El Señor Shôsuke Ohara [Ohara Shôsuke-san] (1949) de Hiroshi Shimizu

Hace tiempo leí una entrevista a Hirokazu Koreeda, uno de los directores japoneses más prestigiosos de este siglo, en que decía que se solía comparar su cine con el de Ozu quizá porque suele tratar las relaciones familiares, pero Koreeda afirmaba preferir en realidad a Mikio Naruse porque sus películas seguían teniendo algo misterioso e indescifrable para él. Algo parecido creo que me pasa a mí con Hiroshi Shimizu. Aquellos de ustedes que lleven tiempo siguiendo este gabinete cinéfilo sabrán que aquí he comentado multitud de películas suyas, y lógicamente tras un tiempo me he familiarizado con el estilo de ese gran cineasta olvidado. Pero sigue habiendo algo que se me escapa. Más allá de ese estilo aparentemente sencillo y descuidado, en que la clave está crear un clima espontáneo tan auténtico, hay algo tras esas imágenes que se me hace extrañamente conmovedor. Incluso tras ciertas escenas con un cierre tan tonto o algunos de esos gags tan pueriles, que entiendo que deberían hacerme gracia y no lo consiguen, hay algo genuinamente conmovedor que compensa las reticencias que podría tener y que me transmite un sincero humanismo.

¿Quién en su sano juicio empezaría una película con un gag tan simplón como el que da inicio a El Señor Shôsuke Ohara (Ohara Shôsuke-san, 1949)? Una serie de jóvenes están reunidos en casa del protagonista, Saheita Sugimoto, agradeciéndole que les haya comprado unos uniformes para jugar a beisbol, y al final el propio Saheita se une al partido con consecuencias desastrosas, ya que recibe un balonazo en la entrepierna. ¿Qué rayos ha sido eso? Poco a poco vamos entendiendo que Saheita es el último miembro de una prestigiosa dinastía que vive entregado a la holgazanería y el alcohol en un pequeño pueblo. La que antaño era una gran fortuna ahora se ha desvanecido después de gastarlo en todo tipo de placeres disolutos, pero la gente del pueblo sigue teniéndole respeto y acuden a él a pedirle favores. Saheita, que tiene buen corazón, se ve incapaz de negarles nada y se endeuda para ayudar a todo el que lo necesite.

El tal Señor Shôsuke Ohara al que alude el título de la película es el protagonista de una popular canción folklórica que se gastaba su inmensa fortuna en alcohol y geishas, el cual le sirvió a Shimizu de inspiración para dar forma a un personaje que tiene ese idéntico defecto pero también una faceta que le redime: su sincera voluntad por ayudar al prójimo. Saheita acaba siendo un curioso y entrañable personaje que mezcla esos rasgos bondadosos con una absoluta desidia hacia todo aquello que implique cierta responsabilidad: se esconde del hombre que viene a cobrar sus deudas o cuando la gente del pueblo le pide que se presente como candidato para ser gobernador, éste declina la propuesta y sugiere al sacerdote. No es el clásico zorro astuto que vive de aprovecharse de los demás, ni siquiera parece especialmente inteligente, simplemente es un buen hombre arrastrado a una vida disoluta – resulta por cierto fundamental en su caracterización la forma como Denjirô Ôkôchi supo captar la esencia de su personaje, en una de esas inhabituales colaboraciones de Shimizu con un actor profesional consagrado, prefiriendo éste normalmente no profesionales.

Esto tiene mucho que ver con un tema que se trataba bastante en el cine japonés de la época y que ya vimos en El Baile en la Casa Anjo (Anjô-ke no butôkai, 1947) de Kôzaburô Yoshimura, que es el cambio de los tiempos con el fin de la II Guerra Mundial. La modernidad y la occidentalización se estaban abriendo paso en Japón, y algunas viejas y respetables familias nobles como la de este filme y el de Yoshimura se encontraban de repente en una situación comprometida, con su fortuna perdida y sin que su prestigio les pudiera ser de mucha ayuda. El pequeño pueblo donde sucede la acción no es ajeno a esos cambios. Cuando Saheita intenta hacer volver a casa a la hija fugada de un hombre del pueblo, ésta se niega argumentando que en ese pueblo no tiene futuro y que quiere irse a Tokio. Más adelante en las elecciones el candidato que pide apoyo a nuestro protagonista insiste en modernizar el pueblo trayendo la electricidad y una academia de baile, siendo esto último algo que preocupa especialmente a los adultos de la población por la mala influencia que tendrá en sus hijos. No se puede negar que muchos de estos cambios son necesarios e incluso positivos, Shimizu no pretende dar a entender lo contrario, pero sí que es inevitable compartir la nostalgia que siente el protagonista hacia unos tiempos más sencillos simbolizados en el antiguo estatus de su familia, que ahora inevitablemente toca dejar atrás.

Aun sabiendo cómo se las gasta Shimizu, la película tiene bastantes detalles que me llaman poderosamente la acción. En cierto momento el protagonista manda su inseparable asno de vuelta a casa solo, y Shimizu nos ofrece un largo plano en el que simplemente vemos al simpático animal dirigiéndose obedientemente a su hogar. En cambio, un dato de vital importancia como el saber que el ganador de las elecciones cometió un fraude se despacha en una frase del protagonista como si fuera algo irrelevante y sin entrar en más detalles. El desprecio que siente Shimizu hacia los clásicos conflictos o una trama convencional es palpable, y su preferencia está claramente en captar los pequeños detalles. Por ejemplo los largos travellings para que veamos las diferentes estancias de la casa y toda la actividad que se produce en ella, y la batalla sonora entre las mujeres aprendiendo a coser con máquinas (¡otro emblema de la modernidad!) y el rito que dirige el sacerdote.

Solo hacia el final, cuando Saheita decide que no es justo seguir dando largas al cobrador de la deuda y para ello decide empeñar todos sus bienes, parece que Shimizu se atreve por fin a llegar al meollo de la cuestión. Dos ladrones entran a robar en su casa y Saheita se disculpa ante ellos porque no hay nada que robar y les invita a beber (tal es el humanismo de Shimizu que nos hace simpatizar hasta con ese par de ladronzuelos de poca monta). Y entonces y solo entonces Saheita nos da su visión de lo sucedido: al ser el hijo de una prestigiosa familia nunca ha podido aspirar a tener un trabajo normal con el que ganarse la vida, como oficinista y campesino. ¿Qué le quedaba pues? La opción de holgazanear y beber intentando mantener el prestigio de su saga familiar comportándose como un hombre poderoso y ayudando en todo lo posible a todo el que se lo pidiera, incluso aunque eso conllevara endeudarse. Mientras Saheita se sincera ante los dos ladrones, se nos muestra unas panorámicas de las paredes y techos ahora vacíos de la mansión del protagonista, un tipo de planos muy vistosos y por ello extrañamente inusuales en el cine de Shimizu. No vamos a decir que este discurso sirva como justificante para su comportamiento, pero me parece encomiable cómo el humanismo del cineasta le lleva a querer comprender y simpatizar con todos sus personajes, incluso uno basado en una mera canción popular que solo tenía como finalidad burlarse de un hombre rico de vida disoluta. Hasta de un personaje caricaturesco así Shimizu consiguió sacar una película preciosa con un protagonista con el que es imposible no simpatizar.

2 comentarios

  1. ¡Qué liberación!

    ¿Sabe lo que me pasa, Doctor?, pues que tengo pendientes muchas pelis de Shimizu porque me veo en la obligación de escribir sobre ellas si las veo, y claro, entre Wellman que es interminable y las cosas que surgen, por no mencionar mi existencia física y sus afanes, casi siempre me veo mal de tiempo y por eso no las veo, porque a lo mejor no puedo escribir sobre ellas. Es por esto que con su estupenda reseña me libera de esa obligación para este Shosuke Ohara y puedo verla tranquilo pensando que ya está bien puesta en letras.
    Además, me anima mucho su apunte, pues mi impresión es que iba a ser una de esas obras «desganadas» de Shimizu pero ya leo que no, que le puso empeño y le quedó bonita, así que la disfrutaré seguro.

    ¡Saionara!

    1. Jajaja, me ha encantado esa «auto-obligación» de escribir sobre las películas que ve de Shimizu. Pues no se preocupe, aquí está el Doctor Mabuse para liberarle de esa obligación con El señor Shohuke Ohara.

      Y sí, a ver qué le parece, pero yo creo que está película tiene mucha miga. Incluso, no he incidido en el tema pero hay algunos planos bastante vistosos para lo que suele ser el estilo de dirección de Shimizu (algunos travellings, algún plano en que se refleja una situación a través de los pies de los personajes…).

      Un saludo.

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