Mes: mayo 2009

El Tenorio Tímido [Girl Shy] (1924) de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor

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Una de las películas más bonitas que he visto y, en mi opinión, la mejor obra de Harold Lloyd junto a El Hombre Mosca (1923). A diferencia de otras de sus películas más míticas, El Tenorio Tímido no es una comedia pura sino más bien una tierna historia de amor adornada con un pequeño surtido de gags cómicos. La premisa es aplastantemente sencilla: Harold es un joven que vive en un pequeño pueblo y que es enfermizamente tímido con las mujeres hasta el punto de ser incapaz de relacionarse con las chicas del pueblo o poder dirigirles la palabra sin tartamudear. En una especie de intento por compensar esa incapacidad, Harold se dedica a escribir un libro en que relata sus imaginarias aventuras amorosas con una serie de mujeres de todo tipo. Cuando se dirige en tren a la ciudad para llevar su manuscrito a un editor, Harold conocerá a Mary, una simpática joven de familia elegante. En el trayecto ambos se enamorarán pero no se atreverán a manifestar abiertamente sus sentimientos, sobre todo Harold, que no quiere pretenderla hasta que sea un hombre de provecho a la altura de la posición de ella.

Uno de los primeros aspectos que cabe resaltar del film es que en esta obra ya notamos que tanto Harold Lloyd como los directores Fred C. Newmeyer y Sam Taylor dominaban ampliamente el lenguaje cinematográfico y aspiraban a crear algo más que una simple comedia. No se contentaban ya simplemente con elaborar una serie de gags efectivos sino que podemos observar un trabajo de realización bastante más trabajado que el de una película cómica del montón. Una de las mejores muestras de ello es la escena en que Harold se imagina sus episodios amorosos con una vampiresa y una chica a la moda, escenas tratadas con muchísima gracia reflejando los tópicos relacionados con ambos estereotipos y excelentemente recreadas (por ejemplo, es fantástico el tipo de ambientación que envuelve la escena de la vampiresa y cómo Harold se sirve de ésta para crear gags).
También resulta muy destacable ese trabajo en la romántica escena campestre, que consigue resultar divertida sin romper la ambientación tan idílica que rodea a la pareja protagonista (impagable cuando Harold busca un lugar acogedor con el que sentarse con Mary). En otras palabras, consigue el objetivo general de la película: conmovernos con la historia de los protagonistas sin dejar de ofrecernos pequeños gags que hacen que el romance no se haga demasiado empalagoso.

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El guión es otro de los puntos fuertes de esta película por la forma como se nos cuenta la historia que nos lleva de una situación a otra con toda fluidez y por el inteligente uso de diversos recursos como objetos para darnos a entender lo que piensan los personajes. El mejor ejemplo de ello es la caja de galletas de perro y la de bombones, que aparecen en todo el film y tienen un fuerte significado. La primera vez que se encuentran en el tren él consigue de ella una caja de galletas de perro y ella una caja de bombones que Harold compra por accidente. A lo largo del film ambos personajes recurrirán a estos objetos para recordar a su ser amado, lo cual no está exento de comicidad (sobre todo en el caso de la divertida caja de galletas con un feroz bulldog dibujado en el paquete) y que sirve como parodia de las tópicas historias románticas en que la pareja guarda como recuerdo algo como una flor, un mechón de pelo o un bello pañuelo.

El momento más doloroso y dramático es cuando Harold decide romper con ella porque nunca será un hombre de provecho (la típica decisión que uno se supone que toma desinteresadamente «porque la ama demasiado» pero que en realidad acaba siendo una estupidez) y le hace creer que para él su relación no era más que otro de sus muchos ligues. Más adelante no será casual que para darle a entender su traición decida comprar a otra mujer una caja de bombones de la misma marca que él le compró antes en el tren (curiosamente, luego le quita la caja a su nuevo ligue y se escapa corriendo, como si no pudiera soportar el hecho de comprarle los mismos bombones a otra). Mary, desconsolada, destrozará la caja de bombones de su amado Harold y aceptará casarse con su estirado pretendiente, pero más adelante sabremos que ella sigue amándole cuando veamos cómo intenta reconstruir la caja. Este tipo de sutilezas, tan propias de las comedias clásicas de Hollywood, me encantan y resultan sumamente efectivas para dar más fluidez.

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Y finalmente, por si alguien se había olvidado de que estamos hablando de una comedia, pasemos a los aspectos humorísticos. A estas alturas no creo que haga falta mencionar la destreza de Harold Lloyd para elaborar divertidas situaciones y su detallismo para hacer que cada gag sea absolutamente perfecto y lo más efectivo posible. En ese sentido la escena inicial en el tren en que tanto Mary como Harold intentan esconder el perrito de ella del furioso revisor resulta divertidísima, así como el inteligente uso del tartamudeo de Harold, que aparece a lo largo de todo el film y sirve para dar pie al gag final.

Sin embargo, si por algo destaca El Tenorio Tímido en lo que a comicidad se refiere, es por su frenética carrera final a contrarreloj para impedir que ella se case con su pretendiente. Una escena de 25 minutos en la que Lloyd vuelve a combinar a la perfección comicidad y suspense como ya hizo en El Hombre Mosca. En esa larga carrera, Harold emplea todos los medios a su alcance para irrumpir en la ceremonia antes de que sea demasiado tarde: coches, motos, caballos e incluso un tranvía. Gracias a un efectivo montaje en paralelo, se consigue mantener el suspense en todo momento al mismo tiempo que se nos hace reír con los numerosos gags que aparecen en su carrera (como cuando Harold coge un coche que transporta ilegalmente bebidas alcohólicas, una divertida concesión a la época) y que acaban culminando en su espectacular entrada en la iglesia.

Con El Tenorio Tímido, el equipo formado por Harold Lloyd, Fred C. Newmeyer y Sam Taylor llegaron a su plena madurez y demostraron que dominaban no sólo el slapstick sino el medio cinematográfico a la perfección. Maravillosa.

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Nueve Vidas [Ni Liv] (1957) de Arne Skouen

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El cine noruego ha estado siempre condenado a un segundo plano en gran parte por la buena salud de la que han gozado sus compatriotas suecos, pero de vez en cuando alguna película ha sido capaz de traspasar sus fronteras y adquirir cierta notoriedad. Es el caso de Nueve Vidas, que llegó incluso a estar nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

Durante la Segunda Guerra Mundial en mitad de la ocupación nazi en Noruega, un grupo de la resistencia intenta llevar a cabo un acto de sabotaje, pero son sorprendidos por un navío alemán y emprenden la huída. De todos ellos, sólo Jan Baalsrud consigue sobrevivir. El film nos cuenta la valerosa historia real de su viaje hasta alcanzar la frontera sueca.

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La estructura del film se divide en dos partes: en la primera media hora contemplamos la frenética huída de Jan ya sea solo o ayudado por diferentes personajes, mientras que en la siguiente hora la acción se centra en el episodio final, cuando Jan llega a un pueblo completamente destrozado y una familia decide ayudarle a atravesar ese dificultoso último tramo.

De la primera parte lo más interesante no son tanto las escenas en que Jan huye de los nazis pisándole los talones como el segmento en que pierde la vista temporalmente y debe guiarse por la nieve y valerse por sí solo. El tema más interesante de esta parte es ese sentido innato de supervivencia que enfrenta al hombre contra la naturaleza (remarcado con esos preciosos planos de la montaña nevada), hasta que Jan acaba exhausto y teniendo alucinaciones. Tanto esta parte como la que analizaremos a continuación nos pueden remitir a una de las temáticas más recurrentes del cine noruego, que es la naturaleza y su relación con el hombre, o en este caso la lucha del hombre contra el duro medio natural.

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La segunda parte adquiere un tono más cercano al drama al volverse el ritmo más lento y centrarse la acción en los esfuerzos de la familia que acoge a Jan por hacerle pasar a través de la frontera. Aquí desaparece el suspense y la presencia nazi no está tan presente como antes, el conflicto es entonces el intentar pasar a un malherido Jan al pueblo más cercano luchando más contra la naturaleza que contra la amenaza enemiga. Como muestra de ello tenemos la prodigiosa escena en que intentan transportar a Jan por la montaña hasta un escondrijo seguro (seguramente lo mejor del film), en la cual el director se recrea en mostrarnos con detalle todo lo que tienen que hacer para llevar a cabo la difícil escalada.
Una vez oculto en su escondrijo en la montaña, el film pierde algo de interés y acaba haciéndose algo monótono al desaprovechar la oportunidad de mostrarnos más a fondo la evolución psicológica del valiente Jan,que pasa varios días oculto bajo la nieve hasta casi volverse loco. Sólo se juega con esa idea, y de forma muy interesante, hacia el final, pero en mi opinión podía haber dado mucho más de sí.

Por otro lado, eso nos demuestra que lo que parece importar más a los guionistas y el director es el mostrarnos la valentía de una serie de personas humildes que arriesgan su vida por ayudar a ese pobre hombre. En otras palabras, podríamos decir que Nueve Vidas no es sólo la heroica historia de Jan Baalsrud sino también la de esas personas sencillas cuyos nombres nunca figuran en los libros de historia que también arriesgaron sus vidas por una buena causa.

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Déjame Entrar [Låt den rätte komma in] (2008) de Tomas Alfredson

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En una época en que el cine de terror parece haberse estancado, llega de Suecia Déjame Entrar, una obra que si bien no nos muestra algo totalmente innovador sí que es una mirada fresca y diferente a un tema que ya está trilladísimo: el vampirismo.

Esta película es una mirada hacia el mundo de los vampiros con dos peculiaridades que lo diferencian de la mayoría de obras del género: el hecho de que dicho tema se introduzca mediante la relación entre dos jóvenes y el tratamiento del film más enfocado al drama que al cine de terror.

Déjame Entrar nos habla de la relación entre dos jóvenes de doce años llamados Oskar y Eli, con la particularidad de que ella es una vampiresa. Es decir, el vampirismo aquí no es el eje central del film sobre el que gira todo y que sirve para crear terror, sino que es la circunstancia que condiciona el verdadero gran tema del film: la relación entre Oskar y Eli. Uno de los grandes méritos de la película es que consigue contarnos una preciosa historia de amor salpicada de momentos truculentos consiguiendo que ambos elementos encajen a la perfección. La relación entre los dos personajes está cuidadísima y queda claro desde el principio que es lo que más interesa a los guionistas al nutrirla de tantos momentos que dejan entrever ese afecto mutuo que nace entre ellos (por ejemplo la escena en que ella se mete en la cama con él después de haber perdido a su supuesto padre, que no tiene ningún tipo de connotación sexual y da a entender cómo busca su cariño). Una vez conseguido eso, no se pierde la credibilidad al introducir en su relación el tema del vampirismo cuando Oskar descubre la verdadera identidad de ella, puesto que se necesitan tanto mutuamente que acabará aceptando su condición sin demasiados problemas.

Esta ambivalencia entre amor y horror tiene su momento cumbre cuando él está a punto de apuñalar a un hombre que iba a matarla mientras dormía. Este gesto tan sangriento en realidad revela hasta qué punto está dispuesto a llegar por ella, y por eso después de matar al intruso Eli le dará su primer beso con los labios manchados de sangre. con lo que se nos deja claro en todo momento que la suya es una relación de amor en que la sangre y la muerte están siempre presentes de alguna manera. De hecho, eso también refleja que la suya es una relación totalmente condenada: ¿o es que Oskar no acabará como el hombre que al inicio del film acompañaba a Eli, que seguramente la conoció también de joven y la acompañó toda su vida hasta morir por ella?

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En cuanto al estilo de la película, Déjame Entrar huye por lo general de las formas del cine de terror y su director opta por darle un estilo más realista. La prueba de ello es el distanciamiento con el que afronta las escenas de asesinatos (normalmente en planos generales), como si no quisiera recrearse en la sangre y las muertes y prefiriera mostrarlos desde cierta distancia. En otras palabras, a diferencia de los films de vampiros tradicionales, estas muertes no son el núcleo del film y no parece interesarle centrarse en ellas. En cambio, dedica mucho tiempo a mostrarnos la vida cotidiana de Oskar y los problemas que afronta en el colegio para hacernos comprender la relación que tiene con ella, la cual le anima a plantar cara a los matones que le atacan. Ambos se complementan perfectamente: ella le aporta a él la fuerza que necesita y él le da el cariño del que ella carece, y más cuando pierde a su compañero.
Esta forma de encarar la historia resulta especialmente gratificante porque separa por fin el personaje del vampiro de todos los tópicos de terror del género y se atreve a situarlo en un contexto más inusual: en una historia realista.

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Los únicos puntos débiles que le encuentro son algunas escenas que por tono y tratamiento no creo que encajen bien en la obra. Por ejemplo, la escena en que los gatos atacan a la mujer a la que Eli ha convertido en vampiresa y, posteriormente, cuando ésta muere incinerada por los rayos de sol. Pecan de artificiosas en gran parte al abusar de efectos especiales, y no encajan con el tono tan sobrio del resto del film. Yo particularmente habría optado en ambos casos por dar a entender lo que sucede sin mostrar explícitamente.

Por otro lado, también pongo objeciones a la que es la escena más famosa de la película: la escena final de la piscina en que Oskar está siendo ahogado por los matones del colegio y Eli acude en su ayuda. La forma como está resuelta la escena es admirable al mostrarnos desde el punto de vista del chico bajo el agua toda la masacre que está sucediendo fuera, sin enseñar nada directamente. Pero el problema lo encuentro en que me parece algo excesivo la forma como se da a entender. De nuevo creo que encajaría más con el film mostrarlo de forma sutil simplemente con la caída al agua del cuerpo sin vida de uno de los agresores mientras ésta se tiñe cada vez más de rojo.

De todos modos, estas objeciones son detalles sin importancia que no quitan el mérito que merece Déjame Entrar por conseguir ser un film que, no sólo nos muestra el tema del vampirismo desde una perspectiva totalmente distinta, sino que consigue servirse de esa circunstancia para contarnos una bonita historia de amor.

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Los Bajos Fondos [Underworld U.S.A.] (1960) de Samuel Fuller

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Magnífico thriller de Samuel Fuller en el que retrata de forma cínica y corrosiva el mundo de la mafia y la corrupción sirviéndose de la clásica historia de venganza. Tolly Devlin es un joven nacido y educado en los bajos fondos que se gana la vida como puede. Una noche presencia cómo cuatro individuos asesinan a su padre y decidirá que de ahora en adelante dedicará su vida a vengar su muerte. Siendo un adulto, es ingresado en la cárcel por forzar una caja fuerte y ahí dentro consigue encontrar al único de los cuatro agresores que pudo identificar aquella noche, quien le confiesa antes morir quiénes eran los otros tres. Al salir de prisión descubre que ahora son tres grandes mafiosos que controlan los sindicatos, la prostitución y las drogas. La única manera de acceder a ellos será introducirse en su organización.

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Sin duda una de las mejores obras de Samuel Fuller. Una película cruda y visceral que bajo el pretexto de la venganza del protagonista nos muestra los bajos fondos y la corrupción que domina la sociedad. Fuller no escatima detalles en enseñarnos cómo la mafia tiene controlada a la policía y además actúa libremente bajo tapaderas. El director y guionista no se anda con medias tintas, como podemos comprobar en el discurso que hace el gran jefe mafioso a sus subalternos desde su cómoda hamaca al lado de la piscina: «Siempre habrá gente como nosotros, pero mientras no haya pruebas escritas, mientras en Proyectos Nacionales llevemos actividades legales, paguemos impuestos por ganancias legales, hagamos donaciones y organicemos rastrillos en iglesias… ganaremos la guerra. Siempre ha sido así.» Ya no estamos hablando sólo de drogas o prostitución, sino también de las máscaras que ocultan estas actividades delictivas.

En cierto momento del film el protagonista pregunta a uno de los matones más sanguinarios para qué sirve la piscina que se encuentra en el edificio de la organización y éste le explica que es para los jefes pero que, de vez en cuando, la abren para niños desfavorecidos por motivos benéficos. A continuación añade que una vez estuvo trabajando de salvavidas para esos niños y comenta sonriente cómo disfrutó del trabajo, lo cual nos hace pensar si ese joven de aspecto tan agradable no debería haberse dedicado a eso y no a matar gente.

Una de las virtudes que más me gusta de Fuller es que es un cineasta que va directo al grano. Sus películas podrán tener algunos defectos, pero la falta de ritmo nunca es uno de ellos. La forma como sintetiza todo lo que sucede en pocos minutos, mostrándonos solo los hechos más relevantes, hace que uno no pierda en ningún momento el interés. Lo que otro contaría en quince minutos, Fuller nos lo escupe en cinco y aún le sobra tiempo, pero sin precipitarse, simplemente centrándose en lo que importa y obviando el resto. Por ejemplo, de la estancia del protagonista en prisión durante varios años sólo vemos una escena en la celda en que pregunta por el hombre que busca, un par muy breves en que se ve cómo consigue trabajar en la enfermería de la cárcel para acercarse a él y finalmente la escena en que le arranca la confesión. Todo esto que representan varios años en la vida de Tolly, Fuller nos lo ha contado en cinco minutos.

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Aquí también queda patente su estilo tan visceral y descarnado, sin concesiones. El tipo de gente que retrata no tiene escrúpulos y él por lo tanto nos los retrata sin censuras en escenas como en la que un matón asesina fríamente a una encantadora niña.

Visualmente también se nutre de algunos recursos muy interesantes que enriquecen la obra con pequeños matices. Por ejemplo la protectora de Tolly, que vive rodeada de docenas de siniestros muñecos (y en un instante muy breve se nos insinúa que eso es debido a que no puede tener hijos), o el gesto que repite siempre el matón de la organización antes de asesinar a alguien: ponerse sus gafas de sol.

A Fuller no le hacían falta elevados presupuestos o actores reconocidos para llevar adelante una gran película, él sólo se las apañaba con esas limitaciones para hacer una obra vibrante en la que además pudiera mostrarnos la descarnada realidad de los bajos fondos.

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Veinticuatro Ojos [Nijushi no hitomi] (1954) de Keisuke Kinoshita

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Conmovedor film japonés situado en la pequeña y humilde isla de Shodoshima a finales de los años 20, donde llega una joven profesora nueva llamada Hisaki Oishi para educar a doce alumnos de primer curso (de ahí el título del film, ya que serán los veinticuatro ojos de estos niños los que estarán observándola durante su primer año en la escuela).

Ésta es junto a Carmen Vuelve a Casa (1951) y La Balada de Narayama (1958) la película más famosa del olvidado director Keinosuke Kinoshita, que también firma aquí el guión basado en una novela. Veinticuatro Ojos es uno de los mayores exponentes de la excelente salud de la que gozaba el cine japonés en los años 50 tras haber superado la dura posguerra y que le permitió darse a conocer exitosamente en occidente.

En mi opinión, una de las claves del film es que consigue combinar perfectamente momentos preciosos y emotivos con otros de una terrible crudeza. Kinoshita no cae en el recurso de mostrar en la primera parte una visión idealizada de la infancia de los niños para después mostrarnos su futuro, sino que en todo momento planea sobre los niños la amenaza de lo que les espera en el mañana. De hecho una de los primeros comentarios que hace la profesora a su madre sobre sus jóvenes alumnos es que después de clase no tienen tiempo para jugar porque han de ayudar a sus humildes familias a seguir adelante.

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La primera parte de la película nos muestra uno de los temas más habituales en el cine japonés de la época, que es el enfrentamiento entre la tradición japonesa y la modernidad. La nueva profesora no gusta a la gente del pueblo debido a que tiene el descaro de vestir con ropa moderna y viajar en bicicleta, algo inaudito para una mujer en el Japón más rural y tradicional de 1928. Además, en la escuela se toma algunas libertades bastante chocantes como preguntar a los niños qué apodo tienen para dirigirse a ellos por éste o hacerles cantar canciones no tradicionales.
La hostilidad de la gente del pueblo cesará cuando la profesora sufra un accidente por culpa de una pequeña travesura y se tuerza el tobillo. Los alumnos deciden ir a visitarla a su casa ignorando que se encuentra a muchísima distancia de la escuela y cuando llegan ahí están cansados y hambrientos. La dulce Hisako les consolará y les proporcionará una buena comida, acto que hará que los padres de los pequeños se reconcilien finalmente con la profesora.
Esta primera parte del film es la más agradable y emotiva. Cabe reconocer que tanto la protagonista (Hideko Takamine, una de las actrices más importantes de la historia del cine japonés) como los niños hacen un gran trabajo y resultan totalmente convincentes. Además, Kinoshita se sirve del paisaje para enmarcar a los personajes en un entorno que es al mismo tiempo hermoso (los paisajes rurales, los numerosos planos del mar…) pero no idealizado, ya que en todo momento vemos las humildes y a veces incluso desastrosas casas de los habitantes del pueblo.

Debido al accidente, Hisako tendrá que trasladarse del colegio durante cinco años. A su retorno los niños han cambiado sustancialmente y están empezando a pensar en su futuro, pero le siguen guardando el mismo cariño que cinco años atrás. Es entonces cuando la dura realidad empieza a afectar directamente a la vida de muchos de ellos.
Una joven pierde a su madre, enferma tras un parto, y debe dejar la escuela para cuidar del bebé, que inevitablemente acaba muriendo también. Sola y con un padre hundido y entregado al alcohol, es adoptada. Más adelante en una excursión escolar Hisako descubrirá que ahora tiene una dura vida como camarera. Cuando después de su encuentro la pequeña sale en busca de la profesora para decirle unas últimas palabras, se esconderá muerta de vergüenza al ver a sus antiguos compañeros. Resulta terrible comprobar en qué se ha convertido la vida de esa niña que poco antes pedía caprichosamente a su madre una fiambrera con dibujos de azucenas porque todas las niñas de clase tenían una nueva.

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Esa mencionada excursión que la profesora se encarga de recalcar que es un momento para recordar toda la vida, será el momento que separe definitivamente su infancia de la edad adulta. En el viaje en barco los niños todavía son felices e inconscientes, y comentan alegremente cómo se han pagado la excursión trabajando o ahorrando mucho. A partir de entonces empiezan a surgir más problemas relacionados con su futuro. Una de las niñas con especial destreza para el canto quiere estudiar música pero está condenada a trabajar en el restaurante de sus padres. Todos los niños quieren convertirse en soldados porque eso es mejor que ser pobres pescadores como sus padres. Y lo peor de todo es que Hisoki no puede hacer nada para evitarlo, el film plantea todos estos hechos como una inevitable consecuencia del destino sin dar esperanza a cambiarlos. Esto se refleja a la perfección en el momento en que una alumna le confiesa llorando el estado de miseria en que están sus padres a lo que la profesora le responde: «No te desanimes, tienes que ser fuerte. A lo mejor te estoy pidiendo un imposible pero no sé que otra cosa puedo decirte. Si tienes ganas de llorar, ven a visitarme y lloraremos juntas«.

Los tiempos se vuelven duros, Japón se va a enfrentar a un largo periodo de guerras y en la escuela Hisoki sufre amenazas de ser acusada de comunista. Incapaz de poder contemplar cómo las vidas de sus adorados niños se abocan a la desgracia, decide dejar el trabajo de profesora: «Me gustaría dejarlo y abrir una tienda de dulces. Creo que he hecho todo lo que he podido por mis estudiantes, pero es imposible que haya lazos duraderos entre nosotros. Los profesores y los alumnos están unidos por los libros de texto oficiales. Siempre es «lealtad y patriotismo», la mitad de mis alumnos quieren ser soldados… ¡lo odio!«. A lo que su marido responde irónicamente «¿Quieres acabar con la guerra abriendo una tienda de dulces?», dando a entender algo que ella pronto descubrirá por sí sola y es que por mucho que intente huir de la realidad alejándose de la escuela, tendrá que seguir enfrentándose a ella.

Cuando la paz vuelve a Japón, Hisoki decide regresar a la escuela, donde ahora enseñará a los hijos de sus antiguos alumnos. En homenaje a su antigua profesora, los supervivientes de aquella clase hacen una fiesta en su honor, una escena que refleja la devoción tan típicamente nipona hacia los profesores. Durante la fiesta surge un momento precioso cuando contemplan la fotografía que se hicieron juntos 17 años atrás siendo unos niños y le preguntan a uno de los presentes, que se ha quedado ciego por culpa de la guerra, si la recuerda. Éste responde que la puede ver perfectamente y empieza a describirla con detalle. Tras tanto tiempo y tantas desgracias, sigue permaneciendo imborrable en sus mentes el recuerdo de los rostros de aquellos felices e inocentes, rostros de unos niños aún inconscientes del futuro que les esperaba.

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Desengaño [Dodsworth] (1936) de William Wyler

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Sam Dodsworth es un importante empresario que acaba retirándose de su negocio y decide aprovechar su nueva libertad para emprender un viaje a Europa con su esposa Fran. El viaje, que supuestamente iba a ser idílico, acaba sacando a la luz las diferencias entre ambos hasta acabar separándoles: Sam es como un niño, ilusionado por descubrir Europa por primera vez, mientras que Fran está más preocupada por parecer sofisticada y aparentar menos edad de la que tiene, lo cual acaba traduciéndose en coqueteos con toda una serie de hombres.

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Sin ser una de las mejores obras del gran William Wyler, este drama resulta sumamente interesante por el tema que se atreve a tratar y por la construcción de los personajes, que es la base de todo el film. Resulta descorazonador recordar las escenas en que inician el viaje ilusionados y compararlas con todo lo que les sucede en Europa. Poco a poco vamos comprobando cómo este cambio de aires ha afectado sobre todo a Fran, que de repente parece interesada sólo por seguir la moda francesa y codearse con gente importante. En ese sentido no podemos evitar simpatizar con la simpleza y honestidad de Sam, quien le recuerda constantemente que por mucho dinero que tengan ellos no dejan de ser dos paletos americanos. De hecho la simple mención de que ella es la hija de un cervecero le sienta a Fran casi como un insulto. Esta actitud tan paranoica llega a su máximo nivel cuando su hija da a luz y Sam le recuerda sarcásticamente que deben comportarse como buenos abuelos. El hecho de ser abuela la lleva al extremo de no querer hablar con su hija por teléfono el día del parto por miedo a que el invitado al que esperan se entere de la noticia, y por tanto de que es mayor de lo que dice ser.

Uno no puede evitar entonces simpatizar con el honrado Sam, que no sólo está por encima de esas manías sino que además le perdona sus coqueteos. Como ejemplo de ello tenemos la escena que tiene lugar en el barco en que Fran le confiesa que ha estado coqueteando con un apuesto inglés (interpretado por un joven David Niven), a lo que él responde no con celos o furia, sino burlándose de ella por haber sido tan coqueta sin saber dominar la situación. Este primer ligue le servirá a Fran como experiencia cuando su rechazado amante le eche en cara su contradictoria moralidad: le gusta coquetear con él pero se siente culpable si se atreve a llegar más allá. Fran aprenderá la lección y con su próxima conquista se atreverá a dar ese paso adelante.
Sin embargo, en un intento de hacer justicia a ambos miembros de la pareja, también se nos hace un seco retrato de la forma de ser de Sam, que ciertamente es comprensivo y poco celoso, pero también es maniático y obsesionado con su trabajo. En su breve estancia en casa sin su esposa no cesa de gritar a su hija porque no ha conservado la biblioteca como a él le gustaba, haciéndonos preguntar si echa de menos a Fran porque la quiere o porque le resulta más cómodo vivir con ella. Resulta comprensible que Fran se cansara de esa vida y que la excitante nueva vida que se le presentara en Europa se le hiciera más excitante.

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No sería exagerado decir que gran parte del film se sustenta en la interpretación de Walter Huston, uno de los más grandes y olvidados actores de la época, que desempeña como de costumbre una actuación memorable que ya justifica por sí sola el visionado de la película. Una sola mirada suya nos consigue dar a entender el estado en que se encuentra el personaje. Desafortunadamente, hacia la mitad del metraje el film pierde algo de interés al no saber condensar situaciones un tanto repetitivas que alargan demasiado la trama y hacen que el resultado final se resienta un poco.

Eso sí, no se hace ningún tipo de concesiones a la relación del matrimonio y se evita caer en el burdo happy ending, que aquí habría sido desastroso. La escena final en que ambos vuelven a EEUU en barco es tan ácida que me resulta casi insólita para la época: la pareja que emprendió el viaje de ida felizmente abrazados vuelven sin tener nada de que hablar, asqueados y comprendiendo que ya no tienen motivos para estar juntos. El paradigma del clásico matrimonio americano feliz reducido a cenizas.

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Soledad [Lonesome] (1928) de Paul Fejos

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Notable film semidesconocido de Paul Fejos surgido en la época en que el cine mudo llegaba a su fin. La historia que nos narra es sumamente sencilla: el encuentro y enamoramiento de dos personas (Jim y Mary) que se conocen por casualidad una tarde y que pasan la noche juntos en un parque de atracciones hasta que accidentalmente se pierden de vista y no saben si podrán volver a encontrarse.

Soledad es una de esas películas en las cuales no hay apenas un conflicto sino que parece que lo que más interesa al director es mostrarnos la evolución de la relación entre Jim y Mary y cómo, poco a poco, van estrechando lazos hasta acabar enamorados. Es una obra tremendamente sutil y delicada que consigue transmitirnos perfectamente el enamoramiento entre ambos mediante algo en principio tan intrascendental como el tiempo que pasan en la feria. En ese sentido me recuerda mucho (salvando las distancias) al segmento central de Amanecer (1927) de Murnau en que la pareja protagonista se volvía a reconciliar pasando el día en la gran ciudad. En ambas películas la acción parece detenerse para simplemente recrearse en los dos protagonistas y su relación sentimental, y además tienen bastantes puntos en común que se repiten: la fotografía en pareja (impagable la cara con que sale él fotografiado), el parque de atracciones, la tormenta… El gran mérito tanto de Amanecer como de Soledad es que consiguen reflejar en sus imágenes la esencia de esa relación, ese algo indescriptible que nos hace notar la evolución de sus sentimientos.

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El húngaro Paul Fejos hace un excelente trabajo de dirección que consigue enriquecer una historia tan «pequeña». La primera parte del film nos explica mediante un ingenioso montaje paralelo un día cotidiano de cada uno: mientras ella se levanta con tiempo y se arregla coquetamente, él se despierta tarde y de forma cómica; ambos coinciden en el mismo bar sin darse cuenta; él trabaja en una fábrica y ella de telefonista haciendo el mismo horario, y finalmente ambos al salir del trabajo se sienten fuera de lugar porque sus amigos van a pasar la tarde con su pareja mientras que ellos están solos. El montaje paralelo se acaba de redondear con un genial trabajo de sobreimpresiones: mientras vemos la  jornada laboral de cada uno de fondo se mantiene en todo momento la imagen de un reloj que nos enlaza ambos personajes además de darnos a entender el paso del tiempo.

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Soledad es indudablemente una obra de su tiempo, una película que refleja perfectamente la estresante vida urbana de los años 20. De hecho Jim y Mary aparecen siempre rodeados de enormes multitudes (en el tranvía, en la playa, en el parque de atracciones…) y será este hecho el que les hará imposible volver a encontrarse en el parque de atracciones, puesto que en realidad no dejan de ser dos insignificantes personas más en mitad de una enorme multitud totalmente inconsciente de ese pequeño drama humano tan importante para sus protagonistas. En cierta forma se podría decir que el film intenta mostrarnos el surgimiento de un hecho tan sublime como es el encontrar a la persona amada en medio de una sociedad cada vez más inhumana y en la que el individuo no cuenta más que como otro miembro de la masa.

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