Estados Unidos

Las Aventuras de Jeremiah Johnson [Jeremiah Johnson] (1972) de Sidney Pollack

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Muy notable western de Sidney Pollack que narra las vivencias de un aventurero que decide adentrarse en las Montañas Rocosas y vivir en la naturaleza lejos de la civilización y que sirve como perfecto vehículo de lucimiento para Robert Redford.

Jeremiah Johnson es un hombre que por algún motivo que nunca se nos aclara busca huir de las ciudades y vivir en soledad. Paradójicamente, en esta nueva vida en las montañas Jeremiah prácticamente nunca estará solo y el film se estructura en varios episodios según los personajes con los que se va topando.
En primer lugar conoce a un trampero de avanzada edad llamado Bearclaw Grizlap que parece ser un experto cazador de osos y que le enseña a sobrevivir en la montaña. Su segundo encuentro relevante tiene lugar en una casa cuyos ocupantes han sido masacrados por los indios. Jeremiah sólo entabla contacto con los dos supervivientes: la madre, que ha enloquecido por completo, y el hijo que ha enmudecido por los horrores de los que ha sido testigo. A continuación salvará a otro trampero solitario llamado Del Gue que le llevará a enfrentarse con los indios por primera vez y contra su voluntad. Finalmente, por accidente acaba teniendo que aceptar a la hija de un jefe indio por esposa. Jeremiah Johnson, que se refugió en las montañas en busca de soledad de repente se encuentra con una mujer y un hijo.

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Curiosamente es con esta familia impuesta que Jeremiah parece encontrar la felicidad. Construye una pequeña cabaña para que les sirva de hogar (la demostración definitiva de que ya no quiere ser un trampero nómada sino asentarse como una persona normal) y en ella consiguen vivir los tres en paz y armonía. El problema llegará cuando sea requerido por un oficial del ejército a ayudarles a rescatar unos colonos atrapados en la nieve. Para ello atraviesan contra su voluntad un cementerio indio y, como venganza, la tribu asesina a su familia. Todas esperanzas de vivir felizmente el resto de sus vidas se desvanecen.

Jeremiah vuelve entonces al punto de partida, vuelve a ser un solitario nómada que se desplaza sin rumbo y que ahora nos parece más desencantado y amargado que antes. Nuestro protagonista se encontrará con los mismos personajes que en la primera mitad del film pero a diferencia de antes, su inocencia se ha convertido en cinismo. Además ahora se ve perseguido continuamente por indios que quieren matarle por el sacrilegio que ha cometido, su única posibilidad es llegar a Canadá donde «hay tierras que ningún ser humano ha visto todavía«. Después de un leve retorno a la socialización al haber formado una familia, opta por una ruptura absoluta con la civilización.

Al final del film, Jeremiah vuelve a toparse con el primer personaje que se encontró en el bosque al inicio del relato, cerrando así el círculo: el jefe indio. En su primer encuentro, el torpe Jeremiah intentaba pescar en vano y el jefe le miraba con desprecio por su torpeza. Ahora, años después y tras haber conseguido matar a todos los guerreros indios que intentaron acabar con su vida, tiene lugar el enfrentamiento final. Pero para su sorpresa, el jefe indio en lugar de atacarle le saluda con la mano, dando a entender que ha conseguido ganarse su respeto y que ya no es su enemigo. Jeremiah Johnson parte entonces hacia tierras desconocidas habiéndose reconciliado con los últimos seres humanos con los que seguramente tendrá contacto.

Pollack, basado en un guión de John Milius, consigue construir un film muy sólido que se escapa de los westerns tradicionales al centrarse en la figura del trampero, del hombre que huye de la civilización y se refugia en la naturaleza. Una trama abierta a muchas interpretaciones, aunque yo creo que la clave de todo está en las palabras que le dice el anciano trampero Bearclaw Grizlap al inicio del film: «Muchos suben aquí para ser diferentes. Esperan sacar de la montaña algo que ellos no llevan dentro. Pero es inútil, no se puede engañar a la montaña«.

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El Tenorio Tímido [Girl Shy] (1924) de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor

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Una de las películas más bonitas que he visto y, en mi opinión, la mejor obra de Harold Lloyd junto a El Hombre Mosca (1923). A diferencia de otras de sus películas más míticas, El Tenorio Tímido no es una comedia pura sino más bien una tierna historia de amor adornada con un pequeño surtido de gags cómicos. La premisa es aplastantemente sencilla: Harold es un joven que vive en un pequeño pueblo y que es enfermizamente tímido con las mujeres hasta el punto de ser incapaz de relacionarse con las chicas del pueblo o poder dirigirles la palabra sin tartamudear. En una especie de intento por compensar esa incapacidad, Harold se dedica a escribir un libro en que relata sus imaginarias aventuras amorosas con una serie de mujeres de todo tipo. Cuando se dirige en tren a la ciudad para llevar su manuscrito a un editor, Harold conocerá a Mary, una simpática joven de familia elegante. En el trayecto ambos se enamorarán pero no se atreverán a manifestar abiertamente sus sentimientos, sobre todo Harold, que no quiere pretenderla hasta que sea un hombre de provecho a la altura de la posición de ella.

Uno de los primeros aspectos que cabe resaltar del film es que en esta obra ya notamos que tanto Harold Lloyd como los directores Fred C. Newmeyer y Sam Taylor dominaban ampliamente el lenguaje cinematográfico y aspiraban a crear algo más que una simple comedia. No se contentaban ya simplemente con elaborar una serie de gags efectivos sino que podemos observar un trabajo de realización bastante más trabajado que el de una película cómica del montón. Una de las mejores muestras de ello es la escena en que Harold se imagina sus episodios amorosos con una vampiresa y una chica a la moda, escenas tratadas con muchísima gracia reflejando los tópicos relacionados con ambos estereotipos y excelentemente recreadas (por ejemplo, es fantástico el tipo de ambientación que envuelve la escena de la vampiresa y cómo Harold se sirve de ésta para crear gags).
También resulta muy destacable ese trabajo en la romántica escena campestre, que consigue resultar divertida sin romper la ambientación tan idílica que rodea a la pareja protagonista (impagable cuando Harold busca un lugar acogedor con el que sentarse con Mary). En otras palabras, consigue el objetivo general de la película: conmovernos con la historia de los protagonistas sin dejar de ofrecernos pequeños gags que hacen que el romance no se haga demasiado empalagoso.

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El guión es otro de los puntos fuertes de esta película por la forma como se nos cuenta la historia que nos lleva de una situación a otra con toda fluidez y por el inteligente uso de diversos recursos como objetos para darnos a entender lo que piensan los personajes. El mejor ejemplo de ello es la caja de galletas de perro y la de bombones, que aparecen en todo el film y tienen un fuerte significado. La primera vez que se encuentran en el tren él consigue de ella una caja de galletas de perro y ella una caja de bombones que Harold compra por accidente. A lo largo del film ambos personajes recurrirán a estos objetos para recordar a su ser amado, lo cual no está exento de comicidad (sobre todo en el caso de la divertida caja de galletas con un feroz bulldog dibujado en el paquete) y que sirve como parodia de las tópicas historias románticas en que la pareja guarda como recuerdo algo como una flor, un mechón de pelo o un bello pañuelo.

El momento más doloroso y dramático es cuando Harold decide romper con ella porque nunca será un hombre de provecho (la típica decisión que uno se supone que toma desinteresadamente «porque la ama demasiado» pero que en realidad acaba siendo una estupidez) y le hace creer que para él su relación no era más que otro de sus muchos ligues. Más adelante no será casual que para darle a entender su traición decida comprar a otra mujer una caja de bombones de la misma marca que él le compró antes en el tren (curiosamente, luego le quita la caja a su nuevo ligue y se escapa corriendo, como si no pudiera soportar el hecho de comprarle los mismos bombones a otra). Mary, desconsolada, destrozará la caja de bombones de su amado Harold y aceptará casarse con su estirado pretendiente, pero más adelante sabremos que ella sigue amándole cuando veamos cómo intenta reconstruir la caja. Este tipo de sutilezas, tan propias de las comedias clásicas de Hollywood, me encantan y resultan sumamente efectivas para dar más fluidez.

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Y finalmente, por si alguien se había olvidado de que estamos hablando de una comedia, pasemos a los aspectos humorísticos. A estas alturas no creo que haga falta mencionar la destreza de Harold Lloyd para elaborar divertidas situaciones y su detallismo para hacer que cada gag sea absolutamente perfecto y lo más efectivo posible. En ese sentido la escena inicial en el tren en que tanto Mary como Harold intentan esconder el perrito de ella del furioso revisor resulta divertidísima, así como el inteligente uso del tartamudeo de Harold, que aparece a lo largo de todo el film y sirve para dar pie al gag final.

Sin embargo, si por algo destaca El Tenorio Tímido en lo que a comicidad se refiere, es por su frenética carrera final a contrarreloj para impedir que ella se case con su pretendiente. Una escena de 25 minutos en la que Lloyd vuelve a combinar a la perfección comicidad y suspense como ya hizo en El Hombre Mosca. En esa larga carrera, Harold emplea todos los medios a su alcance para irrumpir en la ceremonia antes de que sea demasiado tarde: coches, motos, caballos e incluso un tranvía. Gracias a un efectivo montaje en paralelo, se consigue mantener el suspense en todo momento al mismo tiempo que se nos hace reír con los numerosos gags que aparecen en su carrera (como cuando Harold coge un coche que transporta ilegalmente bebidas alcohólicas, una divertida concesión a la época) y que acaban culminando en su espectacular entrada en la iglesia.

Con El Tenorio Tímido, el equipo formado por Harold Lloyd, Fred C. Newmeyer y Sam Taylor llegaron a su plena madurez y demostraron que dominaban no sólo el slapstick sino el medio cinematográfico a la perfección. Maravillosa.

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Los Bajos Fondos [Underworld U.S.A.] (1960) de Samuel Fuller

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Magnífico thriller de Samuel Fuller en el que retrata de forma cínica y corrosiva el mundo de la mafia y la corrupción sirviéndose de la clásica historia de venganza. Tolly Devlin es un joven nacido y educado en los bajos fondos que se gana la vida como puede. Una noche presencia cómo cuatro individuos asesinan a su padre y decidirá que de ahora en adelante dedicará su vida a vengar su muerte. Siendo un adulto, es ingresado en la cárcel por forzar una caja fuerte y ahí dentro consigue encontrar al único de los cuatro agresores que pudo identificar aquella noche, quien le confiesa antes morir quiénes eran los otros tres. Al salir de prisión descubre que ahora son tres grandes mafiosos que controlan los sindicatos, la prostitución y las drogas. La única manera de acceder a ellos será introducirse en su organización.

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Sin duda una de las mejores obras de Samuel Fuller. Una película cruda y visceral que bajo el pretexto de la venganza del protagonista nos muestra los bajos fondos y la corrupción que domina la sociedad. Fuller no escatima detalles en enseñarnos cómo la mafia tiene controlada a la policía y además actúa libremente bajo tapaderas. El director y guionista no se anda con medias tintas, como podemos comprobar en el discurso que hace el gran jefe mafioso a sus subalternos desde su cómoda hamaca al lado de la piscina: «Siempre habrá gente como nosotros, pero mientras no haya pruebas escritas, mientras en Proyectos Nacionales llevemos actividades legales, paguemos impuestos por ganancias legales, hagamos donaciones y organicemos rastrillos en iglesias… ganaremos la guerra. Siempre ha sido así.» Ya no estamos hablando sólo de drogas o prostitución, sino también de las máscaras que ocultan estas actividades delictivas.

En cierto momento del film el protagonista pregunta a uno de los matones más sanguinarios para qué sirve la piscina que se encuentra en el edificio de la organización y éste le explica que es para los jefes pero que, de vez en cuando, la abren para niños desfavorecidos por motivos benéficos. A continuación añade que una vez estuvo trabajando de salvavidas para esos niños y comenta sonriente cómo disfrutó del trabajo, lo cual nos hace pensar si ese joven de aspecto tan agradable no debería haberse dedicado a eso y no a matar gente.

Una de las virtudes que más me gusta de Fuller es que es un cineasta que va directo al grano. Sus películas podrán tener algunos defectos, pero la falta de ritmo nunca es uno de ellos. La forma como sintetiza todo lo que sucede en pocos minutos, mostrándonos solo los hechos más relevantes, hace que uno no pierda en ningún momento el interés. Lo que otro contaría en quince minutos, Fuller nos lo escupe en cinco y aún le sobra tiempo, pero sin precipitarse, simplemente centrándose en lo que importa y obviando el resto. Por ejemplo, de la estancia del protagonista en prisión durante varios años sólo vemos una escena en la celda en que pregunta por el hombre que busca, un par muy breves en que se ve cómo consigue trabajar en la enfermería de la cárcel para acercarse a él y finalmente la escena en que le arranca la confesión. Todo esto que representan varios años en la vida de Tolly, Fuller nos lo ha contado en cinco minutos.

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Aquí también queda patente su estilo tan visceral y descarnado, sin concesiones. El tipo de gente que retrata no tiene escrúpulos y él por lo tanto nos los retrata sin censuras en escenas como en la que un matón asesina fríamente a una encantadora niña.

Visualmente también se nutre de algunos recursos muy interesantes que enriquecen la obra con pequeños matices. Por ejemplo la protectora de Tolly, que vive rodeada de docenas de siniestros muñecos (y en un instante muy breve se nos insinúa que eso es debido a que no puede tener hijos), o el gesto que repite siempre el matón de la organización antes de asesinar a alguien: ponerse sus gafas de sol.

A Fuller no le hacían falta elevados presupuestos o actores reconocidos para llevar adelante una gran película, él sólo se las apañaba con esas limitaciones para hacer una obra vibrante en la que además pudiera mostrarnos la descarnada realidad de los bajos fondos.

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Desengaño [Dodsworth] (1936) de William Wyler

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Sam Dodsworth es un importante empresario que acaba retirándose de su negocio y decide aprovechar su nueva libertad para emprender un viaje a Europa con su esposa Fran. El viaje, que supuestamente iba a ser idílico, acaba sacando a la luz las diferencias entre ambos hasta acabar separándoles: Sam es como un niño, ilusionado por descubrir Europa por primera vez, mientras que Fran está más preocupada por parecer sofisticada y aparentar menos edad de la que tiene, lo cual acaba traduciéndose en coqueteos con toda una serie de hombres.

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Sin ser una de las mejores obras del gran William Wyler, este drama resulta sumamente interesante por el tema que se atreve a tratar y por la construcción de los personajes, que es la base de todo el film. Resulta descorazonador recordar las escenas en que inician el viaje ilusionados y compararlas con todo lo que les sucede en Europa. Poco a poco vamos comprobando cómo este cambio de aires ha afectado sobre todo a Fran, que de repente parece interesada sólo por seguir la moda francesa y codearse con gente importante. En ese sentido no podemos evitar simpatizar con la simpleza y honestidad de Sam, quien le recuerda constantemente que por mucho dinero que tengan ellos no dejan de ser dos paletos americanos. De hecho la simple mención de que ella es la hija de un cervecero le sienta a Fran casi como un insulto. Esta actitud tan paranoica llega a su máximo nivel cuando su hija da a luz y Sam le recuerda sarcásticamente que deben comportarse como buenos abuelos. El hecho de ser abuela la lleva al extremo de no querer hablar con su hija por teléfono el día del parto por miedo a que el invitado al que esperan se entere de la noticia, y por tanto de que es mayor de lo que dice ser.

Uno no puede evitar entonces simpatizar con el honrado Sam, que no sólo está por encima de esas manías sino que además le perdona sus coqueteos. Como ejemplo de ello tenemos la escena que tiene lugar en el barco en que Fran le confiesa que ha estado coqueteando con un apuesto inglés (interpretado por un joven David Niven), a lo que él responde no con celos o furia, sino burlándose de ella por haber sido tan coqueta sin saber dominar la situación. Este primer ligue le servirá a Fran como experiencia cuando su rechazado amante le eche en cara su contradictoria moralidad: le gusta coquetear con él pero se siente culpable si se atreve a llegar más allá. Fran aprenderá la lección y con su próxima conquista se atreverá a dar ese paso adelante.
Sin embargo, en un intento de hacer justicia a ambos miembros de la pareja, también se nos hace un seco retrato de la forma de ser de Sam, que ciertamente es comprensivo y poco celoso, pero también es maniático y obsesionado con su trabajo. En su breve estancia en casa sin su esposa no cesa de gritar a su hija porque no ha conservado la biblioteca como a él le gustaba, haciéndonos preguntar si echa de menos a Fran porque la quiere o porque le resulta más cómodo vivir con ella. Resulta comprensible que Fran se cansara de esa vida y que la excitante nueva vida que se le presentara en Europa se le hiciera más excitante.

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No sería exagerado decir que gran parte del film se sustenta en la interpretación de Walter Huston, uno de los más grandes y olvidados actores de la época, que desempeña como de costumbre una actuación memorable que ya justifica por sí sola el visionado de la película. Una sola mirada suya nos consigue dar a entender el estado en que se encuentra el personaje. Desafortunadamente, hacia la mitad del metraje el film pierde algo de interés al no saber condensar situaciones un tanto repetitivas que alargan demasiado la trama y hacen que el resultado final se resienta un poco.

Eso sí, no se hace ningún tipo de concesiones a la relación del matrimonio y se evita caer en el burdo happy ending, que aquí habría sido desastroso. La escena final en que ambos vuelven a EEUU en barco es tan ácida que me resulta casi insólita para la época: la pareja que emprendió el viaje de ida felizmente abrazados vuelven sin tener nada de que hablar, asqueados y comprendiendo que ya no tienen motivos para estar juntos. El paradigma del clásico matrimonio americano feliz reducido a cenizas.

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Soledad [Lonesome] (1928) de Paul Fejos

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Notable film semidesconocido de Paul Fejos surgido en la época en que el cine mudo llegaba a su fin. La historia que nos narra es sumamente sencilla: el encuentro y enamoramiento de dos personas (Jim y Mary) que se conocen por casualidad una tarde y que pasan la noche juntos en un parque de atracciones hasta que accidentalmente se pierden de vista y no saben si podrán volver a encontrarse.

Soledad es una de esas películas en las cuales no hay apenas un conflicto sino que parece que lo que más interesa al director es mostrarnos la evolución de la relación entre Jim y Mary y cómo, poco a poco, van estrechando lazos hasta acabar enamorados. Es una obra tremendamente sutil y delicada que consigue transmitirnos perfectamente el enamoramiento entre ambos mediante algo en principio tan intrascendental como el tiempo que pasan en la feria. En ese sentido me recuerda mucho (salvando las distancias) al segmento central de Amanecer (1927) de Murnau en que la pareja protagonista se volvía a reconciliar pasando el día en la gran ciudad. En ambas películas la acción parece detenerse para simplemente recrearse en los dos protagonistas y su relación sentimental, y además tienen bastantes puntos en común que se repiten: la fotografía en pareja (impagable la cara con que sale él fotografiado), el parque de atracciones, la tormenta… El gran mérito tanto de Amanecer como de Soledad es que consiguen reflejar en sus imágenes la esencia de esa relación, ese algo indescriptible que nos hace notar la evolución de sus sentimientos.

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El húngaro Paul Fejos hace un excelente trabajo de dirección que consigue enriquecer una historia tan «pequeña». La primera parte del film nos explica mediante un ingenioso montaje paralelo un día cotidiano de cada uno: mientras ella se levanta con tiempo y se arregla coquetamente, él se despierta tarde y de forma cómica; ambos coinciden en el mismo bar sin darse cuenta; él trabaja en una fábrica y ella de telefonista haciendo el mismo horario, y finalmente ambos al salir del trabajo se sienten fuera de lugar porque sus amigos van a pasar la tarde con su pareja mientras que ellos están solos. El montaje paralelo se acaba de redondear con un genial trabajo de sobreimpresiones: mientras vemos la  jornada laboral de cada uno de fondo se mantiene en todo momento la imagen de un reloj que nos enlaza ambos personajes además de darnos a entender el paso del tiempo.

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Soledad es indudablemente una obra de su tiempo, una película que refleja perfectamente la estresante vida urbana de los años 20. De hecho Jim y Mary aparecen siempre rodeados de enormes multitudes (en el tranvía, en la playa, en el parque de atracciones…) y será este hecho el que les hará imposible volver a encontrarse en el parque de atracciones, puesto que en realidad no dejan de ser dos insignificantes personas más en mitad de una enorme multitud totalmente inconsciente de ese pequeño drama humano tan importante para sus protagonistas. En cierta forma se podría decir que el film intenta mostrarnos el surgimiento de un hecho tan sublime como es el encontrar a la persona amada en medio de una sociedad cada vez más inhumana y en la que el individuo no cuenta más que como otro miembro de la masa.

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Nacida Ayer [Born Yesterday] (1950) de George Cukor

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Divertida comedia dirigida por un maestro del género como era George Cukor. Basada en una exitosa obra de Broadway, el film recrea de nuevo el mito de Pigmalión contándonos como un periodista lleno de ideales llamado Paul Verrall es contratado por Harry Brock, un pez gordo de la mafia, para dar una buena educación a su amante Billie Dawn, una ex-corista algo tonta aunque de buen corazón. El motivo de este trato es que Brock está en Washington intentando conseguir los favores de un congresista, pero para ello necesita codearse con importantes personalidades del gobierno y su amante carece de los modales necesarios para moverse en reuniones de alta sociedad.

Se trata sin duda, una de las comedias más eficaces de Cukor, sustentada por un guión impecable, su trabajo como director (especialmente la dirección de actores, su mayor punto fuerte) y un sólido reparto. Del trío protagonista destaca con luz propia Judy Holliday interpretando a la ingenua amante de Harry, papel que le valió de un merecido Oscar. La actriz encarna a la perfección ese tipo de personaje siendo graciosa y creíble al mismo tiempo, consiguiendo que la mayoría de los mejores momentos cómicos nazcan de ella (no debemos olvidar que también era la protagonista de la versión teatral de la obra). Los otros dos papeles son encarnados a su vez por dos veteranos infalibles: el periodista es interpretado por William Holden y el mafioso es Broderick Crawford, a quien muchos recordamos especialmente por El Político (1949).

El conflicto del film llegará cuando descubramos que lo que Harry Brock entiende por educación es bastante distinto a lo que piensa Paul: Harry en realidad quiere que Billie siga siendo igual de tonta pero con modales para saber moverse en sociedad, Paul en cambio la educará en valores como la democracia, la igualdad y respeto entre seres humanos. Eso hará que Billie sea consciente de su situación y la de su amante y quiera romper con ese mundo.

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Aunque es tratado de forma muy superficial, durante el film surge brevemente el tema de la corrupción mediante el congresista que está siendo comprado por Harry. Dicho conflicto tiene su momento cumbre en esa maravillosa escena en que la ingenua Billie interroga a solas al político preguntando cómo puede ser que su amante sea capaz de tratarle así a él, que representa a miles de electores. Sin darse cuenta, con su ingenuidad está echando en cara al apesadumbrado congresista su corrupción. Curiosamente, aunque el tema no se profundiza y se zanja en la mayoría de escenas con frases que no dejan de recordarnos lo maravilloso que es el sistema americano, en su momento trajo controversias porque se dijo que ponía en duda el sistema político (recordemos que fue estrenada en el momento cumbre de la paranoia anticomunista y la caza de brujas en Hollywood, cualquiera que cuestionara mínimamente lo perfecto que era el gobierno americano era un sospechoso de comunista en potencia).
También pondrá Billie en evidencia a su mentor Paul sin darse cuenta cuando esté le explica el artículo que ella ha intentado leer en el periódico («Es lo más maravilloso que he leído nunca. No he entendido ni una palabra«), y ella le responde que por qué simplemente no lo escribió con las mismas palabras que ha usado para aclararle su significado. ¿Qué necesidad hay de utilizar una prosa compleja pudiendo llegar a todo el mundo con un lenguaje sencillo?

De la dirección de Cukor me gustaría destacar algunos aspectos como la maravillosa escena en que Billie y Harry juegan a cartas (la única cosa que hacen juntos como pareja en todo el film), rodada en un larguísimo plano estático con abundantes silencios pero lleno de detalles deliciosos como Billie fumando en una elegante boquilla y apagando el cigarro en un cenicero… con la boquilla incluida. También hay detalles sutiles muy bien buscados como cuando el congresista le hace una pregunta y ella en lugar de responder se queda titubeando. La cámara entonces encuadra brevemente el diccionario que tiene al lado dándonos a entender que lo que sucede es que no ha entendido la pregunta y está deseando consultar su significado. En definitiva pequeñas sutilezas que enriquecen más el film y lo hacen más disfrutable.

Todos estos elementos junto a un reparto en estado de gracia hacen de Nacida Ayer una memorable y divertida comedia clásica imprescindible para fans del género.

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Gran Torino (2008) de Clint Eastwood

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Anunciada como la última película en la que el cineasta aparecería como actor, Gran Torino se trata de la mejor obra que ha facturado el veterano cineasta Clint Eastwood en este siglo junto a la imprescindible Mystic River (2003).

Aquí encarna a Walt Kowalski, un anciano veterano de la Guerra de Corea que, tras la muerte de su esposa, se encuentra solo en un mundo que él no entiende (¿o un mundo que tampoco le entiende a él?). Sus hijos nunca se han llevado demasiado bien con el anciano y su trato con ellos es frío e impersonal, desprecia al joven sacerdote de la parroquia que intenta serle de ayuda y convencerle para que se confiese y, lo peor de todo, su barrio está plagado de emigrantes a los que odia, especialmente asiáticos de origen Hmong. Sin embargo, con el tiempo (y al principio, contra su voluntad) acabará entablando una relación amistosa con su joven vecino Thao después de haberle defendido a él y su familia de sus primos, un grupo de matones que intentan que Thao pase a formar parte de su banda.

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La historia no es nueva para Eastwood, ya vimos en films como El Aventurero de Medianoche (1982) o Un Mundo Perfecto (1993) a un duro personaje que acaba entablando una relación paternofilial con un niño en problemas o necesitado de un modelo adulto a seguir. En Gran Torino, la historia se repite aunque en este caso el personaje paterno, Kowalski, no sólo es reticente a esa relación sino que al inicio del film desprecia a Thao. Aquí es donde entra el gran McGuffin del film: el Gran Torino, el hermoso coche de Kowalski que Thao intenta robar obligado por sus primos. A lo largo de la película vemos cómo Kowalski pasa de odiarle al tenerle por un ladrón de poca monta a cogerle aprecio e incluso llegar a cederle su amado Gran Torino, la mayor muestra de afecto que podemos esperar de él.

La forma como se nos muestra la evolución de su difícil relación está muy bien llevada por parte del guionista Nick Schenk, mostrando poco a poco los momentos clave que hacen que el racista y anticuado Kowalski pueda coger cariño a Thao (“Tengo más en común con estos amarillos que con mi maleducada familia”), todo ello gracias a la mediación de Sue, la hermana de Thao. Después de ayudarla cuando unos delincuentes la acosan (acto que lleva a cabo motivado más por un odio a la delincuencia juvenil que por sentir algún interés hacia los Hmong) acabará cogiendo aprecio a la joven al encontrarse por primera vez con una persona que parece inteligente, sabe devolverle sus insultos y además no parece temerle. Esto le llevará a relacionarse más adelante con Thao hasta el punto de convertirle en el hijo que echa en falta: le enseña a “hablar como un hombre” en la escena de la peluquería y hasta le proporciona su primer trabajo. En algunos aspectos seguramente es demasiado tópico en lo que respecta la evolución en la personalidad de Thao, como por ejemplo su relación con esa chica Hmong a la que finalmente se atreve a pedir una cita, pero en general es bastante creíble pese a lo difícil de la premisa inicial.

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Sin embargo, el gran tema del film no es sólo la relación entre dos polos supuestamente opuestos, un norteamericano racista excombatiente de Vietnam “adoptando” un joven y confundido Hmong, sino la violencia. Eastwood ha expresado muchas veces su rechazo hacia cualquier forma de violencia, y en Gran Torino vuelve a mostrarnos claramente su posición al respecto.

Si con Sin Perdón (1992) Clint Eastwood creaba el canto del cisne definitivo del western al mismo tiempo que daba otra dimensión al género condenando la violencia que él mismo empleaba años atrás, en Gran Torino sigue una estrategia muy similar. Como en Sin Perdón, el protagonista de esta película viene a representar el tipo de personaje que ha encarnado tantas veces a lo largo de su carrera y al que tanto se le suele asociar, es decir, todos los hombres duros al estilo Harry el Sucio o el Sargento de Hierro (y debo decir que siempre es un placer volver a ver a Clint encarnando este tipo de personajes). La visión que parece tener de ellos resulta bastante descorazonadora: esos hombres antaño imbatibles, duros e implacables ahora se nos presentan en forma de un personaje perdido, anticuado y fuera de su tiempo. Kowalski ya no es esa figura todopoderosa que encarnaba Eastwood en sus otras películas, sigue siendo un hombre duro que sigue teniendo una fuerte presencia pero ya no es imbatible y, sobre todo, no sabe desenvolverse en estos nuevos tiempos.
A lo largo del film se nos va mostrando algo que el padre Janovich resume a la perfección cuando dice que Kowalski parece saber más sobre la muerte que sobre la vida. Ese héroe de la Guerra de Corea no es el hombre duro que vimos en otras películas de Clint Eastwood que disparaba sin inmutarse, sino que en su vejez parece sentirse atormentado por su pasado.

Todo esto resulta decisivo en el segmento final cuando la familia de Thao es brutalmente atacada por la banda de delincuentes Hmong. Esto nos demuestra que el punto crucial del film no es el racismo (la familia de Thao se ve amenazada por unos delincuentes de su misma raza e incluso de la misma familia), y que Clint huye de los tópicos de blancos malos y asiáticos/negros buenos. Simplemente los Thao son una humilde familia que quiere vivir en paz y nunca podrá hacerlo. Sin embargo, la primera vez que intentó solucionar el problema mediante la violencia pegando una paliza a uno de los delincuentes no consiguió otra cosa que más violencia, ¿qué hacer entonces? La solución de este dilema es una de las claves del film: Kowalski descubre que no tiene sentido luchar usando más violencia, entre otras cosas porque arrastraría consigo al joven e inocente Thao, y lo último que quiere hacer es convertirle en alguien como él. Si además añadimos la circunstancia de que el personaje que ha hecho este descubrimiento sea encarnado por Clint Eastwood con todas las asociaciones que ello conlleva (sus personajes de hombres duros) podríamos leer esto como una reflexión final sobre que tras una carrera siendo un hombre de los que dispara antes de preguntar, en la madurez uno se da cuenta de que tanta violencia no conduce a nada.

El camino que emprenderá Kowalski será consecuencia de esta reflexión sobre la violencia. En estos tiempos el hombre más duro y valiente no es el que mata a más gente o dispara más rápido, sino el que sabe morir noblemente. Así pues, mientras que el antiguo Clint Eastwood habría emprendido una brutal y sangrienta venganza, aquí decide tomar otro camino completamente distinto, morir por una buena causa. Para ello acude a casa de la banda de matones y les amenaza desde la calle como si se tratara de un viejo duelo del Oeste (de nuevo tenemos el gran duelo final de Clint contra los malos). Pero por primera y única vez en su carrera, Clint no desenfunda el más rápido. De hecho ni llega a desenfundar, no va armado sabiendo que así podrán detener a la banda tras haberle matado.

Gran Torino es el fin del personaje de hombre duro de Clint Eastwood. Pero lo importante es que muere porque decide que no tiene sentido seguir disparando y prefiere morir acribillado (de hecho en toda la película sólo dispara un arma una vez, y lo hace por accidente). La última lección que nos dará este hombre duro en la pantalla es que los más valientes no son los que disparan y matan, sino los que no emplean la violencia y se sacrifican por otras personas. Sinceramente, no se me ocurre una mejor despedida que ésta para la carrera de Clint Eastwood como actor.

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El Séptimo Cielo [Seventh Heaven] (1927) de Frank Borzage

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Chico es un joven que trabaja en las alcantarillas de París soñando con salir un día a la superficie con un empleo como el de barrendero. Paralelamente, Diane es una joven que vive en los bajos fondos con una hermana que la esclaviza y que intentará matarla cuando, por su culpa, pierden la oportunidad de ser acogidos por sus ricos tíos. En medio de esa trifulca, Chico le salva la vida a Diane y, para evitar que la policía la arreste, testifica a su favor diciendo que es su mujer. Después de eso, acogerá a la joven de manera temporal hasta que la policía compruebe la veracidad de su declaración.

El Séptimo Cielo es un melodrama clásico que sigue todos los esquemas y convenciones de la novela de folletín: la joven bella y virginal que es todo pureza, la hermana malísima y cruel, el héroe apuesto y valiente, el destino implacable que les pondrá miles de obstáculos para intentar separarles en vano, etc. Siendo el argumento tan hartamente previsible, la importancia del film radica por tanto no en lo que se cuenta sino en la forma cómo nos es presentado este melodrama «bigger than life».

La realización de Frank Borzage es lo mejor de esta obra, con una puesta en escena impecable que se beneficia de un buen uso de los decorados y los juegos de luces y sombras. A destacar el largo plano en que se nos presenta el edificio donde vivirán los protagonistas: mientras ellos van subiendo de piso a piso la cámara les va siguiendo sin hacer ningún corte hasta llegar a la séptima planta, enfatizando aún más la distancia a la que se encuentran. Tal y como dice Chico, de día trabaja bajo tierra en las alcantarillas y de noche está en cambio más cerca de las estrellas que nadie.

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El punto débil que le encuentro al film es el ritmo con el que se cuenta la historia. Se recrea demasiado en el planteamiento, en el momento en que los dos personajes se conocen y él empieza a trabajar de barrendero, para luego profundizar muy poco en la evolución de su relación. Sabemos que ella está enamorada de él pero no vemos un progreso paulatino en los sentimientos de él hacia ella, que repentinamente acaba pidiéndole en matrimonio sin que tuviéramos indicios de que la correspondía. Del mismo modo, las escenas bélicas están excelentemente dirigidas pero se me antojan un tanto gratuitas y que se desvían en exceso la historia principal.

Toda esta trama da pie a dos subtemas que van relacionados con el principal. El primero, que no me convence demasiado, es el de la fe en Dios. Chico se considera ateo porque Dios no consigue ayudarle dándole un buen empleo y una mujer. Al final, cuando consigue ambos deseos, acaba creyendo por fin en el Bon Dieu. Del mismo modo, Diane se hunde cuando sabe de la muerte de Chico y arremete contra Dios por haber estado años esperando y confiando en él, hasta que finalmente Chico atraviesa la puerta y se funden en un abrazo iluminado por un rayo de luz, que simboliza la consagración definitiva de su relación y, al mismo tiempo, la vuelta de Diane al sendero de Dios tras darse cuenta de su error.
Encuentro mucho más interesante el subtema del valor. Chico se define como un hombre que no teme nada, y anima a Diane a seguir su ejemplo. Será a través del amor cuando no sólo ella perderá el miedo (atreviéndose incluso a enfrentarse a su hermana) sino que él perderá algo de valor y confesará tener miedo a la guerra porque no quiere perderla.

Finalmente, el reparto en general hace un buen trabajo pero cabe destacar la labor de una jovencísima Janet Gaynor de apenas 20 años (a la que muchos recordamos por Amanecer de Murnau) que le valió un Oscar en la primera ceremonia de la Academia.

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