Hay películas cuyo mayor problema está en las expectativas que ellas mismas generan por su premisa y/o su arranque, como creo que es el caso de Vera Cruz (1954) – cuyo título a lo largo de la reseña escribiré absurdamente separado porque es el título que tiene el filme, y no porque desconozca cómo se escribe la ciudad de Veracruz. De entrada un western dirigido por Robert Aldrich y capitaneado por Burt Lancaster y Gary Cooper ya tiene mis simpatías ganadas de antemano, sobre todo si trata además de mercenarios en un contexto tan convulso como las guerras entre Francia y México. Pero es que además el inicio lo tiene todo para engancharme.
Llega Gary Cooper a caballo hasta una casucha que parece abandonada en mitad del desierto. Se pone a examinar dos caballos que encuentra ahí y aparece con su famosa sonrisa Burt Lancaster preguntándole qué quiere. Sigue un intercambio de diálogo cortante e ingenioso, que denota a dos personajes seguros de si mismos midiéndose mutuamente pero que son demasiado inteligentes como para enfrentarse abiertamente. Lancaster, aquí encarnando a un bandido llamado Joe Erin, le vende entonces uno de sus caballos a Cooper, que interpreta a un excombatiente sureño de la Guerra de Secesión llamado Ben Trane. Llegan varios hombres del ejército mexicano y Joe huye al galope aconsejando a Ben que haga lo mismo, pero él dice que no tiene ningún problema con ellos. Craso error, porque empiezan a dispararle. El pacífico sureño no entiende por qué la toman con él, pero entonces cuando alcanza a Joe éste le da la respuesta: el caballo que acaba de comprar y que estaba montando tan felizmente se lo había robado el propio Joe a ese comando del ejército.










