Autor: gabinetedrmabuse

El Hombre Que Vendió Su Alma [The Devil and Daniel Webster] (1941) de William Dieterle

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En este gabinete se ha hablado ya de dos magníficos films del alemán William Dieterle, Jennie (1948) y Cartas a mi Amada (1945), que para mí destacaban sobre todo por ese deje sobrenatural que hacía tan especiales sus respectivas historias. En El Hombre Que Vendió Su Alma, anterior a esos dos dramas románticos, Dieterle ya pudo dar rienda suelta a esa faceta suya al tratarse de una adaptación moderna del mito de Fausto y, por tanto, una película abiertamente sobrenatural en su planteamiento.

Ambientada en un pequeño pueblo de New Hampshire, su protagonista es el humilde granjero Jabez Stone, cuya continua mala suerte le lleva a vender su alma al diablo a cambio de una fortuna. A raíz del trato que hace, la suerte cambia para Stone y no solo puede pagar sus deudas con el dinero adquirido sino que se convierte en un poderoso terrateniente que tiene en sus manos al resto de granjeros del pueblo. No obstante, su mujer y su madre notan un cambio en el carácter de Jabez Stone, que se ha vuelto frío y ambicioso, y la primera decide pedir consejo a Daniel Webster, un pequeño político que goza de muy buena reputación entre los granjeros por el apoyo que les da y su carácter cercano.

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El Hombre Que Vendió Su Alma es una de las obras que más me ha sorprendido del Hollywood clásico, ya que por estilo parece casi más germana que americana. Y no lo digo por la nacionalidad del director, sino por ese estilo tan surreal y onírico, lleno de metáforas e instantes que rompen con la armonía de una narración clásica hollywoodiense. Es cierto que el material de base da mucho juego para todo ello, pero la forma como Dieterle lo explota denota claramente sus orígenes en la industria cinematográfica alemana de los años 20. Todo el film tiene ese halo romántico y tenebroso en su puesta en escena, muy ayudado por la excelente fotografía de Joseph H. August (que colaboró de nuevo con Dieterle en Jennie). Además se trata de una obra maravillosamente visual, hasta el punto de que a veces parece casi una película muda por la forma tan expresiva de tratar las imágenes. Hay por ejemplo algunos primeros planos que están insertados de una forma que tiene más que ver con el cine mudo que con el sonoro (por ejemplo el rostro de la madre mirando gravemente en ciertas escenas), por no hablar de algunos trucos de montaje muy inusuales que parecen demasiado bruscos en el contexto de un film de Hollywood.

El momento culminante en este aspecto se encuentra al final, cuando un acaudalado Stone organiza una fiesta en su mansión a la que nadie acude. Repentinamente aparecen en el salón principal varios personajes invitados por su amante Belle (que está íntimamente vinculada con el demonio). Toda esa escena es filmada con un tono difuminado dándole un aire irreal y casi terrorífico cuando los personajes empiezan a bailar y Belle inicia una danza mortal con el usurero del pueblo, que también había hecho un trato con el diablo, y muere en manos de ella. La última escena nos muestra a su vez un juicio en que Daniel Webster intenta defender a Stone antes de que se lo lleve el diablo. El jurado y el juez son una serie de personajes famosos por sus malas acciones que también habían vendido su alma. Aunque la escena está destinada a desembocar en el típico discurso de Webster en favor de la libertad, lo que la convierte en un momento tan magistral es de nuevo la dirección de Dieterle, que se sirve de nuevo de pequeños trucajes para aumentar el tono sobrenatural.

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Resulta curioso que de todo el reparto el que menos se luzca de todos sea el protagonista, interpretado por James Craig. A cambio tenemos al siempre maravilloso Edward Arnold como Daniel Webster, la seductora Simone Simon como la atractiva Belle y, sobre todo, Walter Huston como el diablo. Huston, uno de los mejores intérpretes que jamás haya aparecido en la gran pantalla, aquí se regodea en un papel que es una golosina para cualquier actor de carácter robando las escenas al resto del reparto cada vez que aparece por la pantalla.

No obstante el verdadero protagonista del film es Dieterle, quien coge una historia clásica conocida de sobras por el público y la transforma en una fantasía visual sugerente y terrorífica que tiene lugar en el improbable contexto de la América rural. Solo ese final extrañamente idílico con guiño al público incluido por parte de Huston rompen un poco con el estilo del resto, pero eso no quita que El Hombre Que Vendió Su Alma sea una de las películas más curiosas y únicas que se hayan realizado en un gran estudio del Hollywood clásico.

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Cómo Ser John Malkovich [Being John Malkovich] (1999) de Spike Jonze

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Craig Schwartz es un marionetista que ante la falta de dinero es animado por su pareja, Lotte, para que busque otro trabajo. Mediante un anuncio llega a una extraña empresa situada en el piso 7 y medio de un rascacielos donde le contratan para archivar ficheros. Allí se enamora instantáneamente de Maxine, una mujer que muestra la más absoluta indiferencia hacia él. Pero entonces su vida da un vuelco cuando descubre un misterioso pasadizo oculto que le permite llegar al interior de John Malkovich durante 15 minutos.

Cómo Ser John Malkovich fue la película que dio notoriedad al guionista Charlie Kaufman, consiguiendo algo inaudito: que para mucha gente su nombre fuera más importante que el de los directores de sus películas (aún cuando gente como Spike Jonze o Michel Gondry, que han demostrado tener talento de sobras como realizadores). Y no es para menos, un film como éste resultaba, dejando de lado gustos personales, un golpe de aire refrescante entre la producción independiente norteamericana, una obra tan asombrosamente original y divertida que no podía pasar inadvertida.

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La premisa en sí misma y todos los detalles que le rodean (como las oficinas del piso 7 y medio y ese fantástico vídeo corporativo que le hacen ver a Craig) es tan extraña que parece sacada de un gag de Monty Python. Pero lo que hace que sea especialmente interesante no es lo rara que resulta en sí misma, sino el hecho de que Kaufman consiguiera extraer de ella un argumento con profundidad, convirtiendo una premisa surrealista y absurda en un medio de narrar lo que al fin y al cabo es un triángulo amoroso. Lotte y Craig están enamorados de la misma mujer, pero sólo pueden llegar a seducirla a través de John Malkovich. Al inicio del film Craig es un fracasado que intenta utilizar sus marionetas para vivir a través de ellas todo lo que le es negado en la vida real. Cuando Maxine le rechaza, él representa por la noche un pequeño espectáculo en que ella se interesa por sus aficiones y acaban juntos. Del mismo modo, más adelante utilizará el cuerpo de John Malkovich para seducirla a ella, ya que él solo no puede aspirar a ello, únicamente puede conseguirlo a través de otro cuerpo (sus marionetas o John Malkovich).

Por supuesto si la idea es de por sí increíblemente surrealista, lo que le da un atractivo añadido al film es el hecho de contar con el John Malkovich real interpretándose a sí mismo en un argumento tan enrevesado. Muchos pagaríamos por ver la cara que se le quedó cuando llegó el guión de Cómo Ser John Malkovich a sus manos, y lo cierto es que la elección de Malkovich entre todos los actores posibles es más que acertada al ser un intérprete respetable que no convirtiera el film en una parodia fácil. Su extravagante interpretación es uno de los atractivos de la película, ya que no sólo tiene que interpretarse a sí mismo, sino a sí mismo estando «poseído» por otras personas, que utilizan su cuerpo como un instrumento. Junto a él destaca un eficiente John Cusack y una sorprendente Cameron Díaz en un personaje totalmente alejado de sus papeles típicos.

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Cómo Ser John Malkovich fue el film que catapultó la carrera de Charlie Kaufman y Spike Jonze al mundo del cine. Los siguientes guiones de Kaufman volvieron a confirmar su saber hacer y su estatus como uno de los guionistas más interesantes y personales del Hollywood actual. Películas como Adaptation (2002) y Olvídate de Mí (2004) volvían a mostrar una original combinación entre delirante fantasía y realidad pero de un modo menos alocado y más coherente, mientras que su debut como director, la (algo fallida en mi opinión) Synecdoche New York, ha sido en contraste su obra más excesiva y ambiciosa.

De todas ellas, yo sigo prefiriendo Cómo Ser John Malkovich, más original y chocante que la excelente Olvídate de Mí pero menos grandilocuente y pesada que Synecdoche New York (2008); manteniendo el ingenio, el sentido del humor y cierta dosis de locura narrando uno de los triángulos amorosos más bizarros y enfermizos surgidos en Hollywood.

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El Ahorcamiento [Koshikei] (1968) de Nagisa Ôshima

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Al inicio de El Ahorcamiento, Ôshima cita una estadística sobre la opinión de los japoneses respecto a la abolición de la pena de muerte, que por entonces contaba con un 71% en contra. Ôshima, que deja bien claras sus intenciones desde el principio, dirige entonces una pregunta a ese 71%: ¿Alguna vez habéis visto una sala de ejecución? Seguidamente nos muestra una escena casi documental sobre el proceso de ejecución de un preso: la celda en que vive confinado, el procedimiento a seguir, etc. Todo es narrado con una voz en off neutra mientras presenciamos cómo un hombre es ahorcado.

A partir de aquí desaparece el tono documental y se inicia la narración. El ahorcado es R, un coreano sentenciado a muerte por haber violado y matado a dos chicas. Pero para sorpresa de todos los presentes, R no fallece tras haber sido ahorcado, sino que simplemente queda inconsciente. Como el reglamento exige que no se puede ahorcar al preso si no tiene conciencia, le despiertan, pero entonces se encuentran con un problema mayor: R se ha vuelto amnésico por el impacto y no recuerda quién es, por tanto no se le puede volver a ejecutar hasta que no recupere la memoria. Los funcionarios inician entonces un largo proceso para que el acusado recuerde quién es y por qué va a ser ejecutado.

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Con El Ahorcamiento Nagisa Ôshima nos ofreció una de las mejores películas de la nueva ola japonesa de los años 60, un film que como sus anteriores obras tiene un fuerte contenido político pero que aquí es tratado de una forma especialmente interesante, combinando humor con escenas más reflexivas y críticas. La primera hora de película, desarrollada en el patíbulo, es especialmente brillante. Los funcionarios de prisión se encuentran ante una situación que escapa a la normalidad y no saben cómo tratar de acuerdo con el reglamento. Se produce entonces una confrontación: ellos creen que R simplemente ha perdido la memoria pero el sacerdote cristiano asegura que ése no es R, ya que su alma ha recibido ya la extrema unción y ha abandonado ese cuerpo, por lo que no se le puede volver a ahorcar.

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Este segmento del film destaca por el humor mordaz y lleno de crítica hacia la pena de muerte. Lo surrealista de la situación lleva a interesantes paradojas como la insistencia en salvarle la vida (reanimarle de su inconsciencia) para volver a ahorcarlo. Cuando éste vuelve en sí y no recuerda nada, los funcionarios intentan recordarle quién es representando ante él los asesinatos que cometió, dando pie a las escenas más surrealistas y divertidas de la película.

Lo interesante de esta premisa no es solo su tono cómico, sino lo curioso del planteamiento de Ôshima. En lugar de darnos a conocer quién es R y los crímenes que ha cometido, nos muestra a R visto-interpretado por los funcionarios. No llegamos por tanto a conocer a R, sólo la imagen que tienen de éste y que insisten en reintroducir en su conciencia.

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Esta idea tiene un punto extra de interés si tenemos en cuenta que R es coreano, lo que da pie a una contundente crítica hacia el racismo en Japón. En las escenas en que los funcionarios representan para R la que era su vida familiar Ôshima deja bien claros los prejuicios raciales de los personajes. En cierto momento uno de ellos le pide a otro que para ser más realista interpretando a un coreano debe ser más grosero, y cuando R pregunta qué es un coreano, la torpe respuesta del funcionario de educación da a entender también el desprecio que siente hacia ellos. Aquí ya no sólo conocemos la visión que tienen los demás de R, sino la que tienen los japoneses en general de los coreanos. El resultado es realmente divertido, ya que las pequeñas escenas que representan de su vida doméstica son hilarantes por sus exageradas interpretaciones, pero nunca se pierde vista el tono altamente crítico que tanto le interesa a Ôshima.

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El segmento final por otro lado supone un cambio bastante marcado de tono y contenido. El director aparca el tono humorístico y se vuelve más dialéctico, además de introducir sorpresivamente un elemento sobrenatural o surrealista. Durante una de las representaciones del crimen de R, el funcionario de educación cree haber matado por accidente a una joven pero sólo él y unos pocos más pueden verla. La chica repentinamente despierta y dice ser la hermana de R, que quiere despertar en éste su conciencia de coreano.

Resulta muy estimulante la forma como Ôshima se atreve a introducir un elemento surreal en la trama, un rasgo muy moderno que nos recuerda que el director pertenecía a una generación de cineastas que se proponía romper con los límites del medio. Pero a cambio, el film flaquea ligeramente enmarañado en esos diálogos llenos de simbolismos bastante claros (la chica como representación del pueblo de Corea confrontada con la omnipresente imagen de la bandera de Japón). O quizá, siendo justos, el problema es que es difícil estar a la altura de ese inicio tan original y llamativo, porque en realidad el film no pierde el interés en ningún momento ya que el director no deja de bombardear al espectador con ideas que llevan a la reflexión.

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En todo caso, el resultado final sigue siendo magnífico, una crítica a la pena de muerte y el racismo muy poco convencional, utilizando libremente humor satírico y elementos surrealistas. Films como éste destacan no solo por la validez de su contenido crítico, sino por mostrar la capacidad de la nueva ola de cine japonés para crear grandes películas con plena libertad creativa y de ideas. Ôshima conseguía así ser subversivo tanto en el contenido como en la forma de sus obras.

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Las Dos Tormentas [Way Down East] (1920) de D.W. Griffith

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Nadie puede negar hoy día que D.W. Griffith es uno de los directores más importantes de la historia del cine, y que su contribución a la creación del lenguaje fílmico fue absolutamente esencial. Pero eso no quita que algunas películas – o, mejor dicho, algunos aspectos de sus películas – no han soportado muy bien el paso del tiempo, al menos en lo que se refiere al contenido. Este argumento puede justificarse por el mismo hecho de que la carrera de Griffith cayera en decadencia en los años 20 después de haber sido ni más ni menos que el director más importante del mundo. Y si bien es cierto que su caída en desgracia vino determinada también por otros factores ajenos a su obra, el creciente desinterés del público de entonces hacia sus nuevas películas resulta sintomático.

Griffith había basado su obra en una serie de premisas e influencias que le fueron de mucha ayuda a la hora de consolidar el cine como medio para contar historias complejas: la novela de Dickens, el melodrama burgués, el teatro, etc. Sin embargo, una vez dio el salto completo al largometraje, uno puede notar que esa insistencia en volver a los mismos temas y tópicos estaba empezando a dar lugar a obras algo fuera de lugar. En mi opinión ese gusto por temas tan anclados en la ideología victoriana por entonces pasada de moda junto a cierta pomposidad o grandilocuencia en la forma le acabaron pasando factura a nivel de calidad. Por ejemplo, en el caso de Las Dos Tormentas Griffith nos ofrece al inicio del film una serie de rótulos que dicen grandes cosas sobre el Hombre y la Mujer y su relación a lo largo de los tiempos que sinceramente sigo sin ver del todo claro a cuento de qué vienen. Ese tratamiento sumado a la consabida historia de joven inocente y virginal que pierde su honra engañada por un seductor hacen de Las Dos Tormentas un producto potencialmente poco atractivo hoy en día respecto a otras películas de la época (de hecho ya entonces la obra original se consideraba absolutamente anticuada, por ello cuando Griffith pagó sus carísimos derechos para adaptarla al cine muchos lo tomaron por loco).

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No obstante, tampoco pretendo con esta introducción ser excesivamente crítico con la presente película, ya que de hecho, considero Las Dos Tormentas un buen trabajo, y a nivel comercial fue uno de los mayores éxitos de la carrera de Griffith. Simplemente quiero exponer ya de entrada un rasgo del film que acabó convirtiéndose en un handicap que luego influyó en la decaída de la carrera de Griffith.

La protagonista del film es Anna, encarnada por Lillian Gish, una de las actrices predilectas del director en su clásico papel de joven inocente, pura y virginal. Encarna a una muchacha empobrecida que es animada por su madre a visitar a sus tíos ricos con la esperanza de que les ayuden económicamente. El plan no resultará, pero a cambio conocerá a Lennox, un acaudalado mujeriego que la seduce y engaña con una boda falsa. Una vez se cansa de Anna, Lennox la abandona embarazada a su suerte.

Un tiempo después Anna se ve sola en el mundo (ha perdido a su madre y su hijo) buscando un trabajo para subsistir. Lo encontrará en la granja regentada por Squire Bartlett, quien la contrata desconociendo su pasado. Su hijo David se enamora enseguida de Anna, pero ésta le rechaza porque su pasado no la hace digna de casarse con ningún hombre. Para complicar más su situación, Lennox resulta ser un vecino de la granja Bartlett e intentará convencerla para que abandone su trabajo al serle una molestia tenerla tan cerca.

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Ciertamente a los conocedores de la obra de Griffith les será más que familiar el argumento melodramático de Las Dos Tormentas. No obstante ello no constituye el principal impedimento para disfrutar del film, sobriamente dirigido con profesionalidad y con una Lillian Gish que como es de esperar hace totalmente suyo ese tipo de papel que tan bien conocía. El problema para mí reside sobre todo en la peculiar combinación de melodrama y humor. Y es que el film está poblado de pequeños personajes humorísticos casi deudores del slapstick que crean una visión paródica de la América pueblerina cristiana y bienpensante. La combinación entre melodrama y humor no tendría por qué ser contraproducente (véase El Chico de Chaplin, estrenada solo un año después), pero en este caso creo que Griffith no acaba de encontrar el tono de humor adecuado para su historia. Los personajes secundarios tienen unos rasgos tan cómicos que se hacen casi imposibles de tomar en serio y los gags resultan algo burdos. El contraste de este tipo de situaciones con el melodrama de Anna basado en la pérdida de su inocencia y su caída en desgracia resulta algo chocante.

Mucho mejor es en cambio el tramo final de suspense en que Anna escapa en mitad de una terrible tormenta de nieve. Dicha escena no sólo es la más llamativa de la película sino que el rodaje de la misma en exteriores naturales ya forma parte de la historia del cine. En cualquier artículo que se recuerden rodajes accidentados siempre habrá una referencia a la filmación del final de Las Dos Tormentas, durante la cual el equipo y, especialmente, Lillian Gish, tuvieron que soportar las frías temperaturas durante horas. En el caso de la actriz, incluso sufrió algunas secuelas de importancia: como consecuencia de mantener su mano derecha sumergida en el agua congelada tantos minutos ésta le quedó afectada durante el resto de su vida.

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Pero más allá de las anécdotas conocidas, la escena destaca por su magnífica factura visual. Muy pocos directores de la época crearon clímax visuales como éste en que se aprovecha de tal manera la naturaleza como elemento dramático, con la excepción de la escuela sueca (Victor Sjöstrom, Mauritz Stiller) que probablemente fue la principal influencia de Griffith.

Pese a ciertos aspectos que la hacen algo desigual y ese tono y contenido algo anticuados, Las Dos Tormentas ha acabado siendo una de las obras más recordadas de Griffith y está considerada una de las mejores. Yo personalmente sigo prefiriendo la preciosa Lirios Rotos (1919) ya que disfruto más de ese melodrama más tierno y sencillo que de su faceta grandilocuente, pero no cabe duda de su calidad. Con la perspectiva que tenemos hoy día podemos considerar Las Dos Tormentas como una de las últimas obras de Griffith en que los temas y personajes más típicamente victorianos y su estilo clásico encajaron con los gustos del público.

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Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Chantal Akerman

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No es hasta los casi 40 minutos de película cuando por fin Jeanne Dielman revela algo sobre sí misma. Y lo hace porque su hijo le pregunta cómo conoció a su padre (ahora fallecido). No obstante, la respuesta tiene poco de emotiva, de hecho ella dice literalmente «No sabía si quería casarme, pero era lo que la gente hacía«. Esa frase, introducida de improviso en medio de sus recuerdos es la que da la clave sobre su personaje. Jeanne no cuestiona sus actos o su forma de vida, simplemente hace lo que supone que debe hacer como ama de casa y madre viuda: llevar a cabo las tareas del hogar, mimar a su hijo adolescente y prostituirse secretamente para conseguir algún dinero con que pagar todos los gastos. Durante las tres horas y cuarto de film en que la acompañamos en su día a día nunca percibimos en ella ningún sentimiento – ya sea positivo o negativo – respecto a su agotadora y repetitiva rutina. Jeanne Dielman hace lo que se supone que debería hacer una mujer en su posición, y eso es todo.

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Ya el largo título de la película nos da a entender que nos encontramos ante un film especial. Y no lo digo únicamente por ser uno de los mejores alegatos feministas sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad, sino por la forma como lo planteó la directora belga Chantal Akerman.

Jeanne Dielman, 23 Quai Du Commerce, 1080 Bruxelles es una obra filmada con un estilo inusualmente frío y distanciado. Todos los planos de la película se mantienen a una distancia prudencial de los personajes, normalmente en planos generales y americanos, y la cámara siempre se mantiene fija y estática ante lo que sucede en el encuadre. Es una puesta en escena que huye de cualquier sentimiento de identificación con el personaje principal, que no nos deja acercarnos a él. Esta decisión está íntimamente unida al contenido de la película, que se dedica a mostrar simple y llanamente la rutina de Jeanne Dielman durante tres días. De esta forma, lo que consigue Akerman es que todas estas acciones cotidianas y aburridas nos parezcan aún más monótonas y mecánicas al mostrar siempre todos los actos desde la distancia. No se busca crear momentos «interesantes» cinematográficamente a partir de estos actos, más bien al contrario, se pretende que el espectador lo sienta como una interminable rutina alienante.

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Jeanne Dielman de hecho se comporta prácticamente como un robot -únicamente en tres momentos de la película deja entrever sentimientos: en dos conversaciones con su hijo y una con un zapatero-, es una ama de casa que lleva a cabo todas sus tareas con eficiencia precisamente por esa falta de sentimientos más allá de tener que cumplir con su deber. Incluso la lectura de una carta de su hermana en que saca a la luz algunos temas personales (como aconsejarle que se case de nuevo) es tratada como otra tarea más, aburrida y carente de interés, de hecho la lee del tirón sin dejar entrever ninguna emoción. Por ello esa puesta tan escena tan fría y eficiente sin ninguna banda sonora encaja perfectamente con su personalidad y acaba reflejando el mundo en que vive ella a diario.

Akerman, en su afán de ser fiel a lo que nos muestra, no duda en alargar los planos los minutos que haga falta, llegando a veces al extremo de mostrarnos en tiempo real cómo Jeanne lava los platos de espaldas a la cámara o, ya en el tramo final, esos largos minutos en que aparece sumisa en sus pensamientos sin hacer nada. Tal decisión, aunque es coherente con la finalidad de la película, resulta sumamente arriesgada y seguramente provocará que muchos prefieren abandonar el film a la mitad, lo cual por otro lado es comprensible: tres horas sobre la vida de una ama de casa belga no es algo potencialmente atractivo. Pero aquí es donde debemos hacer énfasis en la magistral labor de Akerman, porque consigue ser fiel a su propósito y al mismo tiempo crear un film cinematográficamente interesante, que no se limita a ser un experimento infumable con ínfulas intelectuales.

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Una de las grandes virtudes de la cineasta es la minuciosidad con que recrea cada acto del día a día, consiguiendo sumergirnos en su rutina y que la vivamos como algo cotidiano y creíble. Por ejemplo, cuando se despierta cada mañana e inicia su rutina hay un gesto que me parece muy bien buscado y es que enciende la estufa en el comedor antes de despertar a su hijo. En realidad para Jeanne ése no es más que otro de los muchos actos que lleva a cabo cada mañana, pero eso ya da a entender su postura respecto a su hijo, su voluntad de cuidarlo en pequeños detalles como ése, dejando que duerma unos minutos más y preocupándose de que cuando se despierte la habitación ya esté caliente. Y en realidad nunca le vemos ningún gesto especialmente cariñoso hacia Sylvain, parece como si el hecho de procurar que su hijo se despierte con la habitación ya caliente, el café preparado y los zapatos limpios es algo que se dé por hecho que tenga que ser así. La película está plagada de pequeños gestos y detalles como éste (por ejemplo en la elaboración de las comidas) que demuestran una gran preocupación por parte de Akerman de construir una rutina diaria completa y creíble.

Retomando esa idea, podríamos vincularla con el que es el único punto truculento de la rutina de Jeanne: cuando ejerce la prostitución por las tardes. Este elemento que a nosotros nos parece chocante, en realidad Jeanne lo entiende como otro proceso natural de su rutina diaria que incluye otras tareas igual de aburridas y mecánicas: colocar la toalla sobre la cama de matrimonio, recoger el sombrero y abrigo del cliente, hacer el amor, despedirse del cliente, meter el dinero en un recipiente del comedor, abrir la ventana para airear la habitación, recoger la toalla, estirar la colcha de la cama, bañarse y continuar con el resto de tareas.

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En cierto momento de la película podemos ir intuyendo como esta cotidianedad infalible y repetitiva empieza a resquebrajarse. En una ocasión, Dielman descubre que no tiene patatas para la cena y debe bajar apresuradamente a comprar más. Por culpa de ello esa noche cenan más tarde. Posteriormente, descubre que ha perdido el botón de un abrigo que le trajo su hermana de Canadá y no encuentra en ninguna tienda otro de recambio igual que el resto. Se prepara un café con leche pero el café del termo está malo y lo debe tirar. Olvida tapar el recipiente donde guarda el dinero. Cuando entra en la cafetería a la que va cada tarde, alguien ha ocupado su sitio y no está la camarera habitual que siempre le sirve lo mismo sin necesidad de que lo pida. Son pequeños gestos insignificantes pero que rompen con esa rutina eficiente e inalterable, que dan a entender que algo no está funcionando. No hay música que remarque que suceda algo malo, ni ningún monólogo interior que hable de frustración, ni siquiera algún plano que nos subraye esa idea. Simplemente va sucediendo. Y la forma como nos muestra Akerman que algo va mal es mediante largos planos de Jeanne silenciosa con la mirada perdida, planos que dejan más que patente el vacío que hay en su vida.

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Finalmente, cuando Jeanne recibe al cliente del día sucede el hecho más terrible de todos para ella: tiene un orgasmo con él. Esto le resulta tan intolerable que le acaba apuñalando. Es algo que se escapa por completo de su control y su rutina diaria, en la cual el contacto con los clientes ha de ser el mínimo posible evitando cualquier tipo de emoción. Esos actos sexuales para ella deben llevarse a cabo como el resto de rutinas, de forma fría y desapasionada, por lo que al no saber cómo reaccionar ante esa intrusión decide matar al culpable.

Mirándolo en perspectiva, no deja de ser fascinante que una película como ésta, centrada en actos supuestamente tan vacíos y rutinarios y con una puesta en escena tan estática y calculada, albergue en su interior tantas ideas y detalles que se pueden seguir rebuscando en segundos visionados.

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Ultraje [Outrage] (1950) de Ida Lupino

No creo que sea casualidad que fuera una de las primeras directoras destacables de Hollywood la que decidiera llevar adelante la que es a su vez una de las primeras películas del Hollywood clásico que tratara abiertamente el tema de la violación y sus consecuencias. No es que el tema no hubiera aparecido en otros films, pero lo que hizo Lupino es hacer de éste la trama principal del film y centrarse en las consecuencias psicológicas que tiene en su protagonista.

Ann Walton es una joven con un futuro prometedor: tiene un empleo como contable y su novio acaba de recibir un aumento de sueldo que les permitirá casarse y vivir juntos. Pero todo se torcerá cuando una noche Ann es acorralada por un hombre que la viola. A partir de entonces es incapaz de recomponer su vida: intenta seguir su rutina diaria pero no soporta que la gente la mire y compadezca, y además decide romper con su novio. Finalmente se escapa de casa y acaba parando en un rancho perdido donde conoce al reverendo Bruce Ferguson, que intentará ayudarla aunque desconozca cual es el problema de Ann.

Lo más interesante del film se encuentra sin duda en su primera mitad, donde Lupino se sirve del lenguaje y los recursos del cine negro de serie B en que estaba adscrita para tratar un tema casi tabú por entonces. En ese sentido destaca especialmente la tensa escena de la persecución, excelentemente filmada pese a los pocos medios y que culmina con la escena de la violación, muy inteligentemente elidida con un llamativo plano picado acompañado del aterrador sonido de una bocina de camión que casi representa el grito de auxilio que Ann ha sido incapaz de pronunciar.

Los siguientes minutos también son muy destacables narrando con detalle el trauma de Ann y su intento por recomponer su vida. Aquí es donde Lupino resulta más innovadora para la época: las miradas y comentarios de los vecinos (en un pueblo pequeño no existen los secretos), los ruidos del trabajo que se le hacen insoportables hasta hacerle estallar… En lugar de ofrecernos la clásica investigación policial, Lupino deja completamente de lado al violador para narrarnos el terrible estado mental de Ann.

Donde el film flojea un poco es en su tramo final en el rancho. Ahí Ann conoce al amable reverendo Ferguson, que hace lo posible por ser su punto de apoyo emocional. Quizá el problema es que en este segmento Lupino no puede servirse de esa puesta en escena de cine negro que antes le ayudó a mostrar la violación y sus consecuencias. Aquí más bien debe apoyarse en el aspecto psicológico del personaje y en los diálogos, y resulta claro que no es tan diestra en este terreno.

De todos modos, más allá del valor histórico de la cinta por lo valiente que resultó para la época, se trata de un buen film de serie B que confirma la valía de Ida Lupino como directora.

Tren Nocturno a Munich [Night Train To Munich] (1940) de Carol Reed

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1939.  El ejército alemán invade Praga y el gobierno checo decide enviar a Inglaterra al Doctor Bomasch, uno de sus científicos más prestigiosos, para evitar que caiga en manos de los nazis y que éstos usen sus conocimientos para su propio bien. Aunque el profesor escapa, su hija Ana es capturada y enviada a un campo de concentración. Ahí conoce a un prisionero llamado Karl Marsen que le ayudará a escapar hasta Reino Unido para que se vuelva a reunir con su padre. No obstante, Karl en realidad es un doble agente que trabaja para la SS y ha llevado a cabo una falsa huida con ella para ganarse su confianza y llegar hasta el Doctor Bomasch. Cuando éste vuelve a ser capturado por los nazis, el oficial Dickie Randall, que era el encargado de protegerle, decide llevar a cabo un arriesgado plan para traerle de vuelta de Alemania.

Resulta inevitable mencionar la obra maestra de Hitchcock Alarma en el Expreso (1938) a la hora de hablar de Tren Nocturno a Munich, ya que ambas obras tienen mucho en común. No sólo son films británicos de suspense con toques de comedia ambientados en la época anterior a la II Guerra Mundial, sino que ambos fueron escritos por el mismo equipo de guionistas (Sidney Gilliat y Frank Lauder) y cuentan con la misma protagonista femenina (Margaret Lockwood), por no hablar de que buena parte de sus respectivas tramas suceden en un tren. De hecho Tren Nocturno a Munich cuenta con numerosos ingredientes puramente hitchcockianos como esa mezcla entre humor británico y suspense, además de una serie de personajes que juegan con sus falsas identidades. Por ejemplo, la escena del oculista que resulta ser un agente nazi es puro Hitchcock (e incluso puede traer a la  mente la escena del dentista de la versión inglesa de El Hombre Que Sabía Demasiado), por no hablar de la imagen del agente Randall haciendo el papel de ridículo cantante para encubrir su verdadera misión.

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En general los ingredientes son los mismos que encontraríamos en un film de Hitchcock, pero al mismo tiempo se nota que no es una película de Hitchcock, sino que quien ha hecho la mezcla es otro cineasta, nada menos que Carol Reed en una de sus primeras obras como director. Afortunadamente, Reed encuentra el tono adecuado para llevar a la pantalla un guión que combina inteligentemente suspense con toques de comedia sin que ambas tendencias se pisen mutuamente (por ejemplo el falso documento de indescifrable firma que lleva Randall consigo al hacerse pasar por oficial nazi). Otro elemento que también nos puede traer a la mente al maestro del suspense es esa forma de jugar con la pareja protagonista abocándola a situaciones embarazosas, en este caso obligándoles a compartir una intimidad (supuestamente) no deseada en una noche de hotel y fingiendo un romance inexistente (de nuevo podemos encontrar referentes en Alarma en el Expreso y en Los 39 Escalones).

Tren nocturno a Munich (3)

No obstante la mayor sorpresa para los conocedores de la obra de Hitchcock está en la presencia de los actores Basil Radford y Naunton Wayne encarnando a Charters y Caldicott, dos hombres puramente británicos que viven en su propio mundo ajenos a la realidad. Ambos ya aparecían en Alarma en el Expreso y casi le robaron el protagonismo al resto de personajes con sus impagables escenas cómicas. De hecho funcionaron tan bien que se les volvió a emparejar expresamente repitiendo sus personajes en esta otra película así como en otras que hicieron más adelante como Pasaporte a Pimlico (1949).

Charters y Caldicott cumplen aquí una función prácticamente idéntica a la que tenían en la película de Hitchcock: una visión cómica del inglés fanático de aficiones tan británicas como el cricket e inconsciente del peligro nazi, pero que a la hora de la verdad se unen a la lucha con los protagonistas. Su aparición a mitad del film cobra tal importancia que parece casi que el director y los guionistas se hayan olvidado de los protagonistas, e incluso que se resistan a introducir a Charters y Caldicott a la trama principal para que podamos seguir disfrutando de sus impagables diálogos (uno de ellos lee interesado el Mein Kampf esperando encontrar la respuesta a todo lo que sucede, más adelante su única preocupación será recuperar unos palos de golf, y sólo se decidirán a ayudar a Randall cuando un oficial nazi se burle de ellos).

Tren nocturno a Munich (5)

Finalmente el tercer acto apuesta más claramente por el suspense, y aunque en las escenas más espectaculares como la del teleférico se nota el limitado presupuesto (las maquetas de ésta y otras escenas resultan muy obvias) el resultado final es notable gracias a la excelente realización de Carol Reed sabiendo dosificar la acción y escondiendo las carencias de la película. No obstante yo prefiero el suspense que se genera en otra escena de espacio más reducido: cuando llega al camarote de los protagonistas la bandeja de comida, que contiene una nota de Charters y Caldicott alertando del peligro y que puede caer en manos del oficial nazi. Los tres personajes principales van sirviéndose el té y las pastas sin darse cuenta de la presencia de la nota hasta que Ana la descubre y, en un rapidísimo cruce de miradas, la situación llega a una tensión casi insoportable.

A diferencia del film de Hitchcock, aquí el protagonismo de Margaret Lockwood queda más supeditado al de su pareja, interpretada aquí por Rex Harrison encarnando a un galán juguetón y simpático. De hecho aunque la interpretación de la actriz resulta correcta, acaba inevitablemente sepultada por la de Harrison y la de secundarios como el dúo Radford-Wayne o el actor Paul Henreid como astuto antagonista.

Tren nocturno a Munich (1)

Pese a las inevitables comparaciones con Alarma en el ExpresoTren Nocturno a Munich es un magnífico producto de entretenimiento que se sostiene por sí solo sin necesidad de verlo como una continuación o remake de la película de Hitchcock. Su estilo tan ligero y bien acabado lo convierten en una obra que a día de hoy se visiona mucho más agradablemente que otros films de propaganda antinazi de la época, más pesados por su carga política o su tono excesivamente grave.

Tren nocturno a Munich (2)

El Testamento del Doctor Caligari

El Dr. Mabuse se complace en presentarles un nuevo proyecto cinéfilo que quizá sea del interés de algunos de sus lectores, El Testamento del Doctor Caligari, un espacio dedicado exclusivamente al cine mudo al que es tan aficionado mi colega el anticuado Dr. Caligari, donde encontrarán tanto artículos diversos como reseñas de películas.

Aunque el equipo que participará en ese proyecto lo compone el mismo que trabaja en este gabinete, les tranquilizará saber que el Dr. Mabuse tiene pensado mantener su actividad como hasta ahora y que no se producirá ningún cambio significativo en su gabinete.

Tanto el Dr. Mabuse como el Dr. Caligari confían en que pueda ser de su interés.

Por último, les recordamos que esta semana el Dr. Mabuse volverá a abrir el gabinete tal y como había prometido.

Cerramos hasta el 2013

Como de costumbre, el Dr. Mabuse cierra unas semanas el Gabinete para recuperar fuerzas de cara al año próximo.

En un mes estará de vuelta con más películas, más planes maquiavélicos y una pequeña novedad que quizá pueda ser del interés de algunos de nuestros fieles seguidores.

El Doctor les espera en enero como cada año. No le defrauden… o lo lamentarán.

Historia de una Hierba Errante [Ukigusa Monogatari] (1934) de Yasujiro Ozu

Un grupo de actores llega a un pequeño pueblo donde piensan instalarse una temporada para interpretar obras kabuki. El jefe de la compañía, Kihachi tiene en ese pueblo un hijo ilegítimo, Shinkichi, al que le gusta visitar de vez en cuando y con el que mantiene una relación cordial ya que éste no sospecha de su parentesco. Sin embargo, su amante Otaka descubre la verdad y convence a Otoki, una de las actrices de la compañía para que seduzca al joven. Finalmente, los dos se enamoran provocando la furia de Kihachi, que no quiere que su hijo se vea unido al mundo teatral por parecerle poco digno.

Resulta realmente curioso comprobar cómo el cine de Ozu, famoso por su rígido estatismo y su estilo casi inamovible, era mucho más dinámico en la era muda. El que luego sería considerado como el director más tradicionalmente japonés en sus inicios era visto, paradójicamente, como uno de los más modernos e influenciados por el cine occidental. Comparada con obras posteriores más conocidas, Historia de una Hierba Errante llama la atención en su aspecto formal por su puesta en escena mucho menos rígida, con la presencia de varios travellings y su ritmo mucho menos reposado.

Pero no por ello se nota menos la mano del director, por ejemplo en la composición de algunos planos que nos muestran a los personajes desde una distancia respetuosa y, claro está, en la historia, tratando conflictos familiares y los lazos que unen a diversos personajes.

Dejando de lado los aspectos más técnicos o artísticos para mí la película destaca sobre todo por la ternura que desprende, mostrando la que es una de mis cualidades favoritas del cine de Ozu: la forma como retrata la belleza de lo cotidiano, de los pequeños momentos. Uno de mis predilectos es la última reunión de la compañía de teatro, la noche antes de que ésta se disuelva. Después de comentar entre ellos sus planes para el futuro y de que Kihachi les recomiende abandonar el mundo del teatro, Otaka canta una canción y tienen un último momento de camaradería que es interrumpido cuando uno de ellos (un actor normalmente serio y muy severo con su hijo) se echa a llorar.

La relación entre Kihachi y Shinkichi, excelentemente dibujada aunque sea solo a través de pequeños trazos, es otro ejemplo de la forma como Ozu brilla en estos pequeños instantes: cuando pescan juntos y el hijo bromea cuando Kihachi pierde la cartera, o los diálogos y sobre todo el cariño que se nota que siente el padre hacia el hijo, sin que este último sospeche el por qué. Eso hace tan interesante el conflicto cuando Shinkichi y Otoki se enamoran: Kihachi no quiere que acaben juntos porque su ambición es que su hijo sea un hombre de éxito y que no tenga ningún vínculo con el teatro, pero al mismo tiempo no puede oponerse abiertamente porque eso sería reconocer su parentesco.

Como suele ser habitual en el cine de Ozu, al final no opta por cerrar el conflicto sino más bien dejarlo abierto: Shinkichi descubre quién es su padre pero no consigue disculparse con él, para hacerlo su madre le recomienda que prospere como a él le gustaría; Kihachi por otro lado después de disolver la compañía se marcha del pueblo junto a su amante de la que se habia separado. Todos siguen el mismo camino que habían iniciado al principio de la película pero ahora ese camino se verá marcado por lo que les ha sucedido a lo largo de esos meses.

Décadas después, el propio Ozu haría un muy buen remake de esta película bastante más conocido que la versión muda. Dejando de lado las comparaciones, su primera versión es una película más que recomendable de su primera etapa.