Reino Unido

Repulsión (1965) de Roman Polanski

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A mediados de los años 60, Roman Polanski era un incipiente director con solo un film tras sus espaldas (el excelente Un Cuchillo en el Agua) y aún mucho por demostrar al mundo. Tras abandonar su Polonia natal, encontró en Reino Unido unos productores que le ofrecieron un trato para realizar una película muy peculiar que tenía entre manos llamada Cul-de-Sac. Pero a cambio debía filmar previamente una obra de encargo más convencional que reportara beneficios seguros. Polanski aceptó y junto a su colaborador habitual, el guionista Gérard Brach, escribió la historia de lo que acabaría siendo Repulsión.

Resulta muy llamativo pensar que una película como ésta fuera un encargo. En primer lugar porque lejos de parecer una obra impersonal realizada por compromiso, se nota que Polanski realmente se implicó en el proyecto y puso mucho de su parte. En segundo lugar, porque su contenido está muy lejos de ser lo que entendemos por una obra que reportara beneficios seguros. Aunque en la teoría, Repulsión podría pasar como un film de terror psicológico, a la práctica la película ofrecía mucha psicología y poco terror.

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Repulsión se centra en una manicurista belga llamada Carol Ledoux que vive en un apartamento de Londres con su hermana mayor Helen. Carol es una mujer que parece sumida en su propio mundo y que, sobre todo, siente cierto rechazo instintivo hacia los hombres. Un joven simpático y atractivo, Colin, intenta hacerle la corte galantemente, pero ella rechaza sus ofrecimientos pese a su insistencia. Por otro lado, su hermana tiene un amante, Michael, al que ella desprecia con la excusa de que está casado. Cuando Helen y Michael se ausentan unos días para irse de viaje a Italia, Carol en su soledad se irá sumiendo en una locura cada vez más profunda.

Aunque la idea era hacer una obra más comercial, Repulsión no es una película fácil, ya que no se limita a mostrarnos el proceso de locura de Carol, sino que nos sumerge en su estado mental. De hecho ésa es una de las grandes virtudes del film: cómo nos hace vivir en nuestras propias carnes ese proceso de esquizofrenia. La primera parte de la película opta por un seguimiento esmerado del personaje, mostrándonos hechos irrelevantes de su vida cotidiana para sumergirnos en esa rutina que luego se verá alterada. Posteriormente vemos cómo algunos de esos hechos que a nosotros nos parecen irrelevantes acabarán siendo de una gran importancia de cara a Carole. Cuando un obrero le dirige una frase obscena, ella pasa de largo y no le concedemos más importancia. No obstante luego Polanski nos muestra en tiempo real cómo Carol pasa por ese mismo sitio, es decir, recalcando ese momento. Realmente no sucede nada, el obrero ya no está y Carol no reacciona de ninguna forma especial, pero el hecho de que Polanski haya insertado este largo plano de seguimiento es su forma de darnos a entender que para ella ese hecho irrelevante le ha dejado marca. Lo lógico habría sido mostrarnos a ella cambiando de acera o mostrando inquietud por el recuerdo, pero Polanski curiosamente opta por hacer que Carol parezca tan fría como siempre. De esa forma, se le da importancia pero de forma sutil, entendemos que ese encuentro ha provocado algo en ella, pero como no lo exterioriza aún no sabemos el qué (más adelante en sus fantasías lo sabremos).

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Paralelamente Polanski nutre el film de elementos que hacen referencia a ese descenso a la locura. Por ejemplo, al inicio de la película el director nos la muestra examinando su reflejo distorsionado en un cristal, simbolizando esa fascinación que siente hacia si misma y, obviamente, hacia esa personalidad también distorsionada. De forma más clara, otro símbolo muy utilizado son las grietas que Carol observa a lo largo de la película y que vienen a representar su propio estado mental, que está en proceso de resquebrajarse poco a poco. Uno de los primeros indicios que tenemos de que Carol no está bien es cuando Colin se la encuentra sentada en un banco mirando embobada unas grietas de la calle. Posteriormente, empieza a imaginar cómo las paredes de su casa se van agrietando cada vez más.

Una vez Carol se queda sola, la descomposición del conejo que ha sacado de la nevera es otra forma de mostrar el proceso de degradación de su psique. Es entonces cuando Polanski opta por combinar realidad con imaginación, con esas paredes de las cuales salen manos que la tocan obscenamente o las pesadillas en que cree ser violada brutalmente. Estos elementos se combinan con el uso de otros más vinculados a la realidad, por ejemplo los sonidos, magistralmente utilizados (la casi ausencia de banda sonora salvo en las escenas más climáticas refuerza su importancia): el tic tac del reloj constante; las llamadas de teléfono, que acaban siendo su único vínculo con el mundo exterior y siempre son hostiles (el casero exigiendo que le paguen, la mujer de Michael confundiendo a Carol por la amante de su marido); las campanadas del convento que suenan en momentos cruciales, etc. Otra de las mayores virtudes del film es su capacidad para combinar esas alucinaciones con elementos de la realidad cotidiana que en este contexto se vuelven casi amenazadores.

Todo ello desemboca en que Carol acabe aislándose cada vez más de la realidad y del exterior – el hecho de que bloquee la puerta con una tabla muestra visualmente ese deseo de encierro, y la reacción de ella a la irrupción de dos intrusos en ese entorno en que se ha encerrado la enfatiza aún más. De esta forma, convierte el piso en un reflejo de su inestabilidad, tal y como queda patente en la escena final en que vemos todo destrozado y a ella en un estado casi catatónico.

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La descripción que hacen tanto Polanski como Brach del mundo femenino es magnífica, con la tierna relación entre las hermanas y las conversaciones entre las compañeras de trabajo y las clientas sobre sus frustradas relaciones con los hombres. De hecho, si uno contrapone lo que ellas comentan con lo que luego vemos que comentan en el bar los amigos de Colin sobre las relaciones con mujeres, no podemos extraer más que la conclusión pesimista de que hombres y mujeres están destinados a no entenderse del todo.

Por otro lado, aunque el personaje de Carol es el eje absoluto de la película (inolvidable Catherine Deneuve en uno de los mejores papeles de su carrera), es un acierto hacer que personajes como el de Colin resulten tan simpáticos al espectador. De esta forma se remarca que el rechazo de Carol no es por culpa de él sino que se trata de un rechazo generalizado a los hombres. Por ello Michael le resulta tan molesto sufriendo cada noche el suplicio de oír como él y su hermana hacen el amor, haciéndole sufrir la constatación de una sexualidad normal que a ella le repele.

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La escena final en que los vecinos irrumpen en el piso muestra otra faceta inesperada de la película más vinculada con el universo de Polanski: su gusto por el absurdo, con esos personajes chismosos que deambulan por el piso lanzando comentarios y consejos a veces absurdos. En ese caos es curiosamente el personaje de Michael, aquel al que ella detestaba más, el único con la suficiente entereza para rescatarla y devolverla al exterior.

Finalmente, remarcar el acierto de Polanski al dejar el film suficientemente abierto al espectador. Nunca se nos dice el motivo exacto por el que Carol es así, sólo se nos muestra al final una fotografía de infancia que se supone que resuelve el misterio, pero en realidad no hay una interpretación clara de qué quiere significar: ¿está la niña mirando acusadoramente a su padre que abusó de ella? ¿o simplemente la imagen nos muestra esa mirada perdida que aún tiene de adulta, dándonos a entender cómo desde pequeña se mantuvo alejada del resto de familiares de la fotografía?

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Repulsión gozó un momento de un éxito en taquilla que ayudó a Polanski no sólo a dirigir su siguiente obra sino a acabar de afianzar su carrera fuera de Polonia. Aunque no es una de sus obras más mencionadas, siempre ha sido mi película favorita de su carrera y en mi opinión seguramente el film que mejor ha sabido retratar el proceso de locura femenina de forma seria y fidedigna – aún cuando, a modo de anécdota, Polanski declarara que esa esmerada descripción de la esquizofrenia en realidad era todo inventada por él y Brach, que no tenían ni idea de la enfermedad.

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La Sombra Del Actor [The Dresser] (1983) de Peter Yates

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Ambientada en Inglaterra durante la II Guerra Mundial, La Sombra del Actor tiene como principales protagonistas a un envejecido y prestigioso actor teatral (al que solo conocemos por el nombre de «Sir») y su devoto asistente Norman. Sir es el líder de una compañía teatral ya en decadencia que gira por todo el país interpretando obras de Shakespeare con mucho éxito. No obstante, a causa de su avanzada edad, el antaño imbatible intérprete es ahora un anciano errático que sigue en pie en gran parte gracias a los cuidados de Norman, quien se encarga de todas sus necesidades con una devoción que roza la idolatría.

Basado en una obra teatral (a su vez basada en las experiencias de su autor, Ronald Harwood, como asistente del actor Sir Donald Wolfit), el film es ante todo un cuidado estudio de los dos personajes principales, sus personalidades y su compleja relación. Sir es el prototipo de gran actor egocéntrico que se sabe genial y se aprovecha de ello, que tiraniza a toda su compañía incluso dando indicaciones a los actores mientras está en escena y que es capaz de mandar detener un tren a punto de salir después de que su asistente fracasara anteriormente en su intento. Norman, en cambio, es un hombre absolutamente dependiente de Sir, que casi necesita que éste siga siendo el mismo gran actor shakesperiano para seguir adelante. Por ello cuando Sir sufre un colapso, Norman se hunde: sin su adorado jefe él no tiene en quien apoyarse.

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Eso no quita no obstante que Norman sea, en su terreno, un hombre tremendamente eficiente y, a su modo, poderoso. Mientras que Sir es en el exterior el gran líder de la compañía que recoge los aplausos del público, Norman es entre bambalinas el hombre que le hace la vida más cómoda y le ayuda a seguir adelante. Esta ambivalencia se nota especialmente cuando Sir sale a saludar a la audiencia y mientras pronuncia su discurso Norman se queda escondido tras las cortinas chivándole algunos datos que el anciano actor no consigue recordar, como las fechas de las próximas actuaciones y las obras que van a interpretar. De hecho, en la película Norman literalmente da vida a Sir cuando éste sufre el colapso que le impide actuar y le deja bloqueado. La atención y los cuidados del fiel asistente es lo que hacen que éste finalmente se vea con fuerzas de salir a escena, donde hace una interpretación prodigiosa.

Pero más que incidir en la idea de «gran hombre que en realidad depende totalmente de un asistente» el film se vuelca en la relación entre ambos y su mutua dependencia: Sir necesita los cuidados que Norman le ha dispensado durante 20 años, y Norman al mismo tiempo necesita que Sir siga siendo ese gran actor que admira, ya que no tendría sentido para él idolatrar a un artista en decadencia. Así pues, cuando vemos a Norman entrando en el camerino insistiendo en las alabanzas de todo el mundo hacia su actuación, uno no puede evitar preguntarse de hasta qué punto van dirigidas a Sir y hasta qué punto a él mismo para autoconvencerse. De hecho, esa insistencia de Norman por encerrarse en el camerino y no permitir a nadie más que entre es una forma de tener a su amo localizado en un espacio donde él es quien controla todo, en contraste con el mundo exterior donde no puede ejercer esa influencia.

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Una película tan focalizada en dos protagonistas requería por tanto de dos intérpretes a la altura de este reto, y para ello se recurrió a dos sólidos actores que habían empezado en el cine dos décadas atrás en los años del Free Cinema: Albert Finney y Tom Courtenay. Ambos bordan los papeles, destacando para mi gusto Courtenay como Norman, sabiendo expresar el carácter exacto del personaje en sus gestos y su forma de hablar tan amanerada pero sin caer en la tentación de la sobreactuación.

La dirección corre a cargo de Peter Yates (Bullit, Los Amigos de Eddie Coyle), quien evita que el film caiga en un estilo excesivamente teatral basado únicamente en los personajes y sus diálogos, pese a estar centrado casi siempre en espacios cerrados. Una gran película.

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A Field in England (2013) de Ben Wheatley

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Durante la Guerra Civil Británica del siglo XVII entre monárquicos y parlamentarios se encuentran cuatro personajes en un campo de batalla y deciden abandonar juntos la cruel lucha. Pero a mitad de camino uno de ellos consigue engañar al resto para capturarlos y que así puedan ayudar a un misterioso hombre, O’Neill, a encontrar un tesoro por la zona.

Bajo esta premisa el director Ben Wheatley ha dado forma a una película inclasificable y que sólo acertaría a catalogar de peculiar y extravagante. Aunque se la quiera encasillar dentro de un género (histórico, terror, etc.) lo cierto es que A Field in England es uno de esos productos sui generis que escapan a cualquier etiqueta, y por ello es conveniente que ante todo el espectador vaya prevenido sobre lo que va a ver.

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Se trata de un film de estilo totalmente libre, que evita seguir una línea clara y que no se apoya en su peculiar argumento (dejémoslo claro, a efectos prácticos el tesoro realmente no importa lo más mínimo), sino en su realización y la forma como consigue transmitir determinadas sensaciones. En su primera parte Wheatley apuesta por diálogos y situaciones casi absurdas impregnadas de un peculiar sentido del humor. Transmite una cierta sensación de extrañeza que se remarca en detalles sutiles pero absolutamente determinantes como el uso del sonido y la banda sonora, o esa fotografía en blanco y negro tan contrastada que nos aleja del estilo de los films costumbristas tradicionales.

Todo sucede en prácticamente un mismo espacio y aunque se supone que los personajes se dirigen a una posada a beber unas cervezas, uno ya tiene la sensación de que jamás llegaremos a ver esa posada. La cámara se integra a la perfección en el paisaje y se pasea libremente entre los personajes uniéndose a ellos. En este segmento sólo hay leves destellos de experimentación por parte de Wheatley, como la canción tradicional entonada por un personaje en primer plano mirando a cámara o esos peculiares planos que abren algunos capítulos del film en que los protagonistas representan estáticos lo que va a suceder, como si fuera un cuadro viviente.

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A partir de la entrada del personaje de O’Neill es cuando el film se desmadra y esos indicios de cierta extravagancia estallan ante el espectador. Los tres personajes son drogados, y a partir de ese momento Wheatley, que se había integrado entre ellos durante todo el film, adapta la puesta en escena al estado mental del alquimista Whitehead y de sus desvaríos filosóficos.

A partir de aquí, Wheatley no suelta al espectador, con escenas a cámara lenta acompañadas de música ambiental que enfatiza la sensación de extrañeza y, sobre todo, un segmento particularmente llamativo que es pura psicodelia, con un montaje de imágenes tan extremo que lleva la resistencia del espectador al extremo pero que, al mismo tiempo, resultan tan hipnóticas que se hacen fascinantes. El tramo final mantiene ese aire tan alucinado con un enfrentamiento bastante sangriento plagado de humor negro y un tono cada vez más surrealista, como su críptico desenlace. Es sin duda una de esas películas que al acabar uno tiene la sensación de no haber entendido del todo pero cuyas poderosas imágenes y su peculiar estilo se mantienen la retina del espectador.

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Uno de los aspectos que debe comentarse también de A Field in England es su inusual formato de distribución, ya que ha sido la primera película británica en haberse estrenado al mismo tiempo en cine, televisión, DVD y video on demand. Su bajo presupuesto (se filmó en 12 días con 300.000 libras) ciertamente hace que la apuesta no sea tan arriesgada como parece, ya que es relativamente fácil que recupere su coste, pero es de reseñar que se lleven a cabo iniciativas como ésta.

Ciertamente no es una película para todos los gustos, pero creo que es una obra más que interesante y a la que merece la pena darle un visionado dejándose llevar por su estilo tan particular.

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2001, Una Odisea en el Espacio [2001: A Space Odyssey] (1968) de Stanley Kubrick

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Escribir una reseña de 2001 Una Odisea en el Espacio a estas alturas puede verse (comprensiblemente) como una tarea un tanto absurda. ¿Qué se puede decir que no se haya comentado antes sobre una de las películas más míticas y debatidas de la historia del cine? La única justificación posible en la que yo me apoyo es el placer que supone escribir sobre una obra que nos fascina, aún cuando uno no pueda aportar nada nuevo. De cara al lector me baso de igual manera en el placer de leer sobre algo tan maravilloso y único que a uno no le importa que no se le dé información realmente nueva, sino que simplemente se busca en la reseña volver a recordar por qué le gustaba tanto dicho film y encontrar en su humilde autor un alma gemela que le aporte su punto de vista. O si es uno de los que cree que 2001 es una de las obras más sobrevaloradas de la historia del cine, siempre puede servir para intentar entender qué le ven otros a esa película.

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El proyecto nació a partir de la ambición por parte de Kubrick de filmar una gran epopeya de ciencia ficción en colaboración con el escritor Arthur C. Clarke. Su idea no era tanto narrar una historia convencional como crear una película que pusiera en relieve el papel de la humanidad a lo largo de la historia, rozando casi lo místico. Aún así, el film fue comercializado como un gran espectáculo siguiendo la moda de la época de estrenar grandes producciones como acontecimientos únicos, beneficiándose además de que en aquellos años la carrera especial estaba en pleno auge (sólo un año después de su estreno el hombre pisaría la luna).

El argumento de 2001 busca conscientemente evitar un claro protagonista, no sólo por exponer tres historias separadas con personajes diferentes, sino por la decisión de no utilizar a actores conocidos para encarnarlos. Una estrella de Hollywood no encajaría en 2001 puesto que el espectador automáticamente empatizaría con ésta y entendería el film como una obra convencional con su protagonista que debe superar ciertos obstáculos. Kubrick muy inteligentemente apuesta por el anonimato, actores no conocidos que representan más a la humanidad que a unas personas concretas. El director no pretende que conozcamos su contexto o personalidad, sino que veamos el papel que tienen en la evolución de la trama.

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Cuando uno ve o revisiona 2001 a veces no puede evitar caer en la tentación de dejarse seducir por la perfección de sus imágenes olvidando su contenido. Siendo justos, el propio Kubrick fomenta esa fascinación plástica no solo por la impecable perfección de su puesta en escena y de la recreación del mundo espacial, sino por los numerosos minutos que dedica a escenas basadas en su belleza formal. Los ejemplos más claros son las escenas de presentación de las naves, una de ellas acompañada además de música clásica, de manera que parece casi un ballet audiovisual. En ese sentido cabe reconocer no sólo el formidable trabajo de Kubrick sino de todo el equipo técnico, que hizo una labor soberbia que no ha envejecido en absoluto, destacando el director artístico Tony Masters además de Con Pederson, Wally Veevers y Douglas Trumbull en los efectos especiales, dando forma a imágenes abstractas que en aquella época prácticamente el gran público no había visto jamás en una película (el único claro precedente serían algunos trabajos de cine experimental). Aún así conviene recordar que el diseño de absolutamente cualquier objeto o decorado del film tenía que ser aprobado expresamente por Kubrick, ya por entonces famoso por su afán de supervisar todo lo que concernía a su obra. Por otro lado, no cabe perder de vista que una película como ésta solo fue posible gracias al generoso presupuesto del que disponía el director, 10 millones y medio de dólares, de los cuales 6 se dedicaron únicamente a los efectos especiales, algo comprensible puesto que en esa época aún no podían generarse por ordenador.

Pero aunque en una primera instancia 2001 sea una obra que entra por los ojos, se trata de una película que puede hacerse larga si uno no conecta con su ritmo tan reposado. No debemos olvidar pues que, aunque se trate de una gran producción de Hollywood, el estilo de realización de Kubrick no sigue los estándares de la Meca del cine. El argumento es expresamente difuso, y las escenas se suceden con absoluta lentitud, aunque sin hacerse pesadas, simplemente Kubrick se toma su tiempo para introducir todos los elementos. Este ritmo que a muchos espectadores les ha parecido un punto en contra de la película es de hecho uno de sus mayores rasgos distintivos, que define totalmente el estilo del film.

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La ambición del realizador era probablemente plantear una obra de ciencia ficción madura, que fascinara al espectador por sus efectos especiales pero tomándose su tiempo, acostumbrándole a la cotidianedad de los protagonistas. En ese sentido, se evitan expresamente escenas de acción o que generen suspense. Así como en un film de ciencia ficción normalmente se busca deslumbrar al espectador con momentos emocionantes donde los efectos especiales cobran protagonismo, aquí Kubrick opta por lo contrario. Prefiere centrarse en recrear los momentos más cotidianos y potencialmente menos llamativos: el cambio casi en tiempo real de una pieza defectuosa, las videoconferencias con familiares, la alimentación, etc. La impecable ambientación y sus efectos especiales aparecen integrados como algo normal, y aunque el film obviamente alardea de ellos, lo hace integrándolos en el día a día de sus protagonistas y no de forma explícita. Éste es en mi opinión uno de los mayores puntos de interés de la película.

Esta tendencia a evitar escenas de suspense creo que se hace especialmente obvia en los pocos momentos que parecen propicios a ello, especialmente en el enfrentamiento con HAL. Cuando el robot inteligente que controla la nave se rebela a los protagonistas, el astronauta Bowman debe enfrentarse a él y desactivarlo, pero es un enfrentamiento absolutamente carente de acción aunque sea una situación que potencialmente podría llevar a ello. La entrada de Bowman a la nave y la desactivación de HAL están filmadas minuciosamente pero sin fomentar el suspense. Kubrick, un director al que siempre se ha calificado de frío y cerebral, creó en 2001 su película más fría y cerebral al verse justificado por su enfoque.

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Obviamente, entrando en el contenido del mismo, el film está repleto de ideas que se han comentado ya ampliamente. Por ejemplo, no solo destaca el uso de actores desconocidos sino que sus interpretaciones remarcan la idea de un futuro frío e inmaculado, algo especialmente claro en la tercera historia, cuya pareja de protagonistas se comporta con una frialdad más propia de un film de Bresson que de uno de Hollywood. Por ejemplo, en la escena del visionado del vídeo familiar en que sus padres le felicitan por su cumpleaños vemos al astronauta contemplándolo con absoluta indiferencia, como si fuera otra tarea más de su día a día. A cambio, HAL a veces parece más humano y cálido que los propios astronautas, mostrando interés y felicitándoles por los bocetos que dibujan, además de preguntarles si no sienten dudas respecto a la misión, cuestiones a los que éstos responden con una frialdad mecánica. Del mismo modo, a menudo se ha resaltado que en el momento en que desactivan a HAL muchos espectadores no pueden evitar sentir más pena hacia esa máquina que pide por favor que reconsidere lo que hace antes que al frío y maquinal astronauta, cuya vida ha estado en peligro pero con el que Kubrick no nos permite empatizar – incluso HAL parece más humano cuando en el proceso de desactivación parece «perder su cordura» y empieza a cantar una canción, quizá el acto más humano que hemos visto en este fragmento de película.

A menudo se ha criticado el hecho de que el film sea tan críptico e incluso incomprensible, pero la realidad es que su contenido no es tan difuso. De hecho, cosa curiosa y no suficientemente tenida en cuenta, el propio Kubrick evitó en vida la típica actitud misteriosa de no querer desvelar el significado del film (algo por otro lado comprensible y harto frecuente en autores de obras tan abiertas a múltiples interpretaciones como ésta). Aunque Arthur C. Clarke, autor del libro, también se quejaría de que el director suprimió algunas escenas y diálogos que aclaraban varias ideas fundamentales (como el por qué HAL se rebela), lo cierto es que la premisa básica es bastante comprensible: la evolución de la humanidad a lo largo de los años, simbolizada por la entrada en contacto con un misterioso monolito que les da un nivel de conocimiento superior. Sólo la parte final resulta algo más difusa, cuando el astronauta superviviente se adentra en una nueva puerta estelar más allá de Júpiter y acaba confinado en un misterioso habitáculo, pero los propios Kubrick y Clarke buscaban que esta parte estuviera abierta a interpretaciones libres y que generara nuevas preguntas.

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Como experiencia audiovisual, 2001 es una obra absolutamente intachable, y escenas como el misterioso viaje que emprende Bowman en la parte final – quizá mi momento favorito – siguen manteniendo el poder de sugestión que tenían entonces. Además es uno de esos casos especiales y únicos en que se unen una generosa producción que permitía dar rienda suelta a las fantasías de su creador y una película compleja y difícil para el espectador. Pero también en cuanto a contenido y estilo es una película maravillosa, un film donde Kubrick aporta a la ciencia ficción cierta madurez incorporando características que en realidad no eran nuevas de por sí al existir ya en otras películas de la época, simplemente él las adaptó a un género que históricamente no había sido enfocado desde ese prisma.

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Fanny By Gaslight (1945) de Anthony Asquith

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Ciertamente una descripción del argumento de Fanny By Gaslight no motivará mucho al lector a darle una oportunidad a este film británico, ya que la trama principal es bastante manida y llena de lugares comunes por el espectador. A saber: una joven virtuosa e inocente, Fanny, que recibe una buena educación y crece en un ambiente respetable sin sospechar que su familia se gana la vida gracias a un burdel. Un villano, Lord Manderstoke, que mata accidentalmente a su supuesto padre en una pelea y que se cruzará continuamente con Fanny a lo largo del film. El padre auténtico de Fanny, un respetable político que se había mantenido al margen y al conocer la situación de su hija quiere adoptarla de nuevo. Su atractivo secretario, Harry Someford, del cual se enamora. Y de fondo, las convenciones sociales de finales del siglo XIX.

Efectivamente, la principal carencia de esta película es un argumento a día de hoy un tanto previsible y una galería de personajes demasiado arquetípica en que ninguno parece evolucionar demasiado. Lord Manderstoke no abandona nunca el papel de villano mientras que Harry se mantiene fiel a su amor a Fanny sin importarle que ello perjudique su carrera.

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No obstante existe una gran ironía que es necesario remarcar: puede que el argumento ya estuviera terriblemente anticuado en los años 40, pero eso no eximió al film de tener que estrenarse en Estados Unidos con retraso y recortando varias escenas ya que el código Hays encontraba muy poco apropiado su contenido. Sí, los Estados Unidos que acababan de salir de una sangrienta guerra mundial no veían con buenos ojos una película que a día de hoy parece casi amanerada en su contenido, ya que se hablaba de una familia que hacía fortuna con un prostíbulo (¡oh no!) y, lo que es peor, de relaciones sexuales fuera del matrimonio (¡qué desfachatez! ¿es que estos ingleses no respetan nada?). No sólo Fanny es concebida antes del matrimonio, lo cual la convierte en hija ilegítima, sino que además la joven tiene la desafortunada ocurrencia de irse a París a compartir habitación con otro hombre que no es su marido. El hecho de que sea su adorado novio con el que piensa casarse parece que no es justificación alguna para esas mentes bienpensantes que cuidaban la moralidad pública.

Por tanto, es comprensible que el espectador no conecte demasiado con esa trama tan basada en temas de honor y clases sociales pero no debe olvidarse que algunos de los aspectos que expone aún no estaban tan superados en el momento de su estreno como uno desearía. Y ciertamente la rigidez del comportamiento de sus personajes a veces se antoja algo excesiva (por ejemplo la decisión final que toma el padre natural de Fanny para ayudarla a ésta sin perjudicar al país al que sirve, o la actitud de la implacable hermana de Harry), pero está justificada por la época en que sucede.

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Dejando este tema de un lado, el principal atractivo de la película para los cinéfilos creo que no se encuentra tanto en el previsible guión (ya les adelanto que no se llevarán ninguna sorpresa en la evolución de la trama), como en su forma. Es decir, en la impecable realización del veterano Anthony Asquith. O en el efectivo reparto, en que salen mejor parados los personajes masculinos que los femeninos para mi gusto, destacando Stewart Granger como Harry y el siempre magnífico James Mason, incapaz de hacer una mala actuación, como el villano repugnante pero de educación exquisita.

Son éstos los elementos de mayor interés del film que justifican su visionado. Se trata indudablemente de una obra menor, pero bien acabada, con tacto y profesionalidad.

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La Versión Browning [The Browning Version] (1951) de Anthony Asquith

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El veterano profesor de lenguas clásicas Andrew Crocker-Harris está a punto de dejar el internado en el que lleva años dando clases por problemas de salud. En sus últimos días ahí dos personas estrechan su relación con ese misterioso personaje que parece totalmente desprovisto de sentimientos: Taplow, un alumno suyo que, a diferencia de sus compañeros, no puede evitar sentir cierta pena y aprecio por él; y Frank Hunter, el simpático profesor de Ciencias que es en secreto el amante de su mujer Millie. Sus alumnos, sus colegas y su propia mujer creen que Crocker-Harris es un hombre más muerto que vivo, pero en estos dos días cruciales, la presión a la que se ve sometido le hará sacar a relucir su faceta más humana.

Fantástico film británico adaptado de la obra teatral de mismo nombre por Anthony Asquith, un director inglés muy competente que hace aquí el trabajo más reputado de su carrera. La Versión Browning es un ejemplo de película de calidad auténticamente británica, no solo por el escenario (el clásico internado británico) sino también por la caracterización de su protagonista, con esa personalidad introvertida y en apariencia exenta de sentimientos tan comúnmente asociada al carácter británico.

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Michael Redgrave, en una de las mejores interpretaciones que le he visto, borda a la perfección dicho personaje. Crocker-Harris es retraído, gris y aburrido, que representa el típico hombre que se guía ante todo por el deber y carente de cualquier atisbo de humor o espontaneidad. Tal es así que cuando hace en clase pequeñas bromas en latín que sabe que no entienden sus alumnos, humilla públicamente al único que se ha reído, ya que lo ha hecho por amabilidad, y no por haberla entendido. No obstante, lo más interesante de Crocker-Harris es que no es un profesor que goce torturando a sus alumnos, como bien remarcan dos de ellos, simplemente ésa es su forma de ser.

Del mismo modo, esa personalidad tan infalible y preocupada por cumplir los detalles y el deber (por ejemplo obligar a Taplow a recuperar la hora perdida incluso siendo su último día como profesor) se refleja en detalles como su insistencia en poner los relojes en hora cada vez que oye las campanadas de la iglesia. Pero esa forma de ser irónicamente le acaba jugando una mala pasada: el director le anuncia que deberá renunciar a su pensión porque su retiro no se ha hecho de acuerdo con las normas. Esa noticia decepciona profundamente al profesor, pero en realidad no es más que un ejemplo de cómo esa insistencia suya por acatar siempre las reglas a rajatabla se le vuelve en contra: objetivamente no debe recibir la pensión, y del mismo modo que él no perdona a Taplow esa hora extra que le debe ni aunque sea su último día de clase, la junta directiva no tiene por qué concederle una pensión que no le corresponde.

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Los destellos de humanidad aparecen solo en momentos puntuales. Por ejemplo, ante el nuevo profesor no puede evitar descubrirse y reconocer su fracaso como maestro. Como él mismo admite, su incapacidad para interactuar con sus alumnos le llevó a exagerar conscientemente sus manierismos o coletillas para que éstos se burlaran de él, pensando que al menos les sería más agradable. Esta confesión resulta muy significativa, nos muestra cómo intenta romper esa barrera de alguna forma, y sólo cree conseguirlo buscando expresamente ser objeto de burla.

Pero el momento realmente clave en que se rompe esa barrera emocional es cuando confiesa distraídamente a su alumno Taplow cómo de joven intentó traducir al inglés el Agamenón. En ese momento de confesión, Taplow y el espectador asistimos a un hecho insólito: por primera vez el profesor se quita la máscara y deja entrever ciertos sentimientos. Explica cómo esa obra le produjo tal emoción que le movió a intentar traducirla y lo detalla demostrando la ilusión que le hacía ese proyecto que quedó inacabado. Su traducción, lógicamente, está perdida y cubierta de polvo, el único atisbo de sentimientos o ilusión ha quedado enterrado en algún lugar, una metáfora bastante obvia sobre la propia personalidad del profesor.

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Cuando Taplow le regala la versión Browning del Agamenón, esa barrera emocional se rompe por completo. Aquí es cuando se destruyen todas las convenciones sociales bajo las que se ocultaba Crocker-Harris. Ya no hace falta ser hipócrita y guiarse por lo correcto: su mujer le dice que Taplow estuvo imitándole a sus espaldas, y por otro lado el profesor le echa en cara a Frank que está al corriente del adulterio pero le da igual. Éste intentará entonces ayudarle pero el profesor se resiste escudándose en su personaje frío que no necesita a nadie. Este primer contacto con las relaciones humanas desprotegido de su máscara distanciadora le duele, pero es el primer paso para la redención.

A la práctica, aunque Crocker-Harris nunca llega a cambiar del todo externamente, sí que se produce un cambio en su interior: pide a Frank que le deje en paz e insiste en que no necesita sus consejos, pero le hará caso separándose de su esposa; insiste en que el detalle de Taplow le es indiferente, pero al final de la película demuestra a su manera que le tiene cierto afecto al romper su sagrada regla de no decir nunca a los alumnos si han aprobado el curso. El discurso final (no incluido en la obra original y que fue escrito por el autor de la misma expresamente para la película) es en ese sentido el momento revelador en que hace público ser consciente de su fracaso como profesor y pide disculpas. Ya deja de ser «el Himmel de quinto curso», un ser frío y autómata, y pasa a ser un hombre que lamenta no haber apoyado a sus alumnos.

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La Versión Browning es una de esas películas que no esconde la idea que quiere mostrar, sino que la expone abiertamente mediante metáforas bastante claras para el espectador (aparte de las ya mencionadas, es de destacar el contraste entre los dos profesores que se marchan: el aburrido Crocker-Harris al que nadie va a echar de menos respecto al atlético y popular profesor de educación física). Es por tanto una obra que se muestra abiertamente sin esconder el propósito de su planteamiento, apoyándose en sus sólidas interpretaciones y el trabajo de guión y dirección. En definitiva, una película segura de sí misma con todos los ingredientes para ser una gran obra y que, efectivamente, no acaba defraudando.

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Tren Nocturno a Munich [Night Train To Munich] (1940) de Carol Reed

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1939.  El ejército alemán invade Praga y el gobierno checo decide enviar a Inglaterra al Doctor Bomasch, uno de sus científicos más prestigiosos, para evitar que caiga en manos de los nazis y que éstos usen sus conocimientos para su propio bien. Aunque el profesor escapa, su hija Ana es capturada y enviada a un campo de concentración. Ahí conoce a un prisionero llamado Karl Marsen que le ayudará a escapar hasta Reino Unido para que se vuelva a reunir con su padre. No obstante, Karl en realidad es un doble agente que trabaja para la SS y ha llevado a cabo una falsa huida con ella para ganarse su confianza y llegar hasta el Doctor Bomasch. Cuando éste vuelve a ser capturado por los nazis, el oficial Dickie Randall, que era el encargado de protegerle, decide llevar a cabo un arriesgado plan para traerle de vuelta de Alemania.

Resulta inevitable mencionar la obra maestra de Hitchcock Alarma en el Expreso (1938) a la hora de hablar de Tren Nocturno a Munich, ya que ambas obras tienen mucho en común. No sólo son films británicos de suspense con toques de comedia ambientados en la época anterior a la II Guerra Mundial, sino que ambos fueron escritos por el mismo equipo de guionistas (Sidney Gilliat y Frank Lauder) y cuentan con la misma protagonista femenina (Margaret Lockwood), por no hablar de que buena parte de sus respectivas tramas suceden en un tren. De hecho Tren Nocturno a Munich cuenta con numerosos ingredientes puramente hitchcockianos como esa mezcla entre humor británico y suspense, además de una serie de personajes que juegan con sus falsas identidades. Por ejemplo, la escena del oculista que resulta ser un agente nazi es puro Hitchcock (e incluso puede traer a la  mente la escena del dentista de la versión inglesa de El Hombre Que Sabía Demasiado), por no hablar de la imagen del agente Randall haciendo el papel de ridículo cantante para encubrir su verdadera misión.

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En general los ingredientes son los mismos que encontraríamos en un film de Hitchcock, pero al mismo tiempo se nota que no es una película de Hitchcock, sino que quien ha hecho la mezcla es otro cineasta, nada menos que Carol Reed en una de sus primeras obras como director. Afortunadamente, Reed encuentra el tono adecuado para llevar a la pantalla un guión que combina inteligentemente suspense con toques de comedia sin que ambas tendencias se pisen mutuamente (por ejemplo el falso documento de indescifrable firma que lleva Randall consigo al hacerse pasar por oficial nazi). Otro elemento que también nos puede traer a la mente al maestro del suspense es esa forma de jugar con la pareja protagonista abocándola a situaciones embarazosas, en este caso obligándoles a compartir una intimidad (supuestamente) no deseada en una noche de hotel y fingiendo un romance inexistente (de nuevo podemos encontrar referentes en Alarma en el Expreso y en Los 39 Escalones).

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No obstante la mayor sorpresa para los conocedores de la obra de Hitchcock está en la presencia de los actores Basil Radford y Naunton Wayne encarnando a Charters y Caldicott, dos hombres puramente británicos que viven en su propio mundo ajenos a la realidad. Ambos ya aparecían en Alarma en el Expreso y casi le robaron el protagonismo al resto de personajes con sus impagables escenas cómicas. De hecho funcionaron tan bien que se les volvió a emparejar expresamente repitiendo sus personajes en esta otra película así como en otras que hicieron más adelante como Pasaporte a Pimlico (1949).

Charters y Caldicott cumplen aquí una función prácticamente idéntica a la que tenían en la película de Hitchcock: una visión cómica del inglés fanático de aficiones tan británicas como el cricket e inconsciente del peligro nazi, pero que a la hora de la verdad se unen a la lucha con los protagonistas. Su aparición a mitad del film cobra tal importancia que parece casi que el director y los guionistas se hayan olvidado de los protagonistas, e incluso que se resistan a introducir a Charters y Caldicott a la trama principal para que podamos seguir disfrutando de sus impagables diálogos (uno de ellos lee interesado el Mein Kampf esperando encontrar la respuesta a todo lo que sucede, más adelante su única preocupación será recuperar unos palos de golf, y sólo se decidirán a ayudar a Randall cuando un oficial nazi se burle de ellos).

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Finalmente el tercer acto apuesta más claramente por el suspense, y aunque en las escenas más espectaculares como la del teleférico se nota el limitado presupuesto (las maquetas de ésta y otras escenas resultan muy obvias) el resultado final es notable gracias a la excelente realización de Carol Reed sabiendo dosificar la acción y escondiendo las carencias de la película. No obstante yo prefiero el suspense que se genera en otra escena de espacio más reducido: cuando llega al camarote de los protagonistas la bandeja de comida, que contiene una nota de Charters y Caldicott alertando del peligro y que puede caer en manos del oficial nazi. Los tres personajes principales van sirviéndose el té y las pastas sin darse cuenta de la presencia de la nota hasta que Ana la descubre y, en un rapidísimo cruce de miradas, la situación llega a una tensión casi insoportable.

A diferencia del film de Hitchcock, aquí el protagonismo de Margaret Lockwood queda más supeditado al de su pareja, interpretada aquí por Rex Harrison encarnando a un galán juguetón y simpático. De hecho aunque la interpretación de la actriz resulta correcta, acaba inevitablemente sepultada por la de Harrison y la de secundarios como el dúo Radford-Wayne o el actor Paul Henreid como astuto antagonista.

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Pese a las inevitables comparaciones con Alarma en el ExpresoTren Nocturno a Munich es un magnífico producto de entretenimiento que se sostiene por sí solo sin necesidad de verlo como una continuación o remake de la película de Hitchcock. Su estilo tan ligero y bien acabado lo convierten en una obra que a día de hoy se visiona mucho más agradablemente que otros films de propaganda antinazi de la época, más pesados por su carga política o su tono excesivamente grave.

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Vida y Muerte del Coronel Blimp [The Life and Death of Colonel Blimp] (1943) de Michael Powell y Emeric Pressburger

Vida y Muerte del Coronel Blimp es el gran punto de inflexión en las carreras de Michael Powell y Emeric Pressburger, el film que inicia su edad de oro que abarcó hasta Las Zapatillas Rojas (1948) y The Small Back Room (1949). No sólo es la película más ambiciosa que habían hecho hasta entonces sino que superaba ampliamente sus logros anteriores y demostró al mundo el enorme potencial de estos dos magníficos cineastas, que consiguieron dotar de prestigio a una industria cinematográfica tan (injustamente) poco reputada como es la británica.

Por otro lado, el film fue un punto de inflexión en otro sentido no menos remarcable. En aquellos años de la II Guerra Mundial, Powell y Pressburger se hicieron famosos gracias a obrasde propaganda antinazi como Los Invasores (1941) o One of Our Aircraft Is Missing (1942), que contaron con el apoyo del gobierno. Proponer entonces en 1943, en pleno apogeo del conflicto bélico, una película que se mostraba crítica con la guerra y la forma de actuar del gobierno británico en ciertos aspectos y que, para colmo de males, se sustentaba en la amistad entre un soldado inglés y uno alemán a lo largo de los años, era sencillamente un suicidio. A nadie le gustó la propuesta, y si esta producción salió adelante fue gracias a la tenacidad de Powell y Pressburger, y a que el prestigio que habían adquirido con sus anteriores proyectos les permitió tener suficiente poder para llevar adelante su nueva película con cierta libertad. De hecho, una vez acabada el propio Winston Churchill quiso impedir que se exportara al extranjero, pero finalmente optó por permitir su distribución.

Al igual que sucede con Un Cuento de Canterbury (1944), el título de Vida y Muerte del Coronel Blimp es de por sí bastante engañoso y juega con la confusión, ya que de hecho no hay ningún Coronel Blimp en toda la película. Ese tal Coronel Blimp en realidad era un personaje de unas viñetas cómicas muy populares en el Reino Unido que parodiaban el prototipo de oficial británico a la antigua usanza. El hecho de que Powell y Pressburger lo utilizaran en su título sirve como una primera pista sobre lo que pretendían explicar en su película y la visión que tenían de su protagonista, el General Clive Candy.

En realidad, el film está lleno de ideas y detalles pero la principal y que vertebra la película es el fin de esa vieja Inglaterra con sus convencionalismos y su moral anticuada. El mensaje iba en consonancia con los tiempos: el peligro del nazismo estaba muy presente, y Powell y Pressburger querían dar a entender que en estos nuevos tiempos no había lugar para el respeto hacia el contrincante y las reglas del juego, y que de hecho era necesario «jugar sucio». La película se inicia con un incidente relacionado con esta premisa: el General Clive Candy prepara un ejercicio de entrenamiento para los soldados en que deben enfrentarse entre sí, pero el joven teniente del bando contrario decide iniciar el ataque 6 horas antes de lo estipulado basándose en el principio de que en la guerra no se respetan las normas con tal de vencer al contricante, de modo que captura al General Candy por sorpresa en un baño turco. Éste, indignado, se enfrenta al insolente teniente y mientras se pelean la cámara hace una maravillosa panorámica que lleva a un flashback remontándose a la Guerra de los Boer y el pasado del General Candy.

A partir de aquí se nos muestra cómo a lo largo de los años el comportamiento de Candy en asuntos relacionados con la guerra siempre ha estado movido por la caballerosidad y el respeto al contrincante. El momento que refleja eso más claramente es el duelo que tiene lugar en Berlín. Powell nos enseña con detalle cómo se ultiman hasta los más pequeños preparativos del duelo y, sobre todo, cómo la relación entre los dos bandos es de lo más respetuosa y educada. Aunque el ejército alemán está profundamente disgustado con Candy por el incidente que éste ha provocado, una vez se le ha desafiado a duelo se mantienen en la más estricta caballerosidad procurando respetar siempre las normas y el decoro. Irónicamente, tras el duelo Candy acabará haciéndose amigo de su contrincante, Theodor Kretschmar-Schuldorff.

Años después, al finalizar la I Guerra Mundial, Candy se encuentra con Theo en un campo de prisioneros alemán y le saluda efusivo. Cuando éste le niega su amistad Candy no entiende su reacción: pese a que años atrás luchaban como enemigos, una vez acabada la guerra supuestamente deberían volver a ser amigos y estrecharse las manos como si nada hubiera pasado. Confirmando esa idea, cuando Theo es invitado a una cena junto a varios mandatarios británicos, todos le tratan con sumo respeto pese a ser alemán. Es ese gusto por el decoro y la caballerosidad tan típicamente británicos lo que Powell y Pressburger muestran como una actitud cómicamente anticuada.

Pero el film no se queda aquí y llega más lejos trazando paralelamente otras dos historias a lo largo de los años. La primera es por supuesto la amistad entre Candy y Theo que se ve empañada por las guerras que los separan, una subtrama que en su momento no hizo nada de gracia al gobierno británico por mucho que se deje claro que Theo es un alemán antinazi. Seguramente lo que no gustó fue el que se muestre cómo Theo es interrogado cuando quiere exiliarse a Reino Unido y se le cuestiona como posible espía, una escena basada en una experiencia real que tuvo que sufrir el propio Emerich Pressburger en esos años al ser un emigrante de Alemania, aún cuando era judío.

La segunda historia que acompaña estos acontecimientos es una subtrama amorosa que nos muestra cómo Candy se mantiene fiel a lo largo de los años a un cierto ideal de mujer. La forma como Powell y Pressburger decidieron plasmarla fue haciendo interpretar a una misma actriz tres personajes diferentes, las tres mujeres de las que Candy se enamora durante los años: la primera vez no se da cuenta de que está enamorado de ella hasta que su buen amigo Theo la toma como esposa, la segunda vez la descubre por casualidad entre varias enfermeras y consigue casarse con ella, pero queda viudo al cabo de unos años, y por último en el presente, el anciano Candy ha elegido de chófer una joven que es idéntica a las otras dos. Esta simple ocurrencia podría dar para un film ella sola, pero ellos la utilizan como un complemento más para la historia de Clive Candy que acaba de darle riqueza a la película (un detalle más a tener en cuenta es ver cómo evoluciona el rol de la mujer a lo largo de los años, cómo se pasa de la institutriz Edith a la chófer del Coronel, sin olvidar los cambios en vestuario y peinado que reflejan un cambio de época).

Uno de los aspectos más remarcables de esta obra y que seguramente provocará que muchos no simpaticen con ella es que Powell y Pressburger evitan narrar los acontecimientos al estilo tradicional. Esto no solo no es una novedad para cualquier seguidor de los films de este dúo, sino que es un rasgo que se puede encontrar en muchas de sus obras, pero aquí está más claro que nunca en detalles como sus curiosas elipsis. Por ejemplo, en toda la subtrama amorosa obvian las que deberían ser las escenas cruciales: no se nos muestra cómo Theo y Edith se enamoran ni tampoco vemos cómo Candy busca, seduce y se casa con su esposa (además de no mostrarse tampoco su muerte). Solo se nos relata en un diálogo de una escena cómo organizó un baile de enfermeras para encontrarla, pero el hecho de que Pressburger no se interese en mostrarnos todo el proceso sino en darnos a conocer verbalmente cómo lo hizo sirve como muestra del original punto de vista del guionista, que prefiere que veamos un par de momentos domésticos de la pareja y conozcamos lo que supuestamente sería la escena principal como una simple anécdota que define el carácter de su protagonista.

De hecho, no solo no vemos la realización del duelo ni una sola escena bélica pese a ser la vida de un general, sino que Vida y Muerte del Coronel Blimp es más una película compuesta de diversas viñetas que una obra con un conflicto claro. Pese a que hay muchas ideas en sus más de dos horas y media de duración, Pressburger no las expone directamente, las da a entender a través de esas pequeñas escenas que permiten conocer a los personajes. Porque si hay algo por lo que destaca esta obra es por ser una de esas películas en que resulta claramente palpable que sus creadores sienten un enorme cariño hacia sus protagonistas. Aunque en ocasiones los muestren desde un prisma algo burlón, se nota en cada diálogo y cada plano que Powell y Pressburger sienten simpatía hacia ese anticuado Clive Candy, y tratan tanto a éste como a los principales protagonistas con mimo invitándonos a los espectadores a que también nos encariñemos de él.

Esto provocará que muchos espectadores que no sean especialmente aficionados al estilo de cine que practica el dúo se sientan decepcionados, y que piensen que la película no es más que una obra intrascendente compuesta de anécdotas sobre su protagonista. Su tono ligero (a menudo abiertamente humorístico) y la práctica ausencia de escenas supuestamente relevantes como la muerte de la esposa de Candy puede llevar a tener esta impresión, pero en realidad Pressburger consideraba este guion lleno de matices y detalles a descubrir en revisionados como su mejor creación.

Resulta extraño saber que la primera opción para interpretar al protagonista era Laurence Olivier (no lo consiguieron porque el gobierno puso todas las trabas posibles al film y no quiso liberar a Olivier del servicio militar para participar en la película), y de haber sido así el resultado habría sido indudablemente muy distinto. Imagino que el guión está adaptado totalmente a la personalidad del actor que lo acabó encarnando: Roger Livesey, uno de los actores fetiche de Powell y Pressburger que hace el papel más destacado de su carrera cinematográfica. Como secundarios destacan Anton Walbrook (quien brillaría con luz propia años después en Las Zapatillas Rojas) y una jovencísima Deborah Kerr en el primer gran papel de su carrera interpretando a las tres mujeres consiguiendo además transmitir el cambio de actitud y de comportamiento de cada una de ellas a lo largo de los años.

Pese a ser una película eminentemente británica en tono y temática, el film fue un éxito más allá de sus fronteras a pesar del gobierno. Aunque hoy día pueda parecer inofensivo y amable el retrato que se hace de la vieja Inglaterra, en su momento fue sujeto de muchas polémicas, puesto que Powell y Pressburger consiguieron captar a la perfección esa personalidad tan auténticamente británica y pasada de moda que, según ellos, ya no iba acorde con los tiempos. Y eso, lógicamente, tocó un punto muy sensible.

Una de sus películas más destacables, rebosante de detalles por descubrir, soberbiamente filmada aprovechando el Technicolor y muy bien interpretada. Una película que invita a disfrutar de sus personajes y compartir la mirada irónica de sus autores.

Un Cuento de Canterbury [A Canterbury Tale] (1944) de Michael Powell y Emeric Pressburger

Me gustaría creer que en un futuro no muy lejano la historia del cine hará justicia y pondrá en el lugar que corresponde a Michael Powell y Emeric Pressburger, es decir, como dos de los cineastas más importantes y originales surgidos de Reino Unido y cuyas obras realizadas en los años 40 se encuentran entre las más destacadas de la década.
Aunque tampoco se puede decir que sean dos figuras olvidadas, creo que no reciben el reconocimiento que merecen en gran parte porque su obra se encuentra en un extraño término medio: son películas que por un lado no son suficientemente modernas como para ser alabadas por las nuevas olas cinematográficas y los cinéfilos que buscan un cine más rompedor, pero por otro lado tampoco son suficientemente clásicas como para agradar a los amantes del clasicismo cinematográfico más estricto. Sus mejores obras en general se saltan muchas reglas del clasicismo, lo cual puede ser interpretado como un defecto de sus autores, ya que esas fisuras no llegan a ser tan radicales como para clasificarlas dentro del saco de los cineastas más rupturistas. Sin embargo, en ese estilo único creo que destacan como dos cineastas con una capacidad magistral para utilizar el lenguaje cinematográfico con total libertad y mucha imaginación, haciendo que sus obras sean tan especiales

Un Cuento de Canterbury es un buen ejemplo de ello. Es una película que en cierto sentido es bastante moderna al no tener argumento ni conflicto claro, pero al mismo tiempo tiene un estilo clásico. ¿Consecuencia? En su momento fue un sonoro fracaso y a día de hoy resulta difícil clasificarla dentro de un género o estilo concreto, puesto que no es ni clásica ni moderna (o mejor dicho, es ambas cosas a la vez). Pero eso no quita que sea una joya muy a tener en cuenta que gana con los revisionados.


De entrada cabe tener en cuenta que el film no tiene nada que ver con Los Cuentos de Canterbury de Chaucer pese a su engañoso título (no era la primera vez que Powell y Pressburger utilizaban un título así, en Vida y Muerte del Coronel Blimp no existía ningún personaje con ese nombre, el tal Coronel Blimp era un personaje de cómic de la época que parodiaba el estereotipo militar británico). Aún así, el film se inicia de forma bastante curiosa en un contexto antiguo mencionando Canterbury como un lugar de peregrinación y, seguidamente, se produce un sorprendente y maravilloso salto en el tiempo a partir del vuelo de un pájaro que acaba enlazando con el de un avión.

El film se sitúa entonces en el contexto contemporáneo de la época y tiene como protagonistas a tres personajes que se encuentran en el pequeño poblado de Chillingbourne: el sargento británico Peter Gibbs que viene a incorporarse a un destacamento aplegado en las afueras, el sargento norteamericano Bob Johnson que ha bajado en ese pueblo por accidente en su camino a Canterbury y Alison Smith, una joven que quiere trabajar en una granja. Justo al salir de la estación, un misterioso hombre vestido de uniforme le echa pegamento al pelo de Alison y escapa. Cuando informan del incidente descubren que no es la primera vez que pasa y que de hecho el famoso «hombre del pegamento» ha atacado de la misma manera a varias mujeres de la localidad. Los tres deciden entonces investigar hasta desenmascararlo, ya que sospechan que quien se esconde tras esa identidad es un respetado magistrado del pueblo, Thomas Colpeper.


Pese a su apariencia de ser una sencilla historia sobre el mundo rural típicamente inglés, Un Cuento de Canterbury se trata de la película más compleja de las que habían realizado el dúo Powell y Pressburger hasta la fecha. A la hora de visionarla hay que tener en cuenta que es un film que se escapa totalmente de las normas de la lógica narrativa. La idea del «hombre del pegamento» es deliberadamente desaprovechada evitando la clásica trama de suspense basada en desenmascarar al culpable, puesto que desde el principio parece claro que el causante es Colpeper. Es más, cuando éste se confiesa a ellos el desenlace no ofrece ninguna resolución al respecto: Colpeper no es denunciado ni tampoco parece mostrar indicios de arrepentimiento. No quiere decir eso que Powell y Pressburger se pongan de su parte, sencillamente pasan de largo ante este conflicto.

Es por ello que Un Cuento de Canterbury puede dar la sensación de ser un film un tanto extraño, que parece prestar más atención a episodios insignificantes antes que a una trama propiamente dicha. Pero esos episodios son la base de la película. Un ejemplo de ello son los numerosos diálogos que el entrañable Bob Johnson entabla con los pueblerinos. En cierto momento se nos muestra un largo diálogo con un pueblerino sobre tipos de árboles y de maderas que no tiene ninguna vinculación con la trama hasta que consigue ganarse su confianza siendo invitado a comer. Bob explica a Alison que espera así sonsacar información que les ayude en su investigación, pero lo más interesante es que Powell y Pressburger no nos muestran posteriormente nada de esa comida en que supuestamente podría haber diálogos relevantes, y en su lugar han preferido mostrarnos un diálogo sobre tipos de madera. Lo que más les interesa por tanto es que veamos cómo se establece el vínculo entre ambos personajes que viven en países tan lejanos y no la utilidad práctica de ese diálogo. Lo mismo podría decirse del diálogo final entre Peter Gibbs y el organista, que se extiende más allá de su función dentro de la lógica narrativa, como si Powell y Pressburger quisieran paladear los detalles de su conversación antes que renunciar a ésta rápidamente para llevarnos al punto importante.


Powell y Pressburger fueron dos de los cineastas que mejor supieron captar en sus obras una esencia puramente británica, sin caer ni en la parodia ni tampoco en el orgullo nacionalista. Aún cuando éste no es el tema principal de sus películas, éstas suponen una interesante radiografía de la forma de ser y pensar típicamente británica de la época, y Un Cuento de Canterbury no es una excepción. Los dos cineastas disfrutan sin duda retratando ese pequeño pueblecito y sus costumbres y personajes pintorescos como el gruñón jefe de estación o ese Colpeper obsesionado por el pasado histórico y la pérdida de interés hacia el mismo que intenta paliar con aburridas conferencias. Pero tampoco hay que olvidar los pequeños personajes anecdóticos que en dos pinceladas ya dan a entender la visión de los cineastas sobre esta Inglaterra sencilla y rural: la capataz de Alison de respuestas breves y concisas o el sargento con quien Bob se sienta en la conferencia, que al saber que éste es americano le responde que tiene un familiar en Estados Unidos y le pregunta inocentemente si le ha visto.

El reparto no se compone de grandes estrellas, lo cual contribuye a darle al film ese aire familiar y sencillo que tan bien acompaña a su contenido. Cabe destacar que el personaje del sargento Bob Johnson fue interpretado por un soldado americano de verdad (toda una rareza en la época). De todos los personajes del film éste es sin duda el más entrañable con ese tono de voz y actitud tan relajada y casi parece que pasiva. Powell y Pressburger fueron suficientemente hábiles como para darse cuenta de que, aunque el sargento sería un actor muy limitado, sabía darle al personaje ese tono exacto que buscaban sin caer en la sobreactuación que le convertiría en un personaje demasiado cómico.

A nivel de dirección, éste es uno de sus films en que se nota claramente la influencia de Murnau en lo que se refiere a la iluminación. El inicio por ejemplo resulta asombrosamente transgresor para la época, presentando a los personajes casi totalmente a oscuras sin ver sus rostros. Incluso, el único suceso conflictivo (el ataque a Allison) nos es mostrado también a oscuras sin que podamos percibir lo que está sucediendo renunciando a cualquier atisbo de suspense. Solo por este inicio debería resultar ya obvio que no nos encontramos ante un film cualquiera.
Durante el reso del metraje destaca ese continuo uso de la luz por su significado trascendental, casi de encuentro espiritual. Una idea que Powell y Pressburger no exponen claramente pero dan a entender continuamente por el tratamiento de la luz.

Y ésta es una de las ideas más interesantes de esta obra en gran parte porque no se llega a esbozar del todo. Parece como si Powell y Pressburger no quisieran decantarse por un enfoque concreto y van tanteando la comedia, el costumbrismo y, hacia el final, cierto toque místico en la visita de los tres personajes a Canterbury, que le permite a cada uno reconciliarse con alguno de los problemas que le afectaba. De nuevo, esa visita tampoco está claramente vinculada al conflicto, los dos cineastas parecen inclinarse más bien por una visión mucho más moderna en que los hechos se suceden sin seguir una causa-consecuencia ni pretender dar a entender una clara moraleja.

Se trata, en definitiva, de una película con muchas ideas y que apuesta por un estilo sutil y relajado, pero no por ello simple. Es en mi opinión la obra que mejor sintetiza el espíritu del cine de Powell y Pressburger de aquella época y que refleja sus mejores cualidades así como el más arriesgado de los que realizaron. Fue una obra incomprendida en su momento y sigue siéndolo hoy en día.

Una auténtica joya oculta a reivindicar.

Went the Day Well? (1942) de Alberto Cavalcanti

Como es bien sabido la II Guerra Mundial fue el primer conflicto bélico que supo aprovechar las posibilidades propagandísticas del cine a gran escala, algo que ya el gobierno nazi supo intuir de forma muy perspicaz años antes de la guerra con films documentales tan conocidos como El Triunfo de la Voluntad (1935) y Olympia (1938) de Leni Riefenstahl. Durante los años que duró la guerra es también sabido que Hollywood pasó, de la noche a la mañana, de ser una industria fiel a la ideología neutral impuesta por el gobierno a convertirse en una de las mayores maquinarias propagandísticas en favor de la causa aliada. Pero no fueron los únicos. En el resto de países implicados en los que sus industrias cinematográficas seguían en pie también se hicieron numerosos films propagandísticos con desigual suerte.
En el caso de Reino Unido se partía del inconveniente de tener una industria muy poco sólida, por ello las películas más destacadas que hacían propaganda a favor del esfuerzo británico vinieron de Hollywood (véase por ejemplo La Señora Miniver, de la que el propio Winston Churchill dijo que había hecho más por la causa aliada que una flota de bombarderos). Sin embargo eso no quita que en esos años productores como el afamado Michael Balcon hicieron lo posible por aportar su granito de arena con films como éste.

La historia de Went The Day Well? partía de la que era la peor pesadilla del pueblo británico en aquellos años: una posible invasión germana. En un pequeño pueblo inglés aparece un día un grupo de soldados ingleses que deben hacer unas maniobras por la zona. En realidad son soldados alemanes haciéndose pasar por ingleses que se han introducido en el pueblo para llevar a cabo una invasión desde dentro. Cuando los habitantes descubren la verdad, los alemanes les retendrán como rehenes hasta que se produzca la invasión bajo la amenaza de organizar una masacre si se rebelan, pero los ingleses no se dejarán intimidar por mucho tiempo.

La premisa en sí misma es muy jugosa y seguramente en manos de un profesional del género como Hitchcock o Fritz Lang podría haber dado una genialidad, el primero con su inconfundible manejo del suspense, el segundo con sus dotes para dirigir films colectivos basados en situaciones extremas. Pero no es el caso. Su director fue Alberto Cavalcanti, uno de esos cineastas cuyo nombre no ha acabado trascendiendo entre cinéfilos al no haber dirigido ningún gran clásico conocido pero que, a cambio, participó en el rodaje de algunas de las películas más importantes de aquellos años. De origen brasileño, en los años 20 colaboró en varios films con el cineasta vanguardista francés Marcel L’Herbier y, más adelante, participó en los rodajes de la mítica Berlín, Sinfonía de una Ciudad (1927) – que a su vez debió inspirarse en una obra precedente del propio Cavalcanti llamada Rien Que Les Heures (1926) – y del imprescindible documental inglés Night Mail (1936)

No obstante, su papel en un film más convencional como éste acaba siendo puramente rutinario. Aunque muy bien filmada, la película resulta impersonal y sin garra. Pese a que se nos ofrecen algunas escenas de suspense muy interesantes (como cuando los habitantes han de fingir que todo sigue normal ante el chico de los periódicos y el cartero), no acaban de explotarse del todo.

Pero no pretendo dar una visión negativa de la que es al fin y al cabo una buena película, ya que el único problema es que tal argumento daba para un film de suspense memorable. Dejando de lado expectativas y comparaciones con otros directores, Went The Day Well? es un film notable del que se debe destacar sobre todo lo bien que que se desenvuelve en su escasez de medios. Aunque es obvio que es una película de pocos recursos, sobre todo comparada con sus equivalentes hollywoodienses, el resultado final apenas deja entrever esas carencias. Resulta modesta pero al mismo tiempo aprovecha su premisa y medios al máximo. De hecho, al pretender ser una obra que hiciera empatizar al público británico, la escasez de grandes estrellas en el reparto y los escenarios tan modestos consiguieron que los espectadores sintieran más cercana la trama que se les contaba.

Por otro lado, lejos de ser una película amable que pretendiera apoyar el esfuerzo bélico como si fuera algo fácil, los guionistas no esconden los horrores de la guerra y no dudan en matar a personajes inocentes con los que el público seguro que simpatizaba. Después de todo, la guerra no era un juego de niños. Se trata por tanto de una obra muy interesante que tiene el aliciente de ver un ambiente rural eminentemente británico envuelto en un contexto radicalmente diferente, el ver a esos entrañables personajes típicamente ingleses inmersos en una situación extrema y violenta. Es decir, una alternativa a los clásicos films aliados ambientados en campos de batalla y protagonizados por valerosos héroes indestructibles. Una visión más sencilla y realista que, al mismo tiempo, suponía una alternativa modesta a las grandes producciones bélicas de la época.