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La Mujer de Todos [La Signora di Tutti] (1934) de Max Ophüls

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Pocos placeres cinematográficos hay comparables a ver una película del alemán Max Ophüls. Uno puede simpatizar más o menos con sus temáticas recurrentes (de hecho, en mi caso, los films de época y los melodramas románticos en que se solía especializar están bastante lejos de ser mis géneros favoritos), pero es innegable que un film de Ophüls es, como mínimo, un placer visual.

Y el ejemplo que rescatamos hoy no es una excepción: La Mujer de Todos (1934), su única incursión en el cine italiano en una época itinerante en que estuvo huyendo del nazismo (ciertamente no estuvo muy acertado Max al escoger Italia como país al que acudir en esas circunstancias, pero pronto emigraría a América). No se echen atrás por el argumento, un melodrama típicamente femenino en que se narra la historia de Gaby Doriot, una de las más famosas actrices del momento que se ha intentado suicidar a causa, como supondrán, de una trágica historia de amor.

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Pero cuando uno explica la historia con tanta sensibilidad y elegancia, poco importa si el punto de partida nos parece sospechosamente folletinesco. El paralelismo más obvio que se me ocurre con la forma de filmar de Ophüls es la danza. Sus famosos travellings no son meros alardes de exhibicionismo (tentación en la que sí han caído muchos de sus seguidores), sino que están realizados con un estilo y una soltura que acompañan a la perfección los personajes y la historia. Los movimientos de cámara de Ophüls son realmente su manera de narrar las historias, de acompañar a los protagonistas y de moverse por los espacios. Ningún movimiento es gratuito, todos siguen un estilo casi melódico que le dota a films como éste de esa cadencia tan particular.

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De hecho esa forma de dirigir tan armoniosa como una danza no se restringe a los movimientos de cámara, sino que también está presente en el montaje: el continuo uso de sobreimpresiones, los diálogos que se superponen y, en general, esa forma tan fluida de hacer avanzar la historia. Ophüls es la antitesis del montaje entrecortado a lo soviético, él entiende el discurrir de la película como un flujo que avanza de forma continua, en que las imágenes van sucediéndose unas a otras de armoniosamente.

En el caso de La Mujer de Todos además hay un cierto componente en ocasiones casi irreal que le da un punto extra a la película, justificado por ser el recuerdo de una mujer en coma. Desde ese plano subjetivo que parece casi de un film de terror, en que la mascarilla se acerca al rostro de la protagonista, la narración en ocasiones tiene algo de pesadilla: el tocadiscos que ella cree escuchar todavía al volver de su luna de miel, el sonido martilleante del timbre mientras el exmarido de Gaby se pasea por el cine en que se preestrena su nueva película y la escena nocturna del accidente, con un estilo más expresionista que nos recuerda que, al fin y al cabo, el señor Ophüls era alemán.

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Como aliciente extra debemos mencionar a la preciosa actriz Isa Miranda en el papel principal, cuya carrera alcanzó el estrellato a raíz del éxito del film. Se trata además de un personaje alejado de los tópicos, porque Gaby no es la clásica femme fatale que lleva a los hombres a la perdición para aprovecharse de ellos. Ella parece más bien una joven inocente que enamora a los demás sin ser consciente de ello, como delata la escena inicial en que sabemos que ha vuelto loco a un profesor pese a que – al menos según la propia Gaby – ella solo ha intercambiado unas palabras, nada más. Lo mismo sucede con los otros hombres que caen bajo sus encantos: no le vemos a ella hacer esfuerzos conscientes de seducirlos, más bien es ésta la que acaba sucumbiendo a ellos después de que éstos insistan en cortejarla. La mujer pasa por tanto de ser la terrible causante de tantas desgracias a una víctima que, a su vez, causa la desgracia de los demás.

Se le puede achacar al film que sus últimos minutos son terriblemente precipitados, algo doblemente imperdonable habida cuenta de la importancia que le da Ophüls al ritmo de la película. Pero se los perdonamos por ese maravilloso plano final de la prensa que se detiene: la implacable maquinaria de producción dedicada a construir estrellas se paraliza y Gaby Doriot deja de ser la estrella del momento. En su lugar suponemos que construirán otra estrella a la que dedicar todo ese esfuerzo publicitario que la sustituirá limpiamente.

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El Caserón en las Sombras [The Old Dark House] (1932) de James Whale

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Cada vez estoy más convencido de que la participación de James Whale en el cine de terror fue más fruto de una casualidad que de un interés real por este tipo de películas. Aunque su nombre quedará por siempre asociado a ese tipo de films, sobre todo a raíz de haber dirigido la más famosa versión de Frankenstein (1931), sus posteriores incursiones en el género me dan la sensación de un cineasta que en realidad prefería explorar un cierto sentido del humor muy macabro antes que aterrorizar al espectador. Solo eso explicaría el enfoque que le dio a sus otras obras emblemáticas del género, como El Hombre Invisible (1933) – con un Claude Rains más desquiciado que aterrador – o La Mujer de Frankenstein (1935) – célebre por su peculiar combinación de escenas de terror puro con otras más bien cómicas. Lo mismo podría aplicarse a El Caserón en las Sombras (1932), que pese a pertenecer a la tradición de tétricas mansiones góticas se trata de un film que a ratos nos da la sensación de que su autor no parece después de todo tan interesado en asustarnos.

La película se produjo a raíz del enorme éxito de Frankenstein, que hizo que la Universal viera con buenos ojos volver a reunir a su director y su protagonista en otra obra de terror. Lo que sucedió es que ya el propio guión se encargó de convertir la novela original en una adaptación mucho más ligera que no se tomaba a sí mismo del todo en serio. Whale, sin duda complacido con este enfoque, acabó entregando a la Universal una excéntrica combinación de terror y comedia negra.

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La premisa les resultará harto conocida hoy día: unos viajeros son sorprendidos por una terrible tormenta en un viaje por una región remota de Inglaterra y encuentran una mansión en la que pedir refugio. Por supuesto, la tétrica casa en cuestión está habitada por una extraña familia que incluye dos hermanos de avanzada edad, su padre de más de 100 años confinado en su lecho y un mayordomo mudo y alcohólico. A medida que avanza la noche se enteran de la existencia de un cuarto miembro, un hermano de tendencias psicópatas y pirómanas que está encerrado en una habitación.

Vista hoy día, El Caserón en las Sombras cuenta ante todo con dos grandes atractivos, de los cuales el más obvio e innegable es su deslumbrante reparto: Raymond Massey, Charles Laughton (en su primer papel en Hollywood), Melvyn Douglas como simpático galán y Boris Karloff encarnando al mayordomo de aspecto tenebroso. De hecho, aunque uno podría esperar que Karloff sería el protagonista, su papel acaba siendo bastante secundario, aun cuando en el inicio del film aparece un curiosísimo mensaje en que se resalta que el personaje del mayordomo lo encarna el mismo actor que interpretó al monstruo de Frankenstein (por si no quedaba claro que el señor Laemmle Jr. quería explotar el éxito del film precedente).

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Simplemente dejando a estos grandes intérpretes haciendo su trabajo, la película ya se sostendría sola: Laughton en un papel más relajado y algo humorístico, Melvyn Douglas muy acertado en su doble faceta (esencialmente cómica en la primera parte del film pero que luego se transforma en héroe en el tramo final), Karloff explotando su faceta tenebrosa o actores menos conocidos como Ernest Thesiger y Eva Moore como los propietarios de la casa.

El otro gran aliciente es obviamente la realización de James Whale, explotando al máximo todos esos recursos que ya había exhibido en Frankenstein dándole a la mansión una apariencia gótica y tenebrosa. De hecho lo que hace de éste un film tan excéntrico es la combinación de esa puesta en escena que le da a la película un look de terror y su contenido que, en otro contexto, podría dar para una comedia de situación: un triángulo amoroso, una casa desastrosa en que intentan pasar la noche, los propietarios de modales tan extraños… Al margen de que el espectador acepte mejor o peor esta combinación cabe recordar que es una mezcla muy audaz y atrevida: se trata de una obra estrenada en 1932, y mientras el género de terror estaba reformulando sus códigos clásicos con el sonoro, Whale ya estaba adelantándose y dándole la vuelta para combinarlo con otro género tan diferente como la comedia.

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Pero por si el espectador se sentiría defraudado por las pocas dosis de terror que ofrece la película, el final concentra todo el suspense que echaría uno en falta. La larga escena entre el personaje de Melvyn Douglas y el hermano pirómano es de una tensión casi insoportable, al no saber a ciencia cierta cómo se comportará el inestable psicópata. Douglas aquí pierde su tono burlón de vueltas de todo y se revela como el héroe que debe salvar al resto de protagonistas, saliendo indemne del reto.

En definitiva, no se acerquen a El Caserón de las Sombras esperando un clásico prototípico de terror y véanla como una juguetona amalgama, en que Whale explotaba sus capacidades como director capaz de crear un entorno tenebroso con su peculiar sentido del humor.

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Los Pecados de Teodora [Theodora Goes Wild] (1936) de Richard Boleslawski

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Explorando entre las obras menos conocidas del ciclo de screwball comedies de los años 30 uno se puede encontrar agradables sorpresas como la semidesconocida Los Pecados de Teodora, una película interesantísima por su calidad en sí misma pero, especialmente, si la ponemos en relieve con el contexto de la época.

Como seguramente sabrán, la sociedad norteamericana – y al igual que ésta, buena parte de sociedades supuestamente civilizadas y avanzadas – se ha movido en una curiosa ambivalencia entre autoproclamarse una democracia donde se venera la libertad de expresión y, al mismo tiempo, censurar y atacar ciertas manifestaciones consideradas poco apropiadas. Hollywood sufrió eso en sus carnes en la era clásica en forma del famoso Código Hays, una serie de normas que establecían qué se podía mostrar en la pantalla y qué líneas debían seguir los films. Una forma implacable y apenas encubierta de censura pura y dura. De ahí nació un lenguaje codificado de sobras conocido por los más cinéfilos: elipsis, frases con dobles significados fáciles de entender y otros recursos de guión que dejan entrever pero no explicitan. Una soberbia estupidez que servía para que mentes bienpensantes se fueran a dormir con una beata sonrisa, pensando en el bien que estaban haciendo a la sociedad prohibiendo que en las pantallas se vieran a mujeres visiblemente embarazadas o que en las películas no se hablara abiertamente sobre la prostitución o drogadicción. Hipócritas que no ignoraban que la prensa y la literatura trataban abiertamente esos temas en ese mismo momento. Pequeños aprendices de fascistas que no aprobaban que las pantallas dieran una visión del mundo diferente a la que ellos consideraban la correcta.

Y lo más interesante de todo es que Los Pecados de Teodora trata sobre esto. A día de hoy sigo sin entender lo que sucedió para que un guión como éste pudiera pasar por el escrutinio de la Oficina Hays y llegara a la pantalla. Por supuesto, aparece higiénicamente depurado y exento de males mayores, pero la idea está claramente ahí. Esta historia se estaba burlando de ellos en sus misma narices y les restregaba felizmente toda su hipocresía y lo absurdez de su tarea, y no obstante consiguió su vistobueno.

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Atentos al argumento: en un pequeño pueblo de provincias el editor del diario local intenta publicar en entregas la última sensación literaria del país, una novela llamada El Pecador de tintes muy apasionados. Sin embargo, el club literario de allá, formado por mujeres mojigatas y cerriles se opone por completo ya que consideran que es una obra de mal gusto, y consiguen detener al diario para que no pervierta su pequeña comunidad rural. Pero, oh sorpresa, resulta que la autora de la novela es Theodora Lynn, una joven de dicho pueblo que ha sido criada por sus dos tías solteronas y que, lógicamente, ha escrito la historia bajo un pseudónimo. En una visita a Nueva York para hablar con su editor, el ilustrador Michael Grant siente interés por ella y se propone indagar dónde vive.

Y no se piensen que eso es todo. Una de las jóvenes del pueblo está viviendo en Nueva York bajo un pretexto por un motivo que solo Theodora conoce: se ha quedado embarazada de su novio y, para no revelar la verdad a su madre, ha decidido irse a la ciudad a darle a luz lejos de miradas indiscretas. Por supuesto, nuestros buenos amigos de la Oficina Hays se encargaron de que el guión deje explícito que esa joven está casada con el hombre que la dejó embarazada (¿sexo fuera del matrimonio? Mein Gott! ¡Eso jamás!), pero no hay que ser muy perspicaz para entender que, si ha tenido que huir, el embarazo ha surgido en circunstancias poco respetables.

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La primera parte del film es a mi parecer la más interesante, con la clásica situación en que la protagonista intenta ocultar la verdad mientras el pícaro de Michael Grant la persigue en su pueblo haciéndole la vida imposible. La teoría que esgrime el ilustrador es que la joven, que ha vivido siempre reprimida en ese asfixiante localidad, ha vertido en esa novela todas esas pasiones e impulsos que le habían obligado a esconder en su interior y que al final acaban estallando. No obstante, un defecto del guión es que ese proceso de autodescubrimiento que lleva a Theodora a dejar de reprimirse aparece de forma muy súbita, un rasgo que veremos que también se sucede en otros aspectos de la película.

La segunda mitad supone un ligero bajón, en gran parte porque deja aparcada una premisa tan divertida y con tantas dosis de mala leche para dejar atrás el pequeño pueblecito y situarse en Nueva York, convirtiéndose ahora sí en una screwball comedy más convencional. Lo más interesante es que aquí se gira la situación y es Theodora la que intenta liberar a Michael, el ilustrador aparentemente libre y de vueltas de todo, de las imposiciones sociales que ha de sufrir. E irónicamente lo hace repitiendo la misma estrategia que éste había llevado a cabo: instalándose en su casa contra su voluntad, obligándole a presentarla a sus padres e irrumpiendo en sus compromisos sociales. La idea que nos recalca aquí el guión es que estos convencionalismos hipócritas no son cosa únicamente de pequeños pueblos de provincias, sino también de las altas esferas metropolitanas.

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Si lo atrevido de la idea es una de las grandes bazas de la película, la otra es la pareja protagonista: Irene Dunne y Melvyn Douglas, absolutamente magníficos en sus respectivos papeles. Dunne, que sería una de las grandes actrices de screwball de la época, aportaba aquí sorprendentemente su primera actuación cómica; y remarco lo de sorprendente porque la lleva adelante con toda naturalidad y mucha gracia como si ya fuera una experta de los códigos del género. Fíjense por ejemplo en la escena en que toca el piano por la noche para apagar el ruido del molesto silbido de Michael, en que canta un primer verso con tono furioso y luego los siguientes de forma más melódica. O el contraste entre la inocente joven reprimida y la desbocada dama de sociedad del final de la película. Sobre Melvyn Douglas y su rostro pícaro no creo que haga falta decir nada.

Los Pecados de Teodora puede que no esté a la altura de las obras cumbre del género, pero es una muy buena película que tiene un interés adicional por lo atrevido de su tema, que pasó por las narices de los propios censores. Como remate final, la última escena es de nuevo muy atrevida para la época rescatando la subtrama de la mujer embarazada. Puede que el Código Hays prohibiera que en la película se hablara del sexo fuera del matrimonio, pero esa última escena es un ejemplo modélico de ese juego que hubo durante años entre guionistas y censores: mostrar y no mostrar, objetivamente no estar rompiendo ninguna regla pero al mismo tiempo colar una idea que no gustaba a la oficina. Películas como ésta nos hacen reivindicar aun más la portentosa labor de los guionistas del Hollywood clásico, que escribían buenos guiones que trataran temas de interés mientras batallaban de forma astuta contra las continuas objeciones de la censura.

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Coeur de Gueux (1936) de Jean Epstein

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Sin negar en ningún momento su enorme importancia artística, a medida que profundizo más en la carrera de Jean Epstein tengo la impresión de que se trata de un realizador muy irregular, creador tanto de auténticas joyas de incalculable valor como de films fallidos o puramente alimenticios. Además noto una gran diferencia cualitativa entre su etapa muda, donde se hallan sus mayores logros, respecto a su paso al sonoro, donde no creo que consiguiera trasladar con tanto acierto su particular estilo personal. Puede que Epstein no fuera más que otro de esos cineastas hechos para el cine mudo, puramente visual.

Coeur de Gueux (1936), un remake de una película muda de Alfred Machin, reafirma esa idea. Desconozco las circunstancias en que se creó pero tiene toda la pinta de ser o una obra de encargo o un proyecto con finalidades más comerciales que artísticas. Su protagonista es Jean Berthier, un pintor prometido en matrimonio con una cantante que rompe su promesa al enamorarse perdidamente de una dependienta, Claude. Ambos viven un bonito idilio que sin embargo se verá truncado a causa de una malentendido.

La primera parte de la película tiene la apariencia de ser una comedia tan agradable como olvidable, sustentada más que nada en el encanto de sus protagonistas, Jean y su simpático amigo encargado de fortalecer el aspecto cómico. Pero en todo momento tengo la sensación de que Epstein realmente no cree en lo que está contando, que está narrando esa insípida historia de amor desde la distancia y sin aportar de su parte. Hay escenas en que sí se nota que hay alguien especial tras la cámara (ciertos travellings poco usuales o la puesta en escena de algunos diálogos), pero son detalles que más bien dan a entender la mano de una mente inquieta antes que la de un creador que esté aportando su estilo personal.

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Epstein no empieza realmente a manifestarse con cierta libertad hasta que el film toma un giro un tanto precipitado y casi absurdo (aunque no los escribía él, los guiones de sus obras suelen ser bastante descuidados) y presenciamos la huida de Claude hasta unirse a un pequeño circo ambulante. Es en esa escena de la huida y los instantes que comparte con esos peculiares personajes cuando por fin empiezo a notar el estilo visual de Epstein y tengo la sensación de que se siente más relajado tras la cámara. Uno diría que en el ambiente burgués de la primera parte de la película el director se sentía incómodo, y que no es hasta desplazarse a un ambiente más bohemio cuando realmente está confortable con la película.

Por desgracia, el tramo final, que incide en el melodrama más lacrimógeno, tira por tierra la posibilidad de que el film fuera totalmente de menos a más. En los últimos minutos nos encontramos con el amigo de Jean inexplicablemente convertido en el conductor de un coro de niños que cantan villancicos, y se nos muestra el previsible reencuentro que pierde algo de magia al haberse basado la separación de los protagonistas en una premisa tan débil. Peor aún, el film se alarga aún más con un epílogo en que se otorga de innecesario protagonismo al personaje del feriante, que pasa de ser el secundario más entrañable de la película a convertirse en otra figura de melodrama que debe movernos a compasión.

Sin duda Coeur de Gueux se encuentra entre las películas prescindibles de Epstein, que demuestran que su talento se manifestaba ante todo en obras que tuvieran una temática con la que él se sintiera a gusto. Hay cineastas que incluso en obras ajenas o de encargo son capaces de demostrar su maestría, pero no creo que sea el caso de Epstein. El terreno donde demuestra su talento es cuando puede experimentar libremente coqueteando con la vanguardia (La Glace à Trois Faces), adaptando obras que le resulten estimulantes (La Caída de la Casa Usher) o cuando se centra en su gran pasión temática: las historias marítimas o situadas en la Bretaña (Finis Terrae).

Life Begins Tomorrow [Morgen beginnt das Leben] (1933) de Werner Hochbaum

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Morgen beginnt das Leben (1933) es otra de esas agradables sorpresas que nos demuestran que la historia del cine no deja de ser un terreno que, lejos de estar de sobras conocido, todavía guarda sorpresas por descubrir. Se trata además de un tipo de película por las que este Doctor siente cierta debilidad: un film modesto pero muy cuidado y lleno de detalles que estoy seguro de que harán las delicidas de todo cinéfilo de bien.

Toda la acción sucede en un breve margen de tiempo en que Robert envía una carta a su mujer Marie para anunciarle que saldrá al día siguiente de la cárcel, ya que le han acortado su pena por buen comportamiento. Pero Marie en ese lapso de tiempo ha tonteado con un compañero de trabajo, y además el día decisivo se duerme y no llega a la cárcel en el momento en que Robert es puesto en libertad. Éste, confuso y decepcionado, acude a su ciudad mientras en paralelo Marie toma el tren que la lleva hasta la cárcel, una imagen que se expone de forma muy hermosa a través de los dos trenes que se cruzan.

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El director de esta interesante película, Werner Hochbaum opta por tomarse este sencillo argumento con calma y recrearse en los pequeños momentos y situaciones sin por ello hacerse excesivamente lento: por ejemplo, el baile en la cafetería en que la cámara danza con unos gráciles travellings entre los presentes o la escena en que Robert se recrea en la imagen de unos niños jugando en el tiovivo justo después de haber salido de la prisión. Hochbaum consigue extraer los rasgos más cinematográficos o poéticos de momentos cotidianos como éstos dándole a la película un tono realista pero al mismo tiempo no exento de belleza.

A medida que avanza la trama conoceremos por un flashback el motivo por el que Robert acabó en la cárcel, pero todo ello está narrado con tal naturalidad, tan bien integrado en la película, que no tenemos la sensación de que ese súbito salto temporal sea forzado. Todo en la película fluye con naturalidad, y las piruetas técnicas como los travellings o los montajes tan acelerados son interpretados y asimilados como elementos que juegan a su favor y no como mero exhibicionismo.

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Para mí el aspecto fundamental de dicha obra es sobre todo su fuerza visual. Pese a situarse en los inicios del sonoro, se trata de una película asombrosamente parca en diálogos. Hochbaum no se dejó seducir por esa innovación técnica como un medio que hiciera que la palabra dominara a la imagen, al contrario, notamos una vocación por explicar lo máximo posible con imágenes. Pero no por ello el sonido está infrautilizado, de hecho hace un uso magnífico del mismo jugando con efectos sonoros, como los cuchicheos de las vecinas que acaban multiplicándose o el maremágnum de ruidos de la ciudad que marean al pobre Robert a su llegada (excelente combinación de montaje estilo soviético con sonido usado de forma expresiva).

Referente a este punto, muchas veces damos por sentado lo que ya tenemos y no somos conscientes de su auténtico valor o lo que nos aporta por haberlo dado siempre por hecho. Es por ello que un cineasta como Hochbaum, que vivió la transición del mudo al sonoro, apreciaba realmente el valor de esa innovación y todas las ventajas que tenía. Así pues, por un lado no quiere renunciar a la potencia visual del cine, pero por el otro exprime de la mejor forma posible el sonido, entendiéndolo como un añadido artístico con un enorme potencial. La combinación de ambas virtudes hace que sienta un aprecio especial por Morgen beginnt das Leben, un film que recoge, a su modesta manera, la tradición del cine mudo con el entusiasmo inicial con el que los cineastas más creativos recibieron el sonido.

Una obra a descubrir.

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Sobrenatural [Supernatural] (1933) de Victor Halperin

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Hay películas que logran de forma totalmente inconsciente que algunos de sus defectos sean un punto a favor vistos en perspectiva, algo que se puede encontrar a menudo si buceamos entre el cine de serie B. Al ser obras que los estudios no vigilaban con mirada atenta ni que requirieran tanto perfeccionamiento como las grandes producciones, a menudo uno encuentra en estas películas detalles sumamente interesantes por escaparse a la norma que a veces se agradecen más que ciertas obras de prestigio demasiado encorsetadas.

Sobrenatural (1933) de Victor Halperin es uno de los ejemplos más claros de ello: un film de terror que combina al mismo tiempo grandes aciertos con carencias propias de un film de estas características y de un género que estaba acabando de asentar sus bases clásicas a principios de los años 30. En cuestión de minutos encontramos en una misma escena auténticos logros junto a detalles absolutamente desfasados y quizá incluso risibles por el implacable paso del tiempo, especialmente cruel en el género de terror. Esto hará que el resultado final no sea tan bueno como el de otros films de terror de la época, pero a cambio resulta más interesante por esta imprevisibilidad y la valentía de sus creadores a introducirse en terrenos pantanosos.

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Ojo a la trama, porque se las trae: el Doctor Carl Houston está convencido de que cuando una persona muere su alma no desaparece sino que acaba volviendo a través del cuerpo de una persona viva. Para probar su teoría, quiere contar con la ayuda de una asesina condenada a muerte. En paralelo, la joven y acaudalada Roma Courtney está de luto por haber perdido a su hermano. Aparece entonces en escena un espiritista farsante que le propone ponerse en contacto con su hermano fallecido para sacar provecho de la situación. La situación se complicará dado que el espiritista era el amante que traicionó a la mujer condenada a muerte que vimos anteriormente y ésta, una vez ejecutada, utilizará el cuerpo de Roma para vengarse de él.

Como ven, Victor Halperin, especialista en el género, va a por todas. En poco más de una hora nos mezcla dos tramas que incluyen a fallecidos poseyendo cuerpos de personas vivas, falsas sesiones de espiritismo, un doctor que quiere experimentar con cadáveres con intenciones que, sinceramente, sigo sin entender tras haber visto la película y, para rematarlo, un extraño anillo mortal. No todas estas ideas funcionan igual de bien o de forma armónica entre sí, pero a cambio le dan a la película un aire irreal e imprevisible que le suma muchos puntos.

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Dentro de los aciertos están las dos sesiones de espiritismo, que consiguen mantener – pese al inevitable deje algo anticuado que tienen – cierta sensación de inquietud gracias al ambiente oscuro y enrarecido que le ortoga Halperin… ¡lo cual tiene más mérito cuando de hecho presenciamos las dos sesiones sabiendo que son falsas! Además, el film está repleto de pequeños toques que, sean más acertados o no, aumentan el atractivo su visionado precisamente por ser poco usuales. Por ejemplo, cuando Roma va a su habitación a llorar por la muerte de su hermano hay durante unos segundos una sobreimpresión de él caminando junto a ella. Este elemento no aporta nada a la narración (al menos no aún en ese punto) pero, fuera expresamente o no por parte del director, crea una sensación de extrañeza que concuerda con el estilo del resto del film.

Otro elemento que juega a su favor es un eficaz reparto con una magnífica Carole Lombard que pasa de forma creíble de ser la inocente millonaria afectada por la muerte de su hermano a convertirse en una vampiresa asesina, además de Randolph Scott en el jugoso papel del espiritista farsante. En conjunto es una película desigual y algo descompensada, pero en perspectiva creo que en este caso juega a su favor para convertirla en un producto realmente atípico y atrevido.

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El Fantasma Va al Oeste [The Ghost Goes West] (1935) de René Clair

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Cada vez tengo más y más presente el nombre de René Clair como el de un gran cineasta a reivindicar. Y no es por un capricho personal, en realidad Clair fue en los años 30 un director de enorme reputación internacional, sobre todo al ser uno de los primeros en saber dominar el uso del sonido con sus magníficas comedias. De hecho su influencia se pudo notar en países tan dispares como Estados Unidos, Japón o la URSS, si bien hoy día su nombre ha quedado algo más olvidado a favor de otros contemporáneos suyos.

El Fantasma Va al Oeste (1936) es una comedia que forma parte del breve periodo inglés de su carrera, cuando el afamado productor Alexander Korda lo contrató para que dirigiera algunas películas en Inglaterra. A la práctica, Clair sólo entregó este trabajo a Korda, pero fue un éxito tan grande que la experiencia valió la pena.

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La historia se inicia en los enfrentamientos entre escoceses e ingleses durante el siglo XVIII. El hijo del clan Glourie es Murdoch, un joven más interesado en coquetear con mujeres que en luchar por su patria, lo cual le hace ser motivo de mofa de cara al clan rival, los MacClaggans. Su padre enfermo le pide que honre el nombre de su clan enfrentándose a ellos, pero antes de conseguirlo Murdoch muere como un cobarde. Como castigo, está obligado a permanecer en el castillo familiar como un fantasma hasta que se vengue de los MacClaggans.

Pasando al siglo XX nos encontramos al descendiente de los Glourie, Donald, quien malvive en el castillo completamente arruinado hasta que, Peggy, la hija de un millonario americano, se encapricha del edificio y convence a su padre para que lo compre y lo transporte, piedra por piedra, a Florida. Pero obviamente con el castillo viajará también el fantasma de Murdoch.

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Ciertamente El Fantasma Va al Oeste (1936) está lejos de los grandes logros del cineasta galo, pero está eficientemente acabada y funciona como el tipo de comedia simpática que provocará más sonrisas que risas en el espectador. Uno tiene la sensación de que quizá la prometedora premisa no se aprovecha del todo, sobre todo con los potenciales gags que puede dar de sí un fantasma escocés, y que a la práctica Clair y su guionista enfocaron la película más como un entretenimiento ligero sin profundizar mucho en las posibilidades de la premisa.

También resulta algo desaprovechado el protagonista Robert Donat en sus doble papel de Glourie y el fantasma Murdoch, quien aquí solo parece tener espacio para exhibir su encanto inglés. De hecho el personaje del millonario, encarnado por uno de esos grandes secundarios de Hollywood, Eugene Pallette, acaba aportando quizá más risas que el protagonista, condenado a centrarse en su papel de galán que se enamora de la americana.

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Lo más destacable del film es la crítica que contiene hacia la alta sociedad americana y su tendencia a apropiarse de elementos típicos de otras culturas para que les den cierta respetabilidad. La misma idea de comprar un castillo escocés para exportarlo a Florida es bastante indicativo, pero luego Clair juguetea aún más con esa premisa a partir de algunos apaños que hace el multimillonario al castillo, como convertir una armadura en una radio. O, mejor aún, cuando en la cena de inauguración anuncia que escucharán un poco de música típica escocesa… que acaba siendo una banda negra de jazz vestida con kilts.

Así pues, El Fantasma Va al Oeste acaba siendo una película quizá demasiado ligera (su corta duración enfatiza esa sensación) que muestra el estilo cómico de Clair pero muy lejos de todas sus posibilidades.

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Suburbios [Okraina] (1933) de Boris Barnet

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Hablar de las grandes obras del cine soviético de los años 20 y 30 es hablar de nombres como Eisenstein, Pudovkin, Dovzhenko o Kuleshov. Pero como sucede en todos los grandes movimientos, hay otros artistas más allá de los tres o cuatro nombres «oficiales». En el caso de la URSS uno de los nombres que más se ha comenzado a reivindicar en estos últimos años es el de Boris Barnet, recordado (es un decir) sobre todo por comedias como la magnífica La Casa de la Plaza Trubnaya (1928) que se apartan por completo del estilo tan propagandístico y marcadamente vanguardista de sus compañeros más célebres. Pero hoy les proponemos reivindicar su primera película sonora y una de las más celebradas de su carrera aun sin ser una comedia, Suburbios (1933).

La acción del film se concentra en un pequeño pueblo ruso que se basa sobre todo en la industria del calzado. Con la irrupción de la I Guerra Mundial, la mayoría de los obreros abandonan su trabajo para enfrentarse a los alemanes, provocando en el pueblo una escasez de zapateros. El conflicto emergerá cuando un día llegue al poblado un cargamento de prisioneros alemanes entre los que se encuentra ni más ni menos que un zapatero.

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La gran virtud de Suburbios es que es una película que, pese a tratar un tema más serio, mantiene en gran parte la ligereza de estilo de las comedias precedentes de su autor. De hecho, ni siquiera es una obra especialmente circunspecta y Barnet combina escenas serias con otras abiertamente cómicas, reflexiones sobre el absurdo de la guerra con pequeñas estampas cotidianas. De esta forma se aleja por completo del tono solemne de otras obras contemporáneas que aspiraban a convertir los obreros en héroes del pueblo.

Barnet, a diferencia de los directores citados anteriormente, se sirve de un estilo más humanista y desenfadado, mostrándonos a una campesina que se sienta en el mismo banco que un alemán del que está enamorada y seguidamente acaba cayéndose de forma ridícula. O a un soldado que se hace el muerto en mitad de las trincheras para consternación de un compañero provocando las risas del pelotón. O una escena inicial en que se habla de una huelga haciéndonos esperar el previsible conflicto entre amos y obreros hasta acabar dejándose de lado, dando más importancia a cómo la entrañable amistad entre un ruso y un inquilino alemán acaba destruyéndose por culpa de la guerra (me resulta especialmente conmovedor el momento en que el primero, tras haberse enfrentado a su inquilino, sale a su búsqueda para darle el sombrero que le había dejado en un último resquicio de amistad).

Teniendo en cuenta ese enfoque, no debería sorprender que el gran tema del film sea el de la confraternización entre diferentes pueblos. El personaje del prisionero alemán de hecho resulta tan entrañable que nos es difícil verle como un enemigo, y él mismo resalta cómo los soldados rusos del frente le trataron bien. En el fondo tiene más en común con los miembros del pueblo por su condición de zapatero que éstos con los «patriotas» dueños de la fábrica, que apoyan la guerra porque les reportará cuantiosas ganancias.

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Otro elemento que hace especialmente interesante el film es su magnífico uso del sonido, que queda patente en las mismas escenas iniciales, con los ruidos de la fábrica de zapatos funcionando como una sinfonía y un pequeño gag en que parece que un caballo pronuncie «¡Dios mío!«. Más adelante, Barnet se sirve del montaje prototípico del cine soviético que aspira a transmitir ideas mediante la combinación de imágenes, pero usando también el sonido. Mientras las ametralladoras resuenan en el frente, en paralelo vemos a los trabajadores en la fábrica de zapatos, hasta el punto de que los sonidos de los disparos y de las máquinas de la fábrica se confunden. De esta forma se nos da a entender cómo el dueño de la fábrica se está enriqueciendo con la guerra.

Aunque mantiene las mismas ideas que todo el cine soviético de la época debía transmitir, Suburbios da la impresión de ser una obra menos cerebral y más humana. La hermandad entre rusos y alemanes, que en la época hacía referencia a la unión de los obreros de todos los pueblos del mundo, hoy día puede verse en general como un simple mensaje pacifista. Y teniendo en cuenta el cariño con que Barnet trata a sus personajes estoy convencido de que su intención iba más por ese mensaje humanista, que «camufló» bajo la coartada comunista. El cineasta es por tanto uno de esos ejemplos de artistas que ocultaban exitosamente su verdadera filosofía bajo las consignas del partido.

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La Fiesta de San Jorge [Prazdnik svyatogo Yorgena] (1930) de Yakov Protazanov

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A veces sucede que, curiosamente, la película más recordada de un cineasta en su país no corresponde en absoluto con la que le representa en el resto del mundo, o viceversa. Eso es lo que sucede con Yakov Protazanov, cineasta soviético que hasta ahora ha sido recordado básicamente por su película de ciencia ficción Aelita (1924) o, en mucha menor medida, por su drama La Reina de Picas (1916), considerado el film más importante hecho en la Rusia zarista. Pero lo cierto es que Aelita no representa en absoluto el cine de Protazanov, quien en los años 20 dirigió una serie de comedias muy divertidas que además superan con creces a su film más famoso en occidente. De hecho la película que nos ocupa hoy es la más popular de su director en Rusia, superando en ese aspecto no solo a Aelita sino a otros clásicos del cine mudo soviético más célebres internacionalmente.

Y hay que reconocer que no es una apreciación equivocada: La Fiesta de San Jorge (1930) es efectivamente una de las mejores películas que he podido ver de Protazanov y tiene suficientes cualidades como para ser considerada una de las grandes obras del cine soviético de la era muda. Su único «defecto» es no seguir un estilo tan vanguardista como las obras de otros compañeros suyos, lo que la deja aparte en las historias del cine respecto a otras obras y cineastas más influyentes.

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Los protagonistas son dos ladronzuelos: uno más elegante y distinguido que se escapa de la cárcel y otro de poca monta que le ayuda en su fuga. En su huida de la policía se dirigen a las fiestas dedicadas a San Jorge, con la esperanza de esconderse entre todo el gentío. Pero en cierto momento, el primero de ellos queda atrapado en una iglesia mientras afuera tiene lugar una solemne ceremonia y solo se le ocurre una forma de escapar: disfrazarse de San Jorge y fingir ser el santo que ha bajado del cielo.

De entrada, la carismática pareja protagonista son una clara prolongación de una de las comedias más exitosas de Protazanov, El Proceso de Tres Millones (1926), en que se nos ofrecía una divertida trama que implicaba a tres ladrones: uno de porte aristocrático, otro más torpe e inocente que cometía pequeños hurtos y un banquero. En La Fiesta de San Jorge no sólo la pareja protagonista es idéntica a la del film anterior sino que la interpretan los mismos actores: Anatoli Ktorov e Igor Iliinsky. Es más, para enfatizar la similitud, Mikhail Klimov, que en la película anterior era el «ladrón» respetable dentro de la legalidad (un banquero) aquí encarna a su análogo en la Iglesia: un obispo. Solo ese detalle nos da a entender el gran tema de la película.

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La última película muda de Protazanov es ni más ni menos que una de las críticas más contundentes y mordaces que se hayan hecho a la Iglesia en la historia del cine. De hecho, su ataque a una institución tan respetable es tan directo, rozando directamente el insulto acusador, que hoy día sigue sorprendiendo por su temeridad. En La Fiesta de San Jorge los miembros de la Iglesia se preocupan únicamente de todos los beneficios que puedan extraer de la festividad, de hecho se comportan como codiciosos empresarios antes que como portadores de la palabra de Jesucristo. Para ellos esta festividad es la época cumbre del año por todos los beneficios que pueden extraer a partir de los ingenuos creyentes, a quienes les venden productos como pelos de San Jorge o lágrimas embotelladas del santo que luego vemos almacenadas en un armario en cantidades industriales.

El film se inicia con un divertido prólogo que en primer lugar parece una solemne escena hagiográfica, hasta que descubrimos que en realidad es el rodaje de una película sobre el santo producido por la Iglesia con motivo de la festividad. Más adelante los obispos contemplan el material rodado, que supone una clara parodia de estos dramas solemnes y que incluye alguna divertida toma falsa como la escena en que el santo camina sobre las aguas y es interrumpido bruscamente por unos veraneantes en bote. Los dos obispos le piden al director «menos psicología y más milagros» y más adelante veremos el film anunciado como un thriller religioso (un género que sin duda merecería cultivarse por todas las posibilidades que ofrece).

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Una vez entran en juego nuestros protagonistas, Protazanov se toma su rato antes de entrar en el gran conflicto de la película, que en realidad se reserva para el final. Hasta entonces va combinando pequeñas viñetas humorísticas para mayor gloria de Iliinsky con imágenes de la festividad de San Jorge. En lo que respecta al primer tipo de escenas, Iliinsky, un actor inmensamente popular por entonces, se dedica a explotar su faceta cómica casi slapstick mientras huye de la policía. En contraste, las escenas de la fiesta retratan el penoso sentimiento religioso del pueblo llano, a quien Protazanov no duda en comparar cínicamente con un rebaño de ovejas. Esta parte del film me recuerda a algunas escenas de Las Noches de Cabiria (1957) y La Dolce Vita (1960) de Fellini, en que también se retrataba el fuerte sentimiento religioso rozando la superstición del pueblo italiano y de cómo las masas acaban casi enloqueciendo en este tipo de situaciones.

Cuando ambas tramas se acaban uniendo, tanto una faceta como la otra del film salen beneficiadas: el momento en que el ladrón se hace pasar por San Jorge es el más divertido del film pero también el más crítico. No se piensen que los obispos se indignen con el protagonista por usurpar la identidad del santo, sino porque eso les resta beneficios económicos. Y aquí es donde además el film acaba de mejorar del todo dependiendo de la versión que uno visione del mismo.

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Dicha película se estrenó en 1930, con la llegada de las primeras obras sonoras. En consecuencia, a los pocos años se decidió añadirle sonido para reestrenarla de forma que ganara atractivo para el público. Normalmente estos experimentos de post-sonorización solían ser traumáticos y daban lugar a versiones de una calidad muy inferior… pero ésta es la excepción, el film de Protazanov ganó incluso más. Aunque los añadidos fueron una banda sonora, efectos de sonido y algunos diálogos, se mantuvieron la mayoría de rótulos de forma que uno no se libra de la sensación de estar viendo un film mudo. La gracia está en que Protazanov hizo de esos nuevos diálogos añadidos otro gag que enfatizaba aún más la hipocresía de los personajes eclesiásticos.

En esta nueva versión, toda la narración pasa a formar parte del discurso que da el obispo en una iglesia donde predica sobre su encuentro con el santo. La contradicción entre su versión de los hechos (lo que escuchamos) y la realidad (las imágenes y rótulos) es absolutamente hilarante: uno de los sacerdotes se regodea de haber sido el primero en reconocer al santo, pero en las imágenes vemos como se lanza a él y le tilda de farsante; el principal narrador habla de cómo le ofreció gustosamente a su hija al santo, en la escena que vemos el mismo obispo grita a su hija que se esconda de ese delincuente; en el momento en que el santo se marchó, ellos aseguran que vieron como se elevaba al cielo y no pudieron contener unas lágrimas de emoción, en la realidad vemos cómo el ladrón se va en un coche que le han proporcionado para huir a la frontera mientras los dos obispos empiezan a reír llenos de felicidad. Todo el discurso no es más que una farsa.

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De todo lo que he visto de Protazanov, La Fiesta de San Jorge es el mayor acierto del cineasta. Cinematográficamente mantiene el estilo tan visual que caracterizaba el cine mudo pero además se beneficia del sonido no como un simple complemento sino como una nueva forma de crear gags. Y no solo resulta realmente divertida sino que contiene una de las críticas más brutales que he visto a la Iglesia.

Tanto Anatoli Ktorov como Igor Iliinsky, dos actores muy conocidos y apreciados por el público, repiten el mismo tipo de personajes de El Proceso de Tres Millones y están impecables: Ktorov con su galantería seduciendo a la joven aspirante a ese extraño concurso para ser la prometida de San Jorge (¿un precedente de Miss Rusia?), Iliinsky huyendo de la policía y luego convirtiéndose en un milagro con patas, cuyo relato sobre cómo quedó tullido va volviéndose más dramático a medida que bebe más vino.

Una comedia tan divertida como mordaz a descubrir.

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Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo [Tange Sazen yowa: Hyakuman ryo no tsubo] (1935) de Sadao Yamanaka

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Existe una fotografía bastante conocida en que se ve juntos a los directores Sadao Yamanaka y Yasujiro Ozu vestidos de uniforme militar. Ambos estaban destinados a la campaña de invasión de Manchuria pero solo uno de ellos regresó. Eran dos de los directores más importantes de Japón en aquella época, pero solo uno ha obtenido el reconocimiento que merece gracias a una extensa carrera. Resulta muy tópico formularse este tipo de preguntas pero no puedo evitar caer en la tentación: ¿qué habría sido de Sadao Yamanaka de haber sobrevivido? ¿sería hoy otro gran nombre del cine japonés a la altura de Ozu, Kurosawa, Mizoguchi y Naruse? ¿o habría permanecido  como un gran director asociado a una época concreta? A día de hoy solo nos han llegado tres obras de su prolífica carrera a causa de que la mayor parte del cine japonés producido antes de la II Guerra Mundial ha desaparecido, y según dicen algunos historiadores éstas no tienen por qué haber sido necesariamente las mejores. Y no obstante, aunque no lo fueran, justifican que el nombre de Sadao Yamanaka haya resurgido con fuerza en los últimos años.

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A él se le atribuye la renovación del jidai-geki, es decir, las películas de época. Según palabras suyas, su intención era filmar los jidai-geki como si fueran gendai-geki (películas de ambientación contemporánea), por tanto mantener la ambientación pretérita con sus códigos pero dándole el estilo más ágil y natural de los dramas contemporáneos. De esta forma, buscaba acabar con el estilo tan hierático y solemne de los films de samurais, demasiado anclados en la tradición nipona, y poner su mirada en el tipo de películas que llegaban de occidente: desde las comedias de René Clair hasta los musicales, dos de las influencias más notorias del film que nos ocupa.

Para ello, Yamanaka no dudaba lo más mínimo en tomar personajes conocidos por el público y reconvertirlos por completo, desvelando una faceta inédita de los mismos. En Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo hizo lo propio con Sazen Tange, un popular personaje de ficción que nació en la literatura y conoció numerosas adaptaciones fílmicas. Se trataba de un samurai que, a causa de una traición, sufrió un ataque en el que perdió el ojo y el brazo derechos. Eso no le impedirá seguir viviendo aventuras en las que demuestre ser un excelente luchador pese a sus limitaciones físicas. Yamanaka sabía que el público japonés conocía a este misterioso personaje, y por ello su jugada es aún más digna de elogio: consiguió al actor que lo había interpretado en las famosas versiones cinematográficas, Denjiro Okochi, y le situó… ¡en una comedia! El antaño legendario samurai ahora tiene un rol indeterminado en una casa de juego donde se pasa el día haciendo el vago y gruñendo. La propietaria de la casa, Ofuji, entendemos que es su amante, pero olvídense de escenas románticas, su relación es parecida a la de un matrimonio maduro exento de pasión y que se basa más en los tiras y aflojas del día a día (en los cuales, para más recochineo, Sazen siempre sale perdiendo).

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En cuanto al argumento, todo gira en torno a una vasija barata que en su interior alberga el secreto para acceder a un tesoro escondido de un millón de ryo. Dicha vasija estaba en manos de un gran señor, pero cometió el error de regalársela a su hermano menor Genzaburo antes de conocer su auténtico valor. Éste a su vez la vende a unos chatarreros después de soportar las quejas de su esposa, quien no quiere tener esa cosa horripilante en su casa. Cuando éste descubre también su auténtico valor, la vasija ya ha pasado a manos del hijo del chatarrero, Yasu, quien la usa para guardar a sus peces. No obstante, el padre es asesinado por unos maleantes al salir de una casa de juego y el niño es adoptado por los ya mencionados Sazen Tange y Ofuji, quienes por supuesto tampoco conocen el valor de la vasija.

Si todo esto no les convence de la original forma como Yamanaka encaró un género tan rígido como el jedai-geki, déjenme desvelarles un par de detalles más: nunca llegaremos a ver el famoso millón de ryo (convirtiendo la vasija en un auténtico McGuffin) y Sazen Tange a duras penas podrá demostrar sus habilidades con la espada (de hecho ni siquiera existe el clásico enfrentamiento final). Difícilmente Yamanaka podría satisfacer menos las expectativas iniciales de un espectador que acudiera al cine con el aliciente de ver la primera película sonora de Sazen Tange.

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Salvo unos momentos puntuales dramáticos, todo el film se mueve en un estilo ligero y divertido. Un recurso repetido continuamente y que demuestra una asimilación total del cine sonoro – recordemos que en Japón se consolidó mucho más tarde que en el resto del mundo, de hecho en la época de esta obra aún se producían films mudos – son las discusiones entre dos personajes en que uno de ellos se niega a ceder y en el siguiente plano se muestra cómo ha acabado haciéndolo. Sazen quiere que Yasu aprenda a luchar, Ofuji dice que debe ir a la escuela. Yamanaka corta el diálogo antes de que lleguen a un acuerdo y en la siguiente escena vemos a Yasu preparado para ir a la escuela. La propia Ofugi se niega a mantener al niño y en la escena siguiente le vemos comiendo. Más adelante rehusa comprarle unos zancos de bambú, pero seguidamente le vemos utilizándolos. Yamanaka se basa en la comicidad de mostrar cómo siempre es el personaje más débil el que se sale con la suya.

Del mismo modo, aunque uno esperaría que la recompensa del millón de ryo sería un aliciente para cualquier personaje, a la práctica Genzaburo utiliza esa excusa para escabullirse a la ciudad y pasarse el día jugando. Pero lo mejor de todo es que este personaje, teóricamente antipático por su actitud perezosa y sus continuas mentiras, acaba siendo un aliado de Sazen, quien al final le ayudará a recuperar el respeto de sus hombres.

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El resultado final es una magnífica revisión de los códigos del jidai-geki, una subversión de un mítico personaje convirtiéndolo en objeto de comedia (de la que por cierto Kurosawa seguro que tomó nota para su Sanjuro). Eso sí, manteniendo el estilo eminentemente japonés en la puesta en escena: la práctica ausencia de primeros planos, el uso de espacios vacíos (el asesinato del chatarrero tiene lugar totalmente fuera de encuadre) y la contención con que se exponen las emociones de los personajes (véase el precioso plano de Yamu después de haber recibido la noticia de la muerte de su padre).

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