Críticas

La Caída de los Dioses [La Caduta degli Dei] (1969) de Luchino Visconti

Qué película tan extraña es La Caída de los Dioses (La Caduta degli Dei, 1969) de Luchino Visconti y menudo shock que tuvo que suponer en la época de su estreno. En principio no era algo muy diferente a lo que había hecho anteriormente en El Gatopardo (Il Gattopardo, 1963): el retrato de una suntuosa familia en proceso de decadencia que sirve como comentario de un momento histórico especialmente crucial, en este caso el auge del nazismo visto desde la perspectiva de una importante saga de industriales, los Essenbeck (que están parcialmente inspirados en una familia real, los Krupp). Pero este filme fue en realidad una ruptura radical en estilo y tono con su producción anterior, de igual forma que lo había sido décadas atrás Senso (1954) respecto a sus primeras películas neorrealistas.

Porque La Caída de los Dioses es una película excesiva, polémica, chillona y sobre todo decadente, muy decadente, y no una suntuosa elegía sobre el fin de una era como El Gatopardo. De hecho, tal y como he leído comentar a un par de personas muy acertadamente, quizá tenga más en común con películas como El Portero de Noche (Il portiere di notte, 1974) de Liliana Cavani y obras de pura explotation como Salon Kitty (1976) de Tinto Brass – las cuales, sea casualidad o no, tienen en su reparto a algunos de los principales actores del filme que comentamos hoy – que con el Visconti que conocemos hasta entonces.

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Amor [Szerelem] (1971) de Károly Makk

En la historia del cine han sido frecuentes las películas que han tratado temas tan peliagudos como las purgas políticas y los calvarios por los que han tenido que pasar intelectuales o políticos de ideologías contrarias a los regímenes al poder. Pero algo que no siempre se ha tratado tanto como debería es la historia de las mujeres que han tenido que esperar. Madres y esposas cuyo hijo o marido ha desaparecido del mapa y desconocen qué ha sido de él. Que viven con la tensa incertidumbre de no saber si está vivo o muerto. ¿Hasta qué punto seguir en permanente espera de alguien que a lo mejor nunca volverá? ¿Cómo poder convivir en el día a día con una incertidumbre de tal magnitud sin desmoronarse? De eso trata esta sensibilísima película húngara tan especial con el título de Amor (Szerelem, 1971) de Károly Makk.

Luca es una mujer que se encuentra en dicha situación. Su marido János fue arrestado hace tiempo por motivos políticos y no sabe nada de su paradero, ni siquiera si sigue con vida. A diario acude a visitar a su suegra, una anciana muy delicada de salud que apenas puede levantarse de su cama. Ésta se piensa que su hijo está en Estados Unidos trabajando como director de cine por unas cartas falsas que escribe la propia Luca haciéndose pasar por él, para así ocultarle la realidad de su situación. Pero un día Luca descubre que János está con vida en una prisión, aunque la salud de la anciana va empeorando día a día.

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Nadie Puede Vencerme [The Set-up] (1949) de Robert Wise

A veces creo que uno de los ejercicios que se le debería dar a todo estudiante de cine, y más concretamente de guion, es visionar y analizar algún ejemplo de esas películas de serie B de los años 40 hechas con pocos medios y con excelentes resultados. El caso más paradigmático es obviamente Detour (1945) de Edgar G. Ulmer, pero creo que funcionaría mejor como ejemplo de lo que quiero decir un filme tan notable como Nadie Puede Vencerme (The Set-Up, 1949) de Robert Wise. En primer lugar porque, a diferencia de la película de Ulmer, no se hace tan visible su precariedad y se nota que tiene un presupuesto más holgado, aunque sin salirse de la estética de serie B. Y en segundo lugar por su forma de concretar la acción en unos pocos escenarios muy específicos. También juega a su favor el ser uno de esos filmes centrados en un periodo de tiempo muy limitado, que creo que le da una sensación de inmediatez que encaja muy bien con su breve duración y el tono a veces algo apresurado de cierto serie B.

Stoker Thompson es un boxeador de poca monta ya veterano que espera para jugar un combate esa noche contra un joven desconocido. Su mujer Julie se ha negado a acompañarle porque está harta de presenciar en cada combate cómo le apalizan y le insiste para que se busquen otro tipo de vida, pero Stoker se aferra al sueño de poder lograr todavía un éxito tardío pese a su edad. Lo que no sospecha es que su mánager Tiny ha hecho un trato con un gangster para amañar el combate y que Stoker se deje perder. Tiny, por pura avaricia, decide no hacerle conocer a Stoker el arreglo, confiando que éste perderá incluso luchando en serio y así no tendrá que compartir con él parte del soborno, pero el problema es que Stoker decidirá darlo todo.

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Diamantes de la Noche [Démanty noci] (1964) de Jan Nemec

Dos muchachos corren desesperados a través de un bosque huyendo de un enemigo inconcreto que les dispara. Avanzan hasta acabar literalmente con sus fuerzas, desplazándose algunos trozos casi a gatas. Uno de ellos debe llevar a rastras al otro, más débil. Cuando creen estar a salvo se dejan caer para recuperar fuerzas. No dicen una palabra. Uno se da cuenta de que tiene la mano puesta sobre un hormiguero y que las hormigas están subiendo por toda su mano. No importa, pueden descansar.

Continúan avanzando. Ante la vista de arroyo se lanzan a beber de él. Algún breve flashback que nos da a entender que en el pasado tenían una vida normal. Se sientan a arreglar como pueden sus zapatos absolutamente destrozados. Comen unas bayas. Hablan por primera vez en la película (y ya llevamos casi un cuarto de hora de metraje). La frase es simple: «Acércate a mí«. No parece haber ganas de malgastar el tiempo conversando. Todo queda reducido a no hacer ningún esfuerzo superfluo, a no perder el tiempo en nada que no les garantice su supervivencia.

Al día siguiente avanzan pesadamente por el bosque. En paralelo les vemos tiempo atrás caminando por la ciudad, sin esa pose de animales perseguidos, sino como dos personas normales. Un camino de piedras que les agota hasta desfallecer de nuevo. La lluvia que les cala hasta los huesos.

Llegan a una granja. Desesperados por el hambre, uno de ellos entra en la cocina para conseguir algo de comer. Encuentro cara a cara con la esposa del granjero. De nuevo no hay palabras, ni súplicas ni amenazas. El joven se imagina matando a la mujer para conseguir la comida, pero no hace falta. Ambos se sientan y están tan maltrechos que casi no pueden comer, deben desmenuzar el pan para poder tragarlo. Con fuerzas recobradas, siguen adelante.

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La Luz Azul [Das Blaue Licht] (1932) de Leni Riefenstahl

A finales de los años 20 la bailarina reconvertida en actriz Leni Riefenstahl había logrado la fama que tanto ansiaba gracias a una serie de películas que había filmado junto al director Arnold Fanck, conocidas como bergfilm o «películas de montaña». No obstante, a Riefenstahl las limitaciones que le imponía el género a nivel creativo le estaban empezando a resultar molestas. Ella ambicionaba ser una actriz dramática capaz de desenvolverse en otro tipo de filmes, pero ninguna productora de cine importante se animaba a darle esa oportunidad por considerar que era demasiado limitada para ello. Riefenstahl, lejos de desanimarse, decidió pues que si nadie quería darle un papel diferente a los que hasta ahora había encarnado, se lo inventaría ella.

Desde hacía tiempo había escrito un esbozo de historia con tintes de leyenda que le proporcionaba un tipo de personaje protagonista que se desmarcaba de los que había interpretado hasta entonces. Dicho esbozo pasó por manos del crítico de cine y escritor Béla Balázs, quien, con ayuda del guionista más importante de Alemania, Carl Mayer, le dio forma de guion cinematográfico. A partir de aquí Riefenstahl consiguió levantar el proyecto asignándose ella misma las labores de actriz protagonista, directora y productora pese a no tener ninguna experiencia en esos últimos campos y no contar con el apoyo de ningún gran estudio.

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No Eran Imprescindibles [They Were Expendable] (1945) de John Ford


De entrada puede parecer extraño que el único filme bélico de ficción que realizó John Ford durante la II Guerra Mundial sea una obra tan desencantada como No Eran Imprescindibles (They Were Expendable, 1945), cuyo título ya dice mucho sobre su contenido y sobre la visión que da de la vida en el ejército. O quizá, mejor pensado, no es tan extraño después de todo. Ford había abandonado su carrera en Hollywood tan pronto Estados Unidos entró en guerra para ponerse al servicio del ejército y realizar documentales de apoyo bélico. Había estado en primera línea en muchos combates reales e incluso fue herido en una ocasión, de manera que había experimentado en sus carnes la vida en el frente. Y quizá sea precisamente eso lo que provocó que su aportación al género fuera tan peculiar.

Basado en un best-seller de la época que narraba hechos reales sucedidos a algunos miembros de la marina en Filipinas durante los primeros meses de la guerra, el filme está protagonizado por los tenientes John Brickley y Ryan, apodado «Rusty», que están al mando de un escuadrón de lanchas torpederas en bases filipinas. Cuando sucede el ataque de Pearl Habor serán movilizados junto a su tripulación, pero inicialmente a misiones más bien menores como servir de corresponsales de correo entre diferentes bases, ya que los oficiales al mando no creen que sus barcos puedan ser efectivos en combate. A medida que el conflicto avanza y la posición de Estados Unidos en las islas Filipinas se debilita, Brickley y Rusty tendrán la oportunidad de demostrar la efectividad de sus embarcaciones.

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La Senda del Crimen [The Doorway to Hell] (1930) de Archie Mayo

Un aspecto que no siempre se tiene en cuenta cuando uno se inicia en el cine clásico es que, como resulta lógico, los filmes con los que uno empieza normalmente serán los mejores de cada género, o al menos los más representativos. Eso implica que a veces no seamos del todo conscientes del impacto que supusieron en su estreno, que demos por hecho ciertos rasgos que en su momento eran mucho más rompedores de lo que nos parece ahora, o que le demos demasiada importancia a ciertas flaquezas que, en realidad, no son para tanto comparadas con la producción global de la época. Dicho en otras palabras, si uno quiere iniciarse en el cine de gángsters de los años 30 empezará sin duda con grandes películas como Scarface (1932) de Howard Hawks o El Enemigo Público (The Public Enemy, 1931) de William A. Wellman. Pero estas obras, no lo olvidemos, son las mejores del género, las que perfeccionaron su estilo y lo llevaron a su mejor expresión. Para llegar a ellas hubo otras que hicieron una aportación más humilde pero sin ser tan redondas, los necesarios pasos previos antes de un acierto total. Ése es el caso de La Senda del Crimen (The Doorway to Hell, 1930) de Archie Mayo, uno de los ejemplos más primigenios del cine de gangsters, con elementos de interés pero indudablemente imperfecto.

El protagonista es Louie Lamarr, el joven líder de una banda criminal que con la ayuda de su amigo Mileaway se hace con el control del negocio de cerveza en la ciudad de Chicago, al obligar al resto de mafiosos a someterse a sus órdenes para que trabajen todos coordinados. Las cosas le van bien, Louie se hace rico y, en un giro inesperado, decide retirarse prematuramente a disfrutar de la buena vida en Florida con su mujer Doris. La noticia es mal recibida por el resto de líderes del hampa, que temen que su marcha pueda provocar conflictos entre ellos. De modo que para forzarle a volver idean un plan: secuestrar al hermano pequeño de Louie, que está estudiando en una academia militar.

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El Conformista [Il Conformista] (1970) de Bernardo Bertolucci

Sin ser un director que me entusiasme tanto como debería, es innegable que en El Conformista (Il Conformista, 1970) Bernardo Bertolucci logró crear su obra de más consenso, aquella en que todos los ingredientes funcionan mejor, tomando como base una gran novela pero dotándole además de estilo e ideas propias muy acertadas.

Situada en los años 30, tiene como protagonista a Marcello Clerici, un funcionario italiano de luna de miel en París que recuerda en flashback todos los sucesos pasados que le han llevado al momento crítico en que se encuentra en estos momentos. Criado por unos progenitores inestables y con un suceso traumático de infancia que no se va de su memoria (de joven mató a un hombre que intentó abusar de él), Marcello se obsesiona en su adultez con convertirse en una persona normal. Eso en el contexto de la Italia fascista le lleva a proponer sus servicios como agente secreto ayudando a asesinar a un intelectual exiliado en París, el profesor Quadri, con quien se citaría bajo pretexto de que fue alumno suyo y quiere volver a encontrarse con él durante su viaje de novios. Una vez llega a la capital francesa con su mujer Giulia, Marcello se reencuentra con Quadri y siente una atracción irresistible hacia la esposa de éste, Anna. Aquí entonces le asaltan las dudas sobre su misión y el camino que ha estado tomando.

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Cerrado por vacaciones

Si les gustan los villancicos, las comilonas indigestas, las grandes aglomeraciones  y el estrés de tener listos a tiempo los regalos para sus seres queridos, están de enhorabuena… ¡la Navidad está aquí! Si no es su caso, como le sucede a este humilde Doctor, es el momento de recoger sus bártulos y marcharse unas semanas a algún paraje lejos del tumultuoso ruido, como un templo budista aislado en las montañas, o un carísimo e insultantemente exclusivo hotel-spa.

Aún no tengo decidido dónde huiré, pero lo que sí tengo claro es que será un sitio donde no podré estar por la labor de visionar películas y atenderles a ustedes, mis fieles seguidores. De modo que cerraremos el gabinete por unas semanas y volveremos a encontrarnos en enero con energías renovadas. Tengan una buena entrada de año y no se olviden de volver aquí, el Doctor les estará esperando con nuevas recomendaciones cinéfilas.


Si se sienten especialmente solos sin el Doctor, les recordamos que pueden encontrarnos en nuestras redes sociales, gestionadas por nuestro Community Manager Monsieur Hulot, gran experto en nuevas tecnologías. Estamos en TwitterFacebook y Tumblr a su disposición.

Encadenados [Notorious] (1946) de Alfred Hitchcock

Pocas experiencias hay más reconfortantes que regresar a una película que hemos visto tantas veces que prácticamente no la sabemos de memoria y confirmar en otro nuevo revisionado que no la hemos «gastado», que ésta sigue provocándonos las mismas emociones aún cuando ya anticipamos todo lo que va a suceder. En instantes así creo que el cine está más cerca que nunca de la música, en el sentido de que cuando a uno le gusta una canción la reescucha multitud de veces para volver a disfrutarla, mientras que en el cine una vez ya hemos experimentado la historia y el desarrollo de una película raramente sentimos el impulso de revisionarla seguidamente, solo en casos muy puntuales. Únicamente con las que considero grandes películas o las obras de los mejores cineastas experimento el placer de volver a pasar por las mismas imágenes y sigo disfrutándolas prácticamente igual aunque ya me las conozca de memoria.

A ese placer se le puede añadir un aliciente extra que es el confirmar que toda la experiencia cinéfila que hemos adquirido desde la primera vez que vimos el filme hasta nuestro último visionado no ha enturbiado nuestra impresión de la película. No la bajamos del pedestal en que la teníamos por ser todavía demasiado impresionables o pillarnos con la guardia baja. Es más, incluso vislumbramos detalles que antes se nos escaparon, descubrimos otros nuevos o, simplemente, vemos el filme desde otra perspectiva que lo enriquece más.

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