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El Cuervo [Le Corbeau] (1943) de Henri-Georges Clouzot

En un pequeño pueblo francés – «aquí o en cualquier lugar» – empiezan a difundirse una serie de cartas anónimas firmadas bajo el nombre «El Cuervo» que hacen circular rumores muy desagradables sobre sus habitantes, especialmente del Doctor Rémy Germain, al cual se acusa de practicar el aborto y de tener un romance con la esposa de su colega el Doctor Vorzet.

Si el punto de partida de El Cuervo ya de por sí es bastante sórdido, Clouzot (recordado por obras maestras como Las Diabólicas y El Salario del Miedo) no se anda con medias tintas a la hora de mostrarnos las reacciones de los personajes del pueblo ante los insultantes anónimos. Como ya sucedería en El Salario del Miedo, Clouzot se recrea en los personajes retratándolos como seres egoístas y corruptos, casi inmorales. Lo peor de El Cuervo no son las terribles acusaciones que saca a la luz, sino la forma cómo reacciona la gente ante ellas: se acusan mutuamente, desconfían los unos de los otros y en general se dejan manipular por el odio y el rencor con una facilidad pasmosa.

La película se centra básicamente en el Doctor Germain, que por algún extraño motivo se ha convertido en el blanco de las iras de El Cuervo. Germain no es el clásico protagonista, es un hombre frío y que parece casi carente de sentimientos, exceptuando los que parece sentir hacia su amante Laura Vorzet.
Ya en una de las primeras escenas se hace un retrato bastante crudo de las relaciones entre personajes. En el hospital, Laura es acosada por su hermana Marie, quien la insulta y menosprecia por esa relación adúltera. Al mismo tiempo, Marie inspecciona en los bolsillos del Doctor Germain para leer sus cartas y es sospechosa de robar morfina al hospital. Fuera del hospital las relaciones del protagonista con el resto de personajes no son mucho mejores. Germain se hospeda en el edificio de la escuela del pueblo como huésped del director y es continuamente acosado por Denise, la hermana de éste. Lejos de ser un amor platónico, Denise es agresivamente posesiva y casi le exige que sea su amante a cualquier costa. Ni siquiera los sentimientos amorosos salen bien parados en el film.

Sin embargo, lo más triste de todo resulta comprobar la reacción del pueblo ante los anónimos, que me temo que no está muy alejada de lo que sucedería en la realidad (de hecho la historia está basada en un hecho real). Al principio, como no se tiene la más mínima sospecha sobre quien es el autor, sus desconfianzas se centran en la víctima de la mayoría de éstos, el Doctor Germain, «por si acaso». Cuando más adelante las sospechas recaigan sobre Marie (la hermana de su amante), se volcarán contra ella hasta el punto de que parecen pretender lincharla aún cuando no poseen pruebas concluyentes. Una de las mejores escenas de la película nos muestra a Marie huyendo desesperada por calles desiertas mientras oímos los feroces gritos de los que la persiguen, que no sabemos si los está oyendo de verdad o si están en su cabeza.
Esa hipocresía tan típica del ser humano está presente en toda la película. El indignarse ante los insultos de las cartas anónimas pero al mismo tiempo seguir leyéndolas, el volcarse contra una persona u otra por puro instinto. Ni siquiera los niños se libran. Una niña que ha trabado amistad con Denise se dedica a espiar por los agujeros de las cerraduras y a engañar a la gente para sustraerles dinero. Los niños no entienden lo que pasa pero al fijarse en los adultos participan en el juego a su manera. Otro ejemplo: un anónimo se le cae a Germaine por la ventana y no lo encuentra, pregunta a una pequeña niña y ésta le dice con dulzura que no ha visto ningún papel, pero luego vemos como lo tiene escondido.

El único momento de cordura lo aporta el exquisito personaje de Michel Vorzet, un anciano doctor astuto que parece desenvolverse con facilidad en este asunto sin que nada le afecte, ni siquiera la acusación de El Cuervo de que está siendo engañado por su mujer. Este personaje nos aporta una de las mejores secuencias del film cuando trama una idea para atrapar a El Cuervo consistente en obligar a los principales sospechosos a escribir un largo dictado. Según él, El Cuervo podría disimular su letra durante la primera hora, pero a partir de las dos horas no podría evitar descubrirse. Resulta un momento deliciosamente grotesco, ya que el material utilizado para el dictado son las cartas de El Cuervo, cuyo venenoso e insultante contenido éste lee con indiferencia mientras el resto de respetables personajes se ven obligados a copiarlo. Cuando cree haber visto a su principal sospechoso derrumbándose, le acosará junto a Germaine repitiendo una serie de ruidos que se van haciendo insoportables incluso al espectador, un momento de gran tensión.
A continuación es cuando tiene lugar el discurso clave del film en que Vorzet le explica que, en lo que respecta al ser humano, no hay luz u oscuridad total, sino términos medios. Nadie es totalmente bueno o malo, y el final de la película será una muestra de ello, especialmente cuando Denise intenta ganarse la compasión de Germaine pidiéndole que simplemente le mire a los ojos, un momento extrañamente bello y puro que contrasta con la sequedad del resto del film.

Con El Cuervo, Clouzot realizó un retrato inusualmente maduro para su época sobre la ambivalencia y falta de moral del ser humano. El director más adelante sería acusado de colaboracionista con el régimen nazi al haber realizado la película bajo el auspicio de la productora Continental Films, que estaba dirigida por los nazis en la Francia ocupada. Afortunadamente, después de unos años de suspensión, pudo volver a dirigir ofreciéndonos otras joyas de la filmografía francesa.

El Beso de la Muerte [Kiss of Death] (1947) de Henry Hathaway

Nick Bianco es un delincuente de poca monta encarcelado por robar unas joyas. En prisión se le ofrece la posibilidad de ayudarle si delata a sus cómplices, pero él se niega rotundamente confiando que su abogado le ayudará a salir en libertad condicional y que sus compañeros se encargarán de cuidar de su mujer e hijas. Sin embargo al cabo de un tiempo descubre que su mujer se ha acabado suicidando no pudiendo soportar su penosa situación económica y que sus hijas han acabado en un orfanato. Eso sumado a que su presunta libertad condicional parece más lejana que nunca, le hacen tomar la decisión de negociar con el fiscal para poder salir de la cárcel aunque sea en virtud de soplón.

Excelente film de cine negro muy bien dirigido por el eficiente Henry Hatthaway. La película cuenta con dos partes bien diferenciadas: la primera cuenta la redención o evolución de Nick para convertirse en un hombre respetable, mientras que la segunda nos muestra el temor de Nick a que él o su familia sean asesinados por un peligroso maníaco a quien ha delatado a cambio de su libertad.
La primera parte funciona más bien como un drama criminal, se nos explica con detalles la evolución del personaje para que podamos entender su cambio tan repentino de comportamiento y, sobre todo, para que no nos sea antipático pese a convertirse en un delator. Simplemente la escena en que visita a sus hijas en el orfanato hace que nos pongamos inmediatamente de su parte.

Sin embargo lo mejor de la película se encuentra en la segunda parte, cuando un reformado Nick intenta llevar adelante una vida tranquila y respetable y acaba enfrentándose con el peligroso Tommy Udo. Aquí es donde cobra una enorme importancia Richard Widmark haciendo una interpretación inolvidable y colosal en la que da forma a uno de los criminales más terroríficos que haya podido ver en una película. Bordeando la fina línea que separa una actuación magistral de la sobreactuación pero sin llegar a traspasarla, Widmark está perfecto encarnando a ese criminal psicópata que tanto parece disfrutar matando. Para la posteridad queda la escena en que arroja a una indefensa mujer en silla de ruedas por las escaleras, de una brutalidad apabullante.

El momento cumbre del film se encuentra en sus últimos 15 minutos, el enfrentamiento final entre Nick y Udo (si no quieren saber cómo termina, sáltense los dos próximos párrafos). El primero no puede vivir tranquilo sabiendo que en cualquier momento el segundo entrará en su casa a matar a su familia y por ello decide enfrentarse directamente a él para salvar a su nueva mujer y a sus dos hijas. Dicha escena es de una tensión casi insoportable, y a ello ayuda la inteligentísima decisión por parte del director de hacer que todo suceda sin música, en un silencio que hace más violento aún el encuentro. La mirada de odio que Udo le dedica a Nick cuando le observa escondido tras la cortina es tan fulminante que no hace falta más para saber cual es la situación.
El enfrentamiento no puede tener otro final que el autosacrificio de Nick para salvar a su familia, dejándose matar por Udo para que lo condenen por asesinato. Aunque la voz en off del final nos dice que finalmente sobrevive, a juzgar por las imágenes resulta obvio que el verdadero final terminaba con la muerte de Nick y que esa voz en off se añadió más adelante para forzar el happy end. No hay salvación posible para Nick, lo único que puede hacer es entregar su vida por su familia.

Así como Richard Widmark hace una interpretación colosal, el film flaquea al contar con un actor protagonista tan flojo e inexpresivo como Victor Mature, que es incapaz de hacer una actuación mínimamente creíble pero por suerte no estropea el resultado final del todo en gran parte gracias al saber hacer de Henry Hathaway. Se trataba de uno de esos muchos directores menores de Hollywood que era un profesional intachable sin estar en la categoría de los grandes, de ésos que creaban obras sin marca personal que permitieran calificarlos de autores pero que hacían un muy buen trabajo, un director de los que hoy en día hacen falta más que nunca en la Meca del cine. Tampoco puedo dejar de destacar a modo anecdótico la presencia del grandísimo Karl Malden en un papel muy secundario.
Pequeño clásico de cine negro especialmente imprescindible para fans del género.

Dies Irae [Vredens Dag] (1943) de Carl Theodor Dreyer

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Prodigiosa obra maestra del danés Carl Theodor Dreyer que se erige como una de las obras cumbre de la historia del cine.

Ambientada en un poblado danés en el siglo XVII, el film se inicia con una acusación de brujería hacia la anciana Marta de Herlof. Ésta, para protegerse, se intenta esconder en la casa del reverendo Absalon y pide protección argumentando que conoce el pasado oscuro de la segunda esposa del reverendo, la joven Anne. Según dice, la madre de Anne fue acusada de brujería, pero Absalon usó su influencia para salvarla y así proteger a su hija, con la que luego se casó. Mas sus intentos de huir son en vano y Marta es pronto atrapada y encarcelada.
Paralelamente, Martin, el hijo del primer matrimonio de Absalon vuelve al hogar paterno e inicia un romance secreto con su joven y bella madrastra. Todas estas intrigas se suceden bajo la atenta vigilancia de la sobreprotectora madre de Absalon, Merete, la cual aborrece a su segunda nuera.

Aunque en un principio podría parecer una película sobre brujería, Dies Irae es mucho más que eso. La trama relacionada con el proceso de Marta de Herlof en realidad acaba siendo relegada a un plano secundario al morir el personaje en la mitad del film. En realidad es más bien el detonante del conflicto central, además de servir como reflejo de la fortísima presión religiosa que afecta a todos los protagonistas del film, que viven subyugados por Dios.
Dreyer en ningún momento dramatiza en exceso los acontecimientos, por muy brutales que sean y todo lo que rodea al proceso y la ejecución de Marta de Herlof nos es mostrado con distanciamiento y respeto pero sin enfatizar su sufrimiento. El film empieza con un magnífico plano de la casa de la anciana mientras ésta vende una especie de brebaje a una mujer. Inmediatamente después oímos a una multitud que grita su nombre acusándola de bruja, la cliente se escabulle y Marta de Herlof huye muerta de miedo. La sensación de claustrofobia que imprime el director dota a la escena de más angustia, filmando todo en un solo plano de seguimiento del personaje que no nos da el respiro de ver a los perseguidores para saber si están cerca (sólo los oímos). Nos sentimos tan angustiosamente atrapados como ella.

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Todo el proceso de tortura y condena del personaje es cruel pero sin caer en los excesos. No vemos cómo la torturan pero sus simples gritos de horror nos son suficientes para entender su sufrimiento. En estas escenas contrasta la humanidad de la anciana (que parece inofensiva y resulta conmovedora cuando afirma suplicante que teme a la muerte e implora por su salvación) con la frialdad de los inquisidores, que en nombre de Dios la torturan sin inmutarse e incluso le dan consejos morales («No debes suplicar por tu vida, sino por tu alma«).
Su humanidad bondadosa queda aún más patente en el hecho de que aunque ella chantajea al reverendo Absalon para salvar su vida, nunca llega a cumplir sus amenazas y en la hoguera simplemente maldecirá a sus ejecutores pero sin desvelar el secreto que se esconde tras la segunda esposa de Absalon.

A partir de aquí, Dies Irae se concentra en el que es el principal tema de la película: el difícil triángulo amoroso que tiene lugar entre Absalon, Anne y Martin, así como sus crisis morales. Por un lado, Absalon sufre una crisis espiritual puesto que la confidencia de Marta de Herlof le ha hecho recordar que salvó a una acusada de brujería simplemente para tomar a su hija como esposa, aún siendo ella mucho más joven que él. Este hecho que permanecía acallado en su interior vuelve a su conciencia y le hace plantearse su comportamiento como cristiano. Por otro lado, su hijo Martin está profundamente enamorado de Anne y es feliz con ella pero sabe que aunque no es su madre está cometiendo un incesto: la mujer a la que pretende es la esposa de su padre. Además, es una relación profana porque supone engañar a su padre pero también porque es demasiado carnal.

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La relación entre Absalon y Anne muestra a la perfección el enfrentamiento que existe entre dos formas totalmente diferentes de vivir. Ella es pura vida, sensualidad y amor, representa la juventud y la frescura mientras que su anciano marido Absalon es más serio, aburrido y deprimente. Cuando ella pide leer en la mesa unos salmos que hablan sobre el amor, su suegra furiosa le ordena que deje de leer, en esa casa su comportamiento tan vital y alegre (fruto de estar por primera vez con un hombre que ama) está mal visto. El amor además ha hecho que deje de someterse a su tiránica suegra y le da fuerzas para enfrentarse a ella. Anne casi ha resucitado.

Esa idea se refuerza aún más con el hecho de que Martin y Anne siempre salgan de casa para tener sus encuentros amorosos en la naturaleza. El contraste entre la deprimente casa oscura y austera donde viven respecto a la preciosa naturaleza donde se aman libremente hace que notemos aún más ese enfrentamiento. Los planos de los amantes son contrapuestos por Dreyer con otros de árboles y bellos paisajes naturales que nos muestran cómo la feliz pareja está en armonía con este entorno puro alejado de las perversas intrigas humanas.
En uno de esos paseos, la pareja mira un árbol inclinado sobre el agua y mientras ella lo entiende como que el árbol es tan feliz que se inclina para ver su imagen, él extrae una interpretación negativa. Este momento anecdótico refleja en un simple diálogo las diferentes formas de pensar de cada personaje y en cierta manera presagia que su relación no puede tener un final feliz, ya que aunque se aman él ha sido educado bajo la mentalidad represora y religiosa de su padre. Puede que este enamoramiento le haga sentirse feliz, pero en el fondo no puede huir de si mismo.
Cabe destacar también la excelente fotografía en blanco y negro, que juega muy sabiamente con las sombras y la oscuridad en el interior de la casa del reverendo, y con la luz en las escenas que suceden en la naturaleza.

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Absalon por su parte se encuentra con un difícil conflicto: sabe que hay motivos de sobras para denunciar a Anne pero la ama. Y lo más doloroso de todo es ver con qué sinceridad la ama, hasta el punto de traicionar sus profundas creencias religiosas por salvar su vida. Éste es uno de los mayores sacrificios de la película que pocos cineastas habrían sabido retratar con tanta sinceridad como Dreyer: el traicionar algo en lo que se cree y en lo que ha basado su vida por el amor sincero hacia su mujer (aunque también resulta chocante que haga un sacrificio tan hermoso la misma persona que minutos antes vimos como torturaba sin remordimiento a una anciana).
Es conmovedor ver lo ciego que está ante el idilio que tienen su hijo y su esposa, afirmando alegremente que por fin su mujer se ha llenado de vida pero sin saber el verdadero motivo. Ama tanto a los dos que es incapaz de creerles capaces de cometer un pecado como ése. En cierto sentido, este pequeño martirio es su forma de expiar su gran pecado: el adueñarse de una inocente joven y tomarla como esposa, algo que aún pesa sobre su conciencia y por lo que acabará pagando.

Al final, Absalon va perdiendo poco a poco la esperanza en la humanidad al haberla perdido en sí mismo. La muerte de uno de los inquisidores es interpretada como la maldición de la bruja Marta de Herlof y su propia muerte parecerá ser fruto de las dotes de bruja de Anne, cuya madre dicen que tenía la capacidad de hacer morir a quien quisiera. Sin embargo, lo que mata a Absalon del todo es el saber que ella y su hijo son amantes, lo cual viene a ser un fruto del pecado que él mismo cometió al querer casarse con una mujer mucho más joven que en realidad nunca le quiso.
¿Es realmente Anne una bruja? Dreyer nunca lo deja del todo claro, pero tal y como nos muestra la historia parece que lo importante no es si ella realmente es una bruja o no, sino si el resto de personajes (y especialmente Absalon y la propia Anne) lo creen. Este personaje nos resulta muy perturbador puesto que aunque sabemos que no es una bruja, sí que tiene algo especial que le da un aire misterioso. Esos ojos en los que su suegra ve fuego y su esposo ve claridad. O la sinceridad con que le pide a Martin que vivan juntos abandonando a Absalon, una frase que tiene cierto punto de inocencia por la forma como está dicha pero también algo de maldad por lo que supone. Anne será siempre un misterio tanto para los personajes como para nosotros.

En la escena final, la implacable Merete acusará públicamente a Anne de bruja y ésta acabará confesando. Pero aunque a ojos de ellos Absalon fue asesinado por sus dotes de brujería y Anne será ajusticiada por ser bruja, nosotros sabemos la verdad. Absalon murió por el pecado que le estaba remordiendo la conciencia, y ella por sus ansias de vivir y amar libremente en una época en que algo así podía llegar a ser un pecado. Tanto el uno como el otro pagarán con su vida por haber cometido el pecado de amar a su manera.

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El Diablo Dijo No [Heaven Can Wait] (1943) de Ernst Lubitsch

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A veces sucede que, por una feliz coincidencia, algunos grandes directores finalizan sus carreras con una película que resulta perfecta como testamento cinematográfico por su temática o estilo, como es el caso por ejemplo de John Huston y la preciosa Dublineses (1987). Pero lo más frecuente es que esa película que sabemos que sin duda habría sido una despedida perfecta para su autor resulte no ser la última. Muchas veces los directores veteranos se niegan a retirarse definitivamente y no pueden evitar la tentación de llevar a cabo otra obra más. Otras veces simplemente no es algo premeditado por el propio director y ese magnífico epitafio para ellos no es más que otra obra de su carrera. Sea como sea, éste es sin duda el caso de El Diablo Dijo No, que aunque cronológicamente no sea la última película de Lubitsch, casi se podría considerar como su film de despedida, el cierre de su fantástica y larga carrera en el mundo del cine.

Hay varios motivos que le llevan a uno pensar eso. En primer lugar está el mismo punto de partida de la película, en que el protagonista muere y repasa los hechos más importantes de su vida. En segundo lugar, se trata de un film que recopila algunos de los temas más frecuentes de su director. Finalmente, hay un marcado sentimiento nostálgico que impregna sobre todo el último tramo de la película y que le da un tono melancólico poco habitual en el cine de Lubitsch.

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El film se inicia con la llegada al infierno del envejecido protagonista, Henry Van Cleve, quien está tan convencido de que no le aceptarán en el cielo que ni se ha molestado en probar suerte ahí. Sin embargo, el Diablo no conoce la razón por la que Van Cleve deba ir al infierno, así que le pide que le cuente la historia de su vida para poder juzgar si debe entrar o no. A partir de aquí se inicia un relato en flashback de la biografía de Henry Van Cleve centrado en su relación con las mujeres.

El Diablo Dijo No es una película que recupera algunas de las características típicas de la obra de Lubitsch que éste había dejado un poco de lado en sus últimos films. Aquí vuelve a recurrir a los ambientes de clase alta característicos de sus comedias de principios de los años 30 que tuvo que reemplazar en las maravillosas El Bazar de las Sorpresas (1940) o Ser o No Ser (1942) por personajes de clase media. Así mismo, vuelve a recurrir a un protagonista marcadamente mujeriego, encantador, amoral y poco heroico. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus obras, ésta no solo está ambientada en Estados Unidos sino que abriga una intención de tener un tono típicamente americano.

Uno de los aspectos más curiosos y que más alarmó a los productores en su momento es el hecho de que prácticamente no hay argumento. La trama se basa simplemente en los hechos más remarcables de la vida del protagonista, pero no hay un conflicto central que vertebre la historia o una meta perseguida por Henry Van Cleve a lo largo de todo el metraje. El objetivo que perseguía Lubitsch cuando adaptó muy libremente la obra de teatro original junto a su guionista habitual Samson Raphaelson era que el público se encariñara con el personaje. A partir de ahí no habría problema en narrarles en casi dos horas una vida que pese a estar llena de amoríos no cuenta con grandes hazañas sorprendentes.

Como no podría ser de otra manera con Lubitsch, la vida de Henry Van Cleve nos es narrada a través de su relación con el amor comenzando por la divertida escena en que su madre y su abuela disputan por cuidarlo y acaban dejándole abandonado mientras se pelean. El momento más importante y que seguramente era especialmente importante para el director llega cuando un adolescente Henry es instruido en las nuevas reglas que rigen el mundo sexual de su época por una criada que, cómo no, es francesa. El joven le confiesa apesadumbrado que se ve obligado casarse con una chica porque la besó en un impulso y, claro está, si sus padres se besaron para después contraer matrimonio, él debe hacer lo mismo. La coqueta criada entonces le abre los ojos: está viviendo en otra época en la cual no es necesario casarse con todas las chicas que bese, lo que significa no sólo no casarse con ella sino poder perseguir a todas las jóvenes que quiera. Esta revelación supone el despertar sexual de Henry que marcará el resto de su vida así como la confirmación de que las antiguas reglas sexuales del pasado iban desvaneciéndose.

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Henry se verá entonces en continuo conflicto con sus padres, quienes no entienden ni aprueban su lujurioso estilo de vida, pero será admirado por su abuelo, el cual contempla feliz cómo su nieto está haciendo lo que él siempre quiso y no pudo. En contraste a Henry, se encuentra su repelente primo Albert, que acumula todas las virtudes y valores que él no tiene.
A partir de aquí nos encontramos con los ingredientes típicos del cine de Lubitsch, el experto en tratar temas sexuales e infidelidades con una sutileza y elegancia únicas. Pero aún así, en este film el director alemán enseña al espectador aún menos de lo habitual y sabemos de las hazañas de Casanova del protagonista por boca de los personajes pero no visualmente, como sí sucedía en películas anteriores donde mostraba de forma deliciosa todo el proceso de seducción. Aquí más que concentrarse en sus dotes de Don Juan, prefiere dejar esa faceta de lado tratándola como una característica del personaje y no como el centro del film.

Así pues, aquí podemos disfrutar de algunas de las estrategias harto conocidas de Lubitsch como recurrir a la insinuación (en la escena final una atractiva enfermera entra en la habitación de un envejecido Van Cleve después de que él haya tenido un sueño en que bailaba con una bella rubia el vals de «La Viuda Alegre», momento en que Lubitsch prefiere dejar la cámara fuera y hacer que suene el vals, el resto es fácil de imaginar), los intercambios de identidades y las confusiones derivadas de ello (Henry seduce a Martha haciéndose pasar por un empleado de una librería, para luego descubrir que es la prometida de su primo) y el uso de objetos como elementos dramáticos (cuando un anciano y viudo Henry pide a su hijo que contrate a una joven para que lea por él y le haga compañía cambia de opinión al coger accidentalmente el libro que le unió a su adorada Martha).

A nivel humorístico no es una de sus comedias más graciosas pero sí que tiene algunos momentos realmente inspirados como la escena del desayuno de los Strable, un patético matrimonio que nada en la abundancia y se pasan el día peleándose. Mientras desayunan, a Mr. Strable se le antoja leer el cómic que está hojeando su mujer, pero como es demasiado orgulloso para pedírselo llama a un criado para que se lo dé. El criado, que parece ya versado en estas trifulcas matrimoniales, intenta dialogar con las dos partes ya que éstos no se dirigen la palabra mutuamente. Al final Mrs. Strable le desvela cómo acaba la historia que tanto ansía leer su marido, y éste se pone furioso. Lubitsch alarga esta pequeña viñeta cómica que otro director habría tratado como un simple pequeño gag apoyándose en los personajes y en sus deliciosos diálogos.

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Sin embargo, uno de los pocos inconvenientes que le encuentro a la película es que Don Ameche no acaba de convencerme como protagonista. Hace un buen papel pero no es especialmente carismático y sin duda habría sido mejor contar con Rex Harrison o Fredrich March, que son los actores que el director tenía en mente. A cambio, el plantel de secundarios funciona perfectamente, destacando a la preciosísima Gene Tierney. La ternura y cariño que transmiten Tierney cuando encarna a una envejecida Martha es una de las cualidades más irresistibles de la película.

Aún siendo una excelente película, El Diablo Dijo No no llega a ser perfecta del todo, y algunas escenas se habría agradecido que Lubitsch las hubiera aligerado un poco en beneficio del conjunto. Eso es especialmente notorio en el último segmento, ya que cuando Henry ha encontrado la estabilidad que buscaba en Martha desaparece cualquier conflicto importante y eso repercute en el ritmo del film. La historia sigue siendo deliciosa y conmovedora, pero se nota la ausencia de un tono más humorístico y de un conflicto que mantenga al espectador en tensión.
A cambio, Lubitsch rueda algunas de las secuencias más bonitas y melancólicas de su carrera. En las últimas escenas entre Henry y Martha se nota el cariño que siente Lubitsch hacia sus personajes y lo contagia a los espectadores. El humor frívolo y los divertidos adulterios momentáneamente desaparecen y el director se concentra en la felicidad de ese matrimonio perfecto. Después de tantos años mostrándonos a decenas de personajes infieles que viven el amor despreocupadamente, de repente Lubitsch al final de su carrera se detiene ante un matrimonio feliz y adorable al cual filma con respeto y ternura.

Como señalé al principio, aunque cronológicamente es su penúltima obra, dudo que exista una mejor manera de acabar la filmografía de Lubitsch que ésta: la reconciliación final del director con la institución del matrimonio, con una pareja que se quiere honestamente y es feliz, el último de toda una serie de Casanovas atractivos y despreocupados que acaba sentando la cabeza, la muerte en manos de una preciosa enfermera mientras sueña con bailar con ella el vals de La Viuda Alegre… Definitivamente, El Diablo Dijo No es el mejor testamento que Lubitsch ha podido dejar como culminación a toda una vida consagrada al cine.

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Bola de Fuego [Ball of Fire] (1941) de Howard Hawks

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Me encantan las comedias clásicas. Destilan una inocencia y un encanto únicos que te hacen mantener una sonrisa perenne de oreja a oreja durante todo el metraje. No importa que esa inocencia hoy en día pueda parecer desfasada o anticuada, en las grandes comedias clásicas de Hollywood eso no sólo no es un inconveniente para disfrutarlas sino que además todo parece increíblemente natural, como si en el mundo real las personas se comportaran así. Y curiosamente, solían ser comedias que contaban con argumentos que no eran especialmente originales en su planteamiento.

Tomemos por ejemplo esta película: ocho sabios se pasan la vida recluidos escribiendo una ambiciosa enciclopedia que recoge todo el saber humano, cada uno de ellos está especializado en una materia y todos son solteros y viven ajenos al mundo real. Irónicamente, el que parece ser el líder del grupo y el que sigue más estrictamente el proyecto evitando el mundo exterior es el único que no es un anciano. Al contrario, es un atractivo joven encarnado por Gary Cooper, que es el especialista en lengua. Este severo lingüista un día descubrirá un hecho alarmante: su artículo sobre el slang (las expresiones populares) está terriblemente anticuado, por tanto decide salir del edificio y sumergirse en el bullicio de la ciudad para reclutar a gente que le ayude a actualizarse con expresiones modernas. En este viaje conocerá a una atractiva bailarina que decidirá aprovecharse de su bondad e inocencia para esconderse de la policía, que la busca para testificar contra su novio, un gángster que ha cometido un asesinato. Por supuesto, se producirá un choque entre la bailarina y los tímidos ancianos que viven en su mundo académico, además del inevitable romance entre los dos jóvenes.

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Nada realmente nuevo: los típicos sabios que saben sobre todo excepto sobre ‘la vida real’ (especialmente el amor) y que descubrirán ese nuevo mundo a través de un intruso, la descarada bailarina que acaba recapacitando sobre ella misma además de entregarse al bondadoso profesor de lengua y, por supuesto, el gángster malo capaz de cualquier cosa con tal de conseguir sus objetivos. No sólo son temas que ya conocemos sino que alguno hasta nos podrá parecer tópico (la historia de amor imposible, por ejemplo). Y aún así la película funciona a la perfección.

¿Cómo? Pues para empezar, con la ayuda de un solidísimo y divertido guión escrito por uno de los mejores guionistas de la historia del cine, Billy Wilder (poco antes de empezar su carrera como director) junto a su primer colaborador, Charles Brackett. También con la dirección del infalible Howard Hawks, experto narrador especializado en dotar a sus films de un ritmo que no dejaba lugar para el aburrimiento. Y con un reparto de lujo.
Tenemos a Gary Cooper, actor bastante limitado pero sin duda excelente en sus papeles prototípicos, y en este caso el protagonista le va como anillo al dedo, ya que ningún otro sabría dotarle esa sana inocencia y ese atractivo especial que desprende. También está Barbara Stanwyck, simple y llanamente una de las mejores actrices de la historia, y Dana Andrews, hombre duro que más adelante alcanzaría la fama como protagonista en films como Laura (1944). Y una serie de magníficos secundarios de esos de los que desconocemos sus nombres pero cuyas caras nos son familiares a los aficionados al cine clásico, esa factoría de secundarios de lujo que tanto abundaban en aquella época que aparecían en decenas de grandes películas interpretando papeles pequeños pero memorables como Dan Duryea (inolvidable su papel de matón en películas como La Mujer del Cuadro o Perversidad de Fritz Lang) o Henry Travers (a.k.a. el ángel de Qué Bello es Vivir).

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Con esta combinación el resultado no podía defraudar. Los personajes de los profesores resultan francamente divertidos y aunque son estereotípicos como ellos solos, sus interpretaciones no acaban cayendo en el exceso ni resultan cargantes. Su comportamiento es increíblemente infantil e inocente, pero ello no quita que Wilder y Brackett se permitan colar algunas leves referencias sexuales (muy leves, puesto que la película es de los años 40) como cuando un profesor confiesa a la criada que robó mermelada de fresa porque al escribir su artículo sobre las fresas le entró apetito y, a continuación, la criada le dice al que está escribiendo el artículo sobre sexo que confía que a él no le suceda lo mismo con su tema de investigación. Sin embargo la relación que tienen ellos con la bailarina Sugarpuss denota un comportamiento más infantil que otra cosa, como se puede comprobar en la escena en que ella llega a casa y todos corren a esconderse enfundados en sus batas como si le tuvieran miedo. Una muestra de esa inocencia tan cándida a la que antes hacía referencia que, si bien resta credibilidad a estas comedias o hace que parezcan algo anticuadas, para mí les dota de un encanto especial.

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El romance entre Sugarpuss y el Profesor Potts se trata evitando sentimentalismos rancios y con toda la credibilidad que se puede aportar a la relación entre un inocente profesor de lengua y una descarada bailarina: él, completamente ajeno al sexo contrario hasta que la conoció, cae rendido a sus encantos, y ella, acostumbrada a los gángsters con los que debe tratar, no puede evitar cogerle cariño a ese hombre tan honesto y sencillo. Incluso se nos aporta un pequeño paréntesis emotivo cuando los profesores pasan la noche en un hotel con la joven pareja de camino a su boda y uno de ellos, el único viudo, recuerda con ternura a su mujer y sus colegas acaban cantándole la canción que le recuerda a ella. Seguidamente tiene lugar la única escena de amor propiamente dicha entre Potts y Sugarpuss sin ningún matiz cómico. Para evitar caer en el tópico diálogo amoroso Wilder y Brackett se sirven de un recurso sencillísimo pero efectivo: Potts entra en la que cree que es la caravana del profesor viudo a confesarle todo lo que siente hacia ella, aunque no se da cuenta de que en realidad se ha equivocado y está hablándole a una emocionada Sugarpuss a oscuras (aquí se nos muestra un plano muy llamativo de los ojos de ella en la oscuridad que se consiguió pintando la cara de Stanwyck de negro).

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Además podemos ver cómo Wilder ya a estas alturas se sirve de uno de sus recursos más típicos que tan bien le funcionaba en los guiones: el uso de objetos para mostrar los sentimientos o pensamientos de los personajes. En este caso el objeto es el raquítico anillo de compromiso que le compra el profesor, que contrasta con el otro que le ha regalado Joe, más opulento y vistoso. Cuando se descubra todo el engaño, ella le devolverá el anillo al profesor, pero por error le dará el de Joe, no el suyo, lo cual le sirve de base a otro de los profesores para explicarle que eso significa que ella subconscientemente le sigue queriendo.
También son marca personal los numerosos juegos de palabras o dobles sentidos (la única manera que había por entonces de hacer chistes sexuales sin que fueran censurados, y eso si conseguías colarlos sutilmente), aunque desgraciadamente todas las bromas sobre el slang se pierden en la traducción y seguramente hoy en día estén anticuadas al ser expresiones que no han sobrevivido el paso del tiempo.

Todo esto adornado con pequeños gags y detalles que se suceden a lo largo del film hacen de Bola de Fuego un magnífico ejemplo de las virtudes de las comedias clásicas, y eso teniendo en cuenta que ni siquiera es una de las obras cumbre de sus responsables. Que una película así fuera un logro más de sus carreras y no un punto culminante no hace sino demostrar la buena forma en que se encontraba el género en aquella época.

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Los Intrusos [The Uninvited] (1944) de Lewis Allen

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Interesante film de terror salpicado de elementos de misterio y con una irresistible ambientación puramente inglesa. Roderick y Pamela Fitzgerald son una pareja de hermanos que se encaprichan con una misteriosa casa situada en un pueblo al lado de un acantilado y deciden comprarla. Su propietario, el Comandante Beech, se la vende a un precio bastante bajo pese a que su nieta, la joven Stella, se opone a ello porque esa casa le trae recuerdos sobre su madre, que falleció años atrás en circunstancias extrañas. Cuando la pareja de hermanos acude a su nuevo hogar, descubrirá aterrorizada que una extraña aparición habita con ellos: algunas habitaciones se llenan de un olor peculiar, sus animales se niegan a subir al piso de arriba y por las noches se oyen unos extraños lamentos. Todo esto está ligado con los extraños sucesos que tuvieron lugar ahí años atrás relacionados con la madre de Stella, su padre y su amante de origen hispano.

Los Intrusos más que ser una película de terror al uso sobre el típico tema de las mansiones encantadas, es un film que opta por un tratamiento más ligero pasando de escenas terroríficas a otras con un tono más amable e incluso a veces cómico para convertirse en su recta final en una obra de suspense y misterio. La pareja protagonista, Ray Milland y Ruth Hussey, contribuyen a ello al saber encontrar el tono adecuado para sus actuaciones, pasando libremente de momentos más humorísticos (sobre todo por parte de Milland) a otros más serios o tenebrosos sin perder por ello credibilidad.

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Como era de esperar, los mejores momentos son las escenas de terror, en que la magnífica fotografía en blanco y negro y el buen trabajo de dirección consiguen mantener al espectador en vilo sin necesidad de artificios. De hecho prácticamente no se ve nada, y ése es el gran acierto puesto que una de las normas más importantes del cine de terror es que nada da más miedo que lo que no se ve del todo, de esa manera será el espectador el que se imaginará cualquier cosa y se sentirá más inseguro por no saber a qué atenerse. Por muy logrado que sea el fantasma que se cree con efectos especiales o trucos manuales, es muy difícil que con el paso del tiempo no quede anticuado, sin embargo si éste no llega a verse nunca del todo y solo se insinúan ciertos detalles, el efecto se mantendrá vigente. En ese sentido, Los Intrusos es toda una lección de cómo aplicar esta norma. Aún hoy en día consigue inquietar y crear tensión basándose en su excelente fotografía, los juegos de luces y sombras (por ejemplo, cuando una habitación se ilumina repentinamente en mitad de la noche, un momento que impresiona por lo repentino e inusual que resulta) y el uso del sonido e insinuaciones sobre la presencia de seres paranormales sin dejar nada claro.
Por otro lado, aunque el tema hoy en día nos es más que conocido, en su época era una de las primeras películas que trataba directamente y sin tapujos un tema paranormal como éste, con sesión de ouija incluida.

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Cuando el film se decanta por la trama de misterio, pierde algo de fuerza al ser algo liosa y previsible en su desenlace si uno está mínimamente atento a los detalles, pero aún así resulta efectiva salvo quizás el desenlace final con una típica escena de ‘rescate al último momento’ algo forzada. No por ello, Los Intrusos deja de ser una película de terror remarcable y que nos demuestra cómo se puede crear tensión al espectador de forma refinada sin abusar de efectos o de sustos fáciles.

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Alma Rebelde [Jane Eyre] (1944) de Robert Stevenson

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Cuando uno se enfrenta ante la adaptación cinematográfica de un clásico de la literatura se topa con el problema de que es muy difícil que la película esté a la altura del original, y más cuando se trata de una versión que ha pasado por el filtro de Hollywood con lo que ello implica: aligerar la trama, simplificar los personajes, eliminar pasajes del libro, etc. Aún así, del Hollywood clásico han surgido muy buenas adaptaciones de clásicos como Anna Karenina (1935) de Clarence Brown o Cumbres Borrascosas (1939) de William Wyler, en que tuvieron el acierto de eliminar la parte final de la obra para no verse obligados a condensar todo en dos horas.

Jane Eyre de Charlotte Brontë tampoco era una novela fácil de adaptar manteniendo su espíritu original, pues la historia de una joven huérfana que acaba trabajando de institutriz para un misterioso noble del que se enamora daba para un melodrama sentimental bastante empalagoso. Por suerte, no es éste el caso. No en vano, en el guión colaboró gente como el prestigioso productor John Houseman o el novelista Aldous Huxley, y además partían no tanto de la novela como de la adaptación radiofónica que ya había hecho Orson Welles con el Mercury Theatre.

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Por otro lado, la elección de Joan Fontaine para encarnar a Jane Eyre no podía ser más acertada y evidente. Fontaine había logrado hacerse famosa gracias a su papel protagonista en la obra maestra Rebeca (1940) de Hitchcock, en la cual encarnaba a un personaje idéntico al de la novela de Charlotte Brontë: una joven huérfana e insegura que se acaba enamorando de un misterioso noble. Si tan bien se le dio el papel protagonista de Rebecca, todo indicaría que también haría un buen trabajo en Alma Rebelde (ya me perdonarán que use el título en español), pues no haría más que repetir exactamente el mismo papel.
El encargado de interpretar a Mr. Rochester fue Orson Welles, en uno de esos papeles alimenticios que le servían básicamente para disponer de dinero para sus próximos proyectos propios. Welles, un excelente actor, dota al personaje de más oscuridad aún que en el libro.

Con estos ingredientes, difícilmente podía salir una mala adaptación de Jane Eyre, y afortunadamente el resultado es favorable. Se conserva el espíritu de la historia y es fiel a la novela aunque obviando, claro está, algunos capítulos puesto que es demasiado extensa. Sin embargo, hay un aspecto negativo que le achaco como consecuencia de intentar sintetizar en menos de dos horas una novela tan extensa, y es que no acabo de ver que funcione la relación entre Jane Eyre y Mr. Rochester. En la novela, Brontë dedica muchas páginas a esta relación para que podamos comprender cómo Jane pasa de temerle a respetarle hasta finalmente amarle. En la película se sintetiza demasiado rápidamente su relación y choca un poco que pase tan repentinamente a amar a un hombre tan oscuro y éste a una joven que en principio desprecia. Aunque es imposible dedicar tanto tiempo como en la obra original a su relación, habría sido conveniente dedicar algunas breves escenas más para hacerla más natural y creíble.

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A cambio, el film goza de una muy buena dirección en que destaca la puesta en escena sobre todo en lo que concierne la mansión de Mr. Rochester, con esa tenebrosa niebla y esos interiores oscuros y misteriosos que enfatizan la idea de que hay algo oculto tras esos muros. En lo que se refiere al tenebroso personaje de la esposa oculta de Mr. Rochester, está tratado quizás de forma algo grotesca con esas risas siniestras típicas de locos de películas de terror, pero a cambio se tiene el acierto de no mostrar en ningún momento su rostro. Se recurre al viejo truco de dejar que el espectador imagine a partir de lo poco que se sugiere y de esa forma se mantiene ese aire misterioso que envuelve al personaje en la novela.
También destaca el trabajo de fotografía, patente por ejemplo en la composición de algunos planos bastante complejos en que Jane Eyre aparece en un primer plano mientras de fondo se ve al resto de personajes, como resaltando la distancia que separa esos dos mundos.

En conclusión, este Jane Eyre es una adaptación muy sobria y bien realizada que, sin ser una obra maestra, nos muestra una versión del Hollywood clásico de la novela de Charlotte Brontë sin pervertir el estilo de la novela original y sin caer en la tentación de convertirla en un melodrama romántico.

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La Heredera [The Heiress] (1949) de William Wyler

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Nueva York, mediados del siglo XIX. Catherine Sloper, la hija del acaudalado cirujano Austin Sloper, está ya prácticamente condenada a la soltería de por vida debido a su tímida personalidad y la ausencia de cualidades que le permitan atraer a algún joven. Repentinamente conoce al atractivo y cortés Morris Townsend, que la va cortejando hasta pedirle la mano en matrimonio. Catherine se siente más feliz que nunca, pero pronto se encontrará con un problema: su padre se opone tajantemente a la boda porque sospecha que el señor Townsend no está interesado en su hija sino en la fabulosa herencia de 30.000 dólares al año que recibirá cuando él muera.

Uno de los más memorables melodramas de época filmados por el genial William Wyler. La historia es cierto que no se puede decir que sea muy original, pero el resultado es excelente. Wyler se basa en la perfecta descripción de los personajes para desarrollar el argumento sirviéndose para ello de un gran reparto y un cuidado guión. Al igual que en otros de sus más grandes dramas de época, como la magistral La Loba (1941), este aspecto es el pilar que sostiene el film y que le permite demostrar sus cualidades como director pese a las numerosas discrepancias que tuvo con la actriz protagonista, Olivia de Havilland.

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El gran acierto del guión creo que es la forma como perfila a cada personaje: el severo y rígido Dr. Sloper que sin duda muestra cariño a su hija pero, al mismo tiempo, siente cierto desprecio porque ella no se parece a su madre (a la que tiene tan idealizada que, como dice su hermana Lavinia, casi resulta irreconocible tal y como la describe); la inocencia e incluso estupidez de la pobre Catherine; el encanto natural de Morris (que es de esas personas que son tan amables y educadas que uno llega a desconfiar de ellas) y la algo atolondrada Lavinia haciendo su papel de Celestina. De hecho uno de los mejores aspectos del film es el personaje de Morris, puesto que nunca llegamos a estar seguros del todo sobre si realmente busca su dinero. Es tan sumamente encantador y dulce con ella que cuesta creer que sea tan buen mentiroso, pero todo nos apunta hacia ello. Sin embargo, Wyler insistió mucho en no darlo nunca a entender de forma directa, el convertirlo en un personaje ambiguo y no un simple estereotipo, y eso lo hace más creíble y enriquece el film. Sólo hay un par de momentos en que realmente confirmamos esta sospecha: cuando ella le propone casarse en secreto y le advierte que en tal caso perderá la herencia de su padre (la cara de él expresa su decepción) y cuando, años después de haberla abandonado y estando su padre muerto, vuelve a pedirle en matrimonio por segunda vez y, mientras ella va a buscarle un regalo, él se pasea por la mansión contemplando todo sin duda pensando en lo que va a ganar con esta unión.

Sin embargo, el personaje sobre el que se construye en buena parte el film es, claro está, Catherine. A través de este drama observaremos su proceso de madurez, cómo pasa de ser una joven inocente, tímida, insegura y torpe a una mujer consciente de su situación, dura e implacable. Su padre, sabiendo que su hija va a echar a perder su vida con un cazafortunas, no puede evitar echarle en cara lo que es en realidad: una joven poco agraciada, no muy inteligente y aburrida que no podría interesar a alguien como Morris. A esta decepción le seguirá otra: la de ser abandonada por Morris. Después de estos dos golpes propinados por los dos hombres de su vida, Catherine madurará repentinamente convertida en una mujer dura, vengativa y cruel que le niega consuelo a su padre en su lecho de muerte, y que se vengará fríamente del hombre que la engañó y al que seguramente aún ama.
De hecho lo curioso de Catherine es que después de saber que su padre tenía razón sigue odiándole por haber provocado indirectamente la pérdida de Morris. Desde su punto de vista, prefiere vivir engañada con Morris aún cuando éste la quiera solo por el dinero. Es decir, en lugar de caer en el tópico que dicta que tras descubrir la verdad debería volver a brazos de su padre, Wyler nos propone algo mucho más enfermizo y realista: aunque sabe que es un farsante, ella sigue enamorada de él, puesto que no puede eliminar ese sentimiento de forma tan rápida.

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Después de haber alabado tanto a los personajes, no puedo olvidarme de las grandiosas interpretaciones del reparto que acaban de redondear el film. Olivia de Havilland simplemente hace el papel de su vida, en la primera parte transmite esa inocencia (rayando la estupidez) y esa torpeza de una forma perfecta, para luego pasar a convertirse en un personaje frío e implacable de forma totalmente creíble. Montgomery Clift es el actor perfecto para encarnar a Morris, ya que sabe transmitir esa ambigüedad tan necesaria para el personaje. En cuanto a Raph Richardson, es junto a Olivia de Hallivand el gran ganador de la función. Hace el personaje totalmente suyo transmitiendo ese cariño y, al mismo tiempo, desprecio a su hija presente en sus diálogos tan lapidarios («¿Qué es lo que tienes tú que no tengan otras jóvenes aparte de un montón de dinero?«). Tampoco cabe olvidar a Miriam Hopkins como Lavinia, esa Celestina que aún al final del film cree que lo mejor para ella es estar con Morris. Resulta un personaje curioso puesto que sabe perfectamente que él la quiere por dinero, pero aún así cree que su sobrina debería casarse con él.

Aparte de todo lo mencionado, la calculada dirección de Wyler y una fantástica fotografía en blanco y negro, acaban de redondear el trabajo. Wyler se sirve de ese recurso tan habitual en él como es el uso de la profundidad de campo para resaltarnos el fondo de los planos, que a veces es tan importante como lo que hay en primer plano. El director prefiere confrontar a todos sus personajes en un mismo plano en detrimento del clásico plano y contraplano y ese recurso le sirve eficazmente para mostrarnos los conflictos entre ellos. Todos estos elementos hacen de La Heredera uno de los films más destacables de su carrera.

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Pasaporte a Pimlico [Passport to Pimlico] (1949) de Henry Cornelius

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Los Ealing Studios proporcionaron después de la II Guerra Mundial algunas de las mejores películas surgidas del Reino Unido. Sus míticas comedias destacaban por tener un aroma y ambientación típicamente británicas a partir del cual a menudo se desprendía cierto cinismo escondido bajo una coartada humorística. Estas comedias tan aparentemente inocentes muchas veces escondían en realidad una crítica bastante sarcástica de la vida y costumbres inglesas, tanto de las clases más acomodadas como de las más humildes.

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En el caso que nos ocupa, Pasaporte para Pimlico es una comedia que destaca por el original punto de partida: en un pequeño barrio de Londres se descubre accidentalmente un tesoro escondido bajo tierra perteneciente a un antiguo noble que vivía en esas tierras. Junto al tesoro descubren documentación que demuestra que esa zona no forma parte de Inglaterra sino que se considera parte de Borgoña. Es decir, ese pequeño barrio de Londres es un país independiente del resto de la ciudad.

A partir de aquí se suceden una serie de incidentes relacionados con el descubrimiento. Al ser considerado otro país, los comerciantes pueden vender sus productos sin los límites de las cartillas de racionamiento (recordemos que estamos en la posguerra), pero eso acaba provocando que el barrio se infeste de comerciantes y de londinenses que acuden allá a hacer sus compras. Cuando se cierran las fronteras y se restringe el paso a los vecinos, éstos reaccionan irrumpiendo en el metro y pidiendo los pasaportes para poder atravesar el país. Finalmente, el gobierno inglés, cansado de negociar en vano, les corta el suministro de agua confiando que así se rendirán, pero los vecinos no dudan en atravesar la frontera y volver a abrir la llave de paso del agua.

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Toda la película se basa en este divertido tira y afloja entre Inglaterra y Borgoña-Pimlico pero en mi opinión el resultado final, aún siendo realmente bueno, tampoco es especialmente memorable. Echo en falta fundamentalmente dos cosas: la primera es un poco más de mala leche (con un tema así entre manos podían haber creado situaciones mucho más ácidas), y la segunda y más importante es la poca profundización en los personajes. El único conflicto que nos muestra el film es el que existente entre las dos naciones, los habitantes de Pimlico apenas tienen una personalidad definida (más allá de los rasgos superficiales que les permiten crear algunos gags) y se nos muestran como un conjunto que piensa igual. No hay conflictos entre ellos y actúan siempre como un ‘todo’ cuando el argumento pide a gritos el mostrarnos también los conflictos que provoca esta situación entre los propios habitantes de Pimlico. Por ejemplo, apenas se saca jugo del Duque de Borgoña, el cual aparece y no aporta prácticamente nada a la acción. No es un personaje que busque sacar provecho de los generosos vecinos ni tampoco ha de hacer nada para ganarse su confianza, simplemente aparece y pasa a formar parte de ese ‘todo’ al que he aludido antes, lo cual es una pena puesto que uno esperaría que aportaría un nuevo conflicto.

Estos elementos creo que habrían hecho que Pasaporte para Pimlico fuera una obra aún más jugosa y divertida, pero no por ello cabe olvidar algunas de sus virtudes: aunque ningún actor sobresale especialmente todos están bastante bien en sus papeles (y reconozco que me ha encantado el pequeño detalle de que los dos actores que encarnan a los ministros sean los mismos que diez años atrás interpretaban a una cómica pareja de ingleses fanáticos del criquet en Alarma en el Expreso de Hitchcock); tiene bastantes detalles ingeniosos (como ese falso noticiario sobre la situación de Pimlico) y en general es amena y uno la ve con una sonrisa perenne.

Sin ser de las mejores obras de la Ealing, seguro que no decepcionará a los amantes del humor inglés.

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