70s

La Habitación Verde [La Chambre Verte] (1978) de François Truffaut

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Situada en un pequeño pueblo francés pocos años después de la I Guerra Mundial, La Habitación Verde tiene como protagonista a Julien Davenne, un periodista especializado en necrológicas que no ha logrado superar la muerte de su esposa Julie, que murió al poco de estar casados. Para mantener vivo su recuerdo, le ha dedicado una habitación verde de su casa con todas sus pertenencias y retratos, pero un incendio la destruye y le hace darse cuenta de que debe buscar un santuario más adecuado. Lo encontrará casualmente en el cementerio del pueblo, que contiene una vieja capilla en desuso que él pretende destinar a homenajear no sólo a Julie sino a todos sus seres queridos ya muertos. Mientras elabora ese plan conoce a Cecilia, una mujer que comparte su obsesión con la muerte y a la que confiará sus pensamientos más íntimos.

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No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que La Habitación Verde era una película  muy especial para François Truffaut. El estilo del film se escapaba al de la mayoría de su obra, y el tema era sin duda muy personal para él. Obviamente todos nos podemos sentir identificados con la premisa, puesto que el enfrentarse a la muerte es una problemática universal, pero aún así Truffaut estaba especialmente afectado por el tema. En aquella época había perdido ya a muchos conocidos, y su fanatismo por el cine tenía muchos puntos en común con la obsesión por el recuerdo y la preservación del pasado. Porque al fin y al cabo cuando vemos una película antigua en el fondo estamos viendo a personas que ya no existen, que ahora están muertas y reviven para nosotros mientras dura el film. Nuestros héroes pervivirán para siempre tal cual, al igual que el estilo y la temática de los grandes cineastas cuya obra ha sobrevivido a nuestros días.

Un gran amante del cine como Truffaut sin duda debía haber dado vueltas a esta idea durante muchos años, lo cual sumado a las experiencias que tuvo directamente con la muerte en esa época debieron llevarle a querer adaptar unos relatos de Henry James con cuyo contenido debía sentirse muy identificado – no creo que sea casual que su incursión en la ciencia ficción fuera adaptando Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, una distopía en que se quemaban libros, es decir, se destruía otra forma de preservar el pasado y el legado cultural.

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Y si aún podía haber dudas sobre hasta qué punto ésta era una película especialmente personal para él, Truffaut lo hizo aún más explícito escogiendo interpretar el papel protagonista y haciendo que las fotos que el protagonista cuelga en la vieja capilla dedicada a sus muertos sean de amigos de Truffaut o de personas que idolatraba: el autor del relato Henry James, Oscar Wilde, Oskar Werner, Jeanne Moreau, Jean Cocteau, Marcel Proust, etc. Aún así, resulta extraño que no hubiera ninguna de su mentor y segundo padre, el crítico André Bazin, o al menos yo no la he reconocido.

No obstante, yo creo que La Habitación Verde es de esas obras que sobresale mucho más en las ideas que en su forma de exponerlas. Pese a que trata un tema especialmente profundo y personal, tengo la impresión de que la labor de Truffaut tras la cámara no está a la altura de su propuesta y que el propio guión a veces pierde un poco el norte (por ejemplo, las escenas en que participa con el niño mudo no me convencen y creo que aportan poco al film). Eso sin mencionar que el propio trabajo de Truffaut como actor deja de manifiesto sus limitadas dotes interpretativas. En El Pequeño Salvaje (1970) sí que veo justificado su papel porque creo que su personalidad encajaba muy bien con la del paciente tutor del pequeño, y por supuesto en La Noche Americana (1973) su presencia entra dentro del juego cinematográfico de la película. En este caso, entiendo el por qué se reservó ese papel al ser un film tan personal, pero creo que su hieratismo y sus limitaciones quedan demasiado en evidencia al encarnar a un personaje tan complejo.

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A cambio, todas las reflexiones que aporta sobre la muerte son más que acertadas y creo que es uno de los films que mejor ha sabido encarar el dilema sobre cómo encarar la pérdida de un ser querido: ¿debemos seguir llorando la imagen de alguien fallecido durante toda nuestra vida para que perdure su recuerdo o más bien deberíamos seguir adelante? Cuando su mejor amigo, que lloraba ante la imagen de su esposa fallecida, aparece al poco tiempo felizmente casado, Julien se siente traicionado y le odia instantáneamente. Concibe eso como una traición, y por ello argumenta que se ha cansado de vivir en una sociedad basada en seguir adelante a toda costa. Es por ese motivo que ha escogido quedarse atrás expresamente como espectador.

Su relación con Cecilia está condenada desde el inicio al estar cimentada sobre la muerte más que sobre la vida, algo que se refleja en el hecho de cederla a ella el «honor» de cuidar su capilla, favor que por otro lado le pide en una escena que por su forma parecería una declaración de amor (y en cierto modo lo es).

Se trata de una película más melancólica que lúgubre, sensación fomentada por la fotografía del genial Néstor Almendros que en ocasiones utiliza únicamente luz de velas para iluminar algunas escenas. Y seguramente por ello acabó siendo el mayor fracaso de taquilla de la carrera de Truffaut. Era una obra demasiado personal y que ahondaba demasiado en un tema que nunca ha sido especialmente del agrado del gran público. Pero aunque no sea una de sus mejores películas, creo que a nivel de contenido es una de las más profundas de su carrera y que como mínimo consigue su propósito de hacernos reflexionar sobre la muerte y la importancia del recuerdo.

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El Visitante [The Plumber] (1979) de Peter Weir

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El Visitante es una obra menor pero muy curiosa de la primera época del australiano Peter Weir, a quien le esperaría años después una carrera exitosa en Hollywood con películas tan notables como El Club de los Poetas Muertos (1989) o El Show de Truman (1998). Aún con sus imperfecciones, yo siento más interés por sus films realizados en Australia, que fueron los que le llevaron al reconocimiento internacional. Siendo algunas películas más interesantes que otras, todas tenían en común un estilo críptico y a veces hasta misterioso, en que se insinuaba sin llegar a dejar del todo claro la influencia de elementos sobrenaturales, de forma que acababan siendo más películas abiertas a interpretación que films que apostaran abiertamente por la fantasía o el misterio. Los ejemplos más obvios serían La Última Ola (1977) o Picnic en Hanging Rock (1975), si no contamos su desmadrado debut bastante pasado de rosca, Los Coches que Devoraron París (1974).

El film que nos ocupa hoy estaba pensado como una obra menor situada entre dos de sus largometrajes más ambiciosos, y de hecho inicialmente iba a ser un proyecto para la televisión que luego acabó estrenándose en algunos cines. Tiene como protagonistas a un matrimonio de investigadores universitarios, Jill y Brian, que habitan en el campus. Debido a un problema con las tuberías, recurren a los servicios del fontanero del edificio, Max, que resulta ser un personaje inquietante que se infiltra en la vida Jill haciendo que ésta tenga cada vez más sospechas hacia él.

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El Visitante vuelve a partir del mismo procedimiento de obras anteriores de Weir, jugando más a insinuar que mostrando claramente. El extraño comportamiento de Max y su forma de querer entrar descaradamente en la vida de Jill lo convierten en un ser potencialmente peligroso pero del que nunca conocemos sus propósitos. Su carácter al mismo tiempo amable pero con destellos de agresividad está muy bien perfilado en el guión, aunque en alguna ocasión se les escapa de las manos con algunas escenas demasiado extravagantes (por ejemplo, cuando empieza a cantar un tema de rock con su guitarra en el baño en construcción).

Por otro lado, el hecho de situar la avería en el cuarto de baño es también muy audaz a nivel de guión, ya que es uno de los espacios de la casa que exige mayor intimidad. Por tanto, tener a un extraño trabajando continuamente en el baño enfatiza aún más la idea de incomodidad que siente Jill por perder un espacio íntimo que ahora está habitado por un intruso y que, por otro lado, dificulta las reuniones que quiere tener su marido con otros investigadores.

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Así pues, bajo esa premisa, Weir se apoya una vez más en el recurso de dar a entender pero sin mostrar nada claramente. En cualquier momento tememos que Max ataque a Jill o que se descubra que no es el fontanero de verdad. De hecho se lleva al espectador hacia esa idea pero luego descubrimos que no es cierta, es como si Weir jugara haciéndonos creer que nos va a conducir a un clásico relato de suspense, para luego demostrarnos que no es así y reconducirnos a un film más psicológico.

Es por ello que quizá el film puede dejar un poco con la sensación de que falta algo, ese «algo» que parece estar esperando que suceda tanto Jill como el espectador. De hecho, en el desenlace de la película Jill acaba provocándolo expresamente al darse cuenta de que no sucede y de que, en realidad, no tiene ninguna prueba contra Max. En la anterior Picnic en Hanging Rock ese vacío molestaba menos porque era un film mucho más estimulante por el tipo de historia y la forma como se trataba, pero en una historia más modesta como la que nos ocupa quizá ese vacío expreso no funciona tan bien y deja un poco al descubierto las limitaciones de este pequeño proyecto, dejándolo en una película interesante pero tampoco remarcable.

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Dillinger (1973) de John Milius

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Dillinger fue el proyecto con el que el reputadísimo guionista John Milius decidió lanzarse a la dirección después de años trabajando únicamente como escritor. Con experiencia ya en escribir sobre personajes americanos legendarios que representaban ese individualismo que tanto le gustaba a él (Jeremiah Johnson o el juez Roy Bean en El Juez de la Horca), la elección del criminal John Dillinger, que adquirió notoriedad en la época de la Gran Depresión, era bastante obvia y sumamente atractiva.

Resulta curioso comparar el Dillinger de John Milius con la versión de 1945 de Max Nossech. La versión de los años 40 toma el personaje de Dillinger y hace con él una notable película de cine negro, mientras que Milius prefiere narrar la historia centrándose en el mito. A él parece interesarle más toda la mitología que rodea el personaje que sus robos en sí. Incluso el propio Dillinger hace explícitas continuamente las referencias a su fama: en cada atraco aconseja a las víctimas que recuerden ese momento en que «conocieron al famoso Dillinger» y en sus conversaciones con su compañera Billie Frechette suele hablar en broma sobré qué dirán los periódicos o incluso «sus seguidores».

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La referencia a sus seguidores no es nada casual. Como es bien sabido, toda esta generación de criminales que alcanzó tanta notoriedad en los años 30 (Dillinger, Bonnie y Clyde, Baby Face Nelson) gozaba de cierta simpatía popular. La mayor parte de la población estaba por entonces arruinada por la Gran Depresión y veía a los bancos y el gobierno como los responsables de su situación. Por ello la figura de unos criminales que desafiaban a los bancos y la autoridad era sumamente atractiva, ya que estaban realizando lo que ellos no se atrevían a hacer. Eso se traduce en el hecho de que las grandes películas criminales de la época – Scarface (1932) de Howard Hawks, Hampa Dorada (1931) de Mervyn Le Roy o El Enemigo Público (1931) de William A. Wellman – tuvieran como protagonistas a los gangsters y no a la policía. Por mucho que al final éstos acabaran muriendo o encarcelados, la simpatía del film iba obviamente dirigida hacia ellos.

En Dillinger, Millius nos muestra esto en una escena en que el oficial del FBI encargado de darles caza ve a unos niños jugando a dispararse y, al hablar con uno de ellos, éste reconoce que hace de gangster porque le gusta más encarnar ese papel que el de policía. También hay otra referencia más escondida al final de los créditos cuando se escucha una frase que pronunció el director del FBI Edgar Hoover (aunque no la lee él, son palabras suyas) en que comenta su desaprobación hacia los films que glorifican a los criminales

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La película en general no puede evitar cierto toque romántico, enfatizado frecuentemente por la banda sonora, pero no llega a idealizar su contenido salvo en algunas ocasiones. Uno de esos casos es cuando coinciden en un mismo restaurante el oficial del FBI Melvin Purvis y Dillinger junto a su chica Billie. Cuando Purvis les ve en otra mesa, en lugar de detenerles les envía una botella de champagne: en ese instante está celebrando su cumpleaños, y para respetar las normas del juego no ataca a su adversario, que también está en un momento íntimo, aunque sí le hace notar su presencia. Esta forma tan idealizada de mostrar ese respeto hacia el rival seguramente sea irreal pero tiene un segundo significado: Purvis le «derrota» en ese contexto. Como Dillinger es un fuera de la ley se ve obligado a abandonar su mesa sin poder ofrecerle a Billie lo que ella tanto deseaba: poder bailar juntos esa noche. La idea viene a ser que el precio a pagar por ser un gangster es que, por mucho dinero que tenga, siempre estará expuesto a tener que irse de sitios públicos cuando sea descubierto,. En ese terreno Purvis está por encima de él.

El reparto está muy bien escogido con actores siempre eficientes como Warren Oates encarnando a John Dillinger o Harry Dean Stanton interpretando a uno de sus cómplices. También cabría destacar a Ben Johnson encarnando a uno de los mejores personajes de la película, el serio y eficiente agente del FBI que se propone matar a todos los gangsters fumándose un puro sobre su cadáver en homenaje a su compañero, así como Richard Dreyfuss en el papel breve pero algo histérico de Baby Face Nelson.

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El desenlace es especialmente interesante por mostrarnos el trágico destino de cada uno de ellos pero con un tono distinto dependiendo del personaje. El final del algo cómico Homer Van Meter tiene un poco de divertido patetismo, con sus continuas referencias de que ése no es su día de suerte y muriendo con el ridículo abrigo de pieles que ha robado a un chico rico. El salvaje Baby Face Nelson tiene un desenlace con más acción y tiroteos, tal y como se corresponde a su personaje. En cuanto al afable Pretty Boy Floyd, es el que tiene mi desenlace favorito, con un tono más romántico y amable, siendo acogido en su huida por dos ancianos granjeros que le alimentan aún sabiendo que es un gangster y, posteriormente, intercambiando unas frases con Purvis antes de morir. La música enfatiza ese romanticismo que hace inevitable que sintamos cierta compasión por él.

En cuanto a Dillinger, cualquiera que esté algo al corriente de anécdotas relacionadas con el mundo criminal o el cine de gángsters sabrá su desenlace. Dillinger era un conocido cinéfilo, y moriría tiroteado en la puerta de un cine curiosamente después de ver un film de gangsters, Manhattan Melodrama (1934) de W.S. Van Dyke. En la vida real, Dillinger fue disparado sin más, pero en el film se vieron obligados a mostrarle intentando coger un arma para no dar una imagen tan desfavorable del FBI. En ese sentido, las películas de gangsters de los años 30 no se diferencian de las de los años 70: al final el criminal siempre paga y la justicia impone el orden.

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Funeral en Los Angeles [Un Homme Est Mort] (1972) de Jacques Deray

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Lucien Bellon es un asesino a sueldo francés que viaja a Los Angeles para llevar a cabo un trabajo: asesinar a un hombre llamado Victor Kovacs. Una vez cometido el delito al regresar al hotel descubre que alguien ha desalojado la habitación en su nombre dejándole sin pasaporte para regresar a París. No solo eso, sino que se ve asaltado por otro asesino a sueldo, Lenny. Desesperado, pide ayuda por teléfono a sus contactos en Francia y ellos le remiten a una mujer llamada Nancy Robson, quien le ayudará a hacerse con un pasaporte falso y a huir del hombre que intenta matarle.

Jacques Deray es un realizador francés que tiene en su curriculum algunos films policíacos bastante competentes como Flic Story (1975), que destacaba sobre todo por el duelo interpretativo entre Jean-Louis Trintignant y Alain Delon. El presente film sin embargo acabó siendo un producto más olvidable que deja entrever las limitaciones de Deray como realizador.

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Curiosamente, encuentro en esta película el mismo defecto que vi a Dos Hombres en Manhattan (1959) de Jean-Pierre Melville. Ambos son films dirigidos por realizadores franceses en Estados Unidos que caen en la tentación de sucumbir a la mitomanía que envuelve el espacio en que ruedan dichas obras. En este caso, Deray parece más interesado en retratar la América de los 70 y en hacer una película de aroma auténticamente americano (en lo cual tiene éxito) que en centrarse en la historia.

El argumento desarrollado por él junto al prestigioso Jean-Claude Carrière y el guionista americano Ian McLellan Hunter acaba siendo de lo más vulgar. Una poco interesante historia que deriva en rutinarias persecuciones y tiroteos, y que desarrolla una galería de personajes con los que es difícil empatizar. Trintignant, un gran actor sin duda alguna, aquí parece no coger el punto al papel protagonista y ofrece una actuación totalmente olvidable en gran parte por tener a su cargo un personaje tan poco definido y sin atractivo. Intenta ser una muestra del implacable y frío asesino a sueldo, pero no funciona, de la misma forma que sí lo hace su personaje del criminal en la ya mencionada Flic Story con las mismas características. Ni el actor americano Roy Scheider ni los secundarios acaban de animar tampoco la función – parte de la culpa es del guión, por ejemplo la relación entre Lucien y Nancy está muy mal desarrollada.

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Se podría perdonar que fuera una película con personajes del montón y un guión plano si funcionara al menos como thriller, pero las escenas de acción tampoco resultan demasiado destacables. Están eficientemente filmadas pero no hay ninguna que se quede grabada en la retina del espectador al acabar la película. El resultado es un film de suspense que por otro lado entretiene y sirve para pasar un buen rato a los aficionados a los thrillers de los años 70, pero que no deja ninguna huella al espectador.

Por último, no puedo dejar de mencionar como curiosidad el hecho de que nos encontremos ante un film poblado de personajes americanos que hablan en francés al ser una producción gala (o al menos así es en la única versión que he podido conseguir). No debe caerse en el error de ver eso como un defecto, puesto que Hollywood ha inundado nuestras pantallas de cientos de films ambientados en Francia, Italia, Rusia, etc. en que todos los personajes hablaban inglés y hemos acabado asimilándolo como algo normal. Este caso se trata de una curiosa excepción en que el cambio idiomático se produce a la inversa.

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Hardcore, Un Mundo Oculto [Hardcore] (1979) de Paul Schrader

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Como es bien sabido, el reputado guionista Paul Schrader tuvo una juventud bastante difícil al ser criado en una familia muy estrictamente religiosa. Eso ha llevado a muchos críticos y cinéfilos a relacionar ese ambiente tan represivo con algunos de los temas por excelencia de sus guiones como la culpa o la autodestrucción. Teniendo eso en cuenta, su segundo largometraje como director es un caramelo para todos los que disfruten psicoanalizando la personalidad y traumas de su creador a partir de su obra.

El protagonista es Jake Van Dorn (magníficamente interpretado por el veterano George C. Scott), que vive en una tranquila comunidad de fuertes raíces cristianas y posee un próspero negocio local. Su vida sencilla y monótona sufre un revés cuando su hija adolescente Kristen desaparece. Desesperado, contrata a un detective privado para que la encuentre. Éste no consigue dar con su paradero exacto, pero sí descubre que la joven está trabajando en el mundo de la pornografía. Jake, harto de la ineficacia de la policía y del detective, decide sumergirse en ese mundo para buscar a su hija.

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La principal idea de Hardcore que Schrader explota de forma muy inteligente es el contraste entre dos mundos prácticamente opuestos: la vida idílica rural basada en ideales cristianos en la que Jake vivía sumergido hasta entonces, contra el submundo de la pornografía con todo lo que ello implica (prostitución, violencia, etc.). En ese sentido la premisa es muy fiel al estilo de Schrader, quien coge al protagonista y le hace pasar por un duro proceso de asimilación de otra realidad a la que estaba dando la espalda.

Inicialmente intenta hallar a su hija procurando salpicarse lo menos posible de esa realidad que tanto le repugna, pero la falta de resultados le obliga a dar el gran salto y sumergirse de lleno fingiendo ser un productor de cine pornográfico. Eso le obliga a asistir a rodajes, hacer entrevistas a actores y, en última instancia, ver una snuff movie, que supone el último escalón en este proceso de degradación por el que debe pasar. Tal y como le dice un familiar al inicio de la película, Dios le está poniendo a prueba, e indudablemente tanto Jake como Schrader entienden todo este duro proceso como una prueba a superar.

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Se le podría achacar a la película que acaba siendo algo reiterativa, que una vez superado el impacto inicial de su contacto con el submundo de la pornografía acaba repitiéndose un poco en su búsqueda de Kristen sin aportar muchas novedades. Schrader lo compensa un poco con la figura de Niki, una actriz porno y prostituta que le acaba ayudando en su búsqueda. Aunque la relación entre ambos personajes es algo tópica (buscando el contraste entre un hombre conservador y temeroso de Dios respecto una prostituta), algunos de los diálogos entre ambos personajes resultan interesantes y permiten a Jake Van Dorn verse enfrentado a su puritanismo. En cierto momento Niki dice que ambos tienen una visión muy similar del sexo porque los dos le dan muy poca importancia. La única diferencia es que él le da tan poca importancia que apenas lo practica mientras que ella le da tan poca importancia que no le importa practicarlo con cualquier persona.

El tramo final abusa en exceso de algunas escenas de acción que parecen fuera de lugar en un personaje como Jake Van Dorn (al que nos es imposible imaginarlo peleándose con jóvenes matones), pero se compensa con la tensa escena del reencuentro con la hija y ese final tan cínico en que el detective privado le recomienda al protagonista que vuelva a refugiarse a su mundo. Notable.

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Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Chantal Akerman

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No es hasta los casi 40 minutos de película cuando por fin Jeanne Dielman revela algo sobre sí misma. Y lo hace porque su hijo le pregunta cómo conoció a su padre (ahora fallecido). No obstante, la respuesta tiene poco de emotiva, de hecho ella dice literalmente «No sabía si quería casarme, pero era lo que la gente hacía«. Esa frase, introducida de improviso en medio de sus recuerdos es la que da la clave sobre su personaje. Jeanne no cuestiona sus actos o su forma de vida, simplemente hace lo que supone que debe hacer como ama de casa y madre viuda: llevar a cabo las tareas del hogar, mimar a su hijo adolescente y prostituirse secretamente para conseguir algún dinero con que pagar todos los gastos. Durante las tres horas y cuarto de film en que la acompañamos en su día a día nunca percibimos en ella ningún sentimiento – ya sea positivo o negativo – respecto a su agotadora y repetitiva rutina. Jeanne Dielman hace lo que se supone que debería hacer una mujer en su posición, y eso es todo.

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Ya el largo título de la película nos da a entender que nos encontramos ante un film especial. Y no lo digo únicamente por ser uno de los mejores alegatos feministas sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad, sino por la forma como lo planteó la directora belga Chantal Akerman.

Jeanne Dielman, 23 Quai Du Commerce, 1080 Bruxelles es una obra filmada con un estilo inusualmente frío y distanciado. Todos los planos de la película se mantienen a una distancia prudencial de los personajes, normalmente en planos generales y americanos, y la cámara siempre se mantiene fija y estática ante lo que sucede en el encuadre. Es una puesta en escena que huye de cualquier sentimiento de identificación con el personaje principal, que no nos deja acercarnos a él. Esta decisión está íntimamente unida al contenido de la película, que se dedica a mostrar simple y llanamente la rutina de Jeanne Dielman durante tres días. De esta forma, lo que consigue Akerman es que todas estas acciones cotidianas y aburridas nos parezcan aún más monótonas y mecánicas al mostrar siempre todos los actos desde la distancia. No se busca crear momentos «interesantes» cinematográficamente a partir de estos actos, más bien al contrario, se pretende que el espectador lo sienta como una interminable rutina alienante.

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Jeanne Dielman de hecho se comporta prácticamente como un robot -únicamente en tres momentos de la película deja entrever sentimientos: en dos conversaciones con su hijo y una con un zapatero-, es una ama de casa que lleva a cabo todas sus tareas con eficiencia precisamente por esa falta de sentimientos más allá de tener que cumplir con su deber. Incluso la lectura de una carta de su hermana en que saca a la luz algunos temas personales (como aconsejarle que se case de nuevo) es tratada como otra tarea más, aburrida y carente de interés, de hecho la lee del tirón sin dejar entrever ninguna emoción. Por ello esa puesta tan escena tan fría y eficiente sin ninguna banda sonora encaja perfectamente con su personalidad y acaba reflejando el mundo en que vive ella a diario.

Akerman, en su afán de ser fiel a lo que nos muestra, no duda en alargar los planos los minutos que haga falta, llegando a veces al extremo de mostrarnos en tiempo real cómo Jeanne lava los platos de espaldas a la cámara o, ya en el tramo final, esos largos minutos en que aparece sumisa en sus pensamientos sin hacer nada. Tal decisión, aunque es coherente con la finalidad de la película, resulta sumamente arriesgada y seguramente provocará que muchos prefieren abandonar el film a la mitad, lo cual por otro lado es comprensible: tres horas sobre la vida de una ama de casa belga no es algo potencialmente atractivo. Pero aquí es donde debemos hacer énfasis en la magistral labor de Akerman, porque consigue ser fiel a su propósito y al mismo tiempo crear un film cinematográficamente interesante, que no se limita a ser un experimento infumable con ínfulas intelectuales.

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Una de las grandes virtudes de la cineasta es la minuciosidad con que recrea cada acto del día a día, consiguiendo sumergirnos en su rutina y que la vivamos como algo cotidiano y creíble. Por ejemplo, cuando se despierta cada mañana e inicia su rutina hay un gesto que me parece muy bien buscado y es que enciende la estufa en el comedor antes de despertar a su hijo. En realidad para Jeanne ése no es más que otro de los muchos actos que lleva a cabo cada mañana, pero eso ya da a entender su postura respecto a su hijo, su voluntad de cuidarlo en pequeños detalles como ése, dejando que duerma unos minutos más y preocupándose de que cuando se despierte la habitación ya esté caliente. Y en realidad nunca le vemos ningún gesto especialmente cariñoso hacia Sylvain, parece como si el hecho de procurar que su hijo se despierte con la habitación ya caliente, el café preparado y los zapatos limpios es algo que se dé por hecho que tenga que ser así. La película está plagada de pequeños gestos y detalles como éste (por ejemplo en la elaboración de las comidas) que demuestran una gran preocupación por parte de Akerman de construir una rutina diaria completa y creíble.

Retomando esa idea, podríamos vincularla con el que es el único punto truculento de la rutina de Jeanne: cuando ejerce la prostitución por las tardes. Este elemento que a nosotros nos parece chocante, en realidad Jeanne lo entiende como otro proceso natural de su rutina diaria que incluye otras tareas igual de aburridas y mecánicas: colocar la toalla sobre la cama de matrimonio, recoger el sombrero y abrigo del cliente, hacer el amor, despedirse del cliente, meter el dinero en un recipiente del comedor, abrir la ventana para airear la habitación, recoger la toalla, estirar la colcha de la cama, bañarse y continuar con el resto de tareas.

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En cierto momento de la película podemos ir intuyendo como esta cotidianedad infalible y repetitiva empieza a resquebrajarse. En una ocasión, Dielman descubre que no tiene patatas para la cena y debe bajar apresuradamente a comprar más. Por culpa de ello esa noche cenan más tarde. Posteriormente, descubre que ha perdido el botón de un abrigo que le trajo su hermana de Canadá y no encuentra en ninguna tienda otro de recambio igual que el resto. Se prepara un café con leche pero el café del termo está malo y lo debe tirar. Olvida tapar el recipiente donde guarda el dinero. Cuando entra en la cafetería a la que va cada tarde, alguien ha ocupado su sitio y no está la camarera habitual que siempre le sirve lo mismo sin necesidad de que lo pida. Son pequeños gestos insignificantes pero que rompen con esa rutina eficiente e inalterable, que dan a entender que algo no está funcionando. No hay música que remarque que suceda algo malo, ni ningún monólogo interior que hable de frustración, ni siquiera algún plano que nos subraye esa idea. Simplemente va sucediendo. Y la forma como nos muestra Akerman que algo va mal es mediante largos planos de Jeanne silenciosa con la mirada perdida, planos que dejan más que patente el vacío que hay en su vida.

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Finalmente, cuando Jeanne recibe al cliente del día sucede el hecho más terrible de todos para ella: tiene un orgasmo con él. Esto le resulta tan intolerable que le acaba apuñalando. Es algo que se escapa por completo de su control y su rutina diaria, en la cual el contacto con los clientes ha de ser el mínimo posible evitando cualquier tipo de emoción. Esos actos sexuales para ella deben llevarse a cabo como el resto de rutinas, de forma fría y desapasionada, por lo que al no saber cómo reaccionar ante esa intrusión decide matar al culpable.

Mirándolo en perspectiva, no deja de ser fascinante que una película como ésta, centrada en actos supuestamente tan vacíos y rutinarios y con una puesta en escena tan estática y calculada, albergue en su interior tantas ideas y detalles que se pueden seguir rebuscando en segundos visionados.

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El Aficionado [Camera Buff] (1979) de Krzysztof Kieslowski

Filip Mosz compra una cámara de 8 milímetros con el sueldo de dos meses para poder grabar a su hija recién nacida. Al ser la única persona del pueblo con una cámara, su jefe le encomienda la labor de filmar la celebración del aniversario de la compañía, tarea que éste acepta ilusionado. En cierto momento del evento, durante una reunión le cierran la puerta y le piden que espere fuera ya que no puede grabarles dentro. Mientras espera con su cámara, Filip va descubriendo fascinado el poder de ese artilugio para captar el mundo. No solo se dedica a grabar los actos típicos conmemorativos, sino que también captura imágenes inusuales como dos miembros del comité camino al lavabo, unas palomas posándose sobre una ventana y la banda de músicos cobrando su sueldo tras la actuación. Su jefe desaprueba estas escenas y le ordena que las corte, pero Filip ya no será el mismo puesto que se ha dejado cautivar por el poder de la cámara.

Existen pocas películas que hayan sabido reflejar con tanto acierto como ésta la fascinación que produce el cine y el hecho de filmar la realidad. Kieslowski retrata con precisión cómo Filip pasa de ser un sencillo padre de familia que simplemente pretendía grabar a su hija a ser alguien obsesionado por captar la realidad con la cámara: ese ansia tan inocente por grabar todo lo que ve, como queriendo capturar el mundo entero en la cámara; el descubrimiento del montaje enseñando a su mujer cómo ha creado una escena con plano y contraplano; esa persistencia por retratar la realidad tal como es, no dejando que su hija salga peinada en la película… todos esos detalles desvelan magistralmente la relación cada vez más estrecha que va teniendo Filip con su cámara.

Pero el film esboza más ideas, ya que también nos muestra, no sin cierto sentido del humor, cómo Filip pasa de ser un cineasta amateur a entrar en el circuito artístico. Cuando presenta su película en un festival un compañero le pregunta cómo filmó a las palomas, éste responde que simplemente las vio y decidió grabarlas. Cuando enseña su nueva película  (la evolución de unas obras en la calle filmada desde su piso) a uno de los sesudos miembros del jurado, éste le pregunta por qué filmó todo esto desde un punto de vista elevado. Filip responde inocentemente que su mujer no le dejaba bajar a la calle a grabar, pero el crítico de cine considera que es un cineasta de talento porque esta escena solo podía haberse grabado así.

Esto lleva al gran dilema final del film, sobre la problemática de retratar la realidad tal cual es. Toda la gente felicita a Filip por sus documentales que muestran los edificios tal cual son, feos y ruinosos por dentro. Su jefe le reprende porque en realidad no está haciendo ningún bien: esos edificios no se reformaron porque se prefirió utilizar el dinero destinado a rehabilitarlos a otros problemas más urgentes, como la construcción de una guardería. A cambio le anima a que filme los bellos paisajes naturales de la zona. No sabemos a ciencia cierta hasta qué punto está siendo sincero con Filip, pero el dilema moral sigue estando ahí.

No obstante, la idea más interesante está en el hecho de filmar en sí mismo, en la capacidad de la cámara para registrar una realidad y hacer que luego ésta exista para siempre. En cierto momento un vecino le pide a Filip que le grabe, y su cámara le capta conduciendo una furgoneta y saludando a su madre que le observa desde una ventana. Cuando la madre fallece, el vecino, desconsolado, le pide ver la película. Esas imágenes caseras y de poca calidad tienen entonces un poder especial, puesto que, tal y como éste dice, consiguen hacer revivir algo que ya no existe, el fantasma de su madre.

El problema está cuando se produce el choque entre vivir el mundo real y vivirlo a través de la cámara. La mujer de Filip rápidamente intuye el peligro de la cámara y la desaprueba desde el principio. De hecho, su matrimonio idílico se acaba haciendo pedazos por culpa de esa nueva afición. Éste, que había comprado la cámara para filmar cada mes a su hija, la acaba perdiendo y solo puede verla a través de las grabaciones que le hizo: al final el cine ha acabado sustituyendo a su vida real.

Como último paso decisivo sobre este proceso, Kieslowski acaba la película con uno de los mejores desenlaces de la historia. Filip, que vive solo tras haber perdido a su familia y que no sabe ya si seguir adelante con sus peligrosos documentales, gira la cámara por primera vez para grabarse a sí mismo y ser el objeto filmado. Entonces, empieza a narrar todo lo que le ha sucedido desde que empezó la película. En este punto ya el único contacto que le queda con la realidad es el cine, y la única forma que tiene de mantenerla y lograr entenderla es comentarla grabándose a sí mismo con una cámara. Un final magistral para una de las mejores reflexiones sobre cine hechas en una película.

La Huida [The Getaway] (1972) de Sam Peckinpah

Carter «Doc» McCoy es un expresidiario que ha conseguido salir de la cárcel gracias a un trato que ha hecho su mujer Carol con un alto funcionario corrupto llamado Jack Benyon. Éste le consigue la condicional a McCoy a cambio de que forme parte en un atraco a un banco orquestado por él y su hermano. El robo sin embargo no sale como estaba previsto, ya que uno de los cómplices, Rudy, mata a su compañero e intenta deshacerse de McCoy para quedarse con el dinero. Al mismo tiempo, cuando McCoy va a entregar el dinero a Jack Benyon descubre que éste y su mujer se habían puesto de acuerdo para asesinarle, pero en el último momento Carol mata a Jack. Mientras McCoy y Carol huyen de la policía, de Rudy y de los secuaces de Benyon su relación se resquebraja: ¿realmente iba Carol a traicionarle o simplemente fue algo que prometió a Benyon para conseguir que su marido saliera de la cárcel?

La Huida fue uno de los mayores éxitos de taquilla de Sam Peckinpah, ayudado en gran parte por el atractivo comercial que suponía trabajar con Steve McQueen. Pese a que el film fue un encargo que cayó en sus manos después de que Peter Bogdanovich abandonara el proyecto y McQueen le propusiera como sustituto, el material de partida encajaba bastante con el estilo del realizador. La excelente novela de Jim Thompson era lo suficientemente cruda y descarnada como para que Peckinpah pudiera amoldarla a su estilo. Pero pese a que el propio Thompson escribió un primer guión, fue desechado en favor de un tratamiento de Walter Hill, quien la abordó con un tratamiento más convencional. Aunque el libro desmitifica la figura de los dos fugitivos de la justicia, la película no puede evitar caer en la tentación de mostrar una visión algo romántica de una pareja fuera de la ley, en la línea de Bonney y Clyde. El personaje de McCoy de hecho en el libro ronda los cincuenta años y es mucho más ambiguo moralmente, pero al ser éste un proyecto ideado por y para Steve McQueen, se modificó para convertirlo en un protagonista más aceptable para el gran público. Del mismo modo, se suprimió la muy interesante parte final del libro, que muestra el aspecto más sórdido de su huida.

No obstante esos cambios, Peckinpah consiguió ser fiel a muchos aspectos de la novela, especialmente la idea fundamental que subyace tras ella: el mostrar una pareja de fugitivos de la justicia que se replantea su relación al mismo tiempo que huyen. Es por ello que tienen tanta importancia escenas que superficialmente podría parecer que entorpecen el ritmo del film, como el primer encuentro de la pareja al salir de la prisión, en que él se muestra esquivo y desconfiado al no saber si Carol se ha convertido en la amante de Jack para conseguir su liberación. Y si realmente ha sido así, ¿acaso no lo ha hecho para ayudarle? ¿o es que hubiera preferido que no llegara tan lejos? Estas preguntas no se formulan directamente, pero se sobreentienden claramente en los diálogos y gestos de los personajes, como si hubiera algo entre ellos que los separara, algo que no se llega a verbalizar del todo y que ninguno de los dos se atreve a encarar sin tapujos.

Por ello, cuando McCoy descubre el plan que habían urdido Jack y Carol se muestra inicialmente rudo con ella. ¿Cómo saber si ella tenía previsto desde el principio traicionar a Jack o si realmente pensaba matarle a él hasta el último momento? Si se tratara de un drama, la pareja se enfrentaría a esos dilemas mediante diálogos, pero en este caso literalmente no tienen tiempo de enfrentarse a sus problemas, de modo que los han de solucionar mientras huyen.

Aunque la película opta por un final mucho más optimista que el del libro, en este caso creo que incluso queda justificado por la forma como se encara la evolución de su relación: la huida no puede tener un desenlace feliz hasta que no arreglen sus dudas y reafirmen sus sentimientos, una vez superada esa prueba el happy ending tiene sentido. O en otras palabras, necesitan mantenerse unidos para conseguir su propósito, porque de esta forma tienen algo realmente sólido por lo que luchar. Este momento de reafirmación llega tras haberse tenido que refugiar en un camión de basura para huir de la policía (una escena que no existe en el libro pero es fiel a esa idea de desmitificar la figura de los fugitivos de la justicia). Después de pasar por esa pesadilla y haber estado enterrados durante horas entre basura, Carol se derrumba y McCoy le ofrece su apoyo para seguir juntos hasta el final. No puedo evitar pensar que a Peckinpah seguro que le encantó el haber situado la escena de reconciliación amorosa en un vertedero, con la atractiva pareja protagonista rodeada de basura.

Como confirmación de esta idea, en la escena final de la película un desconocido les ayuda a atravesar la frontera mexicana y tan solo les hace una pregunta, si están casados. Aunque desde el punto de vista narrativo la respuesta a esta pregunta no es determinante (su destino no cambiará en función de la respuesta que den), sí que sirve para reafirmar el hecho de que necesitan estar juntos para llegar hasta el final y escapar no solo de sus perseguidores sino de los demonios internos que pusieron en peligro su relación.

Pese a que se mantienen algunos de los aspectos más crudos de la novela, a Peckinpah no le acabó de convencer el resultado final. Y es que al fin y al cabo no hay que olvidar que el film nació como un proyecto al servicio de Steve McQueen, y como tal McQueen limitó hasta cierto punto el grado de «suciedad» que pudiera impregnar la película. Más concretamente, estos aspectos quedan relegados en la subtrama de Rudy, que secuestra a un veterinario y su mujer para que le vayan curando la herida mientras persigue a los protagonistas. Al poco tiempo, la mujer del veterinario pasa de ser una rehén a convertirse en la amante de Rudy. El desesperado veterinario no soportará la situación y terminará ahorcándose. Seguramente muchos utilizarán estas escenas para sacar a coalición la misoginia de Sam Peckinpah, pero lo cierto es que toda esta trama ya aparece en el libro.

Por otro lado, las escenas de acción están magníficamente filmadas y tienen su inconfundible sello personal. Tanto la del atraco del banco como la del encuentro final en el hotel confirman el saber hacer de Peckinpah y cómo podía amoldar su característico estilo de montaje y dirección al servicio de películas más comerciales (no lo digo en el sentido peyorativo). De hecho, La Huida podría ser un excelente ejemplo de cómo también puede salir una gran película de un proyecto menos personal y con algunos aspectos que difieren de la personalidad de su director. Puede que sea más un film de Steve McQueen que de Sam Peckinpah, pero sigue siendo una muy buena película en la que hay sitio para que los dos pesos pesados tengan su espacio de lucimiento: McQueen con su carismático protagonista (sin ser uno de los mejores actores de su época, McQueen tenía carisma sobrado para crear un protagonista interesante sin necesidad de profundizar demasiado en su psicología) y Peckinpah con su eficaz puesta en escena y sus pequeños detalles característicos asomando intermitentemente a lo largo del film.

La Vida Privada de Sherlock Holmes [The Private Life of Sherlock Holmes] (1970) de Billy Wilder

Con La Vida Privada de Sherlock Holmes, Billy Wilder dio forma a uno de los proyectos más largamente acariciados de su carrera, un film basado en las andanzas del famoso personaje creado por Arthur Conan Doyle. Sin embargo, Wilder tuvo la astucia de no decidirse a adaptar una o varias historias del detective de Baker Street; ni tampoco pretendió inventarse él nuevas aventuras de misterio que correrían el riesgo de no estar a la altura de las originales. Su idea fue ofrecer un enfoque personal, una visión diferente que, como ya indica el título, decidiera mostrarnos ciertos aspectos menos conocidos sobre el detective más famoso del mundo. Obviamente había bastante riesgo en el proyecto, puesto que Wilder y su inseparable colaborador I.A.L. Diamond tendrían que lidiar con un icono internacional del que el público ya tendría una fuerte imagen preconcebida. Tenían que ofrecer una visión diferente de Sherlock Holmes pero al mismo tiempo respetuosa, que mantuviera su espíritu. Aunque no era una empresa fácil tenían un importante punto a favor: ser dos de los mejores guionistas del mundo.

Aunque la idea original y el primer montaje eran una obra bastante distinta a la que resultó siendo, basándonos en el resultado que tenemos, La Vida Privada de Sherlock Holmes explora sobre todo las relaciones de Holmes con las mujeres en dos episodios bastante distintos en cuanto a tono y contenido.

El primero de todos, más breve y ligero, nos cuenta como una diva de la ópera le hace una proposición bastante peculiar. Ella quiere retirarse y tener un hijo al que cuidar, así que le pide a Holmes que la deje embarazada para así tener un descendiente con la belleza de ella y la inteligencia de él. Holmes, acorralado, inventa todas las excusas que puede para escapar hasta finalmente dar a entender que él y Watson son “algo más que amigos”.
Pese a que la idea de que la relación entre Holmes y Watson sea más íntima de lo que mostraba Conan Doyle es bastante tópica y pueril, Wilder y Diamond salen del paso atreviéndose a utilizar esa suposición tan trillada convirtiéndola en un pequeño y divertido gag. El mejor momento es cuando, en un diálogo muy típico de Wilder, le comentan a Holmes la lista de pretendientes a los que la diva hizo antes la propuesta y el motivo por el que fueron rechazados (Tolstoy demasiado viejo, Nietzsche demasiado alemán, Tchaikovsky… “las mujeres no son lo suyo”).

Pero el principal argumento del film concierne al caso de Gabriele Valladon, una mujer belga que intenta hallar el paradero de su marido, un ingeniero belga recientemente desaparecido. El hermano de Sherlock, Mycroft, quien está envuelto en asuntos gubernamentales, le pedirá que abandone el caso, pero éste seguirá adelante las pistas hasta Escocia acompañado de Watson y Gabriele. Si usted, amable lector, no ha visto aún el film y no quiera conocer la resolución, le recomiendo que se salte los dos siguientes párrafos o que, mejor aún, se haga ya con una copia de la película.

Con esta historia, Wilder y Diamond diseñaron su particular misterio al estilo Sherlock Holmes con todos los ingredientes típicos de los relatos originales: punto de partida misterioso y a primera vista inverosímil por todos los hechos que le rodean (la amnesia de la cliente, la dirección falsa, los canarios, etc.); rápidas deducciones por parte de Holmes y una resolución compleja pero que encaja con todas las pistas desperdigadas que han ido ofreciéndose al espectador. Lo interesante está en que éste es uno de los pocos casos en que Holmes pierde o es engañado. Gabriele resulta ser una espía germana que en realidad estaba usando al detective para que le hiciera llegar hasta el proyecto que estaba diseñando el ingeniero belga: un submarino. Resulta una estrategia brillante, puesto que los espías se sirven de la inteligencia y el gusto del detective por los misterios para conseguir sus propósitos. Por ello hacen que el primer encuentro con Gabriele esté envuelto de tanto misterio, porque eso es un caramelo irresistible para Holmes.

Por supuesto también sirve para explorar el carácter misógino del protagonista, y aunque en ningún momento cayeron los guionistas en la tentación de crear una historia de amor, sí que se sobreentiende sutilmente que surge un aprecio mutuo entre ambos. Aprecio que quedará de manifiesto al final cuando Holmes sepa por su hermano que ella murió en Japón cumpliendo una misión de espionaje, y que el nombre falso que utilizó era el mismo que ambos usaron cuando investigaban el caso del ingeniero haciéndose pasar por un matrimonio.

Es por tanto una visión de Holmes complementaria a la que aparece en los relatos de Conan Doyle, que demuestra que los guionistas sentían un sincero aprecio por el personaje y que por ello lo tratan con respeto y coherencia pero también con sentido del humor. El Holmes de Wilder se lamenta al inicio del film de que los relatos que ha publicado Watson le han creado una fama exagerada. Ahora se ve obligado a llevar ese atuendo que el público asocia con él y le toman por un virtuoso del violín cuando en realidad es un violinista mediocre.

Quizás se les podría achacar que sus autores no se resistieran a la tentación de convertir a Watson en uno de esos secundarios cómicos tan típicos de Wilder; pero en ningún momento llega a ser una caricatura sino más bien en un contrapunto humorístico marca de la casa ya que no podía faltar ese característico sentido del humor que hizo famoso al cineasta, especialmente en mi momento predilecto, la aparición al final de una Reina Victoria tratada con un enfoque hilarante.

Siendo justos también habría que hacer una mención a Alexander Trauner, habitual colaborador de Wilder, que vuelve a hacer un trabajo magnífico creando una ambientación perfecta del Londres victoriano, así como a un reparto de nombres en general poco conocidos pero que hacen unas actuaciones impecables: Robert Stephens y Colin Blakely demuestran estar a la altura de las circunstancias y son unos Sherlock y Watson que no tienen nada que envidiar a las decenas de actores que tomaron esos papeles antes y después que ellos; la francesa Geneviève Page  hace un buen trabajo como Gabriele y Christopher Lee, el único nombre conocido, está espléndido como Mycroft Holmes.

Teniendo en cuenta que hoy en día esta película está considerada como una más de las muchas que pueblan la filmografía de Billy Wilder, resulta curioso (y hasta triste) remontarse a todo su proceso de producción para darse cuenta uno de que Wilder la encaró como la gran obra de su vida. No solo iba a ser la producción más ambiciosa de su carrera sino que su montaje inicial duraba más de 3 horas y daba un enfoque distinto al que conocemos hoy en día, ya que en esa hora perdida se contaban dos historias más que desarrollaban más a fondo la peculiar y sincera amistad entre Holmes y Watson. No eran dos misterios al uso, sino historias que servían principalmente para profundizar en la relación de una de las parejas más famosas de la historia. Desgraciadamente, ese metraje fue eliminado y hoy en día está desaparecido, provocando que ese proyecto tan ambicioso al que Wilder dedicó tantísimo tiempo y esfuerzo ahora pueda parecer simplemente una más de las muchas películas geniales que hizo a lo largo de su vida.

Es cierto que esa gran obra que Wilder tuvo en mente desapareció en el suelo de una sala de montaje, pero no cabe duda de que La Vida Privada de Sherlock Holmes fue una de las películas más especiales de su carrera y una de las que más necesita ser reivindicadas.

Domingo Negro [Black Sunday] (1977) de John Frankenheimer


John Frankenheimer fue uno de los más destacados directores que vinieron de esa primera generación de cineastas que se formaron en la televisión antes de pasar a la gran pantalla, como fue también el caso de Sidney Lumet, Delbert Mann o Sidney Pollack. Su edad de oro tuvo lugar en los 60 especializándose en thrillers políticos como las excelentes El Mensajero del Miedo (1962) o Siete Días de Mayo (1964), además de películas de acción como esa obra maestra que es El Tren (1964).

A finales de década, Frankenheimer empezó a dar indicios de ir perdiendo su buena racha y su carrera se volvió bastante irregular. Domingo Negro sería una de sus últimas películas destacables, en la que optó por volver a lo que le había proporcionado tanto éxito anteriormente: el thriller político. Aunque esta vez lo haría, lógicamente, adaptándose a los nuevos tiempos. Si anteriormente sus obras se centraban en los temores y la paranoia surgidos de la Guerra Fría, Domingo Negro trataría sobre el conflicto palestino-israelí, en concreto sobre la organización Septiembre Negro.

La idea que plantea el film es un ataque terrorista organizado por una integrante de Septiembre Negro, Dahlia, en colaboración con un excombatiente de Vietnam llamado Lander. Su plan consiste en provocar una masacre durante el transcurso de la SuperBowl aprovechando la circunstancia de que él pilota el dirigible que graba las imágenes del evento para la televisión. Kabakov, perteneciente a una organización israelí, intentará pararles los pies en colaboración con el FBI.

Un primer aspecto a destacar de este film es que Frankenheimer opta muy inteligentemente por no tomar partido por ninguna facción. De hecho no es hasta muy avanzado el metraje cuando empieza a dibujarse un protagonista, Kabakov. Y éste no empieza a adquirir un rol como claro protagonista hasta que no muere un amigo suyo asesinado por Dahlia, de manera que la búsqueda de los terroristas deja de convertirse en una lucha política para convertirse en una venganza personal, de esta manera el espectador se siente más identificado con él independientemente del bando al que pertenezca.

De hecho, aunque sean los malos de la película, uno no puede evitar sentir cierta simpatía por Dahlia y Lander. El segundo, es un excombatiente de Vietnam que al volver de la guerra condecorado como un héroe jamás pudo integrarse y fue abandonado por su mujer e hijos, con unas secuelas psicológicas que nunca llegaron a curarse. Lander (interpretado por el siempre eficaz Bruce Dern) no es más que un hombre que busca la notoriedad que nunca consiguió, una muestra de los cientos de soldados que volvieron de Vietnam sintiéndose repudiados por una nación que por entonces quería olvidar esa guerra. Viéndose ignorado como héroe de guerra, Lander acaba optando por pasarse al bando contrario: atacar al país por el que luchó y que le dio la espalda. En una escena especialmente dramática, Lander se confiesa a Dahlia, quien le achaca que él no tiene motivaciones políticas para llevar a cabo el plan. Lander entonces recuerda una foto que le llegó de su mujer e hijos estando prisionero en que veía proyectada la sombra de alguien sobre su familia (seguramente el que hizo la fotografía), y que durante meses se atormentó pensando quién sería esa sombra. Ese ataque terrorista es su forma de darle al mundo algo para ser recordado, ya que no bastaron sus medallas.

Por otro lado, cuando Kabakov quiere informarse sobre Dahlia, un agente del gobierno le proporciona una biografía completa sobre ella y todas las penurias y atrocidades por las que ha pasado. Al acabar, el agente le muestra a Kabakov una fotografía y le dice “Mírela bien, después de todo de alguna manera ella es su creación”. Nos es difícil identificarnos del todo con un bando y pese a que Dahlia y Lander son los claros antagonistas, ambos son fruto de dos situaciones políticas que les han abocado a rebelarse empleando la violencia.

Aunque durante la película Frankenheimer ofrece ya algunas escenas de acción muy bien filmadas como la persecución en lancha o el asalto al hotel, todo el film está indudablemente enfocado de cara a su espectacular final en la SuperBowl. Durante casi 45 minutos, Frankenheimer mantiene en tensión al espectador mostrando los dos bandos: Dahlia y Lander llevando a cabo un plan del que sólo conocemos el final pero no el cómo, y Kabakov junto al FBI intentando averiguar cómo planean cometer el atentado.
En principio puede recordar levemente a la escena final de El Mensajero del Miedo en que el personaje de Frank Sinatra intentaba averiguar dónde se encontraba el francotirador oculto en medio del abarrotado mitin político, pero lo genial aquí está en que Kabakov no puede encontrar a los asesinos en el estadio y que, cuando se descubra el plan, se hará casi imposible desmantelarlo puesto que ellos irán a bordo de un dirigible cargado de explosivos que no pueden simplemente derribar dejando que caiga sobre la ciudad.

Toda la escena es de una tensión casi insoportable magníficamente orquestada por Frankenheimer, que combina la progresión del ataque terrorista, el descubrimiento por parte de Kabakov de lo que va a suceder e imágenes de archivo de la SuperBowl que el equipo de la película filmó en un partido real camuflados como cámaras de televisión. A medida que avanza la escena, estos tres puntos van confluyendo entre sí hasta desembocar en el climático y angustioso final.

Sin ser una de sus obras maestras, Domingo Negro entretiene de sobras en sus dos horas y media y es una muestra de cómo John Frankenheimer aún se encontraba en plena forma pese a que ya había dejado atrás su edad de oro. Imprescindible para fans de los thrillers de los 70.