía bajo la cual se esconde algo terrible aunque no lo parezca.

Una pequeña joya a reivindicar.

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Se abre el Gabinete del Dr. Mabuse

«Un día, hará un mes, toqué fondo. No quería seguir viviendo en un universo sin Dios. Tengo un rifle. Lo cargué y me lo puse en la frente. Recuerdo que pensé “Voy a suicidarme” (…) De repente, el rifle se disparó, estaba tan tenso que apreté el gatillo. Pero sudaba tanto que el rifle resbaló y la bala no me alcanzó. Los vecinos empezaron a aporrear la puerta y se armó un escándalo tremendo. Corrí a abrir la puerta. No sabía qué decir, estaba avergonzado y confundido. Mi mente iba a mil por hora, y yo sólo sabía una cosa: tenía que irme de allí, salir a la calle y despejarme.

Recuerdo que eché a andar por las calles. Mi mente estaba hecha un lío, todo me parecía muy violento e irreal. Estuve deambulando por el Upper West Side durante horas. Me dolían los pies y la cabeza. Tenía que sentarme.

Me metí en un cine. No sabía qué estaban poniendo, sólo necesitaba unos instantes para poner orden en mis pensamientos y volver a ver el mundo desde una perspectiva racional. Subí al primer piso y me senté. Ponían una película que había visto varias veces desde que era niño y siempre me encantaba. Me puse a mirar la pantalla y la película me enganchó. Empecé a pensar: “¿Cómo puedes pensar siquiera en suicidarte? Mira a toda esa gente de la pantalla. Es divertidísima. Y ¿qué más da si lo peor es cierto, si Dios no existe y sólo pasas por la vida una vez? ¿No quieres vivir esa experiencia?”«.

Woody Allen es uno de los cineastas que mejor ha sabido retratar en su obra el amor que siente un cinéfilo como él hacia el séptimo arte. En este fragmento de Hannah y sus Hermanas (1986) nos está contando cómo algo tan supuestamente intrascendental – una película de los hermanos Marx – ayudó al personaje que interpreta a encontrar un sentido a su existencia. Aunque no habla directamente de cine, sino más bien de aprender a disfrutar de los pequeños placeres de la vida, me parece un buen texto con el que inaugurar un blog de críticas de películas creado por alguien que comparte esa visión de Allen y debe muchísimo al arte cinematográfico.