Elia Kazan

Fugitivos del Terror Rojo [Man on a Tightrope] (1953) de Elia Kazan

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Tal y como ya comentamos en anteriores posts, los films que cuentan con un marcado componente de propaganda política son difíciles de juzgar. A menudo resulta inevitable dejarnos influenciar por la simpatía o aversión que nos provoca el mensaje o sus circunstancias de producción, haciendo que no juzguemos las películas con demasiada objetividad. Esto es lo que creo que sucede con Fugitivos del Terror Rojo (1953).

Se trata de una obra que de entrada lo tiene todo para posicionarnos en su contra, comenzando por ser una película de propaganda anticomunista producida en plena Guerra Fría (cuando se trata por ejemplo de un film antinazi tenemos mayor tolerancia a maniqueísmos como personajes planos y la ausencia de matices). Si eso fuera poco, su realizador es Elia Kazan, el gran delator de la caza de brujas (lejos de justificar su deplorable actuación, en realidad Kazan no es más que un cabeza de turco de una parte muy oscura de la historia de Hollywood en la que estuvieron implicados muchos otros cineastas) y, ya para rematarlo, resulta que esta película se filmó justo después de su famosa delación, como forma de demostrar al mundo que era un buen hombre comprometido con la causa anticomunista.

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Pero ahora les propongo que examinen el argumento olvidando el párrafo anterior y que se queden con la idea básica: un circo ambulante retenido en un país hasta que decide escapar por la frontera arriesgando las vidas de sus integrantes. ¿No es una premisa irresistiblemente atractiva? Por un lado, el mundo de los artistas circenses sin hogar, por el otro el emocionante relato de una peligrosa huida.

Ahora añadamos los ingredientes que faltan: el relato se ambienta en Checoslovaquia en los años posteriores a la II Guerra Mundial y aquello de lo que huyen los miembros del circo es del régimen soviético que pone en peligro la continuidad de su espectáculo. La historia y la situación que denuncia la película eran reales, por tanto el espectador como mucho podría tener algún problema con el tono del film y algunas situaciones exageradas, pero no creo que sea nada nuevo para cualquiera que haya consumido bastante cine de la Guerra Fría. No, el problema real de la película es Elia Kazan y el contexto en que la filmó, puesto que en manos de otro cineasta la veríamos como otro simple y efectivo film de suspense producto de su contexto. Y la realidad es que Fugitivos del Terror Rojo es realmente una buena película.

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El principal personaje es Karel Cernik, gerente de un circo ya en horas bajas que sufre continuos problemas con las autoridades soviéticas. Secretamente, planifica junto a unos pocos hombres de confianza sacar al circo de la frontera para abandonar la zona soviética, pero varios problemas se interponen en su plan: un astuto miembro de la policía secreta le está siguiendo los talones ayudado por un infiltrado que se encuentre en su propia troupe, su segunda esposa Zama le desprecia y su hija Tereza está enamorada de un miembro nuevo, Joe Vosdek, cuyo pasado desconoce por completo.

Ciertamente el título original (“El hombre en la cuerda floja”) representa mucho mejor el clima que se respira en la película que su terrible “traducción” al español, que enfatiza más su condición de film anticomunista. Fugitivos del Terror Rojo es ante todo una película sobre un hombre que está constantemente al límite, que debe acarrear sobre sus espaldas más peso del que su avanzada edad le permite: la persecución del gobierno soviético con la ayuda de un traidor entre sus hombres de confianza, una mujer que le desprecia, una hija que tontea con un desconocido y toda una troupe de circo en que cada artista tiene sus propios problemas y caprichos. La cansada mirada de Fredrich March es lo que mejor define la película.

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Por otro lado, tampoco negaremos que se trata de una película que tiene tantos puntos fuertes como flojos. Entre los primeros se encuentra un buen reparto con nombres tan atrayentes como los del ya mentado Fredrich March, Gloria Grahame o Adolph Menjou, además del aliciente de contar en papeles secundarios con los miembros de circo que protagonizaron la historia real en que estaba basada la película. Por otro lado, el trabajo de Elia Kazan es innegablemente sólido, aprovechando el rodaje en exteriores que tanto le gustaba para capturar la autenticidad de la historia.

En cambio, a nivel de guión no todo son aciertos. La historia de amor entre Karel y Zama es prescindible en el mejor de los casos y de hecho en alguna escena puede resultar hasta ofensiva (Zama no se reconcilia con Karel hasta que éste deja de ser “flojo” y la abofetea). Del mismo modo la subtrama amorosa entre su hija y el misterioso nuevo miembro del circo tampoco aportada demasiado y está muy insulsamente interpretada por Cameron Mitchell y Terry Moore. Son estos elementos los que entorpecen un poco la trama por separarla de lo que realmente nos interesa: el arduo trabajo de Karel para salvar las vidas de todas esas personas, el hombre que ha perdido su circo (en más de un momento se le recuerda que ahora éste pertenece al estado) y que no obstante se sigue sintiendo responsable de lo que les suceda a todos ellos.

Olviden el contexto de la película y su mensaje político. Instantes como la escena final repleta de suspense defienden por sí solos la validez del film.

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Al Este del Edén [East of Eden] (1955) de Elia Kazan

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La versión cinematográfica de Al Este del Edén de Elia Kazan es uno de los mejores ejemplos que conozco sobre cómo adaptar inteligentemente una gran obra literaria. La extensa novela de John Steinbeck era un ambicioso relato en que se narraban las vidas de varios personajes a través de diversas generaciones. Adaptar eso al cine implicaría un metraje demasiado extenso, por ello la idea de centrar la película solo en la parte final del libro y en un conflicto concreto de todos los que se enumeran fue especialmente acertada. De esta manera, en vez de un filme que pasara de puntillas por diversos argumentos diferentes se ofrecería al espectador una película que se centra en uno de ellos y profundiza en él extrayendo todas sus posibilidades.

Ambientada en un pueblo de la costa oeste de Estados Unidos en los años 10 del siglo pasado, tiene como protagonista a un adolescente llamado Cal Trask, que vive con su hermano Aron y su padre Adam. La relación que mantiene con su padre es un tanto intempestiva, ya que sabe que éste prefiere a su hermano antes que a él y, además, descubre que su madre no está muerta como siempre les había dicho sino que es la dueña de uno de los burdeles de la ciudad.

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Uno de los aspectos más reseñables de esta versión es el hecho de que no pretende calcar el libro aún siendo una obra de bastante prestigio. En lugar de copiar pasajes y diálogos, el guión toma el carácter de cada personaje y los hechos importantes de la novela y los reescribe consiguiendo algo tan difícil como es mantener la esencia del libro cambiando parte del contenido. Es cierto que muchas escenas no aparecen en la novela, pero tal y como están escritas encajan perfectamente con sus personajes, y eso hace que sea una versión más rica que otra más fiel e insulsa.

Un ejemplo es una de las secuencias más célebres del film, la que tiene lugar en la feria, que no aparece tal cual en el libro. Pero a mí me gusta más un pequeño instante que refleja a la perfección el carácter de Cal y su incapacidad de adaptarse. Cuando Adam planea un negocio transportando lechugas al este, Cal le ve tan ilusionado con esa idea que crea una pequeña invención que ayude a transportarlas de los camiones a los vagones: una especie de pasarela de hierro que permite pasar las verduras dejándolas caer. Adam está encantado por esa brillante idea, pero luego descubre que en realidad Cal ha robado las herramientas, lo cual le vale al joven una severa reprimenda. Este momento tan anecdótico muestra el gran conflicto que hay en Cal: él quiere ganarse el favor de su padre, pero cuando quiere hacer una buena acción no puede evitar causar un daño. Aron en cambio no necesita esforzarse para ello, ya que siendo él mismo cuenta con la aprobación paterna que su hermano tanto ansía. Esta diferenciación es uno de los grandes temas del libro que la película supo trasladar a la perfección.

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Esta adaptación apuesta en definitiva por tomar ese choque entre los personajes y convertirlo en una historia sobre la problemática adolescente. De esta forma, el conflicto que a Steinbeck le servía para profundizar temas más complejos, acaba convertido en una de las películas por excelencia sobre la adolescencia y el enfrentamiento entre padres e hijos. Esta ingeniosa vuelta de tuerca permitía que el film llegara a las jóvenes generaciones que se sentirían identificadas con el conflictivo Cal, un chico que no encuentra su lugar en el mundo y que nunca consigue la aprobación paterna.

Un factor fundamental relacionado con ello y que ha contribuido decisivamente a la mitificación del film fue, obviamente, la elección de James Dean como protagonista. Ésta sería una de sus tres actuaciones cinematográficas (de hecho la única que se estrenó antes de su muerte), y si Rebelde Sin Causa (1955) quedará como la más icónica de todas, Al Este del Edén merece ser recordada como la que inició el mito. Fue una mezcla de circunstancias: el hecho de que el argumento estuviera tan relacionado con la problemática adolescente más el impacto que supuso su debut cinematográfico. Su actuación está tan trabajada que para algunos llega a ser hasta algo cargante, pero lo cierto es que, dejando de lado la mitología, el joven actor tenía un don natural para apropiarse de la pantalla y dotar de vida a su personaje hasta el punto de que uno no puede evitar pensar que él es Cal.

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Aún así, aunque James Dean es el gran centro de atención de la película, el film tiene un reparto bastante lujoso a la altura de una adaptación de prestigio, con actores como Raymond Massey, Jo Van Fleet y Burl Ives que son valores seguros, y una conmovedora Julie Harris maravillosa en su papel de Abra, novia de Aron que se acaba uniendo a Cal como reacción a la presión de que Aaron esté enamorado no de ella, sino de una visión idealizada.

Pese a que no la considero una de las obras cumbre de Kazan y que debe gran parte de su fama a la presencia de James Dean, se trata sin duda de una gran película, liberada de la densidad de la obra original pero sin traicionarla.

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La Barrera Invisible [Gentleman’s Agreement] (1947) de Elia Kazan


La Barrera Invisible es una de esas películas que en mi opinión son especialmente deudoras de su época, y que vistas hoy en día, sin las circunstancias que las rodeaban en su momento, pierden algo de fuerza. Si por algo es destacable y será recordada es por ser una de las primeras obras de Hollywood que se atrevió a denunciar el antisemitismo de forma directa.

El protagonista es Philip Schuyler Green, un escritor que debe escribir un artículo sobre antisemitismo para una revista y que, para huir de los tópicos habituales, decide hacerse pasar por judío para vivir él mismo el tipo de discriminación que sufren. Paralelamente Philip conocerá a Kathy, una mujer de la que se enamorará pero cuya relación peligrará en más de un momento por su experimento.

En su momento La Barrera Invisible constituyó el gran film polémico de la temporada, de hecho no fueron pocos los que aconsejaron tanto al productor Darryl Zanuck como al director Elia Kazan que abandonaran el proyecto (irónicamente, Zanuck debía ser de los pocos productores no judíos que había en Hollywood). La película además hacía mención explícita a tres antisemitas bastante conocidos en los Estados Unidos por entonces y atacaba no sólo a la gente que despreciaba abiertamente a los judíos sino a esa mayoría silenciosa que desaprueba el antisemitismo pero que luego no pone a la práctica sus creencias. Cabe reconocer la enorme valentía de todos los que se involucraron sabiendo que no era un tema especialmente agradable a tratar, aún cuando la opinión popular hacia el pueblo judío empezaba a cambiar tras descubrirse la masacre que perpetraron los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

El problema se encuentra en que La Barrera Invisible nos muestra una historia que nos es conocida de sobras y que apenas se escapa de los tópicos que suelen abundar en este tipo de narraciones. Por ejemplo, ¿hay alguien que no se imaginara desde el principio que el hijo de Philip acabaría siendo humillado por ser hijo de un judío?
La película cobra cierto interés al final, cuando empieza a tratar la ambigüedad de posicionamiento del personaje de Kathy, con el que muchos se sentirán dolorosamente identificados y que creo que es el tipo de personas a los que se quería dirigir el film: a aquellos que dicen ser respetuosos con los judíos pero luego consienten que exista esa discriminación. Kathy es la clásica persona progresista que adora la idea de que su prometido lleve a cabo una empresa tan valiente, pero que aún así no quiere pagar las consecuencias que eso acarrea, por ejemplo intentando que en una fiesta que celebra con sus amigos se sepa que no es judío realmente para evitar problemas. No es antisemita por eso, simplemente una persona que no quiere implicarse tanto en el problema hasta el punto de que le afecte en su vida privada.

En cierto momento Kathy dice una frase muy sincera y reveladora que refleja una mentalidad que creo que está más generalizada de lo que se quisiera reconocer: ella le espeta a Philip que está harta de sentirse culpable y que no puede evitar estar contenta de ser cristiana y no judía, del mismo modo que uno está contento de ser guapo y no feo, simplemente porque es la opción que ofrece menos problemas. Este tipo de diálogos sí que me parecen bastante modernos para la época y totalmente vigentes hoy en día.

También se nos muestra cómo ese antisemitismo está interiorizado inconscientemente tanto en los no judíos como en los propios judíos: por ejemplo, la secretaria de Philip tiene objeciones a que se contrate a cierto tipo de judías como secretarias porque darían una mala imagen sobre las mujeres judías. En el inevitable momento en que Tommy, el hijo de Philip, es insultado por unos amigos, sale a la luz este aspecto cuando el niño dice que le han llamado “sucio judío” y Kathy no puede evitar responderle “No llores, tú no eres judío“. Inconscientemente Kathy ha consolado al niño no recriminando la actitud de sus agresores sino diciendo que él no es judío, como si eso fuera algo malo.
Este tipo de detalles son lo que más me interesa de la película y no escenas tan tópicas y predecibles como cuando un borracho insulta a Dave por ser judío o cuando Philip va a un hotel discriminatorio y es expulsado amablemente.

Aparte de estos detalles, no encuentro nada especialmente destacable al film. El reparto está solvente pero ningún papel me parece especialmente revelador, ni siquiera Gregory Peck, que hace una buena actuación pero no es en absoluto uno de las mejores que hizo. Para mi gusto el más beneficiado es el actor John Garfield, que accedió a aparecer en un papel secundario pese a ser una estrella para apoyar un film con un mensaje que él creía que debía decirse. Por otro lado, el trabajo de dirección de Elia Kazan es bueno pero está muy lejos de sus mejores obras (aunque es cierto que es una de sus primeras películas) y al guión le falta fuerza, sobre todo en lo concerniente a las relaciones entre los personajes.

Aún así, la película fue un éxito tremendo que se tradujo en tres premios de la Academia: mejor película, mejor director y mejor actriz de reparto para la siempre solvente Celeste Holm. Sin embargo aunque es de aplaudir la valentía de todos los que participaron en ella y pese a que el mensaje que transmitía era valiente y necesario, con el paso del tiempo para mí La Barrera Invisible no deja de ser más que una buena película que no habría pasado a la historia de no ser por el conflictivo tema que se atrevió a poner sobre la mesa.

Un Tranvía Llamado Deseo [A Streetcar Named Desire] (1951) de Elia Kazan


Mitiquísima adaptación de la obra de teatro más célebre de Tennnessee Williams, cuyo estreno fue un pequeño pero importante hito en la historia de Hollywood tanto por su contenido como por suponer la consagración definitiva de una nueva generación de actores formados bajo un sistema nuevo por entonces, el Actor’s Studio.

La protagonista de este magnífico drama es Blanche DuBois, una mujer ya algo madura que se va a vivir a la humilde casa de su hermana Stella en Nueva Orleans. Sin embargo, su carácter tan refinado y ligeramente desquiciado chocará con la rudeza de Stanley Kowalski, su cuñado, quien se propone averiguar lo que se esconde en el oscuro pasado de Blanche.  

Un Tranvía Llamado Deseo es el ejemplo por excelencia de cómo debería realizarse una adaptación teatral, manteniéndose fiel al espíritu de la original y al mismo tiempo adaptándose al medio cinematográfico. El excelente resultado final lo atribuyo no sólo al saber hacer del realizador Elia Kazan, sino también al hecho de que éste era el director de la obra teatral cuando se estrenó en Broadway y por tanto la conocía de sobras para saber cómo narrarla cinematográficamente. Su puesta en escena es maravillosa, usando admirablemente los asfixiantes decorados (como la caótica casa de los Kowalski) y la iluminación.
Siempre que puede, Blanche intenta estar en sitios oscuros para ocultar su verdadera edad (algo de lo que acaba acusándole su nuevo pretendiente, el inocente Mitch), así que Kazan aprovecha esta circunstancia para elaborar algunos planos que destacan por la soberbia composición de luces y sombras: la habitación de Blanche en que el farolillo hace que todo se vea más oscuro, el bar al lado del muelle donde se cita con Mitch… También le sirve al director como recurso simbólico el hecho de que Blanche huya de la luz y se refugie en la oscuridad, puesto que es un personaje que intenta evitar que se descubra la verdad sobre ella y que quiere mantener oculto ese pasado del que intenta escapar.

El conflicto en el que se sustenta la obra, el enfrentamiento entre Stanley y Blanche, tiene éxito gracias a la riqueza y complejidad de todos los personajes, que están soberbiamente perfilados por Tennessee Williams. Blanche es uno de los personajes femeninos más inolvidables que se han visto en una pantalla de cine, con esa personalidad tan inquietante en que se mezclan sus modales altivos propios de la familia de clase alta en que se ha criado junto a la experiencia que ha adquirido tras malvivir durante años, esa coquetería que tiene algo de presumida pero también de indecorosa, esa mezcla entre su educación de niña mimada de bien y sus instintos sexuales que le hacen sentirse atraída por los jóvenes o los hombres vulgares de clase baja. Esa compleja personalidad en que se mezclan mentiras para mantener las apariencias y mentiras que ella misma acaba creyéndose hasta perder la percepción de la realidad, conduciéndola a la locura.
En cuanto a Stanley, es una magnífica recreación del prototipo de hombre rudo, salvaje, machista y posesivo pero que, al mismo tiempo, quiere sinceramente a su mujer. Un hombre que tan pronto pega a la inocente Stella como le acaba implorando perdón en esa antológica escena en que la llama a gritos para que baje del piso de sus vecinos en que se ha refugiado. Stanley es un ser de comportamiento animal, puro instinto, que se guía por impulsos primarios, mientras que Blanche es pura apariencia, tiene un comportamiento artificial intentando mantener una personalidad que esconde su verdadera forma de ser.

Uno de los aspectos en los que esta película fue más revolucionaria en su época fue en el tratamiento de la sexualidad, que se aborda desde un punto de vista mucho más directo y moderno de lo que se había hecho en Hollywood hasta ahora. La obra de teatro original ya era pura dinamita en ese sentido, puesto que incluía una mención directa a la homosexualidad y una violación. La adaptación cinematográfica obviamente tuvo que aligerar un poco el contenido para poder pasar la censura y se eliminó por ejemplo toda mención explícita a la homosexualidad: en la obra de teatro, Blanche cuenta cómo descubrió que su novio era homosexual y éste se suicidó a causa de eso, en el film Blanche simplemente menciona que le echó en cara su “debilidad”. No había que ser muy perspicaz para entender a qué se podría referir esa extraña debilidad a la que Blanche alude, así que aunque no se diga claramente al espectador el tema seguía estando en el aire.

Pero no se queda ahí la cosa, porque la forma como Un Tranvía Llamado Deseo mostraba el deseo sexual tanto masculino como femenino era algo prácticamente inédito en la época. Por un lado tenemos ese Stanley de desbocada y evidente sexualidad encarnado por un magnífico Marlon Brando. Sus gestos y su forma tan desafiante y masculina de comportarse (además de las ceñidas camisetas que lleva en todo el film) hacen de él uno de los personajes más sexualmente agresivos que se habían visto hasta entonces. Sin embargo, esa brutalidad no da como resultado a un personaje plano y tópico, es un depredador sexual pero también un marido que adora a su mujer y que no es hasta el final del film cuando acaba violando a Blanche.
En lo que se refiere a Blanche, la ambigüedad del personaje es aún más marcada porque en ella se confronta la tradicional castidad propia de una mujer de clase alta con su evidente deseo sexual que más adelante queda de manifiesto cuando conocemos su promiscuo pasado. Blanche persiste en intentar parecer una dama aunque su instinto no es muy diferente del resto de personajes cuya sexualidad es mucho más manifiesta y evidente. Ella misma se justifica cuando en cierto momento explica que en su hogar familiar se veía rodeada por la muerte, y que para huir de ello se sumergía en el sentimiento contrario a la muerte: el deseo.
Resulta también reseñable que la censura de la época dejara pasar algo tan fuerte para su rígida mentalidad conservadora como es el hecho de que Blanche fuera expulsada del colegio en que daba clases por mantener relaciones con un alumno suyo, hecho que nos es confirmado cuando la vemos coqueteando con un joven repartidor de diarios al que acaba besando.

Por último está el hecho de mostrarnos cómo las mujeres se sienten atraídas por esta faceta animal que caracteriza a los hombres de la película, que queda perfectamente reflejado en la escena en que Stella huye de Stanley después de que éste la haya maltratado. Cuando éste la llama a gritos, ella acude como hechizada y se acuestan juntos. Al día siguiente Blanche se la encuentra en la cama todavía hechizada y casi embobada. En más de una ocasión se nos señala cómo Stella abandonó su distinguido hogar familiar y se dejó seducir por el vulgar y el rudo Stanley, el cual le atraía por sus rudos modales y su “suciedad”. Si ya era raro mostrar la sexualidad femenina en una película de forma tan directa, más lo era el mostrarla con tanta crudeza demostrando cómo a menudo lo que le atrae a algunas mujeres no es lo que está formalmente bien visto sino todo lo contrario, esa bestialidad animal.

Afortunadamente, casi todo el reparto de la película está constituido por los actores que ya formaban parte del reparto original, de modo que no es de extrañar que todos borden literalmente sus personajes. No solo eso, sino que todos salvo Vivien Leigh trabajaron en la representación de Broadway bajo las órdenes del mismo Elia Kazan. La excepción es Vivien Leigh, que había interpretado a Blanche en la versión inglesa bajo la tutela de su esposo Laurence Olivier y sustituyó a Jessica Tandy, la protagonista de la versión americana. Al ser todo el reparto de Broadway unos desconocidos por entonces, el añadir a Leigh al reparto en sustitución de Jessica Tandy suponía el único reclamo comercial del film.

Comenzando por Marlon Brando, éste hace una de las interpretaciones más memorables de su carrera (que no es decir poco, hablando de uno de los mejores actores de la historia del cine) en una actuación que le consagró ante el gran público haciendo de él una estrella. Su interpretación de Stanley desborda carisma y personalidad, da vida a un personaje que mal interpretado perdería todos los matices que necesita. Solo por la forma de moverse en la pantalla, Brando ya está dando forma concreta a la personalidad de su personaje.
Vivien Leigh está sencillamente inconmesurable en el mejor papel de su corta carrera cinematográfica (realizó menos de 20 películas) bordando a la perfección la complejidad del personaje, ese carácter tan extravagante en el que se mezclan su triste realidad con las mentiras que ella misma se cree. De no ser por el resto del reparto, ella se llevaría toda la atención de la película y con motivo.
Tampoco hay que olvidar a Kim Hunter encarnando a Stella (quizás el personaje menos agradecido de los protagonistas) y, sobre todo, a Karl Malden (uno de los más grandes actores olvidados de la historia del cine), que sorprendentemente consigue acaparar gran parte de la atención interpretando al ambiguo Mitch, inocente y caballeresco pero dominado por los mismos impulsos que el resto y que queda fascinado de por vida por Blanche.

Teniendo en cuenta el contenido del film, la censura de la época no fue demasiado dura con él y solo exigió dos cambios básicos: la eliminación de la homosexualidad del antiguo pretendiente de Blanche y el final de la película. En la obra original, Stanley permanecía con su esposa Blanche después de que ésta tuviera un hijo, pero el engorroso Código Hays de censura exigía siempre que si un personaje cometía un crimen no debía salir impune en el film, de modo que pidieron que Stanley pagara de alguna manera por haber violado a su demente cuñada conduciéndola del todo a la locura. Así que la película concluye con Stella abandonando a su marido con su hijo y diciéndose a sí misma que esta vez no volvería. Mientras sube las escaleras al piso de su vecina oímos a Stanley llamándola a gritos pero ésta no regresa. No obstante, como antes vimos cómo ésta acababa volviendo con su esposo, el final no da a entender tanto ese “castigo” a Stanley que buscaban los censores y acaba siendo muy ambiguo, puesto que no sabemos si Stella acabará volviendo o no.
Resulta uno de esos pocos casos en que las imposiciones de la censura no empañan el resultado final y no consiguen enmascarar su tono transgresor y brutalmente avanzado a su época. Gracias a esa feliz circunstancia, Un Tranvía Llamado Deseo mantuvo fielmente el espíritu de la obra original y se ha mantenido impecablemente a lo largo del tiempo hasta nuestros días.