El Despertar de una Nación [Gabriel Over the White House] (1933) de Gregory La Cava

¿Cuántas veces hemos visto a gente solucionando los problemas del país (¡y del mundo!) desde la barra de un bar, construyendo castillos en el aire sobre todo lo que harían si tuvieran la oportunidad? Pues ahora imaginen que esas personas se sientan a escribir un guión reflejando todas esas teorías. El resultado sería El Despertar de una Nación (1933).

El Hollywood pre-código Hays es una de las épocas más interesantes del cine norteamericano. Películas antiguas que tratan con total atrevimiento temas que en solo unos años serían tabú. Films que muestran abiertamente situaciones que luego el código Hays se encargaría de reconducir hasta los caminos bienpensantes de siempre. Unos pocos años de cierta imprevisibilidad en que uno no podía intuir del todo hacia dónde se dirigirían los guiones. El film que nos ocupa hoy es paradigmático en ese sentido: producida por el magnate de la prensa William Randolph Hearst como un tributo al presidente Roosevelt y un ataque a los republicanos, la película trataba los problemas sociales del país en la peor época de la Gran Depresión de una forma tan extravagante que de un homenaje al mandatario demócrata acabó convirtiéndose casi en una apología a los totalitarismos.

El siempre portentoso Walter Huston encarna al recién elegido presidente de los Estados Unidos (¡yo también le habría votado!) Judson Hammond. Como buen político, Hammond se muestra ocioso, relajado ante los problemas de la gente de la calle y dispuesto a seguir manteniendo el status quo. Pero un día sufre un accidente de coche que le deja en coma. En ese estado de inconsciencia se le aparece entonces el ángel Gabriel y le reconvierte en un presidente seco y malhumorado pero también mucho más comprometido por salvar a su país – sí, tal cual suena, pero esperen porque esto no ha hecho más que comenzar.

A partir de aquí, el presidente Hammond se vuelve un tipo antipático dispuesto a llevarse por delante a quien sea para salvar al país. Y para ello disuelve el Congreso declarando el estado de emergencia y manda al ejército a acabar con la mafia ante la mirada consternada de sus secretarios Beekman y Pendie.

El Despertar de la Nación es una de esas películas tan alucinantes que merece verse solo para comprobar que Hollywood no era una industria tan infaliblemente hermética, y que a veces hasta a un estudio como la Metro se le colaban rara avis como ésta o Freaks (1932) de Tod Browning. Su extraño guión es una mezcla de populismo barato y política ficción para arreglar la crisis de la Gran Depresión.

Poca broma: a raíz de la crisis económica los Estados Unidos de principios de los años 30 estaban en un estado muy vulnerable a nivel social, un caldo de cultivo muy propicio para el surgimiento de movimientos radicales (vean si no lo que sucedía en algunos países europeos). Solo se puede entender un producto como éste si lo situamos en un contexto tan confuso, pero precisamente eso es lo que hace de El Despertar de la Nación una película que podría ser potencialmente peligrosa si no fuera tan absurda, ya que defiende la idea de que la salvación de este país pasa porque llegue al poder un hombre fuerte (o incluso “iluminado”) que se pase por el forro el Congreso y todas esas ridículas normas que rigen las democracias.

No le falta razón a la película cuando acusa al gobierno de no tomarse en serio su deber, de ser incapaz de acabar con las mafias surgidas a raíz de la Ley Seca y de malgastar dinero en temas menos prioritarios cuando la gente se muere de hambre, pero las soluciones que propone son tal sarta de disparates que a día de hoy cuesta tomarse la película en serio. Me fascina la idea de acabar con el crimen organizado convirtiendo esa lucha contra la mafia en un asunto del ejército, de forma que los mafiosos puedan ser juzgados en un tribunal de guerra y por tanto ejecutados al momento sin preocuparse por nimiedades como abogados defensores o juicios justos. Pero aun entrando en su juego, la película a veces pierde tanto el norte (¿un coche de gángsters tiroteando la entrada de la Casa Blanca a lo Scarface (1932)?) que resulta fascinante pese – o más bien a causa de – sus defectos.

Porque ciertamente, pese a estar dirigido por un muy buen director como Gregory La Cava y estar encabezada por el infalible Walter Huston, el film está lejos de ser remarcable por sus valores artísticos. Los diálogos son terriblemente discursivos, hasta el punto de que en ocasiones parece que cada línea de diálogo del presidente es un pequeño discurso o sentencia impactante, y las frases del resto meras réplicas que sirvan de apoyo a lo que dice su protagonista. Los pobres Beekman y Pendie, que empezaron de forma prometedora como fieles secundarios, a medio metraje acaban resignándose a ser meros comparsas del gran hombre y se ven obligados a protagonizar una aburrida y predecible historia de amor como única forma de tener un mínimo de relevancia en el guión.

Y cuando parece que nos hemos habituado al extraño tono de la película, hay ocasiones en que se vuelve tan literalmente loca que cuesta creer que esté sucediendo lo que estamos viendo. En cierto momento el presidente se da cuenta de que parte de la crisis es porque los avariciosos países europeos no han pagado la deuda que han contraído con Estados Unidos, así que reune a mandatarios de todo el mundo en una conferencia que se celebra en un yate y que es retransmitida en directo por todo el mundo (¡!) y les pide que paguen lo que deben. Como forma sutil de convencerles que va en serio despliega ante ellos toda la flota naval del ejército americano (¡¡!!), para luego destruir dos de sus barcos con un bombardeo aéreo (¿?). El resultado, por algún motivo que no acabo de entender, es que consigue que todos los países del mundo firmen un tratado de paz mundial (¡¡¿¿??!!).

Una vez el presidente consigue por fin traer la paz al mundo, se desmaya a causa del agotamiento y vuelve a ser él mismo. Cuando le revelan todo lo que ha hecho durante esos años, se arrepiente e intenta reparar el “daño” que ha hecho, pero muere antes de conseguirlo. En el final originalmente previsto, su secretaria dejaba que muriera para que el mundo no descubriera la verdad sobre el presidente. En otras palabras, los políticos son tan poco fiables que la única forma de solucionar los problemas es que algún enviado del cielo les ilumine para que dejen de ser ellos mismos. Difícilmente se habría podido colar un mensaje tan subversivo en una película de Hollywood solo unos años después – incluso en Caballero sin Espada (1939) había al menos algunos políticos honrado como Mr. Smith, pero en el film de La Cava no encontramos ni uno.

Como es de suponer, cuando Louis B. Mayer vio la película tuvo un arranque de furia y pidió que nunca se estrenara, pero ya era demasiado tarde. Para empeorar las cosas, Mayer era un republicano convencido, y no se le pasaron por alto los nada sutiles guiños maliciosos al anterior presidente Hoover: por ejemplo, la manifestación multitudinaria de parados camino a Washington era una referencia a una concentración de veteranos de guerra  que tuvo lugar en 1932, en la cual éstos se quejaban por haber perdido los subsidios del gobierno. Al igual que el protagonista de la película, el presidente Hoover utilizó el ejército para desperdigarlos.

Hay tantas cosas equivocadas y demagógicas en El Despertar de una Nación que solo se puede entender la película como lo que es: el reflejo de una época en que el cine todavía tenía esa entrañable inocencia, pero también de unos convulsos años a nivel político y social. Como hija de su tiempo es realmente una película muy interesante.

El Extraño dentro de la Mujer [Onna no naka ni iru tanin] (1966) de Mikio Naruse

Uno de los muchos motivos por los cuales admiro tanto la obra de Mikio Naruse (hasta el punto de considerarlo mi director oriental favorito a día de hoy) es su capacidad para saber adaptarse a los tiempos. Ése es un rasgo que he notado en otros realizadores japoneses que, pese a haber iniciado su carrera en la era muda, fueron capaces en una década tan particular como los 60 de realizar obras que encajaban perfectamente con la estética de esa era, sin parecer obras anticuadas creadas por alguien anclado en el clasicismo – aparte de Naruse para mí es paradigmático el caso de Tomu Uchida y su magnífica Fugitivo del Pasado (1965).

Pero si eso ya es un rasgo a destacar de Naruse, pocos cineastas pueden presumir además de haber realizado algunas de sus mejores películas en esa etapa final de su carrera – véanse las magistrales Tormento (1964) y Nubes Dispersas (1967) – o de haberse decidido a probar a esas alturas géneros que le fueran tan ajenos como es en este caso el cine policíaco. Éste fue el caso de Naruse, que estrenó en 1966 dos películas vinculadas a ese género tan alejado de sus temáticas habituales: El Extraño dentro de la Mujer Hit and Run, que además fueron su antepenúltima y penúltima obras. Ciertamente, un giro inesperado, y más proveniente de un cineasta de más de 60 años con docenas de títulos tras sus espaldas.

Pero lo mejor de todo es que El Extraño dentro de la Mujer es una película perfectamente enmarcada en el cine de los 60 que al mismo tiempo tiene muchos de los rasgos característicos de su autor, aunque amoldados a un tipo de argumento muy distinto a lo que esperaríamos de él. Fíjense en el plano inicial de la película: Naruse acompaña al protagonista (Isao) mientras éste camina por la calle, un tipo de plano que puede parecer casual pero que se repite mucho en su cine, en que los personajes pasean constantemente. Pero éste es diferente, en cierto momento Isao se para, se da la vuelta y mira hacia atrás con desconfianza, casi como si se hubiera dado cuenta de la presencia de la cámara, y se para a encender un cigarro. En el mismo gesto de fumar se le nota nervioso, baja el brazo en que tiene el cigarro y saltamos a un plano en un espacio interior en que la mano con el cigarro finaliza el gesto de bajar hasta un cenicero (un pequeño detalle para unir dos planos tan distintos pero lleno de elegancia y con el estilo tan característico de su autor).

Estamos en un bar. Mientras apura un vaso de cerveza, alguien le reconoce a través del cristal y le hace una señal. Isao está claramente molesto por la intrusión pero acepta que su amigo le acompañe. A partir de aquí se inicia una conversación en que su amigo y vecino Ryukichi le expresa su preocupación por no haberse encontrado con su mujer en la ciudad. Vuelven juntos a casa. Isao se muestra cada vez más nervioso. Cuando acuden a otro bar a tomar una última copa, Ryukichi se entera de que algo le ha sucedido a su mujer, que ha sido asesinada. A esas alturas, sin que se nos haya dado la más mínima pista al respecto, los espectadores sabemos que Isao ha sido el responsable.

¡Qué forma tan elegante de darnos a entender la situación! Naruse inicia el metraje una vez el hecho ya ha sucedido y nos hace compartir la incomodidad del protagonista antes de saber exactamente qué ha pasado, únicamente haciéndonos intuir que algo no va bien. De esta forma acabamos inconscientemente sintiéndonos identificados con alguien que en realidad es un asesino, un adúltero y un hipócrita. Alguien que, pese a eso, no es un mal hombre como iremos viendo. Ya que aquí radica la clave de la película: el problema no está en si Isao será descubierto o no (en el fondo seguramente está deseando que la policía dé con él), sino en si será capaz de vivir con sus remordimientos. En si podrá seguir mirando a la cara a su mujer y su mejor amigo sabiendo el crimen que ha cometido.

Como más de un avispado lector habrá deducido a estas alturas, el argumento parte de la misma novela que Claude Chabrol adaptaría también unos años después en la excelente Al Anochecer (1971). Ambos filmes merecen la pena por tratar el mismo conflicto pero desde la visión totalmente distinta de cada uno de sus realizadores: Chabrol aprovecha para lanzar una crítica a la acomodada e hipócrita burguesía, más interesada en mantener las apariencias que en sacar la verdad a la luz; Naruse se centra en los dilemas morales del personaje, en la idea de que el peor castigo que pueden infligirle su esposa y Ryukichi es perdonarle y dejar que conviva con ello el resto de su vida. De hecho, incluso el desenlace tiene mucho de Naruse al otorgar sorpresivamente el protagonismo a la esposa y la necesidad que tiene ésta de actuar como lo ha hecho por pura supervivencia.

Éste es por tanto uno de esos afortunados casos en que ambas versiones de una misma historia tienen su razón de ser por estar cada una de ellas enfocada al estilo y las inquietudes temáticas de cada cineasta. La de Naruse sirve además como aliciente para comprobar cómo hacia el final de su carrera todavía era capaz de dar una vuelta de tuerca a lo que se esperaba de él. Los grandes cineastas son de hecho aquellos que siguen sorprendiéndonos cuando menos lo esperamos, incluso en aquellas obras menos conocidas de su carrera.

En Legítima Defensa [Quai des Orfèvres] (1947) de Henri Georges Clouzot

A la hora de valorar una película, por mucho que uno aplique una serie de criterios lo más objetivos posibles, siempre es susceptible de dejarse influenciar por su estado de ánimo o las expectativas con que la afronta. Por suerte, en estos tiempos el revisionado de films es relativamente fácil y uno puede enmendar el error. Eso es lo que le ha pasado a este humilde Doctor con una de las grandes películas del magnífico cineasta Henri-Georges Clouzot, En Legítima Defensa (1947). No es que antes me desagradara, pero sí que tenía un recuerdo relativamente tibio de la película, como un buen film policíaco pero que no me dejó especial huella. Y cuando ahora lo revisiono me pregunto sorprendido qué rayos me pasaba el día que la vi para haberme quedado con esa impresión.

Imagino que el principal problema fueron las expectativas, las siempre peligrosas expectativas, y que viniendo de obras maestras como El Salario del Miedo (1953) y Las Diabólicas (1955) esperaba muchísimo de este policíaco considerado como uno de los mayores logros de su carrera. Y el argumento desde luego era más que prometedor: un crimen que complica a Jenny, una cantante de music-hall, a su marido Maurice y a una amiga de ambos, Dora. ¿La víctima? Un viejo verde adinerado que coqueataba con la artista a cambio de ofrecerle una carrera prometedora, provocando los celos del marido.

Así pues, aunque las expectativas me jugaran una mala pasada, no puedo evitar preguntarme cómo pudo pasarme por alto una obra como ésta. ¿Cómo pude olvidar la esmerada recreación del mundo del music-hall, con esos camerinos que apenas dejan espacio (ya no digamos intimidad) a sus ocupantes, la complicidad entre esos entrañables artistas de baja estofa y la lascivia que despiertan las bailarinas que basan sus números en exhibir su cuerpo más que en mostrar su (a menudo inexistente) talento? Esos comentarios entre bambalinas, esa mirada absolutamente hastiada de la cantante que está ensayando con Maurice mientras éste recibe la noticia de que su mujer ha salido para visitar a su abuela (“¿Verdad que son idiotas los hombres?” le espeta un miembro de la compañía, a lo que la cantante responde “Afortunadamente…” sin abandonar su expresión de mujer harta de todo).

¿Cómo pudo pasarme por alto la escena en que Brignon, el adinero empresario que será víctima de su lujuria, se trae a jovencitas al estudio de Dora para que ésta haga fotografías eróticas de ellas? También me sabe mal que el personaje de Dora se haya escapado de mi memoria, el clásico personaje femenino en la línea de Midge en Vértigo (1958): la mujer que ama y no es amada, a la que no se le concede ni siquiera el privilegio de formar parte de un triángulo amoroso, ya que la persona a la que quiere no le corresponde; su rol acaba adquiriendo casi por descarte tintes maternales, el querer cuidar al hombre que ama y procurar que al menos él sea feliz. El típico personaje del que luego no se nos revela su desenlace porque el guión lo ha olvidado, sin concederle el privilegio de la felicidad ni tampoco el glamour de un final dramático.

No obstante, debo decir en mi defensa que sí recordaba al carismático inspector de policía encarnado magistralmente por Louis Jouvet. El prototípico perro viejo que ha visto demasiadas cosas y se sabe todos los trucos, pero que por su carácter nunca ascenderá de posición. La imagen del rudo inspector arropando a su hijo adoptado antes de salir a encargarse del caso era una de las pocas que retuve claramente de la película.

Pero aun así, el inspector Antoine no se nos presenta tampoco como un detective brillante. El guión incide más en la forma como presiona al pobre Maurice para obligarle a confesar, que en su astucia para hallar las pistas adecuadas. Puede que su misantropía nos acabe resultando simpática (el clásico gruñón carismático), pero no su forma de interrogar a los personajes y de acosarles.

De hecho En Legítima Defensa es una película de antihéroes. Un protagonista masculino no especialmente atractivo ni inteligente destinado a sobrellevar el papel de cornudo y que para cometer un crimen se prepara una coartada insostenible. Un inspector de policía rudo y malhablado que chantajea a un inofensivo taxista para que le ayude a identificar a una persona sospechosa. Una cantante de music-hall sin talento que coquetea con cualquiera para salir adelante. Una fotógrafa que se ve obligada a hacer fotografías eróticas para un viejo verde por subsistencia. No, realmente Clouzot no busca ganarse las simpatías de nadie con sus personajes, pero tampoco se recrea en sus defectos y simplemente los retrata tal cual son.

Ciertamente, no tengo excusas para que todos estos aspectos del film no me hubieran hecho valorarlo como se merece. Por ello nunca está de más un revisionado a tiempo para hacer justicia a una película.

Sol Blanco del Desierto [Beloe solntse pustyni] (1970) de Vladimir Motyl

La amplia y variada geografía de Rusia ciertamente da pie a la realización de películas de todo tipo, más allá de la imagen que normalmente asociamos al país vinculada con paisajes helados. De hecho la parte que comunica con Asia se reveló como el terreno ideal para filmar lo que se conoce como “ostern”, es decir, una especie de equivalente de los westerns pero ambientado en los territorios de la Unión Soviética. Las películas no tenían que tratarse necesariamente de westerns en cuanto a temática, pero sí que tomaban del género la estética y el tipo de argumentos o conflictos, como es el caso del film que nos ocupa hoy.

Sol Blanco del Desierto (1970) no solo es uno de los ejemplos paradigmáticos de “ostern” sino que es una de las obras más famosas de la historia del cine soviético, hasta el punto de que ha trascendido a la cultura popular del país (como curiosidad, se instauró como costumbre que los astronautas rusos vieran el film antes de lanzarse al espacio como ritual de buena suerte).

Su historia es una curiosa combinación de elementos cogidos del western, gags puramente humorísticos y juegos con el choque entre culturas o tradiciones. Ambientada en la zona del Mar Caspio, su protagonista es el soldado Fyodor Sukhov, que tras haber combatido en la Guerra Civil, marcha en solitario por el desierto para regresar a su hogar y reunirse con su esposa. Por el camino se encuentra con un hombre llamado Sayid enterrado en la arena con la cabeza al descubierto, al que salva la vida permitiéndole que éste pueda partir en busca del bandido que mató a su padre.

Más adelante se encuentra con otros oficiales rojos que le encomiendan una misión: custodiar el harén de un famoso bandido huido (Abdullah) hasta un poblado, donde podrán esperar a que el pelotón de soldados rojos acuda a por ellas en unos días. Como ayudante se le confía al joven e inexperto Petrukha. Pero una vez llega al poblado, Sukhov no logra desentenderse del encargo tan rápidamente como le gustaría y debe fortificarse para esperar la llegada de Abdullah y sus cómplices.

Como puede intuirse, el argumento se sirve de una situación muy en la línea de Solo Ante el Peligro (1952) y Río Bravo (1959), en que el héroe debe hacerse fuerte en un pequeño poblado para prepararse para el ataque de unos bandidos, contando además con muy pocos aliados a su favor. La película parte de esta premisa tan atractiva para a partir de ahí moverse de forma muy hábil entre el cine de aventuras con toque western y la comedia pura y dura. Porque Sukhov, aparte de ser un combatiente hábil y muy inteligente, es ante todo un personaje de talante irónico al que se le ha asignado el papel de héroe a su pesar. Más que parecer preocupado por su difícil situación, parece alguien a quien todo le trae sin cuidado, resignado a salvar a esas damiselas en apuros porque no tiene más remedio.

De hecho uno de los puntos más destacables del film es la forma como juega con el choque de culturas, lo cual provoca que por ejemplo las mujeres del harén tomen al protagonista por su nuevo amo (lo cual da pie a una divertida fantasía en que se imagina en su hogar conviviendo con su mujer y todas esas jóvenes) o que cuando se vean sorprendidas intenten taparse la cara con su ropa… dejando irónicamente al descubierto sus mucho más sugerentes ombligos.

En paralelo tenemos otras pequeñas historias, como el dueño de un museo obsesionado con que no se dañen sus reliquias o un oficial de aduanas semirretirado que desea volver a entrar en acción pero lo tiene prohibido por su mujer, que teme quedarse viuda. En ese aspecto resulta curioso contrastar la visión del matrimonio representada por el harén de jóvenes serviciales respecto a la de ese oficial grandullón sometido al dominio de su esposa.

En conjunto, Sol Blanco del Desierto es una película notable que fluye perfectamente evocando tanto elementos del western como de la comedia pura (por ejemplo, esos ancianos fumando perezosamente sobre una caja de dinamita), con imágenes de poso melancólico (esas cartas del protagonista dirigidas a su añorada esposa) junto a otras más crudas (los ataques de los bandidos), al mismo tiempo que nos permite disfrutar de una parte poco explotada cinematográficamente de la geografía rusa. Muy recomendable.

The Phantom Light (1935) de Michael Powell

Antes de que Michael Powell se convirtiera en uno de los más grandes cineastas del mundo, a principios de los años 30 tuvo que curtirse como director trabajando en lo que se conocían como “quota quickies”. Debido a la peligrosa invasión del mercado hollywoodiense y a la debilidad congénita de la industria británica, el parlamento había creado una ley que obligaba a los cines a programar una cuota de películas británicas. A efectos prácticos dicha ley tuvo como consecuencia la proliferación de producciones rápidas y baratas destinadas únicamente a cubrir ese porcentaje marcado por la ley, pero por otro lado sirvieron a jóvenes talentos como Powell de entrenamiento intensivo, obligados a filmar varias películas al año con muy pocos medios a su alcance.

No obstante, la película que más suele recordarse de esta etapa del cineasta en realidad no estoy muy seguro de que se pueda calificar de quota quickie, ya que The Phantom Light (1935) contaba con un reparto bastante efectivo y un presupuesto que, aunque exiguo, daba para un producto profesional. En todo caso, sí que parece la más interesante de esa época de su carrera que abarca hasta The Edge of the World (1937), primera obra que Powell llega a considerar realmente como suya.

El film que nos ocupa es una pequeña película de suspense impregnada de muchas dosis de comedia situada en un diminuto pueblo costero de Gales. Ahí va a parar Sam Higgins, el nuevo encargado del faro, quien descubre que los faroleros a los que va a sustituir murieron en extrañas circunstancias o se volvieron locos. Así mismo, ahí conoce a dos personas muy interesadas por ir al faro: una joven llamada Alice y un reportero llamado Jim.

Cuanto menos importancia demos al argumento de The Phantom Light, mejor. La base es una arquetípica historia de misterio cuya resolución no se sostiene demasiado, pero resulta obvio que hoy día nuestros intereses por la cinta son otros. Como por ejemplo esa ambientación tan meticulosamente británica que le da el encanto del color local: los peculiares personajes del pueblo, ese tira y afloja entre gente de ciudad y gente rural, o el característico humor que impregna todo el metraje.

En cierto momento del metraje, un personaje empuña una pistola a Sam y éste manda que la deje, ya que no se encuentran en Chicago. Aunque no deje de ser una pequeña frase humorística, la idea que se desprende es la base del film, una modesta historia de suspense con aroma típicamente británico, sin necesidad de los clásicos tiroteos de los films de gángsters

Hitchcock estaba haciendo lo mismo por esas fechas, es decir, crear obras de suspense con personalidad claramente británica y no como una copia de lo que se hacía en Estados Unidos; pero obviamente con un presupuesto mucho más holgado y unos cuantos años de ventaja sobre Powell, que había trabajado como asistente suyo. Eso hizo que las películas de Hitchcock, pese a ser eminentemente británicas, pudieran triunfar en el extranjero provocando su traslado a Hollywood (algo que la industria inglesa y el propio Powell nunca le perdonaron), mientras que obras como ésta solo se entienden como un producto pensado por y para consumo del público británico, que tendría como aliciente especial sentirse identificado con el tipo de personajes y situaciones que se nos muestran.

Aunque no es una gran producción, las escenas del clímax final entre el faro y el barco a punto de naufragar dan a entender que aquí Powell ya se manejaba en presupuestos más generosos, y éste demostró con creces estar a la altura. La propia escena final es un prodigio de montaje y la ambientación nocturna ciertamente está muy bien elaborada. En cuanto al reparto, destaca por su actor protagonista, Gordon Haker, un favorito del público británico de por entonces que destaca sobre todo por su faceta cómica – el propio Hitchcock solía regalarle planos muy generosos en sus películas aunque sus personajes fueran secundarios.

Teniendo en cuenta el público al que va dirigida y la función que tenía The Phantom Light hay que reconocer que el resultado es bastante eficiente. En realidad el hecho de que nosotros podamos acceder hoy día con facilidad a películas totalmente menores como ésta, que ciertamente no estaban pensadas para que las acabara viendo alguien fuera de su público potencial (y mucho menos ochenta años después), no deja de ser una de las curiosas anomalías de nuestra época. Una maravillosa anomalía, todo sea dicho.

El Pistolero [The Gunfighter] (1950) de Henry King

Hay una figura o temática en el mundo del western que me resulta especialmente interesante y es la del bandido arrepentido que intenta rencauzar su vida. Una vez el western se afianzó como uno de los géneros por antonomasia del cine clásico, empezaron a surgir pequeñas desviaciones de los códigos prototípicos del género que proponían una visión más compleja de ese mundo. De esta forma, quizá un temible asesino podría arrepentirse al cabo del tiempo de la forma de vida que había llevado e intentar reconciliarse con su familia o establecerse de forma respetable. Pero, ¿es posible romper así con ese tipo de vida?

Aunque este tipo de argumento es más propio de westerns modernos como Hombre sin Fronteras (1971) de Peter Fonda y sobre todo Sin Perdón (1992) de Clint Eastwood, ya en la era clásica surgieron algunas películas que planteaban esa cuestión como es el caso de la absolutamente magistral El Pistolero (1950) de Henry King.

El protagonista es en este caso el famoso pistolero Jimmy Ringo, al que se le atribuyen auténticas hazañas con su revólver. Pero lejos de embarcarse en nuevas aventuras, Ringo vuelve a un pueblo para intentar reconciliarse con su mujer (a la que abandonó años atrás) y para conocer a su hijo de ocho años, al que nunca ha visto. Su llegada causa sensación, y todos se agolpan en el saloon en el que se encuentra Ringo para ver al famoso pistolero.

El sheriff del pueblo es un amigo de Ringo, Mark Strett, que quiere a toda costa que Ringo se vaya antes de que la situación se descontrole. Ringo solo acepta a cambio de tener un encuentro con su esposa, que teóricamente no quiere saber nada de él, de modo que el sheriff accede a hacer de intermediario entre ambos. En paralelo, un joven bravucón intenta provocar a Ringo para dárselas de duro y tres pistoleros están a punto de acudir al poblado a vengar la muerte de su hermano (a quien Ringo mató en defensa propia).

El personaje protagonista (un inmenso Gregory Peck) está inspirado en un pistolero real, Johnny Ringo, que tras llevar un tipo de vida salvaje intentó en vano reconciliarse con su familia. En la película se nos contraponen las figuras de Ringo y el sheriff Strett como dos caras de una misma moneda: ambos tienen un pasado turbio, pero en el caso de Strett ha conseguido reformarse y empezar una nueva vida (de hecho cuando le enseña la estrella de sheriff a Ringo éste no puede evitar sonreír al ver el giro que ha dado su amigo). Ringo en cambio está condenado a ser una celebridad, el pistolero más rápido del oeste al que todo matón quiere desafiar para superarle.

Otro de los detalles que hacen que me guste tanto El Pistolero es que siento debilidad por las historias de suspense concentradas en un espacio y tiempo muy limitados. En este caso el veterano Henry King maneja magistralmente el tempo de la cinta, basculando entre escenas más psicológicas y otras que nos recuerdan continuamente todos los peligros que acechan al protagonista, de modo que sin apenas salir del poblado consigue que estemos en tensión continua. Por otro lado, el desenlace es totalmente fiel a la principal idea de la historia, de modo que lo más importante al final no es quién desenfunda más rápido sino qué implica ser el más rápido del oeste. Después de todo, puede que los héroes de tantos de nuestros westerns favoritos estén después condenados como Ringo a ser víctimas de su propia destreza y fama.

Intimidation [Aru kyouhaku] (1960) de Koreyoshi Kurahara

Es curioso comprobar cómo a finales de los años 50 y principios de los 60 se hicieron cada vez más frecuentes en las pantallas de cine japonesas las historias relacionadas de forma más o menos directa con el mundo de los negocios y las grandes empresas. Me vienen a la mente películas tan diversas como la sátira sobre el mundo de la publicidad Gigantes y Juguetes (1958) de Yasuzo Masumura, Los Canallas Duermen en Paz (1960) de Akira Kurosawa, The Inheritance (1962) de Masaki Kobayashi o Elegant Beast (1962) de Yûzô Kawashima.

Todas ellas nacen como fruto de su contexto: la recuperación económica que estaba experimentando el país tras la posguerra (el famoso “milagro japonés”) convirtiéndole en una de las mayores potencias del mundo. Con la entrada de la cultura capitalista en Japón las historias sobre traiciones entre altos ejecutivos y sobre empresas poco éticas estaban a la orden del día. Sí, el país había conseguido seguir adelante después de unos años muy difíciles, pero ¿a qué precio?

Una de las primeras películas de Koreyoshi Kurahara, Intimidation (1960), se mueve dentro de esa temática. El protagonista es Takita, emblema del triunfo capitalista: un banquero que ha ascendido a director de su sucursal y además se ha casado con la adinerada hija de su jefe. A su lado está Nakaike, un amigo de la infancia que empezó como él en el banco pero ha seguido un camino mucho más mediocre. Mientras Takita es astuto y sabe desenvolverse con la gente (incluyendo con la hermana de Nakaike, a la que tuvo como amante), su amigo es torpe e inseguro. Pero un día Takita recibe una desagradable sorpresa: un desconocido le chantajea por unas transacciones ilegales que llevó a cabo tiempo atrás y le exige que le entregue tres millones de yenes en el plazo de un día. Acorralado, la única opción que tiene Takita es robar su propio banco, y el destino hace que justo esa noche el encargado de seguridad sea su amigo Nakaike.

Con su estética en blanco y negro y el argumento centrado en un chantaje y un robo a un banco, Intimidation adquiere en su tramo inicial la apariencia de un película negra tradicional. Como es propio del género, nuestro protagonista es un personaje ambivalente, incluso más bien antipático por su falsedad, falta de escrúpulos y egoísmo, rasgos que suelen asociarse al arquetipo de hombre de negocios que escala a lo más alto. En contraste tenemos a Nakaike (extraordinario Kō Nishimura, secundario de oro del cine japonés clásico), que representa la figura del hombre honesto y de buenos sentimientos que no ha sabido adaptarse a los tiempos. Desde esa mentalidad del éxito inherente a la filosofía capitalista, Nakaike es a vista de todos un fracasado, alguien a quien Takita le resulta demasiado fácil pisotear como para sentir remordimientos.

No obstante, a medida que avanza la trama se nos hace obvio que Intimidation no es tanto una película sobre el robo de un banco como sobre la relación entre los dos amigos. En ese aspecto resulta determinante la escena del robo, de una tensión casi insoportable no solo por el crimen en sí, sino porque pone en juego a los dos amigos enfrentados a una situación límite. Lo interesante no será tanto el éxito o fracaso del robo, sino que ello conllevará que Takita vuelva a pisotear y humillar a Nakaike como medida de supervivencia.

En su último acto, el guión da un inesperado giro (de nuevo volvemos al terreno del film noir) que obliga a replantearse la relación de los amigos. Aunque resulta un giro muy interesante, me da la sensación de que se acaba alargando demasiado y resultando redundante, algo paradójico dado que una de las virtudes del film es precisamente su concisión (apenas más de una hora de duración). No obstante, pese a ese pequeño detalle, por todo lo demás Intimidation es una película muy interesante que sirve de preludio a Kurahara justo antes de realizar la obra por la que se daría a conocer: Los Pervertidos (1960).

Death Is a Caress [Døden er et kjærtegn] (1949) de Edith Carlmar

Es curioso cómo funcionan por igual los códigos de los géneros cinematográficos en todo el mundo, como por ejemplo el film noir. Una película noruega que se inicia con un personaje confesándose a otro en un escenario que parece una prisión. Empieza el relato con una frase que ya parece indicarnos hacia dónde se nos conducirá (“Aún tengo escalofríos cuando pienso en la primera vez que la vi”). Aparentemente él era un chico normal con un trabajo seguro y una bonita prometida, pero aparece ella, la causante de todos los problemas, una mujer adinerada y con mucho carácter. Él le arregla el coche y ella toma nota de ese atractivo mecánico, con el que empieza a filtrear.

Por supuesto ella está casada. Se sucede el adulterio y todo empieza a desmoronarse (otra frase que encaja como un guante en el universo noir: “El mundo seguro que había construido a mi alrededor se vino abajo“). El marido de ella es un hombre aburrido que apenas le hace caso. Cuando nuestro protagonista le conduce en un viaje en coche vemos que se queda dormido con suma facilidad, más adelante ella le confía que es un pésimo conductor. Todo parece conducir hacia lo inevitable: un asesinato para librarse de él, que parezca un accidente de coche…. ¡pero no! Porque el relato pese a tener los ingredientes de una película negra adquiere el tratamiento de un melodrama y a medida que avanza el metraje vemos que tira más hacia esos derroteros. ¿Tendrá ella el imperdonable mal gusto de divorciarse de su marido en vez de planear un asesinato con su amante? ¿Pero qué se han creído?

Efectivamente, pese a su sugerente título, Death Is a Caress (1949) en realidad no es una película criminal sino un drama sobre una historia de amor condenado. Desconozco si es a propósito que su directora nos evoca de forma engañosa al principio un posible film de suspense, pero en todo caso el estilo de la puesta en escena remarca de forma inconfundible que ésta no tiene ninguna intención de llevarnos a un universo de femmes fatales y claroscuros. Pero sí que toma prestada la idea de amores ilícitos y de pasiones destructivas, porque cuando nuestros dos protagonistas se casan tiene lugar el verdadero conflicto del film: él no soporta el tipo de vida social que lleva ella, mientras que ésta se muestra terriblemente celosa y desconfía de los movimientos de su marido. Pero pese a sus amargas discusiones no pueden evitar amarse.

Es una pena que la película no acabe de otorgar a la historia el tono fatalista que requiere y que los dos protagonistas no desprendan la química necesaria para transmitir esa sensación de pasión descontrolada. Del mismo modo, uno de los alicientes que tiene uno al acercarse a una película de un país poco presente cinematográficamente a nivel internacional como es Noruega es disfrutar de sus singularidades, pero tampoco es el caso. Aunque correctamente realizada, Death Is a Caress no posee de ningún rasgo especial que la distinga de una película clásica de otro país salvo el atrevimiento al tratar de forma tan directa temas como el adulterio o el aborto, impensables por ejemplo en el Hollywood de la época.

Gran parte del interés creo que estriba en este caso en factores más allá del film: Death Is a Caress es la primera película noruega dirigida por una mujer… y eso tratándose de una obra que casi está tocando los años 50. Sería de la primera de una serie de películas que la cineasta realizaría en colaboración con su marido (aquí coguionista y productor).

Su primera producción conjunta supuso todo un escándalo en Noruega tras el cual los Carlmar prefirieron tirar hacia géneros menos polémicos, como la comedia. No obstante, en su debut ofrecieron una interesante visión de un matrimonio autodestructivo en que es el hombre quien parece encontrarse en situación de inferioridad. No está mal como debut a la dirección.

Fat City (1972) de John Huston

Cada vez estoy más convencido de que John Huston es uno de los cineastas clásicos que tuvo una mejor época de madurez hacia el final de su carrera. A los 70 años, Huston fue capaz de facturar una gran película de aventuras a la antigua usanza como El Hombre que Pudo Reinar (1975), un entretenidísimo y notable film de gángsters como El Honor de los Prizzi (1985) y uno de los finales de carrera más bonitos que conozco: Dublineses (1987) – eso sin olvidar la extraña combinación de fútbol y nazis que es Evasión o Victoria (1981). Es cierto que entre medio hizo otras horrendas – no he visto Phobia (1980) pero el hecho de no conocer a absolutamente nadie a quien le guste no resulta muy motivador – pero hay que reconocer que él siempre fue un cineasta bastante irregular en sus proyectos.

Pero lo más interesante de todo es que, aparte de estas grandes películas, hizo otras más arriesgadas que además sintonizaban totalmente con los nuevos tiempos, como la delirante Sangre Sabia (1979) o la magnífica Bajo el Volcán (1984), que demostraban que Huston no era una reliquia anclada en el pasado. Este último destello de inspiración que además le volvió a convertir en un cineasta a tener en cuenta empezó a principios de los 70 con una de las grandes obras de su carrera: Fat City (1972).

Pese a que en la década de los 60 se mantuvo muy activo, lo cierto es que la mayoría de obras que el veterano cineasta realizó en esos años no funcionaron en taquilla ni resultaron especialmente remarcables a nivel artístico – a falta de ver La Horca Puede Esperar (1969) para mi gusto no había hecho otra obra realmente imprescindible desde La Noche de la Iguana (1964). En cambio Fat City supuso su gran retorno: no solo era una grandísima película sino que además el material y el estilo conectaban por completo con el espíritu de la época. Difícilmente se podía pedir más.


Desde el inicio del film, con los planos de los bajos fondos de California y la imagen del apático protagonista en la cama mientras suena la melancólica “Help Me Make It Through the Night” de Kris Kristofferson uno se hace enseguida a la idea de que va a ver algo especial y entra en el tono adecuado. Fat City explica la historia de dos boxeadores de poca monta que consiguen tener su breve momento de éxito pero sin que ello les saque de sus mediocres vidas: Billy Tully, un veterano retirado que quiere volver a combatir para reencauzar su vida, y Ernie Munger, un joven que se tomaba el boxeo como una afición hasta que Billy le convence de que tiene talento.

En Fat City Huston quiso hacer una película sobre el boxeo pero desvinculándola de la gloria del éxito. No es un clásico de film de auge y caída sencillamente porque no hay auge. Es una obra sobre los bajos fondos, sobre los combates orquestados en locales de mala muerte, con vestuarios sucios y apestosos y un público más predispuesto a abuchear que a vitorear. El guión deja caer las pistas que nos hacen creer equivocadamente lo que vamos a ver: los inicios humildes del inocente Ernie, su progresiva escalada al estrellato, sus choques con su novia, etc. Pero nada de eso sucede. Nunca abandonaremos los bajos fondos y de hecho nunca le veremos triunfar, porque Huston es un tipo tan puñetero que solo nos mostrará el primer fracaso de Ernie. Después se nos habla de sus éxitos pero nunca llegamos a saborearlos.

De hecho en toda la película solo vemos un combate que acaba en victoria (el último de todos) pero paradójicamente nos deja un regusto amargo, no acabamos de saborear el triunfo. Por mucho que Billy haya vencido, sigue siendo un boxeador de poca monta. ¿Cómo va a colmar con ello todas las expectativas que él tenía depositadas en una vida mejor? El éxito, recuperar la oportunidad perdida, volver con su mujer… ¿Realmente el ganar unos combates de boxeo es el camino hacia conseguir todo eso?

¿Qué queda al final de todo eso? Un entrenador convencido por enésima vez de haber hallado un diamante en bruto que luego quedaré en nada (magnífico Nicholas Colasanto en uno de los mayores aciertos de cásting de la película). Un joven que echa a perder una posible carrera prometedora en el boxeo por un matrimonio prematuro. Una mujer alcohólica incapaz de reencauzar su vida ni de hacer feliz a los hombres que la quieren (inmensa Susan Tyrrell). Y por supuesto, ese ex-boxeador que cree que la forma de dejar de ser un fracasado es volviendo al ring. Pero Huston no se recrea en los fracasos de estos perdedores, de hecho algunas elipsis son tan súbitas que no da tiempo a asimilar sus recaídas (según parece, originariamente había mucho más material filmado sobre el proceso de autodestrucción de Billy, pero se prefirió eliminarlo). Ni siquiera se nos ofrece esa masoquista satisfacción que otorga el romanticismo del perdedor, sino más bien la melancolía y el patetismo de aquel que nunca logra nada. Pero lo genial de Huston es que incluso a personajes totalmente secundarios los retrata con absoluta dignidad, como es el caso de Lucero (el contrincante de Billy): su llegada a la ciudad ataviado elegantemente, ese plano de él tumbado en la cama mirando al techo y posteriormente su salida después del combate, con la misma sobriedad y elegancia. Una persona que ya no siente la emoción de ganar o perder combates, sino que sigue adelante casi por deber o casi por dignidad.

Y como coda, tenemos la maravillosa escena final, que es una debilidad personal: el último encuentro entre Billy y Ernie en el bar en contraste con su primer diálogo años atrás en el gimnasio, que incluye ese instante tan alucinatorio en que todas las personas de alrededor se congelan y Billy les mira estupefacto, un golpe de efecto brillante ideado por Huston de forma improvisada en el rodaje. Y por supuesto la última frase, cuando Billy le pide a Ernie que se quede un rato más hablando con él. Éste acepta, pero ambos se quedan en silencio. Ya no tienen nada que decirse. De qué forma tan natural Huston muestra temas tan típicos de la modernidad cinematográfica como es el vacío o la incapacidad por comunicarse.

La Casa en el Río [House by the River] (1950) de Fritz Lang

Que Herr Lang me perdone por lo que voy a decir, pero en ocasiones no puedo evitar alegrarme de que la carrera del director en Estados Unidos no fuera un éxito absoluto – o al menos no a la altura de su etapa alemana – y que en ciertos momentos tuviera que conformarse con trabajos muy menores para su talento. No digo esto porque tenga nada personal contra el señor Lang, uno de los mejores cineastas de la historia, sino porque su trabajo en algunas de producciones baratas resulta más interesante de lo que seguramente sería en grandes proyectos de estudio. De hecho a principios de los años 50, Lang estaba en uno de los puntos más débiles de su carrera: por un lado, muchos de los principales estudios le tenían vetada la entrada por su fama de trabajador difícil (el tópico de director teutónico de carácter imposible se creó para gente como él), y por el otro, la terrible caza de brujas del Senador McCarthy le estaba pisando los talones, y aunque nunca llegó a verse encausado, en aquellos confusos años la situación del cineasta era muy insegura.

En todo caso, Lang, que había pisado Hollywood más de 10 años atrás trabajando para la Metro, de repente se veía en una producción de la Republic. Acabar ahí era casi un ultraje para un director de prestigio, ya que era un estudio insignificante que se dedicaba a filmar películas baratísimas de serie B. Cierto es que los jerifaltes dejaban total libertad a sus creadores y que aquí Lang podría trabajar a sus anchas, pero a cambio de unos límites presupuestarios muy ajustados.

Y no obstante, esto es en gran parte lo que hace de películas como La Casa en el Río (1950) tan interesantes, porque son una muestra de cine negro en su estilo más seco y sencillo. Desprovisto del glamour y los abultados presupuestos de las grandes películas, los directores que acababan en estudios como la Republic mostraban su estilo en estado puro, sin interferencias de productores, sin grandes estrellas que aportaran su personalidad, sin lujosos recursos técnicos que deslumbraran al espectador: el director se encontraba solo ante el peligro teniendo que sacar el mayor partido posible del material que tenía entre manos. Por eso es fascinante ver a directores como Lang enfrentados a esta tesitura.

De hecho, entre algunos fanáticos del cine negro existe una tendencia a preferir las obras de serie B por encima de aquellas más lujosas como Perdición (1944) de Billy Wilder, El Cartero Siempre Llama Dos Veces (1946) de Tay Garnett  o El Sueño Eterno (1946) de Howard Hawks. No porque sean mejores, sino porque muestran la faceta más cruda y descarnada del género, sin artificios, a menudo con pésimos actores y resoluciones algo torpes pero más auténticas. En cierto modo quizá conectan mejor con el material original (las novelas hard-boiled) que las maquilladas grandes producciones de los estudios.

En todo caso, me estoy desviando demasiado de la película que nos atañe. La Casa en el Río tiene lugar en un pequeño pueblecito americano donde un escritor frustrado, Stephen Byrne, vive con su mujer en una un apacible hogar junto a un río. Una tarde que se encuentra solo intenta violar a su criada Emily y la mata por accidente. Por suerte, en ese instante aparece su hermano John, y accede a encubrir el crimen creyendo erróneamente que su cuñada, Marjorie, está embarazada y que por tanto podría ser fatídico que se enterara de lo sucedido. Ambos se deshacen del cadáver lanzándolo al río y Stephen denuncia la desaparición de la doncella. Este hecho le convierte inesperadamente en un escritor de éxito gracias al escándalo, pero John siente remordimientos por lo que ha hecho.

Una vez más, el género noir sirve como reflejo de los aspectos más sórdidos y ocultos de la sociedad respetable, de los impulsos que llevan a los habitantes de un pueblecito bienpensante a mostrar su cara menos amable: no solo el encantador Stephen es un violador, sino que cuando más adelante se descubra el cadáver de la criada las sospechas hacia John harán de su vida un infierno, aun cuando no hay pruebas que lo inculpen. Él mismo se ve incapaz de enfrentarse a ese problema porque sabe que en un pueblo como ése gustan demasiado los rumores. La imagen del río, que circula al lado de la casa transportando en él los restos de basura que deja la gente, es un reflejo de esa faceta más oscura – de hecho, John y Stephen esconden el cadáver en sus aguas, del mismo modo que los respetables habitantes arrojan en él sus desperdicios para dejar sus casas limpias e impecables de toda la suciedad que generan.

Los primeros 15 minutos de la película son de lo mejor que Lang hizo en Estados Unidos, y ellos solos ya justificarían su visionado. La forma como el genial director sugiere la atracción sexual de Stephen hacia la doncella es magnífica, sugerente y muy efectiva: la luz del cuarto donde ella se está bañando y la cara de él que muestra que se la está imaginando desnuda. Pese a las obvias limitaciones de la época en cuanto a mostrar cierto erotismo, la escena lleva implícita una poderosa carga sexual. Posteriormente, el asesinato y ocultamiento del cadáver tienen un tono lúgubre casi barroco, acentuado por la ausencia de banda sonora. Si algo nos está demostrando este film es que un Lang bajo mínimos sigue estando por encima de la media, y que los límites de presupuesto no le impiden hacer gala de ese estilo tan asfixiante y aprovechar instintivamente ese estilo tan crudo.

Más adelante la película aboga por un estilo menos tenebroso y se centra más en el estudio del trio protagonista (del que destaca un portentoso Louis Hayward como Stephen) así como en la idea del falso culpable. Indudablemente no resulta tan vistosa como sus primeros 15 minutos, pero Lang de nuevo no abusa de su faceta más atractiva visualmente y entiende que debe haber un contraste entre los pesadillescos minutos iniciales y la aparentemente vida idílica en el resto de la película. Lo interesante es que todo ha sucedido en el mismo espacio, y que la tenebrosa escena inicial no deja de ser (una vez más) el reverso oscuro de lo que vemos en el resto del metraje.

Por último, el guión utiliza muy inteligentemente pequeños trucos visuales como ése del pescado emergiendo de las aguas que tanto asusta a Stephen, y que se le aparece en ciertos instantes, o todo el desenlace, en que de nuevo parece que estemos viviendo una pesadilla en que los muertos emergen de las aguas.

Con sus limitaciones, La Casa en el Río es una obra interesantísima, plagada de ideas y buenos recursos que exponen en carne viva los rasgos que hacen de Lang uno de los más grandes cineastas de la historia. De hecho uno de los aspectos que suele distinguir a los mejores directores es su capacidad de conseguir facturar obras notables en circunstancias poco favorecedoras, como es el caso.