Alemania

Muchachas de Uniforme [Mädchen in Uniform] (1931) de Leontine Sagan

La joven huérfana Manuela von Meinhardis es internada por su tía en un severo colegio para hijas de oficiales. Ahí las chicas son educadas con una férrea disciplina y en condiciones bastante duras. Sin embargo hay una excepción, la señorita von Bernburg, una profesora que tiene fascinadas a muchas de las alumnas y hacia la que Manuela sentirá una atracción instantánea que transgredirá las rígidas normas de la institución.

Muchachas de Uniforme es una obra absolutamente sorprendente y llamativa teniendo en cuenta su época de realización. Estrenada en los últimos años de la República de Weimar antes de la llegada del nazismo, el film destaca por su retrato de la feminidad y la psicología de sus protagonistas. No era muy habitual por entonces que una película se dedicara tan enteramente a figuras femeninas (y menos aún que no hubiera ni un solo personaje masculino en todo el metraje), y por ello no es de extrañar que en los últimos años haya sido rescatada para ser fruto de análisis feministas.

Hay ante todo dos grandes temas en Muchachas de Uniforme que deben estudiarse por separado: una crítica a la severa y estricta ideología prusiana y la atracción que sienten las alumnas hacia la señorita von Bernburg.

En lo que respecta al primer tema, el film es implacable y bastante revolucionario para una Alemania que aún por entonces tenía reciente su pasado prusiano y que desgraciadamente pronto vería renacer algunas de esas actitudes en el nazismo. Las niñas son educadas en el internado con una disciplina tan estricta que busca convertirlas en seres sin sentimientos y sin iniciativa. Este tipo de educación es explicado por la directora al inicio del film cuando se le dice que algunas niñas se quejan por la falta de alimentos, a lo que ella responde que para darles una verdadera educación prusiana deben pasar hambre y someterse a una estricta disciplina. En otro momento aludirá al mismo hecho diciendo que «la patria necesita hombres de hierro«.

Las jóvenes no comprenden por qué deben pasar tantas penurias o por qué sus padres les han enviado ahí, especialmente algunas cuyas madres también fueron educadas en ese mismo internado y ya conocían las condiciones en que estaban. En realidad se espera que en el futuro ellas se vuelvan también seres fríos e implacables que manden ahí a sus hijas.

Los pocos momentos en que las alumnas se dejan llevar por algún sentimiento espontáneo o de felicidad (risas, bromas, etc.) son siempre reprimidas por alguna profesora, como si les estuviera prohibido disfrutar de su juventud. Resulta irónico que cuando la Princesa les hace una visita comente que es reconfortante «ver a tantas niñas felices«.

No nos debe extrañar por tanto que con la llegada al poder del nazismo la película fuera prohibida, puesto que su mensaje sobre la extrema dureza de la educación prusiana basada en la ciega obediencia chocaba frontalmente con los valores de un partido que precisamente exigía eso mismo del pueblo alemán, y de hecho ése sería el principal mensaje de las películas de propaganda nazi.

El siguiente gran tema del film y quizás el que más llama la atención hoy en día es el retrato de la homosexualidad femenina. Aunque no se alude explícitamente, realmente no puede dejar de ser más obvio y no se esconde en ningún momento. De hecho la primera referencia que Manuela y el espectador tendrán de la señorita von Bernburg es que todas las chicas que están bajo su supervisión se enamoran de ella, ni más ni menos. Y aunque quiera tomarse ese enamoramiento como algo inocente e infantil, la directora del film no dejan ninguna duda al respecto.
En otras escenas nos muestran a las jóvenes (que se encuentran en la conflictiva edad de la pubertad) contemplando fascinadas fotografías de hombres e incluso sintiendo curiosidad por sus propios cuerpos y los de sus compañeras, que están experimentando el proceso de convertirse en mujeres. No son niñas enteramente inocentes, sino jóvenes descubriendo la sexualidad, un tema que por supuesto no entra en su educación y que las profesoras intentan evitar en la medida de lo posible como si no existiera. Von Bernburg será su única válvula de escape a esos sentimientos.

Resulta inolvidable la escena en que dicha profesora entra en la habitación de las chicas y les desea buenas noches dando un beso a cada una. Pese a que es un gesto que ahora pueda parecernos inocente, no significa lo mismo para unas niñas aisladas del mundo exterior y que no reciben de nadie el amor y cariño que necesitan (en otra escena podemos ver como entre ellas mismas se escriben «cartas de amor»). Las caras que ponen esperando impacientemente ese momento mientras von Bernburg va besándolas no dejan ningún lugar a dudas sobre la fascinación y atracción que sienten hacia ella.

En el tramo final de la película, ambas ideas se funden cuando estalla el conflicto: Manuela en cierto momento manifiesta públicamente el amor que siente hacia von Bernburg y es castigada duramente por la directora de la escuela por su escandaloso comportamiento. Se produce un choque entre la implacable y estricta educación prusiana y la necesidad de amor de todas las chicas, que solo von Bernburg corresponde. Para la directora cualquier manifestación de amor o sentimientos resulta inaceptable, y por tanto ese trato tan cercano de la profesora a sus alumnas (es decir, de un superior a sus subordinados) le resulta intolerable.

Muchachas de Uniforme no es solo una severa crítica a ese tipo de educación tan fría y estricta sino una película que retrata una edad especialmente conflictiva para toda joven en que su necesidad de amor o de alguien a quien manifestar sus dudas y sentimientos debe ser correspondida. Von Bernburg no deja de ser también una profesora estricta y disciplinada, pero al mismo tiempo intenta darles a entender el cariño que siente hacia todas las alumnas. Más allá del obvio y atrevido trasfondo homosexual que se encuentra tras esta relación (y que se percibe en cada escena que von Bernburg y Manuela comparten juntas), el mensaje final de la película es un llamamiento a una mayor comprensión hacia esas pobres niñas indefensas.

Espías [Spione] (1928) de Fritz Lang

Después de estar a punto de llevar a la UFA a la bancarrota (lo cual no era poca cosa, puesto que se trataba de la productora más importante de Europa) con Metrópolis (1927), Fritz Lang se embarcó en un nuevo proyecto relativamente más modesto y seguro, Espías.

La película era un obvio intento por apostar sobre seguro después de la desbocada y absolutamente excesiva producción de Metrópolis, un retorno al género criminal que tanto éxito le había procurado a Lang años atrás con El Doctor Mabuse (1922), un film que le serviría al director (y sobre todo a sus sufridos productores) como descanso después de obras tan caras y megalómanas como la ya citada Metrópolis o Los Nibelungos (1924).
Y jugaban sobre seguro, porque Espías repite virtualmente los mismos esquemas que El Doctor Mabuse con algunas pequeñas variaciones que le dotaran de personalidad propia. De nuevo el enemigo es un poderoso criminal con una potente organización secreta e incluso esta vez Lang y su guionista Thea Von Harbou se permitieron reciclar una de las muchas subtramas de El Doctor Mabuse convirtiéndola en la trama principal de este film: una historia de amor entre dos personajes situados en bandos contrarios, una espía que debe elegir entre obedecer a su peligroso jefe o a su corazón.

En realidad sabiendo eso no hay mucho más que decir sobre la trama: Haghi es el poderoso genio del mal al que el Agente 326 intenta atrapar, pero el maquiavélico espía envía a la atractiva Sonja para que le seduzca y así poder dominarle. Inesperadamente, surge entre ellos una verdadera historia de amor bastante similar a la que en El Doctor Mabuse había entre Edgar Hull y la espía enviada por Mabuse, con la diferencia de que en este film esta circunstancia es el eje principal de la obra.

Haghi, el nuevo genio del mal que nos muestran Lang y Von Harbou posee como Mabuse una poderosa organización criminal pero que en este caso llega aún más allá. No se trata de una simple banda de delincuentes, Haghi se esconde bajo la tapadera de un banco en el cual aloja en realidad una organización en toda regla, casi como si fuera una suerte de empresa, en que los espías trabajan con informes y datos como oficinistas. A diferencia de Mabuse, Haghi no solo no posee poderes mentales sino que además restringe su trabajo a la oficina. De hecho va en silla de ruedas, lo cual enfatiza el contraste entre su enorme poder y su limitada capacidad física (además de marcar estilo de cara a futuros genios del mal que también se verían confinados en sillas de ruedas).

El inicio es deslumbrante y creado sin duda para atrapar e impactar al espectador: se nos muestran una serie de crímenes con un ritmo de montaje frenético, los planos se suceden sin que sepamos exactamente qué ocurre, y entonces un personaje se pregunta “¿Quién está detrás de todo esto?”. Seguidamente aparece un primer plano de Haghi respondiendo “Yo”, dándonos a conocer el causante de esos crímenes así como al gran personaje del film.
A continuación conocemos al Agente 326, quien en unos pocos minutos tiene tiempo de caer en gracia al espectador y de desenmascarar a un espía infiltrado en la policía. Para entonces Haghi ya tiene en su poder una ficha y fotos del agente que examina minuciosamente con una lupa, como si estuviera estudiando un espécimen de insecto. Su forma de trabajar, como la de Mabuse, es precisa, exacta y calculadora, por ello le molesta tanto que Sonja sea incapaz de cumplir su misión por estar enamorada del Agente 326, porque eso se escapa a su forma de actuar tan fría y cerebral (no olvidemos que precisamente el Doctor Mabuse acabó cayendo en desgracia a partir de cuando se dejó llevar por sus impulsos).

La misma idea se encuentra en la subtrama del film en que un Embajador japonés, Masimoto, debe hacer llegar un importantísimo acuerdo a Japón. Después de advertir al agente 326 sobre que Sonja es una espía, le dirá una frase que acabará siendo su sentencia de muerte: no hay que dejar que ninguna mujer se interponga en el trabajo. Justo después, aparecerá como por casualidad, una inofensiva y adorable muchacha tirada por la calle a la que acaba acogiendo por pena. Kitty obviamente no tiene nada de adorable o inofensiva, ya que es otra espía enviada por Haghi para hacer con Masimoto lo mismo que Sonja hizo con el Agente 326.
Cuando Masimoto es finalmente seducido y robado por Kitty, se le aparecerán en una alucinación los tres hombres a los que envió a la muerte llevando documentos falsos para despistar a Haghi mientras ondea de fondo la bandera del país al que ha decepcionado. Esta alucinante escena de tintes expresionistas resulta uno de los momentos más espectaculares del film.

Toda la red de Haghi constituye una poderosa e inmensa telaraña criminal en que todos los elementos están unidos entre sí con exacta precisión. Una prueba de ello es el momento en que Haghi decide acabar con el Agente 326. En lugar de simplemente encargar a uno de sus espías que le pegue un tiro, Haghi elabora un elaboradísimo y complejo plan en que el vagón en que viaja el Agente 326 sufrirá un accidente ferroviario. Este tipo de enrevesados planes conspiranoicos evidencian la fuerte influencia de los seriales y de cineastas como el Louis Feuillade de Fantômas (1913) y Les Vampires (1915). De hecho, uno de los propósitos de Lang en toda su etapa alemana era el de unir la cultura popular con la alta cultura, cogiendo toda la tradición de seriales baratos sobre organizaciones criminales y llevándolos a la pantalla como grandes películas, sirviéndose de elementos tan tópicos y recurrentes como los que he ido mencionando para hacer cine de calidad.

De todo el reparto destaca con luz propia, como no podía ser de otra manera, Rudolf Klein-Rogge, un rostro más que habitual en el cine de Lang y que de hecho ya había encarnado anteriormente al Doctor Mabuse, demostrando que al director no le importaba que se hicieran comparaciones. También cabe decir como curiosidad que Masumoto está encarnado por el actor y director Lupu Pick, autor de algunos de los dramas realistas más importantes hechos en Alemania como Raíles (1921).

Para acabar las comparaciones con su anterior obra maestra, pese a parecer un simple film de espías se trata también de una película mucho más compleja y elaborada de lo que dictan los tópicos del género. Su frenético inicio puede hacer creer al espectador que ése será el tono del resto de la película, pero en realidad Lang vuelve a repetir la jugada que hizo en El Doctor Mabuse y pasa de una introducción espectacular a un desarrollo muy denso en que explora las relaciones de los personajes para finalmente desembocar en un gran final frenético.

Lo que la sitúa en un nivel inferior a ésta y otras obras maestras de su etapa alemana es que ese desarrollo de personajes no resulta tan fascinante como el de El Doctor Mabuse, en que hacía un retrato demoledor de la Alemania de la época, optando aquí por limitarse a explorar la historia de amor de los protagonistas y explotar al máximo algunas convenciones del género.
Aún así resulta una gran película que por ejemplo el cineasta Claude Chabrol citaba como su favorita de la primera etapa de Lang.

Aunque históricamente ha sido la obra más infravalorada de la edad de oro de su etapa alemana junto a La Mujer en la Luna, por suerte se le ha ido haciendo justicia gracias a sus numerosos méritos.
Magnífica.

Tartufo o el Hipócrita [Her Tartüff] (1925) de F.W. Murnau

Un acaudalado anciano ha desheredado a su nieto tras ser engañado por su criada, que le ha hecho creer que está llevando un estilo de vida decadente, para así enemistarle y conseguir ser su única heredera. Por ello, cuando el joven va a visitar a su abuelo es expulsado inmediatamente. Éste, sospechando lo que sucede, se infiltra en la casa haciéndose pasar por un proyector de películas ambulante y les hace ver la historia de Tartufo.
Basada en una obra de Molière, Tartufo narra la historia de un hombre de acomodada posición, Orgon, que durante un viaje conoce a un misterioso personaje llamado Tartufo que le hechiza por completo con sus rígidas ideas morales. Cuando Orgon vuelve a su mansión junto a su nuevo amigo Tartufo, su mujer Elmire se alarma al ver cómo su marido ha cambiado por completo dejándose influenciar por todo lo que le dicta Tartufo: se deshace de los criados, se muestra frío y poco receptivo ante su cariñosa esposa y hasta pretende desprenderse de algunos de sus bienes. Ella sin embargo está convencida de que Tartufo es un impostor que sólo quiere aprovecharse de su marido, así que se propone desenmascararle con la ayuda de su fiel criada Dorine.

Tartufo era un encargo que Murnau se vio obligado a dirigir un poco a desgana cuando estaba preparando la que pensaba que sería su siguiente obra, una adaptación del mito de Fausto. Esta versión de Tartufo sin embargo ya llevaba tiempo gestándose antes de que el proyecto cayera en manos de Murnau, pero el anterior film del director, El Último (1924), había tenido tanto éxito que seguramente la UFA (la gran productora de cine alemán de los años 20) decidió volver a reunir al equipo que había hecho posible esa obra maestra para asegurarse la jugada: Murnau como director, Emil Jannings como protagonista, Carl Mayer como guionista y Karl Freund como operador de cámara. Pero así como en El Último y en la posterior Fausto (1926) los cuatro cineastas pudieron lucirse cada uno en su apartado, en Fausto el claro ganador es Emil Jannings.

El guión de Carl Mayer no era una adaptación rígida de la comedia original de Molière sino que, al contrario, se tomó la libertad de eliminar unos cuantos personajes (como la madre y los hijos de Orgon) así como de algunos matices argumentales para simplificar del todo la historia conservando básicamente el tema y su esencia. Además le añadió un prólogo y epílogo situados en la actualidad que aunque no aportan mucho sirven como agradable introducción y cierre del film, enfatizado por el hecho de que el protagonista se dirige al público, casi como si estuviera presentando una obra teatral.
Curiosamente, del mismo modo que el propio Molière tuvo problemas en su época con la obra por su contenido, Murnau y Mayer volvieron a tenerlos en pleno siglo XX por los mismos motivos: Tartufo es un personaje hipócrita y aprovechado que hace gala de un alto sentimiento religioso y que basa sus consejos en preceptos cristianos, y ese falso cristianismo molestó mucho también en la época de Murnau, y es que algunas cosas nunca cambian. Así pues, la película inevitablemente fue censurada en algunos países para evitar la sensación de que Tartufo era un hombre religioso que se aprovechaba de Orgon, lo cual es sumamente ridículo puesto que todo el film se basa en esa premisa, además de que se deja bien claro que Tartufo es un hipócrita y no un representante de la Iglesia.

Aunque el resultado final es una buena comedia impecablemente acabada en los aspectos formales, uno no puede evitar preguntarse cómo habría sido si la hubiera dirigido Ernst Lubitsch, contemporáneo de Murnau y experto en comedias sofisticadas así como en el tema de las falsas apariencias. Por temática, Tartufo es una obra que indudablemente tenía que haber acabado en manos de alguien como Lubitsch, que seguramente le habría sacado mucho más jugo por estar más familiarizado con este tipo de obras. Murnau por otro lado era un genial y experimentado director que ya había dirigido alguna que otra comedia (como Las Finanzas del Gran Duque), así que su dirección resulta intachable. Pero lo que se echa en falta y me lleva a mencionar a Lubitsch es ese toque especial que acaba de redondear films como éste, ese exquisito gusto por los detalles o esa capacidad para plantear las escenas que hizo de Lubitsch uno de los más grandes de la comedia. Murnau en cambio destaca por sus cualidades formales.
Seguramente es un poco tópico hablar del uso de la iluminación en una película alemana de los años 20, y más si es de Murnau, pero resulta inevitable porque, incluso en una agradable comedia donde ese aspecto no se suele cuidar tanto, el cineasta vuelve a dejar patente su fascinación por esos aspectos estéticos. Solo cabe recordar pequeños trucos tan bien orquestados como el momento del prólogo en que el nieto sopla una vela situada en primer plano y al instante la iluminación del encuadre se apaga dejando a los personajes en la oscuridad, o los planos nocturnos de la mansión de Orgon en que se utiliza de forma magistral la luz de los candelabros que los criados llevan con ellos.

Tampoco puedo dejar de mencionar los maravillosos primeros planos que Murnau le dedica a la actriz Lil Dagover (más recordada por su papel en El Gabinete del Doctor Caligari), que consiguen resaltar la belleza y pureza del personaje de una forma que me recuerda vagamente al tratamiento que dedicaría a la actriz Janet Gaynor en la preciosa Amanecer (1927).

Pero como ya dije, quien destaca por encima del resto sin duda es el actor Emil Jannings. De hecho, antes de que Murnau entrara en el proyecto, el film ya estaba concebido como una obra para su lucimiento y no es para menos, Tartufo es el tipo de personaje que un actor de su estilo agradece encarnar: un personaje villano y carismático que además podía interpretar libremente cayendo en la exageración puesto que es una comedia. Sus apariciones continuamente pegado a sus libros religiosos resultan inolvidables, así como escenas abiertamente humorísticas como el desayuno con Orgon, en que devora glotonamente un pedazo de carne con una expresión que quiere parecer seria y reflexiva y acaba siendo bastante divertida, o cuando conversa con la esposa de Orgon y no puede evitar fijarse en el escote y las piernas de ésta. En referencia a esto último cabe también destacar la atrevida sexualidad que emana de la película, no solo por la obvia lujuria de Tartufo sino por la idea que no se dice directamente pero que sí se da a entender de la frustración sexual de Elmire, ya que Tartufo ha conseguido que su marido no se atreva ni a besarla.

El eficiente resultado final sirvió a la UFA para mantener su prestigio, ya que al tratarse  de una adaptación de un clásico realizada por uno de sus mejores equipos resultaba obvio que indudablemente estaba hecha para conseguir éxito tanto de taquilla como de crítica. Aunque no resulta tan divertida como otras comedias de la época está muy bien realizada y mantiene fielmente los elementos críticos de la obra de Molière.

La Calle [Die Strasse] (1923) de Karl Grune

Alucinante recreación de la agitada vida nocturna en el Berlín de principios de los años 20. El protagonista es un hombre maduro que, agobiado por su aburrida vida hogareña, decide lanzarse a la calle en busca de diversión con la que romper su monotonía. Paralelamente se nos cuentan las historias de otros personajes que acabarán confluyendo en un trágico desenlace.

Sugerente e inolvidable film que combina influencias de las dos grandes tendencias del cine artístico alemán de la época: el realismo del kammerspielfilm y el expresionismo. Encontramos el realismo en el hecho de centrar la acción en unos personajes de clase obrera así como en la elección del tema, un brutal retrato de la decadente capital germana y de la bulliciosa vida nocturna que arrastra consigo al protagonista. Como era habitual también en este tipo de películas, los personajes no tienen nombre, aunque por otro lado la práctica ausencia de rótulos lo hace innecesario.

Sin embargo, pese a la elección del tema, este retrato de Berlín tiene más que ver con la visión que aportó Fritz Lang en su sobrecogedora saga del Dr. Mabuse que con los kammerspielfilms de la época (dramas realistas basados en el teatro de cámara alemán que gozaban de muy buena aceptación crítica), puesto que aunque el tipo de historia evoca un enfoque realista, el tratamiento remite directamente al más puro expresionismo. La escena inicial ya nos da unas cuantas pistas al respecto cuando se nos muestra al protagonista en su pequeño y oscuro apartamento en que observa fascinado la vida urbana que le espera fuera, pero no a través de la ventana sino de las sombras que se proyectan a través de ella, un momento maravillosamente filmado y lleno de simbolismo.
Una vez en la calle, se nos muestra una ciudad bulliciosa, frenética y casi agresiva donde un hombre como él tiene pocas posibilidades de sobrevivir. El uso obvio de decorados no realistas para recrear los edificios, la oscura fotografía, el inteligente uso de las luces (me encanta el plano en que se reflejan en un escaparate los faros de los coches que van pasando) y el continuo movimiento dan forma a una ciudad que resulta casi pesadillesca y exagerada. No pretende ser una fiel recreación sino una muestra de la forma como ese personaje siente y ve la ciudad, un mundo extraño y agobiante desconocido para él pero al mismo tiempo fascinante y atrayente.

Esta sensación se aumenta aún más con algunos juegos visuales prácticamente surreales. Al inicio de su aventura nocturna, el protagonista se fija en una mujer cuya cabeza se transforma repentinamente en una calavera. Más adelante tiene lugar el que es quizás el plano más recordado del film, cuando sigue a una prostituta que le ha seducido y de repente se detiene alarmado ante un extraño letrero luminoso de una óptica con forma de dos ojos. En la oscuridad de la noche parece que esos dos ojos estén observando sus pecaminosos actos y eso le hace sentirse culpable por lo que está a punto de hacer.

Después de este maravilloso inicio, el protagonista acaba en un music-hall junto a la prostituta y tres personajes más: uno de ellos es otra víctima que se dejó seducir por los encantos de la decadente vida nocturna, los otros dos son cómplices de la prostituta dispuestos a desplumar a los otros. El film aquí peca de una repentina pérdida de ritmo, en gran parte por la escena en que se desarrolla una larga y tensa partida de cartas que esta vez no tiene nada que ver con las inolvidables partidas del ya mencionado Dr. Mabuse (1922). Cuando la partida finaliza, se reemprende la trama inicial que, como era de esperar, acaba fatídicamente: tiene lugar un asesinato y el protagonista es acusado injustamente del crimen. En la soledad de su celda, pensará desesperado en ahorcarse después de ser consciente de que no debería haberse dejado llevar por ese frenético mundo nocturno que parecía tan apasionante. Aquí el brutal expresionismo del inicio prácticamente se deja de lado en favor de seguir más de cerca el destino de los personajes.

El guión corre a cargo del director, Julius Urgiss y Carl Mayer, el gran guionista del cine alemán mudo junto a Thea von Harbou. Sumando las contribuciones de los dos tendríamos prácticamente todas las grandes obras germanas de la época. El tema de La Calle desde luego no era nuevo, y de hecho más adelante Mayer llevó un paso más allá su empeño en retratar la capital alemana con el maravilloso documental experimental Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927), que es un muy buen complemento a éste. Mientras la posterior obra de Walter Ruttman retrataba en estilo documental una jornada en la ciudad, La Calle constituye la versión ficcionada de la noche y del oscuro submundo que se esconde en sus sombras.

Gente en Domingo [Menschen am Sonntag] (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

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Gente en domingo es una película que se recuerda mucho hoy en día sobre todo por los nombres que estuvieron involucrados en ella: Robert Siodmak junto a su hermano Curt, Edgar G. Ulmer, Fred Zinneman y Billy Wilder. Todos ellos emigrarían a Hollywood huyendo del horror nazi y emprenderían ahí una carrera cinematográfica con más o menos suerte: Curt Siodmak y Egdar G. Ulmer no fueron tan exitosos como sus compañeros (el primero fue guionista y el segundo director especializado en serie B con alguna pequeña joya escondida entre su filmografía), Robert Siodmak construyó una sólida carrera con un buen número de geniales películas de cine negro, Fred Zinneman tendría gran éxito con films como Sólo Ante el Peligro (1952) De Aquí a la Eternidad (1953) y sobre Billy Wilder… bueno, no creo que haga falta comentar nada.

Este film fue su interesante debut tras las cámaras, una película que fue más bien un trabajo colectivo pese a que en sus créditos figura como dirigida por Robert Siodmak y Ulmer y escrita por Billy Wilder.

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 La premisa de la que parte es muy interesante y se anticipaba en algunos aspectos al estilo neorrealista que llegaría a Europa más de una década después: los protagonistas los encarnan cinco actores no profesionales y la película se rueda en su mayor parte en las calles de Berlín. El argumento sobre el que gira es mínimo, es una excusa para reflejar a la clase obrera berlinesa disfrutando de sus actividades de ocio en un domingo cualquiera. Los protagonistas son dos hombres que quedan con dos chicas para pasar el domingo juntos: uno de ellos está casado pero no parece llevarse bien con su mujer, a la que deja en casa durmiendo; el otro intenta inicialmente seducir a la chica que conoció el día anterior, pero cuando ésta le rechaza él se lanza enseguida a por la amiga que vino simplemente como acompañante. Obviamente, al final de la cita habrá olvidado a las dos.
Pese a que los cinco protagonistas son actores no profesionales, cabe reconocer que hacen sus papeles con mucha soltura y credibilidad. Seguramente la personalidad que exhiben no sea más que un reflejo de la suya propia, y por ello no les supuso mucho esfuerzo hacer un buen trabajo.

Los creadores de la película se recrean ampliamente en el ambiente hasta el punto de olvidar en ciertos momentos a los protagonistas para convertirla brevemente en un documental del Berlín de la Alemania previa al desastre que estaba a punto de llegar. Si se tiene eso en cuenta, se hace extraño ver hoy en día con perspectiva histórica los rostros inocentes y felices de todos esos berlineses inconscientes de lo que estaba a punto de llegar. Por otro lado, a diferencia del gran documental sobre la capital germana, el soberbio Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927), en Gente en Domingo el estilo de dirección no es vanguardista y rompedor, sino más estilizado y clásico, más poético. Abundan planos idílicos de parques y playas repletos de niños jugando inocentemente desnudos, y también hay multitud de primeros planos que demuestran el interés que tenían por retratar a esos alemanes de clase trabajadora y humilde, de ofrecer primeros planos a rostros desconocidos (magnífica la pequeña escena del fotógrafo en que vemos las caras que van poniendo los retratados). En este marco el argumento relacionado con los cuatro protagonistas no es más que otra pequeña escena documental entre las que nos ofrece el film, son simplemente cuatro de los muchos rostros que pasan por la película. La diferencia respecto a otras películas alemanas de la época con voluntad realista es precisamente esta estética casi de documental, enfatizada en su mínimo hilo argumental.

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Gente en Domingo es además una de las últimas películas mudas alemanas importantes de la época. Cuando se estrenó, el cine sonoro ya había penetrado en el mercado alemán cambiando por completo la estética y el estilo de las nuevas obras que se realizarían. También es una de las últimas películas importantes que se realizarían antes de que la industria cinematográfica perdiera a muchas de sus figuras más destacadas, que emigraron a ponerse a salvo del nazismo. A partir de entonces, los cineastas más importantes de Alemania irían emigrando progresivamente a Francia y Estados Unidos. El realismo y la belleza de Gente en Domingo son el testamento de una Alemania que estaba a punto de sufrir una de las peores etapas de su historia.

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La Mujer en la Luna [Frau in Mond] (1929) de Fritz Lang

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La última película muda de Fritz Lang resultó ser también una de sus obras más memorables. Partiendo de un guión de su esposa Thelma von Harbou (escritora de todas sus grandes películas de su etapa alemana), este film de ciencia ficción nos narra la primera expedición llevada a cabo hacia la luna desde una perspectiva seria, diferenciándose de la visión más fantasiosa de obras como la célebre Viaje a la Luna (1902) de Méliès.

Pese a sus 160 minutos, La Mujer en la Luna no llega a aburrir en ningún momento en gran parte debido a que Lang divide el film en dos argumentos claramente diferenciados. Durante la primera parte se nos cuenta cómo el anciano profesor Manfeldt confía a su buen amigo el ingeniero Helius sus escritos sobre un posible viaje a la Luna que planean realizar. Manfeldt teme que una poderosa organización trate de robarle esos valiosos documentos movidos por la posibilidad de que haya oro en la Luna.
Esta primera mitad es una clara deudora de otros films de intriga del director como Dr. Mabuse (1922) o Los Espías (1928). Se repiten aquí temas que ya aparecieron en esas obras como la presencia de una misteriosa organización que aspira a aumentar su poder o la caracterización de algunos de esos criminales para engañar al protagonista.

Destaca en esta parte de la película la maestría de Lang y von Harbou para narrarnos la historia de manera que los acontecimientos se sucedan de forma tan seguida que no se llegue a aburrir al espectador en ningún momento y, al mismo tiempo, saber dosificar la información. En ese sentido cabe mencionar la presentación de los principales personajes al inicio del film en la casa del profesor y de sus conflictos personales mediante flashbacks, que nos muestran la humillación que sufrió el profesor en su juventud cuando propuso el viaje a la Luna, y a Helius recibiendo una carta de su compañero Windegger en que le informa que va a casarse con Fride, mujer que él también ama. Gracias a ese recurso se agiliza mucho más la acción concentrándola en una sola noche.

Así pues, en los primeros 80 minutos del film no nos encontramos aún nada que nos haga suponer que estamos contemplando una obra de ciencia ficción, sino que se centran en mostrarnos cómo las organizaciones poderosas que dominan el mundo se hacen con el control de dicha expedición científica por fines lucrativos: el posible oro lunar.

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A continuación se nos sitúa directamente en el despegue de la nave espacial, ahorrándonos todos los preliminares. Es aquí cuando vemos al Fritz Lang de Metrópolis (1927) haciendo un trabajo sencillamente magistral en la recreación del acontecimiento. Tanto la nave como los procesos por los que pasa antes del despegue están tratados con una veracidad digna de asombro. La dirección de Lang y los excelentes efectos especiales consiguen que incluso hoy en día no notemos los numerosos trucajes y maquetas que tuvieron que emplear para recrear la nave y la maquinaria que la pone en funcionamiento. También cabría mencionar en ese sentido al ingeniero Hermann Oberth, que asesoró tan eficazmente a Lang sobre la construcción de la nave que el gobierno alemán luego ordenaría destruir las maquetas y decorados del artilugio por ser demasiado realistas.

La voluntad de realismo también queda patente al tratar temas como la ingravidez o la fuerte presión a la que se someten los aeronautas cuando la nave despega. En contraste, cuando llegan a la Luna se pierde el realismo al olvidarse de la falta de gravedad y permitir que los personajes puedan respirar sin necesidad de bombonas de oxígeno.
Como curiosidad histórica, se decidió que los segundos antes del despegue se hicieran con una cuenta atrás por un motivo de lo más lógico: si se cuenta hacia delante el espectador no sabe en qué número despegará la nave, pero contando hacia atrás todos sabemos que despegará al llegar a cero, por tanto es mucho más eficaz hacer una cuenta atrás desde el punto de vista dramático, porque así se genera suspense. Fue a raíz de este film cuando se decidió adoptar la cuenta atrás previa al despegue no sólo en más obras de ciencia ficción sino incluso en la vida real.

Otro aspecto importantísimo que no olvida Lang al hablarnos del despegue es la repercusión que tiene este acontecimiento en la sociedad de masas y de los medios de comunicación. Miles de espectadores, locutores de radio y cámaras de cine siguen emocionados el desenlace de ese hito histórico. Como dice uno de los personajes, el mundo entero está viendo y escuchando qué hacen, hecho que el director nos muestra visualmente con el plano que mostramos abajo.

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A bordo de la nave se encuentran el profesor, Helius, su amigo Windegger, la prometida de éste Friede, un misterioso hombre que representa a la organización con la que se han visto obligados a colaborar y un niño como polizonte. El drama está servido: por un lado está el inevitable triángulo amoroso (Helius ama a Friede pero no quiere traicionar a su amigo) acentuado por el hecho de que Windegger sólo piensa en volver a la Tierra; por otro lado, tenemos al espía de la organización que nunca se sabe a ciencia cierta hasta qué punto se puede confiar en él. Los conflictos humanos en situaciones extremas suelen ser muy eficaces en este tipo de obras y aquí von Harbou sabe explotarlos a la perfección. Tan pronto como alunizan, el profesor pierde la cabeza y se va a investigar el paraje él solo, el espía intentará traicionarles a todos cuando descubra el oro y por último está el ya mencionado triángulo amoroso.

Todo ello tiene lugar en una Luna excelentemente recreada y creíble que de nuevo nos obliga a quitarnos el sombrero ante los responsables del film (especialmente inolvidable es el plano en que se ve como pierden de vista la Tierra). Todos estos conflictos llegan a su punto cumbre en el clímax final en que pierden una de las bombonas de oxígeno y tendrán que decidir quién de ellos no regresará a la Tierra. La resolución quizás sea algo típica, pero es un final esperanzador que puede darnos a entender la posibilidad de un nuevo mundo en la Luna donde los hombres puedan habitar en más paz y armonía que en la Tierra.

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