Mes: junio 2010

Senda Tenebrosa [Dark Passage] (1947) de Delmer Daves

Vincent Parry es un convicto injustamente condenado a cadena perpetua por haber asesinado a su mujer que logra escapar de la prisión. En su huida se encuentra con una misteriosa mujer, Irene, que le ayuda a escapar por motivos que Vincent desconoce. Una vez a salvo, decide investigar quién fue el verdadero asesino de su mujer, pero para evitar ser reconocido se hace una operación de cirugía para tener un nuevo rostro.

Senda Tenebrosa es una curiosidad dentro del género negro. El motivo por el que más llama la atención es el hecho de que la primera media hora de film está construida bajo planos subjetivos del protagonista, del cual no vemos la cara en ningún momento salvo las fotos de los diarios. Esta decisión se justifica porque Vincent se cambia de rostro y por tanto no sería verosímil que tuviera la misma cara antes y después de la operación. Aún así, no deja de ser toda una temeridad rodar una película protagonizada por una estrella como Humphrey Bogart en la que durante la primera media hora nunca le vemos la cara, y que a continuación se pase otra media hora con el rostro cubierto de vendas y sin poder hablar.

La idea de narrar una película en plano subjetivo en realidad no era nueva, ya lo había intentando ese mismo año el actor y ocasional director Robert Montgomery en su adaptación de La Dama del Lago aunque con resultados fallidos. Montgomery justificó su uso de la cámara subjetiva para representar ese «yo narrativo» que estaba presente en la novela de forma que el espectador pudiera sentirse más identificado aún con el detective protagonista, que narra la historia en primera persona. Sin embargo, la idea no funcionó y el resultado final acabó siendo artificioso. Afortunadamente, en Senda Tenebrosa la cámara subjetiva funciona perfectamente principalmente por dos motivos: el primero es que tiene una justificación narrativa que además no impide que también se muestren planos no subjetivos, y en segundo lugar el manejo de la cámara por parte de Delmer Daves es mucho menos rígido y más efectivo de forma que el resultado final da la sensación de que estamos viviendo una pesadilla en primera persona.

De hecho toda la película está construida como una especie de pesadilla de la que el protagonista intenta escapar. La absoluta inverosimilitud de muchos de los hechos que le suceden (que Irene esté justo cerca de la cárcel cuando Vincent se escape y que sea amiga de la mujer que le acusó, que el primer hombre al que asalte sea un criminal que luego le devolverá el golpe, que el misterioso taxista se ofrezca sin más a ayudarle, etc.) aumenta esa sensación, de forma que al espectador se le hace el film aún más confuso.

Y es que en realidad, la historia de la mujer asesinada a la que Vincent no mató acaba siendo una mera excusa, puesto que este hecho pasa casi de puntillas durante la mayor parte de la película. No es más que una excusa sobre la cual Daves consigue tratar lo que le interesa: un hombre escapado de la cárcel con un nuevo rostro que se ve acechado continuamente. La búsqueda del verdadero asesino no es más que el pretexto para que Vincent tenga una motivación sobre la que actuar. La paranoia, el miedo a ser reconocido con ese nuevo rostro, el continuo acecho de la policía… eso es lo que realmente interesa de la película.

Daves incluso se permite dar bastante importancia a personajes secundarios permitiéndoles cobrar protagonismo aunque eso implique detener la narración. Un ejemplo evidente es la escena en que Vincent es acorralado por el chantajista en la que pasan varios minutos hablando y el espectador espera que de un momento a otro Vincent le arrebate el arma y escape… pero no sucede, nuestras expectativas no se cumplen y Vincent sigue acorralado tras la larga charla. Sin embargo el mejor secundario es ese taxista solitario en busca de conversación que se queja amargamente de cómo cada noche recoge a personas que hablan entre ellas de lo bien que se lo han pasado mientras él conduce. Es uno de esos grandes personajes secundarios perdedores tan habituales del cine negro.

Como último detalle a destacar, el final de la película escapa por completo de las convenciones del género en que todo queda bien atado y se descubre la verdad de cada personaje haciéndose justicia. Nada de eso sucede y Vincent acaba abocado al fatalismo del destino, siendo un personaje eternamente acechado cuya reputación queda manchada para siempre sin ninguna posibilidad de remediarlo.

Otro de los principales atractivos de la película lo encontramos, cómo no, en la magnífica pareja protagonista: Humphrey Bogart y Lauren Bacall, y es que muy pocas parejas en la historia de Hollywood han conseguido desprender su química y complicidad. Eso se nota en cada escena que comparten juntos: las conversaciones informales entre ellos, la ternura con que ella le cuida, la forma como él le da a entender su aprecio sin querer demostrarlo del todo como hombre duro que es, la lágrima que se le escapa a Bacall cuando tienen que separarse… Aunque sea tópico decirlo, es uno de esos casos en que uno nota en la pantalla que estaban enamorados de verdad, y eso beneficia muchísimo al film.

Una obra algo olvidada salvo para los seguidores del género negro muy interesante y recomendable.

Las Calles de la Ciudad [City Streets] (1931) de Rouben Mamoulian

A principios de los años 30, con el cine sonoro recién instaurado en la industria, se produjo una breve pero intensa avalancha de películas de gángsters  que tuvieron un éxito apabullante y lanzaron al estrellato a una serie de nuevos actores como Edward G. Robinson, James Cagney o Paul Muni. Aunque este ciclo de cine de gángsters duró poco en gran parte por las presiones a las que se sometía a Hollywood para censurar el contenido de sus films (se les acusaba de crear obras en que el público veía a esos villanos como héroes y no como criminales), dejó para la posteridad una serie de  obras geniales de una violencia descarnada que no se permitiría volver a mostrar en la pantalla hasta muchos años después. En concreto hay tres grandes obras que destacan por encima del resto: Hampa Dorada (1931), Enemigo Público (1931) y Scarface (1932), protagonizadas respectivamente por los actores mencionados antes. Calles de la Ciudad es uno de los ejemplos de obras menores.

La pareja protagonista está formada por Nan y Kid. Ella es la hija del guardaespaldas de una banda de gángsters, él malvive trabajando en un puesto de tiro de una feria ambulante, donde desperdicia sus excelentes habilidades como pistolero. Nan intenta convencer a su pareja de que deje ese trabajo para introducirse en el mundo del contrabando de alcohol, donde su padre está ganando mucho dinero, pero él se niega porque no lo ve honesto. Una noche el padre de Nan comete un asesinato y le da el arma a su hija para que la esconda, pero un policía la descubre y la detiene. En vez de dar la cara por ella, su padre la deja permanecer en prisión para que no le condenen a él por asesinato y convence a Kid para que se una a su banda y así, con el dinero ganado, poder pagar un buen abogado para sacar a su amante. Aunque Kid acepta algo reticente al principio, acaba descubriendo las ventajas que le supone esta nueva profesión y reconociendo que Nan tenía razón. Paradójicamente, en la cárcel Nan se dará cuenta de que este tipo de vida no merece la pena sin sospechar que su novio ahora es un gángster.


A diferencia de otras películas del género, aquí el protagonista no es un gángster sino un hombre honesto que desaprueba la delincuencia pero acaba movido a ese mundo por encontrarse sin dinero, un problema que le sería muy familiar al público de la época teniendo en cuenta que el film se estrenó durante la Gran Depresión. Es por ello que resulta una obra mucho menos visceral que otras de la época de temática similar, y es que pese a que su protagonista (un Gary Cooper que resulta un muy improbable gangster) se acaba uniendo a la banda, nunca le vemos disparar contra nadie ni cometer ningún crimen. No es un criminal auténtico como lo eran James Cagney o Edward G. Robinson, sino un honrado joven que se ve abocado a la delincuencia, y por tanto éste es un film que se dedica menos en retratar el mundo de los gangsters y más en profundizar en las relaciones entre personajes.

Las Calles de la Ciudad era además la segunda película dirigida por Rouben Mamoulian, un director de origen europeo que tuvo una carrera muy corta pero interesante en Hollywood. Supo asimilar muy pronto las ventajas del sonido en el cine y al mismo tiempo no olvidó la importancia de la expresividad de la imagen. Como breve ejemplo, los primeros planos que nos muestra de la cárcel en la que está encerrada nuestra protagonista: unas puertas que conducen a un bello paisaje cerrándose, un plano contrapicado de los imponentes muros del edificio que ocupan casi toda la pantalla y una ventana con rejas tras la cual hay un árbol. Tres bellos planos casi abstractos que nos resumen el lugar donde se encuentra Nan y que representan visualmente de una forma maravillosa la falta de libertad que supone el estar en la cárcel.
En cuanto al uso del sonido, aunque aún era demasiado pronto para sacarle todo el partido posible, cabe destacar una escena en que Nan oye fragmentos de conversaciones anteriores que supone uno de los primeros casos que conozco de uso del sonido a modo de flashback, rememorando el pasado.


El gran problema que tiene la película sin embargo es su tramo final, en que irrumpe el jefe de la banda, que se enamora perdidamente de Nan hasta el punto de decidir matar a Kid para quedarse con ella. Aparte de que eso aleja aún más la película del género de gángsters para acabar en el clásico triángulo amoroso, llega un punto en que el film literalmente se pierde. Cuando el jefe de la banda es asesinado por su amante y las sospechas recaen sobre Nan, los guionistas dan la sensación de no saber realmente qué hacer con esa situación y crean uno de los desenlaces más extraños e inverosímiles que se podría haber imaginado.

En primer lugar, Kid manda a Nan a su casa por temor a que el resto de la banda quiera matarla en venganza y, a continuación, tras varias horas literalmente sin hacer otra cosa que hablar, anuncia repentinamente que se va a buscar a Nan y abandona la mansión acompañado por tres miembros que planean asesinar a la pareja. Lo último que vemos es a Kid conduciendo a toda velocidad y echando a los gangsters de su coche tras decirles que Nan es inocente mientras paralelamente se nos muestra cómo el criado descubre que la asesina es la amante. No solo no llega a estallar el conflicto sino que la forma como lo encara el protagonista no lleva a ninguna parte. Una pena que tan desafortunado final empañe un poco el resultado de una película que hasta entonces estaba tan bien resuelta.

A cambio tenemos a dos grandes actores como Gary Cooper o Sylvia Sidney que hacen el film más disfrutable y que ya de por sí justifican el visionado.
Efectiva y muy disfrutable.

El Espíritu de la Colmena (1973) de Víctor Erice


Una de las obras cumbre de la historia del cine español, El Espíritu de la Colmena es una de esas películas tan especiales y cuidadas que es inevitable que acaben adquiriendo la categoría de film de culto.

La historia tiene lugar en 1940 en un pueblo de la meseta castellana en el cual se proyecta la película de Frankenstein (1931). Entre el público asistente se encuentra la pequeña Ana, que queda profundamente impactada. Por la noche, su hermana Isabel se aprovechará de la inocencia de Ana y le hará creer que el monstruo del film es un espíritu al que puede invocar. A partir de aquí, Ana inicia un viaje de exploración personal a través de varios acontecimientos que le harán ver el mundo con otros ojos.

Aún hoy en día El Espíritu de la Colmena consigue fascinar y cautivar al espectador por la belleza de sus imágenes tan magistralmente capturadas por Erice. Una de las claves de la película está en su pureza, en la forma como Erice nos cuenta la historia desde el punto de vista de una niña inocente, sin juzgar y sin pretender hacernos entender todo lo que sucede, puesto que la pequeña Ana no es consciente de la realidad del mundo en que se mueve y que comienza a explorar. Por ese motivo tampoco se profundiza psicológicamente en los padres de Ana: Fernando (un intelectual que ahora se dedica a la apicultura) y Teresa, que parecen vivir ensimismados y aislados en su colmena particular.

De hecho, las metáforas con la colmena se encuentran presentes a lo largo de la película no solo de forma explícita en el título o en la profesión de Fernando sino también en las vidrieras de las ventanas que reproducen las celdas de dichas colmenas. Ana es la única habitante de esa colmena que tendrá interés en salir de ella y explorar la realidad que le rodea para entender ese mundo que tan extraño se le hace. Hay una escena en el colegio que remite directamente a esta idea, cuando la profesora le pide a Ana que le ponga los ojos a un maniquí que utiliza para una clase de anatomía. Cuando Ana le coloca los ojos la profesora le dice que ahora el maniquí «ya puede ver», del mismo modo que a partir de ese momento Ana inicia ese viaje que le hará aprender a ver.

La casa en la que habitan las niñas y en la que sucede la mayor parte del film nos recrea un ambiente lleno de silencios y vacíos. Sus padres apenas hablan y prácticamente nunca conversan entre sí (de hecho en toda la película apenas hay planos en que aparezcan los dos juntos), en lugar de eso Teresa se cartea con alguien a quien no conocemos y Fernando escribe poesías y escucha la radio mientras se pasea solitariamente. A su vez, las niñas se hablan entre ellas a menudo en susurros y en la escena del desayuno familiar se comunican por gestos como si no quisieran romper el silencio que hay en la mesa (de nuevo Erice rueda la escena mostrando a todos los miembros de la familia en planos separados). No es extraño que Ana busque respuestas en el exterior y no en una casa que invita poco a responder a sus dudas. En una escena parece que Ana intenta comprender un poco mejor a sus padres mirando fotos de ellos de juventud – entre las cuales vemos a Fernando con Unamuno, confirmándonos que es un intelectual que seguramente se ha encerrado en esa colmena tras la victoria franquista en la Guerra Civil -, pero tampoco ahí encontrará respuestas.

La película de Frankenstein funciona como detonante para abrir algunas de esas dudas en el interior de Ana. Ella contempla asombrada cómo el monstruo juega con la niña y después es asesinado por la multitud. Eso le lleva a hacerse algunas preguntas fundamentales: ¿qué es el bien y qué es el mal? ¿por qué muere el monstruo? Cuando su hermana le dice que el monstruo es un espíritu al que puede invocar, Ana iniciará su búsqueda al mismo tiempo que esos interrogantes siguen en su cabeza.

Durante buena parte del film, Erice nos muestra diversas escenas que reflejan la confusión de Ana y su replanteamiento sobre todas esas cuestiones. Una de las más evidentes es el día en que ella y su hermana van a coger setas con su padre y éste las pone a prueba para saber si distinguen las setas venenosas de las buenas. Ana las confunde puesto que aún no sabe distinguir entre el bien y el mal, pero su hermana Isabel que es más madura que ella, las reconoce sin problemas. En cierto momento Fernando les señala una de las más peligrosas y les dice que si se la comen, morirían sin remedio. Ana la mira fascinada, es la pura representación tangible de la muerte, de algo que le cuesta aún entender pero que tiene presente ante sus ojos en forma de ese vegetal.

En otra escena, Isabel le gasta una broma a su hermana y se hace pasar por muerta. Ana, tras dudar al principio, acaba creyéndose que a su hermana le ha sucedido algo y grita pidiendo ayuda en vano hasta que Isabel la asusta «resucitando». Como Isabel tiene más experiencia para entender la realidad, se ve capaz de jugar haciéndose la muerta, pero Ana no puede entrar en ese juego porque para ella eso es algo real. Del mismo modo, Isabel le dice sobre Frankenstein que solo es una película y que en el cine «todo es mentira», pero para Ana la película y ese monstruo son totalmente reales, ella no distingue aún entre realidad y ficción.

También son de un tono parecido escenas más breves como ésa en que Ana observa asombrada a su hermana y otras niñas saltando sobre una hoguera (según su inocente punto de vista es casi como desafiar al peligro o la muerte) o cuando Isabel coge a su gato y hace un amago de estrangularlo, como queriendo comprobar cómo va perdiendo su vida, pero el animal se revuelve y escapa. A continuación Isabel se pintará los labios con la sangre que emana de un arañazo que le ha provocado. Hay algo de siniestro en esa imagen pero resulta muy auténticamente infantil.

El estilo de Erice es pretendidamente lento y contemplativo. Según sus palabras la película es más poesía que narración, y no le faltan motivos para afirmarlo. El film se basa en el uso continuo de elipsis y tiempos muertos así como en no pretender explicar todo lo que sucede, dejando a propósito algunos vacíos en favor de centrarse en los detalles.

De hecho Erice y Ángel Fernández Santos (con el que escribe el guión) evitan expresamente el conflicto en favor de mantener este ritmo tan pausado. Ni siquiera la aparición del maquis y la sospecha de que Fernando fuera cómplice suyo se explotan en ese sentido. La escena de la identificación del cadáver y la acusación en base al reloj que poseía se rueda prácticamente sin palabras ni dramatismos. No es ése el camino que les interesa a los guionistas.

La idea que les interesa es el hecho de que para Ana ese maquis refugiado que huye de la policía representa el monstruo de la película, ese espíritu que tanto anhelaba y al que ayuda ofreciéndole una manzana y la chaqueta de su padre. Cuando regresa al refugio en que se oculta, descubre que ha desaparecido y que hay sangre en la pared, de repente aparece su padre que la llama. Es un momento de un gran impacto para ella, su monstruo ha muerto como el de la película y además teme que haya sido su padre el causante, por ello huye desesperada.

Durante la noche, una perdida y agotada Ana tiene su gran momento de revelación. En primer lugar toca la seta venenosa, como queriendo invocar la muerte y a continuación se le aparece el monstruo de Frankenstein, por fin conoce a ese espíritu. Tras ese shock emocional, una vez en casa ya ha superado esa etapa de aprendizaje que se cierra cuando dice mirando por la ventana «Soy Ana«, tomando por tanto conciencia de si misma.

Hay muchos otros aspectos a tener en cuenta de El Espíritu de la Colmena pero uno de los que cabe destacar especialmente es la fotografía de Luis Cuadrado. Aunque inicialmente Erice pretendía rodarla en blanco y negro, afortunadamente luego cambió de opinión ya que la textura que tiene el color en esta película es uno de sus aspectos más definitorios. Cuadrado hizo un trabajo asombroso dando más vida aún a los cuidadísimos planos de Erice remitiendo incluso a la tradición pictórica por el uso que hace de la luz, sobre todo en los interiores de la casa.

Tampoco se debe olvidar a actores como el veterano e infalible Fernando Fernán Gómez y Teresa Gimpera interpretando a sus padres, pero realmente quien lleva todo el peso del film son las dos niñas y especialmente Ana Torrent, que directamente hace una de las mejores actuaciones infantiles que jamás he visto en una película. La inocencia y el miedo de su personaje está reflejado en sus ojos, en esa mirada desamparada. Según declaró posteriormente Ana Torrent, ella en aquel momento confundía realidad y ficción al igual que su personaje, y eso se nota en la autenticidad de todos sus gestos . Es por ello que los personajes se llaman igual que los actores que los interpretan, porque para Ana el actor y el personaje eran una misma cosa.


En ese sentido cabe destacar la famosa escena en que ven la película de Frankenstein, un momento puramente documental, ya que Erice realmente les proyectó la película a los niños y grabó con una cámara su reacción. Es decir, lo que vemos en la pantalla es la reacción auténtica que tuvieron al ver Frankenstein por primera vez en sus vidas y no una interpretación. El director ha afirmado a menudo que es el mejor momento que ha grabado en su carrera.

Con El Espíritu de la Colmena,  Víctor Erice realizó uno de los mayores logros fílmicos de la historia del cine español y uno de los retratos más honestos y sobrecogedoramente bellos de la inocencia infantil y la búsqueda de una verdad que puede llegar a ser hasta traumática. Imprescindible.

Môjû [Blind Beast] (1969) de Yasuzo Masumura

Una joven y atractiva modelo llamada Michio es secuestrada por Aki, un escultor ciego que, con la ayuda de su madre, se propone tenerla prisionera para hacer una escultura de su cuerpo. Aki, que nació invidente, se siente frustrado por no poder ver un mundo que solo ha conocido a través del sentido del tacto, y espera con esta escultura crear una nueva concepción de arte basada en el tacto y no en la vista.

Curiosísima y fascinante película japonesa sustentada en solo 3 personajes y un argumento aparentemente sencillo pero muy bien explotado. De entrada la trama recuerda muchísimo a la magnífica El Coleccionista (1965) de William Wyler, cuyo protagonista secuestraba a una joven para tenerla como si fuera una mariposa más de su numerosa colección a la que admirar por su belleza. Sin embargo, pese a ese punto en común, enseguida veremos que Blind Beast sigue un enfoque totalmente distinto.

La clave de la película está en la forma como Aki intenta de alguna manera compensar su falta de visión creando un mundo propio basado en el tacto. De ahí la explicación de ese monstruoso estudio tan impactante en que las paredes están decoradas con decenas de esculturas de diversas partes del cuerpo y en cuyo centro se encuentran dos estatuas gigantes de cuerpos de mujeres. Él mismo explicará que muchas de esas esculturas las creó gracias a un empleo de masajista que le permitía tocar cuerpos femeninos y memorizarlos para luego reproducirlos en su estudio, donde podría tocarlos a su antojo. Eso unido al hecho de que es un hombre virgen nos lleva a la idea de que todos los cuerpos que él construye para luego poder tocarlos son una forma de sustituir ese deseo sexual que no puede satisfacer. Su ambición de crear la estatua de mujer perfecta a partir del cuerpo de Michio es el deseo onanista por excelencia, el poder disfrutar del cuerpo de ella a partir de una copia lo más exacta posible.

Michio es consciente de ello y por eso, tras saber que es inútil intentar escapar, fingirá un enorme interés hacia el proyecto de Aki e incluso simulará cogerle cariño. Ella misma dirá explícitamente que todas esas creaciones escultóricas no son más que una forma de sustituir a su madre, a la que está fuertemente unido. Por ello intentará separarlos de la forma más segura posible: seducirle para provocar los celos y la desconfianza de la madre.

Sin embargo en el tramo final la película adquirirá un giro inesperado y genial que nos lleva de El Coleccionista a El Imperio de los Sentidos (1976) de Oshima. Tras la muerte de su madre, un Aki frustrado finalmente viola a Michio. No es nada casual que sea tras la muerte de esa figura materna cuando el ciego se atreva a perder su virginidad y buscar algún tipo de consuelo en la figura de la joven. Y entonces sucederá algo inesperado, después de un tiempo encerrada y siendo violada sistemáticamente por Aki, Michio empezará a disfrutar de estos encuentros sexuales. Al mismo tiempo, tras tanto tiempo sin ver la luz del exterior, Michio se va quedando ciega mientras que a cambio su sentido del tacto se empieza a desarrollar más. En otras palabras, se está convirtiendo en una versión femenina de él.

Una vez ambos han llegado a ese punto, Michio y Aki experimentarán con sus cuerpos como fuentes de placer. Al agudizarse el sentido de tacto de ella, ambos se compenetrarán a la perfección y serán capaces de descubrir nuevas formas de darse placer mutuamente. Esta exploración en busca del mayor goce sexual posible tendrá peligrosas consecuencias, llegará un punto en que inevitablemente se sientan atrofiados e incapaces de sentir el mismo placer que antes, así que se verán abocados a experimentar por otra vía menos tradicional: el sadomasoquismo.

Aunque este vínculo entre sexo y dolor/muerte está presente en otros films japoneses de la época aparte del ya mencionado El Imperio de los Sentidos, en Blind Beast el tema aparece sobre todo vinculado con el tacto, como una forma de descubrir todos los placeres que puede proporcionar ese sentido cuando uno se entrega totalmente a él. Al final la única forma que tendrán Michio y Aki de experimentar placer será hacerse daño, mutilar sus propios cuerpos mordiéndose, cortándose y chupando la sangre del otro. Todo esto acabará desembocando en un fatídico final quizás algo excesivo pero inevitable.

Masumura hoy en día no es un director especialmente recordado, pese a que finales de los años 50 fue una reconocida fuente de inspiración para los cineastas de la Nueva Ola Japonesa con películas como la maravillosa Besos (1957). En esta obra hace un muy buen trabajo destacando sobre todo la sensación claustrofóbica que consigue transmitir en la primera parte del film en el estudio de Aki, ese extraño lugar pesadillesco poblado por decenas de esculturas de partes del cuerpo fragmentadas, como objetos descontextualizados mostrando la forma como su autor intentó llegar a asimilar un mundo que nunca llegó a conocer del todo.
Blind Beast es una genial obra de culto en la que podemos vislumbrar algunas de las mejores cualidades del cine japonés de la época.