60s

The Pitfall [Otoshiana] (1962) de Hiroshi Teshigahara

Hiroshi Teshigahara es uno de los directores más interesantes surgidos en Japón pese a su brevísima filmografía. Inició su carrera durante los años 60 destacándose entre la nueva ola de jóvenes realizadores japoneses que, al igual que sucedía en occidente, se destacaron con una serie de obras frescas  que rompían con las convenciones cinematográficas
Teshigahara era un director de marcadas raíces artísticas fascinado por las posibilidades que ofrecía la cámara para captar la imagen. Desafortunadamente, aunque empezó con fuerza su carrera, la acabaría abandonando demasiado pronto. Con este film, su primer largometraje, iniciaría una serie de cuatro películas creadas en colaboración con el escritor Kōbō Abe, autor de los guiones basados en escritos propios.

La película se inicia con las andanzas de un pobre minero que viaja junto a su pequeño hijo en busca de trabajo. Finalmente parece tener suerte en un pueblo donde le indican que conseguirá trabajo dirigiéndose hacia cierto paraje que le muestran mediante un mapa. Por el camino se encuentra un poblado fantasma cuyo único habitante es una mujer que no tiene a donde escapar de su miserable situación. Sorpresivamente, una vez reemprende la marcha, el minero es atacado por un misterioso hombre vestido de blanco que le asesina brutalmente ante la atónita mirada de su hijo. El hombre de blanco seguidamente soborna a la mujer para que dé a la policía una descripción falsa del supuesto asesino que él mismo le dicta y desaparece. Mientras la policía empieza la investigación, el fantasma del minero contempla todo lo que sucede intentando encontrar una explicación a su absurda muerte.

The Pitfall es una película bastante compleja que no tiene un protagonista claro y en la que el director narra fríamente todos los acontecimientos sin parecer simpatizar con ningún personaje especialmente. Aunque puede parecer que el conflicto de la película se basa en la investigación policial, la clave de la historia de Kōbō Abe es más bien lo absurdo de esa muerte y de todos los acontecimientos que lleva consigo.
Los primeros 20 minutos en realidad dan más bien la apariencia de un film realista que retrata las durísimas condiciones de los mineros, incluyendo material de archivo. Es entonces, una vez nos hemos acostumbrado a ese tono, cuando se introduce el asesinato y el elemento fantástico al film sorprendiendo al espectador.

Teshigahara era un maestro creando situaciones casi surrealistas, que descolocaban a sus personajes al obligarles a enfrentarse a algo fuera de lo común que les hace replantearse a sí mismos. Aquí aún no tiene la profundidad de sus siguientes obras pero ya presenta marcados indicios en temática y estilo. Resulta maravillosa la idea de hacer que sea el fantasma del fallecido el que contemple toda la investigación policial para poder entender su propia muerte y que además se escandalice al oír como la única testigo del asesinato miente a la policía. Aunque Abe apenas juega con la baza de lo sobrenatural salvo para explotar esa idea, tiene detalles muy ingeniosos como convertir ese poblado desierto en uno lleno de personas-fantasmas cuando adquirimos el punto de vista del minero fallecido.

El film parece que va a dar un giro hacia una temática más policial cuando se sabe que la víctima del asesinato era idéntica físicamente al líder sindical de una de las dos minas principales, y que la descripción que el hombre de blanco obligó a dar a la mujer se corresponde con la apariencia del líder de la otra. Todo parece que nos conduce a un thriller en que se averiguará el motivo de ese absurdo asesinato, pero no es eso lo que le interesa a sus autores y de hecho nunca se llega a saber quién es ese misterioso hombre de blanco ni qué pretendía exactamente con ese crimen. Teshigahara a menudo retrata a sus personajes más como si fueran animales que personas, y seguramente ésa era la finalidad tras ese argumento, mostrar sus peleas y sus crímenes sin sentido, su comportamiento puramente animal e instintivo que queda claramente visible en la salvaje pelea final entre los dos líderes sindicales en mitad de la naturaleza, o en la brutal escena en que un policía viola a la testigo y que Teshigahara filma de forma sublime.

Aquí ya se deja entrever la maestría de Teshigahara tras la cámara y su obsesión por captar con ella imágenes en estado puro, a menudo tomadas de paisajes naturales o de primeros planos de objetos tan cerrados que se hacen hasta abstractos, como ese plano del cuenco lleno de agua con hormigas muertas flotando en él. En su siguiente film, la obra maestra La Mujer de la Arena (1964), todos estos elementos volverán a aparecer pero más potenciados, aumentando la sensación que ya hay aquí de cierto surrealismo y abstracción.
Una historia sobre la naturaleza del ser humano sin final ni conclusión satisfactoria, un descarnado retrato que es un buen anticipo de lo que luego haría de forma magistral en sus dos siguientes obras.

El Carnaval de las Almas [Carnival of Souls] (1962) de Herk Harvey

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Inquietante película de culto de serie B. Rodada con muy pocos medios y en tan sólo tres semanas, El Carnaval de las Almas ha logrado trascender en la historia del cine hasta convertirse en un referente ineludible en el género de terror.

En una pequeña ciudad estadounidense se produce un accidente en que un coche en que viajaban tres jóvenes cae al río. Aunque se hace imposible encontrar el automóvil, milagrosamente una de las pasajeras, Mary Henry, emerge de las aguas como única superviviente.
Pese a esta traumática experiencia, ella se empeña en seguir adelante con sus planes de viajar a una población cercana a trabajar como organista en la iglesia local. Sin embargo, por el camino empiezan a acecharle unas extrañas visiones, una espeluznante figura humana fantasmal que parece perseguirla. Aunque al principio no le da importancia al hecho, a medida que pasa el tiempo sus alucinaciones irán en aumento.

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El film destaca y ha pasado a la historia sobre todo por su asfixiante atmósfera. Aunque no es una película de terror en que el espectador esté en tensión durante todo el metraje, sí que nos encontraremos unas cuantas escenas especialmente sobrecogedoras pese a la escasez de medios de la que disponía Herk Harvey. Los planos de ese extraño hombre (interpretado por el propio director) que se aparece repentinamente a la protagonista son tremendamente desasosegantes aunque en realidad no muestren nada del otro mundo. El simple hecho de que esa inquietante figura de apariencia terrorífica se aparezca repentinamente y de forma breve en el momento menos esperado es lo que inquieta tanto a la protagonista como a nosotros.
Más que una película terrorífica, El Carnaval de las Almas parece una pesadilla. Más que aterrorizar, produce malestar por no saber qué está sucediendo, como en las escenas en que Mary repentinamente no puede oír nada y parece que el resto de personas no pueden verla ni oírla tampoco a ella. En estos momentos es cuando más se agradecen detalles de dirección como remarcar el sonido de sus zapatos, que contrasta con el tenebroso silencio en que se encuentra.

En ese sentido, el momento cumbre del film son sin duda sus últimos minutos, en que la pesadilla que se iba anunciando poco a poco durante todo el metraje acaba de estallar por completo y hacerse realidad. Esos extraños seres fantasmales (un claro antecedente de los futuros zombies por el maquillaje y la forma de moverse) acaban de revelarse del todo al espectador e incluso persiguen a la protagonista, convirtiéndose en un peligro real. En concreto, la escena en que aparecen todos bailando es sin duda el instante más memorable visualmente de la película, por no hablar del mil veces homenajeado y copiado plano en que uno de ellos surge de las aguas.

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Sin embargo, El Carnaval de las Almas también tiene algunos defectos que hacen que la película se resienta un poco. Para empezar, la banda sonora de órgano resulta tan tenebrosa como cargante, aunque hay que reconocer que está muy bien utilizada en momentos puntuales y le da ese aire fantasmal tan adecuado.
En segundo lugar, uno de sus mayores problemas es el contar con un reparto que hace unas actuaciones muy poco creíbles. Aunque éste es un problema muy común en el cine de serie B, quizás debería haberse tapado mejor esa carencia acortando un poco algunas escenas.
Lo cual nos lleva al otro gran defecto, que es su irregular guión. Hay buenas ideas que se desarrollan a lo largo de la película, como el hecho de que ella evite tanto la compañía de más personas y parezca una mujer «sin alma» (quizás fue su cuerpo el que sobrevivió al accidente pero no su alma), lo cual la lleva a rechazar al vecino que intenta seducirla y a que un amigo le recomiende que no se sirva sólo de su habilidad para tocar el órgano, sino que también ponga algo de alma. En general el hecho de que nunca se aclare del todo qué es lo que pasa, dedicándose solo a insinuar, es un gran acierto. Pero aún así, el ritmo es terriblemente irregular, algunos diálogos entre personajes se hacen demasiado largos (la cita entre él y su vecino sin ir más lejos es bastante redundante) y el resultado final acaba resintiéndose por esos altibajos.

Pese a esos defectos, que para algunos incluso le dotan de cierto encanto característico de serie B, El Carnaval de las Almas sigue siendo una película muy destacable y con suficientes méritos como para hacer que su visionado valga la pena. Esa atmósfera tan surreal y terrorífica ha sido una marcada influencia para autores del género y para cineastas como David Lynch, y sus escenas fantasmales aún hoy en día conservan su fuerza e incluso cierta aterradora belleza.

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La Aventura [L’Avventura] (1960) de Michelangelo Antonioni

La Aventura

La Aventura es uno de los hitos clave de la modernidad cinematográfica que además dio fama internacional a su director, Michelangelo Antonioni, sobre todo a raíz del enorme escándalo que rodeó a esta obra. Cuando se estrenó en el Festival de Cannes, la película fue fuertemente abucheada y atacada sin piedad. Fue tal el fracaso que una serie de críticos y cineastas más afines a estas nuevas corrientes cinematográficas exigió un segundo pase, tras el cual recibió un Premio Especial del Jurado «por un nuevo lenguaje cinematográfico y la belleza de sus imágenes». A partir de aquí el film tuvo más suerte: los críticos y cinéfilos de todo el mundo se morían de ganas por verla así que tuvo una buena acogida en taquilla y llegó a ser considerada por algunos críticos como una de las mayores obras maestras de la historia del cine.

Si este film fue tan sumamente polémico en su momento es porque era una obra de una transgresión inusitada en su momento, casi se podría decir revolucionaria. Quizás a un espectador actual se le escape esa modernidad que por entonces era tan obvia, pero aún hoy en día sigue siendo una de esas películas que cuenta tanto con ardientes defensores que la califican de obra de arte como con detractores que la ven como una tomadura de pelo. La Aventura escapaba por completo a las bases más elementales de la narrativa cinematográfica mostrando un retrato brutalmente sincero de las relaciones humanas y de la falta de comunicación que luego se complementaría con las posteriores La Noche (1961) y Eclipse (1962), con las que comparte bastantes puntos en común.

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La Aventura empieza con una excursión que llevan a cabo una serie de burgueses de clase alta en un yate privado. Entre ellos se encuentran los que parecen ser el trío protagonista: Claudia, Anna y Sandro. Anna y Sandro son novios, aunque ella se muestra muy descontenta con su pareja, tal y como comprueba su amiga Claudia. Tras horas de viaje, los tripulantes del yate paran en una pequeña isla deshabitada donde algunos de ellos desembarcan a pasear o tomar el sol. Cuando deciden volver a tierra se dan cuenta de que Anna ha desaparecido.
Todos registran la diminuta isla hasta el más pequeño rincón pero finalmente se dan por vencidos. Cuando llega la policía, continúan con el registro investigando también en las aguas de las zonas rocosas por si decidió suicidarse, pero no hay ni rastro de ella. Es imposible que Anna, viva o muerta, siga en la isla, así que Claudia y Sandro deciden seguir buscándola en tierra.

El aspecto que resulta más controvertido del film aún hoy en día es el hecho de que en ningún momento se nos explica qué le ha sucedido a Anna. A Antonioni no le importa lo que le ha pasado a su personaje, sino las consecuencias que tiene su desaparición, ya que mientras Sandro y Claudia la buscan acaban enamorándose. Por lo tanto, el que se suponía que era el conflicto central del film se va desvaneciendo en favor de lo que realmente quiere mostrarnos Antonioni: la extraña relación entre Sandro y Claudia, el hecho de que vivan un romance mientras buscan a la mujer a quien en realidad están traicionando. En una escena que tiene lugar en el tramo final de la película, Sandro se aleja de Claudia para hacer una indagación y al volver se la encuentra aterrada porque tenía miedo de que hubiera encontrado a Anna. Ella misma reconoce que ha pasado de temer por la vida de su amiga a tener miedo de que siga viva. Esta enfermiza contradicción es una de las bases del film.

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Otro punto polémico es el fulminante retrato que hace Antonioni de esa burguesía acomodada y ociosa a la que también atacaría en su siguiente película, La Noche. En concreto las escenas iniciales del viaje en yate son especialmente crueles. Todos se nos presentan como personajes aburridos, vacíos e incluso patéticos. Una de las parejas, Giulia y Corrado, resulta especialmente chocante porque absolutamente todos sus diálogos acaban desembocando en un insulto de él hacia ella («El tiempo ha empeorado» «Por favor, no me seas tan didáctica, ya veo que el tiempo ha empeorado«; «Antiguamente las islas Eólicas eran volcanes» «Cuando vinimos aquí hace 12 años, hiciste exactamente el mismo comentario«). En mitad de la frenética búsqueda de Anna, Giulia repentinamente le habla a Claudia en cierto momento sobre lo mal que le trata su marido, como si no fuera consciente de la gravedad de la desaparición de Anna. Más adelante, Giulia engaña a su esposo con un joven pintor, pero antes de entregarse a él se asegura de que Claudia le vea, como si quisiera compensar el ridículo que ha sufrido anteriormente. Parece que le está engañando más por venganza que por desearlo realmente. En realidad, todos los personajes desprenden una amoralidad que en su momento debió chocar especialmente. No tienen problema en cometer adulterio entre ellos y de hecho viene a ser lo que hacen Claudia y Sandro, con la diferencia de que ellos parecen desearse realmente mientras que el resto lo hace casi por aburrimiento.

Es remarcable la forma que tiene Antonioni de mostrarnos todo el vacío existencial y la incomunicación que rodea a estos personajes. El film se inicia con una conversación entre Anna y su padre en la que queda patente esa carencia, pero es algo que discurre a lo largo de todo el metraje y que afecta incluso a Claudia y Sandro. Aunque se desean sinceramente, en todo momento hay algo que subyace que nos da a entender que las cosas no funcionan tan bien como deberían, que los personajes no están unidos del todo y aún hay algo que les separa. ¿Quizás el fantasma de Anna? ¿O simplemente Claudia y Sandro están destinados a entenderse tan poco en el futuro como les sucedía a Anna y Sandro?

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Pese al riesgo que supone llevar adelante una película tan abstracta en su contenido, Antonioni hace un trabajo de dirección formidable que convierte a La Aventura en una obra absolutamente fascinante. Queda patente aquí su obsesión por los paisajes, no solo naturales sino también urbanos: los planos de la isla y del mar, los edificios de los pueblos que visitan los protagonistas e incluso los mismos personajes. Antonioni mima cada encuadre haciendo que su obra tenga un aspecto especialmente bello y evocador, algo que llevaría a su máxima expresión en los últimos minutos de El Eclipse, en los cuales deja completamente de lado la trama para mostrar una sucesión de planos casi abstractos de una ciudad. Pocos directores han sabido trabajar tan bien como él las formas de los objetos a la hora de situarlos en el plano.

Algunos de estos paisajes llegan a ser tan abstractos que incluso parecen imágenes de pesadilla, como el pueblo vacío o la plaza en que Claudia se ve repentinamente acosada por hombres que la observan maliciosamente. Al igual que la desaparición de Anna, son elementos que no tienen una explicación racional, pero sirve para aumentar el clima enfermizo de tensión que viven los personajes.

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El final por supuesto no deja demasiadas esperanzas hacia los personajes. La pareja recala en un hotel donde encuentran a unos viejos amigos, quienes ya ni les preguntan por Anna. Claudia está agotada y decide descansar mientras Sandro baja al hall a pasar el rato antes de dormir. Cuando amanece y Claudia ve que Sandro no ha regresado, baja en su búsqueda para encontrarle acostado en un sofá con una prostituta. Indignada, huye al exterior perseguida por él.
El último plano de la película, uno de los más bellos, resume perfectamente su situación. Sandro es incapaz de decir nada así que se sienta en un banco cerca de ella. Repentinamente, él no puede evitar echarse a llorar. Claudia le mira y, no sabemos si movida por la compasión o el amor, le coge la mano.

En este plano queda reflejada toda la incomunicación que rodea a los dos, su incapacidad para solucionar sus problemas verbalmente, su condena a amarse y al mismo tiempo herirse mutuamente como el resto de personajes de la película. Pocas veces se ha expuesto de forma tan bella y sencilla algo que encierra un significado tan dramático: la ineficacia de las relaciones humanas y la incapacidad de no hacer daño a los seres que más queremos. Bajo esa aparente belleza visual, La Aventura esconde uno de los retratos más viscerales y desencantados de las relaciones humanas en la sociedad contemporánea.

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Plan Diabólico [Seance on a Wet Afternoon] (1964) de Bryan Forbes

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Magnífico film británico de suspense protagonizado por un extraño matrimonio de avanzada edad, Myra y Billy. Ella es una médium que elabora un maquiavélico plan para secuestrar a la hija de una acaudalada familia en colaboración con su marido. Sin embargo, la finalidad del secuestro no es utilizar el dinero del rescate para beneficiarse económicamente, sino ofrecer a los padres de la niña los servicios de Myra para ayudarles a encontrar a su hija con sus poderes sobrenaturales y así hacerse famosa y conseguir el renombre que merece.

Plan Siniestro es una pequeña joya escondida de ésas que demuestran cómo el cine inglés no se acaba en las obras británicas de cineastas reconocidos como Hitchcock y David Lean o en el free cinema. Nos encontramos ante un inquietante thriller que tiene la virtud de saber crear momentos de mucho suspense al mismo tiempo que desarrolla la profunda situación psicológica que envuelve a los protagonistas, todo ello realizado con una impecable factura.

El inicio del film es una pequeña maravilla que consigue enganchar instantáneamente al espectador: una breve recreación de una de las sesiones de espiritismo de Myra excelentemente dirigida. La cámara se concentra en las manos unidas de los que participan en ella y en sus rostros, así como en la vela situada en el centro de la mesa que da a toda la escena una iluminación casi fantasmal. Las palabras susurrantes de Myra son lo único que oímos. La sesión espiritista está tratada como si fuera un cautivador ritual que se nos antoja casi místico. El carácter de este tipo de sesiones será fundamental más adelante para entender a la protagonista.

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Indudablemente, el pilar fundamental de la película se encuentra en los dos protagonistas soberbiamente interpretados por Richard Attenborough (también productor del film) y, especialmente, Kim Stanley. En seguida se nos revela el papel que asume cada uno en su relación: ella es claramente dominante y persuasiva mientras que su marido se deja dominar sin verse capaz de contradecirla. Es una relación extraña puesto que pese a esa sumisión él depende de ella y la quiere, de hecho se da a entender que en cierto momento él intentó abandonarla pero no fue capaz. También juega un papel muy importante un personaje ausente, su hijo Arthur, del que sólo sabemos que está muerto y cuyo espíritu ayuda a Myra a llevar a cabo sus sesiones de espiritismo dándole incluso consejos, como por ejemplo todo lo relacionado con el secuestro de la niña.

El hecho de que se profundice tanto en ellos hace que la película adquiera más fuerza, puesto que la psicología de los personajes sustenta prácticamente todo el argumento. Aquí es donde habría que alabar a Richard Attenborough bordando un papel lleno de matices y a la gran triunfadora de la función, una Kim Stanley que dota de credibilidad a un personaje complejísimo que en manos de otra actriz correría el riesgo de caer en la sobreactuación. Stanley consigue transmitir con total confianza la inestabilidad mental y emocional de una Myra un tanto desequilibrada pero que mantiene la suficiente cordura como para urdir el complejo plan de secuestro. Ella muestra una gran inteligencia sobre todo por saber adelantarse a todas las situaciones que sucederán, como el registro de la casa, pero por otro lado peca de inocente al pensar que podrá convencer a la policía de que localizará a la niña solo con sus poderes, ya que cree tan firmemente en ese don suyo que supone que el resto también lo hará.

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Todas las escenas de suspense están magníficamente planteadas demostrando un gran dominio del género con reminiscencias de Hitchcock. por muy típico que sea usar este referente. Como muestra de ello está la genial escena del secuestro, que resulta especialmente hitchcockiana. Después de que Billy robe el coche en que viajaba la niña, lo lleva a un descampado donde pretende drogarla y llevarla en su motocicleta. Sin embargo cuando va a abrirle la puerta descubre horrorizado que ella ha bajado el seguro y que no hay manera de sacarla, puesto que un cristal separa los asientos traseros de los delanteros. La situación es tan cómica y patética como intrigante. Billy es un personaje nervioso e inseguro y no sabe desenvolverse con un problema realmente absurdo y sólo se le ocurre pedirle a ella que le abra la puerta con súplicas hasta que cae en la cuenta de que puede abrir los seguros del coche desde los asientos delanteros.
Para aumentar la tensión, una pelota cae cerca de él, por lo que deduce que unos niños la han perdido y vendrán a recogerla. Billy, asustado, por una vez sabe cómo reaccionar y se la lanza antes de que vean el coche. Para añadirle más ironía a la situación les dice que no jueguen por ahí porque pueden hacer daño a alguien.

El hecho de que Billy sea un personaje tan inseguro y que además parezca tan poco convencido del éxito del plan, hace que todos los momentos del secuestro relacionados con él nos pongan más nerviosos. En cambio, cuando ella tiene que lidiar con la policía parece tan segura y convencida de todo lo que hace que no tememos por ella. También es muy interesante la escena en que escriben la carta pidiendo el rescate por la forma en que se incide en los detalles. Myra escribe la carta y después pide a Billy que repase las faltas de ortografía, juntos la corrigen y la retocan con total normalidad. Más que una película de suspense parece que estemos viendo una inofensiva escena doméstica.
En general, la meticulosa forma como llevan a cabo el plan resulta hasta fascinante, centrándose en detalles a los que no se suele dar importancia en los films de secuestros como la ya mencionada redacción de la carta o la obsesión de la pareja por hacer creer a la niña que está en un hospital para que no se sienta inquieta.

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Hacia la parte final se nos desvelan algunas revelaciones que hacen que todo cobre algo más de sentido y que recomiendo no leer si algún lector ha sentido curiosidad por la película y desea visionarla.

La más importante de todas es el descubrimiento de que su hijo Arthur en realidad nació muerto y Myra nunca llegó a verlo. Por tanto, la comunicación que tiene con él gracias a su don extrasensorial en realidad es una consecuencia de esa trauma, de no haber podido asumir nunca que perdió a su hijo. Es entonces cuando empieza a haber un intercambio de roles decisivo: Billy por primera vez se rebela y le echa en cara a su esposa la realidad de que nunca ha visto a Arthur y que ella se escuda en este don sobrenatural para llenar ese vacío. Por primera vez ella es el personaje débil y él el fuerte, pero pronto los roles vuelven a encauzarse.

Después de ese descubrimiento, tiene lugar otra sesión espiritista que de nuevo juega con el suspense bajo una premisa infalible: la madre de la niña acude a la casa confiando que se le pueda revelar información sin sospechar que justamente en la habitación de al lado está su hija durmiendo. Si la niña se despierta y habla, corren el riesgo de que se descubra todo.
Pero el momento realmente significativo llega cuando Myra, intentando dar información positiva a la madre de la niña sobre el estado de su hija, entra en trance y no puede evitar mencionar «muerte» y desmayarse. Su subconsciente le lleva a creer que la niña debe morir y le dará a entender a su marido que Arthur quiere que la mate para que se reúna con él.

Ése es el último paso. Hasta entonces la norma era no hacer ningún daño a la niña, a partir de aquí Billy es consciente del delirio de su mujer y por primera y única vez desobedecerá sus órdenes. Así pues, la liberará sana y salva haciéndole creer a ella (y al espectador) que la ha matado.

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Cuando llega la policía tiene lugar el mayor clímax de la película: el sargento le pide que organicen una sesión de espiritismo para encontrarla, Billy está nervioso por miedo a ser reconocido como el secuestrador y porque ya no confía en la cordura de su mujer. Es un momento de una tensión casi insoportable donde la actuación de Kim Stanley es absolutamente fundamental para entender lo que sucede.
Myra entra de nuevo en trance, y aunque racionalmente debería decirles dónde hallar el supuesto cadáver, no puede evitar desvelar todo lo que ha sucedido en realidad. Es entonces cuando comprendemos que no es una farsante, ella realmente entra en trance en estas sesiones y deja escapar su subconsciente con todo lo que ello conlleva. No es una impostora porque cree que tiene poderes sobrenaturales que en realidad son fruto de su inestabilidad mental. Por ello se ha autoinculpado, porque no puede dominarse a sí misma en trance.
Billy, ya resignado, se entrega dócilmente y simplemente se interesa sobre si la niña llegó a su hogar sana y salva. Su esposa, vuelve en sí y pregunta satisfecha si les ha sido de ayuda, no es consciente de hasta qué punto lo ha sido.

Una película especial y fascinante, absolutamente recomendable.

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A Merced del Odio [The Nanny] (1965) de Seth Holt

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A mediados de los 60, la veterana actriz Bette Davis vio relanzada su carrera gracias al gran éxito de la magistral Qué Fue de Baby Jane (1962), cuya terrorífica actuación demostró que seguía en forma para sus clásicos papeles de mujer perversa. A ésta le seguirían otras películas como la excelente y reivindicable Canción de Cuna para un Cadáver (1964) y A Merced del Odio.

Pese a ser una obra de la Hammer, el film no tiene nada que ver con sus otras producciones y resulta ser una obra de suspense elegante, contenida y de impecable factura.
Joey es un niño que ha pasado unos años internado en un centro psiquiátrico debido a su problemática conducta. A causa de un oscuro trauma del pasado relacionado con la muerte de su hermana pequeña, Joey tiene una personalidad muy difícil y conflictiva, especialmente con la anciana niñera de la casa, a la cual odia profundamente. Dicha niñera, que fue a su vez la niñera de su madre cuando era pequeña, soporta pacientemente todas las insolencias del joven Joey además de ayudar a su inestable madre Virginia a seguir adelante en un hogar con un hijo desequilibrado y un marido ausente por su negocio.

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El resultado final resulta ampliamente satisfactorio al mantenerse el suspense y la tensión en todo momento pero sin recurrir a sobresaltos, simplemente basándose en la enrarecida atmósfera que impregna el hogar de los Fane. Gran parte de este mérito recae en los protagonistas: el niño Joey (no soy muy amigo de las actuaciones infantiles pero hace un trabajo admirable) y, claro está, Bette Davis como la entregada niñera. Durante la primera parte del film el odio irracional de Joey es tan fuerte que nos cuesta entender que la adorable niñera pueda soportar tantísimas humillaciones con esa remarcable paciencia, lo que nos hace desconfiar levemente de ella (además de que no podemos olvidar que ese personaje lo interpreta Bette Davis, que no suele ser recordada por sus papeles de adorable mártir). El que una situación tan extrema nos resulte creíble se consigue gracias a esas interpretaciones y a una eficaz descripción del entorno familiar: el padre severo harto de todo, la madre inestable, permisiva y deprimida y el niño problemático y consentido. Además, al no posicionarse el director con ninguno de los dos personajes se consigue que el espectador esté más a la expectativa sin saber del todo qué esperar de cada uno: la niñera puede causar cierta desconfianza pero no le vemos hacer nada sospechoso, y Joey se comporta de una forma tan odiosa que no sabemos si realmente está diciendo la verdad o si simplemente es un niño problemático.

También sirve de apoyo el personaje secundario de Bobbie, la adolescente vecina de Joey que será su confidente y nos servirá para conocer las inquietudes del niño – como curiosidad, señalar que Bobbie es interpretada por la actriz Pamela Franklin, quien sorprendentemente hacía solo 4 años que había coprotagonizado la soberbia Suspense de Jack Clayton interpretando a uno de los niños. Este personaje desempeña un papel crucial en uno de mis momentos favoritos del film. Ella cada mañana sale a la escalera de incendios porque, según dice, cada día pasa por esa calle su novio a verla. Cuando aparece dicho joven (al cual por supuesto no conoce), anuncia que éste «ahora fingirá que se ata los zapatos, como siempre«, y efectivamente lo hace. Entonces Joey dice consternado que está mirando debajo de su falda y por eso finge atarse los cordones. Su vecina responde que no es así pero notamos que sin duda ella también sabe que su relación con su novio imaginario se limita a este pequeño contacto visual.

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Sobre aspectos técnicos, resaltar la excelente fotografia en blanco y negro que le da ese tono tétrico y elegante al mismo tiempo, sobre todo en las escenas nocturnas más tensas. Así mismo para mí la escena cumbre del film es cuando la niñera rememora el accidente en que murió la hermana de Joey, que se nos muestra utilizando un recurso muy inteligente que quizás no sea muy original pero funciona a la perfección y hace que el momento sea aún más tenso.

A Merced del Odio es por tanto la tercera película que completa el pequeño ciclo de films de suspense que protagonizó Bette Davies en los 60 y que le proporcionaron sus últimos grandes minutos de fama en su vejez.

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Los Bajos Fondos [Underworld U.S.A.] (1960) de Samuel Fuller

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Magnífico thriller de Samuel Fuller en el que retrata de forma cínica y corrosiva el mundo de la mafia y la corrupción sirviéndose de la clásica historia de venganza. Tolly Devlin es un joven nacido y educado en los bajos fondos que se gana la vida como puede. Una noche presencia cómo cuatro individuos asesinan a su padre y decidirá que de ahora en adelante dedicará su vida a vengar su muerte. Siendo un adulto, es ingresado en la cárcel por forzar una caja fuerte y ahí dentro consigue encontrar al único de los cuatro agresores que pudo identificar aquella noche, quien le confiesa antes morir quiénes eran los otros tres. Al salir de prisión descubre que ahora son tres grandes mafiosos que controlan los sindicatos, la prostitución y las drogas. La única manera de acceder a ellos será introducirse en su organización.

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Sin duda una de las mejores obras de Samuel Fuller. Una película cruda y visceral que bajo el pretexto de la venganza del protagonista nos muestra los bajos fondos y la corrupción que domina la sociedad. Fuller no escatima detalles en enseñarnos cómo la mafia tiene controlada a la policía y además actúa libremente bajo tapaderas. El director y guionista no se anda con medias tintas, como podemos comprobar en el discurso que hace el gran jefe mafioso a sus subalternos desde su cómoda hamaca al lado de la piscina: «Siempre habrá gente como nosotros, pero mientras no haya pruebas escritas, mientras en Proyectos Nacionales llevemos actividades legales, paguemos impuestos por ganancias legales, hagamos donaciones y organicemos rastrillos en iglesias… ganaremos la guerra. Siempre ha sido así.» Ya no estamos hablando sólo de drogas o prostitución, sino también de las máscaras que ocultan estas actividades delictivas.

En cierto momento del film el protagonista pregunta a uno de los matones más sanguinarios para qué sirve la piscina que se encuentra en el edificio de la organización y éste le explica que es para los jefes pero que, de vez en cuando, la abren para niños desfavorecidos por motivos benéficos. A continuación añade que una vez estuvo trabajando de salvavidas para esos niños y comenta sonriente cómo disfrutó del trabajo, lo cual nos hace pensar si ese joven de aspecto tan agradable no debería haberse dedicado a eso y no a matar gente.

Una de las virtudes que más me gusta de Fuller es que es un cineasta que va directo al grano. Sus películas podrán tener algunos defectos, pero la falta de ritmo nunca es uno de ellos. La forma como sintetiza todo lo que sucede en pocos minutos, mostrándonos solo los hechos más relevantes, hace que uno no pierda en ningún momento el interés. Lo que otro contaría en quince minutos, Fuller nos lo escupe en cinco y aún le sobra tiempo, pero sin precipitarse, simplemente centrándose en lo que importa y obviando el resto. Por ejemplo, de la estancia del protagonista en prisión durante varios años sólo vemos una escena en la celda en que pregunta por el hombre que busca, un par muy breves en que se ve cómo consigue trabajar en la enfermería de la cárcel para acercarse a él y finalmente la escena en que le arranca la confesión. Todo esto que representan varios años en la vida de Tolly, Fuller nos lo ha contado en cinco minutos.

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Aquí también queda patente su estilo tan visceral y descarnado, sin concesiones. El tipo de gente que retrata no tiene escrúpulos y él por lo tanto nos los retrata sin censuras en escenas como en la que un matón asesina fríamente a una encantadora niña.

Visualmente también se nutre de algunos recursos muy interesantes que enriquecen la obra con pequeños matices. Por ejemplo la protectora de Tolly, que vive rodeada de docenas de siniestros muñecos (y en un instante muy breve se nos insinúa que eso es debido a que no puede tener hijos), o el gesto que repite siempre el matón de la organización antes de asesinar a alguien: ponerse sus gafas de sol.

A Fuller no le hacían falta elevados presupuestos o actores reconocidos para llevar adelante una gran película, él sólo se las apañaba con esas limitaciones para hacer una obra vibrante en la que además pudiera mostrarnos la descarnada realidad de los bajos fondos.

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El Viejo y el Niño [Le Vieil Homme et l’Enfant] (1967) de Claude Berri

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Conmovedora película ambientada en Francia durante la II Guerra Mundial. El protagonista es un niño judío llamado Claude, que es enviado por sus padres a un pueblo hasta que finalice la contienda para mantenerlo lejos del peligro nazi. Ahí se alojará en la casa de los ancianos padres de una amiga de su familia. Sin embargo, el entrañable abuelo  Pepe alberga un profundo rencor hacia los judíos, por lo que Claude tendrá que ocultar su identidad a sus protectores.

Resulta ejemplar la forma cómo se trata en este film un tema tan delicado y quemado como es el antisemitismo. A veces parece olvidarse que no todos los que apoyaron la persecución judía eran auténticos malvados de mirada aviesa y sin corazón. Por muy duro que sea reconocerlo el antisemitismo es algo que ha existido siempre y que a veces aflora incluso en personas tan entrañables como el personaje de Pepe.
Berri nos presenta la historia con una absoluta imparcialidad, sin recrearse en elementos melodramáticos o situaciones forzadas. Pepe es un personaje que cae bien al espectador hasta el punto de que sus continuos discursos antijudíos nos resultan graciosos pese a su contenido. No podemos evitar simpatizar con ese ancianito que cuida a su perro como si fuera su propio hijo, que juega con ese niño con tanta ternura y que, para mayor recochineo, es vegetariano porque cree que es inhumano devorar a seres vivos. Todo esto contrasta con el desprecio y el odio que parece sentir no ya sólo hacia los judíos sino también hacia masones y bolcheviques.

La historia está llevada de una forma que huye de todo moralismo, y prueba de ello es que Pepe jamás llegará a saber que ese niño al que tanto adora es un judío. Ese habría sido el desenlace más previsible y que el espectador teme en todo momento, pero a los guionistas no parece interesarles esa situación. No quieren que veamos cómo Pepe aprende una valiosa lección sobre tolerancia, sino que contemplemos su relación con el niño, que seamos testigos del íntimo vínculo que se establece entre ellos sabiendo nosotros la verdad. No se pretende caer en el tópico de que veamos como el personaje «equivocado» es consciente de su error o se plantea un dilema moral, en todo caso dicho dilema va dirigido a los espectadores, pero nunca a Pepe.

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Cabe destacar también la magnífica interpretación de la pareja protagonista, pero sobre todo la de Michel Simon como Pepe, a quien podemos recordar por sus papeles secundarios en films tan diversos como L’Atalante (1934) de Jean Vigo,  El Cebo (1958) de Ladislao Vajda o El Tren (1964) de John Frankenheimer. Su personificación consigue que Pepe adquiera vida propia, que seamos capaces de verlo no ya como un personaje sino como una persona real de carne y hueso. Es en gran parte suyo el mérito de que la película funcione tan bien.
El pequeño Alain Cohen en su primer papel cinematográfico hace también un buen trabajo al comportarse con naturalidad consiguiendo ese gran reto que es que un niño nos resulte creíble actuando en una película. Claude es un personaje muy interesante también, ya que al no conocer sus pensamientos y ser totalmente inocente llega un punto en que no sabemos si se cree los discursos de Pepe sobre los judíos o si simplemente le sigue la corriente (por ejemplo, en cierta escena dice que ha tenido una pesadilla porque ha soñado que era judío).

Por último, la realización de Berri ayudada por una buena fotografía en blanco y negro contribuyen a dotar este film de una pureza y de una delicadeza especiales. Cabe destacar las escenas en que Claude juega en el campo con su amiga o con Pepe, de una belleza y autenticidad asombrosas. Son estos pequeños momentos los que parecen que más interesan a Berri, el conseguir retratar la armonía en la que viven sus personajes, una armonía bajo la cual se esconde algo terrible aunque no lo parezca.

Una pequeña joya a reivindicar.

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