Francia

Irma Vep (1996) de Olivier Assayas

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Es cierto que a mediados de los 90 la premisa de un film sobre el rodaje de una película había perdido un poco la gracia que podría tener años atrás por ser un terreno ya bastante explotado. Más aún viniendo de un ex-redactor de Cahiers du Cinéma, al existir previamente dos referentes poderosos de su dos ex-críticos más míticos: El Desprecio (1963) de Jean-Luc Godard y La Noche Americana (1973) de François Truffaut. No obstante, con Irma Vep Olivier Assayas fue suficientemente inteligente como para llevar la premisa a otro terreno, lejos del tono reflexivo de Godard o del enfoque más amable de Truffaut. Con Irma Vep, Assayas se propuso un ejercicio de pura postmodernidad, combinando referentes tan distintos como puedan ser los seriales de los años 10 o el cine de acción de Hong Kong.

La película de la que se parte es un remake de Les Vampires (1915) de Louis Feuillade que va a ser dirigido por una antigua gloria del cine francés, René Vidal. Éste se empeña en contar como protagonista a la actriz china Maggie Cheung (interpretándose a sí misma), quien acude al rodaje sin tener ni idea de francés y contando como único apoyo con la diseñadora de vestuario Zoe. No obstante, Vidal no consigue que su película acabe de funcionar y acaba sufriendo una crisis nerviosa que pone el rodaje en peligro.

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Una de las ideas en que más se incide en Irma Vep es la frágil situación del cine francés, con un componente de autocrítica nada desdeñable viniendo ni más ni menos que de un ex-Cahiers. La figura de René Vidal remite obviamente a los grandes directores de la Nouvelle Vague de los años 60, algo totalmente explícito al dar ese papel a Jean-Pierre Léaud, el gran rostro por excelencia de esa nueva ola cinematográfica. Pero ese viejo director no nos es mostrado con respeto y reverencia, sino como un hombre acabado, incapaz de hacer buenas películas, que ha quedado relegado a tener que desempeñar un remake para televisión.

Del mismo modo, en la entrevista que le realizan a Maggie Cheung, ésta dice admirar el cine de Vidal (aún cuando ha visto sus películas sin subtítulos) y el entrevistador acaba inesperadamente criticando duramente al director y, por ende, a todo el cine francés, al que acusa  de continuo ombliguismo. Según él, son películas hechas por y para intelectuales que no interesan a la mayoría del público, y en el fondo no le falta razón. Aunque Assayas no profundiza a fondo en esa idea, una de las reflexiones que me vienen al ver esa escena es recordar ese breve momento en que pareció que el público aceptó films como las de Nouvelle Vague convirtiéndolos en éxitos de taquilla. ¿En qué momento se perdió esa conexión con el público? O tal vez quizá nunca hubo tal conexión, sólo un momento fugaz en un contexto muy determinado. Ahora todo lo que queda de ese pasado mítico son figuras como el envejecido René Vidal incapaz de hacer buenas películas o esos dos antiguos cineastas que ven con cierto rubor sus películas tan politizadas de los 60.

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Irma Vep se propone por tanto dialogar con el pasado para hacerse preguntas sobre el presente, contraponiendo un serial folletinesco como Les Vampires junto a las películas de acción de Hong Kong. La gran pregunta que nos hacemos es la misma que se repiten todos los personajes (incluyendo el propio director): ¿qué sentido tiene rehacer Les Vampires en los años 90? Es más, ¿qué sentido tiene volver a grabarla en estilo mudo? ¿por qué repetir la misma película de la misma forma?

La obsesión de Vidal es capturar la magia del original, pero es una tarea imposible, ya que cada film es fruto de su contexto y de unas fórmulas narrativas y estéticas determinadas. Lo que hace tan especial Les Vampires no se puede reproducir en los años 90 sin caer en el ridículo, que es lo que descubrirá apesadumbrado al contemplar el material filmado durante el primer día de rodaje. Quizá su idea de utilizar a Maggie Cheung como protagonista fuera un vano intento de revitalizar y dar sentido a un serial adaptándolo a las fórmulas contemporáneas.

Nunca sabremos si esa idea fue un último arrebato de genialidad o una prueba de que ha perdido el norte. A favor de ese último argumento está el que nadie más entienda esa decisión de casting («¿por qué una china?«, repetirá lastimosamente el director encargado de sustituirle), eso sin olvidar que en la película con la que Vidal descubrió a Cheung su escena predilecta en realidad la había interpretado una doble. En todo caso, el planteamiento de un remake de Les Vampires incide bastante en la acusación de un cine que parece más empeñado en mirar hacia el pasado que al futuro.

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Otro aspecto a resaltar del film es que refleja a la perfección algo tan frustrante como no lograr que una película funcione. El trabajar las imágenes, dar indicaciones a los actores y seguir todas las pautas posibles para que la idea que el director tiene en la cabeza se traslade a la pantalla… y que el resultado sencillamente sea malo, provocando el colapso de Vidal.

Paradójicamente, la única escena en que parece que Maggie consigue transformarse en Irma Vep es en la escena en que se pone el traje en el hotel y se infiltra en una habitación para robar unas joyas. Es en esta escena cuando por fin la vemos moviéndose de la forma felina y misteriosa que René intentaba infructuosamente recrear. Es seguramente el momento en que la actriz china ha conseguido meterse del todo en el papel… hasta las últimas consecuencias, cometiendo un robo que en realidad no le interesa, porque luego lanza el botín a la calle.

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El último elemento que queda por reseñar es la relación entre Maggie y Zoe. A mí personalmente me resulta menos interesante en la teoría, pero a cambio está muy bien resuelto en gran parte gracias al buen hacer de las dos actrices, especialmente una memorable Natalie Richard. Paradójicamente la acabamos conociendo mejor a ella que a la protagonista, la reservada Maggie, demasiado agobiada al ser el elemento extraño del rodaje e intentando llevarse bien con todos los miembros del equipo (de hecho acaba siendo la única que se preocupa por René una vez sufre el colapso).

Tampoco me olvido del excelente trabajo de Assayas tras las cámaras, dotando a la película de una viveza que se agradece, con un montaje en que las escenas se suceden con ligereza, el uso frecuente de cámara al hombro y travellings para dar libertad a los actores consiguiendo una mayor sensación de espontaneidad (fíjense por ejemplo en la cena a la que acude Maggie). Y por supuesto, siempre está el componente extra de ver la evolución de un rodaje desde dentro, con sus fricciones, sus ensayos y la caótica producción. De hecho lo primero que se ve es el bullicioso despacho de producción, tan anárquico que nadie se ha acordado de ir a buscar a la estrella del film al aeropuerto, lo cual ya da una idea del papel que ocupa la pobre Maggie en medio de ese tinglado.

Y por supuesto, es de agradecer que Assayas se lo tome con humor, con detalles como el ensayo improvisado de los dos actores protagonistas utilizando un juguete con pitido a modo de arma o la ayudante de producción obsesionada en su odio a Zoe. Puede parecer simplemente un detalle menor, pero creo que es de resaltar como ejemplo de que en Francia también se hacen buenas películas de autor que sean reflexivas y, a su vez, puedan ser ligeras y con cierto humor.

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Mi Tío de América [Mon Oncle d’Amérique] (1980) de Alain Resnais

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Alain Resnais era sin duda uno de los cineastas más imaginativos y transgresores de los que se dieron a conocer en Francia a principios de los años 60. Y recalco lo de «imaginativo» porque siguiendo el transcurso de su filmografía uno nota una voluntad de no repetirse, de probar cosas nuevas y de no acabar convirtiéndose en una copia descolorida de sí mismo. Así pues, en las últimas décadas de su carrera sorprendió con un curioso giro hacia la comedia e incluso el musical (On Connaît la Chanson) o con propuestas tan curiosas como la de Smoking/No Smoking (1993) en que se muestra una misma historia y sus diferentes desenlaces en función de las decisiones que toman sus personajes.


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En Mi Tío de América (1980) Resnais decidió combinar sus inicios en el terreno del documental con un argumento de ficción. La idea era combinar algunos segmentos documentales en que un neurobiólogo (Henri Laborit) hablaba sobre los elementos que condicionan el comportamiento de los animales con las historias de tres personajes. En teoría, la explicación de Laborit permitiría entender la forma de proceder de los tres protagonistas, que se nos muestran como unas ratas de laboratorio a las que el guionista ha sometido a ciertas condiciones para comprobar su reacción.

Cada uno de ellos nos es presentado en paralelo con una minibiografía personal, mostrada de la misma forma sintetizada que si fueran objetos de estudio: su lugar de nacimiento, su relación con sus padres, su infancia… En primer lugar tenemos a René, hijo de granjeros, que trabaja como ejecutivo en una fábrica textil y se ve en la encrucijada de aceptar un puesto de dirección en otra sede que le separaría de su mujer e hijos. Jean es un burgués nacido en una pequeña isla que aspira a ascender como político y que tiene una aventura amorosa con Janine. Ésta es hija de una familia comprometida políticamente que decide abandonar su hogar para probar suerte en el teatro como actriz.

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Son tres argumentos de ficción que de por sí no tienen nada especial, pero que sirven a Laborit y Resnais como ejemplo de las circunstancias que condicionan el comportamiento humano. Uno de los mayores puntos a favor de la película es que en realidad son historias que desde el punto de vista cinematográfico podrían sostenerse por sí solas, y que de hecho no parece que su evolución busque expresamente coincidir con las teorías de Laborit. Al contrario, su desarrollo es el que uno esperaría de un drama y los comportamientos de sus personajes nos parecen normales, y eso es lo que buscaba Resnais: él no quiso desarrollar las historias teniendo en cuenta lo que diría el neurobiólogo, sino darles forma y luego mirar cómo encajaban dentro de esa explicación científica.

Es decir, no da la sensación de que las historias se fuercen adaptadas al discurso que van a acompañar. De hecho, una de las primeras ideas de Resnais fue elaborar todo el film a través de material ya existente de otras películas, puesto que estaba convencido de que en realidad la mayoría de argumentos existentes encajarían con ese discurso conductual. Afortunadamente se echó atrás, y lo que habría sido un interesante ensayo acabó siendo una gran película.

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Otro aspecto en que el director se muestra especialmente acertado es en no permitir que el discurso devore la ficción. Él sabe que lo que más le interesa al espectador son las tramas, y éstas ocupan el grueso del largometraje, dejando las explicaciones de Laborit como breves apariciones a lo largo del metraje.

Como complemento, también se van insertando a lo largo del film fragmentos de películas antiguas protagonizadas por Danielle Darrieux, Jean Gabin y Jean Marais que sirven para puntuar las emociones y reacciones de los protagonistas en momentos determinados. Dicho recurso encaja con el discurso que expone el film, ya que se tratan de los actores favoritos de los tres personajes y sin duda éstos han ejercido una fuerte influencia en ellos de forma más o menos consciente. Por ello, cuando se enfrentan a cierta situación es inevitable que estén condicionados por su admiración a esos actores clásicos, ya sea en su forma de reaccionar o de imaginar lo que están viviendo. Como cinéfilo me resulta especialmente conmovedora esta idea, que aunque no se profundiza en el discurso del neurobiólogo queda bastante bien enunciada: la forma como el cine nos influye aunque sea inconscientemente en nuestro día a día.

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Yo creo que lo que hace tan interesante el film es su pretensión de dar una explicación a ciertas conductas de los personajes con las que nosotros podemos sentirnos identificados por representar situaciones del día a día de la vida moderna: las difíciles relaciones sentimentales, sobre todo cuando hay un tercer implicado; la dificultad de compaginar la realización personal a nivel laboral y familiar, etc. En francés, se utiliza la figura de «un tío de América» para evocar el mito de un conocido que ha dejado su país para hacer fortuna en América y volver como alguien rico. A lo largo del film sólo se evoca esa imagen en un par de ocasiones, pero parece darnos a entender la idea de que cuando éstos personajes abandonaron su hogar enfrentándose a sus familias buscaban la prosperidad asociada con ese motivo.

En conclusión, Mi Tío de América puede tomarse como un curioso experimento entre realidad y ficción, que nos hace plantearnos el por qué de nuestras acciones a partir de una narración, o simplemente puede disfrutarse como película olvidando esos elementos relacionados con la neurobiología. El enfoque de Resnais permite que éstos no se hagan farragosos ni pedantes, sino como un complemento a tener en cuenta o no – otra cosa es si desde el punto de vista científico la teoría está bien formulada, pero este humilde Doctor no posee conocimientos de esta materia en concreto para poder juzgarlo.

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Tres Menos Dos [La Proie pour l’Ombre] (1961) de Alexandre Astruc

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Alexandre Astruc fue uno de los críticos y teóricos de cine más importantes surgidos en Francia después de la II Guerra Mundial, célebre sobre todo por haber acuñado el concepto «caméra-stylo» («cámara-bolígrafo»), que sostenía que el manejo de la cámara era similar al de un bolígrafo siendo utilizado por un escritor. Pero al margen de esa faceta más conocida, Astruc también probó suerte en la realización de films aunque con desigual suerte, ya que su carrera como director no ha conseguido la relevancia de otros críticos metidos a cineastas de sobras conocidos. Pese a que Tres Menos Dos no es su debut cinematográfico, su salida fue pareja al boom de las nuevas olas francesas, con las que compartía estilo e incluso, si se quiere rizar el rizo, temática, ya que el adulterio fue el tema principal de algunas de las primeras obras de estos realizadores – véase por ejemplo Los Amantes (1958) de Louis Malle o La Piel Dura (1964) de François Truffaut. En este caso dicha relación ilícita tiene como protagonista a Anna, una mujer burguesa quien, cansada de su matrimonio con Éric, se lanza en brazos del mucho más excitante Bruno.Proie pour l'ombre (2)

La clave de este triángulo no está tanto en el aspecto romántico del mismo como en lo que significa cada relación para Anna. Éric es un exitoso empresario que le ha facilitado a ella una galería de arte donde pueda trabajar exhibiendo cuadros, pero su actitud parece buscar más darle algo «con que entretenerla» que proporcionar un sincero apoyo a sus inquietudes. De hecho, en una cena de sociedad Éric no se corta ni un pelo a la hora de hacer público cómo va pagando cada mes los gastos de la galería de su mujer, para satisfacer lo que podría verse como un capricho. Anna por supuesto no soporta esa dependencia de su marido y anhela una mayor libertad. Eso es lo que cree encontrar en Bruno.

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Me gusta especialmente la escena con que se abre el film, en que Anna y Bruno se van a separar y ella intercambia con éste algunas frases corteses como despedida proponiéndole que le llame para cenar con su marido. Éste responde rudamente que ambos saben que no va a hacer nada de eso y la besa al instante, derribando esa barrera de decoro social.

Si bien el tema es interesante, no puedo evitar pensar que Astruc tampoco logra extraer de él todo el jugo que uno podría esperar y más siendo un tipo de argumento de sobras conocido por el espectador. A cambio, su sobria y elegante dirección entronca con el estilo de la época. Sus planos secuencia de hecho fluyen con tanta perfección que a veces uno no es consciente de que la cámara lleva varios minutos filmando sin interrupción.

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Esa apuesta por largos planos le sirve sobre todo para dar importancia a los escenarios en que se mueven los personajes, permitiéndoles moverse con libertad mientras la cámara va siguiéndoles en la distancia. Los edificios en ruinas, los apartamentos con muebles art-déco, el estudio de grabación o la casa rural acaban siendo indisociables del drama humano que tiene lugar ante ellos. En ese aspecto, creo que el film tiene vínculos clarísimos con el cine de Antonioni, tanto por la importancia del espacio como por la forma de tratar las relaciones entre unos personajes que no logran comunicarse entre sí.

Siendo bueno el resultado final, quizá a uno le queda la sensación de que Tres Menos Dos acaba siendo una obra mediana cuyo estilo y temática están demasiado vinculadas a otras películas de la época con las que acaba siendo inevitable hacer la comparación y que son claramente superiores.

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La Pointe Courte (1955) de Agnès Varda

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 El debut en la dirección cinematográfica de Agnès Varda es una de esas joyas que han quedado semiocultas y a las que uno se acerca más con curiosidad que con altas expectativas. No obstante, más allá de su innegable valor histórico, La Pointe Courte es un magnífico debut eclipsado por obras más conocidas de la realizadora como Cleo de 5 a 7 (1962) o directamente por el sonoro estrépito que provocó la Nouvelle Vague unos años después.

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El film combina libremente dos tramas que representan dos estéticas diferentes: por un lado está el retrato puramente neorrealista de la zona del suroeste de Francia a la que el título hace referencia y por otro la historia de un joven matrimonio que se encuentra allá para decidir si seguirán juntos o no.

Los episodios neorrealistas apenas tienen argumento y pese a que se intuyen ciertos conflictos (la policía o el niño enfermo) Varda los trata con un enfoque más libre, sin buscar una estructura concreta. En contraste, la historia de la pareja es más introspectiva. Mientras que los humildes pescadores nos parecen absolutamente genuinos, la pareja a cambio esboza diálogos demasiado profundos como para ser realistas, pronunciados además en un tono totalmente exento de emociones.

El contraste puede parecer extraño pero está claramente buscado a propósito y no solo funciona sino que es lo que hace que el film sea tan interesante, por moverse a medio terreno entre dos mundos y estéticas: el entorno rural y el urbano, los personajes sencillos con sus problemas cotidianos y el matrimonio ocioso que «hablan demasiado para ser felices», los pescadores interpretándose a sí mismos y los dos actores profesionales.

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Resulta sorprendente pensar que Varda apenas tenía una formación cinematográfica en la época en que realizó la película, de hecho sus referentes estaban más cercanos a la fotografía y el arte que al cine. Aún así, maneja la cámara con suma elegancia y destreza. Los primeros travellings que dan inicio al film resultan cautivadores por la forma de plasmar esas humildes casas de pescadores, penetrando en ellas con toda soltura pero al mismo tiempo sin dar la sensación de que sea algo artificial o planificado. Nótese por ejemplo cómo en varios de los planos algunos de los personajes (especialmente niños) miran a cámara, algo que la realizadora no se ha preocupado en ocultar para acentuar la sensación de documental.

La filmación de esas escenas más realistas rehuye cualquier sentimentalismo, como queda patente por la forma como se resuelve la historia del niño enfermo a nivel de montaje: un niño recibe una bofetada de su madre por hacer ruido ya que su hermano está enfermo, un plano del doctor en casa de la familia examinando al niño y, tras un corte, el niño en un ataúd y la madre a su lado guardando luto. Seguidamente la cámara se aleja hasta situarse en la calle y vemos a las vecinas chismosas acercarse a observar a la madre y la abuela lamentándose de su desgracia.
Igualmente la historia aparentemente sentimental del matrimonio en crisis es tratada con el mismo distanciamiento, como si lo que le importara a Varda no fuera la resolución del conflicto sino cómo ambos se funden en el paisaje a medida que se van reconciliando pese a ser dos «extraños» (aún cuando es el pueblo natal de él, la gente le trata ya como un parisino).

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La Pointe Courte se realizó con un presupuesto exiguo autofinanciado por la propia directora como pudo. Eso le permitió gozar de la total libertad que supone trabajar totalmente al margen de la industria, lo cual se nota en su resultado final. No parece una película que busque alinearse a ninguna tendencia ni contentar a nadie, sino que va por libre.

En su momento esa combinación tan curiosa de estética neorrealista junto a esos diálogos tan intelectuales fue toda una revelación y supuso uno de los más claros precedentes de la Nouvelle Vague. Aún así, Varda nunca participó activamente en el movimiento, como tampoco lo hizo otro de los nombres más importantes implicados en este film: el futuro director Alain Resnais, aquí desempeñando tareas de edición. No obstante, esta obra demuestra que su contribución a la cinematografía francesa de los años 50 y 60 es también fundamental.
Sin ser una de las obras emblema del cine francés de esa época, La Pointe Courte es no obstante una de mis favoritas personales.

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Las Últimas Vacaciones [Les Dernières Vacances] (1948) de Roger Leenhardt

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Si Roger Leenhardt tiene un puesto en la historia del cine es en gran parte por sus cortometrajes documentales realizados entre los años 30 y 60. No obstante, entre su extensa filmografía también hay algunas obras de ficción, incluyendo unos pocos largometrajes como Las Últimas Vacaciones, que fue su primera tentativa en en el terreno de la larga duración.

Para ello, decidió partir de una historia muy básica impregnada de nostalgia, en que un adolescente llamado Jacques recuerda sus últimas vacaciones de verano. Durante esos meses, Jacques ha estado habitando junto a su numerosa familia en una gran casa de campo que se han visto obligados a vender para la construcción de un hotel. Jacques y su prima Juliette (de la que está enamorado) se indignan ante la futura pérdida de esa casa familiar y deciden planificar algunas travesuras contra Pierre, el arquitecto que representa a la empresa que quiere comprar el terreno. Pero poco a poco, Juliette deja de lado esa faceta más infantil y se deja seducir por los coqueteos de Pierre, causando la desesperación de Jacques.

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La película se mueve claramente en dos terrenos: el salto de la adolescencia a la madurez y la pérdida de ese histórico patrimonio familiar. En ambos casos juega un papel muy importante el sentimiento de melancolía hacia un pasado que los personajes se ven obligados a dejar atrás: el símbolo de toda una genealogía familiar y las travesuras de juventud en caso de Pierre.

En lo que respecta a la gran casa familiar en que pasan las vacaciones, ésta representa no solo un próspero pasado burgués que ha quedado ya atrás sino una concepción tradicional de la familia que también ha quedado anticuada. La familia vista como una ilustre genealogía que queda simbolizada claramente en la presencia de los árboles genealógicos y en el emblema que aparece escrito en la pared principal: «Cresca», es decir, «que crezcan». Esa reunión veraniega acaba siendo pues un acto de nostalgia en sí mismo, en que se recuerdan tradiciones de antaño (los bailes que ejecutan) y se habla nostálgicamente del pasado.

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La subtrama de los dos adolescentes se mueve en el terreno de la entrada en la edad adulta, de esos dos adolescentes que al inicio de las vacaciones jugaban con los otros niños pequeños y al final acaban teniendo su primer conflicto amoroso. Su paso de querer boicotear la compra a arrepentirse de sus hazañas al saber la precaria situación económica en que se encuentra el padre de Juliette, quien necesita ese dinero para mantener a sus hijos.

No hay apenas grandes escenas dramáticas ni tampoco una idealización excesiva de este proceso de aprendizaje (en una escena de hecho vemos cómo Jacques, celoso al ver que no consigue la atención de Juliette, intenta forzarla torpemente para que le bese), aunque sí que Leenhardt le imprime a la historia cierto toque poético que le dota al film de un encanto especial.

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El Dinero [L’Argent] (1983) de Robert Bresson

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 En la que acabó siendo la última película de su carrera, Robert Bresson no cedió ni un ápice ni respecto a su estilo tan característico de dirección ni sobre su visión tan amarga del mundo. Al contrario, El Dinero es una de sus grandes obras en que toma el relato corto de Tolstoy El Cupón Falso para exponer otro retrato desencantado sobre el ser humano. Desembarazándose del existencialismo plomizo de El Diablo Probablemente (1977), Bresson planteó una historia que expone algo tan elemental como la codicia humana y la forma como ésta lleva a la perdición a varias personas.

Durante los primeros minutos de film no hay ningún protagonista claro salvo el propio dinero, que va pasando de unas manos a otras y se convierte en el motor de las acciones de varios personajes. Todo se inicia con un adolescente burgués que le pide a su padre su paga mensual y se queja de que le ha dado poco dinero, ya que debe abonar una deuda. El padre se niega, y el joven acude a un amigo suyo, que le enseña un billete falso de 500 francos que guarda celosamente. Juntos acuden a una tienda de fotografía y lo utilizan para comprar un marco y quedarse el cambio. Cuando el dueño de la tienda descubre que es falso, en vez de denunciarlo a la policía utiliza ése y otros billetes falsos que les habían colado previamente para pagar a Yvon, el suministrador de gasolina.
Éste es atrapado por la policía y, como el dueño de la tienda niega tajantemente haberle dado ningún billete, es acusado de falsificación y pierde su empleo. Sin dinero y teniendo que cuidar de su mujer y su hija pequeña, acepta un trabajo como conductor para una banda de atracadores, pero de nuevo es atrapado por la policía.

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En pocas películas cobra tanto sentido como en ésta el reconocible estilo de dirección de Bresson basado en la no interpretación. Los actores, como es habitual en su obra, son no profesionales que recitan sus diálogos sin ningún atisbo de emoción y que llevan a cabo sus acciones de forma fría y mecánica, casi parece que indiferente. De esta forma, se deshace del componente dramático que envuelve sus acciones y las deja expuestas de forma desnuda, en su mínima expresión. De esta forma hace más evidente la cadena causal que las vincula entre sí, evitando detenerse en los elementos emocionales que van unidos a cada una de ellas (lo cual no quiere decir que no los haya, pero prácticamente es como si Bresson prefiriera que el espectador los dedujera antes que exhibirlos explícitamente). La ausencia de una banda sonora que subraye las emociones de los personajes refuerza esa idea. De hecho, aunque se puede vincular con su película Pickpocket (1959) por su temática criminal, por la forma como se exponen las circunstancias de los personajes me viene más a la mente Al Azar de Baltasar (1966), en que narraba en paralelo la serie de episodios que padecían en paralelo una chica y un burro.

Este planteamiento queda expuesto en las escenas en que las funcionarias de la prisión examinan metódicamente el correo que llega a los reclusos. Una noticia tan dramática como la muerte de la hija de Yvon se exhibe al espectador mediante el texto de una carta, la cual es leída fríamente por la funcionaria y luego debidamente clasificada. De la misma forma, el hecho de que ella le ha abandonado se muestra mediante las numerosas cartas de Yvon que se acumulan en el montón de correo que no ha llegado a su destinatario y, posteriormente, por la carta en que ésta le anuncia su decisión. Un hecho tan dramático y decisivo es introducido en el film dentro de la fría y efectiva mecánica del sistema, que devuelve las cartas que no llegan a su destinatario y lee y clasifica la información tan personal que llega a Yvon.

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Toda esta cadena de situaciones expuestas de forma descarnada hace que el espectador se fije más en que todas estas desgracias se suceden a partir de un acontecimiento aparentemente inofensivo: un estudiante burgués que quiere más dinero del que le da su padre y paga con un billete falso un marco. Un simple capricho, una acción que para el joven no tiene significación alguna, es el propulsor de la caída en absoluta desgracia de otro hombre. Al final del film él no sufrirá ninguna consecuencia por su acto, y no obstante ha provocado que Yvon lo pierda todo. El relato original de Tolstoy se basaba directamente en esa idea, narrando una cadena causal sin un protagonista fijo en que se explicaba la caída en desgracia de varios personajes iniciada a partir de ese hecho insignificante, como una pieza de dominó que derriba todas las que hay a continuación. La gran diferencia de Bresson es que él enuncia esa cadena de acontecimientos pero se limita al caso de un solo protagonista, haciendo que éste desempeñe varias acciones que en la historia original llevaban a cabo varios personajes.

Para Bresson el dinero es el causante de todos los males que se suceden tras esa primera acción, ya que es lo que provoca que la gente saque lo peor de sí misma. Un joven burgués acomodado engaña a la dependienta de una tienda de fotografías, pero además el propio dueño de la tienda no dudará en colar el billete a un inocente trabajador y luego permitir que vaya a juicio a cargar con la culpa. Bajo esa fachada de respetabilidad, cuando el dinero entra en juego todos sacan la peor faceta de sí mismos. Yvon, inicialmente el único inocente, se ve arrastrado por esa marea de corrupción y va entrando paulatinamente en el mundo del crimen. Aunque al principio lo hace por necesidad (participa en el atraco para mantener a su familia), posteriormente, cuando lo ha perdido todo, simplemente se deja arrastrar cometiendo crímenes de los que luego no parece extraer ningún beneficio con el dinero robado. Cuando en la escena final, después de matar a casi toda la familia con un hacha, interroga a la anciana sobre dónde está el dinero, la pregunta se nos antoja casi absurda. El dinero ya no es la explicación de sus actos, simplemente la excusa para dejarse llevar por ese instinto criminal que la sociedad le ha hecho despertar.

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El estilo de realización de Bresson es más sintético que nunca en varios aspectos. En primer lugar por su duración: menos de hora y media (en general sus films no solían durar mucho más, lo cual encaja con su estilo tan cortante y directo). En segundo lugar por esa tendencia a rodar casi metonímica, filmando las partes por el todo, con numerosos planos de manos, pies o incluso espacios vacíos. No hay ni un plano ni un diálogo de más, todo se reduce a la mínima expresión y en ocasiones el director prefiere filmar un gesto concreto que a todo el actor. Finalmente, están sus magníficas elipsis. De nuevo, no hay ningún plano o escena de más y suprime a propósito las escenas más cercanas al suspense, como el atraco del banco o el primer asesinato (me gusta especialmente cómo resume este último, con un plano de sus manos limpiándose de sangre).

Como final de carrera, El Dinero es un cierre descorazonador. Bresson nos deja con un mundo en que los personajes se mueven por la avaricia (el dueño de la tienda de fotografías) o el orgullo (en el caso de Yvon por negarse a pedir que le readmitan en su anterior trabajo). Solo nos quedan unos pequeños atisbos de compasión en forma del empleado de la tienda de fotografías que siente remordimientos por haber declarado contra Yvon o la anciana que le acoge al final y vive una vida sumisa. En su último trabajo cinematográfico Bresson se reafirmó en su pesimismo mostrándonos un mundo hostil y sin esperanza.

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Como Liebre Acosada [La Course du Lièvre à travers les Champs] (1972) de René Clément

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René Clément fue uno de los grandes perjudicados por las teorías de autor que propugnaron en los años 50 los influyentes críticos de revistas como Cahiers du Cinéma, ya que fue señalado como ejemplo del cine francés que estos jóvenes pretendían derrocar. En realidad, lo de «perjudicado» es relativo, ya que Clément gozaba de reconocimiento tanto en Francia como en el extranjero y llegó a participar en algunas producciones de alto nivel; pero a día de hoy es uno de esos nombres que han acabado algo sepultados al olvido. Seguramente no sea uno de los más destacados realizadores de un país que, por otro lado, tiene un historial apabullante de cineastas inolvidables, pero eso no quita que fuera un buen director con unas cuantas obras dignas de interés. La más recordada ha sido Juegos Prohibidos (1952), con ese retrato tan acertado de la infancia en tiempos de guerra, pero hoy nos detendremos en una de sus últimas películas

Curiosamente, en los años 70 Clément decidió volcarse por completo en obras de suspense que además contaban con estrellas internacionales como Charles Bronson y Faye Dunaway. Como Liebre Acosada sigue esa misma pauta con un reparto encabezado por una estrella norteamericana (Robert Ryan) y otra francesa (Jean-Louis Trintignant).

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Después de un críptico prólogo en que vemos a un niño intentando unirse a un par de grupos callejeros que le dejan de lado, asistimos a un inicio realmente desconcertante por la poca información que se nos da. Un francés llega en tren a Montreal y es asaltado por unos gitanos, que le quieren matar por algo de lo que se supone que es culpable pero que no se nos especifica. El francés consigue escapar y tiene lugar una persecución que acaba desembocando en un edificio vacío donde éste se cuela y se topa, por accidente, con un asesinato. La víctima le confía una importante suma de dinero y seguidamente dos matones haciéndose pasar por policías le llevan consigo. Nuestro protagonista – que acaba siendo bautizado como Froggy, aunque luego sabremos que se llama Tony – acaba inesperadamente en una pequeña granja aislada del mundo por un lago, donde una serie de gángsters intentan sonsacarle dónde se encuentra el dinero hasta que, progresivamente, Froggy/Tony decide unirse a ellos.

Este alucinante inicio parece sacado de Con La Muerte En Los Talones (1959), otro film en que vemos a su protagonista huyendo de unos enemigos mientras se enfrenta a situaciones a cada cual más surrealistas. Si bien es cierto que el ritmo empieza a serenarse con la llegada a la granja, el film nunca abandonará ese tono, a ratos algo humorístico, a ratos simplemente extraño.

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De hecho la improbable pandilla de gángsters con la que Froggy/Tony se encuentra incluye a Mattone, un ex-boxeador que se comporta como un niño consentido y viste un ridículo jersey que casi parece infantil; Rizzio, un educadísimo y eficiente matón judío cuya especialidad parece ser noquear a gente con bolas de billar y que talla piezas de ajedrez en sus ratos libres; Pepper, una bella huérfana que resulta ser una experta tiradora y parece vivir inmersa en su mundo; Sugar, que ejerce un extraño papel de madre-cortesana para todos ellos mimándolos con sus pasteles; y el cabecilla, Charley, un veterano criminal que espera retirarse pronto.

Más que unos gángsters tradicionales, parecen unos niños jugando a ser gángsters, algo que se remarca en ocasiones como cuando juegan entre ellos después de comer, especialmente Mattone y Rizzio sonriendo inocentemente mientras intentan encestar papeles en una improvisada canasta. Por otro lado, Mattone se comporta claramente como un niño crecido: Charley le abofetea cuando se comporta mal, se queja de todo entre lloriqueos y se enfada creyendo que siempre la toman con él. Resulta conmovedor cómo al final de la película, cuando Mattone es herido por una bala, Charley le coge en brazos y le pide que le hable, después de pasarse toda la película insistiéndole en que se callara.

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Este estilo es lo que hace que la película sea tan única y especial. Los giros de guión, muy bien calibrados, no dejan de ser los típicos de un film de género (la forma como Froggy dosifica la verdad sobre su situación y ésta se va descubriendo, las luchas de poder entre los personajes, el triángulo amoroso, la amenaza exterior de los gitanos impidiéndole su huida, etc.); es el tratamiento de estos improbables gángsters y las situaciones que protagonizan lo que le da ese tono tan singular.

Siendo honestos, no siempre funciona y en conjunto creo que se trata de una película muy interesante pero también fallida, con algunos huecos de guión poco convincentes, incluyendo el golpe que están preparando, excesivamente enrevesado y sin mucho sentido. Del mismo modo el desenlace, que vuelve a evocar el inicio de la película con las canicas y la aparición del gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas, tampoco me parece del todo satisfactorio y evoca un simbolismo un tanto impostado.

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No obstante, aún no siendo una película redonda, sí que creo que a cambio es más que interesante y que funciona precisamente en aquello a lo que da más importancia: las relaciones entre los personajes y la forma como Froggy/Tony debe manejarlas, planificando cada movimiento como una jugada de ajedrez. Desde el principio se muestra amable con Sugar y pronto se vuelve receptivo a sus coqueteos, pero como ésta es supuestamente la amante de Charley dosifica sus avances con cuidado hasta que descubre que a éste último no le importa. El propio Charley es suficientemente astuto como para entender lo que hace Froggy/Tony y de hecho le felicita abiertamente cuando se gana a Sugar o Rizzio para su beneficio propio.

Otro de los puntos fuertes del film es su acertadísimo reparto. Jean-Louis Trintignant por supuesto no decepciona encarnando a ese protagonista amoral y aprovechado que sin embargo nos provoca cierta atracción. Sobre Robert Ryan no creo que haga falta decir nada, salvo que se trata uno de sus últimos papeles y que demuestra que hasta el final de su vida fue un actor mucho mejor de lo que se suele creer. Los instantes en que Charley nos hace sentir cierta misericordia por él funcionan gracias a Ryan, que sabe mantener su dureza pero dejando entrever ese poso de amargura a causa de su soledad.
El resto de nombres no son tan conocidos pero encajan perfectamente en sus roles: Aldo Ray como el ex-boxeador Mattone, Jean Gaven absolutamente encantador como Rizzio, Tisa Farrow (hermana de Mia Farrow) muy eficaz en un papel más pequeño pero inolvidable y, por supuesto, la italiana Lea Massari como Sugar.

Una película intrigante y muy peculiar.

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La Poison (1951) de Sacha Guitry

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La Poison tiene uno de los inicios más curiosos que recuerdo. Lo primero que vemos es al director y guionista del film, Sacha Guitry, reunido con el actor Michel Simon mientras le canta toda una serie de alabanzas sobre lo gran intérprete que es. Pero ojo, la cosa no se queda aquí, porque durante cinco minutos vemos cómo Guitry va felicitando a absolutamente todo el equipo remarcando lo buenos profesionales que son. La idea es curiosa y creo que se justifica aunque solo sea por el hecho de reivindicar no tanto a los actores como a los responsables que se encuentran tras las cámaras y que quedan demasiado fácilmente en el olvido.

Una vez finalizado este prólogo asistimos a una comedia negra situada en un pequeño pueblo que tiene como protagonista a Paul Braconnier, un hombre maduro que está harto de su esposa Blandine y que no sabe cómo deshacerse de ella (sentimiento que por cierto es mutuo). Una noche escucha en la radio la existencia de un prestigioso abogado, Maître Aubanel, que ha absuelto a cien acusados de homicidio, y decide visitarlo con fines poco ortodoxos.

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De entrada cabe decir que La Poison es uno de esos films que no puede entenderse sin su actor protagonista, en este caso el prestigioso actor Michel Simon (Boudu Salvado de las Aguas, L’Atalante, El Viejo y el Niño, etc.), para el cual Guitry escribió expresamente el guión. Simon consigue crear un personaje perfectamente creíble, ese hombre hastiado con cierto deje pueblerino pero no por ello carente de astucia. Sin necesidad de recurrir a la comicidad más evidente, su presencia en pantalla sustenta por completo el film – como curiosidad, el propio actor le pidió a Guitry que hicieran el mínimo posible de tomas repetidas para mantener la frescura de su interpretación, algo que creo que se nota.

El segundo gran atractivo del film es por supuesto su premisa tan deliciosamente macabra en que un matrimonio quiere asesinarse mutuamente. El momento en que el astuto Braconnier lleva a cabo su plan es una de las escenas más destacables de la película, acudiendo al abogado haciéndole creer que ya ha cometido el crimen y moldeándolo de forma que sea un asesinato que le consiga seguro el máximo de atenuantes.

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Pese a su apariencia de comedia ligera, La Poison también tiene algunos destellos críticos. Por ejemplo, esa sociedad rural tan bien retratada en la película que impide que Braconnier pueda divorciarse de su mujer y tenga que recurrir al crimen. Ese pueblo empobrecido que pide al cura un milagro para atraer curiosos y que acaba apoyando a Braconnier porque su crimen ha puesto la población en el mapa. O la defensa del propio Braconnier en el juicio, cuando decide ser directo evitando cualquier precaución y expone abiertamente sus cínicos argumentos de defensa.

En paralelo al juicio asistimos a los juegos de los niños del pueblo que se dedican a recrearlo. Curiosamente (o no tan curiosamente) ellos en su representación dan por hecho que Braconnier será ejecutado porque es lo más lógico y normal. A la práctica no es tan fácil, porque la hipócrita sociedad no siempre funciona con lógica. En todo caso, Guitry no juzga ni sermonea, simplemente expone esa extraña situación y deja que el espectador extraiga sus conclusiones.

Una película curiosa que quizá podría haber dado más juego en algunas de sus ideas pero eficaz no obstante.

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La Habitación Verde [La Chambre Verte] (1978) de François Truffaut

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Situada en un pequeño pueblo francés pocos años después de la I Guerra Mundial, La Habitación Verde tiene como protagonista a Julien Davenne, un periodista especializado en necrológicas que no ha logrado superar la muerte de su esposa Julie, que murió al poco de estar casados. Para mantener vivo su recuerdo, le ha dedicado una habitación verde de su casa con todas sus pertenencias y retratos, pero un incendio la destruye y le hace darse cuenta de que debe buscar un santuario más adecuado. Lo encontrará casualmente en el cementerio del pueblo, que contiene una vieja capilla en desuso que él pretende destinar a homenajear no sólo a Julie sino a todos sus seres queridos ya muertos. Mientras elabora ese plan conoce a Cecilia, una mujer que comparte su obsesión con la muerte y a la que confiará sus pensamientos más íntimos.

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No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que La Habitación Verde era una película  muy especial para François Truffaut. El estilo del film se escapaba al de la mayoría de su obra, y el tema era sin duda muy personal para él. Obviamente todos nos podemos sentir identificados con la premisa, puesto que el enfrentarse a la muerte es una problemática universal, pero aún así Truffaut estaba especialmente afectado por el tema. En aquella época había perdido ya a muchos conocidos, y su fanatismo por el cine tenía muchos puntos en común con la obsesión por el recuerdo y la preservación del pasado. Porque al fin y al cabo cuando vemos una película antigua en el fondo estamos viendo a personas que ya no existen, que ahora están muertas y reviven para nosotros mientras dura el film. Nuestros héroes pervivirán para siempre tal cual, al igual que el estilo y la temática de los grandes cineastas cuya obra ha sobrevivido a nuestros días.

Un gran amante del cine como Truffaut sin duda debía haber dado vueltas a esta idea durante muchos años, lo cual sumado a las experiencias que tuvo directamente con la muerte en esa época debieron llevarle a querer adaptar unos relatos de Henry James con cuyo contenido debía sentirse muy identificado – no creo que sea casual que su incursión en la ciencia ficción fuera adaptando Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, una distopía en que se quemaban libros, es decir, se destruía otra forma de preservar el pasado y el legado cultural.

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Y si aún podía haber dudas sobre hasta qué punto ésta era una película especialmente personal para él, Truffaut lo hizo aún más explícito escogiendo interpretar el papel protagonista y haciendo que las fotos que el protagonista cuelga en la vieja capilla dedicada a sus muertos sean de amigos de Truffaut o de personas que idolatraba: el autor del relato Henry James, Oscar Wilde, Oskar Werner, Jeanne Moreau, Jean Cocteau, Marcel Proust, etc. Aún así, resulta extraño que no hubiera ninguna de su mentor y segundo padre, el crítico André Bazin, o al menos yo no la he reconocido.

No obstante, yo creo que La Habitación Verde es de esas obras que sobresale mucho más en las ideas que en su forma de exponerlas. Pese a que trata un tema especialmente profundo y personal, tengo la impresión de que la labor de Truffaut tras la cámara no está a la altura de su propuesta y que el propio guión a veces pierde un poco el norte (por ejemplo, las escenas en que participa con el niño mudo no me convencen y creo que aportan poco al film). Eso sin mencionar que el propio trabajo de Truffaut como actor deja de manifiesto sus limitadas dotes interpretativas. En El Pequeño Salvaje (1970) sí que veo justificado su papel porque creo que su personalidad encajaba muy bien con la del paciente tutor del pequeño, y por supuesto en La Noche Americana (1973) su presencia entra dentro del juego cinematográfico de la película. En este caso, entiendo el por qué se reservó ese papel al ser un film tan personal, pero creo que su hieratismo y sus limitaciones quedan demasiado en evidencia al encarnar a un personaje tan complejo.

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A cambio, todas las reflexiones que aporta sobre la muerte son más que acertadas y creo que es uno de los films que mejor ha sabido encarar el dilema sobre cómo encarar la pérdida de un ser querido: ¿debemos seguir llorando la imagen de alguien fallecido durante toda nuestra vida para que perdure su recuerdo o más bien deberíamos seguir adelante? Cuando su mejor amigo, que lloraba ante la imagen de su esposa fallecida, aparece al poco tiempo felizmente casado, Julien se siente traicionado y le odia instantáneamente. Concibe eso como una traición, y por ello argumenta que se ha cansado de vivir en una sociedad basada en seguir adelante a toda costa. Es por ese motivo que ha escogido quedarse atrás expresamente como espectador.

Su relación con Cecilia está condenada desde el inicio al estar cimentada sobre la muerte más que sobre la vida, algo que se refleja en el hecho de cederla a ella el «honor» de cuidar su capilla, favor que por otro lado le pide en una escena que por su forma parecería una declaración de amor (y en cierto modo lo es).

Se trata de una película más melancólica que lúgubre, sensación fomentada por la fotografía del genial Néstor Almendros que en ocasiones utiliza únicamente luz de velas para iluminar algunas escenas. Y seguramente por ello acabó siendo el mayor fracaso de taquilla de la carrera de Truffaut. Era una obra demasiado personal y que ahondaba demasiado en un tema que nunca ha sido especialmente del agrado del gran público. Pero aunque no sea una de sus mejores películas, creo que a nivel de contenido es una de las más profundas de su carrera y que como mínimo consigue su propósito de hacernos reflexionar sobre la muerte y la importancia del recuerdo.

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Día De Fiesta [Jour De Fête] (1949) de Jacques Tati

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La filmografía de Jacques Tati es inusualmente corta pero bien aprovechada. Ya en su primer largometraje se hacen patente sus marcas personales y su particular forma de entender el cine, aún cuando por entonces no podía saber si un filme de ese estilo gustaría al público. De hecho, Día de Fiesta (1949) estuvo a punto de no ser estrenada porque ningún distribuidor se atrevía a difundir lo que consideraban un material muy poco atractivo. ¿Cómo iba a sentir interés el público por una comedia sin apenas argumento, con poquísimos diálogos y basada en humor de mimo o slapstick?

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La base de la película es un cortometraje que protagonizó Tati años atrás en que encarnaba a un cartero que aprendía técnicas para aprender a repartir el correo con mayor eficacia y rapidez. Pero lo maravilloso de este proyecto es comprobar cómo, a partir de esa premisa, Tati se sacó de la manga un largometraje tan encantador y especial que denotaba una visión muy particular sobre la forma de hacer cine. Porque aunque esta premisa es lo más parecido que tiene Día de Fiesta a un argumento, la realidad es que eso solo explica una parte del filme. Tati va más allá y divide sus esfuerzos  en crear gags con su personaje de François, el cartero, al mismo tiempo que hace un retrato divertido y entrañable de la Francia rural.

De hecho François tarda bastante en aparecer en la película, y durante todo el metraje sus escenas comparten protagonismo con otras que crean humor a partir de hechos cotidianos: el barman que no quiere que nadie se siente en las sillas por estar recién barnizadas, el feriante que intenta seducir a una pueblerina ante la mirada furiosa de su mujer, la vecina que se recrea vaciando un recipiente con agua para curiosear sobre lo que sucede en la calle… El humor de Tati en general siempre se ha basado en la observación de la realidad y su recreación de forma cómica. Sus películas evitan conflictos fuertes que den pie a gags gigantescos y descabellados, y en su lugar opta por el humor de lo cotidiano, de esos pequeños detalles que adquieren valor cuando la cámara se centra en ellos.

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Es por eso que el cine de Tati tiene tantos defensores como detractores, ya que hay que coger el punto a este tipo de humor tan particular, lleno de silencios y momentos aparentemente muertos. Por otro lado, todas sus películas están plagadas de pequeños detalles y de gags tan sutiles que no se perciben hasta dedicarle unos cuantos revisionados. Es como si Tati quisiera practicar una forma de humor tan pura que le diera reparo enfatizar los gags para que el espectador los perciba. En Día de Fiesta hay algunos de esos detalles sutiles como el romance entre el feriante y la chica que se enfatiza con la banda sonora de una película romántica de Hollywood que se escucha de fondo, como si estuviera parodiando las acarameladas escenas de amor del cine. O los ocupantes del bar sentados en cajas o macetas porque las sillas siguen sin secarse. Tati podría enfatizarlos con un primer plano de los parroquianos sentados incómodamente en esas improvisadas sillas, o con un montaje paralelo entre la película que se proyecta y las miradas del feriante y la chica del pueblo, pero eso no es su estilo, prefiere el papel de observador distanciado de la realidad.

La película por otro lado tiene la particularidad de ser el único largometraje de su carrera – si no contamos su último filme, Parade (1974), que fue un proyecto para la televisión – en que Tati no interpreta a su famoso personaje Monsieur Hulot. Por tanto, tiene el aliciente extra de ver a Tati encarnando a un personaje muy diferente de Hulot, en este caso un cartero torpe y orgulloso que es objeto de burlas sin ser consciente de ello. Tati, que tenía sobrada experiencia en el music-hall como mimo, sabe dotar al personaje de pequeños gestos y detalles que le dan vida, haciendo que el espectador reconozca ese prototipo de personaje que pretende recrear: la forma tan cómica de intentar explicar a todo el mundo cómo ayudó a alzar un poste sin que nadie le haga caso, su intento de conservar la dignidad ante todos los reveses del destino, el orgullo que le lleva a querer equipararse a los carteros americanos, etc.

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El resultado final es una obra rebosante de encanto, que muestra ya el estilo personal que haría célebre a su responsable y que mantiene esa autenticidad utilizando a pueblerinos reales interpretándose a sí mismos. No hay que olvidar que, aparte de ser un retrato muy fiel de la Francia rural, en Día de Fiesta subyace una crítica a la americanización que estaba sufriendo el país por entonces, ya que lo que impulsa a François a intentar agilizar su reparto de cartas es el querer equipararse a los americanos. Cuando la anciana le recoge del río le da un consejo que es lo más cercano a una moraleja que veremos en el filme (y, ya de paso, en todo el cine de Tati): dejar a los americanos que ellos hagan lo que quieran y que él siga haciendo su trabajo como hasta entonces. Es decir, informalmente, dando las cartas a las personas equivocadas y dejando al final su cartera a un niño para que haga éste el reparto y así pararse a ayudar a los campesinos en el campo.

Esta Francia algo idealizada que estaba desapareciendo volvería a irrumpir de otra forma en la que sería su mayor obra maestra y su película más célebre, Mi Tío (1958). Pero antes de llegar a dicha obra, su primera película cosechó un inesperado éxito que catapultó a Tati definitivamente al mundo del cine dejando de lado el music-hall. Daba inicio una carrera muy breve pero interesantísima e inédita dentro del marco del cine francés.

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