Críticas

¡Ay Que Me Caigo! [Feet First] 1930) de Clyde Bruckman

Si el paso del mudo al sonoro fue en general traumático para muchos de los grandes actores de Hollywood, aún lo fue más para los cómicos de slapstick. Ese género que tantas obras maestras había aportado era difícil de adaptar al sonoro, puesto que se basaba esencialmente en el humor visual y en crear un mundo condicionado por una concepción del cine basada en lo absurdo. Añadiendo sonido, lo visual se veía obligado a competir con el humor verbal y, lo que es peor, los cómicos pasaban a tener voz y por tanto a ser seres humanos de carne y hueso perdiendo esa fascinación que consigue generar el cine mudo.
Muy pocos supieron o pudieron adaptarse a un cambio tan radical: Chaplin demoró ese salto lo máximo posible rodando dos películas mudas cuando ya nadie lo hacía, Keaton nunca sabremos cómo se habría desenvuelto puesto que en esa época perdió el control sobre su obra y a Harry Langdon directamente era impensable imaginarlo en este nuevo formato. De los grandes cómicos de slapstick, Harold Lloyd fue sin duda el que mejor supo inicialmente hacer ese gran paso al sonoro.

A diferencia de sus compañeros, Lloyd no sólo no evitó esa innovación sino que la abrazó tan pronto como supo que iba a implantarse definitivamente. De hecho, una vez acabado el rodaje de ¡Qué Fenómeno! (1929), Lloyd, temoroso de quedarse atrás, tomó la arriesgada y carísima decisión de sonorizar su película doblando algunas escenas y volviendo a rodar muchas otras. El éxito fue apabullante.

Su continuación fue ¡Ay Que Me Caigo! (fascinante las traducciones al español de los títulos originales), la primera película que rodó concibiéndola como sonora desde el inicio. Por si el éxito que había tenido esa novedad no era suficiente, Lloyd decidió incorporar una escena de suspense y humor al más puro estilo de su magistral El Hombre Mosca (1923). Pero desgraciadamente no funcionó, y aunque el film tuvo beneficios en taquilla, fue el que menos recaudó en casi 10 años. Lloyd no lo sabía, pero a partir de entonces su carrera iba a iniciar una cuesta abajo en cuanto a éxito comercial se refiere. Su salto al sonoro había sido un éxito, su voz había ganado la aprobación de los espectadores, pero su optimista personaje no encajó en los nuevos tiempos de la Gran Depresión.

En ¡Ay Que Me Caigo!, Harold encarnaba al clásico personaje del joven (no tan joven en esa época) emprendedor y optimista que en este caso se hace pasar por un millonario para seducir a Barbara, quien cree que es la hija del propietario de una importante cadena de zapatos en la que él trabaja como simple vendedor. Esta situación de confusión de identidades tan típica de Harold Lloyd se prestaba a una comedia memorable. Pero por desgracia no fue así.
A la película le cuesta horrores arrancar. Durante su primera parte da la sensación de que Lloyd intenta encontrar el tono adecuado a medio camino entre el slapstick y gags más sencillos, pero no lo consigue. El problema no está en el sonido, puesto que el actor tenía una voz que encajaba con su personaje, sino en que seguramente ya no contaba con la misma inspiración que años atrás.

Pese a algunos gags buenos (especialmente en la zapatería en que trabaja), la película no arranca realmente hasta que Harold acaba por accidente en un transatlántico junto a Barbara y los que cree que son sus padres. Durante la travesía se siguen varios gags en que éste procura mantener su supuesta identidad de millonario mientras intenta no ser descubierto ya que viaja como polizonte. En sus mejores momentos, los gags se suceden uno tras otro sin parar, manteniendo el estilo de sus comedias mudas: su intento por comer algo del desayuno de ella disimuladamente, sus planes para destruir todos los ejemplares de un periódico que prueban que es un farsante, etc. En esos instantes Lloyd se adueña por completo de la pantalla (a diferencia de sus films mudos no cuenta con una actriz protagonista con suficiente carisma como para despertar algo de interés, por lo que él es el único centro de atención) y demuestra que sus dotes cómicas seguían intactas.

Sin embargo el momento cumbre es el final de la película, en que Harold acaba en lo alto de un rascacielos del que intenta bajar infructuosamente. La escena es un obvio autohomenaje a su exitosa El Hombre Mosca, en que combina humor con escenas de suspense al límite. Originariamente, la escena era el doble de larga, lo cual demuestra que Lloyd tenía la ambición de superarla, pero no funcionó, el público acababa agotándose y no se divirtió como se esperaba. El problema se le atribuye precisamente al sonido: los efectos sonoros y los diálogos (con Harold gritando auxilio continuamente) dotan a la escena de un extra de realismo que hizo que en su momento se antojara menos cómica y mucho más angustiosa.
Sin embargo, la escena es magnífica, y aunque no está a la altura de la perfección de El Hombre Mosca, resulta una dignísima continuación llena de momentos al límite muy bien articulados gracias al montaje y sin ningún uso de efectos visuales. Solo por esta maravillosa secuencia, toda la película valdría la pena.

Así pues, ¡Ay Que Me Caigo! es una obra menor respecto a su fantástica filmografía muda pero que evidencia cómo el cómico consiguió adaptarse al sonido. El problema reside, más que en el nuevo formato, en la estructura del film, que va clarísimamente de menos a más. Cuando intenta esbozar la historia y personajes, Lloyd resulta un tanto torpe (lo cual es extraño, sus anteriores obras eran estructuralmente impecables), pero cuando se olvida de eso y se dedica a sacar gags de los dos espacios (el barco y el edificio) nos recuerda por qué es uno de los grandes de la comedia.

Crainquebille (1922) de Jacques Feyder

A veces creo que la sencillez es una virtud muy a tener en cuenta y que me temo que está cada vez menos valorada en el mundo del cine. A menudo, una historia sencilla y corta puede transmitir más y tener más valor que una gran producción y, en mi opinión, este film de Jacques Feyder es un perfecto ejemplo de ello. La Atlántida (1921) y Crainquebille fueron dos de las películas que realizó el director francés en su primera etapa muda y ambas llegaron seguidas, haciendo más tentadora aún la comparación. La primera es un film majestuoso con una historia épica y una lujosa producción que incluía una ciudad misteriosa perdida en mitad del desierto y una terrible reina, la segunda un sencillísimo drama callejero sobre un humilde vendedor. El contraste es más que evidente y llama la atención que primero realizara la película más costosa y luego el drama intimista. Y pese a la magnitud de La Atlántida, yo me quedo bastante antes con la segunda sin dudarlo.

El film se sitúa en la parte obrera de París, tal y como remarca el inicio en que se sigue el recorrido de un carro que se dirige al mercado y que va pasando por los diversos barrios de la ciudad, desde la zona alta a los barrios humildes. Ahí se nos presenta a Crainquebille, un anciano vendedor ambulante de verduras querido por toda la gente del barrio y del que el espectador se encariña enseguida.
Por desgracia, un día la mala suerte se le echa encima sin previo aviso. Tras una disputa por una nimiedad, un policía le detiene acusándole de haberle insultado. Crainquebille, que sabe que no es cierto, se toma el encierro en prisión como una nimiedad y hasta disfruta de los pequeños lujos de la cárcel, como el disponer de agua caliente. Por desgracia, cuando sale de ahí, la gente del barrio le mira con desprecio por ser un expresidiario y lentamente Crainquebille irá hundiéndose solo.

El tema moral de la película resulta tan obvio que puede que a algunos espectadores hasta les resulte molesto. La hipocresía con que los personajes pasan tan repentinamente de adorarle a evitarle por su encontronazo con la ley es tan marcada que se le podría acusar de falta de sutilidad, del mismo modo que se le podría acusar al final de ser algo sentimentaloide. Pero aunque a veces estos defectos me resultan molestos, en Crainquebille no veo estos rasgos como defectos, porque de algún modo Feyder consigue imprimir al film de una sensibilidad especial que me hace conectar con su forma de mostrar la historia, por mucho que sea algo simplista.

Todo ello es posible por el encanto que rezuma el personaje de Crainquebille. Por ejemplo, un momento breve pero que me parece muy hermoso es cuando el anciano fantasea con una de sus clientes sobre cómo vivirían en el futuro si fueran ricos, ella en una lujosa casa con jardín, y él sería su vecino. Es una fantasía tan inocente y hermosa que hace que el espectador simpatice instantáneamente con el personaje. O la simplicidad con que acoge su detención, que le hace preguntarse únicamente sobre qué será de su carro mientras está en la cárcel. No le vemos recreándose en el dolor de esa injusticia, sino simplemente asumiéndola como otro hecho diario, no es un mártir, y eso le hace más creíble aún.

Una escena que refleja su forma de ver las cosas y que además permite a Feyder recrearse un poco tras la cámara es la escena del juicio, en que durante los interrogatorios vemos a los personajes desde el punto de vista de Crainquebille: a sus ojos el policía que testifica en su contra es gigante, mientras que el hombre que le defiende le parece insignificante. Eso da una idea sobre cómo se siente él a ojos de la justicia, metido repentinamente en un mundo y sistema que no comprende.

Una película sencilla y entrañable.

Playtime (1967) de Jacques Tati

Gracias al unánime éxito de crítica y público que Jacques Tati consiguió con Mi Tío (1958), el actor y director francés se embarcó en la película más ambiciosa de su carrera, Playtime. Desafortunadamente, acabó siendo una de esas obras que de tan ambiciosas están destinadas a fracasar, y que convierten a los artistas en figuras de culto admiradas por los cinéfilos al haber arriesgado su carrera por un proyecto en el que creían hasta las últimas consecuencias. La producción del film se le fue tanto de las manos a Tati que sus enormes costes le llevaron a la bancarrota. Tal era su meticulosidad y perfeccionismo que hizo construir un enorme set recreando la ciudad en que se sitúa la película (una versión modernizada de París) que se apodó como Tativille.

En su cuarto largometraje, Tati volvió a incidir en el estilo y los temas que había explorado en sus anteriores obras (especialmente en Mi Tío) y se atrevió a llevarlos al extremo. Su obsesión con la tecnología, con reflejar una sociedad que se volvía cada vez más modernizada e impersonal, se explora en Playtime en profundidad hasta las últimas consecuencias. Eso acaba implicando que el resultado sea un film mucho más frío y deshumanizado para mostrar una sociedad cada vez más fría y deshumanizada. El protagonista vuelve a ser Monsieur Hulot, el eterno alter ego de Tati, pero aquí su presencia es mínima, no es más que una de las muchas distantes figuras que se mueven en ese desolador paisaje. No solo eso sino que, si ya en sus anteriores obras Tati demostró poco interés por la línea argumental, aquí no solo reincide en ello sino que literalmente no hay absolutamente nada parecido a un argumento. El film no es más que una sucesión de escenas que tienen lugar en varios sitios de la ciudad y que ni siquiera tienen la presencia de Hulot como punto en común. Si a eso le añadimos que es la película en que Tati estaba menos interesado por buscar los gags obvios que hicieran reír al público resulta obvio que Playtime es la película más densa de su corta filmografia.

El estilo de Tati no depara sorpresas para los que ya hayan visto otra de sus obras: ausencia de diálogos (o mejor dicho, la mayoría de diálogos quedan sepultados bajo el resto de sonidos del entorno, como si no tuvieran la más mínima importancia), gags mayormente visuales y un uso magnífico del espacio. La forma como Tati organiza los gags con una precisión casi matemática es deudora del mejor cine mudo, y más en concreto de Buster Keaton, con quien comparte también una total ausencia de sentimentalismo. Además, al igual que los personajes de Keaton, Hulot es un personaje inadaptado que intenta entender su entorno, que es la base tanto para Keaton como para Tati a la hora de crear sus gags. Por ello ambos cineastas tienden a filmar en planos generales (Tati lo lleva al extremo y no inserta ni un solo primer plano en toda la película y poquísimos planos cerrados que permitieran al espectador aproximarse a los personajes) porque prefieren favorecer la lucha de sus personajes contra ese mundo extraño antes que desarrollar sus psicología interior.

Lo más curioso es que, pese a ser Hulot un personaje en el que no se ahonda demasiado psicológicamente sigue funcionando a la perfección porque los pocos rasgos que le definen hacen que el espectador lo comprenda rápidamente y le coja cariño: su pose siempre distraída, sus intentos por ayudar en todo momento (aunque nadie le reclame) que acaban por empeorar las cosas, su obstinación por adaptarse a los nuevos entornos intentando comprender su funcionamiento… Tati es un hombre entrañable pero fuera de su lugar. De hecho Playtime vendría a ser la continuación exacta de la anterior obra del director, Mi Tío, que acababa con el personaje de Monsieur Hulot abandonando su acogedor barrio al ser enviado por su cuñado fuera por asuntos de negocios. En este film podemos ver a Hulot metido en ese nuevo mundo e intentando sobrevivir en él.

Su presencia de hecho se hace esperar y, al inicio del film, Tati se permite hacer una pequeña broma al respecto. Cuando han pasado ya unos minutos y aún no ha aparecido su protagonista, de repente se ve una figura con el sombrero, la gabardina y esa inconfundible forma de caminar que rápidamente creemos identificar como Monsieur Hulot. Pero cuando una mujer le interpela creyendo que es Hulot, la figura se gira y vemos que se ha equivocado: no es él. Casi parece que Tati se burla de las expectativas del espectador.

La forma como Tati juega con el espacio en esta película es absolutamente magistral. Playtime es casi una película abstracta, plagada de espacios fríos, geométricos, vacíos y deshumanizados. Dominan los colores azules y grisáceos así como las líneas rectas. La primera parte del film es la representación literal de cómo Monsieur Hulot intenta adaptarse y entender esos espacios sin éxito. Pasillos laberínticos, puertas que se confunden con paredes, oficinas que son tan similares entre sí que uno no puede distinguirlas… es una demoledora y acertadísima descripción del mundo moderno: frío, aburrido y descolorido. Hay un momento especialmente sugerente cuando Hulot espera que le atienda un ejecutivo en un sala de paredes de cristal. Aburrido de esperar, se levanta del sillón y observa la calle. El plano de Hulot observando el bullicio de la ciudad desde dentro de esa oficina transparente, que es casi como una cárcel de cristal, es uno de los momentos visuales más sobresalientes del film.
Otro instante memorable en que Tati juega con la transparencia es cuando Hulot visita la casa de un amigo compuesta de paredes de cristal. Toda la escena se filma desde la calle, permitiéndonos ver todo lo que sucede dentro y la ausencia de intimidad de los personajes.

Pero el trabajo de Tati con este entorno no se limita solo al espacio, porque de hecho en Playtime demostró que pese a ser un director especialmente visual, sabía cómo sacar todo el partido posible al sonido. Los silencios sepulcrales de esas oficinas con ese leve ruido de fondo que hace pensar en una fábrica acentúan aún más la fuerza de esos pequeños ruidos que normalmente pasan desapercibidos y que Tati acentúa a propósito (el ejemplo más claro es ese plano del ejecutivo acercándose desde la distancia mientras oímos el sonido de sus pisadas aproximándose). En ese universo, los diálogos no son más que otro accesorio dentro de la sinfonía de sonidos que va creando.

Si el plano de Hulot observando el mundo desde su cárcel de cristal ya era bastante revelador de lo que el director pretende transmitir, ¿qué se puede decir de ese precioso plano de la Torre Eiffel reflejada en las puertas de cristal de uno de esos fríos edificios? A lo largo del film, Tati sigue también a un grupo de turistas que visitan París conducidos por un guía que quita cualquier atisbo de espontaneidad o emoción al viaje. Mientras éstos son llevados a visitar edificios y exposiciones de moda, los monumentos más importantes de París aparecerán solo de forma muy leve reflejados en las puertas de eso edificios, como si quisieran hacer una tímida aparición en ese mundo modernizado en el que no tienen cabida. Cuando una de esas turistas decide hacer fotos a una floristería (uno de los pocos atisbos de color en lo que llevamos de film) ésta se justificará argumentando emocionada que ése es el París auténtico que está buscando, aunque no es lo que interesa al resto de sus acompañantes.

Tati reincide en la misma idea en una agencia de viajes en que se ven carteles publicitarios de varias ciudades, en todos aparece el mismo edificio, mostrando un mundo globalizado en que se ha perdido la personalidad propia. Esa idea también está en el uso que se hace del inglés, idioma que utilizan algunos de los personajes para parecer más sofisticados (el título del film es una alusión a ese hecho).

Pero la escena principal del film tiene lugar en un restaurante de moda recién construido, en que Tati se permite deconstruir todo lo que había mostrado hasta ahora. Esas construcciones frías y modernas, esos diseños chic pero inútiles, ese gusto por la ornamentación, todo ello acaba estallando en esta larguísima escena de casi tres cuartos de hora en que los sufridos dueños del club contemplan como todo se acaba destrozando por una mala planificación del arquitecto. Es la venganza de Tati contra ese mundo moderno dominado por la tecnología pero en el que todo falla, en que se vende sofisticación pero todo acaba siendo cutre y desastroso, en que los ornamentos solo sirven para estorbar y hacer que el barman no vea a sus propios clientes o que los trajes de los camareros se rompan. Hay tantísimos detalles en esta secuencia que en un primer visionado es difícil quedarse con todo, y el hecho de que Tati persistiera en filmar todo en planos generales no ayuda demasiado al espectador.

Como gran final, Tati crea una de las escenas más maravillosas de la película. En un avance de lo que sería su siguiente película, sigue el recorrido de varios coches que acaban atrapados en una rotonda girando eternamente como si se tratara de un tiovivo gigante. Se trata de la última gran broma del director sobre la mecanización del mundo en que vivimos. Es una escena plagada de pequeños gags que pueden parecer un tanto ingenuos, pero tienen una pureza y una autenticidad que demuestran cómo Tati realmente creía en la magia de esos pequeños momentos, que daban algo de vida a una sociedad que estaba dejando atrás su personalidad y su humanismo por un mundo desprovisto de color.

Que además Tati se arruinara para llevar esa idea hasta sus últimas consecuencias no hace más que engrandecer lo arriesgado de su propuesta. Por desgracia, tras Playtime Tati jamás pudo volver a encauzar su carrera y aunque realmente el esfuerzo valió la pena, tras ver una película como ésta uno no puede evitar pensar que a un mundo tan frío e impersonal le habría venido bien más películas de Jacques Tati.

Una Chica Afortunada [Easy Living] (1937) de Mitchell Leisen

Mary Smith es una redactora de una revista a la que un día de camino al trabajo de repente le cae del cielo un valioso abrigo de pieles. El abrigo procedía de la terraza de la mansión del acaudalado banquero J.B. Ball, quien ha tenido una disputa con su mujer porque ésta se ha gastado una fortuna en ropa otra vez. Cuando ella intenta devolverlo, J. B. no solo insiste en que se lo quede sino que la acompaña a una tienda para comprarle un sombrero nuevo, ya que el que llevaba se estropeó al caerle el abrigo. Sin embargo, ese detalle provoca que la despidan de la oficina, ya que sus jefes no creen posible que Mary haya podido comprarse ropa tan cara de una forma decente, y eso daría una mala imagen.
Su suerte cambiará cuando Louis, el propietario de un lujoso pero arruinado hotel, le ofrece su suite creyendo que Mary es la amante de J.B., confiando que así podrá sacar algún beneficio que le libre de las deudas que ha contraído con éste. Mary no entiende nada pero tampoco sospecha el motivo por el que le ofrecen esa carísima suite. Más adelante, conocerá por casualidad a John Ball, el hijo de J. B., quien ha huido del hogar para intentar ganarse la vida por sí mismo sin mucha suerte. Cuando Mary descubre que John no tiene dónde alojarse, le ofrecerá compartir su lujosa y amplia habitación de hotel.

Es cierto que las screwball comedies destacan por tener a menudo enrevesados argumentos llenos de situaciones confusas, pero realmente el de Una Chica Afortunada llama la atención aún teniendo en cuenta los códigos del género. El autor del guión es ni más ni menos que el prestigioso Preston Sturges, pocos años antes de embarcarse en su breve pero fructífera carrera como realizador. El director es Mitchell Leisen, especialista en comedias que no posee el estatus de otros contemporáneos suyos pero que demostró ser más que eficiente en films como éste o Medianoche (1939).

Una Chica Afortunada es una película que resulta un tanto curiosa, puesto que se diferencia en cierto modo de las típicas screwball comedies de la época. Por ejemplo, hasta bien avanzado el film no hay un protagonista claro ni un conflicto concreto, da más la sensación de que se invita al espectador a disfrutar de una serie de divertidas escenas como las peleas de J.B. con su familia, o el caótico conflicto que se produce en el restaurante de autoservicio en que trabaja John cuando éste intenta ayudar a Mary a conseguir un plato gratis. No es hasta prácticamente la media hora final cuando se plantea la clásica situación de confusión típica del género, en que John y Mary comparten habitación sin que ésta sospeche que está compartiendo habitación con el hijo del hombre que le dio el abrigo ni que el manager del hotel está sacando partido de ello (impagable por otro lado el momento en que una mujer pide a su marido que le lleve a ese hotel porque está más de moda, ya que es donde los ricos banqueros llevan a sus amantes).

Finalmente, el incidente de la Bolsa que está a punto de llevar a la ruina a J.B. parece un tanto forzado, como un intento de cerrar de alguna forma el conflicto y hacer que John pueda demostrar ser un eficiente banquero. Resulta un cierre poco satisfactorio e incompleto. Ése es el único aspecto que creo que pesa en contra de la película. Al final uno tiene la sensación de que apenas se ha profundizado en la evolución de los personajes en los últimos minutos y en los cambios que sufren sus relaciones, cuando éstos daban pie a más escenas memorables.

Por otro lado, Una Chica Afortunada está claro que no busca ser más de lo que es: una divertida comedia eficazmente realizada pero sin grandes pretensiones, y desde ese punto de vista es irreprochable. Es una película ligera, divertida y bien llevada que se beneficia sobre todo de un magnífico trío protagonista: Ray Milland, Jean Arthur y Edward Arnold. Este último encarna a J.B., se pasa media película gritando y poniéndose histérico y, aunque podría decirse que sobreactúa ligeramente, me resulta demasiado divertido como para echárselo en cara. Un jovencísimo Milland encarna al galán, un papel que no permite mucho lucimiento en este guión, puesto que de los tres es el que menos protagonismo tiene, pero éste le saca todo el partido que puede. Y finalmente, Jean Arthur está espléndida probando una vez más que fue una de las mejores actrices de comedia que hayan surgido en Hollywood.

Sin tener la profundidad y perfección de otras películas del género, una muestra muy recomendable de screwball.

La Vida Privada de Sherlock Holmes [The Private Life of Sherlock Holmes] (1970) de Billy Wilder

Con La Vida Privada de Sherlock Holmes, Billy Wilder dio forma a uno de los proyectos más largamente acariciados de su carrera, un film basado en las andanzas del famoso personaje creado por Arthur Conan Doyle. Sin embargo, Wilder tuvo la astucia de no decidirse a adaptar una o varias historias del detective de Baker Street; ni tampoco pretendió inventarse él nuevas aventuras de misterio que correrían el riesgo de no estar a la altura de las originales. Su idea fue ofrecer un enfoque personal, una visión diferente que, como ya indica el título, decidiera mostrarnos ciertos aspectos menos conocidos sobre el detective más famoso del mundo. Obviamente había bastante riesgo en el proyecto, puesto que Wilder y su inseparable colaborador I.A.L. Diamond tendrían que lidiar con un icono internacional del que el público ya tendría una fuerte imagen preconcebida. Tenían que ofrecer una visión diferente de Sherlock Holmes pero al mismo tiempo respetuosa, que mantuviera su espíritu. Aunque no era una empresa fácil tenían un importante punto a favor: ser dos de los mejores guionistas del mundo.

Aunque la idea original y el primer montaje eran una obra bastante distinta a la que resultó siendo, basándonos en el resultado que tenemos, La Vida Privada de Sherlock Holmes explora sobre todo las relaciones de Holmes con las mujeres en dos episodios bastante distintos en cuanto a tono y contenido.

El primero de todos, más breve y ligero, nos cuenta como una diva de la ópera le hace una proposición bastante peculiar. Ella quiere retirarse y tener un hijo al que cuidar, así que le pide a Holmes que la deje embarazada para así tener un descendiente con la belleza de ella y la inteligencia de él. Holmes, acorralado, inventa todas las excusas que puede para escapar hasta finalmente dar a entender que él y Watson son “algo más que amigos”.
Pese a que la idea de que la relación entre Holmes y Watson sea más íntima de lo que mostraba Conan Doyle es bastante tópica y pueril, Wilder y Diamond salen del paso atreviéndose a utilizar esa suposición tan trillada convirtiéndola en un pequeño y divertido gag. El mejor momento es cuando, en un diálogo muy típico de Wilder, le comentan a Holmes la lista de pretendientes a los que la diva hizo antes la propuesta y el motivo por el que fueron rechazados (Tolstoy demasiado viejo, Nietzsche demasiado alemán, Tchaikovsky… “las mujeres no son lo suyo”).

Pero el principal argumento del film concierne al caso de Gabriele Valladon, una mujer belga que intenta hallar el paradero de su marido, un ingeniero belga recientemente desaparecido. El hermano de Sherlock, Mycroft, quien está envuelto en asuntos gubernamentales, le pedirá que abandone el caso, pero éste seguirá adelante las pistas hasta Escocia acompañado de Watson y Gabriele. Si usted, amable lector, no ha visto aún el film y no quiera conocer la resolución, le recomiendo que se salte los dos siguientes párrafos o que, mejor aún, se haga ya con una copia de la película.

Con esta historia, Wilder y Diamond diseñaron su particular misterio al estilo Sherlock Holmes con todos los ingredientes típicos de los relatos originales: punto de partida misterioso y a primera vista inverosímil por todos los hechos que le rodean (la amnesia de la cliente, la dirección falsa, los canarios, etc.); rápidas deducciones por parte de Holmes y una resolución compleja pero que encaja con todas las pistas desperdigadas que han ido ofreciéndose al espectador. Lo interesante está en que éste es uno de los pocos casos en que Holmes pierde o es engañado. Gabriele resulta ser una espía germana que en realidad estaba usando al detective para que le hiciera llegar hasta el proyecto que estaba diseñando el ingeniero belga: un submarino. Resulta una estrategia brillante, puesto que los espías se sirven de la inteligencia y el gusto del detective por los misterios para conseguir sus propósitos. Por ello hacen que el primer encuentro con Gabriele esté envuelto de tanto misterio, porque eso es un caramelo irresistible para Holmes.

Por supuesto también sirve para explorar el carácter misógino del protagonista, y aunque en ningún momento cayeron los guionistas en la tentación de crear una historia de amor, sí que se sobreentiende sutilmente que surge un aprecio mutuo entre ambos. Aprecio que quedará de manifiesto al final cuando Holmes sepa por su hermano que ella murió en Japón cumpliendo una misión de espionaje, y que el nombre falso que utilizó era el mismo que ambos usaron cuando investigaban el caso del ingeniero haciéndose pasar por un matrimonio.

Es por tanto una visión de Holmes complementaria a la que aparece en los relatos de Conan Doyle, que demuestra que los guionistas sentían un sincero aprecio por el personaje y que por ello lo tratan con respeto y coherencia pero también con sentido del humor. El Holmes de Wilder se lamenta al inicio del film de que los relatos que ha publicado Watson le han creado una fama exagerada. Ahora se ve obligado a llevar ese atuendo que el público asocia con él y le toman por un virtuoso del violín cuando en realidad es un violinista mediocre.

Quizás se les podría achacar que sus autores no se resistieran a la tentación de convertir a Watson en uno de esos secundarios cómicos tan típicos de Wilder; pero en ningún momento llega a ser una caricatura sino más bien en un contrapunto humorístico marca de la casa ya que no podía faltar ese característico sentido del humor que hizo famoso al cineasta, especialmente en mi momento predilecto, la aparición al final de una Reina Victoria tratada con un enfoque hilarante.

Siendo justos también habría que hacer una mención a Alexander Trauner, habitual colaborador de Wilder, que vuelve a hacer un trabajo magnífico creando una ambientación perfecta del Londres victoriano, así como a un reparto de nombres en general poco conocidos pero que hacen unas actuaciones impecables: Robert Stephens y Colin Blakely demuestran estar a la altura de las circunstancias y son unos Sherlock y Watson que no tienen nada que envidiar a las decenas de actores que tomaron esos papeles antes y después que ellos; la francesa Geneviève Page  hace un buen trabajo como Gabriele y Christopher Lee, el único nombre conocido, está espléndido como Mycroft Holmes.

Teniendo en cuenta que hoy en día esta película está considerada como una más de las muchas que pueblan la filmografía de Billy Wilder, resulta curioso (y hasta triste) remontarse a todo su proceso de producción para darse cuenta uno de que Wilder la encaró como la gran obra de su vida. No solo iba a ser la producción más ambiciosa de su carrera sino que su montaje inicial duraba más de 3 horas y daba un enfoque distinto al que conocemos hoy en día, ya que en esa hora perdida se contaban dos historias más que desarrollaban más a fondo la peculiar y sincera amistad entre Holmes y Watson. No eran dos misterios al uso, sino historias que servían principalmente para profundizar en la relación de una de las parejas más famosas de la historia. Desgraciadamente, ese metraje fue eliminado y hoy en día está desaparecido, provocando que ese proyecto tan ambicioso al que Wilder dedicó tantísimo tiempo y esfuerzo ahora pueda parecer simplemente una más de las muchas películas geniales que hizo a lo largo de su vida.

Es cierto que esa gran obra que Wilder tuvo en mente desapareció en el suelo de una sala de montaje, pero no cabe duda de que La Vida Privada de Sherlock Holmes fue una de las películas más especiales de su carrera y una de las que más necesita ser reivindicadas.

Almas Desnudas [The Reckless Moment] (1949) de Max Ophüls

Lucia Harper es una ama de casa que vive acomodadamente en un pequeño pueblo residencial con su familia formada por dos niños, su marido, su suegro y una eficiente criada. Sin embargo, su plácida vida doméstica se verá interrumpida por el romance que mantiene su hija adolescente Bea con un hombre indeseable mucho mayor que ella llamado Ted Darby. Al estar su marido ausente en Europa por motivos laborales, Lucia es la única que puede luchar para separar a su hija de tan maligna influencia.
Una noche, la joven Bea se cita con su amante en el embarcadero cercano a su casa y descubre horrorizada que su madre tenía razón respecto a las intenciones de éste. Tras una pelea en que le golpea, Ted muere accidentalmente al caer sobre un ancla, aunque Bea no es consciente de ello, ya que ha huido horrorizada a casa. Al día siguiente, Lucia descubre el cadáver de Ted y temiendo que la policía incrimine a su hija, lo transporta con lancha lejos de su hogar. Desgraciadamente, sus problemas no acaban aquí, ya que poco después de descubrirse el cadáver aparecerá un desconocido llamado Martin Donnelly que chantajeará a Lucia con unas cartas que conectan a Bea con Ted.

La última película que realizó el director Max Ophüls en Hollywood sería toda una curiosidad en su carrera, una película que se aparta por completo de sus temas habituales y en la que aborda un género tan típicamente americano como el cine negro o policíaco. Sin embargo, Almas Desnudas está muy lejos de ser una película de intriga al uso, y de hecho eso es lo que buscaba su productor, Walter Wanger (quien años atrás había conseguido un éxito enorme con algunas de las mejores películas americanas de Fritz Lang como La Mujer del CuadroPerversidad). Prueba de ello es que pensara inicialmente adjudicar este proyecto al director francés Jean Renoir en vez de a cualquiera de los muchos expertos en cine negro que podría hallar en Hollywood. Por ello, cuando la película pasó a caer en manos del también exiliado Max Ophüls no puede decirse que el realizador le diera un giro radical al film, sino que más bien desde el principio Wanger buscaba dar un tono distinto a esta historia criminal.

El resultado fue de lo más interesante, más allá de la típica historia vulgar sobre chantajes, Ophüls consiguió hacer un lúcido retrato sobre la familia típicamente americana, y más concretamente, de la madre de familia americana (no en vano, Ophüls era un experto en ahondar en la psicología femenina). Lo que nos propone el director es mostrarnos un hogar estable, acomodado e idealizado que acaba mostrando su otro reverso aparentemente menos visible. Ya la simple idea de que la bonita, joven y supuestamente inocente Bea se cite con un hombre tan indeseable como Ted da a entender cómo en el fondo ese submundo oscuro y perverso posee un peligroso atractivo que a la postre estará a punto de condenar a la hija mayor de los Harper.

Lucia hará todo lo posible por alejar ese submundo de su hogar. Al estar ausente la figura paterna, ella queda encargada como gran protectora del hogar y de su familia, y tal es así que cuando descubre el cadáver de Ted no dudará ni un instante en esconderlo. Este gesto obviamente sirve para proteger a su hija, pero en realidad la hipótesis de un accidente es tan clara (la barandilla rota, la posición del cadáver sobre el ancla) que eso nos hace pensar que lo que pretende Lucia no es tanto salvar a su hija de una acusación de asesinato, sino apartarla de todo lo que implicaría pasar por un interrogatorio policial y la presión que eso conlleva. De hecho, el chantaje al que se verá sometida se basa simplemente en unas cartas que conectan a la víctima con Bea, y no en cualquier hecho que pueda conectarla con el crimen, por tanto la función de Lucia es ante todo separarla de ese mundo, evitar que todo lo que conlleva Ted Darby «manche» aún más su inmaculado hogar y su inocente hija. Por ello, el gesto de alejar el cadáver no es solo una forma de proteger a su hija de la policía sino de literalmente alejar a ese hombre y todo ese submundo que conlleva bien lejos de su hogar (de hecho la primera escena del film nos muestra a esa respetable ama de casa entrando en un hotel de mala muerte para salvar a su hija de esas influencias).
A lo largo del film, esta obsesión quedará patente en su insistencia por no citarse con Martin en su casa sino siempre fuera de ella e incluso evitar que le llame al teléfono, como si no quisiera nada de ese asunto llegara a su hogar.

Como ama de casa y madre de familia, Lucia ha de sufrir una presión enorme que la acaba esclavizando. La mayor paradoja del film está en que pese a que vive en un hogar acomodado y perfecto, Lucia no es una mujer libre. Cuando han de tratar los pormenores del chantaje, Lucia le expone a Martin los innumerables problemas que tiene para poder moverse sin levantar sospechas y las limitaciones que sufre por culpa de sus ataduras al hogar. Lucia lo tiene todo pero a costa de no ser libre, de ser una mujer que ha de vivir por y para su familia sacrificando para ella su libertad y su intimidad. Ha de vigilar a su hija constantemente y ayudarla a reponerse del trauma sin que su padre se entere, su hijo acaba resultando terriblemente pesado interrumpiéndola constantemente incluso cuando hay un invitado en casa, su suegro no puede evitar ser una molestia al intentar intimar con Martin e incluso sugiriéndole que se quede a cenar sin sospechar que les está chantajeando, la criada se acaba enterando de todo lo que sucede y, si bien es el único punto de apoyo que tiene Lucia, eso implica que le es imposible guardar ningún secreto.

Aquí resulta especialmente interesante destacar la labor de Ophüls a la cámara, que se sirve de los recursos de puesta en escena del cine negro creando un clima opresivo pero no tanto por seguir las convenciones del género sino para retratar la opresión en que vive la protagonista, que se encuentra encerrada en esa jaula de oro.

No podemos olvidar desde luego al personaje de Martin Donnelly, el otro gran pilar que sostiene la película. Porque lejos de ser un chantajista al uso, Martin es un hombre que enseguida descubre cual es la situación de Lucia pese a no formar parte de su universo familiar y pronto sentirá una clara simpatía hacia ella. De hecho, Martin acabará ocupando poco a poco el lugar del padre ausente ayudando al hijo con sus labores de mecánico o dando conversación al anciano de la familia. En lo que respecta a Lucia, su comportamiento hacia ella acaba siendo casi el de un amante: le compra cigarrillos sin filtro por su salud, la intenta invitar a cenar e incluso sus íntimos encuentros a escondidas con sus confidencias nos hacen pensar más en una relación ilícita que en un chantaje.
Pero ella no le corresponderá ni mostrará verdaderos signos de afecto hacia él hasta el final de la película, cuando en un último sacrificio, Martin se enfrenta a su compañero Nagel (quien le obligaba a mantener el chantaje contra la voluntad del propio Martin) y consigue apartar definitivamente a la familia de esa pesadilla.

En una película como ésta, la elección de actores resultaba crucial y en este caso fue todo un acierto el contar con una magnífica Joan Bennett y con el siempre infalible James Mason. Aunque ella merece llevarse más mérito por la importancia de su papel, yo siento debilidad por Mason. Esos gestos y miradas a Lucia, que dan a entender el cariño que le está cogiendo pero sin hacerlo torpemente explícito, son de esos detalles que engrandecen una película.

Muy recomendable.

Una Chica en Cada Puerto [A Girl in Every Port] (1928) de Howard Hawks

Resulta sorprendente que ya en una fecha tan temprana como 1928 Hawks, en una de sus primeras películas, ya tuviera claro cual iba a ser su tipo de cine. Una Novia en Cada Puerto es una película que destila el estilo del director por todos los costados aún siendo un film mudo y, por tanto, careciendo de uno de sus elementos más característicos: sus diálogos.

Los protagonistas son Spike y Salami, dos marineros mujeriegos empedernidos y amantes de las peleas cuyos caminos empiezan a cruzarse cuando Spike observa molesto como todos sus ligues parecen haber sido conquistados antes por otro marinero que siempre se le adelanta. Cuando se encuentran, su primera reacción es violenta, pero pronto acabarán haciéndose íntimos amigos puesto que tienen demasiado en común. Sin embargo, no tardará en aparecer una mujer en sus vidas que pondrá en peligro su amistad.

El argumento es de lo más simple y cuenta con todos los ingredientes que tanto le gustaban a Hawks: una comedia ligera con componentes de acción y una fuerte relación de amistad que a lo largo del film se pondrá a prueba por culpa del consabido triángulo amoroso. Esta clase de amistades tan viriles siempre fue uno de los temas favoritos del director y supo explotar ese tipo de relaciones mejor que nadie a lo largo de su carrera. Aquí todavía no llegó a profundizar en ella como sí haría en futuras películas, y es por ello que al acabar el film uno puede quedarse con la sensación de que es una obra excesivamente ligera, aunque resulta totalmente perdonable si tenemos en cuenta que es una de sus primeras películas y que, al fin y al cabo, resulta muy eficaz y entretenida.

El entrañable personaje de Spike está interpretado por Victor McLagen, quien no tiene ningún problema en hacerse con el personaje y adueñarse de buena parte del film, poniéndoselo muy difícil a su compañero Robert Armstrong. Eso es, claro está, cuando no ha de competir en pantalla con la bellísima Louise Brooks. La famosa actriz se encontraba en el momento cumbre de su carrera en Hollywood (aquel mismo año protagonizó el drama Mendigos de la Vida, que cosechó un gran éxito) y estaba a punto de embarcarse para Alemania donde protagonizaría las dos películas que la consagrarían para siempre a la historia del cine. En este film, Brooks consigue eclipsar a los dos protagonistas masculinos en sus apariciones en el tercio final del film con ese sugerente e hipnótico porte que la convirtió en una de las actrices mudas más recordadas de la historia. Sin duda, Brooks era una actriz que se entendía con la cámara y aunque su papel aquí se limita a ser el de femme fatale, su sola presencia y su medida actuación le dan una riqueza que otra no habría conseguido aportar.

En su hora y cuarto de duración la película pasa volando como sucede con todas las buenas obras de Hawks y aunque la trama es simplísima, funciona sin problemas. No en vano este era el tipo de historia en que se acabaría especializando y ya se ven algunos de sus toques personales como ese gusto por los detalles que sirven para mostrar la relación entre personajes, como el hecho de que Salami siempre le pida a Spike que le estire un dedo después de una pelea.

Para mi gusto el mejor momento es el final, cuando Spike cree que su amigo le ha engañado con Marie y lo busca furioso para vengarse. Salami se encuentra en mitad de una discusión con otros marineros, Spike le ayuda dejando fuera de combate a los agresores y luego le asesta un puñetazo a su amigo. Aquí uno esperaría la típica escena en que se descubre que sus celos eran infundados, pero nada de eso. Simplemente, Spike mira a su amigo inconsciente, que tiene que estirarse su dedo él mismo, y conmovido se acerca a hacer las paces con él. Aunque luego éste le explica que ya conoció a Marie años atrás, lo más emotivo es que la reconciliación tiene lugar antes. Su relación es tan cercana que Spike no necesita pruebas de la fidelidad de su amigo, ya sabe que él no puede haberle hecho eso. Ese detalle tan simple, creo que resume a la perfección la camaradería entre ambos protagonistas y que a lo largo de los años Hawks retomaría una y otra vez con resultados aún mejores.

El Demonio de las Armas [Gun Crazy] (1950) de Joseph H. Lewis

Bart ha estado toda la vida obsesionado con las armas de fuego. De pequeño esa pasión le sirvió para poder destacar en algo diferente al resto de chicos, pero por desgracia le llevó también a cometer su primer delito al intentar robar una pistola. Años después, Bart vuelve a su pequeño pueblo después de haber pasado por un reformatorio y el ejército. Es un hombre nuevo que no sabe hacia donde llevar su vida, hasta que conoce a Annie, una pistolera que trabaja en una feria ambulante en un número de tiroteo. Después de ganarla en un reto, Annie le propone que se una a la feria para utilizar sus dotes de pistolero. Será el inicio de su apasionado romance.

«Sólo sirvo para disparar. Sólo eso me gusta. Eso haré cuando crezca«. Una de las ideas que me viene a la cabeza al ver El Demonio de las Armas es hasta que punto Bart ya está condenado desde el momento en que hace esta confesión al juez. Por otro lado, es un niño que vive condicionado por su obsesión con las armas pero también por un incidente que vivió de pequeño que le marcó de por vida. Jugando con su escopeta de aire comprimido, Bart disparó en el jardín de su casa a diversos objetos hasta que se le ocurrió probar cómo sería matar a un ser vivo, a los pollitos de casa. Inocentemente disparó a uno y descubrió qué es la muerte y qué se sentía al quitar la vida a un ser vivo. Este hecho traumático le marcaría para siempre, seguiría obsesionado por las armas pero también por su incapacidad para matar a nadie.

Cuando se cruza Annie por su camino, vive un tórrido romance marcado por la dependencia de ambos hacia las armas pero desde dos puntos de vista distintos: él tiende hacia la rectitud, ella aspira a más de lo que la vida ha ofrecido y quiere aprovechar sus virtudes como pistolera para ello. Su pasión, en la línea de los mejores romances de cine negro, creará entre ellos un vínculo irrompible y fatal, un vínculo que les hace depender totalmente el uno del otro hasta las últimas consecuencias, igual que en obras tan míticas e inolvidables como Solo se Vive una Vez (1937) de Fritz Lang, Perdición (1944) de Billy Wilder o El Cartero Siempre Llama Dos Veces (1946) de Tay Garnett, en que el destino de la pareja está sellado desde el momento en que su romance queda unido por un crimen.

La película tiene todas las virtudes de las grandes obras del cine negro destacando su ritmo y fluidez narrativa. Después de haber descrito en el prólogo el carácter y psicología de Bart, la película no malgasta ningún minuto en dar información innecesaria desde el momento en que él y Annie se conocen. Un buen ejemplo es la escena en que se nos muestran los primeros días de casados de la pareja en que vemos una serie de planos fundidos entre sí de su acomodado estilo de vida hasta acabar en un plano en que acuden al escaparate de un prestamista, signo inequívoco de que se han quedado sin dinero. Así mismo, no se dan detalles de las conversaciones preliminares sobre pasarse a la vida criminal, simplemente ella menciona algo de un plan que habían hablado previamente. No hace falta esa información, los espectadores ya sabemos que van a acabar irremediablemente abocados a ese mundo por su pasión por las armas y su necesidad de encontrar dinero, cuando presenciemos el primer atraco no nos habrá hecho falta ver qué les ha llevado a dar ese paso.
A cambio el guión se centra en las conversaciones en que Bart duda sobre si están haciendo lo correcto y su continua fobia a matar. En uno de los diálogos más interesantes, reflexiona sobre el hecho de que al haberse decidido por este tipo de vida se han condenado a quedar solos para siempre, sin tener a nadie a quien acudir para ayudarles cuando lo necesiten. El crimen les une pero al mismo tiempo les aisla del mundo.

A nivel de dirección, la película es apabullante y visualmente muy atractiva. Joseph H. Lewis hace un trabajo excelente que consigue que el film destaque por encima del resto de films criminales de serie B por su factura visual e incluso le dota de cierto tono bastante moderno para la época. Hay muchas escenas que merecerían ser comentadas, pero hay dos que destacan especialmente.
La primera es un largo plano secuencia filmado desde el asiento trasero de un coche que muestra uno de sus atracos. Todo el plano está rodado desde el coche sin ningún corte y, como novedad, opta por no seguir a Bart mientras comete el atraco y se centra en la figura de Annie, que espera en el coche y tiene que intervenir para quitar de en medio a un policía que pasaba justamente por ahí.
La segunda que destacaría es la escena final en el pantano, donde ambos se refugian envueltos por una espesa niebla. El ambiente tenebroso de esa escena hace que parezca más bien una pesadilla en que los dos amigos de infancia de Bart intentan salvarle de ese mundo de perdición al que se ha abocado.

En mi opinión una de las mayores joyas del cine negro de serie B, una película fatalista, magníficamente rodada y que hace reflexionar sobre una sociedad demasiado obsesionada con las armas como es la estadounidense.

Cautivo del Deseo [Of Human Bondage] (1934) de John Cromwell

Philip Carey es un joven estudiante de medicina que, tras un tiempo intentando dedicarse al arte, decide volver a retomar su carrera al descubrir que nunca será más que un pintor mediocre. A su regreso a la facultad conoce a Mildred Rogers, una atrevida camarera de la que se enamora locamente. Ella acepta sus coqueteos e incluso sale con él en algunas ocasiones pese a que resulta obvio que no siente ningún interés por el refinado y elegante estudiante. Finalmente, el día en que Philip iba a proponerle en matrimonio, Mildred le dice que se casará con otro hombre, rompiendo su relación de forma definitiva.

Paralelamente, la carrera universitaria de Philip ha ido en declive debido a que esa pasión le ha hecho olvidar sus deberes, pero una vez ha roto con Mildred, se propone retomar los estudios con el apoyo de una nueva mujer, Norah, que está enamorada de él. Sin embargo, Mildred no desaparece definitivamente de su vida, ya que ésta es rechazada por el hombre con el que dijo que iba a casarse y se convierte en una madre soltera. Philip, aún hechizado, la acoge en su apartamento y rompe su relación con Norah.

Cautivo del Deseo es uno de esos films que causó gran impacto en su momento pero que hoy en día, desnudo de los alicientes que tanto atrajeron al público en su época o incluso de cierto elemento de novedad, resulta algo rutinario. Esta adaptación de la novela de Somerset Maugham prefiere centrarse en la relación entre Philip y Mildred prescindiendo del resto de elementos biográficos que envuelven al protagonista antes de su encuentro con la mujer que le hechizará, lo cual la convierte Cautivo del Deseo en una película centrada básicamente en el tema de hombre abocado a la perdición por una mujer. No es una mala opción, pero la película en sí no acaba de funcionar ni mucho menos tanto como podría.

Desprendido de los elementos biográficos que podrían ayudar a comprender su carácter y personalidad, Philip Carey se nos antoja en la película como un pálido y poco interesante protagonista con el que es difícil llegar a congeniar del todo. Desde luego, no podemos culpar a Mildred por sentir desidia hacia un hombre que, pese a estar locamente enamorado de ella, se antoja pasivo e incapaz de mostrar ningún tipo de emoción hacia los avatares que le presenta el destino. Su papel de filántropo que acude siempre a ayudar a la mujer que le desprecia y destruye sus cuadros y quema su dinero no acaba convenciendo demasiado. El gran problema es que ni el guionista ni el director consiguieron reflejar eficazmente ese sentimiento de pasión fatal que afecta a Philip, de forma que nos cuesta más comprender qué le lleva a actuar de esa forma.

Uno de los aspectos más interesantes del film acaba siendo lo atrevido del tema para la época, incluyendo el nacimiento de un niño que indica que hubo relaciones prematrimoniales entre dos personajes (uno de los grandes temas tabú del Hollywood clásico), el personaje de Mildred convirtiéndose en una prostituta y las fotografías de desnudos femeninos que abundan en el apartamento de Philip. El film se trata de una de las últimas obras que se estrenaron antes del endurecimiento del Código Hays, que establecía unos límites muy estrictos a la supuesta moralidad de las películas. Solo un año después, la versión que conocemos de Cautivo del Deseo habría sido imposible.

Pero lo mejor de todo es sin duda ver a Bette Davis en el primer papel que la convirtió en una estrella y que eclipsa por completo a su protagonista Leslie Howard. Davis luchó todo lo que pudo por conseguirlo, aún cuando muchos consideraban un suicidio que una actriz encarnara a un personaje tan maléfico, algo que por entonces se pensaba que arruinaría su carrera. Pocas veces se había visto hasta entonces en la pantalla a una arpía tan cruel y despiadada que no dudaba en insultar y escupir al hombre que se deja llevar a la perdición por ella; por no hablar de la imagen tan poco glamourosa que ofrece al final del film cuando la vemos, gracias al maquillaje, convertida en una mujer enferma, decadente y acabada.
El papel de Davis, como ella imaginó, causó una grandísima impresión en el público y configuró su futuro: el resto de su carrera estuvo marcado, como sabemos, por este tipo de papeles en que supo especializarse y que la convirtieron en una de las grandes actrices de la historia del cine. Sin embargo, el paso que dio fue muy atrevido, pero por suerte ganó la apuesta y, tras Cautivo del Deseo, Davis empezó a ser una gran estrella y no otra actriz como hasta entonces.

En lo que se refiere al resto del film, no tiene muchas más cualidades destacables pero sigue siendo un correcto y buen melodrama que, de no tener a Davis en ese papel, seguramente habría perecido en el olvido absoluto. Imprescindible para seguidores de la actriz.

Infierno en el Pacífico [Hell in the Pacific] (1968) de John Boorman

Durante la II Guerra Mundial dos náufragos coinciden en una isla desierta del Pacífico: un soldado americano y uno japonés. En ese contexto, aislados completamente del mundo y la civilización, se debatirán entre los recelos iniciales y la necesidad de aliarse para sobrevivir. Si a este argumento le sumamos que los protagonistas y únicos actores de la película son Lee Marvin y Toshiro Mifune, nos encontramos con una golosina irresistible para un cinéfilo.

Infierno en el Pacífico es una película que ya parte con clara ventaja solo por la premisa y el prometedor duelo interpretativo que ofrece, pero es justo reconocer que Boorman sabe jugar bien las cartas y aprovechar ese punto de partida sin caer además en los tópicos. Porque no se trata de la típica historia en que vemos claramente cómo los dos personajes pasan de odiarse a respetarse y cogerse cariño, sino que la evolución de su comportamiento es mucho más progresiva y errática. De hecho ni siquiera llegan a enfrentarse en ningún momento del film, al menos no físicamente, como seguramente esperaría el espectador. Toda la tensión de la película se centra en el terreno psicológico: el saber de la presencia del otro y que es inevitable que acaben chocando en el momento más inesperado, el miedo a que sea el otro el que se adelante y haga un ataque, el recelo del japonés por no querer compartir su agua y la necesidad imperiosa del americano por conseguirla por las buenas o las malas. El único enfrentamiento directo que hay lo provoca el americano haciendo ruidos insoportables hasta volver loco al nipón, pero en ningún momento llegan a enfrentarse directamente, pese a estar a punto.
Cuando uno pasa a ser esclavo del otro, lejos de ser la solución a sus problemas, la tensión persiste: el japonés no soporta la continua mirada del americano, mientras que cuando se cambian las tornas éste último acaba estallando y liberando a su prisionero harto de ser él quien haga todo (darle de comer, lavarle, etc.).

Resulta un acierto también que no se entiendan entre ellos y que la barrera idiomática jamás sea superada. No hay ninguna escena típica en que uno le explique al otro el significado de una palabra en su idioma, de hecho jamás se dirigen el uno al otro por sus nombres, más que nada porque nunca llegan a presentarse. Y sin embargo, no cesan de hablarse. Se hablan aún sabiendo que el otro no comprenderá las palabras y que, si consiguen entenderse en algo, es más por los gestos o el tono de voz. Pero los dos personajes necesitan imperiosamente hablar y comunicarse, aún cuando sus diálogos en realidad sean soliloquios. Cabe decir que en la versión original de la película, las frases de Toshiro Mifune no estaban subtituladas y por tanto no se daba al espectador la oportunidad de entender nada de lo que decía, cosa que cambia en algunas de las versiones que circulan ahora en que ambos están subtitulados y eso nos da la ventaja de ser los únicos que entendemos a los dos contendientes.

En todo el film sigue habiendo momentos ambiguos aún cuando se supone que ya no son enemigos y han decidido colaborar juntos, como la mirada desconfiada del americano mientras el japonés utiliza el cuchillo para fabricarse una flauta o el encuentro en alta mar con un helicóptero, en que el japonés lanza al mar el silbato de su compañero porque no quiere que les localicen (¿por qué motivo? ¿miedo a ser rescatado por los americanos aunque eso implicara salvar su vida? ¿temor a que eso implique volver a ser enemigos?).

Resulta fundamental en la película, hasta el punto de ser casi otro personaje, el papel que juega la naturaleza. Boorman (quien en la famosa Deliverance también se serviría mucho del entorno natural) se recrea continuamente en los paisajes salvajes hasta el punto de que los personajes se funden en ellos. La naturaleza remarca la condición salvaje a la que han vuelto, pero también el hecho de que en ese entorno no son necesariamente enemigos, puesto que no se encuentran en un ejército o en mitad de una guerra. Cabe hacer justicia en ese sentido y alabar el excelente trabajo del director de fotografía Conrad L. Hall, quien en combinación con la puesta en escena de Boorman, recrean a la perfección el territorio en que se encuentran. También cabe remarcar el cuidadísimo papel que juega el sonido, sobre todo en la primera parte: la rama que el americano rompe accidentalmente delatando por primera vez su presencia, las primeras gotas de lluvia cayendo después del conflicto provocado por el agua, etc.

Cuando, después de una odisea en una balsa, llegan a una isla, se encuentran con un campamento japonés destruido y abandonado tras un ataque americano. Por entonces ya son casi amigos tras haber sobrevivido juntos a la aventura marítima, pero el primer contacto con el mundo civilizado destruirá inevitablemente ese vínculo. Cuando se afeitan, se visten con ropa nueva y se emborrachan juntos, resurgen los antiguos rencores. En mitad de una isla del Pacífico, no eran soldados de bandos contrarios, sino dos náufragos desesperados. En esas ruinas recuerdan el papel que jugaba cada uno, el horror de la guerra de la que provenían. Minutos antes, sin embargo, les veíamos preocupados a cada uno porque su compañero no fuera tiroteado por soldados.
Si no han visto el film, les aconsejo que se ahorren el siguiente párrafo sobre el final de la película.

El desenlace original de Boorman mostraba a los dos contendientes rompiendo la tregua que habían iniciado. Volvía a resurgir la tensión inicial y, antes de que les viéramos en el enfrentamiento definitivo, el film terminaba con un fundido a negro. Por desgracia, aquí entró en juego el productor, quien temía que ese final dejaría muy insatisfecho al público y además, como no se había rodado ninguna pelea, no podía insertar esa lucha tan esperada. Así pues, en una muy «inteligente» maniobra, pensó que una explosión al último momento sin venir a cuento contentaría al público dándoles las dosis de violencia que esperaban y que no se les había dado hasta entonces. Así que la versión que se estrenó acaba con un plano extra absolutamente descontextualizado en que vemos una explosión supuestamente provocada por un bombardeo que mataría a los dos protagonistas y que, en opinión del sabio productor, haría que el desenlace fuera más satisfactorio. Delirante.

Salvo ese pequeño detalle, Infierno en el Pacífico es una película intachable que sin duda saciará las expectativas del espectador ante una premisa tan interesante y en la que afortunadamente sus creadores estuvieron a la altura.