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Satanás [The Black Cat] (1934) de Edgar G.Ulmer

La primera colaboración entre dos de los mayores iconos del cine de terror, Boris Karloff y Bela Lugosi vino de la mano de esta cinta de terror del experto en serie B Edgar G. Ulmer. Los protagonistas son un joven matrimonio que decide pasar su luna de miel en Hungría. Durante su viaje en tren conocen a un enigmático hombre llamado Vitus Werdegast, que tras muchos años ausente vuelve a su país natal para ver a un viejo conocido, Hjalmar Poezig, con el que tiene asuntos pendientes. Camino al hotel desgraciadamente su coche tiene un accidente en el que muere el conductor y la joven esposa queda herida. Wergedast les propone refugiarse en casa de su amigo Poezig hasta que consigan ayuda. La pareja se alojará pues en la terrorífica mansión sin conocer el enfrentamiento existente entre Poezig y Werdegast, cuya esposa sospecha que ha sido asesinada por su antiguo amigo.

De entrada resulta destacable que éste sea uno de los pocos casos en que una mala traducción acaba siendo mucho más fiel a la película que el título original, ya que en toda el film aparecen solo un par de gatos negros de modo totalmente anecdótico y sin relevancia alguna. En realidad el mismo Ulmer reconoció que titularon así la película como simple reclamo comercial aunque no tuviera nada que ver con el famoso cuento de Poe. Sin embargo sí que aparece el satanismo, un tema muy poco habitual en el Hollywood de la época y que debió poner los pelos de punta a los espectadores en la escena final de la misa negra.

El mayor punto flojo del film se trata sin duda de su endeble guión repleto de incoherencias y sucesos sin sentido o mal explicados. En cierto momento el protagonista intercambia su cuarto con Vitus, y aunque eso esperamos que tenga algún efecto dramático (por ejemplo que Poezig le ataque tomándole por su rival) a la práctica no sucede nada. Más adelante aparecen dos policías que se enredan en un diálogo cómico sin mucho sentido sobre las bondades de sus pueblos natales. Y uno de los momentos de mayor clímax es cuando se juegan el destino de la chica… en una partida de ajedrez.

Esto nos deja pues con lo que realmente interesa de Satanás, que es ver a Bela Lugosi y Boris Karloff en acción. Aunque tampoco se encuentran entre sus mejores actuaciones, su carisma es lo que sustenta este film y le dota realmente de interés. Por otro lado, centrándonos en Ulmer, pese a su formación en el efervescente cine alemán de los años 20, su dirección aquí todavía no acaba de sacar partido de esas influencias, seguramente frenado también por el presupuesto. Eso provoca que la que debería ser una lúgubre mansión solo tenga como decorado destacable las escaleras que conducen al sótano, las cuales filma con un juego de sombras que constituye la única reminiscencia que tendremos del pasado del realizador (además del cochero cuya apariencia recuerda mucho al protagonista de El Último de Murnau, lo cual estoy seguro de que se trata un guiño intencionado). Finalmente, la banda sonora resulta bastante irritante ya que se basa en números dramáticos genéricos que estropean un poco esa ambientación terrorífica y provoca que instantes potencialmente lúgubres tengan un aire más casual.

¿Por qué entonces esa nota ante un film con todos esos defectos? Porque pese a eso (o en parte, a causa de eso) tiene un encanto especial que me hace imposible ser más duro con él, cosa que me sucede en general con este tipo de obras de terror de la Universal, cuyo estilo tan reconocible tiene un encanto algo desfasado muy atrayente. Y siendo justos, no todo son defectos en Satanás. Pese a sus limitadas dotes de dirección, Ulmer a veces tiene algunos hallazgos destacables como ese plano en que la pareja se abraza mientras vemos en primer plano cómo el personaje de Karloff acaricia sugerentemente una pequeña estatua femenina, como si le hubieran contagiado su deseo sexual. O la primera conversación privada entre los dos rivales que desemboca en un travelling subjetivo que se mueve por el sótano mientras Karloff va hablando. En este tipo de detalles y su ambientación tan lúgubre es donde intuimos a un director destacable haciéndose notar en lo que de otra forma seria una rutinaria serie B.

No creo que sea una de las grandes películas del género como se la suele considerar y algunos de sus defectos me parecen demasiado obvios, pero no deja de ser un film entretenido de apenas una hora que disfrutarán los fans del terror clásico aunque solo sea por el duelo interpretativo entre Karloff y Lugosi.

Caballero Sin Espada [Mr. Smith Goes to Washington] (1939) de Frank Capra

Magnífica obra maestra de Frank Capra que se erige como el gran clásico de su carrera junto a Sucedió una Noche (1934) y, por supuesto, ¡Qué Bello Es Vivir! (1946). Una película ambiciosísima con la que el director cerró una década plagada de éxitos y que constituyó su último trabajo en la Columbia, el estudio en el que desarrolló la mayor parte de su carrera clásica. Solo un director tan exitoso y respetado por entonces como Capra podría haberse permitido llevar adelante un proyecto de tal envergadura (por presupuesto y temática) manteniendo su libertad artística y saliendo airoso del reto.
Sus dos últimos intentos de hacer grandes películas ambiciosas habían sido sendos fracasos (La Amargura del General Yen y Horizontes Perdidos), pero en Caballero sin Espada consiguió tener éxito tanto a nivel artístico como comercial gracias a la dura lección que Capra había aprendido anteriormente: lo que tenía que hacer era crear una historia ambiciosa pero dentro de su estilo, en el terreno que él dominaba y en el que creaba sus mejores joyas, la comedia populista. Así pues, esta película no deja de ser una versión politizada de su anterior obra, la excelente El Secreto de Vivir (1936), cuyos argumentos tienen muchos puntos en común.

Esa obsesión que tenía el director en aquella época por aprovechar su popularidad para crear películas serias con mensaje se materializó aquí mejor que en ninguna otra obra de su carrera. Caballero sin Espada indudablemente tenía un fuerte mensaje detrás e intentaba adoctrinar al público pero sin perder de vista el argumento y los personajes ni cayendo jamás en el error de situarles por debajo de las ideas que se pretendían transmitir. Se evitaba además un tono demasiado serio y solemne para demostrar que la comedia también podía ser un vehículo para polemizar y tratar argumentos serios como éste.

El film se inicia con la muerte de un miembro del Senado de los Estados Unidos que hace necesario nombrar a un nuevo senador. El momento es especialmente crítico, ya que está a punto de ser aprobada una ley propuesta por el honorable senador Paine para construir una presa bajo la cual se esconde un plan de corrupción que les enriquecerá a él y al poderoso magnate Jim Taylor, que controla a los políticos a su antojo.
Ante la dificultad de encontrar un senador adecuado, acaba surgiendo el nombre de Jefferson Smith, un joven idealista lleno de inocencia e ideales sobre la democracia norteamericana, un sujeto que parece fácil de manejar y engañar. Si Smith ya de por sí es bastante ingenuo, el joven además confía plenamente en su colega, el senador Paine, puesto que él y su padre fueron íntimos amigos de juventud. Por ello, Paine le anima a llevar adelante un proyecto de ley sobre un campamento juvenil financiado por niños para así mantenerle distraído.
Clarissa Saunders es la ayudante de Smith, una joven y cínica mujer que conoce todo el entramado de corrupción y que al principio acepta a regañadientes trabajar con el idealista y joven senador «surgido de un mundo de niños». Con el tiempo sus remordimientos la harán estallar y le hará saber a Smith toda la verdad para luego dimitir de su trabajo. Un sorprendido Jefferson Smith intentará entonces frenar esa trama de corrupción sin ser consciente de que se enfrenta a un enemigo mucho más poderoso que él.

Hoy en día en pleno siglo XXI no somos conscientes de lo increíblemente atrevido que era este argumento en su época y de la polémica asegurada que traería consigo. Aunque la corrupción política no era un tema nuevo en Hollywood, pocas veces se había atrevido un director a hurgar tanto en la herida y mostrar con detalle hasta qué punto la intocable democracia norteamericana estaba podrida por dentro. El argumento de Caballero sin Espada que hoy nos parece tan tópico en su momento era una auténtica bomba de relojería.

Frank Capra en ese sentido era de los pocos directores de la época que podía permitirse tener las agallas de llevar a cabo un proyecto semejante. Aunque se suele asociar siempre a Capra con películas joviales e idealizadas, llenas de valores puros y honestos en que siempre tiene lugar un bucólico final feliz, la realidad es que, examinándolas con más cuidado, son mucho más críticas de lo que pueda parecer. El truco del director siempre fue el mismo y siempre le funcionó: el final feliz. Cuando sus films acaban con ese esperanzador final feliz que permite a los espectadores respirar aliviados uno olvida con demasiada facilidad todo lo que ha sucedido antes. Es el juego de mostrar todas las injusticias que asolan nuestra sociedad y, una vez nos ha echado en cara la corrupción y las desigualdades sociales, en el último minuto se desdice y añade un happy ending como diciendo «pero pese a eso, todo sale bien y todos los personajes tienen un final feliz». Ese cierre que dejaba satisfecho a los espectadores y los productores hacía que lo que mostraba antes pareciera menos grave, pero todo eso sigue estando ahí hasta el último momento. Caballero Sin Espada no es un excepción, por mucho que el final acabe siendo optimista, eso no quita que durante las dos horas de film se nos haya mostrado con total claridad cómo una serie de hombres poderosos juegan con la democracia a su antojo. Y exhibir eso en 1939 era una locura.

La primera parte del film es la que más nos recuerda al Capra más amable de sus anteriores comedias. James Stewart, absolutamente pletórico como Mr. Smith, es durante este primer segmento el encargado de darle a la película un tono ligero y divertido interpretando a ese nuevo senador tan inocente y casi infantil. Smith es uno de esos héroes populares creados por Capra y su imprescindible guionista Robert Riskin (que no participa en este film pero fue el creador de este tipo de personajes) con los que el público se sentía tan identificado.

Capra era muy inteligente y había descubierto la fórmula infalible para crear comedias populares que le hicieran de oro, el tipo de films que tanto necesitaba la gente en los años 30: películas que les entretenían y, al mismo tiempo, les transmitían ideas y valores con los que se sentían identificados como el amor al prójimo, el triunfo del bien sobre el mal y esa idea tan sumamente inocente (quizás incluso ya para esa época) de que el hombre humilde vive más feliz que los hombres ricos, demasiado preocupados por su dinero.
Teniendo eso en cuenta, aunque el film que estaba creando era el más ambicioso hasta el momento, Capra no quiso por ello desprenderse de su héroe prototípico que tan bien le funcionaba y con el que el público se identificaría mucho antes que con un héroe más tradicional que destacara por su astucia. El triunfo del sencillo Mr. Smith era una victoria que todos acabarían asimilando más fácilmente como propia. Y cómo no, la primera parte de Caballero Sin Espada no deja de ser la típica comedia populista en la línea de El Sentido de Vivir siguiendo la clásica idea de «sencillo chico de pueblo va a la ciudad». Aquí es donde Capra y Stewart se sirven más de la faceta cómica del actor explotando al máximo su ingenuidad: el incorregible senador se trae consigo palomas mensajeras para escribir a su madre, cada vez que habla con la hija del senador Paine se avergüenza tanto que no puede tener las manos quietas (magnífico el detalle de Capra de hacer que durante todo el diálogo solo se vea como Smith sujeta su sombrero nerviosamente y se le cae continuamente, más tarde repetirá el gag usando el teléfono) y, lo mejor de todo, cada vez que ve un monumento se vuelve loco y lo señala gritando emocionado («¡Oh, mira eso! ¿Qué es?… Ah vaya, sólo era un cine«).

Entonces viene un segmento que seguramente se le hará incómodo a muchos espectadores, cuando contemplamos con Smith todos los monumentos de Washington como el Lincoln Memorial y se nos iluminan en la pantalla todos los ideales patrióticos, que se muestran con un vistoso montaje en el que no faltan las clásicas campanas ceremoniosas. Sin embargo, no nos dejemos engañar creyendo que esto es patriotismo barato, lo sería si estuviera al final de la película, pero la estrategia de Capra es inundarnos de todos estos valores en los que cree Smith para después echarnos en cara cómo todo eso se ha echado a perder con un gobierno lleno de corrupción y engaños. Metiéndonos todo este patriotismo y los discursos sobre libertad y democracia, Capra consigue que todo lo que suceda luego nos haga sentir más desencantados aún con el gobierno.

Todo este sentimiento patriótico de Smith de hecho se hace empalagoso hasta para el resto de personajes, que ya conocen cómo funciona todo en realidad. Sin embargo, cuanto más contemplamos lo ilusionado que está con su nuevo cargo y su gobierno, más tememos por él cuando conozca la verdad. Eso es lo que le sucede a su secretaria Clarissa Saunders, quien acaba estallando y echándole todo en cara para luego dimitir al no soportar que se engañe así a ese pobre chico. De hecho, en cierto momento le dice que él es un niño metido en un mundo de adultos y le ruega que vuelva a su mundo de niños.

El momento decisivo de este choque entre su visión idealizada del gobierno y la dura realidad se produce cuando escribe ilusionado su nueva ley sobre un campamento para niños en que se les enseñará valores americanos rodeados por la naturaleza y que se subvencionará con sus propias donaciones (creo que hay pocas ideas más «caprianas» que ésta). Pese a que la cínica Saunders intenta instruirle sobre el duro proceso por el que pasará su ley, Smith sigue adelante y se decide redactarla enteramente en una noche. En cierto momento propone que el campamento se sitúe en la zona en la cual el senador Paine y el magnate Taylor tienen pensado edificar una presa para enriquecerse. Irónicamente, el senador Paine (que ha cogido cariño a Smith porque su padre era su mejor amigo de infancia) fue quien le convenció para que llevara adelante ese proyecto confiando que así no se enteraría de la nueva ley que pronto sería aprobada. El suspense aumenta porque sabemos que la colisión va a ser inminente y, efectivamente, así acaba siendo.

Aquí es cuando nuestro héroe deja al descubierto sus mejores cualidades y sus peores defectos: por un lado es tan íntegro que no se deja convencer lo más mínimo por los argumentos de Taylor o Paine sobre que deje las cosas como están, por el otro al ser un niño en un mundo de adultos está condenado de antemano a perder la batalla. Pocos momentos hay en la película que se nos antojen tan dolorosos como cuando el magnate Taylor le asegura que tiene comprado al senador Paine, y Smith, que le tiene idealizado por la amistad con su padre, se lo niega rotundamente. Capra supo utilizar mejor que nunca el recurso de que un personaje esté engañando a otro para beneficio propio, aunque los una un vínculo de amistad o amor que haga que la revelación de este suceso hunda al protagonista (eso ya se vio en El Sentido de Vivir e incluso en uno de los primeros largometrajes de Capra, The Matinée Idol). La charla entre Smith y Paine en que le da a conocer la verdad se nos acaba haciendo tan violenta a nosotros como a los propios personajes.

Jefferson Smith es definido por muchos de los personajes como un Don Quijote, y realmente es una descripción que retrata bien al tipo de héroe que nos muestra aquí Capra. No es un héroe astuto sino un pobre chico que intenta enfrentarse a un entramado de corrupción demasiado grande para él. Cuando intenta denunciar la nueva ley es inmediatamente puesto fuera de circulación acusado de enriquecerse a costa de su propuesta de ley sobre el campamento infantil. Él, tan sorprendido al ver todo lo que se ha urdido para echarle fuera a base de falsos testimonios (incluido el de su adorado Paine), directamente rehusa defenderse. Los héroes populares de Capra son tan sencillos y humildes que por sí solos no pueden ganar en una lucha tan desigual.
Y sin embargo, pese a eso (o quizás a causa de eso), Capra consiguió crear uno de los mayores clímax finales que se hubieran visto en Hollywood hasta entonces llevando la lucha de Smith contra la corrupción hasta el mayor extremo: Smith, justo antes de ser expulsado en la reunión del Senado, consigue el turno de palabra para defenderse y acaba en una extraña situación en la cual si cede su turno será inmediatamente expulsado. A modo de protesta Paine moviliza al resto de senadores para que no le hagan caso y, aunque lo consigue, Smith se propone seguir hablando indefinidamente confiando que la prensa difundará lo que sucede en el Senado.

Esta larga secuencia es en sí misma uno de los mayores logros de la carrera de Capra y uno de los momentos cumbre de la carrera de James Stewart. Es la gran lucha de Mr. Smith contra el sistema en la que se sirve no de su fuerza o astucia (puesto que no posee ninguna de esas dos cualidades) sino de su inquebrantable amor hacia su país y la justicia, que es lo que le mantiene en pie hablando sin parar durante 23 horas. Una auténtica lucha de desgaste. Capra y Stewart consiguen que incluso nos emocionen los manidos discursos de Mr. Smith sobre la libertad y la democracia («la libertad es algo demasiado valioso como para guardarla en los libros«).

Es cierto que Capra no puede evitar convertir el Senado en una especie de circo en que Smith aún hace alguna gracieta y el público asistente aplaude sus discursos, pero a medida que avanza el tiempo el tono amable va desapareciendo progresivamente hasta llegar al duro final.
Por otro lado, la visión que da Capra en estos minutos del funcionamiento de los medios de comunicación puede parecer algo excesiva pero visto hoy en día uno no puede evitar pensar que no iba muy desencaminado: ningún medio de prensa accede a publicar lo que sucede realmente en el Senado y todos se posicionan contra Smith a causa del largo y poderoso brazo del magnate Taylor. Cuando Clarissa sugiere usar a los boy scouts de Smith para que difundan todo en su periódico local, uno espera que ahí se encuentre ese giro final típico de Capra (esperanzador, dando la idea de que todos juntos podemos vencer al mal, incluso gracias a unos inocentes niños), pero esta vez el director iba en serio y no tiene compasión: los secuaces de Capra detienen a los niños y llegan hasta a atacarlos. Nunca en su carrera se ha atrevido a mostrar algo tan cruel y descorazonador.

El clímax final tiene la virtud de ser una de las pocas escenas de una película que casi ha logrado hacerme soltar una lágrima. No solo de emoción, sino también de triste impotencia al ver solo en el Senado a ese «joven Lincoln», ese chico de provincias que creía tanto en sus ideales, siendo despedazado por el resto de senadores y la maquinaria de Taylor, traicionado por el hombre en quien más confiaba. La imagen de un Stewart afónico siguiendo su discurso sin fin mientras nosotros sabemos que va a ser vencido es la pura imagen de la derrota.

Para dar fin a esa situación, Paine usa su última arma: le muestra a Smith cientos de cartas y telegramas de ciudadanos del país que le piden que se retire del Senado. Clarissa le implora desde la zona del público que abandone su lucha. Smith lanza entonces su último y mejor discurso sobre las causas perdidas mirando fijamente al senador que le traicionó y se desmaya. No hay ases en la manga que permitan a Smith lanzarse victorioso y sorprender al público con un nuevo plan, Smith cae derrotado y de hecho no le volveremos a ver consciente en lo que queda de película.
Quien salva la situación no es Smith, sino un Paine a quien la conciencia le remuerde tanto que se intenta suicidar y acto seguido confiesa que todo lo que dijo Smith era cierto. Es uno de esos finales catárquicos que tanto le gustaban a Capra y que se repiten en muchas de sus películas. Pero no es el héroe el que da fin al conflicto, sino que tiene que ser uno de sus enemigos arrepentido. La lucha de Smith por sí sola está condenada al fracaso y creo que es una idea muy realista y atípica para una época en que los héroes podían con todo. Los héroes de Capra por si solos no pueden vencer, necesitan el apoyo del resto, y éste es uno de los mensajes más frecuentes del cine de Capra.

Caballero Sin Espada es de esas películas que pese a su gran guión y la magnífica dirección de Capra, es innegable que debe muchísimo a su asombroso plantel de actores. James Stewart hace una de las mejores interpretaciones de su carrera (quizás la mejor), y eso no es decir poco. El actor era perfectamente consciente de que ése sería el papel de su vida, y se lo tomó tan a pecho que, según comentaba sardónicamente Jean Arthur, se despertaba cada mañana tempranísimo para ir al estudio en coche conduciendo lo más lento posible para evitar un accidente de tráfico. Anécdotas aparte, la transformación que hace en el film de actor cómico a dramático es impresionante, la forma como pasa de ser un simple chico ingenuo a un hombre desesperado y hundido es increíble y poquísimos actores podrían haberlo conseguido tan bien como él.

Pero no se queda todo en Stewart, porque Capra aquí consigue uno de los mejores repartos de secundarios con los que podría soñar un director en aquella época. Para empezar dándole la réplica a Stewart tenemos al inmenso Claude Rains que para mí hace la mejor actuación que le he visto pese a su carismático personaje de Casablanca. Como personaje femenino Capra volvió a contar con su actriz favorita, Jean Arthur, una de las mejores actrices cómicas del momento. Y en papeles más pequeños encontramos caras inolvidables como el por entonces popular actor de western Harry Carey como presidente del Senado, Edward Arnold (recurrente en los papeles de villano de Capra, que siempre bordaba con mucha credibilidad) encarnando a Jim Taylor y uno de mis secundarios favoritos de la historia, Thomas Mitchell, como periodista amigo y amante no correspondido de Clarissa, un papel divertido en que el actor parece muy cómodo. Mitchell y Jean Arthur comparten juntos una memorable escena cómica en que acaban emborrachándose y deciden casarse, una escena que llama la atención por la forma como Capra se atrevió a mantener planos tan largos de los dos personajes hablando sin introducir cortes, lo cual demostraba su total confianza en que ellos solos podrían llevar el ritmo.

Y finalmente no podemos olvidarnos de un elemento tan fundamental como el inmenso decorado del Senado, toda una hazaña en su época que elevó los costes de la película a unos niveles a los que solo Capra podía permitirse dentro de la Columbia. La reconstrucción del principal escenario de la película se hizo cuidando hasta el más mínimo detalle con la ayuda de asesores y el resultado es tan bueno que hasta algún crítico ha llegado a decir que todo el argumento es una excusa para que Capra exhiba ese inmenso decorado.

Los guionistas tuvieron la sabiduría de no usar en ningún momento las palabras «repúblicanos» o «demócratas», de hecho nunca se nos dice a qué partido pertenecen Smith y Paine. La historia de Caballero Sin Espada no era una crítica a ninguna facción en concreto y cuidaron mucho que siguiera siendo así.
El estreno por supuesto dio muchísimo que hablar y la película tuvo cierta polémica y fue rechazada tanto por numerosas fuerzas políticas como por la prensa, que se comportó de forma muy hostil hacia ella por la visión que daban del medio, especialmente por el personaje de Thomas Mitchell y su afición al alcohol. Eso no impidió que  se convirtiera en un gran éxito (en realidad uno de los últimos de la carrera de Capra) y en un clásico desde el día de su estreno.

Una de las mayores obras maestras de Capra, la película en la que supo llegar más lejos y con mayor eficacia en su cine populista y social. Aquí mejor que nunca consiguió alcanzar su meta de hacer grandes películas que entretuvieran, estuvieran bien hechas y que además transmitieran un fuerte contenido crítico. Absolutamente esencial.

La Viuda Alegre [The Merry Widow] (1934) de Ernst Lubitsch

La libre adaptación que hizo el maestro de la comedia, Ernst Lubitsch, de la opereta La Viuda Alegre no es solo una de sus mejores películas sino que es posiblemente la que mejor explota su estilo personal y ese «toque Lubistch» tan admirado por posteriores cineastas como Billy Wilder, su alumno más aventajado.

El film tiene lugar en el imaginario reino de Marshovia a finales del siglo XIX, donde su protagonista, el imparable seductor Conde Danilo, decide conquistar a una de las pocas mujeres del país que aún no han sucumbido a sus encantos: la joven y atractiva viuda Madame Sonia, que posee la mayor fortuna del país. Aunque la acaudalada viuda le rechaza, queda tan hechizada por los encantos del Conde que recupera las ganas de entablar relaciones con otros hombres y viaja a París, donde toda una serie de pretendientes se la disputarán.
En consecuencia, el rey Achmet y su consejo de ministros temerán que la viuda se case con un extranjero, puesto que entonces toda su fortuna se iría con ella y Marshovia caería en la bancarrota. Para poner remedio al problema, se enviará al Conde Danilo en misión especial para seducir a la viuda y así conseguir que su inmensa fortuna no salga del país.

A nivel de dirección probablemente sea uno de los trabajos más destacados del realizador alemán, que hace aquí una labor sencillamente extraordinaria sirviéndose de numerosos recursos narrativos muy ingeniosos que denotan una gran imaginación. Para ello Lubitsch contó con la ayuda de los ingeniosos guionistas Ernest Vajda y, sobre todo, Samson Raphaelson, con el cual tuvo una larga y exitosa serie de colaboraciones que incluirían joyas como Un Ladrón en la Alcoba (1932), El Bazar de las Sorpresas (1940) o El Diablo Dijo No (1943). Ambos guionistas simplificaron bastante su versión manteniendo los puntos esenciales y añadiendo a su antojo lo que creían necesario para dar forma al famoso toque Lubitsch.

Un ejemplo de la imaginación de los escritores y el director a la hora de servirse de recursos narrativos es la forma como se nos muestra la evolución de Madame Sonia al inicio del film. En primer lugar, Lubistch nos enseña su diario personal y, a continuación, nos da a entender cómo Madame Sonia es incapaz de quitarse al Conde Danilo de la cabeza enseñando las páginas siguientes al encuentro (en que ella escriba una y otra vez «Sigo olvidándole«) mientras vemos imágenes de la viuda intentando conciliar el sueño en vano.
El cambio que sufre Madame Sonia tras ese encuentro amoroso nos es enfatizado a continuación de forma muy clara mediante los contrastes de colores: en su mansión todo es blanco y resalta el color negro de su vestido, sus zapatos, sus sombreros e incluso su perro; después de conocer a Danilo todo el vestuario vuelve a ser blanco, incluso el perrito.

Sin embargo, el mayor punto fuerte del film es ese juego de falsas apariencias en que Lubitsch era un maestro. Aquí es donde creo que se muestra ese famoso «toque Lubistch» en su máxima expresión con sus sutilezas e insinuaciones. Las puertas de los suntuosos palacios a menudo sirven para ocultar lo que sucede pero al mismo tiempo no dejan dudas al espectador sobre lo que hay tras ellas, es decir, el director no muestra nada pero sabe cómo, al mismo tiempo, darnos a entender de forma clara lo que sucede en esas habitaciones. Los planos de puertas que se abren y cierran abundan en toda la película, puertas tras las cuales suceden todo tipo de hechos que no deben conocerse públicamente: seducciones, adulterios, engaños y oscuras tramas políticas.

Una muestra de la extraordinaria eficacia de este recurso. El obeso rey abandona su dormitorio para dirigirse a una importante reunión dejando ahí sola a su esposa. El guardia que custodia la puerta es el Conde Danilo. Cuando pierde al rey de vista, el Conde entra rápidamente en la habitación pero la cámara permanece fuera (no hace falta que nos muestre lo que sucede dentro, puesto que ya lo sabemos de sobra). Sin embargo, el rey ha olvidado su espada, así que vuelve a la habitación y le vemos entrar y salir con total indiferencia, por tanto deducimos que no ha pillado a la pareja de amantes. Sin embargo, al abrocharse el cinturón con la espada descubre que le va demasiado estrecho, piensa extrañado qué debe estar sucediendo y cuando parece comprenderlo vuelve a entrar furioso. Es la típica escena en que un marido engañado descubre un adulterio, pero sin embargo Lubistch la convierte en un momento memorable e ingeniosísimo. Para rematarlo, en mitad de la discusión deciden ponerse a reír forzadamente para que los criados no sospechen nada, haciendo aún más absurdo este momento.

A lo largo del film explotará este recurso continuamente. Cuando el Conde Danilo intenta seducir infructuosamente a Madame Sonia en el segmento final nosotros no veremos nada, sólo sabremos lo sucedido de boca del embajador Popoff que va narrando todo a su secretario para que redacte un telegrama. Dicha escena filmada no tendría gracia, pero de esta forma Lubistch consigue encontrarle un punto cómico centrándose en otro personaje y no en los protagonistas.

Otro de los principales pilares del film relacionado con las falsas apariencias son los cambios de identidad, en concreto por parte de Madame Sonia, que en su primer encuentro con el Conde Danilo en París en un cabaret se hace pasar por una cabaretera más. Aquí Lubistch juega con una premisa que luego sería absolutamente fundamental en futuras comedias clásicas: un personaje engaña a otro y los espectadores conocemos la situación, de modo que se crea suspense porque tememos que el arrogante Danilo espante a la mujer que debe seducir. En este caso resulta especialmente irónico porque la seduce fácilmente, pero al no conocer la identidad de ella, se va de la lengua y echa toda su misión por tierra debido a su fanfarronería.

La película goza de un ritmo prodigioso, sin ningún crescendo remarcable pero tampoco sin bajones. Los únicos instantes que en mi opinión rompen un poco ese ritmo son los breves fragmentos cantados que nos recuerdan el origen de la obra pero que a mí no me parecen especialmente memorables. Sin embargo para Lubitsch eran un componente importante del film, ya que fue él quien puso de moda estas operetas musicales que combinaban números musicales (en los inicios del sonoro cualquier excusa era buena para insertar canciones en una película) con argumentos de comedia. Afortunadamente los segmentos musicales no son excesivos y además resultan breves, de manera que no llegan a afectar al resultado final. Incluso se debe destacar el último de todos, el larguísimo baile que sirve como momento de lucimiento absoluto para Lubistch y para el coreógrafo del film, con momentos de una belleza visual intachable casi abstracta.

Resulta también significativo que ésta sería su última opereta, así como su última colaboración con el actor francés Maurice Chevalier, que era su actor fetiche para estas operetas y al que se le daban especialmente bien los papeles de seductor. No es por tanto gratuito decir que aquí terminó una importante etapa de su carrera para empezar otra en la que crearía sus mejores películas.
La Viuda Alegre afortunadamente fue un magnífico cierre de su primera etapa sonora y uno de los mejores exponentes del cine de Lubistch. Una divertida comedia sutil que resulta provocadora y discreta a la vez, y cuyo estilo tan elegante ha sobrevivido perfectamente al paso del tiempo.

Ha Nacido Una Estrella [A Star Is Born] (1937) de William A. Wellman

Una de las primeras grandes películas que se atrevió a retratar el difícil proceso que lleva a un artista a escalar hasta ser una estrella de Hollwyood. Esther Blodgett es una ingenua joven que fantasea con trabajar en el mundo del cine hasta que un día su abuela le anima a viajar a Hollywood a luchar para cumplir su sueño. Una vez ahí, se topa con la dura realidad al no poder conseguir ningún papel, hasta que casualmente conoce a Norman Maine, un exitoso actor ahora en declive por su alcoholismo. Él se enamora de ella al instante y le consigue una prueba que la lleva a protagonizar su primera película con él. El film es un éxito tras el cual la pareja se casa. A partir de entonces, ella se convierte en una estrella de la noche a la mañana, pero paralelamente la carrera de él cae en picado haciendo que éste se hunda de nuevo en el alcoholismo.

Hoy en día la historia nos es más que familiar puesto que ha sido mil veces contada con los mismos tópicos que aparecen aquí, pero en su momento nadie confiaba en este film sobre el estrellato en Hollywood. Puede que haya quedado algo anticuado en algunos aspectos porque conocemos demasiado el argumento y a veces nos puede parecer que peca de inocente (la forma como Esther pasa tan rápidamente de ser una don nadie a un papel protagonista que la encumbra al instante; ese personaje de Oliver Niles tan descafeinado, que parece más una especie de amable padre protector que un duro productor de Hollywood…), pero aún hoy en día muchos de sus aspectos siguen vigentes.

La primera parte del film parece más bien una amable comedia en que se satiriza sobre el mundo del espectáculo y la tierna inocencia de Esther. Abundan pequeños gags típicos de las comedias de la época como cuando ella trabaja de camarera en una fiesta llena de productores e intenta llamarles la atención ofreciéndoles canapés con una voz que pretenden ser sugerente, y no faltan los típicos personajes secundarios que sirven para aportar algunos gags como el dueño del hotel en que ella se aloja o su agente de prensa. A medida que ella va triunfando, se perfilan otros gags más interesantes que satirizan sobre el estresante mundo de Hollywood como la caótica prueba que realizada y, sobre todo, mi momento favorito, cuando ella le relata al agente de prensa su biografía y éste la escribe retocándola frívolamente para hacerla mucho más interesante.

Cuando entra en juego el alcoholismo y la decadencia de Norman, el film tira hacia un tratamiento más serio y dramático. En este punto, la historia de Norman cobra protagonismo y resulta mucho más interesante que la de Esther, la cual ya ha llegado al estrellato. En mi opinión, el gran punto fuerte de la película es la forma como retrata el alcoholismo de Norman y lo agridulce que resulta el mundo del espectáculo cuando uno está acabado, como es su caso: la ausencia de papeles interesantes, antiguos amigos que le evitan, periodistas ávidos por escribir sobre su lamentable estado…
Es una pena que a cambio la relación entre Norman y Esther esté tan mal perfilada y no nos permita entenderla mejor. No se nos muestra apenas cómo ambos personajes acaban enamorándose ni la evolución de su relación, lo que les hace mantenerse unidos pese a las adversidades (sobre todo en el caso del inestable Norman, que resulta una extraña pareja para una chica como ella). Este aspecto hace que el film se resienta un poco pese a su emotivo desenlace.

La dirección corre a cargo de William A. Wellman, un eficiente artesano creador de varios éxitos de la época pero carente de un estilo personal propio. Hay algún plano destacable, como la escena en que ella lleva a su borracho marido a casa y vemos en el suelo un zapato que le acaba de quitar y, a su lado, el Oscar que ella acaba de ganar, pero el eficiente Wellman no parece sentirse cómodo seguramente por la asfixiante influencia de su productor, David O. Selznick.

Los actores en cambio están muy bien, Janet Gaynor (la encantadora protagonista de Amanecer y El Séptimo Cielo) hace una interpretación muy emotiva en el último gran papel de su vida mientras que Fredric March resulta muy carismático como Norman Maine. En papeles secundarios encontramos al siempre eficaz Adolphe Menjou como el productor Niles (lástima que sea un papel tan poco agradecido ) y a Lionel Stander, un secundario muy habitual de la época, como el gruñón jefe de prensa, un magnífico contrapunto cómico.

Para acabar, quiero destacar una escena muy interesante del film que creo que es la que mejor retrata la esencia de este tipo de historias. Cuando Esther va a una agencia de figurantes en busca de trabajo, la encargada le lleva a la oficina de teléfonos y le pide que observe el panorama: un montón de telefonistas recibiendo llamadas y diciendo frases como «Lo siento, no hay trabajo» o «Ahora no le necesitamos«. Seguidamente, la encargada le dice a Esther que por cada luz que se enciende en la centralita, hay una persona que quiere ser una estrella y que llama confiando que ésa sea su oportunidad. Pero solo una entre cien mil lo consigue. Ha Nacido una Estrella es la historia de esa una entre cien mil.

El Muelle de las Brumas [Le Quai des Brumes] (1938) de Marcel Carné

Aunque el cine negro es esencialmente americano, en Francia se han hecho un buen número de maravillosas películas negras, algunas de las cuales se produjeron antes de que el género se pusiera de moda en Estados Unidos en los años 40. La explicación se encuentra en el enorme éxito que tenían las novelas negras en Francia, que aunque estaban consideradas baja literatura tenían tanto éxito que hubo escritores franceses que se apuntaron a la moda. Seguidamente, comenzaron las adaptaciones cinematográficas, entre las cuales destaca esta pequeña joya, considerada como una de las obras cumbre de su director y del cine francés en general.

La acción se sitúa en el puerto de La Havre, donde se encuentran una serie de personajes enfrentados a su pesimista destino. El protagonista es Jean, un soldado desertor que quiere escapar del país y que se encuentra con la preciosa Nelly, una joven de diecisiete años que huye tanto de su tutor Zabel como de unos delincuentes aprendices de gángster, que la acosan para que les diga donde se encuentra su novio, extrañamente desaparecido.

El Puerto de las Brumas presenta una soberbia combinación entre cine negro y el realismo poético francés tan en boga en la época. Tanto la trama como la recreación de los escenarios nos remiten al cine negro, así como el personaje de Jean (interpretado por un siempre infalible Jean Gabin), quien encarna al prototipo de antihéroe que tanto éxito tendría cuando el género emergió en Hollywood: un hombre antipático, atormentado y que huye de su pasado; alguien que lucha contra su fatídico destino, pero que lo hace sin esperanza, casi por inercia.
En cuanto a la ambientación es de destacar la excelente labor tanto de dirección como de fotografía a la hora de recrear el puerto y, sobre todo, esa niebla a la que se hace referencia constantemente y cuyo simbolismo resulta obvio cuando el dueño del local Panamá prohíbe hablar a sus asistentes del mal tiempo y todo lo que ello conlleva (tristeza, penas personales…).

Los toques de estilo más vinculados al realismo poético se encuentran en el escenario elegido y en el guión. Ese pequeño puerto típicamente francés a la luz del día nos es mostrado con cierta belleza y encanto que contrasta con su más inquietante apariencia nocturna, por no hablar de la feria, un elemento muy utilizado en películas francesas de la época que permitía a sus autores recrearse en la puesta en escena.
El guión de Jacques Prévert por otro lado abunda en diálogos poéticos y a veces hasta existenciales pero sin descaracterizar a sus personajes, simplemente reflejando sus tormentos personales. Es de destacar por ejemplo el personaje del pintor, que se queja de que todo lo que pinta acaba adquiriendo un tono oscuro y fúnebre: si se imagina un nadador acaba dibujando un ahogado. Los personajes no pueden huir de esa amargura existencial, son seres sin esperanza.

Pese a que la trama al inicio del film parece policíaca (se nos habla de un personaje desaparecido, otro huye de la ley, hay un tiroteo…) enseguida entendemos que la película no tirará por esos derroteros y Marcel Carné se centrará en la evolución del personaje de Jean. De hecho hasta la mitad del metraje no acabamos de entender del todo qué es lo que está sucediendo (por qué se esconde Nelly, a quién buscan Lucien y sus secuaces, qué pinta el tutor de Nelly en todo esto..) y aún así se nos muestra de forma sutil dejando algunos cabos abiertos para que el espectador imagine el resto. Por ejemplo, la relación entre Nelly y su tutor Zabel, que en todo momento intuimos que abusa de ella pero no será hasta el final cuando acabemos de confirmar nuestras sospechas. La relación entre Jean y Nelly será el único rayo de esperanza. Cuando se conocen por primera vez, ella está mirando nostálgicamente al mar a través de la ventana como queriendo escapar a un lugar mejor.

Sin embargo, Carné no es optimista, todos estos personajes de clase baja están condenados a permanecer en este mundo de miserias y esperanzas frustradas. Aunque la niebla desaparece hacia el final del film, sus destinos y deseos siguen siendo tan fatídicos como parecía indicar el tenebroso ambiente nocturno que les rodeaba al inicio de la película.

La Aldea Maldita (1930) de Florián Rey

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Florián Rey era uno de los cineastas más destacados de la modesta industria cinematográfica española en los años de la II República. Con la llegada del cine sonoro, el veterano director tuvo que adaptarse a esta novedad incorporándola en la que sería su primera película hablada, Fútbol, amor y toros (1929) que, pese a su prometedor título, fue un auténtico fracaso en gran parte por lo deficiente que era aún la sonorización de films en España.
En consecuencia, decidió que su siguiente película volvería a ser muda, y curiosamente sería así como nacería la que está considerada una de las obras cumbre del cine mudo español.

Inicialmente, La Aldea Maldita parecía destinada a ser un proyecto fracasado ya que ningún productor se interesó por su temática algo peliaguda. Tuvo que ser el propio protagonista del film, Pedro Larrañaga, el que pusiera el dinero para financiarla. En su estreno fue muy bien recibida pero se le recomendó a Florián Rey sonorizarla, ya que a esas alturas (1930) era obvio que el cine mudo iba a pasar a la historia. La sonorización se realizó en París, donde esta vez sí que pudo contar con competentes técnicos y un buen equipo de sonido. Esta nueva versión de La Aldea Maldita gozó de un éxito inmenso en Francia y tuvo una buena acogida en España pertmitiendo a Florián Rey sumergirse en el cine sonoro definitivamente. Sin embargo, la versión que ha sobrevivido hasta nuestros días y que voy a comentar es la muda, aunque afortunadamente parece ser que ésta era superior a la sonora y por tanto no hay mucho que lamentar.

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La aldea castellana a la que hace referencia el título es un lugar desolado por la miseria en que las cosechas no fructifican, por ello la mayoría de sus habitantes deciden abandonarla en busca de un lugar mejor. Uno de los que permanece ahí es Juan Castilla, que en un arrebato de furia ha atacado al usurero local y está en la cárcel. Pese a eso, su mujer Acacia es convencida por una amiga para que abandone el pueblo en busca de fortuna dejando tras ella a su marido, su hijo y su suegro Martín, quien le advierte que deberá cargar consigo con el duro peso de mantener el honor de su familia a toda costa.
Tres años después, Juan Castilla ha salido de la cárcel y ha conseguido prosperar con una vida acomodada junto a su padre ciego y su hijo pero sin tener noticias de su mujer, la cual está convencido de que está llevando una vida digna donde quiera que esté. Desgraciadamente, una noche Juan conocerá la triste verdad sobre ella al encontrarla en un bar con otro hombre. Indignado la obliga a volver a casa sólo para hacer feliz a su padre haciéndole creer que la familia ha vuelto a unirse, prohibiéndole que se acerque a su hijo y dejándole bien claro que tan pronto como muera su padre la echará de casa.

El tema central de la película es obviamente el honor, pero tratado como un valor arcaico y a superar. El honor es algo absolutamente fundamental para los protagonistas y está por encima de todo, de hecho un rótulo nos aclara que Juan sigue amando a Acacia pero se debate entre ceder ante sus sentimientos o ante su deber. Aunque el anciano Martín muere creyendo aún firmemente en estos valores que ha transmitido a su hijo, lo hará sin ser consciente del drama que se sucede en su propia casa (el hecho de que sea ciego es un simbolismo bastante claro de esta idea). Será tarea de Juan superar esas creencias y perdonar a su mujer rompiendo con esa tradición.

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Florián Rey consigue crear una ambientación pueblerina creíble y muy eficaz que acompaña perfectamente a esta idea. A diferencia de la visión tradicional del cine español de la época, él no muestra una visión folklórica y amable de la España profunda, sino más bien una cruel y crudamente realista que en su época no sentó nada bien. Aún faltaban unos pocos años para que Buñuel hurgara aún más en la herida con su devastador documental Tierra sin Pan (1933), y Florián Rey se atrevió a dar ya un importante paso mostrándonos el estado de miseria en que se encontraban muchos pueblos como los del film, cuyos habitantes se sienten impotentes ante las inclemencias que parecen fruto de una maldición.
Este aspecto religioso planea sobre toda la película. Continuamente se deja caer el hecho de que la aldea es castigada por Dios y algunas imágenes nos traen a la mente imágenes bíblicas, como el apedreamiento de Acacia. Teniendo en cuenta lo fuerte que estaba arraigada la religiosidad en la España de la época, dudo que sea un recurso casual y de hecho enriquece aún más el film.

Es de destacar también la dirección de Florián Rey, fuertemente influenciada por cineastas alemanes de la época (de hecho hay un plano en que la sombra de una mano agarra el corazón de Acacia que está tomado de Nosferatu). Pese a su aparente sencillez, la película denota una gran profesionalidad destacándola por encima de la media de los films nacionales que se realizaban por entonces. Se puede mencionar por ejemplo un recurso que usa a menudo durante todo el metraje y es hacer que los personajes salgan del encuadre dirigiéndose hacia la cámara, algo muy inusual en la época y muy moderno.

Aunque no puede competir con las obras maestras del cine mudo internacional, La Aldea Maldita se trata de uno de los films imprescindibles de la cinematografía española pre-franquista, además de una de las pocas obras que huían de los tópicos de por entonces (cine folklórico de poca calidad pero muy comercial), constituyendo una notable excepción a la que era la norma de la época.

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Las Manos de Orlac [Mad Love] (1935) de Karl Freund

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Pequeño clásico del cine de terror basado en la novela de Maurice Renard, que ya había sido adaptada previamente en Alemania por Robert Wiene (director de El Gabinete del Dr. Caligari) y volvería a ser revisitada en el futuro.
El protagonista es el Dr. Gogol, un excéntrico cirujano que está obsesionado con Yvonne, una actriz de poca monta que actúa en teatros recreando obras de terror. Lo que no sabe el Dr. Gogol es que Yvonne está casada con el eminente pianista Stephen Orlac, así que cuando irrumpe en su camerino es rechazado y se ve obligado a conformarse con una estatua de cera de su amada como única compañía. Sin embargo el destino volverá a unirles cuando se produce un accidente ferroviario en el tren en que viaja Orlac que tiene como consecuencia que éste deba amputarse las manos. Yvonne, que conoce la reputación del doctor, acude a él en busca de ayuda y éste decide transplantarle las manos de un hombre que acaba de ser ejecutado por apuñalar a su padre. La operación es un éxito, pero Orlac se dará cuenta horrorizado de que sus manos parecen tener vida propia.

Como no conozco la novela original, solo puedo comparar esta versión con la alemana de 1934. La principal diferencia estriba que mientras en la versión alemana la trama se centraba en cómo Orlac se daba cuenta de que sus manos tenían vida propia, este film se centra en la obsesión del Dr. Gogol hacia la mujer de Orlac, obsesión que tendrá para Orlac las mismas consecuencias que en el film mudo, pero que se nos presentan desde otro punto de vista.

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Las Manos de Orlac es una de las muchas películas de terror que se realizaron a principios de los años 30 como consecuencia del enorme auge del género y de hecho su director es el creador de la famosa (aunque claramente inferior a ésta) La Momia (1932), Karl Freund. Pero si por algo merece ser recordado Karl Freund no es por su breve carrera como director, sino por ser el operador de cámara más famoso de Alemania en la floreciente edad de oro de la UFA. Freund trabajó en obras maestras como El Golem (1920), El Último (1924), Metrópolis (1927) o Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927) y eran célebres sus virtuosos trucos con la cámara que permitían a sus directores realizar complejos travellings y todo tipo de trucos visuales.
Cuando Freund se estableció en Hollywood tuvo una breve carrera de director antes de volver a su anterior oficio. Aunque no era un realizador especialmente destacable, sus películas de terror se beneficiaban de la influencia que había tenido sobre él el expresionismo alemán en lo que se refiere a decorados e iluminación. De hecho la estética del cine de terror de los años 30 se formó a partir de emigrantes alemanes como él que simplemente trasladaron esa estética al cine convencional de terror. En el caso que nos ocupa, son de destacar los planos nocturnos y los brillantes juegos que hace con las sombras aprovechándose de la inconfundible silueta del protagonista.

El gran punto fuerte del film se encuentra sin duda en ese protagonista encarnado por un magnífico Peter Lorre, cuya interpretación hecha a su medida eclipsa al resto del reparto. Éste era su primer film americano después de haber alcanzado la fama internacional como el villano de El Hombre que Sabía Demasiado (1934) de Hitchcock, y no podía haber empezado de mejor manera su carrera en los Estados Unidos, con un film hecho para lucimiento personal. Aunque en la parte final, Lorre roza la sobreactuación, su Dr. Gogol es un personaje muy carismático que evita la caricatura, un hombre obsesionado con una mujer y que mantiene su cordura e inteligencia pese a algunos leves accesos de locura. Es un caballero educado y elegante que combina esa faceta con otra mucha más oscura y perversa, no sólo por la obsesión que siente hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que le lleva a asistir a ejecuciones de presos.

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Uno de los aspectos más interesantes del film es ese ambiente tan morboso que se manifiesta en las primeras escenas en que vemos ese cutre teatro de terror en el que los espectadores pagan por ver una obra en que se tortura cruelmente a la joven protagonista. Esa faceta cruel y sádica del ser humano sólo se insinúa en este primer segmento y en la ejecución (donde el mismo preso parece sentir unas morbosas ganas de ser decapitado) pero es bastante atrevida para la época y resulta sorprendente que no fuera censurada.

Estos detalles hacen que esta nueva versión de Las Manos de Orlac no solo sea sumamente efectiva sino que sea de interés incluso para aquellos que hayan visto previamente la de Robert Wiene, puesto que no se trata de una simple repetición sino de una interesante adaptación que reaprovecha ese tema para dar rienda suelta a otros igual de interesantes con la casi patética figura del Dr. Gogol como maestro de ceremonia.

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Liliom (1934) de Fritz Lang

Cuando Fritz Lang emigró a Francia en 1933 huyendo de la Alemania nazi, a diferencia de muchos de sus compañeros que también se vieron obligados a abandonar el país él no se encontraba en una difícil situación económica. Era el director más importante y prestigioso de Alemania y cuando llegó a París le esperaba el productor Erich Pommer (con quien había colaborado a menudo) con un nuevo proyecto entre manos. Por supuesto la situación había cambiado radicalmente para él: ya no podía escoger con libertad lo que quería rodar, no contaba con los altos presupuestos de los que había gozado en la Ufa (productora en la que filmó sus películas más majestuosas) y además se veía obligado a trabajar por primera vez en más de 10 años sin su más estrecha colaboradora y guionista, su esposa Thea von Harbou (que permaneció en Alemania fiel al regimen nazi).
Aún así Lang no estaba como para quejarse, la mayoría de sus compañeros se encontraban en una situación bastante precaria intentando abrirse paso desde cero en la industria francesa o inglesa.
La única película que rodaría Lang en su breve estancia francesa sería toda una rareza, un film que no tenía nada que ver con todo lo que había hecho antes en Alemania. En realidad, Pommer tenía por entonces dos proyectos entre manos: una película de detectives y Liliom, los cuales quería ceder a los directores Fritz Lang y Max Öphuls. Teniendo en cuenta el tipo de films en que se había especializado Lang, lo más lógico habría sido darle a él el film de detectivesco, pero por algún extraño motivo Lang acabó encargándose de Liliom.
El guión de Liliom estaba basado en una OBRA TEATRAL y era un drama en que un simpático y mujeriego feriante (Liliom) acaba viviendo con una joven inocente (Julie) que le siguie amando pese a que su marido sea un buscavidas que la maltrata. Cuando Liliom muere tras un frustrado robo, en el cielo se le juzgará por sus pecados igual que era juzgado en la vida real en la comisaría donde acababa recalando continuamente.
En general Liliom me da la sensación de que es un film no demasiado memorable. La historia no es nada del otro mundo y la primera parte del film (la que se desarrolla antes de que aparezcan los elementos fantásticos) me deja bastante indiferente. Charles Boyer está magnífico como Liliom, es cierto (y eso que no es un actor que me guste) pero el carisma de su personaje es prácticamente lo único que puedo destacar junto algunos planos bastante buenos de Lang (los del tiovivo al inicio del film, el recurso de las pintadas amorosas en el banco para señalar el paso del tiempo, el siniestro afilador que pasa justo antes del crimen y que tiene un aura casi sobrenatural…).
El personaje de Julie es demasiado simple, una joven inocente que entrega su vida a un hombre que no cesa de maltratarla y al que ella se mantiene fiel en todo momento sin que sepamos por qué. Habría ayudado mucho el mostrarnos alguna escena en que se les viera a ellos dos en armonía para poder entender por qué sigue con él o, al menos, poder comprender su personaje.
Cuando Liliom muere e irrumpe de repente el elemento sobrenatural, el film cobra algo de interés. La puesta en escena del momento en que Liliom sube al cielo es magnífica y también resalto los dos guardianes que le escoltan, que me parecen aterradores tanto por su maquillaje como por su interpretación tan fría y estática.
Sin embargo, el film no acaba de despegar. La parte final en que se intenta que Liliom se redima no funciona y no me parece demasiado convincente, además de pecar de estar resuelta demasiado deprisa.
Liliom
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Cuando Fritz Lang emigró a Francia en 1933 huyendo de la Alemania nazi, a diferencia de muchos de sus compañeros que también se vieron obligados a abandonar el país él no se encontraba en una difícil situación económica. Era el director más importante y prestigioso de su país natal y cuando llegó a París le esperaba con un nuevo proyecto entre manos el productor Erich Pommer, quien había trabajado con éñ anteriormente. Por supuesto la situación había cambiado radicalmente: ya no podía escoger con libertad lo que quería rodar, no contaba con los altos presupuestos de los que había gozado en la UFA (el estudio en que filmó sus películas más majestuosas) y además se veía obligado a trabajar por primera vez en más de diez años sin su más estrecha colaboradora y guionista, su esposa Thea von Harbou, que permaneció en Alemania fiel al régimen nazi. Aún así Lang no estaba como para quejarse, ya que la mayoría de sus compañeros se encontraban en una situación bastante precaria intentando abrirse paso desde cero en las industrias de otros países.
La única película que rodaría Lang en su breve estancia francesa sería toda una rareza, un film que no tenía nada que ver con todo lo que había hecho antes en Alemania ni con lo que haría después en los Estados Unidos. En realidad, Pommer tenía por entonces dos proyectos entre manos: una película de detectives y Liliom, los cuales quería ceder a los directores Fritz Lang y Max Öphuls. Teniendo en cuenta el tipo de films en que se había especializado Lang, lo más lógico habría sido darle a él el film de detectivesco dejando a Öphuls el otro proyecto, pero por algún extraño motivo Lang acabó encargándose de Liliom.
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El guión de Liliom estaba basado en un drama teatral en que un simpático y mujeriego feriante (Liliom) acaba viviendo con una joven inocente (Julie) que le sigue amando pese a que su marido sea un buscavidas que la maltrata. Cuando Liliom muere tras un frustrado robo, en el cielo se le juzgará por sus pecados igual que era juzgado en la vida real en la comisaría donde acababa recalando continuamente.
En general Liliom me da la sensación de ser un film no excesivamente memorable. La historia no es nada del otro mundo hasta llegar a la muerte de él y la primera parte del film, la que se desarrolla antes de que aparezcan los elementos fantásticos, me deja bastante indiferente. Charles Boyer está magnífico como Liliom, es cierto (y eso que no es un actor que me guste, pero el papel le pega mucho) pero el carisma de su personaje es prácticamente lo único que puedo destacar junto algunos planos bastante buenos de Lang: los del tiovivo al inicio del film, el recurso de las pintadas amorosas en el banco para señalar el paso del tiempo, el siniestro afilador que pasa justo antes del crimen y que tiene un aura casi sobrenatural, etc.
El personaje de Julie a cambio es demasiado simple, una joven inocente que entrega su vida a un hombre que no cesa de maltratarla y al que ella se mantiene fiel en todo momento sin que sepamos por qué. Habría ayudado mucho el mostrarnos alguna escena en que se les viera a ellos dos en armonía para poder entender por qué sigue con él o, al menos, poder comprender su personaje. En consecuencia, durante buena parte de la película somos testigos de un dramón bastante simple que carece de elementos destacables y que quizás habría convenido aligerar un poco en beneficio de la segunda parte, que es mucho más interesante.
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Cuando Liliom muere e irrumpe el elemento sobrenatural, el film cobra algo de interés. La puesta en escena del momento en que Liliom sube al cielo es magnífica y también cabe resaltar los dos guardianes que le escoltan, que me parecen aterradores tanto por su maquillaje como por su interpretación tan fría y estática.
Sin embargo, aunque aquí el film consigue remontar el vuelo respecto a la primera parte, no despega del todo para mi gusto. La parte final aporta un nuevo elemento dramático: el intento de que Liliom sea consciente de sus pecados y se pueda redimir. Desgraciadamente su regreso a la Tierra me da la sensación de estar resuelto de forma demasiado precipitada y el final tampoco me parece convincente.
No es una mala película y se salva de la mediocridad por la forma como se juega en la segunda parte con los elementos fantásticos, pero éstos resultan interesantes más por la dirección y la excelente puesta en escena de Fritz Lang que por su implicación en el argumento. Curiosamente (o quizás no tanto, porque los grandes cineastas solían ser muy caprichosos en estas cuestiones) Lang la consideraba una de sus mejores películas y le tenía un cariño especial. Yo sinceramente no puedo dejar de considerarla una película interesante pero inevitablemente menor.
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Gente en Domingo [Menschen am Sonntag] (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

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Gente en domingo es una película que se recuerda mucho hoy en día sobre todo por los nombres que estuvieron involucrados en ella: Robert Siodmak junto a su hermano Curt, Edgar G. Ulmer, Fred Zinneman y Billy Wilder. Todos ellos emigrarían a Hollywood huyendo del horror nazi y emprenderían ahí una carrera cinematográfica con más o menos suerte: Curt Siodmak y Egdar G. Ulmer no fueron tan exitosos como sus compañeros (el primero fue guionista y el segundo director especializado en serie B con alguna pequeña joya escondida entre su filmografía), Robert Siodmak construyó una sólida carrera con un buen número de geniales películas de cine negro, Fred Zinneman tendría gran éxito con films como Sólo Ante el Peligro (1952) De Aquí a la Eternidad (1953) y sobre Billy Wilder… bueno, no creo que haga falta comentar nada.

Este film fue su interesante debut tras las cámaras, una película que fue más bien un trabajo colectivo pese a que en sus créditos figura como dirigida por Robert Siodmak y Ulmer y escrita por Billy Wilder.

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 La premisa de la que parte es muy interesante y se anticipaba en algunos aspectos al estilo neorrealista que llegaría a Europa más de una década después: los protagonistas los encarnan cinco actores no profesionales y la película se rueda en su mayor parte en las calles de Berlín. El argumento sobre el que gira es mínimo, es una excusa para reflejar a la clase obrera berlinesa disfrutando de sus actividades de ocio en un domingo cualquiera. Los protagonistas son dos hombres que quedan con dos chicas para pasar el domingo juntos: uno de ellos está casado pero no parece llevarse bien con su mujer, a la que deja en casa durmiendo; el otro intenta inicialmente seducir a la chica que conoció el día anterior, pero cuando ésta le rechaza él se lanza enseguida a por la amiga que vino simplemente como acompañante. Obviamente, al final de la cita habrá olvidado a las dos.
Pese a que los cinco protagonistas son actores no profesionales, cabe reconocer que hacen sus papeles con mucha soltura y credibilidad. Seguramente la personalidad que exhiben no sea más que un reflejo de la suya propia, y por ello no les supuso mucho esfuerzo hacer un buen trabajo.

Los creadores de la película se recrean ampliamente en el ambiente hasta el punto de olvidar en ciertos momentos a los protagonistas para convertirla brevemente en un documental del Berlín de la Alemania previa al desastre que estaba a punto de llegar. Si se tiene eso en cuenta, se hace extraño ver hoy en día con perspectiva histórica los rostros inocentes y felices de todos esos berlineses inconscientes de lo que estaba a punto de llegar. Por otro lado, a diferencia del gran documental sobre la capital germana, el soberbio Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927), en Gente en Domingo el estilo de dirección no es vanguardista y rompedor, sino más estilizado y clásico, más poético. Abundan planos idílicos de parques y playas repletos de niños jugando inocentemente desnudos, y también hay multitud de primeros planos que demuestran el interés que tenían por retratar a esos alemanes de clase trabajadora y humilde, de ofrecer primeros planos a rostros desconocidos (magnífica la pequeña escena del fotógrafo en que vemos las caras que van poniendo los retratados). En este marco el argumento relacionado con los cuatro protagonistas no es más que otra pequeña escena documental entre las que nos ofrece el film, son simplemente cuatro de los muchos rostros que pasan por la película. La diferencia respecto a otras películas alemanas de la época con voluntad realista es precisamente esta estética casi de documental, enfatizada en su mínimo hilo argumental.

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Gente en Domingo es además una de las últimas películas mudas alemanas importantes de la época. Cuando se estrenó, el cine sonoro ya había penetrado en el mercado alemán cambiando por completo la estética y el estilo de las nuevas obras que se realizarían. También es una de las últimas películas importantes que se realizarían antes de que la industria cinematográfica perdiera a muchas de sus figuras más destacadas, que emigraron a ponerse a salvo del nazismo. A partir de entonces, los cineastas más importantes de Alemania irían emigrando progresivamente a Francia y Estados Unidos. El realismo y la belleza de Gente en Domingo son el testamento de una Alemania que estaba a punto de sufrir una de las peores etapas de su historia.

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Lluvia [Rain] (1932) de Lewis Milestone

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Basada en una obra teatral de W. Somerset Maugham, Lluvia tiene lugar en la isla hawaiana de Pago Pago, donde una serie de personajes se ven obligados a permanecer durante unos días mientras esperan que un barco pueda recogerles. Entre estos personajes destaca el misionero Davidson (acompañado de su mujer) y la joven Sadie, una mujer que se pasa la vida en compañía de hombres y en busca de diversión. No tardará en aflorar la tensión entre ambos personajes hasta el punto de que el misionero intentará repatriar a Sadie de vuelta a los Estados Unidos para que siga el camino correcto.

Pese a la prometedora premisa, Lluvia es un olvidable film que sólo destaca por dos aspectos. En primer lugar tenemos el buen trabajo de Lewis Milestone tras la cámara retratándonos ese paisaje tropical tan asfixiante, el marco perfecto para un argumento lleno de tensión. Aunque no se encuentre entre sus mejores trabajos (sin ir más lejos sus anteriores films fueron la obra maestra Sin Novedad en el Frente y la memorable Primera Plana), cumple con su labor con eficacia.
En segundo lugar está el genial duelo interpretativo entre Walter Huston y Joan Crawford, dos de las más grandes estrellas de su momento que hacen que sus personajes rebosen fuerza y personalidad. Huston está excelente como siempre interpretando a un misionero que cree en la palabra de Dios pero que al mismo tiempo es implacable y no tiene nada de compasión, consigue resultar odioso pero que al mismo tiempo entendamos su forma de actuar y sus principios aunque no los compartamos. En cuanto a Crawford, hace una magnífica interpretación que transmite la ambivalencia de su personaje: duro por fuera en su manera de tratar con los hombres y pelearse con los misioneros, pero al mismo tiempo inestable por dentro como bien lo refleja la facilidad con la que pasa del insulto a pedir disculpas e implorar por compasión.

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El defecto de la obra está en que la evolución de los personajes es demasiado repentina. La forma como Sadie pasa a tener el cerebro lavado por los discursos del predicador es tan súbita que cuesta algo de creer, aunque cabe reconocer que la escena en que se nos muestra es excelente. Después de una acalorada discusión, el predicador empieza a recitar el Padrenuestro ignorando a la joven hasta que ella de repente le observa con una mirada extraña hasta acabar arrodillándose y acompañándole en sus oraciones. No sabemos qué le lleva a dar ese paso pero la formidable actuación de Crawford hace creíble la escena, que está rodada en un largo plano sin corte que nos permite ver como ella va poco a poco cayendo hasta convertirse milagrosamente.
Así mismo el final está bastante pobre y precipitadamente resuelto, seguramente la censura tuvo mucho que ver en ello, pero aún así no me parece una resolución satisfactoria.

Salvo la dirección y la soberbia pareja protagonista, el film resulta bastante vulgar y en ocasiones aburrido. Hay demasiados diálogos que delatan su origen teatral y que provocan que le falte ritmo. Se intuyen buenas ideas referentes a la religión (por ejemplo, cuando un personaje comenta amargado cómo los aborígenes salvajes viven felizmente en armonía hasta que llegan los misioneros a predicarles el cristianismo haciéndoles sentir culpables y desgraciados) pero tampoco se profundiza en ellas. El resultado acaba siendo bastante pobre y salvable sólo gracias a la labor de Milestone, Huston y Crawford.

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