Estados Unidos

Horizontes Perdidos [Lost Horizon] (1937) de Frank Capra

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Creo haber dicho ya en alguna ocasión que a veces las películas fallidas de un director son tan interesantes (o incluso más) que sus grandes logros artísticos. Porque en esos errores se pueden encontrar las debilidades o indecisiones del cineasta, o percibir cómo a veces sus rasgos de personalidad no siempre acaban bien integrados en sus obras.

No obstante, si estoy definiendo a Horizontes Perdidos (1937) como una obra fallida no es ni mucho menos porque crea que sea floja, de hecho me parece un muy buen film. Creo que es fallida en tanto que no cumple las expectativas creadas por el propio Capra y  porque su producción resultó tan problemática que le provocó numerosos problemas con su estudio.

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Una de las grandes razones de ser de Horizontes Perdidos es esa ambición de muchos directores de querer legitimarse con una gran obra maestra. Eso es algo que viene desde la era muda, con cineastas como el cómico de slapstick Larry Semon intentando ganar respetabilidad con una fallida versión de El Mago de Oz (1925); hasta la era contemporánea, como demostraron los repetidos intentos de Spielberg por dejar atrás la etiqueta de director de simple entretenimiento – véase El Color Púrpura (1986) o El Imperio del Sol (1987) – hasta dar con la tecla adecuada en La Lista de Schlinder (1993). El gran error en muchos de estos casos es creerse esa concepción tan anticuada de que hay géneros mayores y menores, y que hace falta pasar por un prestigioso drama para ser un gran cineasta. El propio Capra acababa de filmar una de las mejores comedias de la historia del cine – Sucedió una Noche (1934) – y otra de un nivel excelente – El Secreto de Vivir (1936). Realmente no tenía nada que demostrar.

No quiero decir, obviamente, que un cineasta no tenga derecho a ampliar sus horizontes y probar con otros géneros, pero en el caso de Capra él mismo admitiría que lo que ansiaba en esos años era crear su gran obra maestra que demostrara que era un director de primer nivel, no solo de comedias. Resulta por cierto una curiosa coincidencia que su primer intento en ese respecto compartiera con Horizontes Perdidos la temática oriental: La Amargura del General Yen (1933).

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Centrándonos en esta obra, aquí el inseparable (no por mucho tiempo) guionista de Capra, Robert Riskin, partía de una novela en que un célebre oficial británico, Robert Conway, llegaba por accidente a un misterioso lugar oculto entre las montañas del Himalaya: Shangri-la. Lo que él y sus acompañantes descubren les deja boquiabiertos: un paraíso en la Tierra, un valle donde el clima es bondadoso y la gente vive de forma pacífica. Robert acaba descubriendo entonces que no han llegado ahí por casualidad, ya que el gran Lama planea que sea su sucesor con una misión en mente: preservar la paz en Shangri-la para que cuando la civilización emerja de las terribles guerras que la autodestruirán pueda ayudar a reconstruir un nuevo mundo mejor. Casi nada.

Para la realización de esta película, Capra empleó un presupuesto mucho mayor del que podía permitirse un estudio como la Columbia, causándole numerosas disputas pese al prestigio del que gozaba. Si eso fuera poco, el primer montaje era de unas seis horas que, dado lo inviable que resultaba, acabó reducido a tres horas y media. Finalmente tras unos primeros pases de prueba desastrosos se acortó a dos horas y cuarto. Seguramente el film ganó en su versión reducida, pero por el camino pasó de ser la gran epopeya de Capra de seis horas a ser otra gran película de poco más de dos.

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Ciertamente, a juzgar por la versión que nos ha llegado hoy día, cabe reconocer que a nivel de realización Capra hace un trabajo absolutamente extraordinario: escenas tan proclives a quedar algo desfasadas como el accidente de avión siguen funcionando bien, y todos los escenarios en la nieve y en Shangri-la no dan la sensación de ser reconstruidos o de partir de localizaciones diferentes. En ese aspecto Capra consiguió su propósito de demostrar que era uno de los mejores directores de Hollywood. Fíjense lo bien que sabe manejar tanto las escenas de actores (planos largos dándoles manga ancha para interactuar) como las más espectaculares en el Himalaya, donde realmente transmite la sensación de peligro y riesgo. O la forma como va alternando del mensaje más serio del film con detalles más humorísticos para suavizar un poco su tono trascendental (aquí, es de justicia decirlo, debemos resaltar una vez más a Riskin).

Y por si no les quedaba claro que Capra estaba jugando todas sus cartas posibles para que el film fuera realmente grande, echen un vistazo al reparto: el papel protagonista para un infalible actor de prestigio como Ronald Colman (de hecho el rodaje se retrasó expresamente para contar con él) y entre los pequeños papeles humorísticos tenemos a dos de los mejores secundarios de la historia de Hollywood, Edward Everett Horton y Thomas Mitchell. Capra jugaba sobre seguro.

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Con todos estos ingredientes, ¿qué es lo que hace pues que Horizontes Perdidos no sea una obra maestra? De entrada, que no existe una fórmula infalible para crear una. Aunque todos los ingredientes sean de primer nivel a veces el resultado es «simplemente» una muy buena película. Sería fácil reprocharle el tono tan naif del film con ese mensaje pacifista y esperanzador, pero me inclino a no usarlo en su contra, y más en un contexto como el de finales de los años 30, tan convulso a nivel político. Sencillamente en conjunto no funciona tan bien como películas más modestas y redondas como Sucedió una Noche (1934). De hecho, Horizontes Perdidos en ocasiones tiene más de leyenda que de film de Hollywood. Tal es así que llega un punto en que casi ya no hay conflicto y el argumento debe apoyarse en la subtrama del hermano de Robert. ¿Quién sabe si con su duración original se incidiría aún más en ese tono más contemplativo, dedicado a mostrarnos la belleza de Shangri-la y su mensaje moralista, o si en realidad se potenciaría más su tono de película convencional mostrándonos algunas sombras de ese paraíso? – ¿por qué por ejemplo el personaje de Maria insiste tanto en escapar de un sitio tan idílico?

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Quizá Horizontes Perdidos sea una película que ha envejecido peor que otras de Capra por combinar su mensaje tan moralista con una trama que tiene más de fantástico que de terrenal. Nos es más fácil identificarnos con los pobretones que intentan ser felices a su sencilla manera que con un extraño gran Lama que aspira a traer la paz al mundo. Quizá Capra y Riskin pecaron un poco de ilusos al dejarse llevar por el mensaje, pero el resultado sigue siendo muy bueno.

En taquilla desafortunadamente el film no tuvo el éxito esperado y tardó años en recuperar su desmesurado coste. Capra, para su siguiente proyecto, apostó sobre seguro con una comedia más barata de producir que ya había funcionado previamente en teatro, y que además contaba con un reparto estelar: Vive Como Quieras (1938). A nivel artístico y comercial acabó resultando mucho mejor. Su siguiente proyecto sí que lograría por fin estar a la altura de sus ambiciones, quizá porque en él supo combinar una trama de gran envergadura con todos los rasgos de su estilo personal: Caballero sin Espada (1939). Esta vez sí, creó su gran drama clásico que le elevaría a lo más alto.

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Filón de Plata [Silver Lode] (1954) de Allan Dwan

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Si algo hay que reconocerle a Filón de Plata es que como mínimo cuenta con un inicio impactante que engancha instantáneamente al espectador. Cuatro jinetes llegan al pueblo de Silver Lode preguntando por un tal Dan Ballard, al cual encuentran en un momento muy inoportuno para visitas: la ceremonia de su boda con la hija de uno de los hombres más ricos del pueblo. El líder de los jinetes, un tal Fred McCarty dice ser un marshall que viene a llevarse a Ballard por haber asesinado a su hermano. Los papeles que lleva consigo están en regla y Ballard no niega haberle matado, aunque sí las circunstancias en que se produjo el asesinato.

Nos encontramos por tanto ante un western que empieza con los valores invertidos: el protagonista es buscado por un crimen y el antagonista es un agente de la ley. Sin embargo, los espectadores más avispados enseguida deducirán que un personaje interpretado por Dan Duryea difícilmente puede estar del lado de la justicia y nos situamos en el bando de Ballard, quien se encuentra atrapado en una telaraña como un falso culpable hitchcockiano.

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Filón de Plata es una película que puede entenderse y disfrutarse a dos niveles. El primer y más elemental es como una obra de acción disfrazada de western, concentrada en un espacio y tiempo muy concretos en los que Ballard intenta sobrevivir y probar su inocencia teniendo todo en su contra. En ese aspecto, el guión es intachablemente conciso y directo, y el realizador Allan Dwan hace un trabajo de dirección especialmente ágil (no en vano empezó dirigiendo películas 40 años atrás para Douglas Fairbanks, que lo «adoptó» como uno de sus directores predilectos). John Payne, por otro lado, sin ser un prodigio de actor, funciona perfectamente como héroe de acción aún cuando en el bando interpretativo es imposible no dejarnos seducir por el siempre aborrecible Dan Duryea, aquí en un papel especialmente astuto y por tanto más odioso aún.

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Pero bajo esta primera lectura subyace otra bastante evidente y es el papel que toma el pueblo en esta historia. Inicialmente, cuando los cuatro agentes de la ley vienen a llevarse a Ballard, todos los aldeanos se ponen de su parte y se niegan a creer que sea culpable. Tan solo conocen a Ballard desde hace dos años y no se nos dice qué ha hecho en ese tiempo para ganarse hasta tal punto la estima de todos, pero aún así le profesan una fidelidad canina que resulta conmovedora.

No obstante, a medida que la trama se complica, todo el poblado que dio la cara previamente por él acaba volviéndose en su contra. En cuestión de una hora pasan de estar dispuestos a hacer lo que sea por él (¡incluso interponerse a la ley!) a pretender lincharlo antes de un juicio justo. Resulta obvio que para Dwan ésta es la idea más importante de la película, al remarcar de forma tan enfática la conversión de ese honrado y entrañable pueblo típicamente americano (situar la acción el 4 de julio no puede ser casual) a una turba enfurecida y descontrolada.

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Si nos animamos a explorar un poco más teniendo en cuenta el contexto en que se produjo, rápidamente veremos otra idea que resulta bastante explícita partiendo del hecho de que el antagonista tiene el nada disimulado (y mucho menos casual) apellido de McCarty. La caza de brujas que llevó a cabo el senador McCarthy en esos años es uno de los periodos más oscuros y vergonzosos de la historia de Hollywood, acabando con la carrera de actores y cineastas que quedaron estigmatizados y abandonados por sus colegas de profesión. Nuestro protagonista Ballard experimenta aquí en sus carnes el paso de ser una figura popular y querida a convertirse en el centro del odio de todos a raíz de unas injurias lanzadas por McCarty, quien anima a todas esas figuras burguesas bienpensantes a perseguirle y acabar con él. No se trata de una lectura precisamente sutil, ni hacía falta que lo fuera, dada la gravedad de la situación y la incapacidad de la comunidad de Hollywood por atreverse a denunciar esos acontecimiento – de hecho este film de Dwan resulta mucho más clarividente y atrevido que el western tradicionalmente asociado a la denuncia a la caza de brujas: Solo ante el Peligro (1952) de Fred Zinneman.

Las únicas personas que confían en él hasta el final acaban siendo su prometida (el amor puede con todo, ya saben) y la prostituta del pueblo, sin contar al sacerdote que le da cobijo por motivos religiosos. De entre las diversas citas bíblicas que se van mencionando a lo largo del film echo en falta precisamente la que mejor resume la principal idea del guión: «no juzguéis si no queréis ser juzgados». Al final la ramera del pueblo acaba siendo mucho más justa y honesta con Ballard que las respetables ancianas o los fieles pueblerinos, fácilmente susceptibles no solo a cambiar de opinión sino a ejecutar sentencia ante un impulso rápido.

Puede que al final se haga justicia al honesto Dan Ballard, pero difícilmente podrá seguir haciendo su vida en esa pacífica comunidad como antes. Pese al innecesario plano final que intenta dejar el film en una coda positiva, la cara de amargura de Ballard cuando sale junto a su amada lo dice todo: ha vencido y demostrado la verdad, pero también ha comprobado lo hipócrita y podrida que está esta sociedad bajo esa apariencia pacífica e idílica. Y lo peor de todo es que los Estados Unidos de los años 50, la América de la Caza de Brujas, seguía viéndose reflejada en ese retrato tan desolador.

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Al Caer la Noche [Nightfall] (1956) de Jacques Tourneur

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James Vanning es un diseñador gráfico que deambula sin rumbo por las noches, como temiendo algo y, al mismo tiempo, esperando que suceda de una vez. En cierto momento, un hombre le pide fuego y charla con él brevemente. Poco después sabemos que es un investigador de seguros llamado Ben Fraser, que lleva días siguiéndole por un delito que no conocemos. Mientras tanto, James conoce en un bar a una modelo, Marie, que le saca un poco de su ensimismamiento hasta que dos hombres, John y Red, aparecen por sorpresa a la salida y se lo llevan en coche.

Si algo me gusta del cine negro es que es uno de los pocos terrenos en que los guionistas podían permitirse la libertad de escribir sus historias de la forma más confusa posible. De hecho en ese universo tan inestable que es el noir puede resultar en ocasiones hasta contraproducente narrar las películas en su orden adecuado. En este caso por ejemplo esta forma de plantear el conflicto nos hace dudar hasta mitad de la película sobre si James es un hombre honrado o no. Obviamente, sospechamos que el bueno de Aldo Ray no está encarnando a un criminal pero, siendo el cine negro un género en que las fronteras entre el bien y el mal aparecen tan desdibujadas, resulta muy apropiado que no sepamos si estamos ante alguien que ha cometido un delito y está siendo acosado por sus ex-cómplices o ante un falso culpable buscado erróneamente por la compañía de seguros.

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Gracias a la afortunada circunstancia de que el tiempo suele poner las cosas en su sitio, a día de hoy no creo que haga falta reivindicar a un cineasta de la talla de Jacques Tourneur. En su momento considerado un eficiente artesano, hoy día su estatus ha acabado eclipsando incluso a su padre Maurice, una de las figuras clave del cine americano de los años 10 que es en estos momentos quien necesita volver a ser recordado.

Volviendo a Tourneur hijo, si bien es innegable que su gran contribución al noir es Retorno al Pasado (1947), yo reconozco que siento debilidad por Al Caer la Noche. Quizá porque es un noir atípico, menos asfixiante, en que los antagonistas no son los clásicos matones (el personaje de John resulta, en su papel del tipo listo del dúo de delincuentes, muy carismático con ese temperamento reposado y cruel) y en que la femme fatale en realidad ha acabado ejerciendo ese papel por accidente (estupenda Anne Bancroft). No por ello hay menos dosis de violencia, de hecho el asesinato del doctor todavía pone un nudo en la garganta por lo terriblemente cruel que nos parece. Al situarnos en un contexto aparentemente inofensivo, alejado de los clásicos escenarios del noir en que la violencia y la muerte están a la orden día, la irrupción del mal resulta más chocante, y dicho asesinato se nos antoja especialmente cruel, en parte por lo prolongado de la escena y la fría planificación de los responsables.

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También me gusta mucho el trabajo de fotografía de Burnett Guffey, alejado de los clásicos claroscuros del noir en las largas escenas montañosas, como si Tourneur intentara dar algo de aire a un género que a esas alturas necesitaba renovarse y probar con nuevos enfoques. Además, todas las escenas que suceden en la nieve me recuerdan a otra de mis películas negras favoritas, La Casa en la Sombra (1951) de Nicholas Ray, donde de nuevo la imagen pura que ofrece la naturaleza contrasta con esa civilización oscura y corrupta de donde proceden los personajes.

De hecho, Al Caer la Noche podría ser vista como el contraste de Retorno al Pasado, como si ambos films, separados en diez años, propusieran dos enfoques diferentes a un mismo género: Retorno al Pasado es una evocación perfecta del noir más clásico por la tipología de personajes, el tono fatalista, la estética y el tipo de trama; en cambio, Al Caer la Noche hace un uso de escenarios poco habitual, tiene como protagonistas a personajes más bien inofensivos (incluso el representante de la ley nos resulta extrañamente dócil, un hombre que trabaja sin armas y comparte continuamente sus inquietudes con su mujer) y cuenta con una trama alejada de los elementos criminales tradicionales (de hecho no vemos en ningún momento el atraco al banco que propicia todo).

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La Colina de los Diablos de Acero [Men in War] (1957) de Anthony Mann

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La Colina de los Diablos de Acero (1957) es un film que representa a la perfección el tipo de cine bélico que suelo preferir: no ofrecer una visión genérica de la guerra sino concentrarse en un suceso concreto, delimitar muy claramente la acción a lo que es realmente el día a día de los soldados. De esta forma es como mejor se refleja el terror del campo de batalla.

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El inicio de esta película que nos ocupa es ejemplar: una serie de hombres perdidos en mitad de un campo desierto. Sus rostros sudados y sin afeitar se ven fatigados, y no queda ningún atisbo de heroismo ni de patriotismo. Ni siquiera el Teniente Benson parece muy seguro de su situación ni del plan que se ve obligado a llevar a cabo de trasladar su pelotón a una colina a varios kilómetros de distancia, donde se supone que están instalados los refuerzos.

Y de repente, una imagen casi surrealista: en medio del paisaje surge un jeep con dos pasajeros. Benson les obliga a detenerse y conoce a sus tripulantes: un indisciplinado sargento llamado Montana y un veterano coronel en estado de shock incapaz de hablar o moverse. Montana quiere seguir su camino para poner a salvo al coronel, pero acaba de forma forzada uniéndose a la compañía del Teniente Benson, con el cual tendrá constantes disputas.

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Uno de los aspectos que más me gusta de esta magnífica obra del mejor Anthony Mann es que es un retrato casi abstracto de la guerra. Apenas vemos al enemigo, simplemente es un peligro que se manifiesta constantemente y que notamos que está ahí, y apenas se nos presentan escenas de batallas. De hecho aunque se adscribe al género bélico por su temática, es un film que apuesta mucho más por el suspense y que entiende a la perfección que los minutos antes del combate o de enfrentarse a un nuevo peligro son tan importantes a nivel cinematográfico como la escena en sí.

La excelente fotografía en blanco y negro de Ernest Haller tan contrastada le da una estética que enfatiza ese enfoque casi irreal. Se trata de una de esas pesadillas en que uno intenta constantemente llegar a un punto de destino que nunca se alcanza. Seguramente la herencia de su etapa noir ayudó mucho a Mann a dar este enfoque a la película.

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Olvídense de estrategias de ataques y gestas heroicas, aquí Mann trata la guerra desde el punto de vista psicológico de unos personajes que solo quieren sobrevivir, no ser héroes. De hecho otro aspecto muy reseñable que lo emparenta más con el cine negro de la época que con el bélico es la terrible ambivalencia de sus personajes.

El Teniente Benson es un hombre desesperanzado que hacia el final no puede evitar reconocer que cree que están perdidos, aún cuando se oculta bajo la máscara de hombre duro. Pero este mismo hombre luego no duda en utilizar a un prisionero de señuelo arriesgando su vida. Y pocos personajes puede haber más ambivalentes que el sargento Montana, que a ratos parece un egoísta para el que los problemas del regimiento son insignificantes, y en otros nos conmueve por su sincera devoción hacia el Coronel que protege. Tan pronto arriesga su vida como amenaza con un arma al Teniente o, peor aún, dispara a tres soldados desconocidos porque cree que son enemigos por pura intuición. Así mismo es el único personaje de la película que parece tener un gran instinto de supervivencia. Mención especial para los dos actores que lo encarnan: Aldo Ray (seguramente el mejor parado de todo el reparto) y Robert Ryan (uno de mis ejemplos favoritos de actores algo limitados que aun así nunca decepcionaban y sabían sacar provecho de sus personajes, todavía no se han escrito suficientes líneas reivindicando la grandeza de este intérprete y de las enormes interpretaciones que sabía hacer bajo esa aparente máscara de rudeza).

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Por otro lado, sorprende que un film con un mensaje tan marcadamente antibélico pudiera realizarse en plenos años 50. Aunque la (terrible, realmente terrible) canción heroica que se oye al final en los créditos intenta darle algo de epicidad a lo que hemos visto, difícilmente puede engañarnos: Mann nos ha mostrado a hombres muriendo por algo abstracto e intangible, no tenemos la sensación de que estén haciendo algo por su país ni de que crean en lo que hacen. La misión suicida final parece haberse llevado a cabo más por inercia y porque no les quedaba otra alternativa que por convicción. El único de todos ellos que parece tener una clara motivación es Montana, y ésta era huir de la guerra con el Coronel.

Aunque está ambientada en la Guerra de Corea, ésta podría ser cualquier otra guerra en cualquier otro lugar del mundo, donde siempre habrá varios hombres dejándose sus vidas por causas o ideales tan absurdos como vacuos.

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El Gran Momento [The Great Moment] (1944) de Preston Sturges

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¿Cuántos directores del Hollywood clásico se les ocurren que empiecen a hacer ya cosas originales en los títulos de crédito? Yo como mínimo conozco a uno: nuestro viejo amigo Preston Sturges. A veces tengo la sensación de que su creatividad era tan desbordante en su edad de oro (ocho películas escritas y dirigidas por él en cuatro años), que no podía ni esperarse a que pasaran los tradicionales créditos sobre un fondo neutro para empezar a desplegar su arsenal de ideas. Ya su anterior película, la maravillosa Un Marido Rico (1942), daba comienzo con un recurso increíblemente moderno para la época: insinuando una trama en los créditos iniciales. En El Gran Momento (1944) Sturges hace cosas aún más raras: combina los títulos de crédito con unas imágenes del desenlace de la historia (¡¿en los primeros minutos de película?!) filmadas en un formato que da la imagen de un falso noticiario. Si esto ya les parece curioso, sigan leyendo porque esto va a más, y eso que estamos hablando de la obra menos conseguida de su etapa en la Paramount.

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Pocos géneros hay que me provoquen más hastío que los biopics. Si de por sí siempre me han dado pereza, hoy día he llegado a aborrecer este tipo de films por culpa de la terrible tendencia del Hollywood actual a convertirlos en una sucesión de tópicos seguidos uno tras otro de la forma más terriblemente previsible (historias de autosuperación, genios que acaban descendiendo a los infiernos o se ven traicionados, las inevitables redenciones…). Cabe reconocer que tiene cierto mérito: toda esta serie de cineastas han conseguido que las vidas de personas apasionantes me parezcan insípidas y aburridas en sus películas.

Partiendo de esa base, difícilmente podía yo sentir algún interés por El Gran Momento, el biopic que todos estábamos esperando sobre el inventor de la anestesia. Sin negar el enorme mérito de William Thomas Morton que nos ha hecho a todos la vida mucho más fácil, difícilmente se me ocurre de entrada un personaje menos cinematográfico que el dentista creador de la anestesia. De entre todos los personajes posibles, ¿por qué escogió éste Preston Sturges para protagonizar su primera (y en realidad única) película seria? Quizá la pista radique en que Sturges fue inventor y sentía interés por el proceso de descubrimiento y experimentación de un nuevo hallazgo, así como las luchas de su responsable para patentarlo. En todo caso, contra todo pronóstico, la película funciona y resulta interesante.

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De entrada hemos de ser conscientes que la versión que podemos ver de El Gran Momento – absurdísimo título impuesto por el estudio en vez de «El Triunfo sobre el Dolor», sugerido por Sturges – no es la que su creador tenía en mente. La Paramount no acababa de sentirse cómoda con la idea de que su principal director de comedias hiciera una película seria, y tras unos pases previos que funcionaron muy mal la volvieron a montar sin consentimiento suyo. Aun así, lo que podemos ver deja entrever igualmente las virtudes de Sturges.

Para empezar tenemos un montaje sorprendentemente caótico que en los primeros minutos de película nos narra los hechos desordenados cronológicamente: los títulos de crédito empiezan con el triunfo de Morton, seguidamente se va a una época futura en que éste ha muerto y su viuda y su socio recuerdan su pasado, vemos un flashback sobre el momento en que perdió la patente y luego otro en que cortejó a su futura mujer. Y entonces, después de habernos mareado durante unos 15 minutos, Sturges se digna a narrar la historia siguiendo un cierto orden. Si hoy día nos parece algo caótico, imaginen para el público de 1944. Y por cierto, si les parece que todo esto es un intento de emular la famosa estructura de flashbacks de la formidable Ciudadano Kane (1941), les recordamos que ese recurso ya se usaba en el primer guión de Sturges para Hollywood, Poder y Gloria (1933) de William K. Howard. No está mal, ¿verdad?

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A partir de aquí la película parece debatirse entre la estructura convencional elegíaca de un biopic y ciertas escenas cómicas que recuerdan al Sturges anterior. Teniendo en cuenta que el estudio cambió el montaje a su antojo, es difícil saber si esta tensión ya estaba en la idea original de Sturges o si en realidad éste quería hacer un biopic más convencional, pero sea quien sea el causante, me gusta el resultado final.

De hecho el discurso de la sentida viuda sobre los logros de Morton nos resulta tan aburrido a nosotros como al personaje del socio, que parece escucharla arrepentido de haber sacado el tema. Más interesante me resultan las escenas cómicas que dan algo de ligereza al film, como el pobre Morton ahuyentando a los pacientes, su primer intento fallido de aplicar su sistema de anestesia o las peleas con su mujer. No por ello la película pierde su seriedad: Sturges de hecho no se corta ni un pelo a la hora de insertar explicaciones reales sobre los elementos químicos utilizados (mientras Morton consulta un libro técnico aparecen impresas en la pantalla las explicaciones) y la escena final es de lo más melodramático que he visto en una película dirigida por Sturges.

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Otros puntos a favor están en el reparto, que cuenta con muchos de los rostros habituales de la factoría Sturges destacando su favorito de todos, William Demarest, en uno de sus papeles de mayor importancia. Otro de los papeles secundarios más destacados recae en un rostro nuevo en el cine de Sturges, Harry Carey, que gozaba de una gran reputación por sus westerns y aquí está magnífico en su papel de médico íntegro. También me gusta mucho el protagonista, Joel McCrea, el típico actor que nunca llegó a trascender al nivel de ser una estrella de primera división pero que desprendía mucha honestidad y que tenía cierto carisma a su humilde manera. Sturges como mínimo vio algo en él, ya que le ofreció el papel protagonista en tres de sus películas, convirtiéndole en el actor al que más veces recurrió para ese rol.

No teman por tanto acercarse a El Gran Momento. No negaremos que no es una película tan conseguida como otras de su autor, y que quizá habría sido aún mejor con el montaje original de Sturges. Pero su personalidad sigue siendo más que evidente y, sobre todo, mantiene la principal cualidad que yo tanto aprecio de su cine: es una película especial. Si El Gran Momento nos narra el triunfo del protagonista sobre el dolor, tras la cámara también podemos presenciar otro triunfo, el del infatigable cineasta sobre un género terriblemente insípido del que consigue extraer una película interesante.

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Sábado Trágico [Violent Saturday] (1955) de Richard Fleischer

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En un pequeño pueblo minero, tres hombres llegan dispuestos a atracar el banco el próximo sábado por la mañana. En paralelo a la planificación del mismo, presenciamos los pequeños conflictos que son el día a día de las personas que se verán involucradas en ese robo: un padre de familia cuyo hijo le ha perdido el respeto porque no luchó en la guerra (ciertamente, a veces es muy difícil contentar a los niños), el director del banco enamorado perdidamente de una enfermera a la que espía como un voyeur o el acaudalado dueño de la mina que tiene una relación infeliz con su mujer que le ha conducido al alcohol.

Sábado Trágico es una refrescante variación respecto a las convenciones del género negro comenzando por la estética adoptada (fotografía en color respecto al clásico blanco y negro) y siguiendo sobre todo por el escenario escogido (un pueblo sureño antes que la clásica metrópolis, muy reminiscente del universo del escritor Jim Thompson). Éste es uno de esos casos en que la grabación en exteriores está más que justificada, ya que el paisaje acaba dándole un tono a la película muy alejado de lo habitual, especialmente en los planos en que se perciben las excavaciones o el paisaje desértico que envuelve este pequeño núcleo urbano.

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Pero lo que hace aun más especial esta película es cómo deja en un curioso segundo plano el atraco hasta prácticamente la media hora final. Normalmente las historias corales de este tipo siempre exponen argumentos que, de alguna manera u otra, acabarán confluyendo con el conflicto principal. Pero en Sábado Trágico uno nota a menudo que el mayor interés reside describir el día a día de los personajes y sus pequeños dramas. Por ejemplo, la subtrama de la bibliotecaria que roba dinero porque tiene una deuda con el banco acaba siendo totalmente irrelevante de cara al argumento principal. Del mismo modo, el diálogo del personaje que interpreta Lee Marvin sobre su relación con su exmujer tampoco aporta luz sobre el personaje ni tendrá relevancia. Se podría decir incluso que una de las tramas más explotadas, la del director del banco obsesionado con la enfermera, podría haberse suprimido limpiamente del guión sin problema. Pero por fortuna no es así, porque lo que hace tan interesante la película son esas historias.

De hecho el atraco en sí mismo no dura demasiado ni tampoco se basa en un plan especialmente complejo, de modo que el mayor punto de suspense es la escena final en la granja que tiene el aliciente adicional de la familia amish y el conflicto entre sus creencias y la realidad. Pero no deben dejar que ello les desanime, si lo prefieren pueden entender Sábado Trágico como un drama coral sobre un pueblo sureño que al final acaba desembocando en el suspense (de igual forma que haría años después Arthur Penn con la magnífica La Jauría Humana).

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A ello cabe añadirle la curiosa decisión de no contar con un reparto estelar pese a tratarse de un drama coral. Las únicas excepciones son Lee Marvin en un papel secundario y Victor Mature (uno de los actores clásicos menos capacitados para la interpretación que he visto) en el principal. A cambio, dos estrellas como Sylvia Sidney o Ernest Bornigne quedan curiosamente relegados a papeles secundarios. Del resto de reparto para mi gusto destaca un actor cuyo nombre confieso que desconocía, J. Carrol Naish, que interpreta al enigmático atracador de apariencia más inofensiva. Es uno de esos personajes de los que se dice poco y se deja mucho a la intuición del espectador, pero del que lo poco que se percibe da una imagen muy interesante sobre él (inolvidable el momento en que da unos caramelos a un niño durante el atraco).

De todas las resoluciones se le podría achacar al film la del personaje de Victor Mature, ya que el plano final traiciona en sí mismo el mensaje que el propio protagonista intentaba inculcar a su hijo unos segundos antes sobre la valentía; pero entendemos que el cine americano clásico necesita de héroes y de finales felices.

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Veredicto Final [The Verdict] (1982) de Sidney Lumet

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Aunque suene a tópico, en ocasiones hay planos que valen por películas enteras. Tenemos a Frank Galvin, un abogado picapleitos venido a menos al que le ha caído del cielo un caso seguro: una mujer que tras un parto problemático ha quedado en estado vegetal a causa de que se le aplicó la anestesia de forma incorrecta. Galvin convence a la hermana y el cuñado de la víctima de que ganarán con toda seguridad la demanda contra el hospital, y empieza a salir de su nube alcohólica para prepararse a emerger después de varios años de capa caída. De cara a preparar el juicio, acude al hospital a ver a la víctima y hacerle algunas fotos, seguramente para apelar a la sensibilidad del jurado. Y es aquí cuando el director nos regala el mejor plano de la película.

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Frank hace dos fotografías a la pobre mujer con una cámara instantánea y deja que se revelen a los pies de la cama. Y entonces, mientras espera que se revelen las fotografías tiene lugar el momento trascendental de la película. De repente deja de prestar atención a su función como abogado (sacar las mejores imágenes posibles para el juicio) y su rostro se torna grave. Nosotros, que no hemos visto en ningún momento a la víctima, tenemos la primera visión de ella a través de un magnífico plano: las dos fotografías que vemos en tiempo real cómo se van revelando hasta mostrar esa dramática instantánea, nuestra primera y única visión de la mujer clave del film por ser la gran víctima son estas imágenes. Al introducirnos a ese personaje de esta forma, con el revelado que va desvelándonos poco a poco lo terrible del estado vegetal en que se encuentra unida a unos tubos, somos más conscientes del horror de lo que sucede. Al mismo tiempo, Frank es en este momento cuando parece darse cuenta de la gravedad de la situación más allá de lo que pueda significar este caso para él como abogado. Cuando uno lidia a diario con desgracias ajenas es fácil perder la sensibilidad y entender cada tragedia como un caso más (eso queda patente en la escena inicial en que se pasea por funerales repartiendo su tarjeta de presentación). Pero es en este pequeño momento de reflexión cuando Frank entiende a esa víctima como lo que es: no su medio de sustento, sino un ser humano que ha perdido su vida por un error fatal. Este plano que nos da a entender esa idea a Frank y a nosotros ya justificaría por sí solo el visionado de Veredicto Final (1982). Pero por suerte, hay más.

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De la generación de directores americanos surgidos en los años 60 del creciente mundo de la televisión, Sidney Lumet fue sin duda el que tuvo una filmografía más estable e interesante en retrospectiva. Así como a principios de los 80 otros compañeros suyos estaban en plena decadencia artística (John Frankenheimer) o contaban con una carrera cinematográfica demasiado inestable (Arthur Penn), Lumet seguía en plena forma. Antes del film que nos ocupa hoy había dirigido El Príncipe de la Ciudad (1981), un excelente drama policíaco sobre la corrupción con un reparto anónimo que merece ser reivindicado, seguida a su vez de una película más juguetona, Deathtrap (1982), un thriller centrado en un espacio cerrado que nos permitía disfrutar de las buenas actuaciones de sus estrellas principales.

Veredicto Final (1982) superaría esos dos films precedentes y se erigiría como una de las mejores obras suyas que he visto más allá de su edad de oro (los años 60 y 70). Cuenta a su favor con una trama que se presta a atrapar al espectador con varios ganchos irresistibles: el abogado venido a menos que intenta recuperarse con ese caso, la lucha del humilde contra un el gigante (el hospital pertenece a una archidiócesis, y como sabrán la Iglesia no se anda con chiquitas cuando alguien le tose), las continuas trampas que le tienden para que caiga y, de fondo, el drama humano sobre esa mujer que ha quedado en estado vegetal y su hermana que intenta hacer justicia.

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Otro punto a favor: el excelente reparto y la confirmación de Lumet como uno de los mejores directores de actores del cine americano. Paul Newman hace aquí una de las interpretaciones más extraordinarias que le he visto: intensa pero creíble, sin excesos; sin recrearse en el patetismo del personaje pero al mismo tiempo evocando su dramática situación. La nómina de secundarios cuenta además con gente tan fiable como Charlotte Rampling, mi adorado James Mason, Jack Warden – quien curiosamente ya apareció en la gran película judicial de Lumet: Doce Hombres sin Piedad (1959) – y Wesley Addy. El guión además corre a cargo de David Mamet, quien hace un muy buen trabajo aunque inicialmente no quería que al final de la película se supiera el veredicto del jurado (¡lo cual habría sido uno de los títulos de película más engañosos de Hollywood!).

En definitiva, se trata de una película que tiene todos los ingredientes para funcionar, y lo hace. El género judicial se ha convertido en tal tópico que en ocasiones da la sensación de que ciertas películas no hacen más que seguir el esquema que se espera de ellas, ya que por sí solas funcionan al evocar una serie de conceptos (la justicia, la lucha contra un enemigo, los interrogatorios llenos de trampas y subterfugios legales) que resultan atractivos. No obstante, en el caso de Veredicto Final, Lumet indudablemente va más allá y factura una buena película con personalidad y ciertas dosis de ambigüedad que nunca están de más: ¿hasta qué punto Frank no está aprovechándose de la situación de ese humilde matrimonio? ¿su negativa a aceptar la compensación económica no es una forma de orgullo que en el fondo va a perjudicarles a ellos, sus clientes? Lumet y Mamet evitan guiar nuestra opinión y dichos interrogantes quedan en manos del espectador.

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Chica para Matrimonio [The Marrying Kind] (1952) de George Cukor

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Con el tiempo voy apreciando cada vez más las películas que parten de un género canónico para luego desmarcarse y tirar por los derroteros que realmente parece que le interesan al director. Como si el adscribirse a ese género fuera una necesidad productiva (los amables distribuidores necesitan poder clasificar esa obra dentro de una categoría concreta) que se cumple a regañadientes, pero dejando bien claro al espectador perspicaz de qué va realmente el meollo. Y resulta significativo que mencione esto hablando de Chica para Matrimonio (1952) cuando precisamente uno de mis ejemplos favoritos de este tipo de estrategias nos lo ofreció el mismo director años atrás en una película ya comentada por estos lares: la extraordinaria Vivir para Gozar (1938).

En aquel film, Geoorge Cukor partía de una pareja de actores adscritos al género de la screwball comedy haciéndonos prometer otra comedia disparatada de enredo que luego no acababa siendo del todo así. En el caso que nos ocupa hoy la estrategia es idéntica al repetir colaboración con la actriz cómica Judy Holliday, que tan buenos frutos dio en la divertida Nacida Ayer (1950)  Pero, ay amigos, si por el título y su actriz protagonista esperaban una mera comedia, el primer visionado de Chica para Matrimonio les sorprenderá con una reflexión sobre la vida conyugal, en ocasiones divertida y en otras muy amarga.

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La película empieza en un tribunal donde se está tramitando el acuerdo de divorcio entre Florende y Chester Keefer. La jueza decide aplazar la sesión hasta el día siguiente y se lleva aparte a la pareja para que les cuenten ellos mismos por qué quieren separarse exactamente. A través de una serie de flashbacks vamos conociendo toda la vida matrimonional de Florende y Chester, que al principio nos parece demasiado entrañable como para conduzca a un divorcio – una sensación similar a la que transmite El Diablo Dijo No (1943)  de Lubitsch, en que el relato del protagonista sobre sus experiencias amorosas en modo alguno justifica su posible entrada al infierno.

En un principio todo apunta a una divertida comedia de reconciliación amorosa y la manera de actuar de sus dos protagonistas nos confirma esa tendencia: Judy Holliday con ese tono de voz a veces casi histérico y quizá demasiado sujeta a un registro cómico y, en contraste, un Aldo Ray de voz carrasposa haciendo de marido gruñón. Lo más interesante del film llega cuando aparece súbitamente el elemento melodramático, que es cuando el director y los guionistas deben conseguir que dos personajes así se enfrenten a momentos tan terribles como los que les esperan sin perder su esencia. Y, sobre todo, que funcione.

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Chica para Matrimonio se va moviendo entonces en ese terreno pantanoso que son las discusiones y decepciones matrimoniales ofreciéndonos las dos caras de una misma moneda. La comedia ha convertido en un tópico estas discusiones y malentendidos conyugales, pero ¿qué pasa cuando se muestran esos mismos conflictos desprovistos de ese tono cómico? ¿hasta qué punto nos está permitido seguir riendo en Chica para Matrimonio y en qué momento debemos aceptar que todo eso ya no tiene gracia? Las situaciones son las mismas al principio y el final de la película: Florende y Chester discuten por algún malentendido entre ambos, pero al principio nos resultaba divertido, al final en cambio somos testigos de cómo su hija queda traumatizada por las peleas. Cukor simplemente ha cambiado el contexto y el tono, pero los hechos son los mismos. Casi nos está haciéndonos plantear cuanto hay de amargo tras esas típicas situaciones de comedia.

El espectador que espere una comedia convencional al uso saldrá decepcionado porque en su tramo final Chica para Matrimonio no resulta divertida pese a su simpático título. Pero tampoco lo pretende. Y cuando continua siendo, lo hace de una forma extraña y ambigua, como cuando después de una dura discusión su hija les obliga a cantar antes del desayuno una canción infantil sobre empezar el día felizmente de buen humor. La forma como Holliday y Ray la entonan resulta por un lado humorística dada su desgana, pero también es cierto que estamos presenciando la ruptura de esa placidez doméstica en que los padres cantaban cada mañana con su hija una cursi cancioncita optimista, que no se corresponde ya con su realidad.

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Cukor, un cineasta con mayúsculas, estaba ya en ese punto de su carrera más que curtido y lo demuestra jugueteando un poco con detalles muy interesantes. Un ejemplo son esas narraciones en flashback en que la voz en off se alarga mucho más de lo que esperaríamos (y sin ningún acompañamiento musical de apoyo) hasta que el personaje imita cómicamente un efecto de sonido de los que hay en la escena y, sorpresivamente, pasamos a escuchar todos los sonidos diegéticos. El otro elemento clave es lógicamente el guión, escrito por dos de sus colaboradores predilectos: Garson Kanin y Ruth Gordon, autores de algunas de las historias más perspicaces y con personalidad que Cukor filmó en esos años, como la famosa La Costilla de Adán (1949).

El final no sorprenderá a nadie. Sabemos que ambos están destinados a reconciliarse o, como mínimo, a darse una segunda oportunidad. Pero ambos no llegan a ese punto después de una serie de divertidos malentendidos como en una comedia de Katharine Hepburn con Cary Grant o Spencer Tracy. Ambos llegan a ese punto después de obligarse a replantearse su matrimonio y su relación, y eso es lo que hace la película aun más especial.

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Juntos hasta la Muerte [Colorado Territory] (1949) de Raoul Walsh

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En estos tiempos en que Hollywood ha conseguido que la palabra «remake» quede tan devaluada, no está de más recordar que dicho recurso no implica necesariamente una copia descolorida y sin gracia de otra película, y que existe siempre la posibilidad de rehacer otro film de forma creativa. A veces basta con un pequeño detalle que cambia el planteamiento de la trama por completo, como coger al protagonista de Un Gran Reportaje (1931) y convertirlo en una mujer, que fue lo que hizo muy astutamente Howard Hawks en la maravillosa Luna Nueva (1940). O simplemente, mantener la misma trama pero trasladarla a otro género, como hizo Raoul Walsh en el film que comentamos hoy.

Juntos hasta la Muerte (1949) era un remake de otra película del propio Walsh, El Último Refugio (1941); y resultaba una elección que implicaba ciertos riesgos, ya que no solo el remake no estaba demasiado alejado en el tiempo de la original, sino que además la película de la que partía es posiblemente la mejor de su carrera, de modo que las comparaciones difícilmente estarían a la altura. A cambio, Walsh tuvo la inteligente idea de mantener la trama tal cual pero pasando del cine negro al terreno del western – no se crean que esa conexión entre ambos géneros fuera algo nuevo para Walsh, y si no echen un vistazo a Perseguido (1947), una especie de ¿western noir?

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Tenemos de nuevo como protagonista a un forajido, Wes McQueen, que escapa de la cárcel para llevar a cabo un último delito: asaltar un tren. Dicho plan ha sido urdido por un viejo conocido suyo, que le ha conseguido como compañeros a dos indeseables y a una mujer llamada Colorado, una excorista que, lo han adivinado, quiere empezar una nueva vida y seguramente no se resistirá a los encantos de Wes.

De entrada el cambio de género no supone ningún problema, ya que el mismo planteamiento se amolda perfectamente a los códigos del western. No obstante, El Último Refugio tenía en sí mismo algunas connotaciones que era inevitable perder en este nuevo escenario: aquel film suponía el canto del cisne de la figura del gángster que tanta popularidad tuvo en los años 30, pero al western crepuscular aún le faltaban bastantes años para que empezara a entonar una visión más elegíaca del género. Del mismo modo, siempre agradezco la presencia de Joel McCrea (clásico buen actor de segunda categoría que no obstante me cae simpático y lo prefiero incluso a otros de primera línea), pero cabe reconocer que no da mucho el pego como antiguo criminal con ganas de reformarse. Su rostro y su expresión son demasiado heroicas como para ser un forajido creíble, mientras que Bogart en el film original era la plasmación perfecta de ese antihéroe: un criminal desgastado que ha visto de todo pero que mantiene ciertos principios morales.

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Pero si dejamos de lado las comparaciones, seguiremos encontrándonos ante un gran western con todos los ingredientes necesarios para ello: notables interpretaciones, un buen uso de los entornos naturales (especialmente la guarida casi fantasmal y el cañón en que se refugia el protagonista al final), frases inolvidables en ese extraño argot de vaqueros («No quiero funerales en este picnic«), un final magnífico que se mantiene fiel a la premisa e intenciones del film y, por supuesto, un trabajo de dirección excepcional de Raoul Walsh, uno de los más grandes realizadores americanos que representan a la perfección cómo debía ser el cine clásico de Hollywood en su mejor expresión.

En definitiva, Juntos hasta la Muerte es un western con suficiente personalidad como para defenderse por sí solo sin necesidad de recordar su referente. No es una obra clave del género como la original en el caso del film noir, pero resulta más que notable. Y, además, aquel mismo año Walsh aún tuvo tiempo de volver a crear otra película imprescindible del género policíaco: Al Rojo Vivo (1949). ¿Recuerdan aquellos tiempos en que un director podía filmar más de una película al año y ambas ser de una gran calidad o, incluso (como es el caso de la que le siguió a ésta), una de ellas ser una obra maestra?

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El Caserón en las Sombras [The Old Dark House] (1932) de James Whale

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Cada vez estoy más convencido de que la participación de James Whale en el cine de terror fue más fruto de una casualidad que de un interés real por este tipo de películas. Aunque su nombre quedará por siempre asociado a ese tipo de films, sobre todo a raíz de haber dirigido la más famosa versión de Frankenstein (1931), sus posteriores incursiones en el género me dan la sensación de un cineasta que en realidad prefería explorar un cierto sentido del humor muy macabro antes que aterrorizar al espectador. Solo eso explicaría el enfoque que le dio a sus otras obras emblemáticas del género, como El Hombre Invisible (1933) – con un Claude Rains más desquiciado que aterrador – o La Mujer de Frankenstein (1935) – célebre por su peculiar combinación de escenas de terror puro con otras más bien cómicas. Lo mismo podría aplicarse a El Caserón en las Sombras (1932), que pese a pertenecer a la tradición de tétricas mansiones góticas se trata de un film que a ratos nos da la sensación de que su autor no parece después de todo tan interesado en asustarnos.

La película se produjo a raíz del enorme éxito de Frankenstein, que hizo que la Universal viera con buenos ojos volver a reunir a su director y su protagonista en otra obra de terror. Lo que sucedió es que ya el propio guión se encargó de convertir la novela original en una adaptación mucho más ligera que no se tomaba a sí mismo del todo en serio. Whale, sin duda complacido con este enfoque, acabó entregando a la Universal una excéntrica combinación de terror y comedia negra.

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La premisa les resultará harto conocida hoy día: unos viajeros son sorprendidos por una terrible tormenta en un viaje por una región remota de Inglaterra y encuentran una mansión en la que pedir refugio. Por supuesto, la tétrica casa en cuestión está habitada por una extraña familia que incluye dos hermanos de avanzada edad, su padre de más de 100 años confinado en su lecho y un mayordomo mudo y alcohólico. A medida que avanza la noche se enteran de la existencia de un cuarto miembro, un hermano de tendencias psicópatas y pirómanas que está encerrado en una habitación.

Vista hoy día, El Caserón en las Sombras cuenta ante todo con dos grandes atractivos, de los cuales el más obvio e innegable es su deslumbrante reparto: Raymond Massey, Charles Laughton (en su primer papel en Hollywood), Melvyn Douglas como simpático galán y Boris Karloff encarnando al mayordomo de aspecto tenebroso. De hecho, aunque uno podría esperar que Karloff sería el protagonista, su papel acaba siendo bastante secundario, aun cuando en el inicio del film aparece un curiosísimo mensaje en que se resalta que el personaje del mayordomo lo encarna el mismo actor que interpretó al monstruo de Frankenstein (por si no quedaba claro que el señor Laemmle Jr. quería explotar el éxito del film precedente).

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Simplemente dejando a estos grandes intérpretes haciendo su trabajo, la película ya se sostendría sola: Laughton en un papel más relajado y algo humorístico, Melvyn Douglas muy acertado en su doble faceta (esencialmente cómica en la primera parte del film pero que luego se transforma en héroe en el tramo final), Karloff explotando su faceta tenebrosa o actores menos conocidos como Ernest Thesiger y Eva Moore como los propietarios de la casa.

El otro gran aliciente es obviamente la realización de James Whale, explotando al máximo todos esos recursos que ya había exhibido en Frankenstein dándole a la mansión una apariencia gótica y tenebrosa. De hecho lo que hace de éste un film tan excéntrico es la combinación de esa puesta en escena que le da a la película un look de terror y su contenido que, en otro contexto, podría dar para una comedia de situación: un triángulo amoroso, una casa desastrosa en que intentan pasar la noche, los propietarios de modales tan extraños… Al margen de que el espectador acepte mejor o peor esta combinación cabe recordar que es una mezcla muy audaz y atrevida: se trata de una obra estrenada en 1932, y mientras el género de terror estaba reformulando sus códigos clásicos con el sonoro, Whale ya estaba adelantándose y dándole la vuelta para combinarlo con otro género tan diferente como la comedia.

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Pero por si el espectador se sentiría defraudado por las pocas dosis de terror que ofrece la película, el final concentra todo el suspense que echaría uno en falta. La larga escena entre el personaje de Melvyn Douglas y el hermano pirómano es de una tensión casi insoportable, al no saber a ciencia cierta cómo se comportará el inestable psicópata. Douglas aquí pierde su tono burlón de vueltas de todo y se revela como el héroe que debe salvar al resto de protagonistas, saliendo indemne del reto.

En definitiva, no se acerquen a El Caserón de las Sombras esperando un clásico prototípico de terror y véanla como una juguetona amalgama, en que Whale explotaba sus capacidades como director capaz de crear un entorno tenebroso con su peculiar sentido del humor.

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