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Al Este del Edén [East of Eden] (1955) de Elia Kazan

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La versión cinematográfica de Al Este del Edén de Elia Kazan es uno de los mejores ejemplos que conozco sobre cómo adaptar inteligentemente una gran obra literaria. La extensa novela de John Steinbeck era un ambicioso relato en que se narraban las vidas de varios personajes a través de diversas generaciones. Adaptar eso al cine implicaría un metraje demasiado extenso, por ello la idea de centrar la película solo en la parte final del libro y en un conflicto concreto de todos los que se enumeran fue especialmente acertada. De esta manera, en vez de un filme que pasara de puntillas por diversos argumentos diferentes se ofrecería al espectador una película que se centra en uno de ellos y profundiza en él extrayendo todas sus posibilidades.

Ambientada en un pueblo de la costa oeste de Estados Unidos en los años 10 del siglo pasado, tiene como protagonista a un adolescente llamado Cal Trask, que vive con su hermano Aron y su padre Adam. La relación que mantiene con su padre es un tanto intempestiva, ya que sabe que éste prefiere a su hermano antes que a él y, además, descubre que su madre no está muerta como siempre les había dicho sino que es la dueña de uno de los burdeles de la ciudad.

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Uno de los aspectos más reseñables de esta versión es el hecho de que no pretende calcar el libro aún siendo una obra de bastante prestigio. En lugar de copiar pasajes y diálogos, el guión toma el carácter de cada personaje y los hechos importantes de la novela y los reescribe consiguiendo algo tan difícil como es mantener la esencia del libro cambiando parte del contenido. Es cierto que muchas escenas no aparecen en la novela, pero tal y como están escritas encajan perfectamente con sus personajes, y eso hace que sea una versión más rica que otra más fiel e insulsa.

Un ejemplo es una de las secuencias más célebres del film, la que tiene lugar en la feria, que no aparece tal cual en el libro. Pero a mí me gusta más un pequeño instante que refleja a la perfección el carácter de Cal y su incapacidad de adaptarse. Cuando Adam planea un negocio transportando lechugas al este, Cal le ve tan ilusionado con esa idea que crea una pequeña invención que ayude a transportarlas de los camiones a los vagones: una especie de pasarela de hierro que permite pasar las verduras dejándolas caer. Adam está encantado por esa brillante idea, pero luego descubre que en realidad Cal ha robado las herramientas, lo cual le vale al joven una severa reprimenda. Este momento tan anecdótico muestra el gran conflicto que hay en Cal: él quiere ganarse el favor de su padre, pero cuando quiere hacer una buena acción no puede evitar causar un daño. Aron en cambio no necesita esforzarse para ello, ya que siendo él mismo cuenta con la aprobación paterna que su hermano tanto ansía. Esta diferenciación es uno de los grandes temas del libro que la película supo trasladar a la perfección.

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Esta adaptación apuesta en definitiva por tomar ese choque entre los personajes y convertirlo en una historia sobre la problemática adolescente. De esta forma, el conflicto que a Steinbeck le servía para profundizar temas más complejos, acaba convertido en una de las películas por excelencia sobre la adolescencia y el enfrentamiento entre padres e hijos. Esta ingeniosa vuelta de tuerca permitía que el film llegara a las jóvenes generaciones que se sentirían identificadas con el conflictivo Cal, un chico que no encuentra su lugar en el mundo y que nunca consigue la aprobación paterna.

Un factor fundamental relacionado con ello y que ha contribuido decisivamente a la mitificación del film fue, obviamente, la elección de James Dean como protagonista. Ésta sería una de sus tres actuaciones cinematográficas (de hecho la única que se estrenó antes de su muerte), y si Rebelde Sin Causa (1955) quedará como la más icónica de todas, Al Este del Edén merece ser recordada como la que inició el mito. Fue una mezcla de circunstancias: el hecho de que el argumento estuviera tan relacionado con la problemática adolescente más el impacto que supuso su debut cinematográfico. Su actuación está tan trabajada que para algunos llega a ser hasta algo cargante, pero lo cierto es que, dejando de lado la mitología, el joven actor tenía un don natural para apropiarse de la pantalla y dotar de vida a su personaje hasta el punto de que uno no puede evitar pensar que él es Cal.

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Aún así, aunque James Dean es el gran centro de atención de la película, el film tiene un reparto bastante lujoso a la altura de una adaptación de prestigio, con actores como Raymond Massey, Jo Van Fleet y Burl Ives que son valores seguros, y una conmovedora Julie Harris maravillosa en su papel de Abra, novia de Aron que se acaba uniendo a Cal como reacción a la presión de que Aaron esté enamorado no de ella, sino de una visión idealizada.

Pese a que no la considero una de las obras cumbre de Kazan y que debe gran parte de su fama a la presencia de James Dean, se trata sin duda de una gran película, liberada de la densidad de la obra original pero sin traicionarla.

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La Poison (1951) de Sacha Guitry

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La Poison tiene uno de los inicios más curiosos que recuerdo. Lo primero que vemos es al director y guionista del film, Sacha Guitry, reunido con el actor Michel Simon mientras le canta toda una serie de alabanzas sobre lo gran intérprete que es. Pero ojo, la cosa no se queda aquí, porque durante cinco minutos vemos cómo Guitry va felicitando a absolutamente todo el equipo remarcando lo buenos profesionales que son. La idea es curiosa y creo que se justifica aunque solo sea por el hecho de reivindicar no tanto a los actores como a los responsables que se encuentran tras las cámaras y que quedan demasiado fácilmente en el olvido.

Una vez finalizado este prólogo asistimos a una comedia negra situada en un pequeño pueblo que tiene como protagonista a Paul Braconnier, un hombre maduro que está harto de su esposa Blandine y que no sabe cómo deshacerse de ella (sentimiento que por cierto es mutuo). Una noche escucha en la radio la existencia de un prestigioso abogado, Maître Aubanel, que ha absuelto a cien acusados de homicidio, y decide visitarlo con fines poco ortodoxos.

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De entrada cabe decir que La Poison es uno de esos films que no puede entenderse sin su actor protagonista, en este caso el prestigioso actor Michel Simon (Boudu Salvado de las Aguas, L’Atalante, El Viejo y el Niño, etc.), para el cual Guitry escribió expresamente el guión. Simon consigue crear un personaje perfectamente creíble, ese hombre hastiado con cierto deje pueblerino pero no por ello carente de astucia. Sin necesidad de recurrir a la comicidad más evidente, su presencia en pantalla sustenta por completo el film – como curiosidad, el propio actor le pidió a Guitry que hicieran el mínimo posible de tomas repetidas para mantener la frescura de su interpretación, algo que creo que se nota.

El segundo gran atractivo del film es por supuesto su premisa tan deliciosamente macabra en que un matrimonio quiere asesinarse mutuamente. El momento en que el astuto Braconnier lleva a cabo su plan es una de las escenas más destacables de la película, acudiendo al abogado haciéndole creer que ya ha cometido el crimen y moldeándolo de forma que sea un asesinato que le consiga seguro el máximo de atenuantes.

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Pese a su apariencia de comedia ligera, La Poison también tiene algunos destellos críticos. Por ejemplo, esa sociedad rural tan bien retratada en la película que impide que Braconnier pueda divorciarse de su mujer y tenga que recurrir al crimen. Ese pueblo empobrecido que pide al cura un milagro para atraer curiosos y que acaba apoyando a Braconnier porque su crimen ha puesto la población en el mapa. O la defensa del propio Braconnier en el juicio, cuando decide ser directo evitando cualquier precaución y expone abiertamente sus cínicos argumentos de defensa.

En paralelo al juicio asistimos a los juegos de los niños del pueblo que se dedican a recrearlo. Curiosamente (o no tan curiosamente) ellos en su representación dan por hecho que Braconnier será ejecutado porque es lo más lógico y normal. A la práctica no es tan fácil, porque la hipócrita sociedad no siempre funciona con lógica. En todo caso, Guitry no juzga ni sermonea, simplemente expone esa extraña situación y deja que el espectador extraiga sus conclusiones.

Una película curiosa que quizá podría haber dado más juego en algunas de sus ideas pero eficaz no obstante.

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El Soldado Desconocido [Tuntematon Sotilas] (1955) de Edvin Laine

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Aunque sea un título desconocido para la mayoría de nosotros, El Soldado Desconocido es probablemente la película más importante de la historia del cine finlandés, un país que hasta la llegada de Aki Kaurismäki no ha conseguido mucha relevancia más allá de sus fronteras. En su momento fue la obra más cara de la historia del cine finlandés y aún a día de hoy sigue siendo la más taquillera de su país.

Se trata de un extenso film bélico de casi tres horas ambientado en la II Guerra Mundial que narra los enfrentamientos del ejército finlandés contra la Unión Soviética. Tomando la estructura episódica de otros films bélicos como la magistral Sin Novedad en el Frente (1930) de Lewis Milestone, la película se centra en el día a día de unos humildes soldados que deben hacer frente a una serie de batallas por la supervivencia.

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Uno de los aspectos más interesantes de El Soldado Desconocido es su estructura coral, sin un protagonista claro que sustente el relato fomentando la sensación de que cualquiera de los personajes que seguimos podría morir. No obstante, si hubiera que destacar a uno de ellos como protagonista es a Rokka, quien aparece muy avanzado el film. Se trata de un carismático granjero y experto soldado que se guía por sus propias normas y no respeta los códigos de disciplina que le parecen absurdos, lo cual provoca continuos quebraderos de cabeza a sus superiores, que tampoco quieren deshacerse de él porque es de sus mejores soldados. Rokka se mueve durante todo el film con absoluta naturalidad, soltando su interminable verborrea mientras mata a enemigos, reaccionando con cierta indiferencia al disparo que casi le mata (de hecho encuentra divertido que su compañero le diera por muerto) o lamentándose de la muerte de un joven soldado porque había estado horas enseñándole.

Curiosamente, ese personaje es el único interpretado por un actor no profesional, un tal Reino Tolvanen, que sólo realizó esta película en toda su carrera y que fue un descubrimiento especialmente acertado del director Edvin Laine, ya que su actuación encaja perfectamente con el personaje. Más curioso es que ese papel tan importante lo hiciera un amateur dentro de un film repleto de estrellas del cine finlandés, como Tauno Palo, que interpreta a otro de los personajes más destacados y de los que uno esperaría que se convirtiera en el protagonista principal, el simpático Sarastie.

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En líneas generales, El Soldado Desconocido es un buen film bélico pero yo personalmente no lo situaría entre las grandes obras del género. Aunque es de aplaudir su intencionalidad realista retratando la vida diaria de los soldados, desde las batallas a los momentos de descanso, creo que acaba siendo un film que no acaba de despuntar ya sea con alguna escena bélica especialmente remarcable (como el ataque de las trincheras de Senderos de Gloria) o alguna más emotiva y de carácter intimista.

Resulta especialmente interesante, eso sí, por retratar un episodio poco visto en el cine de la II Guerra Mundial (los enfrentamientos de Finlandia con la URSS) y en su favor cabe añadir que no opta por hacer un retrato heroico idealizado y que exhibe una factura técnica más que correcta, combinando además imágenes de archivo con el metraje de la película.

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El Tren de las 3:10 [3:10 to Yuma] (1957) de Delmer Daves

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Delmer Daves es uno de esos directores modestos que, pese a no ser tan reconocido como otros contemporáneos suyos, a lo tonto fue labrándose una carrera de lo más interesante con films destacables que demuestran una inquietud y saber hacer bastante por encima de lo que uno esperaría. El género en que mejor se supo mover fue el western, donde facturó algunas obras muy especiales y en mi opinión imprescindibles como mínimo para los fans del género. El Tren de las 3:10 es una de ellas.

La película se basa en el duelo entre dos personajes: un humilde granjero empobrecido llamado Dan Evans (interpretado muy eficientemente por Van Heflin, un actor de poco renombre pero, a cambio, de mucho carácter) y Ben Wade el jefe de una peligrosa banda de forajidos (Glenn Ford, tan carismático como siempre, incluso en esta ocasión más de lo habitual). Ben es capturado en un pueblo cercano al rancho de Dan, y el sheriff trama un plan para llevárselo de ahí de forma segura, ya que teme las represalias de la banda de Wade. La estrategia es hacer creer a los bandidos que lo transportan a cierta dirección mientras que en realidad lo conducirían a otro pueblo. Allí lo esconderían en el hotel hasta la llegada del tren de las 3:10 que le llevaría a la prisión. Ante la falta de voluntarios para llevar a cabo ese plan, se ofrece una recompensa que anima a Evans a llevar a cabo el trabajo junto al borracho del pueblo.

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Aunque la película se engloba dentro del western, en realidad tiene más rasgos en común con otros géneros como el thriller o incluso el cine negro, ya que se trata de una obra que apuesta más por la tensión psicológica que por los tiroteos y enfrentamientos abiertos. La estilizada fotografía en blanco y negro y la realización de Delmer Daves enfatizan esa sensación recreando una visión del mundo del oeste nada idealizada, donde el peligro se palpa en el ambiente en cada momento aún cuando la violencia no se haga visible salvo en momentos muy puntuales. Uno de los grandes logros de la película es que transmite constantemente esa sensación de inseguridad gracias a la recreación de ese entorno hostil. 

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La base de la película es obviamente la relación entre la pareja protagonista. Aunque supuestamente encarnan los roles de héroe y villano, su papel es mucho más complejo, ya que el film desdibuja la oposición entre ambos a medida que avanza el metraje. Aunque Dan Evans es el valiente héroe que se enfrenta a la banda, en realidad inicialmente no le interesaba verse involucrado e intentó no participar en el arresto de Ben. De hecho, para darle caza se le acerca en la posada donde, en vez de amenazarle por haber robado la diligencia y matado a un hombre (que es lo que uno esperaría de un hérpe), le pide que le pague por el tiempo que le ha hecho perder al dejarle sin caballos. Es una vez que se ofrece una recompensa a los que participen en su detención que Dan se convierte en el héroe de la película… él y, muy significativamente, el personaje más despreciable del pueblo, por lo que el film no nos muestra a dos valientes pistoleros contra el peligro sino a dos mercenarios.

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Por otro lado Ben es un hombre altamente carismático y atractivo. Pese a encarnar la figura del delincuente, se rige por ciertas normas morales que le llevan a evitar matar a inocentes y causar el mínimo daño posible cuando comete sus crímenes. No es un ángel, pero tampoco es un bandido despiadado, y eso le hace sumamente atractivo al espectador, puede que más que el pobre ranchero que se mete en este lío por dinero. Los ratos que Ben y Dan pasan juntos son de una tensión constante: Ben examina a su familia y se muestra sumamente educado con ellos, sabiendo que el juego está entre él y Dan, respetando a su mujer e hijos. Una vez encerrados en la habitación de hotel, Ben insiste en hacerle proposiciones para que le deje escaparse, proposiciones tan suculentas que el espectador no podrá evitar desear que las acepte. Al fin y al cabo, ¿vale la pena que Dan arriesgue su vida por un asunto así?

El desenlace, con muchos puntos en común con Solo ante el Peligro de Fred Zinneman, es quizá algo decepcionante no tanto por la forma como está realizado (es una secuencia de impecable suspense) como por el hecho de que lleva el film inevitablemente al previsible terreno del western tradicional que había evitado hasta entonces. Lo que hasta el momento era una película de pura tensión psicológica acaba llevando a la conclusión esperada, con un desenlace final que roza lo inverosímil si se examina desde los códigos del western pero que encaja con la idea que la película ha ido desarrollando. Tras varias horas juntos, Dan se gana el respeto de Ben por su integridad, y por ello en el desenlace tiene sentido que pasen de ser antagonistas a convertirse en cómplices, casi en un mismo personaje.

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Extraños En Un Tren [Strangers On A Train] (1951) de Alfred Hitchcock

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Difícilmente la primera novela de Patricia Highsmith podría haber tenido una publicidad mejor que ser elegida por Alfred Hitchcock para hacer una adaptación cinematográfica. Aunque más adelante la escritora alcanzaría por sí sola la fama que merecía, la única adaptación que hizo Hitchcock de su obra fue un importante impulso para su carrera. De hecho, supuso un impulso también para el propio Hitchcock, quien entonces se encontraba en una pequeña crisis de la que buscaba desesperadamente cómo salir.

Recientemente había tratado de convertirse en productor independiente de sus propias obras, pero la jugada no le salió bien: La Soga (1948), pese a su calidad y el llamativo reto técnico que la acompañaba no fue un gran éxito de taquilla en gran parte por su controvertido tema, mientras que Atormentada (1949) y Pánico en la Escena (1950) fueron sendos fracasos comerciales y artísticos. Lo que es peor, antes de éstas había filmado una última película con el productor David O. Selznick que fue otro sonoro fracaso (El Proceso Paradine), lo cual remontaba su último éxito de taquilla a 1946. Cinco años sin tener éxito era demasiado tiempo para un director de Hollywood, más aún para Hitchcock, un cineasta que siempre se preocupó por hacer películas que agradaran al gran público. La solución a emprender fue ir a lo seguro: volver al terreno del thriller puro y duro con una buena trama que no pudiera fallar.

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Extraños en un Tren es la clásica historia que juega con la idea del doble, en este caso a través de dos personajes contrapuestos, Guy y Bruno. Guy es un exitoso tenista profesional mientras que Bruno es el clásico hijo consentido por su madre fruto de un matrimonio acaudalado. Cuando se encuentran por casualidad en un tren Bruno descubre que los dos tienen problemas similares: ambos quieren desembarazarse de una persona que les hace la vida posible. Guy quiere divorciarse de su esposa Miriam para casarse con Anne, la hija de un senador, pero Miriam se niega a facilitarle el camino. Por otro lado Bruno odia a su padre. Por suerte éste tiene la idea perfecta: intercambiar crímenes. Cada uno matará a la persona que molesta al otro y como no hay ninguna relación entre ellos la policía jamás les podrá descubrir. Guy ríe ante esa divertida ocurrencia, pero poco después descubre aterrado que Bruno no bromeaba.

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Como de costumbre, Hitchcock apostó por desmarcarse del material original para llevar la novela totalmente a su terreno. Del libro de Highsmith se mantuvo fiel a la premisa del intercambio de crímenes así como la personalidad de los dos protagonistas, pero a partir de aquí Hitchcock construyó una historia diferente adaptada a su estilo. La novela incide en el tema del doble, en el hecho de que Guy acaba sintiéndose responsable del asesinato de Bruno aunque no lo haya cometido él. De hecho, en el libro Guy acaba matando al padre de Bruno en un estado de confusión, casi como si no fuera dueño de sus actos.

En un film de Hitchcock sería impensable que el protagonista se comportara así, y por ello el denso entramado psicológico de Highsmith se sustituyó por una trama de suspense puro y duro (después de todo el director quería una apuesta segura en este film). Así como en la novela Guy tiene una coartada infalible que le exime de las sospechas de la policía, en la película por contra debe demostrar su inocencia. En otras palabras, en la obra original la tensión se encuentra en el interior de los personajes, en sus dilemas psicológicos, mientras que en la película se encuentra en elementos externos: la policía y Bruno. Y aunque eso podría ser un defecto, la realidad es que Hitchcock creó una película de suspense tan sólida que uno acaba entendiéndola como una obra diferente a la novela, consiguiendo que su Extraños en un Tren adquiera vida propia, y no que sea una fotocopia descolorida del original.

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Hitchcock mantiene por tanto una premisa de suspense absolutamente irresistible para un realizador como él, obsesionado por los falsos culpables y la idea de que una persona normal puede verse abocada en un crimen en cualquier momento, por puro accidente. En el caso de Guy las circunstancias son tan excepcionales que parecen casi una pesadilla, ya que Guy no puede hacer nada para escapar de esta problemática situación. De hecho ciertos detalles insinúan la idea – mucho más profundizada en el libro – de que Guy asume parte de la culpa del crimen: su necesidad de mentir a la policía y huir de ellos, su comportamiento errático y atormentado, etc. También la fotografía de Robert Burks, claramente deudora de la estética noir, enfatiza esa sensación pesadillesca.

Bruno es por tanto su doble tenebroso, la presencia del mal que acaba penetrando en su mundo hasta el punto de codearse con su familia política o acceder a sus ámbitos de trabajo (la tenebrosa figura de fondo que le observa mientras Guy pasea en Washington, reminiscencia de la carrera política que desea emprender, o el único espectador en el partido de tenis que no sigue el movimiento de la pelota y le mira fijamente). Es el recordatorio permanente de que tiene que acarrear consigo ese crimen, aún cuando no lo haya cometido.
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Además de ser una historia puramente hitchcockiana, el director volvió a imprimir a la historia uno de sus rasgos más definitorios: sus proezas técnicas. La película cuenta con uno de los planos más recordados de su carrera, el asesinato de Miriam visto a través de sus gafas que se le han caído al suelo, el clásico ejemplo de truco técnico que tanto le gustaba al director.

La otra gran escena es el frenético desenlace, que se inicia con un montaje paralelo entre el partido de tenis de Guy mientras Bruno visita la feria para dejar una prueba incriminatoria contra el tenista. El film finaliza con una escena especialmente vibrante en que ambos se pelean a bordo de un tiovivo desbocado. Su público a buen seguro le agradeció que volviera a ofrecerles un momento tan emocionante y puramente hitchcockiano como éste.

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Uno de los aspectos en los que el film flaquea algo es en el reparto, que estuvo condicionado por imposiciones del estudio. Resulta curioso que para el protagonista dividido entre dos mujeres se le adjudicara un actor homosexual como Farley Granger mientras que para Bruno, un personaje con tintes claramente homosexuales en la novela (y de sexualidad incierta en el film) se contara con el heterosexual Robert Walker. Dejando de lado datos anecdóticos, Granger no era una buena elección por la fragilidad que transmite. Su estilo encajó perfectamente en La Soga pero en este film resulta un muy improbable Guy. En realidad, Hitchcock deseaba utilizar a William Holden, uno de los muchos actores con los que siempre deseó trabajar y no llegó a conseguirlo. A eso se le suma una actriz protagonista poco carismática como era Ruth Roman, también impuesta por el estudio, haciendo que Walker se imponga con pasmosa facilidad al resto del reparto con su excelente interpretación del psicópata Bruno. En papeles secundarios se encuentra Leo G. Carroll, un rostro habitual en el cine de Hitchcock, interpretando al senador. También cabe destacar la solvente actuación de la hija del director, Patricia, en uno de sus pocos papeles cinematográficos antes de que abandonara su breve incursión en el mundo de la interpretación.

No obstante, pese a no ser el reparto perfecto que redondearía el film, sigue siendo un thriller intachable y una de sus grandes obras.

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En Un Lugar Solitario [In A Lonely Place] (1950) de Nicholas Ray

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Si el debut de Nicholas Ray, Los Amantes de la Noche (1948), suele considerarse como uno de los ejemplos canónicos de la aparición de una incipiente modernidad en el Hollywood clásico, En un Lugar Solitario puede verse como una continuación de esa tendencia. Y es que tras la apariencia de un drama criminal se encuentra una película que en realidad está cuestionando muchos de los principios bajo los que se sustenta el clasicismo.

El protagonista es un guionista venido a menos llamado Dixon Steele, un personaje que parece escrito para ser interpretado por Bogart. Steele es un tipo duro que se rige bajo sus propios principios y que tiene ciertos estallidos de furia ocasionales que le ocasionan problemas. Una noche se lleva a su apartamento a una joven llamada Mildred Atkinson para que le explique la historia de un libro que debe adaptar y que debería tener leído para el día siguiente. Después de una charla informal, Atkinson deja el apartamento de Steele a altas horas de la noche. Al día siguiente su cadáver es encontrado en una cuneta.

Steele se convierte en el sospechoso principal pero es ayudado por una nueva vecina, Laurel Gray, que testifica a su favor. Pronto surge un romance entre Gray y Steele que rejuvenece a este último, pero las sospechas de Gray van aumentando a medida que conoce más su faceta temperamental y violenta.

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Bajo esta premisa, En un Lugar Solitario desafía abiertamente muchas de las convenciones del clasicismo. De entrada su protagonista es un antihéroe no sólo por ser un guionista fracasado sino porque su carácter inestable y peligroso le hace poco agradable a ojos del público. Bogart ya había encarnado anteriormente a antihéroes, de hecho era su prototipo de personaje por excelencia, pero éstos siempre conseguían la simpatía del público por su personalidad. No es el caso de Steele, un hombre cuyos arrebatos son tan peligrosos que el espectador no puede evitar ponerse de parte de Gray y desconfiar de él. Por otro lado su absoluta frialdad al conocer la muerte de la simpática joven tampoco contribuye a favorecerle de cara al espectador. Dicha frialdad es compartida incluso por el director a la hora de introducir esa información en la película, no anunciando su muerte de forma más grave sino en mitad del interrogatorio.

La intención de Ray por tanto no es crear la clásica historia de falso culpable sino algo mucho más ambiguo: coger un tema típico del género noir y a partir de aquí trabajar en la psicología de los personajes, la inestabilidad de Steele y los temores de Gray que cada vez nos parecen más fundados, hasta el punto de que el asesinato de Atkinson acaba siendo prácticamente un McGuffin. ¿Qué más da si Steele la mató o no cuando se trata de un hombre inestable y violento? Aunque se demuestre su inocencia, ¿se creería el espectador que su relación con Gray tiene mucho futuro por delante? Todos estos interrogantes no pueden resolverse con un final feliz en que Steele y Gray se reconcilien y deciden vivir juntos, de ahí la complejidad de la película.

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Por otro lado, el tema criminal, tomado prestado también del género negro, no es tratado como esperaba el espectador de la época. El film deja totalmente de lado la investigación del asesinato de Atkinson y no le otorga ninguna importancia para centrarse en la relación de Steele y Gray. Más que centrarse en descubrir al asesino, Ray prefiere profundizar en la duda de qué consecuencias tiene la investigación de ese crimen en la pareja protagonista. De esta forma coge una premisa y puesta en escena totalmente noir y la subvierte de acuerdo con sus intereses, que es uno de los aspectos más interesantes de la película.

Otro detalle muy significativo que demuestra la intención de Ray de apostar abiertamente por la ambigüedad es el hecho de que suprimieran del montaje final un plano en que Gray ve a Steele despidiendo a Atkinson la noche del crimen. De esta forma cuando ella declara en comisaría que les vio marcharse nosotros no estamos seguros de si está mintiendo y, en ese caso, ¿por qué? De la otra forma no quedaba ninguna duda respecto a ella, pero tal y como se planteó finalmente la ambigüedad moral de ella es aún mayor, ya que por lo poco que ha visto y oído (los gritos de Atkinson pidiendo socorro cuando le contaba la historia a Steele) realmente podría haber sido el asesino. El final, que quizá ciertos lectores no quieran conocer, profundiza en ese aspecto.

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En el desenlace original, Steele acababa asesinando a Gray después de todas sus discusiones en un arrebato de furia. A continuación terminaba su guión y era conducido a comisaría por el detective que era amigo suyo. Ray no estaba convencido de este final y filmó el que conocemos, que encaja más con el estilo tan abierto de la película. Después de que Steele conozca todas las sospechas de su amante y la ataque en un arrebato de furia, recibe una llamada en que le comunican que el asesino ha sido capturado. En realidad ya no importa que Steele no sea el asesino, su relación ya ha sido destruida: Steele no puede soportar la falta de confianza de ella, y Gray no se ve capaz de vivir con un hombre capaz de someterle a pruebas tan duras.

Cuando acaba el film el asesinato nos importa tan poco como a Gray. En una película convencional, al conocer la verdad la heroína se echaría en brazos del protagonista y juntos se reconciliarían, pero no es el caso. Si el género negro es el campo que permitía a muchos cineastas explorar la faceta más oscura de las personas, en este caso sirve para mostrar la destrucción de una relación sentimental que parecía idílica.

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Siempre Hay Un Mañana [There’s Always Tomorrow] (1956) de Douglas Sirk

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Pocos directores han sabido reflejar tan bien como Douglas Sirk el lado más amargo del sueño americano, de la respetable familia americana de clase media-alta que vive en una bonita casa con criada. Sirk fue todo un experto en plasmar a la perfección esa visión tan idealizada que se vendía constantemente al público en anuncios y series de televisión para introducir un elemento desestabilizador que daba pie al melodrama. Por otro lado, si Sirk fue uno de los grandes creadores del melodrama cinematográfico es porque, aún sirviéndose de argumentos que a veces rozaban lo folletinesco, conseguía crear películas asombrosas, humanas y creíbles, que no se regodeaban en los sentimientos de los personajes y exponían el conflicto sin ir a la lágrima fácil. La sensación que tengo es que esa manera de proceder refleja que el director veía más el melodrama como un medio que como un fin en sí mismo.

El protagonista de Siempre Hay un Mañana (1956) es Clifford Groves, un empresario que posee un próspero negocio de juguetes y tiene una esposa y tres hijos. Pese a este marco idílico, su vida es aburrida y mediocre, y aún siendo el cabeza de familia se siente ignorado en su propio hogar. Por ello, para él resulta un cambio estimulante la reaparición en su vida de Norma, su antigua pareja, ahora una diseñadora de moda divorciada, ya que ella le hace volver a sentirse apreciado y recordar su juventud perdida. No obstante, su hijo mayor Vinnie sorprende a su padre en uno de sus encuentros con Norma y sospecha que está cometiendo adulterio.

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Al contrario que en otras historias similares – por ejemplo Un Extraño en mi Vida (1960) de Richard Quine, que parte de una premisa idéntica -, en este caso Sirk nos muestra un adulterio que no llega a consumarse del todo. De hecho, el protagonista es un hombre demasiado bueno y casi inocente como para ser capaz de cometer un adulterio a la primera de cambio. En ese sentido el guión prácticamente se pone de su parte justificando esa tentación, ya que lo que vemos no es a un hombre sucumbiendo a la tentación, sino a un padre de familia bueno y cariñoso que al sentirse desatendido busca ese amor que no recibe en otra parte.

La tensa escena en que los dos hijos de Clifford van a hablar secretamente a Norma para reprocharle su conducta es un ejemplo de esta idea. Lo más lógico sería que los dos hijos, inocentes y encantadores, le echaran en cara a la pérfida adúltera que estuviera destrozando su familia. Pero en un sorprendente giro aquí se cambian las tornas y acaba siendo Norma la que critica a los dos adolescentes por utilizar a su padre sin ofrecerle nada a cambio. Si un hombre como Clifford se ha dejado tentar es para buscar lo que encuentra a faltar en su hogar. Aquí es donde el film de Sirk demuestra ser más interesante y casi innovador: en vez de condenar el adulterio en sí mismo pone de manifiesto lo que ha llevado a un hombre bueno e irreprochable a cometerlo, tampoco justificándole pero sí haciendo que nos sintamos identificados con él sin la peligrosa moralina de Hollywood, que condena todo lo que vaya contra los principios tradicionales americanos.

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Aparte de ese planteamiento, el film se desmarca de lo que sería un melodrama convencional por la inteligente dirección de Sirk y un hábil guión que utilizan numerosos elementos para transmitir las ideas clave. Por ejemplo, la forma de utilizar el espacio sobre todo en lo que respecta a la casa, la máxima representación del hogar familiar, un entorno cerrado y sin intimidad donde sólo hay un teléfono, lo que hace casi imposibles las confidencias. En cierto momento Clifford le dice a su esposa que desea salir y verse libre, a lo que ella responde que no siente tal necesidad. Esta conversación muestra la disparidad de caracteres: Clifford anhela huir de ese tipo de vida mientras que su esposa está cómoda en su papel de madre ama de casa. Es por ello que Clifford se siente atraído por Norma cuando ésta le saca de ese espacio; de hecho, gracias a su aparición puede salir al teatro la primera noche de su encuentro. Más adelante, en una escena muy significativa, éste se ve incapaz de entrar en casa después de un encuentro con Norma, su esposa le acompaña creyendo que se encuentra mal pero inmediatamente vuelve a entrar cuando su hija le llama, dejándole solo.

Otra analogía que se menciona de forma explícita es la del juguete robot que Clifford quiere comercializar. Puede que sea una comparación algo ridícula pero la idea es bastante clara: Clifford dice sentirse como ese robot que sólo habla y camina, se siente como un hombre que se dedica a seguir la misma rutina y que al llegar a su hogar no interactúa apenas con su familia, quienes lo ven solo como ese elemento que les proporciona techo y comida. Sirk insiste en esta idea insertando planos del robot junto a Clifford en diferentes momentos de la película, especialmente al final, que pese a la apariencia de final feliz en realidad es bastante amargo: Clifford se ve condenado a permanecer ahí encerrado y contempla apesadumbrado el avión en que viaja Norma, su alternativa a una nueva vida más emocionante. Aunque sus hijos se muestran atentos con él, sospechamos que le espera una vida gris encerrado en esas cuatro paredes cumpliendo su papel de «robot».

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Crimen en las Calles [Crime in the Streets] (1956) de Don Siegel

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En un barrio marginal de Nueva York Frankie lidera una banda de delincuentes juveniles como forma de canalizar su frustración y su ira ante la situación en que se encuentra: sin trabajo ni ganas de conseguirlo y viviendo con su hermano pequeño y una madre que intenta subsistir como camarera. Un trabajador social de la zona intenta enderezarle a él y sus compañeros después de que un miembro de la banda haya sido detenido, pero Frankie persiste en su conducta autodestructiva. Cuando un vecino abofetea públicamente a Frankie, éste, humillado, decide planear cómo asesinarlo fríamente con la ayuda de sus compinches.

Crimen en las Calles es una de las primeras obras de ese gran e infravalorado director que es Don Siegel. Solo por la influencia que ha tenido en cineastas como Sam Peckinpah, John Cassavetes y Clint Eastwood merecería más reconocimiento. Todos ellos trabajaron con él guardando muy buenos recuerdos de su asociación y adquiriendo una experiencia que luego les sería útil en sus futuras carreras, ya sea de forma más o menos obvia.

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Asociado de por vida a la primera Harry el Sucio (1971), en realidad él ya tenía antes una carrera más que respetable. El género en que se sentía más cómodo era el thriller y el cine de suspense, pero ya alejado del film noir de los años 40. Su estilo le permitía adaptarse sin problema a producciones de poco presupuesto y saltar de la televisión al cine según donde se le necesitara. La película que nos ocupa hoy de hecho viene a ser un puente entre los dos ámbitos.

Basado en una obra para televisión, Crimen en las Calles es un drama sobre la violencia juvenil. A diferencia de otros films que prefieren tratar el tema enfatizando las aventuras de esas pandillas de gamberros, éste se centra en la dimensión social del problema apoyándose en unos pocos elementos muy básicos: el escenario, los diálogos y los actores.

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Todo el film sucede en el mismo escenario, dejando entrever su origen y dándole un tono más teatral. No obstante, eso no impide a Siegel mostrar el argumento con una realización ágil y dinámica, que consigue que el espectador no se aburra aún siendo básicamente un film centrado en un solo espacio. Siegel compensa el escenario estático en que se desarrolla todo con sus movimientos de cámara, dejando siempre espacio a los actores para que éstos puedan actuar libremente. Apenas hay primeros planos ni planos y contraplanos, lo cual evidencia claramente su herencia televisiva y lleva a apostar directamente por el sólido reparto.

Este tipo de realización hace que los breves momentos en que se recurre al sentimentalismo sean especialmente conmovedores, como por ejemplo la escena en que el padre de Baby intenta convencerle de que no vuelva a cometer fechorías apelando a sus sentimientos, filmada en un primer plano de los dos sin ningún corte pese al largo diálogo. En su franca desnudez, sin ninguna banda sonora que recalque el dramatismo, la escena desprende emotividad en estado puro y consigue formar un nudo en la garganta del espectador.

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El estilo tan seco y desnudo, que viene influenciado por el origen de la obra y el presupuesto, acaba funcionando en beneficio del film haciendo que su contenido parezca más auténtico y menos hollywoodiense. En ese aspecto resultan también fundamentales los actores, entre los que destacan lógicamente John Cassavetes y Sal Mineo. El segundo era por entonces famoso por su papel en Rebelde Sin Causa (1955) y de todos los personajes secundarios de la pandilla es el más interesante de todos. Pero la verdadera estrella es el joven Cassavetes, en un papel lleno de personalidad, que desborda rabia y cinismo en cada mirada y cada gesto, incluso en los detalles más pequeños y menos obvios. Resulta obvio que Cassavetes se entendió con el estilo de realización de Siegel, que le daba la libertad que necesitaba y le permitía introducirse totalmente en su personaje.

Al final no son las charlas del trabajador social lo que le corrigen más allá de remover su conciencia al echarle en cara el por qué de su comportamiento, sino el descubrir cómo su hermano le aprecia tanto que decide arriesgar su pellejo sólo para evitar que Frankie se hunda. Aún pese a su final moralizante, exento del pesimismo o la contundencia que el espectador contemporáneo desea ver, creo que el film no se traiciona a sí mismo en ningún momento. El desenlace tiene sentimentalismo, pero irrumpe como si Frankie llevara acumulando todo eso en su interior junto a su rabia y no hubiera encontrado la forma de exteriorizarlo.

Una película menor en las carreras de Cassavetes y Siegel, pero más que competente y disfrutable.

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Horizontes de Grandeza [The Big Country] (1958) de William Wyler

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Existe una tendencia muy generalizada entre ciertos críticos y cinéfilos a despreciar las grandes superproducciones de un director en favor de sus primeras películas más sencillas. Dos de los casos más obvios podrían ser David Lean y William Wyler, de los que se solía decir como tópico en ciertos sectores que sus mejores obras eran las que hicieron en blanco y negro, y no esas películas espectaculares y supuestamente vacías que luego les hicieron tan famosos. Aunque es una opinión tan válida como cualquier otra, en muchos casos no deja de tener cierto deje de pedantería, ese instinto que lleva a despreciar los films grandilocuentes, largos, visualmente llamativos y que traen a la mente la faceta más espectacular del cine. Es un error a evitar, tan equivocado es alabar un film dejándose seducir por su impecable factura visual como despreciarlo por ello. No es excluyente alabar Lawrence de Arabia (1962) y La Hija de Ryan (1970) al mismo tiempo que Breve Encuentro (1945), del mismo modo que tampoco lo es aplaudir los dramas que realizó William Wyler en los años 30 al mismo tiempo que Horizontes de Grandeza. De hecho, Horizontes de Grandeza tiene un encanto especial si tenemos en cuenta que Wyler empezó su carrera como director dirigiendo westerns de bajísimo presupuesto, lo cual hace que sea irónico verle 20 años después al frente de uno de esta envergadura.

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No obstante, si alabo Horizontes de Grandeza no es por su espectacular puesta en escena típica de una superproducción de la época, de hecho reconozco que no soy especialmente devoto de la mítica Ben-Hur, que dirigió justo después de el film que nos ocupa hoy. De entrada hay una faceta de esta obra que ya debería poner de aviso incluso a los cinéfilos más quisquillosos sobre el hecho de que no se encuentran ante un western cualquiera. Porque se trata de un western en que el héroe es un hombre que en toda la película jamás se pone un sombrero de vaquero ni dispara a ningún hombre. No sólo eso sino que también es un hombre que en vez de luchar por conseguir el corazón de su amada, sencillamente evita llevar a cabo los actos varoniles que ella le exige, aún cuando él es capaz de llevarlos a cabo. Hay más, no solo se trata de un western pacifista sino que los dos únicos duelos que hay no tienen para nada las características de los clásicos duelos del oeste: uno es un duelo a la antigua usanza con pistolas de un solo disparo, el otro es filmado desde un plano general aéreo que no permite distinguir los detalles de lo que sucede. Definitivamente, Horizontes de Grandeza es un western especial.

Ese peculiar protagonista es James McKay, un capitán de barco retirado que se ha prometido con Patricia Terrill, la única hija de un poderoso ranchero del oeste. Cuando llega a esas tierras, la presencia del caballeroso McKay chocará a los vaqueros de la zona provocando que sea objeto de algunas burlas, especialmente por parte de Steve Leech, el duro capataz del rancho. Al presentarse en el Rancho Terrill descubre que hay una encarnizada pelea entre dos familias: los Terrill y los Hannassey. El padre de Patricia, Henry, vive en una elegante mansión y tiene una vida acomodada, mientras que el clan de los Hannassey vive más modestamente en un pequeño poblado escondido en un cañón y cuenta con varios hijos con tendencia a emborracharse y meterse en líos, de los cuales el más problemático es Buck. El último personaje a destacar en mitad de todo este entramado es la maestra soltera Julie Maragon, quien posee unas tierras heredadas de su familia que ambicionan tanto los Terrill como los Hannassey por tener un río al que ambos clanes necesitan acudir para dar de beber a su ganado.

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Como se deduce por el argumento, la película juega con dos ideas: por un lado el clásico y absurdo enfrentamiento entre familias, y por otro el concepto de caballerosidad de James McKay que choca con las normas del oeste, que es la que a mí personalmente me interesa más. Gregory Peck da vida a este clásico hombre honrado y educado que se rige por sus principios sin importar lo que piense al resto, es decir es un personaje hecho prácticamente a su medida. Lo interesante de McKay es que se enfrenta directamente a algunos tópicos y principios del héroe de western. Tradicionalmente es un género basado en protagonistas que no dejan que nunca se cuestione su hombría y que prueban constantemente su valentía y dureza. McKay al contrario evita probar que posee esas características, de hecho cuando se le pone en duda en algún aspecto similar prefiere ponerse a prueba a sí mismo antes que demostrar su valía públicamente: cuando le retan a montar un caballo difícil, se niega y luego por su cuenta práctica hasta dominarlo; cuando Steve le llama cobarde, McKay se retira evitando la pelea pero luego durante la noche reta a Steve a una pelea a solas. Este es el punto de conflicto entre McKay y su prometida: ella desea un marido que se comporte como un auténtico vaquero, demostrando continuamente su hombría y su fuerza, mientras que a él le da igual lo que opinen de él, lo que le importa es lo que se prueba a sí mismo.

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Cuando los Hannassey secuestran a Julie, McKay demostrará su auténtica valentía al ir a rescatarla sin ningún arma y acompañado solo de un inofensivo criado mexicano. Aunque los demás vaqueros le miren despectivamente, demuestra tener más agallas que el resto, lo que le hace ganar el favor del cabeza de familia de los Hannassey, Rufus, quien al inicio del film echó en cara a Henry Terrill que pese a su suntuosa vida él sabía que no era verdaderamente un caballero. Pese a su dureza, Rufus respeta instantáneamente a McKay por reconocer en él a un auténtico caballero, y por ello en el duelo que tiene lugar entre McKay y su hijo Buck se pone al descubierto cómo es cada uno en realidad: Buck encara al vaquero temerario por excelencia que no teme a nada, mientras que el tranquilo McKay parece un hombre dado a la palabra para evitar enfrentamientos físicos; a la práctica Buck hace trampas disparando antes y al verse acosado por el arma de su adversario se acobarda.

En lo que respecta al enfrentamiento entre clanes, se trata de un argumento de sobras conocido por el espectador que aquí tiene como aspecto reseñable el hecho de que el guión evite caer en ciertos tópicos comunes. Ninguno de los dos cabezas de familia es mostrado más favorablemente que el otro ni se cae en maniqueísmos, sino que son dos personajes perfectamente construidos con vida propia. Incluso es muy probable que el espectador se decante antes por el mucho menos respetable Rufus Hannassey que por Henry Terrill. La aparición de Hannassey en la fiesta de sociedad de Terrill echándole en cara que tras esa vida elegante comete actos repugnantes es una magnífica presentación del personaje. Del mismo modo, esa doble faceta entre villano que planifica el secuestro de Julie y hombre que respeta profundamente las convenciones de caballeros lo hacen especialmente atractivo.

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La escena final del rescate de Julie está llena de suspense, pero curiosamente creo que el momento de mayor tensión tiene lugar antes de que empiecen los enfrentamientos físicos, en la negociación verbal de McKay con los Hannassey, estando Julie obligada a hacer creer que no está retenida por miedo a que maten a McKay. El hecho de que Wyler concentre más tensión en ese enfrentamiento verbal que en los tiroteos que hay posteriormente nos da una idea de hacia dónde le interesaba tirar al director, y es uno de esos aspectos que hace que este sea un western tan especial.

A todo este contenido tan interesante cabe añadirle que el film se beneficia de todas las ventajas de una superproducción que, por mucho que quede mal decirlo, en en manos de auténticos profesionales dan pie a maravillas cinematográficas. El magnífico William Wyler (director cuyo nombre es de sobras conocido pero conviene reivindicar más a menudo) consigue el término medio perfecto entre aprovechar la espectacularidad de los paisajes en que rueda la película con esos planos al atardecer y de los campos vírgenes y, al mismo tiempo, exprimir la profundidad psicológica de los personajes. La escena final que comenté anteriormente es un claro ejemplo de ello, pasando del enfrentamiento en el cañón al conflicto más bien verbal entre McKay y los Hannassey. Pero también se nota en detalles más pequeños, como algunos silencios extrañamente largos para un tipo de film así en algunas escenas entre personajes, por ejemplo en el encuentro amistoso entre Julie y McKay en las tierras de ésta.

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Por otro lado, Wyler ha sido un director que siempre ha sabido trabajar especialmente bien con grandes actores, y aquí contó con un reparto envidiable: aparte de Gregory Peck, que es siempre un valor seguro, tenía a Charlton Heston en un excelente papel secundario como Steve, uno de los personajes más misteriosos y ambiguos del film; Jean Simmons en el papel de Julie y un Burl Ives en estado de gracia como patriarca de los Hannassey.

Horizontes de Grandeza es una magnífica película que no debería echar atrás ni siquiera a los cinéfilos que desconfíen de las grandes producciones de la época. Es un ejemplo de como una superproducción podía dar pie a una excelente película con un buen director tras la cámara y una historia con ideas más que interesantes. Imprescindible.

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La Versión Browning [The Browning Version] (1951) de Anthony Asquith

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El veterano profesor de lenguas clásicas Andrew Crocker-Harris está a punto de dejar el internado en el que lleva años dando clases por problemas de salud. En sus últimos días ahí dos personas estrechan su relación con ese misterioso personaje que parece totalmente desprovisto de sentimientos: Taplow, un alumno suyo que, a diferencia de sus compañeros, no puede evitar sentir cierta pena y aprecio por él; y Frank Hunter, el simpático profesor de Ciencias que es en secreto el amante de su mujer Millie. Sus alumnos, sus colegas y su propia mujer creen que Crocker-Harris es un hombre más muerto que vivo, pero en estos dos días cruciales, la presión a la que se ve sometido le hará sacar a relucir su faceta más humana.

Fantástico film británico adaptado de la obra teatral de mismo nombre por Anthony Asquith, un director inglés muy competente que hace aquí el trabajo más reputado de su carrera. La Versión Browning es un ejemplo de película de calidad auténticamente británica, no solo por el escenario (el clásico internado británico) sino también por la caracterización de su protagonista, con esa personalidad introvertida y en apariencia exenta de sentimientos tan comúnmente asociada al carácter británico.

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Michael Redgrave, en una de las mejores interpretaciones que le he visto, borda a la perfección dicho personaje. Crocker-Harris es retraído, gris y aburrido, que representa el típico hombre que se guía ante todo por el deber y carente de cualquier atisbo de humor o espontaneidad. Tal es así que cuando hace en clase pequeñas bromas en latín que sabe que no entienden sus alumnos, humilla públicamente al único que se ha reído, ya que lo ha hecho por amabilidad, y no por haberla entendido. No obstante, lo más interesante de Crocker-Harris es que no es un profesor que goce torturando a sus alumnos, como bien remarcan dos de ellos, simplemente ésa es su forma de ser.

Del mismo modo, esa personalidad tan infalible y preocupada por cumplir los detalles y el deber (por ejemplo obligar a Taplow a recuperar la hora perdida incluso siendo su último día como profesor) se refleja en detalles como su insistencia en poner los relojes en hora cada vez que oye las campanadas de la iglesia. Pero esa forma de ser irónicamente le acaba jugando una mala pasada: el director le anuncia que deberá renunciar a su pensión porque su retiro no se ha hecho de acuerdo con las normas. Esa noticia decepciona profundamente al profesor, pero en realidad no es más que un ejemplo de cómo esa insistencia suya por acatar siempre las reglas a rajatabla se le vuelve en contra: objetivamente no debe recibir la pensión, y del mismo modo que él no perdona a Taplow esa hora extra que le debe ni aunque sea su último día de clase, la junta directiva no tiene por qué concederle una pensión que no le corresponde.

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Los destellos de humanidad aparecen solo en momentos puntuales. Por ejemplo, ante el nuevo profesor no puede evitar descubrirse y reconocer su fracaso como maestro. Como él mismo admite, su incapacidad para interactuar con sus alumnos le llevó a exagerar conscientemente sus manierismos o coletillas para que éstos se burlaran de él, pensando que al menos les sería más agradable. Esta confesión resulta muy significativa, nos muestra cómo intenta romper esa barrera de alguna forma, y sólo cree conseguirlo buscando expresamente ser objeto de burla.

Pero el momento realmente clave en que se rompe esa barrera emocional es cuando confiesa distraídamente a su alumno Taplow cómo de joven intentó traducir al inglés el Agamenón. En ese momento de confesión, Taplow y el espectador asistimos a un hecho insólito: por primera vez el profesor se quita la máscara y deja entrever ciertos sentimientos. Explica cómo esa obra le produjo tal emoción que le movió a intentar traducirla y lo detalla demostrando la ilusión que le hacía ese proyecto que quedó inacabado. Su traducción, lógicamente, está perdida y cubierta de polvo, el único atisbo de sentimientos o ilusión ha quedado enterrado en algún lugar, una metáfora bastante obvia sobre la propia personalidad del profesor.

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Cuando Taplow le regala la versión Browning del Agamenón, esa barrera emocional se rompe por completo. Aquí es cuando se destruyen todas las convenciones sociales bajo las que se ocultaba Crocker-Harris. Ya no hace falta ser hipócrita y guiarse por lo correcto: su mujer le dice que Taplow estuvo imitándole a sus espaldas, y por otro lado el profesor le echa en cara a Frank que está al corriente del adulterio pero le da igual. Éste intentará entonces ayudarle pero el profesor se resiste escudándose en su personaje frío que no necesita a nadie. Este primer contacto con las relaciones humanas desprotegido de su máscara distanciadora le duele, pero es el primer paso para la redención.

A la práctica, aunque Crocker-Harris nunca llega a cambiar del todo externamente, sí que se produce un cambio en su interior: pide a Frank que le deje en paz e insiste en que no necesita sus consejos, pero le hará caso separándose de su esposa; insiste en que el detalle de Taplow le es indiferente, pero al final de la película demuestra a su manera que le tiene cierto afecto al romper su sagrada regla de no decir nunca a los alumnos si han aprobado el curso. El discurso final (no incluido en la obra original y que fue escrito por el autor de la misma expresamente para la película) es en ese sentido el momento revelador en que hace público ser consciente de su fracaso como profesor y pide disculpas. Ya deja de ser «el Himmel de quinto curso», un ser frío y autómata, y pasa a ser un hombre que lamenta no haber apoyado a sus alumnos.

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La Versión Browning es una de esas películas que no esconde la idea que quiere mostrar, sino que la expone abiertamente mediante metáforas bastante claras para el espectador (aparte de las ya mencionadas, es de destacar el contraste entre los dos profesores que se marchan: el aburrido Crocker-Harris al que nadie va a echar de menos respecto al atlético y popular profesor de educación física). Es por tanto una obra que se muestra abiertamente sin esconder el propósito de su planteamiento, apoyándose en sus sólidas interpretaciones y el trabajo de guión y dirección. En definitiva, una película segura de sí misma con todos los ingredientes para ser una gran obra y que, efectivamente, no acaba defraudando.

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