Autor: gabinetedrmabuse

Planeta Prohibido [Forbidden Planet] (1956) de Fred M. Wilcox

Planeta Prohibido es uno de los grandes clásicos de culto de la ciencia ficción y no le faltan motivos para ello. No solo se trata de una de las películas fundamentales del género que tuvo una gran influencia en obras posteriores, sino que todavía mantiene vigentes muchas de sus cualidades. En su momento fue una obra especialmente interesante por ser la primera de dicho género planteada como una gran producción, escapando por tanto del estilo de serie B al que estaba asociado hasta entonces.

Situada en el siglo XXIII, el film plantea un mundo en que los seres humanos han colonizado el espacio. El comandante John J. Adams se dirige con su tripulación al planeta Altair, donde se instalaron años atrás una serie de personas y perecieron misteriosamente. Ahí habita el único superviviente, el misterioso Dr. Moebius, acompañado de su hija Altaira y un robot diseñado por él llamado Robby. Moebius insiste al comandante para que abandonen inmediatamente el planeta para evitar que se repitan los extraños acontecimientos que años atrás aniquilaron a casi todos los colonizadores, pero éste decide permanecer mientras espera órdenes de la Tierra.

A un nivel formal, Planeta Prohibido es una obra sorprendentemente bien hecha para los medios de la época, y es en ese aspecto donde se nota que se trata de una gran producción. Todo el film está ambientado en un planeta imaginario, y por ello el trabajo a nivel de decorados y estética es fundamental para hacer creíble este nuevo mundo. Es una de esas películas que consigue sumergirte en ellas gracias a que el escenario imaginario que recrea resulta creíble. Aquí debe resaltarse la labor de Cedric Gibbons y Arthur Longeran al diseñar todo este mundo, ayudados además por el uso de efectos de sonido electrónicos muy innovadores en aquel entonces, que le acaban de dar esa atmósfera irreal y fantástica. Por otro lado, el diseño de la casa de Dr. Moebius es uno de esos maravillosos ejemplos de «estilo futurista visto desde los años 50». Eso puede notarse incluso en detalles como el vestuario de los personajes, por ejemplo la minifalda que luce Altaira. De hecho, habrá quien eche en cara al film que parece tener más interés en mostrarnos todas las novedades tecnológicas de los krell o del Doctor Moebius que en desarrollar un argumento, pero yo al menos no puedo evitar contagiarme de esta fascinación tecnológica.

No obstante, si hay algo que difícilmente suele resistir bien el paso del tiempo, y en este caso lo consigue, son los efectos especiales de Arnold Gillespie. Se nota en ciertos momentos su origen animado (el responsable es Joshua Meador, animador de Disney que fue «prestado» para la película) pero están tan bien integrados en la película que siguen funcionando hoy día, como puede comprobarse en escenas como la desintegración del tigre y, sobre todo, el ataque del ser misterioso a la nave, que sigue resultando inquietante al basarse en ese principio infalible de sugerir más que mostrar por completo (en este caso el hecho de que sea invisible es una excusa perfecta para ello).

Aunque todos estos aspectos son dignos de elogio, a mí lo que me resulta especialmente interesante es lo que ofrece a nivel de contenido. Porque aunque en primera instancia Planeta Prohibido podría parecer otra simpática película de ciencia ficción, en realidad ofrece una reflexión bastante más profunda de lo que sugiere su inicio. Y es que aquí el antagonista no es un malvado científico o un monstruo extraterrestre, sino algo más complejo.

Para ello el film dedica un buen número de minutos a hablarnos de los krell, una antigua raza que habitó el planeta y que era muchísimo más avanzada que los seres humanos a nivel de inteligencia. Los krell consiguieron no solo evolucionar tecnológicamente sino que dejaron atrás los típicos problemas de convivencia inherentes en el ser humano y se convirtieron en una raza pacífica que luchaba constantamente por su propio progreso. Su última meta era conseguir llegar al punto de poder materializar cualquier objeto que imaginaran para no depender de nada, y ahí es cuando desaparecieron misteriosamente.

Lo que nos propone Planeta Prohibido no es un monstruo extraterrestre proveniente del espacio, sino un monstruo que proviene del interior de las personas. Cuando los krell adquirieron la capacidad de utilizar su mente para crear no tuvieron en cuenta lo que se ocultaba en su subconsciente: el odio y los impulsos primarios que ellos habían enterrado bajo su racionalidad e inteligencia superior. En el momento en que su subconsciente adquirió esa capacidad, dieron rienda suelta a sus monstruos interiores. La idea la expone muy claramente el comandante John J. Adam: por mucho que evolucionaran a un nivel superior, no eran dioses. La idea que expone el film es por tanto muy interesante, una reflexión sobre el hecho de que por mucho que el ser humano evolucione y alcance la perfección, seguirá siendo humano, seguirá habiendo en su interior un instinto primario reprimido. No está nada mal dicha reflexión para ser una película de ciencia ficción de los años 50.

Todos estos ingredientes darían lugar idealmente a una película magistral, pero el film adolece de ciertos aspectos que hacen que no acabe de ser redondo del todo. El más obvio es la falta de un reparto protagonista convincente, ya que con la excepción de Walter Pidgeon, el resto de actores no sobresalen especialmente. Encabeza el reparto un joven Leslie Nielsen que sorprende hoy día en su rol de serio capitán de nave en contraste con sus papeles cómicos a los que se especializó décadas después. El problema es que, aunque consigue que su personaje sea creíble, su registro interpretativo no es mucho más amplio que el de Robby el Robot.

De hecho, Robby se acabó erigiendo, a pesar de los actores, en uno de los principales focos de atención del film. El entrañable robot estaba tan bien diseñado para la época y su personaje cayó tanto en gracia que acabó apareciendo en otras películas de bajo presupuesto de la época convirtiéndose en una especie de figura clásica de la ciencia ficción.

Donde también flojea a veces el film es a nivel de guión. La película no está exenta de momentos de humor algo cándido y naif que ha envejecido bastante peor que sus efectos especiales o su mensaje. El principal problema en mi opinión está en que estos pequeños gags (por ejemplo los protagonizados por el cocinero de la nave) nos parecen hoy día fuera algo fuera de lugar en una película tan bien realizada y con un contenido tan profundo. Más bien parecen pequeñas referencias fuera de lugar al Hollywood clásico en que se adscribe el film.

Por otro lado, el guión a veces se vuelve algo torpe con la historia secundaria de Altaira y su descubrimiento de las relaciones amorosas y, en general, la convivencia con otros seres humanos aparte de su padre. No es un mal argumento pero no acaba de estar del todo bien resuelto. Al ser la trama principal mucho más interesante e innovadora, estos pequeños momentos resultan aún más molestos, puesto que el espectador inevitablemente querrá que el film vuelva a centrarse en los krell.

Pero aún así, estos pequeños defectos son mínimos al lado de las virtudes que atesora Planeta Prohibido. El gran mérito de este film está en que consigue que, aunque resulta obvio por su estilo la época de la cual procede, todavía hoy se mantiene vigente sin parecer anticuado, tanto en lo que se refiere a aspectos formales como, sobre todo, en su contenido. Es una película que ha conseguido al mismo tiempo ser hija de su época y envejecer bien, exhibir las características de una gran producción de la época y al mismo tiempo mantener intacto un mensaje interesante sin que éste sea engullido por algunos tópicos inevitables (un claro antagonista, escenas gratuitas de acción para exhibir efectos especiales, etc.). En definitiva, Planeta Prohibido atesora las cualidades que la convierten con toda justicia en un clásico de la ciencia ficción.

Mi Idaho Privado [My Own Private Idaho] (1991) de Gus Van Sant

Antes de vivir una segunda edad de oro a partir de las controvertidas Gerry (2002) y Elephant (2003), Gus Van Sant era uno de los directores por excelencia de la escena alternativa de los 90 que adquirió cierto estatus de culto con obras como la que nos ocupa y Drugstore Cowboy (1989). Vistas estas películas hoy en día, es comprensible el éxito que tuvieron, ya que representan a la perfección esa América alternativa de los 90 vinculada a la generación X, que seguramente se sentiría bastante identificada con los protagonistas desplazados de obras como ésta.

En Mi Idaho Privado Van Sant se sirve de varias influencias distintas: por un lado toma elementos de Enrique IV y Enrique V de Shakespeare que había combinado sabiamente Orson Welles en Campanadas a Medianoche (1965), por otro utiliza una historia suya sobre un joven que viaja hasta Europa para buscar a su madre y, finalmente, mezcla todo eso con sus experiencias con una serie de jóvenes callejeros a los que conoció y que utilizó de inspiración para sus personajes. El resultado de esta combinación es la historia de Mike y Scott, dos jóvenes que se prostituyen y malviven en las calles. Mike padece de narcolepsia, una enfermedad que le hace dormirse repentinamente, mientras que Scott es el hijo del alcalde.

La idea en la teoría es buena y bastante original, pero en la práctica para mí no acaba de funcionar. La trama se va tambaleando entre diversas escenas que se nota que provienen de fuentes originalmente distintas y que han acabado combinándose de forma un tanto abrupta. En concreto cuando el film se traslada a Italia, en el viaje que emprenden para buscar la madre de Mike, creo que pierde por completo el hilo y acaba siendo hasta prescindible. Esa frustrada búsqueda de sus orígenes no acaba de estar bien terminada por parte de Van Sant y se hace algo larga cuando entra en juego el romance de Scott con una granjera italiana.

Eso deja como únicos claros alicientes la pareja protagonista y el retrato del mundo de la prostitución y los bajos fondos. De esos dos elementos el segundo es el que parece estar mejor conseguido y el que dota a la película de cierto interés. Siendo justos, también cabe reconocer que Van Sant es bastante efectivo tras la cámara creando algunos momentos bastante interesantes y que juega muy bien con un tema potencialmente provocativo (la prostitución masculina) sin caer en lo vulgar ni en exhibiciones gratuitas, pero al mismo tiempo sin evitar el tema de forma abierta. También se mueve con bastante éxito dentro del terreno de lo grotesco, como sucede con el extravagante personaje de Hans.

En lo que respecta a la pareja protagonista, no acabo de empatizar del todo en gran parte porque sigo sin poder creerme a Keanu Reeves en su actuación como Scott. River Phoenix encaja mejor como el atormentado Mike y le da al film el punto extra para convertirse en film de culto al ser una de las últimas obras que protagonizó antes de su prematura muerte. Al ser Phoenix una de las figuras por excelencia entre las jóvenes promesas de principios de los años 90, Mi Idaho Privado consiguió un lugar asegurado dentro de la mitomanía de la época, ya que ésta se trata de su actuación más destacable y deja abierto el eterno interrogante sobre cómo habría sido su carrera de seguir vivo.

Aún reconociendo sus cualidades y su valor como obra representativa de una época, creo sin embargo que Mi Idaho Privado no deja de ser una obra bien hecha pero que no acaba de funcionar tan bien como cabría esperar. En ese sentido creo que la anterior Drugstore Cowboy (1989) ha aguantado mucho mejor el paso del tiempo y que resulta una película mejor acabada.

Jack el Destripador [The Lodger] (1944) de John Brahm

Cuando a principios de los años 40 Hitchcock seguía bajo el yugo de David O. Selznick, ofreció sus servicios a todos los grandes estudios de Hollywood aprovechando el periodo de inactividad por el que pasaba su productor. Uno de los proyectos que intentó vender en esa época fue un remake de El Enemigo de las Rubias (1926), su primer éxito comercial y artístico perteneciente a su época muda. Hitchcock proponía volver a rodar la historia con sonido y color, pero no logró llevar adelante su plan y tuvo que conformarse con vender los derechos de la novela en que se basaba a la Fox. Éstos la utilizaron para crear una eficiente película negra que en realidad no se parecía al film de Hitchcock salvo en la premisa inicial, por lo que no tiene mucho sentido hacer comparaciones.

La trama se sitúa a finales del siglo XIX, cuando Jack el Destripador extiende el terror en Londres con una serie de horribles asesinatos cometidos a actrices o ex-actrices. En ese contexto, una familia acoge en su casa a un misterioso huésped, Mr. Slade, que empiezan a sospechar que se trate del asesino.

Como sucede en la mayoría de obras de cine negro, la clave del film no es el whodunnit (es decir, saber quién es el asesino o, en este caso, si el misterioso Mr. Slade es Jack el Destripador) sino la ambientación y sus turbulentos personajes. Cabe elogiar en primer lugar la muy acertada recreación del Londres más oscuro, vinculado a su faceta criminal, con la omnipresente niebla, los callejones y detalles como el interior de las tabernas y de la casa de los protagonistas. La fotografía corre a cargo de Lucien Ballard (responsable también de, entre otras, Atraco Perfecto de Kubrick), quien hace un trabajo excelente.

En lo que respecta a John Brahm, que nunca fue un director demasiado destacado, aquí se luce con esa ambientación oscura y tenebrosa, que junto a la casi alucinada interpretación del protagonista le dan al film un toque macabro. Aun siendo una obra de un gran estudio, Jack el Destripador tiene algunos detalles que escapan a la rutina que uno esperaría de un film realizado por un director poco destacado, como ese plano de Mr. Slade, en la escena final en el teatro, caminando por una pasarela mientras se acerca a cámara hasta quedar prácticamente desenfocado; o el asesinato de una anciana filmado en plano subjetivo.

El otro gran aliciente es por supuesto el actor Laird Cregar, una de esas figuras malditas cuyo trágico desenlace hace las delicias de los amantes de las anécdotas que ahondan en el lado más truculento de la fábrica de sueños. Aquí ofrece una actuación que roza lo extravagante pero que en mi opinión encaja bien con el tipo de personaje que interpreta y, sobre todo, aún a día de hoy resulta muy inquietante en ciertos momentos. Su interpretación tuvo tal impacto que rápidamente se le asignó una nueva película de cine negro en que encarnaba a otro personaje atormentado, la muy interesante Concierto Macabro (1945), donde volvió a trabajar junto a John Brahm. Sería su última película, ya que murió a los 31 años de un infarto provocado por una dieta extrema que llevó a cabo (sí, tal como suena).

Aunque el film se sustenta en su presencia, Cregar está bien respaldado por actores de la talla de Merle Oberon, que nos regala dos inevitables y prescindibles números musicales (¿no odian cuando en una película negra se inserta con calzador un número musical?); el siempre agradecido de ver George Sanders y Cedric Hardwicke.

El resultado es muy recomendable: bien ambientada y dirigida, una interpretación inolvidable por parte de su protagonista apoyado de buenos secundarios y una historia que siempre resulta atrayente.

Danzad, Danzad, Malditos [They Shoot Horses, Don’t They?] (1969) de Sidney Pollack



Sin ser uno de los más grandes directores de su generación, Sidney Pollack cuenta con una interesante carrera con bastantes aciertos cinematográficos, de los cuales Danzad Danzad Malditos podría ser considerado sin duda como uno de los mejores. De entrada resulta muy perspicaz la idea de adaptar la novela de Horace McCoy ¿Acaso no disparan a los caballos? en el contexto de finales de los años 60. La desesperanzada novela de McCoy era hija natural de la empobrecida América de los años 30, de un marco especialmente inclinado al pesimismo. Si alguna vez se tenía que nacer una versión cinematográfica de dicha novela, los Estados Unidos de finales de los 60 eran un buen momento para tal propuesta: los años de Vietnam, de la contracultura y del cuestionamiento de los valores tradicionales; seguramente la época en que Hollywood se atrevió a ser más liberal que nunca (dentro de los cánones de Hollywood, claro está).

Ambientada en la Gran Depresión, tiene como protagonista a Robert Syverton, que vagabundea por los alrededores de una sala de baile donde se va a hacer una competición: una maratón en que la última pareja en mantenerse en pie ganará 1.500 dólares. Allí es reclutado como pareja de baile para Gloria al verse ésta sin acompañante. A lo largo de los siguientes días, los concursantes van agotándose cada vez más psicológica y físicamente mientras el público asiste maravillado a ese espectáculo en que una serie de personas se dejan humillar por el premio en metálico.

La película empieza con una galería de personajes prototípica de un film de este estilo: la mujer de carácter algo insolente que se propone conseguir el premio a toda costa, el viejo veterano que cuenta con su experiencia, un matrimonio con una mujer embarazada dando la nota de patetismo, etc. Lo interesante es ver hasta qué punto todos estos personajes son degradados y humillados despojándolos de cualquier atisbo de dignidad.

La escena más llamativa de la película incide en esa idea. Durante una de las carreras que se celebran, al llegar al punto de mayor frenesí, Pollack repentinamente se detiene y nos muestra la escena en cámara lenta con música de feria de fondo. El efecto es prodigioso: la cámara lenta hace que los gestos y expresiones de los personajes sean aún más humillantes y patéticos, y la música remarca la sensación de espectáculo contrastada con el sufrimiento de sus caras.

El film por fortuna es fiel a sí mismo hasta el final, que recomiendo evitar leer a los lectores que no lo hayan visionado.

Una de las licencias que se toman respecto a la novela y que en mi opinión benefician al film, es el desenlace. Porque mientras en la novela el concurso se acaba suspendiendo, en la película los protagonistas hacen precisamente aquello que tienen más prohibido los personajes principales de una obra de Hollywood: rendirse. Éste es uno de esos pocos casos en que los protagonistas de una película, aún teniendo posibilidades de ganar, deciden echar la toalla y abandonar. El héroe (y la heroína) típica hollywoodiense se ha sustentado siempre sobre el valor de nunca rendirse y perseverar en todo momento hasta triunfar o morir en el intento. En este film en cambio se nos muestra a dos protagonistas que sencillamente acaban rindiéndose y, en el caso de ella, suicidándose por estar harta de «esta cosa asquerosa», la vida. No existe la redención del amor ni un pequeño rayo de esperanza, ya que según dice ella, están sentenciados antes de nacer.

Danzad Danzad Malditos, con su mensaje pesimista y desencantado no solo mantiene toda su crudeza, sino que lo que nos muestra tiene incluso más vigencia hoy día que por entonces. La imagen de un espectáculo que muestra a gente de la calle exponiendo sus miserias y degradación en público a cambio de dinero nos es de sobras conocido en estos tiempos infestados de programas televisivos basados en exactamente ese mismo principio. Si los años 60 eran el contexto más adecuado para adaptar la novela, nuestra época es quizás la más apropiada para revisionarla.

Vida y Muerte del Coronel Blimp [The Life and Death of Colonel Blimp] (1943) de Michael Powell y Emeric Pressburger

Vida y Muerte del Coronel Blimp es el gran punto de inflexión en las carreras de Michael Powell y Emeric Pressburger, el film que inicia su edad de oro que abarcó hasta Las Zapatillas Rojas (1948) y The Small Back Room (1949). No sólo es la película más ambiciosa que habían hecho hasta entonces sino que superaba ampliamente sus logros anteriores y demostró al mundo el enorme potencial de estos dos magníficos cineastas, que consiguieron dotar de prestigio a una industria cinematográfica tan (injustamente) poco reputada como es la británica.

Por otro lado, el film fue un punto de inflexión en otro sentido no menos remarcable. En aquellos años de la II Guerra Mundial, Powell y Pressburger se hicieron famosos gracias a obrasde propaganda antinazi como Los Invasores (1941) o One of Our Aircraft Is Missing (1942), que contaron con el apoyo del gobierno. Proponer entonces en 1943, en pleno apogeo del conflicto bélico, una película que se mostraba crítica con la guerra y la forma de actuar del gobierno británico en ciertos aspectos y que, para colmo de males, se sustentaba en la amistad entre un soldado inglés y uno alemán a lo largo de los años, era sencillamente un suicidio. A nadie le gustó la propuesta, y si esta producción salió adelante fue gracias a la tenacidad de Powell y Pressburger, y a que el prestigio que habían adquirido con sus anteriores proyectos les permitió tener suficiente poder para llevar adelante su nueva película con cierta libertad. De hecho, una vez acabada el propio Winston Churchill quiso impedir que se exportara al extranjero, pero finalmente optó por permitir su distribución.

Al igual que sucede con Un Cuento de Canterbury (1944), el título de Vida y Muerte del Coronel Blimp es de por sí bastante engañoso y juega con la confusión, ya que de hecho no hay ningún Coronel Blimp en toda la película. Ese tal Coronel Blimp en realidad era un personaje de unas viñetas cómicas muy populares en el Reino Unido que parodiaban el prototipo de oficial británico a la antigua usanza. El hecho de que Powell y Pressburger lo utilizaran en su título sirve como una primera pista sobre lo que pretendían explicar en su película y la visión que tenían de su protagonista, el General Clive Candy.

En realidad, el film está lleno de ideas y detalles pero la principal y que vertebra la película es el fin de esa vieja Inglaterra con sus convencionalismos y su moral anticuada. El mensaje iba en consonancia con los tiempos: el peligro del nazismo estaba muy presente, y Powell y Pressburger querían dar a entender que en estos nuevos tiempos no había lugar para el respeto hacia el contrincante y las reglas del juego, y que de hecho era necesario «jugar sucio». La película se inicia con un incidente relacionado con esta premisa: el General Clive Candy prepara un ejercicio de entrenamiento para los soldados en que deben enfrentarse entre sí, pero el joven teniente del bando contrario decide iniciar el ataque 6 horas antes de lo estipulado basándose en el principio de que en la guerra no se respetan las normas con tal de vencer al contricante, de modo que captura al General Candy por sorpresa en un baño turco. Éste, indignado, se enfrenta al insolente teniente y mientras se pelean la cámara hace una maravillosa panorámica que lleva a un flashback remontándose a la Guerra de los Boer y el pasado del General Candy.

A partir de aquí se nos muestra cómo a lo largo de los años el comportamiento de Candy en asuntos relacionados con la guerra siempre ha estado movido por la caballerosidad y el respeto al contrincante. El momento que refleja eso más claramente es el duelo que tiene lugar en Berlín. Powell nos enseña con detalle cómo se ultiman hasta los más pequeños preparativos del duelo y, sobre todo, cómo la relación entre los dos bandos es de lo más respetuosa y educada. Aunque el ejército alemán está profundamente disgustado con Candy por el incidente que éste ha provocado, una vez se le ha desafiado a duelo se mantienen en la más estricta caballerosidad procurando respetar siempre las normas y el decoro. Irónicamente, tras el duelo Candy acabará haciéndose amigo de su contrincante, Theodor Kretschmar-Schuldorff.

Años después, al finalizar la I Guerra Mundial, Candy se encuentra con Theo en un campo de prisioneros alemán y le saluda efusivo. Cuando éste le niega su amistad Candy no entiende su reacción: pese a que años atrás luchaban como enemigos, una vez acabada la guerra supuestamente deberían volver a ser amigos y estrecharse las manos como si nada hubiera pasado. Confirmando esa idea, cuando Theo es invitado a una cena junto a varios mandatarios británicos, todos le tratan con sumo respeto pese a ser alemán. Es ese gusto por el decoro y la caballerosidad tan típicamente británicos lo que Powell y Pressburger muestran como una actitud cómicamente anticuada.

Pero el film no se queda aquí y llega más lejos trazando paralelamente otras dos historias a lo largo de los años. La primera es por supuesto la amistad entre Candy y Theo que se ve empañada por las guerras que los separan, una subtrama que en su momento no hizo nada de gracia al gobierno británico por mucho que se deje claro que Theo es un alemán antinazi. Seguramente lo que no gustó fue el que se muestre cómo Theo es interrogado cuando quiere exiliarse a Reino Unido y se le cuestiona como posible espía, una escena basada en una experiencia real que tuvo que sufrir el propio Emerich Pressburger en esos años al ser un emigrante de Alemania, aún cuando era judío.

La segunda historia que acompaña estos acontecimientos es una subtrama amorosa que nos muestra cómo Candy se mantiene fiel a lo largo de los años a un cierto ideal de mujer. La forma como Powell y Pressburger decidieron plasmarla fue haciendo interpretar a una misma actriz tres personajes diferentes, las tres mujeres de las que Candy se enamora durante los años: la primera vez no se da cuenta de que está enamorado de ella hasta que su buen amigo Theo la toma como esposa, la segunda vez la descubre por casualidad entre varias enfermeras y consigue casarse con ella, pero queda viudo al cabo de unos años, y por último en el presente, el anciano Candy ha elegido de chófer una joven que es idéntica a las otras dos. Esta simple ocurrencia podría dar para un film ella sola, pero ellos la utilizan como un complemento más para la historia de Clive Candy que acaba de darle riqueza a la película (un detalle más a tener en cuenta es ver cómo evoluciona el rol de la mujer a lo largo de los años, cómo se pasa de la institutriz Edith a la chófer del Coronel, sin olvidar los cambios en vestuario y peinado que reflejan un cambio de época).

Uno de los aspectos más remarcables de esta obra y que seguramente provocará que muchos no simpaticen con ella es que Powell y Pressburger evitan narrar los acontecimientos al estilo tradicional. Esto no solo no es una novedad para cualquier seguidor de los films de este dúo, sino que es un rasgo que se puede encontrar en muchas de sus obras, pero aquí está más claro que nunca en detalles como sus curiosas elipsis. Por ejemplo, en toda la subtrama amorosa obvian las que deberían ser las escenas cruciales: no se nos muestra cómo Theo y Edith se enamoran ni tampoco vemos cómo Candy busca, seduce y se casa con su esposa (además de no mostrarse tampoco su muerte). Solo se nos relata en un diálogo de una escena cómo organizó un baile de enfermeras para encontrarla, pero el hecho de que Pressburger no se interese en mostrarnos todo el proceso sino en darnos a conocer verbalmente cómo lo hizo sirve como muestra del original punto de vista del guionista, que prefiere que veamos un par de momentos domésticos de la pareja y conozcamos lo que supuestamente sería la escena principal como una simple anécdota que define el carácter de su protagonista.

De hecho, no solo no vemos la realización del duelo ni una sola escena bélica pese a ser la vida de un general, sino que Vida y Muerte del Coronel Blimp es más una película compuesta de diversas viñetas que una obra con un conflicto claro. Pese a que hay muchas ideas en sus más de dos horas y media de duración, Pressburger no las expone directamente, las da a entender a través de esas pequeñas escenas que permiten conocer a los personajes. Porque si hay algo por lo que destaca esta obra es por ser una de esas películas en que resulta claramente palpable que sus creadores sienten un enorme cariño hacia sus protagonistas. Aunque en ocasiones los muestren desde un prisma algo burlón, se nota en cada diálogo y cada plano que Powell y Pressburger sienten simpatía hacia ese anticuado Clive Candy, y tratan tanto a éste como a los principales protagonistas con mimo invitándonos a los espectadores a que también nos encariñemos de él.

Esto provocará que muchos espectadores que no sean especialmente aficionados al estilo de cine que practica el dúo se sientan decepcionados, y que piensen que la película no es más que una obra intrascendente compuesta de anécdotas sobre su protagonista. Su tono ligero (a menudo abiertamente humorístico) y la práctica ausencia de escenas supuestamente relevantes como la muerte de la esposa de Candy puede llevar a tener esta impresión, pero en realidad Pressburger consideraba este guion lleno de matices y detalles a descubrir en revisionados como su mejor creación.

Resulta extraño saber que la primera opción para interpretar al protagonista era Laurence Olivier (no lo consiguieron porque el gobierno puso todas las trabas posibles al film y no quiso liberar a Olivier del servicio militar para participar en la película), y de haber sido así el resultado habría sido indudablemente muy distinto. Imagino que el guión está adaptado totalmente a la personalidad del actor que lo acabó encarnando: Roger Livesey, uno de los actores fetiche de Powell y Pressburger que hace el papel más destacado de su carrera cinematográfica. Como secundarios destacan Anton Walbrook (quien brillaría con luz propia años después en Las Zapatillas Rojas) y una jovencísima Deborah Kerr en el primer gran papel de su carrera interpretando a las tres mujeres consiguiendo además transmitir el cambio de actitud y de comportamiento de cada una de ellas a lo largo de los años.

Pese a ser una película eminentemente británica en tono y temática, el film fue un éxito más allá de sus fronteras a pesar del gobierno. Aunque hoy día pueda parecer inofensivo y amable el retrato que se hace de la vieja Inglaterra, en su momento fue sujeto de muchas polémicas, puesto que Powell y Pressburger consiguieron captar a la perfección esa personalidad tan auténticamente británica y pasada de moda que, según ellos, ya no iba acorde con los tiempos. Y eso, lógicamente, tocó un punto muy sensible.

Una de sus películas más destacables, rebosante de detalles por descubrir, soberbiamente filmada aprovechando el Technicolor y muy bien interpretada. Una película que invita a disfrutar de sus personajes y compartir la mirada irónica de sus autores.

La Buena Tierra [The Good Earth] (1937) de Sidney Franklin

Adaptar la magnífica novela de Pearl S. Buck La Buena Tierra a la gran pantalla en el Hollywood de los años 30 solo se puede entender o bien como una excentricidad o bien como consecuencia de esa manía de muchos productores por legitimarse llevando grandes obras de literatura al cine. Pocos productores podrían haber salido airosos del primer obstáculo, que es convencer a un ejecutivo de un gran estudio de Hollywood de que era una buena idea hacer una adaptación fílmica de una novela sobre una humilde familia campesina china. El carismático y respetado Irving Thalberg era quizá uno de los pocos con posibilidades de convencer a alguien para llevar a cabo este proyecto. Y lo consiguió.

Su idea inicial de hacer que todo el reparto fueran actores chinos fue obviamente descartada desde el principio. Los jefazos de la Metro pensaban que el proyecto ya era bastante suicida en sí mismo como para acabar de condenarlo del todo de esta forma. Así pues tuvieron la magnífica idea de contratar a uno de los actores de más prestigio de la época, Paul Muni, y caracterizarlo de chino (hoy en día puede parecer muy chocante pero en aquella época aún no era tan raro, me remito a Lirios Rotos de Griffith sin ir más lejos). Su pareja protagonista tuvo que ser otra actriz de origen no asiático, más concretamente Luise Rainer, ya que el código Hays no aceptaba que se mostraran parejas interraciales en la gran pantalla (Will Hays y sus chicos siempre velando por la sana moral del público).

El film narra la historia de Wang Lung, un granjero que vive junto a su anciano padre y contrae matrimonio con una tímida esclava llamada O-Lan. El tiempo pasa, ambos trabajan duro por seguir adelante y tienen a sus primeros hijos. Poco a poco, Wang Lung consigue un poco de dinero que le permite comprar las tierras de al lado confiando que le asegurarán un mejor futuro. Pero una dura sequía les lleva a emigrar al sur donde mendigan y malviven hasta que O-Lan consigue robar unas joyas en el saqueo multitudinario de una mansión con las que pueden regresar y establecerse comprando más tierras. Wang Lung se convierte por fin en un importante terrateniente que no tiene que hacer más trabajo físico.

En general la película es bastante fiel al contenido de la novela salvo el desenlace y algunos detalles como la figura del tío, mucho más suavizada y convertida en un secundario cómico. No obstante, a la hora de llevarla a pantalla uno no puede dejar de detectar que ha estado filmada desde el punto de vista occidental, con esa visión tan fascinada por lo oriental y que siente especial interés por aquellos detalles más exóticos. De hecho para su producción se rodaron algunas escenas en China supervisadas por el que iba a ser el director del film, George W. Hill, quien se suicidó al poco de volver a Hollywood pasando la película a las manos de Sidney Franklin.

Lo más destacable resulta sin duda la actuación de Paul Muni, un actor que disfrutaba con los papeles difíciles y debió estar encantando con este reto. Aunque no se encuentra entre las mejores interpretaciones de su carrera consigue salir airoso del reto sin parecer ridículo, algo no demasiado fácil. No obstante no me gusta tanto la protagonista femenina, Luise Rainer, aún cuando su actuación le proporcionó un Oscar.

En lo que respeta a la dirección el momento cumbre se trata sin duda de la plaga de langostas, la escena más famosa en su momento y que aún hoy día mantiene gran parte de su espectacularidad. A cambio, la película peca de dejarse llevar por los convencionalismos de Hollywood acabando con un previsible final feliz que es exactamente el contrario al que muestra la novela. Aunque cabe reconocer que está bien conectado con el tema de la película (el retorno del hombre a la tierra) pierde ese tono irónicamente cruel que hacía más redonda la historia.

Desafortunadamente, el joven Irving Thalberg no llegó a ver el estreno de una de sus producciones más arriesgadas. El avispado productor murió joven y por ello se dedicó la película en su memoria como homenaje póstumo a la que está considerada una de las figuras más brillantes del Hollywood de los años 30.

Jaguar (1967) de Jean Rouch

Había una vez un antropólogo llamado Jean Rouch muy interesado en África que quería filmar las costumbres y la forma de vida de los habitantes de ese continente. La primera reacción habría sido lógicamente coger la cámara y grabar un documental sobre africanos que posteriormente sería de interés para otros antropólogos y curiosos sobre África en general.

Pero resulta que Rouch también sentía cierto interés por el cine y se propuso retratar el mundo africano de una forma diferente a lo habitual. Y sin proponérselo (¿o sí?) creó una forma de hacer documental absolutamente innovadora para la época y que dejó boquiabiertos a muchos críticos y futuros cineastas de la Nouvelle Vague.

Jaguar es una de sus obras más emblemáticas y que demuestra el interesante enfoque que propone Rouch a la cultura africana: una bizarra mezcla entre documental y ficción en que Rouch improvisó con tres africanos la historia de tres amigos que parten de su humilde pueblo para hacer fortuna en la gran ciudad.

Lo interesante no es solo la idea sino cómo está hecha: en el momento de grabar las imágenes Rouch no podía capturar sonido, así que después de acabar la filmación y montar la película el director reunió a los tres protagonistas en un estudio y les hizo comentar el film mientras lo veían. El resultado final es una combinación muy curiosa: vemos las imágenes grabadas en cámara en mano mientras los protagonistas van comentando lo que sucede y lo que piensan. El resultado es apabullantemente moderno y fresco para la época (el film empezó a rodarse en 1954 y se finalizó en 1967).

El tono de la película es ligero gracias en buena parte a los diálogos de los protagonistas Damouré, Lam e Illo, quienes conversan libremente entre sí y comentan espontáneamente lo que sucede y lo que hacen. De esta forma el film se desmarca de lo que sería un documental convencional sobre África en dos sentidos: al combinar documental con ficción (pese a que haya una historia, no deja de ser una excusa para retratar a la gente de África) y al no usar una narrativa convencional sino combinando imágenes grabadas libremente cámara en mano junto al diálogo de los implicados.

La película es por tanto una obra de interés tanto para los interesados en África como para los cinéfilos. Es una obra que aspira a romper con el molde que se usa tradicionalmente en occidente para hacer películas adaptándose a la realidad africana, sin las convenciones occidentales y con un estilo mucho más libre.
El resultado es interesantísimo, una pequeña joya muy recomendable que no dejará indiferente.

La Última Orden [The Last Command] (1928) de Josef von Sternberg

Basada en un caso real, La Última Orden narra la historia de un prestigioso general zarista que con la revolución comunista cae en desgracia y emigra a Hollywood, donde se intenta ganar la vida participando como extra en películas. El film se estructura a partir de un flashback que tiene lugar cuando el protagonista, Sergius Alexander, se prepara para interpretar a un general en una película.

El principal atractivo del film se encuentra indudablemente en el actor germano Emil Jannings, quien interpreta el típico papel masoquista que tan bien se le daba, el del personaje respetable que acaba siendo humillado (véase El Último y la posterior El Ángel Azul, dos de sus papeles más recordados). Esta película fue una de las más importantes de su breve carrera en EEUU que finalizó con la llegada del sonoro debido a su marcado acento alemán. Aunque estuvo muy poco tiempo en Hollywood, consiguió el hecho anecdótico de ser el primer actor en ganar un Oscar por la interpretación que hizo en este film y en la desaparecida El Destino de la Carne (1927). No obstante, aunque él es el principal punto de interés del film, también destaca como curiosidad la aparición de un joven William Powell en un papel muy alejado de aquellos en que se especializaría posteriormente.

Aparte de estos detalles y de la esmerada dirección de Josef von Sternberg, La Última Orden acaba siendo una película menos interesante de lo que presagia su prometedora premisa. En gran parte eso es debido a que el grueso del film lo conforma el flashback, es decir, las vivencias de Sergius en Rusia y su caída con la revolución comunista. Además aparece también una tópica y poco creíble historia de amor entre Sergius y la revolucionaria Natalie Dabrova, quien por algún motivo que no llegamos a entender se enamora de él.

Así pues, esta historia de humillación acaba siendo al final la típica historia de amor y sacrificio que tiene como principal interés su desenlace. Por una diabólica casualidad, el director de la película en la que él actúa en Hollywood es un revolucionario al que hizo detener años atrás y del que se burló despiadadamente. Ahora se han cambiado los papeles y Sergei es quien debe obedecer órdenes y soportar la humillación. En la escena final (claramente el mejor momento del film), el director le pone en situación en una escena que le recuerda a su glorioso pasado defendiendo Rusia y enloquece hasta morir. El último intento de redimir al personaje no tiene mucho sentido, con el director defendiéndole como un gran hombre aún cuando no tiene motivos para pensarlo, pero no deja de ser un tópico inevitable de Hollywood.

Aunque no es la joya oculta que uno esperaría, no deja por ello de ser un film que se defiende sobre todo por la maestría de los implicados en su producción, que justifican su visionado.

Madame Freedom [Jayu Buin] (1956) de Han Hyung-mo

Madame Freedom es históricamente una de las películas más importantes del cine coreano. Surgida pocos años después de la Guerra de Corea, que lógicamente había hecho que la industria fílmica quedara prácticamente destruida, fue la obra que renovó las esperanzas en el panorama cinematográfico del país. Técnicamente a nuestros ojos puede parecer simplemente competente, pero en el contexto de la Corea de aquella época era todo un logro que demostraba que se podía hacer cine de calidad. Por otro lado, donde realmente destacó es a nivel comercial, convirtiéndose en uno de los mayores éxitos de taquilla de la época.

Basada en una exitosa novela, la protagonista es Madame Oh, una aburrida ama de casa que vive con un profesor y su hijo y decide aceptar un empleo en una tienda de productos occidentales. A partir de aquí, su tranquila estabilidad familiar pronto correrá peligro: su vecino mujeriego flirtea con Madame Oh y ésta se vuelve cada vez más receptiva y le pide que le enseñe a bailar, su jefe empieza a expresar cada vez de forma más clara el interés que siente hacia ella y, paralelamente, su marido empieza a sentirse atraído por Park Eun-hee, una antigua alumna a la que ve a menudo ya que le enseña a ella y sus compañeras gramática coreana por las tardes como favor personal.

La película nos narra pues la típica historia en que una madre ejemplar acaba sucumbiendo a las tentaciones de su entorno y se deja llevar por las influencias occidentales. Así como al principio del film afirma avergonzada que no sabe bailar y se niega a beber alcohol, al final veremos cómo sorprendentemente acaba haciendo ambas cosas mientras tiene citas cada vez más peligrosas con los dos hombres que la están cortejando. Del mismo modo, ese carácter sumiso y servicial que presenta al inicio acaba siendo reemplazado por los reproches y las riñas que empieza a tener con su marido. Madame Oh y sus amantes no llegan a consumar su romance, pero no por remordimientos sino por ser interrumpida en las dos ocasiones en que está a punto de llevarlo a cabo: primero por su hijo, como recordatorio de su deber como madre, y luego por la mujer de su amante, esta vez como aviso de su condición de esposa.

En contraste, el pequeño romance que mantiene su marido con su alumna nos parece mucho más tierno y bucólico. En el caso de Madame Oh, ésta responde encantada a las galanterías y se muestra receptiva a consumar el adulterio, mientras que su marido y la joven Park Eun-hee no van más allá de pasear juntos y charlar. Estas escenas se encuentran entre lo mejor del film, por transmitir el cariño mutuo que sienten los personajes y ese enamoramiento idílico e inocente que jamás llega a ser adulterio, puesto que ninguno de los dos quiere dar el paso. La escena en que Park Eun-hee se despide de él para siempre en la puerta de su casa y la cámara hace un picado mostrando a los dos personajes condenados a separarse es seguramente el momento más emotivo del film.

Como dije anteriormente, a nivel técnico Madame Freedom fue un soplo de aire fresco en el cine coreano de la época por el competente trabajo de dirección de Han Hyeong-mo, autor de otras película de gran éxito como Hyperbola of Youth (1956). Lo que más se destacó por entonces y aún hoy sigue vigente como un gran logro son los ágiles travellings que aparecen en numerosas escenas como las que suceden en la sala de baile o en el picado que aparece en la escena mencionada anteriormente y en el desenlace.

A cambio, el hecho de que el film ambicionara ser un éxito de taquilla conlleva soportar algunas concesiones al público, más concretamente una escena musical interpretada por una de las cantantes más populares de la época y un número de baile. Ambos se hacen largos e innecesarios pero se justifican por ese afán comercial para sacar adelante la industria coreana.

Así pues, aunque vista hoy día no deja de ser un film simplemente notable y muy eficientemente realizado, en su época Madame Freedom fue la película que proporcionó una nueva esperanza a la industria cinematográfica de su país y que dio un valioso empujón al género del drama moderno, con conflictos que eran familiares y cercanos al público.

Un Tipo Serio [A Serious Man] (2009) de Joel y Ethan Coen

Resulta un tanto frustrante que Un Tipo Serio pasara tan desapercibida por los cines siendo una de las películas más interesantes que los hermanos Coen han rodado en este siglo. Desde luego es un film de entrada menos atrayente que otros trabajos recientes mucho más exitosos como la magnífica No Es País Para Viejos (2007) o la simplemente correcta Valor de Ley (2010). No cuenta con un reparto de estrellas que pueda atraer al público y la historia teóricamente tiene muy poco interés. Y sin embargo se trata de la película más personal y con el sello más inconfundiblemente Coen que el dúo haya producido desde El Hombre Que Nunca Estuvo Allí (2001). Soy incapaz de creerme que Un Tipo Serio pueda no gustar a un fan de los Coen, porque está repleto de los detalles y las marcas de estilo que los hacen tan especiales.

El protagonista es Larry Gopnick, un padre de familia judío que tiene una existencia en principio cómoda y apacible trabajando como profesor de física y viviendo con su mujer, su hermano y sus dos hijos en un tranquilo barrio residencial. Sin embargo, poco a poco todo se irá desmoronando cuando su mujer Judith le pide el divorcio porque quiere casarse con otro hombre, Sy Ableman. A éste conflicto se le sumarán varios problemas que le llevarán a tener una crisis existencial y pedir consejo a dos rabinos. Paralelamente, su hijo Danny, que está a punto de celebrar su bar mitzvah, intenta recuperar un transistor donde tiene 20 dólares que necesita para pagar una deuda a un matón de clase por haberle comprado marihuana.

En Un Tipo Serio los Coen decidieron construir un film basado más que nunca en los pequeños detalles y en lo cotidiano. No hay realmente ningún conflicto en el que centren su atención más allá del malestar del protagonista, ni tampoco las diferentes escenas llegan a una clara conclusión, simplemente van esbozando la patética vida cotidiana de Larry Gopnick a través de pequeños sketches, algunos más claramente humorísticos que otros. Porque aunque seguramente pueda clasificarse como comedia, esta película recurre sobre todo a ese humor tan especial con el que han adornado muchas de sus grandes obras, que no busca el gag propiamente dicho sino crear situaciones extrañas a partir de hechos rutinarios.

En numerosas ocasiones podemos disfrutar de ese cuidado por los detalles que dio tan buenos frutos en films como Barton Fink (1991). Un ejemplo es esa escena tan aparentemente significante y sin diálogo, en que Danny está sentado en el despacho del director y éste examina el transistor que le han confiscado. Es un momento narrativamente superfluo pero en que los Coen dedican varios minutos para mostrarnos las caras del director y de Danny, cómo el primero coge los cascos con extrañeza e intenta hacer funcionar el transistor sin dejar al joven que se lo explique. Este pequeño instante aparentemente vacío concentra sin embargo más rasgos del universo Coen que muchas de sus obras recientes.

La película se nutre de instantáneas de este estilo, pequeños detalles que los Coen consiguen convertir en pequeñas lecciones de cine. Incluso cuando surge a la superficie un indicio de conflicto serio, los hermanos se empeñan en tratarlo como si fuera otro de esos momentos superfluos prefiriendo centrarse en tiempos muertos y dejar las escenas abiertas. Sin ir más lejos, resulta impagable la escena en que el estudiante coreano intenta sobornar a Larry mediante un diálogo sin sentido que luego llega a su momento cumbre cuando el padre del estudiante intenta amenazarle y, ante la duda sobre si realmente su hijo le llegó a sobornar o no, éste simplemente espeta «Acepte el misterio«.

Esa frase aquí sirve como gag pero en realidad podría verse como la conclusión a la que Larry debe llegar tras sus dudas existenciales. Del mismo modo, la historia que le cuenta el rabino Marshak sobre un dentista que encontró un mensaje en los dientes de un paciente concentra en esos minutos esa misma idea. Larry se empeña en conocer los detalles de la historia: ¿quién dejó ese mensaje ahí, cómo y por qué? El rabino simplemente le dice que debe seguir viviendo y no pretender conocer las respuestas a todas las preguntas, aceptar el misterio.

Del mismo modo, los Coen se niegan a «cerrar» su historia dándonos a conocer hacia que fin desemboca todo lo que hemos visto en esa hora y tres cuartos. También nosotros debemos aceptar el misterio, aunque en este caso uno no puede evitar imaginarse a los dos hermanos riendo maliciosamente sabiendo que defraudarían las expectativas de buena parte del público. Un último detalle a mencionar sobre su particular forma de articular el guión de la película: el prólogo inicial no tiene ninguna conexión con el resto de la historia, algo reconocido por los mismos Coen. Desde luego, en ningún momento está entre sus prioridades dar al espectador lo que él espera por pura lógica.

Por otro lado, esa estructura de escenas aparentemente incoherentes entre sí está planificada con cierta lógica que se hace bastante evidente al inicio y final de película. El film se inicia con la revisión médica de Larry y con Danny escuchando «Somebody to Love» de Jefferson Airplane en clase hasta que es descubierto y le confiscan el transistor, y la película acaba haciendo referencia a estos mismos hechos. De entrada, después de que Danny haya hecho el bar mitzvah es llevado ante un anciano y sabio rabino, que le recita los primeros versos de ese mismo tema de Jefferson Airplane (uno de mis instantes favoritos de la película por lo inesperado y surrealista que resulta) y le devuelve el transistor. Justo después, la siguiente escena nos muestra a Larry recibiendo una llamada de su médico sobre el análisis que se hizo y a Danny intentando pagar por fin su deuda, cerrando así el círculo.

La película tiene como otro rasgo a destacar el no contar con estrellas de gran renombre y basarse en un elenco de rostros poco conocidos. Es una de las mayores apuestas de los Coen y la superan con solvencia gracias a la que es una de sus mayores cualidades no siempre recordada: su capacidad para hacer castings memorables, utilizando rostros llamativos o actores que dan mucha personalidad a papeles pequeños. En este caso hasta los personajes más secundarios tienen rasgos propios, eso sumado al cuidadísimo guión dan la sensación de que cada personaje, por muy breve que sea su aparición, tenga vida propia. Yo por ejemplo destacaría el personaje de Sy Ableman, un secundario muy inteligentemente diseñado y magníficamente interpretado dándole el tono exacto que necesita, haciéndole creíble y cómico al mismo tiempo: los abrazos que le da a Larry para consolarle, su tono pedantemente maduro queriendo ayudarle a superar el divorcio, etc.

Quizá la mejor forma de acabar esta reseña sea haciendo referencia a este hecho para recalcar que uno de los aspectos que hace tan interesante Un Tipo Serio es que los Coen consiguen crear un universo en que no da la sensación de que todos los personajes giren alrededor del protagonista, sino que cada uno vive su propia vida y Larry hace lo posible por abrirse paso entre ellos: una esposa que le pide el divorcio y que pague el funeral de su amante (!!), un hijo malcriado que solo se preocupa por poder bien el televisor, una hija que en toda la película solo la hemos visto preocupada por lavarse el pelo e ir a un club de la ciudad, ese vecino que le desprecia en contraste con la otra sensual vecina, el rabino joven que se empeña en resolver sus dudas existenciales hablándole de las maravillas del aparcamiento, su hermano antisocial y problemático…
No es una película que busque satisfacer al espectador ni que recurra al humor directo, pero es una obra que le hace recordar a uno por qué es tan interesante el cine de los hermanos Coen y lo geniales que pueden ser cuando se dedican simplemente a ser ellos mismos sin preocuparse en gustar a nadie.