Mes: abril 2009

Nacida Ayer [Born Yesterday] (1950) de George Cukor

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Divertida comedia dirigida por un maestro del género como era George Cukor. Basada en una exitosa obra de Broadway, el film recrea de nuevo el mito de Pigmalión contándonos como un periodista lleno de ideales llamado Paul Verrall es contratado por Harry Brock, un pez gordo de la mafia, para dar una buena educación a su amante Billie Dawn, una ex-corista algo tonta aunque de buen corazón. El motivo de este trato es que Brock está en Washington intentando conseguir los favores de un congresista, pero para ello necesita codearse con importantes personalidades del gobierno y su amante carece de los modales necesarios para moverse en reuniones de alta sociedad.

Se trata sin duda, una de las comedias más eficaces de Cukor, sustentada por un guión impecable, su trabajo como director (especialmente la dirección de actores, su mayor punto fuerte) y un sólido reparto. Del trío protagonista destaca con luz propia Judy Holliday interpretando a la ingenua amante de Harry, papel que le valió de un merecido Oscar. La actriz encarna a la perfección ese tipo de personaje siendo graciosa y creíble al mismo tiempo, consiguiendo que la mayoría de los mejores momentos cómicos nazcan de ella (no debemos olvidar que también era la protagonista de la versión teatral de la obra). Los otros dos papeles son encarnados a su vez por dos veteranos infalibles: el periodista es interpretado por William Holden y el mafioso es Broderick Crawford, a quien muchos recordamos especialmente por El Político (1949).

El conflicto del film llegará cuando descubramos que lo que Harry Brock entiende por educación es bastante distinto a lo que piensa Paul: Harry en realidad quiere que Billie siga siendo igual de tonta pero con modales para saber moverse en sociedad, Paul en cambio la educará en valores como la democracia, la igualdad y respeto entre seres humanos. Eso hará que Billie sea consciente de su situación y la de su amante y quiera romper con ese mundo.

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Aunque es tratado de forma muy superficial, durante el film surge brevemente el tema de la corrupción mediante el congresista que está siendo comprado por Harry. Dicho conflicto tiene su momento cumbre en esa maravillosa escena en que la ingenua Billie interroga a solas al político preguntando cómo puede ser que su amante sea capaz de tratarle así a él, que representa a miles de electores. Sin darse cuenta, con su ingenuidad está echando en cara al apesadumbrado congresista su corrupción. Curiosamente, aunque el tema no se profundiza y se zanja en la mayoría de escenas con frases que no dejan de recordarnos lo maravilloso que es el sistema americano, en su momento trajo controversias porque se dijo que ponía en duda el sistema político (recordemos que fue estrenada en el momento cumbre de la paranoia anticomunista y la caza de brujas en Hollywood, cualquiera que cuestionara mínimamente lo perfecto que era el gobierno americano era un sospechoso de comunista en potencia).
También pondrá Billie en evidencia a su mentor Paul sin darse cuenta cuando esté le explica el artículo que ella ha intentado leer en el periódico («Es lo más maravilloso que he leído nunca. No he entendido ni una palabra«), y ella le responde que por qué simplemente no lo escribió con las mismas palabras que ha usado para aclararle su significado. ¿Qué necesidad hay de utilizar una prosa compleja pudiendo llegar a todo el mundo con un lenguaje sencillo?

De la dirección de Cukor me gustaría destacar algunos aspectos como la maravillosa escena en que Billie y Harry juegan a cartas (la única cosa que hacen juntos como pareja en todo el film), rodada en un larguísimo plano estático con abundantes silencios pero lleno de detalles deliciosos como Billie fumando en una elegante boquilla y apagando el cigarro en un cenicero… con la boquilla incluida. También hay detalles sutiles muy bien buscados como cuando el congresista le hace una pregunta y ella en lugar de responder se queda titubeando. La cámara entonces encuadra brevemente el diccionario que tiene al lado dándonos a entender que lo que sucede es que no ha entendido la pregunta y está deseando consultar su significado. En definitiva pequeñas sutilezas que enriquecen más el film y lo hacen más disfrutable.

Todos estos elementos junto a un reparto en estado de gracia hacen de Nacida Ayer una memorable y divertida comedia clásica imprescindible para fans del género.

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Éxtasis [Ekstase] (1933) de Gustav Machatý

Extasis

Queridos lectores, la reseña que este Doctor escribió en un ya lejano 2009 ha quedado desfasada y tras un nuevo revisionado he decidido sustituirla por otra que creo que le hace más justicia a la película.

Una Jornada Particular [Una Giornata Particolare] (1977) de Ettore Scola

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Roma, 1938. Benito Mussolini recibe por todo lo alto a su aliado Adolf Hitler, y con motivo de la ocasión, se organizan toda una serie de desfiles públicos a los que acude gran parte de la población. Antonietta (Sofia Loren) es la madre de una típica familia de clase obrera que prepara a sus seis hijos y a su marido para que acudan al acontecimiento, pero ella debe quedarse realizando sus tareas de ama de casa. Por accidente, acaba conociendo a su misterioso vecino de enfrente, Gabriele (Marcello Mastroianni), un hombre inquietante pero amable que dice trabajar como locutor de radio. En realidad acaba de ser despedido por sus «tendencias depravadas» (en otras palabras, homosexualidad) y ha estado a punto de suicidarse hasta que apareció súbitamente su vecina.

La película se centra en la evolución de la relación entre los dos personajes a lo largo de todo el día en que se produce el famoso desfile. Todo el escenario en que sucede la historia es el bloque de pisos donde viven y se encuentran solos junto a una cotilla portera que advierte a Antonietta de que ese tal Gabriele es una mala influencia. No hay bellas melodías de amor, la única banda sonora que acompaña a los personajes es la omnipresente radio de la portera hablando sobre el pomposo desfile, como si ese acontecimiento y todo lo que ello representa estuviera sobre ellos constantemente.

Ambos son desgraciados en gran parte por culpa de ese tipo de gobierno que ha seducido al resto de personas: él es un homosexual y por tanto un marginal, ella es una ama de casa que por tanto se ve obligada a soportar las continuas infidelidades de su marido y a llevar una patética vida limpiando habitaciones y cocinando. Ambos están atrapados a su manera.
Sin embargo, la primera reacción de Antonietta al conocer la homosexualidad de Gabriele es rechazarle porque de hecho ella es una fascista convencida. Es otra de esas miles de personas que creía en el Duce (es curioso que las únicas actividades creativas que lleve a cabo estén relacionadas con su adoración a Mussolini: los recortes de prensa y su retrato hecho con botones), pero a partir de la atracción y fascinación que sentirá por ese desconocido se dará cuenta de sus prejuicios.

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Resulta curioso el contraste entre un acontecimiento de tanta magnitud e importancia histórica, el encuentro entre Hitler y Mussolini, y un hecho tan pequeño y supuestamente insignificante como el encuentro entre estos dos personajes.  Una jornada particular no es una historia de amor, es una historia de desolación, de desesperanza. No hay lucha, simplemente dos personas que se encuentran en las mismas circunstancias y que se consuelan mutuamente. Pese a que su encuentro amoroso está presentado con un erotismo y una delicadeza excelentes, no es tanto la consumación de un enamoramiento (no cabe olvidar que él es homosexual) como la de una frustración, la de sentirse solos y no queridos.

Sofia Loren y Marcello Mastroianni están formidables llevando gran parte del peso de la película (la mayor parte del metraje está compuesta únicamente por conversaciones entre ellos dos) y dando forma a personajes totalmente diferentes a los que nos tienen acostumbrados: Marcello, el seductor galán, aquí es un homosexual que durante su breve encuentro amoroso adquiere una actitud pasiva y casi temerosa; la normalmente glamourosa y seductora Sofia aquí es una frustrada ama de casa, con un rostro desgastado y una mirada cansada que nos dan a entender que es una flor marchita y sin esperanza. Estas dos actuaciones acompañadas de una sutil pero muy efectiva dirección de Ettore Scola acaban de conformar un memorable film.

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Gran Torino (2008) de Clint Eastwood

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Anunciada como la última película en la que el cineasta aparecería como actor, Gran Torino se trata de la mejor obra que ha facturado el veterano cineasta Clint Eastwood en este siglo junto a la imprescindible Mystic River (2003).

Aquí encarna a Walt Kowalski, un anciano veterano de la Guerra de Corea que, tras la muerte de su esposa, se encuentra solo en un mundo que él no entiende (¿o un mundo que tampoco le entiende a él?). Sus hijos nunca se han llevado demasiado bien con el anciano y su trato con ellos es frío e impersonal, desprecia al joven sacerdote de la parroquia que intenta serle de ayuda y convencerle para que se confiese y, lo peor de todo, su barrio está plagado de emigrantes a los que odia, especialmente asiáticos de origen Hmong. Sin embargo, con el tiempo (y al principio, contra su voluntad) acabará entablando una relación amistosa con su joven vecino Thao después de haberle defendido a él y su familia de sus primos, un grupo de matones que intentan que Thao pase a formar parte de su banda.

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La historia no es nueva para Eastwood, ya vimos en films como El Aventurero de Medianoche (1982) o Un Mundo Perfecto (1993) a un duro personaje que acaba entablando una relación paternofilial con un niño en problemas o necesitado de un modelo adulto a seguir. En Gran Torino, la historia se repite aunque en este caso el personaje paterno, Kowalski, no sólo es reticente a esa relación sino que al inicio del film desprecia a Thao. Aquí es donde entra el gran McGuffin del film: el Gran Torino, el hermoso coche de Kowalski que Thao intenta robar obligado por sus primos. A lo largo de la película vemos cómo Kowalski pasa de odiarle al tenerle por un ladrón de poca monta a cogerle aprecio e incluso llegar a cederle su amado Gran Torino, la mayor muestra de afecto que podemos esperar de él.

La forma como se nos muestra la evolución de su difícil relación está muy bien llevada por parte del guionista Nick Schenk, mostrando poco a poco los momentos clave que hacen que el racista y anticuado Kowalski pueda coger cariño a Thao (“Tengo más en común con estos amarillos que con mi maleducada familia”), todo ello gracias a la mediación de Sue, la hermana de Thao. Después de ayudarla cuando unos delincuentes la acosan (acto que lleva a cabo motivado más por un odio a la delincuencia juvenil que por sentir algún interés hacia los Hmong) acabará cogiendo aprecio a la joven al encontrarse por primera vez con una persona que parece inteligente, sabe devolverle sus insultos y además no parece temerle. Esto le llevará a relacionarse más adelante con Thao hasta el punto de convertirle en el hijo que echa en falta: le enseña a “hablar como un hombre” en la escena de la peluquería y hasta le proporciona su primer trabajo. En algunos aspectos seguramente es demasiado tópico en lo que respecta la evolución en la personalidad de Thao, como por ejemplo su relación con esa chica Hmong a la que finalmente se atreve a pedir una cita, pero en general es bastante creíble pese a lo difícil de la premisa inicial.

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Sin embargo, el gran tema del film no es sólo la relación entre dos polos supuestamente opuestos, un norteamericano racista excombatiente de Vietnam “adoptando” un joven y confundido Hmong, sino la violencia. Eastwood ha expresado muchas veces su rechazo hacia cualquier forma de violencia, y en Gran Torino vuelve a mostrarnos claramente su posición al respecto.

Si con Sin Perdón (1992) Clint Eastwood creaba el canto del cisne definitivo del western al mismo tiempo que daba otra dimensión al género condenando la violencia que él mismo empleaba años atrás, en Gran Torino sigue una estrategia muy similar. Como en Sin Perdón, el protagonista de esta película viene a representar el tipo de personaje que ha encarnado tantas veces a lo largo de su carrera y al que tanto se le suele asociar, es decir, todos los hombres duros al estilo Harry el Sucio o el Sargento de Hierro (y debo decir que siempre es un placer volver a ver a Clint encarnando este tipo de personajes). La visión que parece tener de ellos resulta bastante descorazonadora: esos hombres antaño imbatibles, duros e implacables ahora se nos presentan en forma de un personaje perdido, anticuado y fuera de su tiempo. Kowalski ya no es esa figura todopoderosa que encarnaba Eastwood en sus otras películas, sigue siendo un hombre duro que sigue teniendo una fuerte presencia pero ya no es imbatible y, sobre todo, no sabe desenvolverse en estos nuevos tiempos.
A lo largo del film se nos va mostrando algo que el padre Janovich resume a la perfección cuando dice que Kowalski parece saber más sobre la muerte que sobre la vida. Ese héroe de la Guerra de Corea no es el hombre duro que vimos en otras películas de Clint Eastwood que disparaba sin inmutarse, sino que en su vejez parece sentirse atormentado por su pasado.

Todo esto resulta decisivo en el segmento final cuando la familia de Thao es brutalmente atacada por la banda de delincuentes Hmong. Esto nos demuestra que el punto crucial del film no es el racismo (la familia de Thao se ve amenazada por unos delincuentes de su misma raza e incluso de la misma familia), y que Clint huye de los tópicos de blancos malos y asiáticos/negros buenos. Simplemente los Thao son una humilde familia que quiere vivir en paz y nunca podrá hacerlo. Sin embargo, la primera vez que intentó solucionar el problema mediante la violencia pegando una paliza a uno de los delincuentes no consiguió otra cosa que más violencia, ¿qué hacer entonces? La solución de este dilema es una de las claves del film: Kowalski descubre que no tiene sentido luchar usando más violencia, entre otras cosas porque arrastraría consigo al joven e inocente Thao, y lo último que quiere hacer es convertirle en alguien como él. Si además añadimos la circunstancia de que el personaje que ha hecho este descubrimiento sea encarnado por Clint Eastwood con todas las asociaciones que ello conlleva (sus personajes de hombres duros) podríamos leer esto como una reflexión final sobre que tras una carrera siendo un hombre de los que dispara antes de preguntar, en la madurez uno se da cuenta de que tanta violencia no conduce a nada.

El camino que emprenderá Kowalski será consecuencia de esta reflexión sobre la violencia. En estos tiempos el hombre más duro y valiente no es el que mata a más gente o dispara más rápido, sino el que sabe morir noblemente. Así pues, mientras que el antiguo Clint Eastwood habría emprendido una brutal y sangrienta venganza, aquí decide tomar otro camino completamente distinto, morir por una buena causa. Para ello acude a casa de la banda de matones y les amenaza desde la calle como si se tratara de un viejo duelo del Oeste (de nuevo tenemos el gran duelo final de Clint contra los malos). Pero por primera y única vez en su carrera, Clint no desenfunda el más rápido. De hecho ni llega a desenfundar, no va armado sabiendo que así podrán detener a la banda tras haberle matado.

Gran Torino es el fin del personaje de hombre duro de Clint Eastwood. Pero lo importante es que muere porque decide que no tiene sentido seguir disparando y prefiere morir acribillado (de hecho en toda la película sólo dispara un arma una vez, y lo hace por accidente). La última lección que nos dará este hombre duro en la pantalla es que los más valientes no son los que disparan y matan, sino los que no emplean la violencia y se sacrifican por otras personas. Sinceramente, no se me ocurre una mejor despedida que ésta para la carrera de Clint Eastwood como actor.

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Una Historia de Amor [En Kärleks Historia] (1970) de Roy Andersson

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El exitoso debut del director sueco Roy Andersson fue este film en que retrataba la tierna historia de amor entre dos adolescentes, Annika y Per. Pese a que la premisa pueda dar pie para un film ñoño y azucarado, la mirada de Andersson hace que el resultado sea más que interesante. En primer lugar, consigue retratarnos con gran sensibilidad la pureza y el encanto que supone vivir una relación amorosa por primera vez, pero al mismo tiempo lo hace sin caer en tópicos ni idealizando los personajes o situaciones. Tanto Annika como Per se comportan estúpidamente en más de una ocasión (o eso nos parece desde nuestros ojos de adulto) y además dicho comportamiento es mostrado con bastante sentido del humor aunque sin burlarse de los personajes. Un ejemplo típico es cuando cada uno pide a un amigo que haga de «mensajero» para decir al otro lo que no se atreven a decir cara a cara.

Sin embargo Andersson no profundiza mucho en los momentos clave de su relación ni se regodea en ese romanticismo. De hecho en muchas ocasiones opta por cortar drásticamente la escena y pasar a continuación a otra totalmente diferente, como cuando ambos se reconcilian después de su primera pelea y se pasa enseguida a una discusión familiar de los padres de Annika. Incluso las mismas escenas en sí huyen de toda idealización romántica, como ese primer beso que es ahogado por el ruido de un ensordecedor tren.
Andersson se centra en cambio en los momentos que parecen más insignificantes, parece interesarle más esas escenas en que se les ve haciendo acciones cotidianas que aparentemente no tienen trascendencia, como cuando tontean con la grabadora del padre de Annika mientras devoran unos bocadillos.
Es esta mirada la que hace de Una Historia de Amor un bonito film bien llevado que demuestra que se puede contar una historia tan sencilla como ésta sin caer en sensiblería barata. Nunca se dicen que se quieren pero uno lo siente por cómo interactúan y disfrutan juntos, ahí reside el acierto de Andersson, el de mostrarnos esa relación sin necesidad de subrayar el romanticismo.

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El otro gran acierto del film es la comparación entre el mundo joven y el mundo adulto. Todos los adultos parecen amargados e insatisfechos comenzando por el abuelo de Per, que no puede evitar llorar porque no soporta este mundo. En comparación con la joven pareja, los padres de Annika y, sobre todo, Per resultan patéticos y aburridos. Los padres de ella discuten a menudo y resulta obvio que son profundamente infelices, los de él parecen avenirse bien pero han caído en la rutina de la edad adulta. Uno no puede evitar deprimirse al pensar que esa joven pareja tan feliz en el futuro seguramente se acabará convirtiendo en alguien como sus padres.

En el último tramo, Andersson parece olvidar a sus jóvenes protagonistas y se centra por completo (quizás de forma demasiado brusca) en los adultos en el contexto de una fiesta en la que ambas familias se conocen. Aquí el film cambia completamente de tono y a veces parece haberse convertido en una especie de comedia cruel, sobre todo cuando al final, John, el padre de Annika, desaparece en el bosque enfadado y amargado. Al encontrar su gorro en el lago, el resto de invitados creen que pueda estar ahogado y todos inician la desesperada búsqueda mientras su mujer chilla patéticamente por el hombre que unos minutos atrás parecía odiar tanto. Mientras tanto, John permanece impertérrito en medio del bosque escuchando los gritos y hasta ayudándoles a hacer las tareas de búsqueda sin que éstos se den cuenta de que él está entre ellos, aumentando aún más el absurdo de la situación.

Cuando John es descubierto y vuelven todos a casa en silencio con actitud cabizbaja por lo sucedido, aparecen Per y Annika jugueteando completamente ajenos a todo lo sucedido. El contraste no podía ser más obvio: el patetismo de los adultos contrastado con la felicidad y pureza de ese primer romance.

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El Séptimo Cielo [Seventh Heaven] (1927) de Frank Borzage

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Chico es un joven que trabaja en las alcantarillas de París soñando con salir un día a la superficie con un empleo como el de barrendero. Paralelamente, Diane es una joven que vive en los bajos fondos con una hermana que la esclaviza y que intentará matarla cuando, por su culpa, pierden la oportunidad de ser acogidos por sus ricos tíos. En medio de esa trifulca, Chico le salva la vida a Diane y, para evitar que la policía la arreste, testifica a su favor diciendo que es su mujer. Después de eso, acogerá a la joven de manera temporal hasta que la policía compruebe la veracidad de su declaración.

El Séptimo Cielo es un melodrama clásico que sigue todos los esquemas y convenciones de la novela de folletín: la joven bella y virginal que es todo pureza, la hermana malísima y cruel, el héroe apuesto y valiente, el destino implacable que les pondrá miles de obstáculos para intentar separarles en vano, etc. Siendo el argumento tan hartamente previsible, la importancia del film radica por tanto no en lo que se cuenta sino en la forma cómo nos es presentado este melodrama «bigger than life».

La realización de Frank Borzage es lo mejor de esta obra, con una puesta en escena impecable que se beneficia de un buen uso de los decorados y los juegos de luces y sombras. A destacar el largo plano en que se nos presenta el edificio donde vivirán los protagonistas: mientras ellos van subiendo de piso a piso la cámara les va siguiendo sin hacer ningún corte hasta llegar a la séptima planta, enfatizando aún más la distancia a la que se encuentran. Tal y como dice Chico, de día trabaja bajo tierra en las alcantarillas y de noche está en cambio más cerca de las estrellas que nadie.

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El punto débil que le encuentro al film es el ritmo con el que se cuenta la historia. Se recrea demasiado en el planteamiento, en el momento en que los dos personajes se conocen y él empieza a trabajar de barrendero, para luego profundizar muy poco en la evolución de su relación. Sabemos que ella está enamorada de él pero no vemos un progreso paulatino en los sentimientos de él hacia ella, que repentinamente acaba pidiéndole en matrimonio sin que tuviéramos indicios de que la correspondía. Del mismo modo, las escenas bélicas están excelentemente dirigidas pero se me antojan un tanto gratuitas y que se desvían en exceso la historia principal.

Toda esta trama da pie a dos subtemas que van relacionados con el principal. El primero, que no me convence demasiado, es el de la fe en Dios. Chico se considera ateo porque Dios no consigue ayudarle dándole un buen empleo y una mujer. Al final, cuando consigue ambos deseos, acaba creyendo por fin en el Bon Dieu. Del mismo modo, Diane se hunde cuando sabe de la muerte de Chico y arremete contra Dios por haber estado años esperando y confiando en él, hasta que finalmente Chico atraviesa la puerta y se funden en un abrazo iluminado por un rayo de luz, que simboliza la consagración definitiva de su relación y, al mismo tiempo, la vuelta de Diane al sendero de Dios tras darse cuenta de su error.
Encuentro mucho más interesante el subtema del valor. Chico se define como un hombre que no teme nada, y anima a Diane a seguir su ejemplo. Será a través del amor cuando no sólo ella perderá el miedo (atreviéndose incluso a enfrentarse a su hermana) sino que él perderá algo de valor y confesará tener miedo a la guerra porque no quiere perderla.

Finalmente, el reparto en general hace un buen trabajo pero cabe destacar la labor de una jovencísima Janet Gaynor de apenas 20 años (a la que muchos recordamos por Amanecer de Murnau) que le valió un Oscar en la primera ceremonia de la Academia.

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