Críticas

El Conformista [Il Conformista] (1970) de Bernardo Bertolucci

Sin ser un director que me entusiasme tanto como debería, es innegable que en El Conformista (Il Conformista, 1970) Bernardo Bertolucci logró crear su obra de más consenso, aquella en que todos los ingredientes funcionan mejor, tomando como base una gran novela pero dotándole además de estilo e ideas propias muy acertadas.

Situada en los años 30, tiene como protagonista a Marcello Clerici, un funcionario italiano de luna de miel en París que recuerda en flashback todos los sucesos pasados que le han llevado al momento crítico en que se encuentra en estos momentos. Criado por unos progenitores inestables y con un suceso traumático de infancia que no se va de su memoria (de joven mató a un hombre que intentó abusar de él), Marcello se obsesiona en su adultez con convertirse en una persona normal. Eso en el contexto de la Italia fascista le lleva a proponer sus servicios como agente secreto ayudando a asesinar a un intelectual exiliado en París, el profesor Quadri, con quien se citaría bajo pretexto de que fue alumno suyo y quiere volver a encontrarse con él durante su viaje de novios. Una vez llega a la capital francesa con su mujer Giulia, Marcello se reencuentra con Quadri y siente una atracción irresistible hacia la esposa de éste, Anna. Aquí entonces le asaltan las dudas sobre su misión y el camino que ha estado tomando.

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Cerrado por vacaciones

Si les gustan los villancicos, las comilonas indigestas, las grandes aglomeraciones  y el estrés de tener listos a tiempo los regalos para sus seres queridos, están de enhorabuena… ¡la Navidad está aquí! Si no es su caso, como le sucede a este humilde Doctor, es el momento de recoger sus bártulos y marcharse unas semanas a algún paraje lejos del tumultuoso ruido, como un templo budista aislado en las montañas, o un carísimo e insultantemente exclusivo hotel-spa.

Aún no tengo decidido dónde huiré, pero lo que sí tengo claro es que será un sitio donde no podré estar por la labor de visionar películas y atenderles a ustedes, mis fieles seguidores. De modo que cerraremos el gabinete por unas semanas y volveremos a encontrarnos en enero con energías renovadas. Tengan una buena entrada de año y no se olviden de volver aquí, el Doctor les estará esperando con nuevas recomendaciones cinéfilas.


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Encadenados [Notorious] (1946) de Alfred Hitchcock

Pocas experiencias hay más reconfortantes que regresar a una película que hemos visto tantas veces que prácticamente no la sabemos de memoria y confirmar en otro nuevo revisionado que no la hemos «gastado», que ésta sigue provocándonos las mismas emociones aún cuando ya anticipamos todo lo que va a suceder. En instantes así creo que el cine está más cerca que nunca de la música, en el sentido de que cuando a uno le gusta una canción la reescucha multitud de veces para volver a disfrutarla, mientras que en el cine una vez ya hemos experimentado la historia y el desarrollo de una película raramente sentimos el impulso de revisionarla seguidamente, solo en casos muy puntuales. Únicamente con las que considero grandes películas o las obras de los mejores cineastas experimento el placer de volver a pasar por las mismas imágenes y sigo disfrutándolas prácticamente igual aunque ya me las conozca de memoria.

A ese placer se le puede añadir un aliciente extra que es el confirmar que toda la experiencia cinéfila que hemos adquirido desde la primera vez que vimos el filme hasta nuestro último visionado no ha enturbiado nuestra impresión de la película. No la bajamos del pedestal en que la teníamos por ser todavía demasiado impresionables o pillarnos con la guardia baja. Es más, incluso vislumbramos detalles que antes se nos escaparon, descubrimos otros nuevos o, simplemente, vemos el filme desde otra perspectiva que lo enriquece más.

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Los Atracadores (1962) de Francisco Rovira Beleta

Pese a ser uno de los géneros cinematográficos más populares en el mundo después de la II Guerra Mundial, el cine negro no tuvo tanto recorrido en España. Ciertamente no era el tipo de filmes que fueran del agrado de las autoridades franquistas, a quienes la temática criminal y la ambigüedad moral que los caracterizaban les debían parecer muy poco edificantes. Pero aunque la versión oficial del régimen insistía en que España era un país donde se mantenía de forma ejemplar la ley y el orden, la realidad era que no solo había un alto índice de criminalidad sino que la población sentía una gran fascinación por ese mundo. En consecuencia surgieron publicaciones especializadas en esta temática como El caso, además de las primeras novelas negras españolas, de las cuales una de las más remarcables fue Los Atracadores de Tomás Salvador, una obra olvidada hoy día pero que en su época fue aplaudida y recibió el Premio Ciudad de Barcelona.

Su autor, un inspector de policía luego convertido en escritor, se sirvió de sus experiencias para recrear su historia sobre tres jóvenes que acaban desembocando en el mundo de la delincuencia: el apodado Señorito, un estudiante de derecho de clase alta de carácter nihilista que se erige como el líder del grupo; Ramón, un trabajador de clase obrera y sin futuro que ejerce de protagonista, y el Cachas, un muchacho de pocas luces y con tendencia a la violencia pero fiel a las personas próximas a él. Los tres se juntan de vez en cuando para matar el aburrimiento y poco a poco su fascinación hacia las películas de criminales les lleva a imitar a sus protagonistas, primero atracando farmacias, y luego llegando más lejos.

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Vera Cruz (1954) de Robert Aldrich

Hay películas cuyo mayor problema está en las expectativas que ellas mismas generan por su premisa y/o su arranque, como creo que es el caso de Vera Cruz (1954) – cuyo título a lo largo de la reseña escribiré absurdamente separado porque es el título que tiene el filme, y no porque desconozca cómo se escribe la ciudad de Veracruz. De entrada un western dirigido por Robert Aldrich y capitaneado por Burt Lancaster y Gary Cooper ya tiene mis simpatías ganadas de antemano, sobre todo si trata además de mercenarios en un contexto tan convulso como las guerras entre Francia y México. Pero es que además el inicio lo tiene todo para engancharme.

Llega Gary Cooper a caballo hasta una casucha que parece abandonada en mitad del desierto. Se pone a examinar dos caballos que encuentra ahí y aparece con su famosa sonrisa Burt Lancaster preguntándole qué quiere. Sigue un intercambio de diálogo cortante e ingenioso, que denota a dos personajes seguros de si mismos midiéndose mutuamente pero que son demasiado inteligentes como para enfrentarse abiertamente. Lancaster, aquí encarnando a un bandido llamado Joe Erin, le vende entonces uno de sus caballos a Cooper, que interpreta a un excombatiente sureño de la Guerra de Secesión llamado Ben Trane. Llegan varios hombres del ejército mexicano y Joe huye al galope aconsejando a Ben que haga lo mismo, pero él dice que no tiene ningún problema con ellos. Craso error, porque empiezan a dispararle. El pacífico sureño no entiende por qué la toman con él, pero entonces cuando alcanza a Joe éste le da la respuesta: el caballo que acaba de comprar y que estaba montando tan felizmente se lo había robado el propio Joe a ese comando del ejército.

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Bajo los Techos de París [Sous les Toits de Paris] (1930) de René Clair

Aun a riesgo de repetirme, no puedo dejar de enfatizar una vez más lo injustamente olvidado que ha quedado hoy día René Clair cuando a principios del sonoro fue uno de los cineastas más reputados e influyentes no ya de Francia sino del mundo. Si consultan bibliografía sobre grandes cineastas que vivieran esa época comprobarán que Clair fue uno de los referentes más claros de esos años en países tan diversos como Estados Unidos, Japón o Alemania. Ello se debía en gran parte por la forma como el cineasta abrazó el cine sonoro, que debía ser toda una inspiración para aquellos directores que querían explorar las posibilidades expresivas de esta innovación. En ese sentido, su primer filme sonoro así como el más célebre de cuantos realizó en esa época – aunque no el mejor – es una muestra clarísima de ello que, por otro lado, nos hace lamentar todas las posibilidades expresivas que daba la adición del sonido sincronizado y que, posteriormente, se fueron dejando de lado por un estilo más estandarizado y menos inventivo.

Bajo los Techos de París (Sous les Toits de Paris, 1930) narra una historia más bien sencilla y arquetípica ambientada en los bajos fondos de la capital francesa, que tiene como protagonista a Albert, un cantante callejero que se enamora de Pola, una chica que está tonteando con Fred, un gangster del barrio. Cuando parece que Albert y Pola van a acabar juntos, Albert es erróneamente encarcelado acusado de un robo y ella busca consuelo en el mejor amigo de éste, Louis, del cual se acaba enamorando.

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En Cualquier Lugar de Europa [Valahol Európában] (1947) de Géza von Radványi

Hace tiempo ya les comentábamos que aunque suele destacarse la obra maestra Alemania Año Cero (Germania Anno Zero, 1948) de Roberto Rossellini como el filme de posguerra por excelencia a la hora demostrar el estado en que se encontraba Europa tras la II Guerra Mundial, en realidad era una película que formaba parte de una tendencia mucho más amplia de la cual ni siquiera era una de sus muestras más primigenias: los Trümmerfilme, filmes de escombros. Aquí ya hablamos de un par de ellos como Somewhere in Berlin (Irgendwo in Berlin, 1946) de Gerhard Lamprecht o El Asesino Está entre Nosotros (Die Mörder Sind Unter Uns, 1946) de Wolfgang Staudte, pero esta tendencia no es únicamente exclusiva de Alemania. Aunque no se conocieran oficialmente con este nombre, en otros países se realizaron filmes que mostraban la cruda realidad de posguerra y usaban los escenarios reales de las ciudades en escombros para situar su acción. Un ejemplo paradigmático es Japón con filmes como Los Niños de la Colmena (Hachi No Su No Kodomotachi, 1948) de Hiroshi Shimizu, pero también podemos encontrar muestras en Hungría, como el filme que nos ocupa hoy, En Cualquier Lugar de Europa (Valahol Európában, 1948) de Géza von Radványi.

La película se divide en dos partes claramente diferenciadas de las cuales la primera es sin duda la mejor y la más impactante. Durante los casi 10 minutos iniciales vemos a una serie de niños escapando a los más diversos horrores de la guerra: presencian matanzas, se encuentran con sus padres muertos por un ataque, escapan de trenes de prisioneros, deambulan por caminos sin rumbo o se refugian de bombardeos. Es una secuencia admirable, casi sin diálogos, de una enorme potencia visual y que tiene un momento pesadillesco y hasta alucinatorio cuando uno de los niños se refugia en un puesto de feria y los autómatas cobran vida accidentalmente a causa de un disparo extraviado. Se provoca un incendio y las espantosas figuras de cera (que ya de por si son estremecedoras incluso en un contexto lúdico, si me permiten la observación) se derriten, dándole al conjunto un tono aún más siniestro.

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Duelo en Alta Sierra [Ride the High Country] (1962) de Sam Peckinpah

Duelo en Alta Sierra (Ride the High Country, 1962) se inicia con la llegada de un cowboy ya maduro – encarnado por Joel McCrea, un rostro más que habitual en westerns clásicos – a un pequeño pueblo donde parece que hay una comitiva de gente recibiéndole. Éste se muestra encantado hasta que un policía le increpa para que se quite de en medio y descubre lo que está sucediendo realmente: la gente se ha congregado para presenciar una carrera de dromedarios que va a pasar por la calle principal del pueblo. El salto del veterano cowboy a algo tan extraño y fuera de lugar en el terreno western como una carrera de dromedarios es una forma más que curiosa y significativa para dar inicio a la primera película verdaderamente personal de Sam Peckinpah en el cine – obviaremos su verdadero debut, Compañeros Mortales (The Deadly Companions, 1961), al ser un encargo para el que no tuvo ningún margen de maniobra y del que el propio Peckinpah renegó inmediatamente. Ya en su primera escena el cineasta nos está abordando el que será el gran tema de la mayoría de sus westerns y, además, nos muestra esa capacidad suya por romper un escenario clásico de sobras conocido (el típico pueblo de western con su héroe entrando a caballo) con un elemento extraño y disruptor (la carrera de dromedarios).

Nuestro protagonista es Steve Judd, un ya envejecido vaquero que tras muchos años defendiendo la ley se encuentra ya en horas bajas y acepta un encargo para transportar un cargamento de oro de una mina cercana a un banco. Para ello le pide ayuda a su antiguo amigo y compañero de fatigas Gil Westrum, que se encuentra en una situación parecida e incluye en la aventura a su joven socio, Heck Longtree. Lo que Steve no sabe es que en realidad Gil y Heck planean robar el oro en lugar de llevarlo al banco. Gil, que aún tiene muy buena relación con Steve, pretende convencerle para que se sume al plan, mientras que Heck propone un enfrentamiento directo. Las cosas se complicarán con la entrada en escena de Elsa Knudsen, una chica que huye de su padre fanático religioso y les acompaña para casarse con su prometido, que trabaja en el pueblo minero con sus hermanos.

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Gigantes y Juguetes [Kyojin to gangu] (1958) de Yasuzo Masumura

La recuperación económica que experimentó Japón en los años 50 después de una dura posguerra ha sido tildada literalmente de «milagro» por muchos historiadores. Pero ese proceso de crecimiento no vino por si sólo, ya que contó con el apoyo de los Estados Unidos, quienes no desaprovecharon la oportunidad para importar su modelo económico (y, ya de paso, cultural), introduciendo en el país del sol naciente las nociones del capitalismo más salvaje. En consecuencia, toda esta prosperidad vino de la mano de una «americanización» y una asimilación de la filosofía ultracompetitiva del capitalismo. Lo cual incluyó a su vez un boom del mercado publicitario para dar a conocer a los ciudadanos (a partir de ahora, consumidores) una serie de productos que quizá no sabían que necesitaban y que de repente se volvieron imprescindibles.

En su segunda película, Gigantes y juguetes (Kyojin to gangu, 1958), Yasuzo Masumura esbozó una sátira sobre esa sociedad consumista y superficial a través de las feroces campañas de publicidad que enfrentan a las tres grandes empresas manufacturadoras de caramelos del país: World Candy, Giant y Apollo (primer apunte: no es casual que sus nombres estén en inglés). Al frente de la campaña de World Candy se encuentra Mr. Goda, un ambicioso empresario que para vencer a sus rivales propone una doble estrategia en colaboración con su aprendiz Yousuke Nishi: regalar premios relacionados con la imaginería aeroespacial y, en paralelo, crear una nueva estrella de moda a partir de una humilde taxista llamada Kyoko, para luego contratarla como imagen de su marca.

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Éxtasis [Ekstase] (1933) de Gustav Machatý


Éxtasis (Ekstase, 1933) de Gustav Machatý es una película realmente engañosa. El gran motivo por el que se la recuerda es la polémica que la rodeó respecto al erotismo de dos escenas: en una la actriz protagonista, Hedy Lamarr (por entonces aún usando el nombre de Hedy Kiesler), aparece desnuda corriendo por el campo, y la otra consiste en una escena de sexo que incluye la que se cree que es la primera representación en el cine de un orgasmo femenino. Como este es el prácticamente el único aspecto del filme que se suele comentar, antes que nada matemos este tema. Efectivamente, Lamarr aparece tal cual Dios la trajo al mundo, pero no es para nada el primer desnudo completo de la historia del cine, como se dice en algunos sitios… ¡desde los inicios del cine se han filmado desnudos! Por otro lado la famosa escena de sexo no muestra nada explícito, de hecho está formada casi íntegramente por primeros planos, pero destila un erotismo muy elegante y no deja ninguna duda sobre que la protagonista está teniendo un orgasmo. En ese sentido recomiendo encarecidamente otra obra del mismo director bastante superior a ésta, Erotikon (1929), que incluye también una tórrida escena que es todo un precedente de la que nos ocupa ahora.

Como era de suponerse, el filme fue en su momento un escándalo que llegó hasta el punto de que el Papa Pío XI denunció públicamente la película por inmoral. Su estreno chocó con la censura en muchos países y en otros directamente con la prohibición de la cinta, pero al mismo tiempo dio a conocer internacionalmente a Lamarr, que en unos años haría carrera en Hollywood. Todo esto ha provocado que el público que se acerque a Éxtasis lo haga esperando un drama erótico, o quizá una cinta para lucimiento de la belleza de su atractiva protagonista. Pero en realidad no es así, de hecho Éxtasis es algo bastante extraño. Es una película que en realidad consiste en tres películas diferentes. Y es un filme sonoro que en realidad es un filme mudo.

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