Mes: junio 2013

2001, Una Odisea en el Espacio [2001: A Space Odyssey] (1968) de Stanley Kubrick

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Escribir una reseña de 2001 Una Odisea en el Espacio a estas alturas puede verse (comprensiblemente) como una tarea un tanto absurda. ¿Qué se puede decir que no se haya comentado antes sobre una de las películas más míticas y debatidas de la historia del cine? La única justificación posible en la que yo me apoyo es el placer que supone escribir sobre una obra que nos fascina, aún cuando uno no pueda aportar nada nuevo. De cara al lector me baso de igual manera en el placer de leer sobre algo tan maravilloso y único que a uno no le importa que no se le dé información realmente nueva, sino que simplemente se busca en la reseña volver a recordar por qué le gustaba tanto dicho film y encontrar en su humilde autor un alma gemela que le aporte su punto de vista. O si es uno de los que cree que 2001 es una de las obras más sobrevaloradas de la historia del cine, siempre puede servir para intentar entender qué le ven otros a esa película.

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El proyecto nació a partir de la ambición por parte de Kubrick de filmar una gran epopeya de ciencia ficción en colaboración con el escritor Arthur C. Clarke. Su idea no era tanto narrar una historia convencional como crear una película que pusiera en relieve el papel de la humanidad a lo largo de la historia, rozando casi lo místico. Aún así, el film fue comercializado como un gran espectáculo siguiendo la moda de la época de estrenar grandes producciones como acontecimientos únicos, beneficiándose además de que en aquellos años la carrera especial estaba en pleno auge (sólo un año después de su estreno el hombre pisaría la luna).

El argumento de 2001 busca conscientemente evitar un claro protagonista, no sólo por exponer tres historias separadas con personajes diferentes, sino por la decisión de no utilizar a actores conocidos para encarnarlos. Una estrella de Hollywood no encajaría en 2001 puesto que el espectador automáticamente empatizaría con ésta y entendería el film como una obra convencional con su protagonista que debe superar ciertos obstáculos. Kubrick muy inteligentemente apuesta por el anonimato, actores no conocidos que representan más a la humanidad que a unas personas concretas. El director no pretende que conozcamos su contexto o personalidad, sino que veamos el papel que tienen en la evolución de la trama.

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Cuando uno ve o revisiona 2001 a veces no puede evitar caer en la tentación de dejarse seducir por la perfección de sus imágenes olvidando su contenido. Siendo justos, el propio Kubrick fomenta esa fascinación plástica no solo por la impecable perfección de su puesta en escena y de la recreación del mundo espacial, sino por los numerosos minutos que dedica a escenas basadas en su belleza formal. Los ejemplos más claros son las escenas de presentación de las naves, una de ellas acompañada además de música clásica, de manera que parece casi un ballet audiovisual. En ese sentido cabe reconocer no sólo el formidable trabajo de Kubrick sino de todo el equipo técnico, que hizo una labor soberbia que no ha envejecido en absoluto, destacando el director artístico Tony Masters además de Con Pederson, Wally Veevers y Douglas Trumbull en los efectos especiales, dando forma a imágenes abstractas que en aquella época prácticamente el gran público no había visto jamás en una película (el único claro precedente serían algunos trabajos de cine experimental). Aún así conviene recordar que el diseño de absolutamente cualquier objeto o decorado del film tenía que ser aprobado expresamente por Kubrick, ya por entonces famoso por su afán de supervisar todo lo que concernía a su obra. Por otro lado, no cabe perder de vista que una película como ésta solo fue posible gracias al generoso presupuesto del que disponía el director, 10 millones y medio de dólares, de los cuales 6 se dedicaron únicamente a los efectos especiales, algo comprensible puesto que en esa época aún no podían generarse por ordenador.

Pero aunque en una primera instancia 2001 sea una obra que entra por los ojos, se trata de una película que puede hacerse larga si uno no conecta con su ritmo tan reposado. No debemos olvidar pues que, aunque se trate de una gran producción de Hollywood, el estilo de realización de Kubrick no sigue los estándares de la Meca del cine. El argumento es expresamente difuso, y las escenas se suceden con absoluta lentitud, aunque sin hacerse pesadas, simplemente Kubrick se toma su tiempo para introducir todos los elementos. Este ritmo que a muchos espectadores les ha parecido un punto en contra de la película es de hecho uno de sus mayores rasgos distintivos, que define totalmente el estilo del film.

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La ambición del realizador era probablemente plantear una obra de ciencia ficción madura, que fascinara al espectador por sus efectos especiales pero tomándose su tiempo, acostumbrándole a la cotidianedad de los protagonistas. En ese sentido, se evitan expresamente escenas de acción o que generen suspense. Así como en un film de ciencia ficción normalmente se busca deslumbrar al espectador con momentos emocionantes donde los efectos especiales cobran protagonismo, aquí Kubrick opta por lo contrario. Prefiere centrarse en recrear los momentos más cotidianos y potencialmente menos llamativos: el cambio casi en tiempo real de una pieza defectuosa, las videoconferencias con familiares, la alimentación, etc. La impecable ambientación y sus efectos especiales aparecen integrados como algo normal, y aunque el film obviamente alardea de ellos, lo hace integrándolos en el día a día de sus protagonistas y no de forma explícita. Éste es en mi opinión uno de los mayores puntos de interés de la película.

Esta tendencia a evitar escenas de suspense creo que se hace especialmente obvia en los pocos momentos que parecen propicios a ello, especialmente en el enfrentamiento con HAL. Cuando el robot inteligente que controla la nave se rebela a los protagonistas, el astronauta Bowman debe enfrentarse a él y desactivarlo, pero es un enfrentamiento absolutamente carente de acción aunque sea una situación que potencialmente podría llevar a ello. La entrada de Bowman a la nave y la desactivación de HAL están filmadas minuciosamente pero sin fomentar el suspense. Kubrick, un director al que siempre se ha calificado de frío y cerebral, creó en 2001 su película más fría y cerebral al verse justificado por su enfoque.

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Obviamente, entrando en el contenido del mismo, el film está repleto de ideas que se han comentado ya ampliamente. Por ejemplo, no solo destaca el uso de actores desconocidos sino que sus interpretaciones remarcan la idea de un futuro frío e inmaculado, algo especialmente claro en la tercera historia, cuya pareja de protagonistas se comporta con una frialdad más propia de un film de Bresson que de uno de Hollywood. Por ejemplo, en la escena del visionado del vídeo familiar en que sus padres le felicitan por su cumpleaños vemos al astronauta contemplándolo con absoluta indiferencia, como si fuera otra tarea más de su día a día. A cambio, HAL a veces parece más humano y cálido que los propios astronautas, mostrando interés y felicitándoles por los bocetos que dibujan, además de preguntarles si no sienten dudas respecto a la misión, cuestiones a los que éstos responden con una frialdad mecánica. Del mismo modo, a menudo se ha resaltado que en el momento en que desactivan a HAL muchos espectadores no pueden evitar sentir más pena hacia esa máquina que pide por favor que reconsidere lo que hace antes que al frío y maquinal astronauta, cuya vida ha estado en peligro pero con el que Kubrick no nos permite empatizar – incluso HAL parece más humano cuando en el proceso de desactivación parece «perder su cordura» y empieza a cantar una canción, quizá el acto más humano que hemos visto en este fragmento de película.

A menudo se ha criticado el hecho de que el film sea tan críptico e incluso incomprensible, pero la realidad es que su contenido no es tan difuso. De hecho, cosa curiosa y no suficientemente tenida en cuenta, el propio Kubrick evitó en vida la típica actitud misteriosa de no querer desvelar el significado del film (algo por otro lado comprensible y harto frecuente en autores de obras tan abiertas a múltiples interpretaciones como ésta). Aunque Arthur C. Clarke, autor del libro, también se quejaría de que el director suprimió algunas escenas y diálogos que aclaraban varias ideas fundamentales (como el por qué HAL se rebela), lo cierto es que la premisa básica es bastante comprensible: la evolución de la humanidad a lo largo de los años, simbolizada por la entrada en contacto con un misterioso monolito que les da un nivel de conocimiento superior. Sólo la parte final resulta algo más difusa, cuando el astronauta superviviente se adentra en una nueva puerta estelar más allá de Júpiter y acaba confinado en un misterioso habitáculo, pero los propios Kubrick y Clarke buscaban que esta parte estuviera abierta a interpretaciones libres y que generara nuevas preguntas.

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Como experiencia audiovisual, 2001 es una obra absolutamente intachable, y escenas como el misterioso viaje que emprende Bowman en la parte final – quizá mi momento favorito – siguen manteniendo el poder de sugestión que tenían entonces. Además es uno de esos casos especiales y únicos en que se unen una generosa producción que permitía dar rienda suelta a las fantasías de su creador y una película compleja y difícil para el espectador. Pero también en cuanto a contenido y estilo es una película maravillosa, un film donde Kubrick aporta a la ciencia ficción cierta madurez incorporando características que en realidad no eran nuevas de por sí al existir ya en otras películas de la época, simplemente él las adaptó a un género que históricamente no había sido enfocado desde ese prisma.

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La Pequeña Vendedora [My Best Girl] (1927) de Sam Taylor

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La Pequeña Vendedora es un film a tener en cuenta de entrada por ser la última película muda que protagonizaría Mary Pickford. La «novia de América» fue la actriz más popular de la era muda del cine y una de las más grandes estrellas de las primeras décadas de Hollywood, pero también acabaría siendo uno de esos muchos ejemplos de actores mudos que no consiguieron prolongar su carrera durante el sonoro. No obstante, en su caso el problema no fue su incapacidad de adaptarse a la novedad del sonido ni que el público no aceptara su voz – de hecho su primer film sonoro, Coquette (1929), fue todo un éxito – sino algo completamente distinto, y es que Pickford por entonces tenía más de 30 años.

Su personaje prototípico que la había hecho tan famosa de joven-adolescente ingenua y adorable ya no encajaba con una fisonomía que dejaba bien claro que Pickford ya hacía tiempo que había pasado esa edad. Que uno de los últimos proyectos que tanteara fuera una versión de Alicia en el País de las Maravillas ya es bastante significativo, pero la astuta Pickford se dio cuenta a tiempo y se retiró elegantemente de las pantallas a principios de los años 30.

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Volviendo al film que nos ocupa, La Pequeña Vendedora fue además una de sus mejores películas. Una encantadora comedia clásica que ya denotaba algunos rasgos de las screwball comedies que tan populares se harían en la década siguiente pero manteniendo esa adorable ingenuidad de la era muda tan asociada a Pickford. El argumento juega con esas confusiones típicas del género y con la infalible premisa romántica de chico rico enamorado de chica pobre: en este caso Maggie, la humilde dependiente de unos grandes almacenes, conoce al hijo del propietario, Joe Merrill, y ambos se enamoran instantáneamente… pero él no le desvela su identidad.

A partir de aquí, el guión juega inteligentemente con las confusiones de identidad y los contrastes, especialmente entre las dos familias: la elegante y estirada familia de Joe en contraste con la alocada y cómica familia de Maggie que parece sacada de una comedia de Frank Capra.

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Aunque Pickford no dirigía sus películas, tenía suficiente poder como para controlar todas las que protagonizaba, vigilando estrechamente todo el proceso de producción de sus obras. Por ello, el material resultante es intachable, con un guión muy inteligentemente construido – además de estar escrito expresamente para el tipo de personajes que ella interpretaba – y una ágil realización del profesional Sam Taylor, experto en comedias que había realizado algunos de los mejores trabajos de Harold Lloyd.

El film, con su sencilla premisa y su corta duración, sigue funcionando hoy día manteniendo su encanto y su sentido del humor. Pese a que Pickford era una de las más grandes estrellas de la época, sabía perfectamente que a menudo una película modesta y bien acabada era igualmente un vehículo perfecto para su lucimiento propio y un éxito de taquilla asegurado. En este caso como mínimo no se equivocó.

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Dillinger (1973) de John Milius

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Dillinger fue el proyecto con el que el reputadísimo guionista John Milius decidió lanzarse a la dirección después de años trabajando únicamente como escritor. Con experiencia ya en escribir sobre personajes americanos legendarios que representaban ese individualismo que tanto le gustaba a él (Jeremiah Johnson o el juez Roy Bean en El Juez de la Horca), la elección del criminal John Dillinger, que adquirió notoriedad en la época de la Gran Depresión, era bastante obvia y sumamente atractiva.

Resulta curioso comparar el Dillinger de John Milius con la versión de 1945 de Max Nossech. La versión de los años 40 toma el personaje de Dillinger y hace con él una notable película de cine negro, mientras que Milius prefiere narrar la historia centrándose en el mito. A él parece interesarle más toda la mitología que rodea el personaje que sus robos en sí. Incluso el propio Dillinger hace explícitas continuamente las referencias a su fama: en cada atraco aconseja a las víctimas que recuerden ese momento en que «conocieron al famoso Dillinger» y en sus conversaciones con su compañera Billie Frechette suele hablar en broma sobré qué dirán los periódicos o incluso «sus seguidores».

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La referencia a sus seguidores no es nada casual. Como es bien sabido, toda esta generación de criminales que alcanzó tanta notoriedad en los años 30 (Dillinger, Bonnie y Clyde, Baby Face Nelson) gozaba de cierta simpatía popular. La mayor parte de la población estaba por entonces arruinada por la Gran Depresión y veía a los bancos y el gobierno como los responsables de su situación. Por ello la figura de unos criminales que desafiaban a los bancos y la autoridad era sumamente atractiva, ya que estaban realizando lo que ellos no se atrevían a hacer. Eso se traduce en el hecho de que las grandes películas criminales de la época – Scarface (1932) de Howard Hawks, Hampa Dorada (1931) de Mervyn Le Roy o El Enemigo Público (1931) de William A. Wellman – tuvieran como protagonistas a los gangsters y no a la policía. Por mucho que al final éstos acabaran muriendo o encarcelados, la simpatía del film iba obviamente dirigida hacia ellos.

En Dillinger, Millius nos muestra esto en una escena en que el oficial del FBI encargado de darles caza ve a unos niños jugando a dispararse y, al hablar con uno de ellos, éste reconoce que hace de gangster porque le gusta más encarnar ese papel que el de policía. También hay otra referencia más escondida al final de los créditos cuando se escucha una frase que pronunció el director del FBI Edgar Hoover (aunque no la lee él, son palabras suyas) en que comenta su desaprobación hacia los films que glorifican a los criminales

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La película en general no puede evitar cierto toque romántico, enfatizado frecuentemente por la banda sonora, pero no llega a idealizar su contenido salvo en algunas ocasiones. Uno de esos casos es cuando coinciden en un mismo restaurante el oficial del FBI Melvin Purvis y Dillinger junto a su chica Billie. Cuando Purvis les ve en otra mesa, en lugar de detenerles les envía una botella de champagne: en ese instante está celebrando su cumpleaños, y para respetar las normas del juego no ataca a su adversario, que también está en un momento íntimo, aunque sí le hace notar su presencia. Esta forma tan idealizada de mostrar ese respeto hacia el rival seguramente sea irreal pero tiene un segundo significado: Purvis le «derrota» en ese contexto. Como Dillinger es un fuera de la ley se ve obligado a abandonar su mesa sin poder ofrecerle a Billie lo que ella tanto deseaba: poder bailar juntos esa noche. La idea viene a ser que el precio a pagar por ser un gangster es que, por mucho dinero que tenga, siempre estará expuesto a tener que irse de sitios públicos cuando sea descubierto,. En ese terreno Purvis está por encima de él.

El reparto está muy bien escogido con actores siempre eficientes como Warren Oates encarnando a John Dillinger o Harry Dean Stanton interpretando a uno de sus cómplices. También cabría destacar a Ben Johnson encarnando a uno de los mejores personajes de la película, el serio y eficiente agente del FBI que se propone matar a todos los gangsters fumándose un puro sobre su cadáver en homenaje a su compañero, así como Richard Dreyfuss en el papel breve pero algo histérico de Baby Face Nelson.

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El desenlace es especialmente interesante por mostrarnos el trágico destino de cada uno de ellos pero con un tono distinto dependiendo del personaje. El final del algo cómico Homer Van Meter tiene un poco de divertido patetismo, con sus continuas referencias de que ése no es su día de suerte y muriendo con el ridículo abrigo de pieles que ha robado a un chico rico. El salvaje Baby Face Nelson tiene un desenlace con más acción y tiroteos, tal y como se corresponde a su personaje. En cuanto al afable Pretty Boy Floyd, es el que tiene mi desenlace favorito, con un tono más romántico y amable, siendo acogido en su huida por dos ancianos granjeros que le alimentan aún sabiendo que es un gangster y, posteriormente, intercambiando unas frases con Purvis antes de morir. La música enfatiza ese romanticismo que hace inevitable que sintamos cierta compasión por él.

En cuanto a Dillinger, cualquiera que esté algo al corriente de anécdotas relacionadas con el mundo criminal o el cine de gángsters sabrá su desenlace. Dillinger era un conocido cinéfilo, y moriría tiroteado en la puerta de un cine curiosamente después de ver un film de gangsters, Manhattan Melodrama (1934) de W.S. Van Dyke. En la vida real, Dillinger fue disparado sin más, pero en el film se vieron obligados a mostrarle intentando coger un arma para no dar una imagen tan desfavorable del FBI. En ese sentido, las películas de gangsters de los años 30 no se diferencian de las de los años 70: al final el criminal siempre paga y la justicia impone el orden.

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El Hombre del Cráneo Rasurado [De man die zijn haar kort liet knippen] (1965) de André Delvaux

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Govert Miereveld es un respetable profesor casado y con dos hijos que siente una malsana obsesión por Fran, una de las estudiantes del instituto donde trabaja a la que considera la encarnación de la belleza perfecta. No obstante, Govert es incapaz de declararse a Fran y cuando ésta se gradúa su vida sufre una recaída tan grande que abandona su trabajo de profesor por otro de secretario del estado.

El debut de la corta filmografía del belga André Delvaux es una película muy curiosa que debe visionarse cogiéndole el punto a su particular estilo. El Hombre del Cráneo Rasurado se basa enteramente en el personaje de Govert, hasta el punto de que podría servir de ejemplo de película totalmente subjetiva, cuya puesta en escena permanece continuamente anclada en la visión del mundo de Govert. De hecho tal es así que uno de los pilares fundamentales del film es que uno no sabe hasta qué punto lo que ve es real u onírico, como pone de manifiesto el desenlace que comentaremos más adelante.

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Uno de los logros de Delvaux es transmitir esa sensación de malestar e inquietud mientras nos narra acontecimientos de lo más trivial, como la ceremonia que da inicio al film. El director no duda en dedicar largos minutos a algunos discursos o la canción que entona Fran intercalados con las reflexiones de Govert, quien por dentro se reconcome obsesionado por Fran mientras que exteriormente mantiene las apariencias. Detalles como su forma de acariciar el perchero de la alumna o de repasar los trabajos que ha hecho tienen cierto punto hasta enfermizo. Sólo durante el corte de pelo previo a todo ello parece que Govert consigue cierta calma, una escena por cierto excelentemente filmada pese a ser de nuevo bastante trivial (o al menos en apariencia).

En su segundo tramo el director se recrea, quizá demasiado, en una escena en que Govert acompaña a un doctor a la autopsia de un cadáver encontrado en el mar. En el coche se le dan multitud de detalles escabrosos sobre el mismo que le marean, pero nada es comparable al momento de la propia autopsia. Filmada casi en tiempo real (o al menos da esa sensación), es un momento de puro humor negro en que no vemos nada pero que aún así ya resulta suficientemente desagradable por las descripciones que hacen, los utensilios de los que se sirven y los movimientos que vemos. La escena tiene cierto punto surrealista, especialmente al tener lugar en plena naturaleza, y encuentra su justificación en el discurso que le hace el doctor en el coche sobre cuerpo y alma, uno de los diálogos más interesantes del film.

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Finalmente, Govert se reencuentra con Fran ahora convertida en cantante de éxito e, incapaz de resistirse, se le declara en su habitación. Ella dice que le correspondía pero que ahora es demasiado tarde, ya que han pasado multitud de hombres por su vida. La escena llega al punto de hacerse hasta claustrofóbica, tal es la capacidad de Delvaux de transmitir el malestar del protagonista en tal momento aún siendo un momento apoyado en los diálogos. Desesperado, Govert le dispara y cuando acude el doctor le implora de forma patética que no le practique la autopsia para que no destruya su bonito cuerpo.

Más tarde, le vemos en un futuro internado en una institución. Pero un día, descubre en un noticiario a Fran en perfecto estado, luego está viva. ¿Qué ha pasado? ¿Se recuperó del disparo? ¿O sencillamente todo eso fue producto de su imaginación? De ser así, ¿qué imaginó exactamente? ¿llegó a encontrarse con Fran? Porque realmente no parece muy plausible que ella amara en secreto a un hombre mediocre como él, y eso encajaría más como un producto de su imaginación. Delvaux no da pistas, de hecho el director no quiere jugar a moverse entre realidad y fantasía, su apuesta es crear un film basado en el punto de vista de un personaje sin dejar indicios sobre qué es real y qué no lo es.

Una película extraña y en ocasiones algo densa, pero muy interesante.

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Fanny By Gaslight (1945) de Anthony Asquith

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Ciertamente una descripción del argumento de Fanny By Gaslight no motivará mucho al lector a darle una oportunidad a este film británico, ya que la trama principal es bastante manida y llena de lugares comunes por el espectador. A saber: una joven virtuosa e inocente, Fanny, que recibe una buena educación y crece en un ambiente respetable sin sospechar que su familia se gana la vida gracias a un burdel. Un villano, Lord Manderstoke, que mata accidentalmente a su supuesto padre en una pelea y que se cruzará continuamente con Fanny a lo largo del film. El padre auténtico de Fanny, un respetable político que se había mantenido al margen y al conocer la situación de su hija quiere adoptarla de nuevo. Su atractivo secretario, Harry Someford, del cual se enamora. Y de fondo, las convenciones sociales de finales del siglo XIX.

Efectivamente, la principal carencia de esta película es un argumento a día de hoy un tanto previsible y una galería de personajes demasiado arquetípica en que ninguno parece evolucionar demasiado. Lord Manderstoke no abandona nunca el papel de villano mientras que Harry se mantiene fiel a su amor a Fanny sin importarle que ello perjudique su carrera.

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No obstante existe una gran ironía que es necesario remarcar: puede que el argumento ya estuviera terriblemente anticuado en los años 40, pero eso no eximió al film de tener que estrenarse en Estados Unidos con retraso y recortando varias escenas ya que el código Hays encontraba muy poco apropiado su contenido. Sí, los Estados Unidos que acababan de salir de una sangrienta guerra mundial no veían con buenos ojos una película que a día de hoy parece casi amanerada en su contenido, ya que se hablaba de una familia que hacía fortuna con un prostíbulo (¡oh no!) y, lo que es peor, de relaciones sexuales fuera del matrimonio (¡qué desfachatez! ¿es que estos ingleses no respetan nada?). No sólo Fanny es concebida antes del matrimonio, lo cual la convierte en hija ilegítima, sino que además la joven tiene la desafortunada ocurrencia de irse a París a compartir habitación con otro hombre que no es su marido. El hecho de que sea su adorado novio con el que piensa casarse parece que no es justificación alguna para esas mentes bienpensantes que cuidaban la moralidad pública.

Por tanto, es comprensible que el espectador no conecte demasiado con esa trama tan basada en temas de honor y clases sociales pero no debe olvidarse que algunos de los aspectos que expone aún no estaban tan superados en el momento de su estreno como uno desearía. Y ciertamente la rigidez del comportamiento de sus personajes a veces se antoja algo excesiva (por ejemplo la decisión final que toma el padre natural de Fanny para ayudarla a ésta sin perjudicar al país al que sirve, o la actitud de la implacable hermana de Harry), pero está justificada por la época en que sucede.

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Dejando este tema de un lado, el principal atractivo de la película para los cinéfilos creo que no se encuentra tanto en el previsible guión (ya les adelanto que no se llevarán ninguna sorpresa en la evolución de la trama), como en su forma. Es decir, en la impecable realización del veterano Anthony Asquith. O en el efectivo reparto, en que salen mejor parados los personajes masculinos que los femeninos para mi gusto, destacando Stewart Granger como Harry y el siempre magnífico James Mason, incapaz de hacer una mala actuación, como el villano repugnante pero de educación exquisita.

Son éstos los elementos de mayor interés del film que justifican su visionado. Se trata indudablemente de una obra menor, pero bien acabada, con tacto y profesionalidad.

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