Autor: gabinetedrmabuse

Gigantes y Juguetes [Kyojin to gangu] (1958) de Yasuzo Masumura

La recuperación económica que experimentó Japón en los años 50 después de una dura posguerra ha sido tildada literalmente de «milagro» por muchos historiadores. Pero ese proceso de crecimiento no vino por si sólo, ya que contó con el apoyo de los Estados Unidos, quienes no desaprovecharon la oportunidad para importar su modelo económico (y, ya de paso, cultural), introduciendo en el país del sol naciente las nociones del capitalismo más salvaje. En consecuencia, toda esta prosperidad vino de la mano de una «americanización» y una asimilación de la filosofía ultracompetitiva del capitalismo. Lo cual incluyó a su vez un boom del mercado publicitario para dar a conocer a los ciudadanos (a partir de ahora, consumidores) una serie de productos que quizá no sabían que necesitaban y que de repente se volvieron imprescindibles.

En su segunda película, Gigantes y juguetes (Kyojin to gangu, 1958), Yasuzo Masumura esbozó una sátira sobre esa sociedad consumista y superficial a través de las feroces campañas de publicidad que enfrentan a las tres grandes empresas manufacturadoras de caramelos del país: World Candy, Giant y Apollo (primer apunte: no es casual que sus nombres estén en inglés). Al frente de la campaña de World Candy se encuentra Mr. Goda, un ambicioso empresario que para vencer a sus rivales propone una doble estrategia en colaboración con su aprendiz Yousuke Nishi: regalar premios relacionados con la imaginería aeroespacial y, en paralelo, crear una nueva estrella de moda a partir de una humilde taxista llamada Kyoko, para luego contratarla como imagen de su marca.

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Éxtasis [Ekstase] (1933) de Gustav Machatý


Éxtasis (Ekstase, 1933) de Gustav Machatý es una película realmente engañosa. El gran motivo por el que se la recuerda es la polémica que la rodeó respecto al erotismo de dos escenas: en una la actriz protagonista, Hedy Lamarr (por entonces aún usando el nombre de Hedy Kiesler), aparece desnuda corriendo por el campo, y la otra consiste en una escena de sexo que incluye la que se cree que es la primera representación en el cine de un orgasmo femenino. Como este es el prácticamente el único aspecto del filme que se suele comentar, antes que nada matemos este tema. Efectivamente, Lamarr aparece tal cual Dios la trajo al mundo, pero no es para nada el primer desnudo completo de la historia del cine, como se dice en algunos sitios… ¡desde los inicios del cine se han filmado desnudos! Por otro lado la famosa escena de sexo no muestra nada explícito, de hecho está formada casi íntegramente por primeros planos, pero destila un erotismo muy elegante y no deja ninguna duda sobre que la protagonista está teniendo un orgasmo. En ese sentido recomiendo encarecidamente otra obra del mismo director bastante superior a ésta, Erotikon (1929), que incluye también una tórrida escena que es todo un precedente de la que nos ocupa ahora.

Como era de suponerse, el filme fue en su momento un escándalo que llegó hasta el punto de que el Papa Pío XI denunció públicamente la película por inmoral. Su estreno chocó con la censura en muchos países y en otros directamente con la prohibición de la cinta, pero al mismo tiempo dio a conocer internacionalmente a Lamarr, que en unos años haría carrera en Hollywood. Todo esto ha provocado que el público que se acerque a Éxtasis lo haga esperando un drama erótico, o quizá una cinta para lucimiento de la belleza de su atractiva protagonista. Pero en realidad no es así, de hecho Éxtasis es algo bastante extraño. Es una película que en realidad consiste en tres películas diferentes. Y es un filme sonoro que en realidad es un filme mudo.

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El Pastor de las Colinas [The Shepherd of the Hills] (1941) de Henry Hathaway

A los que somos fanáticos del Hollywood clásico siempre nos resulta especialmente gratificante el toparnos por sorpresa con una película realizada en el seno de los grandes estudios que, no obstante, se sale por completo a la norma. Y no me refiero ya a filmes hechos por autores que, de alguna forma, consiguieron imponer su estilo a lo que debería ser un mero producto realizado en cadena. Hablo también de obras que en apariencia no tienen ninguna justificación para escaparse de lo estándar (filmes realizados por un director sin una personalidad propia marcada y con un presupuesto generoso estrechamente vigilado por los productores) y que, no obstante, resultan cuanto menos extrañas.

El Pastor de las Colinas (The Shepherd of the Hills, 1941) de Henry Hathaway responde exactamente a esta descripción. Se trata de un western que ya de entrada tiene un inicio bastante peculiar. Nos encontramos en unos bosques, hay un disparo pero no hemos presenciado qué ha sucedido – de hecho para ser un western veremos poquísimos tiroteos. Un sheriff y dos agentes de la ley parece ser que están buscando unos fabricantes de alcohol. Poco después vemos a Matt (John Wayne), que aparentemente va a ser el héroe del relato, ocultando unas botellas ante la mirada vigilante de una anciana de tosco carácter, su tía Mollie (la siempre magnífica Beulah Bondi). En una casa en medio del bosque una joven, Sammy, y su anciano padre reciben a los oficiales de la ley que buscan pistas. Éstos afirman no haber visto nada inusual y siguen su vida aparentemente feliz. Pero entonces cuando se marchan el padre cae al suelo desmayado por la herida de bala que han estado ocultando.

Entra en escena Daniel Howitt, un anciano desconocido en esos lares que, al ver lo sucedido, corre a socorrer al padre pese a la desconfianza de la muchacha hacia los forasteros. Gracias a ese y otros servicios, Daniel se gana la confianza de ella y de otros lugareños y muestra interés por comprar un terreno llamado «el prado del gemido», propiedad de la familia a la que vimos comerciando con licor de contrabando. El problema está en que Matt no ve con buenos ojos esa venta, ya que en ese terreno vivió su madre, fallecida en unas extrañas circunstancias que, según creen, han provocado que el resto de la familia tenga una maldición sobre ellos.

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Curso sobre Sam Peckinpah y Sergio Leone en el Museo de Cine de Girona

Amigos lectores, sé lo que están pensando. Ha empezado el curso escolar y el Doctor Mabuse sigue sin aparecer por su gabinete. No se preocupen, desde hace unos días está ya de regreso en su guarida, simplemente le cuesta ponerse de nuevo con su duro trabajo (esto es, ver películas y pensar nuevas formas de hacer el mal), pero la semana que viene volverá con la primera película de la temporada bajo su brazo.

En todo caso, mientras esperan quizá les interese saber que durante el mes de noviembre el Doctor impartirá de nuevo un curso en el Museo de Cine de Girona, esta vez sobre Sam Peckinpah, Sergio Leone y su decisiva influencia en el western. Las sesiones repasarán no solo las películas de ambos directores sino los westerns que les influenciaron a la hora de dar forma a sus estilos tan reconocibles. Tampoco es descartable que el Doctor Mabuse les ofrezca algunas lecciones sobre cómo montar a caballo y atrapar reses con un lazo, pero esto aún está por decidirse, ya que parece ser que un museo no es el lugar más apropiado para realizar tales actividades. En todo caso pueden contar seguro con todo lo demás.

Las clases tendrán lugar los sábados por la mañana entre el 4 de noviembre y el 2 de diciembre. Si les interesa, pueden consultar más detalles e inscribirse aquí. Y dicho esto les esperamos la semana que viene con el inicio de temporada en su gabinete cinéfilo favorito.

 

Cerrado por vacaciones

Amigos lectores, estos han sido unos meses especialmente agitados en la guarida de su genio del mal favorito. Es por eso que, por mucho que servidor disfrute compartiendo con ustedes cada semana sus últimos visionados, en el fondo agradece la llegada de unos meses de tranquilidad en que su única preocupación será acordarse de meter en su bolsa la crema solar, la colchoneta con forma de unicornio, la pelota hinchable y una ametralladora para aniquilar a los veraneantes que tienen la dudosa costumbre de escuchar música con altavoces en la playa.

No se preocupen, tras un tiempo de necesario reposo el Doctor Mabuse volverá en septiembre con energias renovadas y mucho más cine para compartir con ustedes. Pásenlo bien en su ausencia y vean mucho cine.


Si se sienten especialmente solos sin el Doctor, les recordamos que pueden encontrarnos en nuestras redes sociales, gestionadas por nuestro Community Manager Monsieur Hulot, gran experto en nuevas tecnologías. Estamos en TwitterFacebook y Tumblr a su disposición.

Los Mejores Años de Nuestra Vida [The Best Years of Our Lives] (1946) de William Wyler

Hay películas que, más allá de sus innegables cualidades fílmicas, parecen tener un efecto catalizador en el público del momento al haber coincidido su estreno con un momento muy delicado para la sociedad de la época. Dos de los ejemplos más claros creo que son dos filmes americanos que conectaron especialmente bien con el trauma de posguerra de los Estados Unidos en dos momentos de su historia: El Cazador (The Deer Hunter, 1978) de Michael Cimino – un filme que en otro contexto sería absolutamente inverosímil imaginarlo como éxito de taquilla dada su duración y estilo – y, por supuesto, Los Mejores Años de Nuestra Vida (The Best Years of Our Lives, 1946) de William Wyler, que si bien no resulta sorprendente que fuera un taquillazo con el reparto que tenía, sí que puede chocar que lo fuera a tales niveles, hasta el punto de convertirse en una de las películas de Hollywood más taquilleras de los años 40.

Estando ante un absoluto clásico en mayúsculas tengo la impresión de no poder aportar mucho a todo lo que se ha escrito sobre él, pero después de un último revisionado me apeteció dedicarle un rincón en este gabinete. El filme explica la historia de tres excombatientes de la II Guerra Mundial que vuelven a su pueblo: el Sargento Al Stephenson, el Capitán Fred Derry y el suboficial Homer Parish. Pese a que todos desean retomar sus vidas, también se encuentran nerviosos ante la perspectiva de regresar tras tanto tiempo. Al tiene una mujer, dos hijos ya crecidos y un empleo estable en el banco, pero en su primera noche prefiere salir a emborracharse por no sentirse cómodo en casa. Fred tiene a su mujer, Marie, con la que se casó estando en el ejército pero apenas ha convivido con ella. Y por último Homer perdió sus manos en un ataque en el barco donde estuvo y en su lugar tiene dos ganchos.

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Treinta Segundos sobre Tokio [Thirty Seconds over Tokyo] (1944) de Mervyn LeRoy

Últimamente he tenido un ramalazo en que me ha dado por ver películas bélicas de Hollywood que se realizaron cuando el país estaba en guerra. Es decir, filmes hechos en el calor del momento, llenos de exaltado patriotismo, sin esos mensajes tan aburridos del tipo «no hay buenos ni malos, en el fondo todos somos víctimas», películas en que los enemigos son unidimensionalmente malos o, como mínimo, personajes con los que es muy difícil empatizar. Son un tipo de obras que obviamente no han envejecido tan bien como otras que optan por mensajes más universales denunciando los horrores de la guerra, pero no obstante las encuentro interesantísimas como reflejo de su tiempo y, por qué no, a menudo también muy entretenidas.

Fue buscando filmes de ese estilo que me animé a probar con Treinta Segundos sobre Tokio (Thirty Seconds to Tokyo, 1944), una de esas películas que tiene un estatus que podríamos llamar semiclásico: es un título muy conocido (a mí al menos me resulta familiar desde que empecé a sumergirme en el cine clásico más allá de los filmes básicos), pero a cambio no parece que sea muy comentada ni creo que haya sido visionada por la mayoría de fans del cine clásico. Todo parecía indicar que se trataría del típico filme que fue un taquillazo y éxito de crítica en su momento (de ahí que el título nos sea familiar), pero que no atesoraba la suficiente calidad para haber perdurado como clásico. Me lancé pues a su visionado esperando una obra de prestigio y bien hecha pero que no me aportaría demasiadas sorpresas… y me equivoqué por completo. Veamos qué nos ofrece.

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Tsuruhachi y Tsurujiro [Tsuruhachi Tsurujirô] (1938) de Mikio Naruse

A estas alturas, tras haber visto un número considerable de películas de la amplia filmografía de Mikio Naruse y no quedándome ya ninguna de sus obras consideradas imprescindibles, he llegado a un punto en que a veces opto sencillamente por ver alguno de sus filmes al azar. Una de las grandes bendiciones que nos ha aportado internet es el poder navegar prácticamente sin límite por las filmografías de cineastas tan prolíficos como Naruse, sin depender ya de cuáles de sus películas existen en DVD. Y eso quiere decir que por tanto uno puedea pensar un aburrido viernes noche: «Bah, voy a ver una película de Naruse que no conozca de los años 30. Cualquiera. La primera que se me presente«. La mayoría de veces me he topado con películas menores, como esperaba, pero hasta ahora ninguna que considere mala. Y eso que soy consciente de que es matemáticamente imposible que un hombre que rodó tantas películas no tenga alguna realmente floja. Pero de momento siempre he encontrado al menos algún detalle o aspecto interesante en todo lo que he visto suyo, incluso en obras más rutinarias. No descarto sin embargo que simplemente aún no se me hayan cruzado algunas de sus películas más flojas.

Muy de vez en cuando me llevo alguna sorpresa agradable. Un filme del que no tenía ninguna referencia, que he visto por puro azar y que me ha acabado pareciendo una obra más que reseñable. Es lo que me ha sucedido con Tsuruhachi y Tsurujiro (Tsuruhachi Tsurujirō, 1938), que trata sobre dos artistas musicales que actúan como dúo: él, Tsurijirō, es el cantante y ella, Tsuruhachi, toca el shasmisen. Ambos se conocen desde niños porque la madre de ella, una gran artista, les enseñó todos los secretos de su arte. Con su mentora fallecida, los dos consiguen un gran éxito allá donde actúan pero su relación está siempre plagada de tensión: a veces él le reprocha a ella que no ha tocado suficientemente bien, pero ella no está de acuerdo. En paralelo a sus continuas discusiones, en que se prometen no tocar juntos y luego vuelven a reconciliarse, Tsuruhachi se plantea casarse con un admirador, el acaudalado y dócil Matsuzaki.

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La Escuadrilla del Amanecer [The Dawn Patrol] (1930) de Howard Hawks

Un aspecto curioso de La Escuadrilla del Amanecer (The Dawn Patrol, 1930) es que si pensarámos en una película de Howard Hawks sobre aviadores durante la Primera Guerra Mundial seguramente nos esperaríamos un filme dinámico y lleno de emoción y suspense, pero no es para nada el caso – del mismo modo que la primera vez que vi El Sargento York (Sergeant York, 1941) del mismo Hawks me llevé un chasco por ser más un filme sobre un dilema moral que una obra bélica pura y dura. Así pues, aunque La Escuadrilla del Amanecer se inicia con unos planos aéreos de los aviadores, pronto sabremos que la función de dichas imágenes es únicamente la de ponernos en situación, y no será hasta pasado el ecuador del metraje cuando tendremos algunas de las tan ansiadas escenas de acción.

Estamos en plena I Guerra Mundial, donde un escuadrón de aviadores debe soportar la presión de ser enviados continuamente a peligrosas incursiones al frente alemán en las que a menudo cae alguno de ellos. El miembro más destacado es Dick Courtney, un experimentado aviador que está continuamente culpando al Comandante Brand de que les conduzcan a misiones suicidas con nuevos reclutas inexpertos. El gran aliado de Dick es su amigo Douglas Scott, otro destacado piloto a quien conoce de toda la vida y con el cual una noche decide iniciar un vuelo secreto hacia líneas enemigas desobedeciendo las órdenes del comandante. A su retorno, Dick recibe el peor castigo posible: el Comandante Brand ha sido ascendido y ha decidido nombrar a Dick como su sucesor. Por tanto, ya no podrá volar con sus compañeros y deberá ser él quien transmita las órdenes provenientes de sus superiores y sufrir la presión de enviar a miembros del escuadrón a una muerte segura.

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Qiu Ju, una mujer china [Qiu Ju da guan si] (1992) de Zhang Yimou

Hay de entrada un aspecto que descoloca de Qiu Ju, una Mujer China (Qiu Ju da guan si, 1992) y es el ser una película que rompe con la «lógica» que seguía la carrera de su creador, Zhang Yimou. Éste había sido un reputado director de fotografía cuya contribución fue fundamental en algunas de las obras más importantes de la que se conoce como la Quinta Generación de directores chinos, aquella que no solo renovó la cinematografía del país sino que le dio reconocimiento internacional. Yimou estuvo metido en ese movimiento desde el principio, fotografiando las dos grandes películas que iniciaron esta nueva era del cine chino: Uno y Ocho (Yi ge he ba ge, 1984) de Zhang Junzhao y Tierra Amarilla (Huang Tu Di, 1984) de Chen Kaige. El momento decisivo de su trayectoria sucedió en 1986, cuando el director y productor Wu Tianming le pidió que protagonizara su filme Viejo Pozo (Lao jing, 1986) a cambio de financiarle su primera obra como realizador. Fue de esta forma tan accidental que empezaría la carrera del director más conocido de China, ya que desde su debut Sorgo Rojo (Hong gao liang, 1988) consiguió un gran éxito de público y crítica a nivel internacional.

La fórmula que ofreció Yimou en su debut se perfeccionaría y revelaría infalible en sus siguientes obras: historias que enfatizaban el componente exótico de la trama (lo cual les garantizaba el éxito en el extranjero pero, no lo olvidemos, también funcionaban muy bien dentro de su país), una estética visualmente muy atractiva y un componente erótico bastante rompedor para el cine chino de la época. Si obviamos una extraña película de acción que parece hecha por encargo y de la que nunca he oído hablar, Code Name: Cugar (Daihao meizhoubao, 1989), sus dos siguientes obras seguían esa misma fórmula pero cada vez de forma más refinada, primero en Ju Dou: Semilla de crisantemo (Ju Dou, 1990) y luego en la que muchos consideramos su mejor obra, La Linterna Roja (Da hong Deng long Gao gao Gua, 1991).

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