Críticas

The Sea Village [Gaetmaeul] (1965) de Kim Soo-yong

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Nos situamos en un pequeño y humilde pueblo costero donde los hombres se preparan para salir de pesca. Entre ellos se encuentra el marido de la joven Hae-sun, con la que lleva casado apenas una semana. Esa misma noche se desata una terrible tormenta y al volver las barcas se confirman los peores presagios: varios pescadores han muerto, entre ellos el marido de Hae-sun. Ésta pasa a formar parte del numeroso grupo de viudas de la aldea, con la diferencia de que ella solo tuvo a su marido unos pocos días.

Con el paso del tiempo, el independiente Sang-su intenta cortejar a la joven, quien de momento sigue viviendo en casa de su suegra y su cuñado, que la tienen en gran estima. Cuando finalmente se hacen amantes, la pareja decide irse del pueblo y buscarse otra forma de vida menos cruel lejos del mar.

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En un intento por aupar la cinematografía nacional, en 1965 el gobierno coreano introdujo ciertas reformas que buscaban fomentar la producción de películas de calidad. Eso llevó a que en esa época se estrenaran varias obras de corte artístico basadas casi siempre en obras literarias (ya se sabe que una forma que ha tenido siempre el cine de abrazar fácilmente el prestigio es apoyarse en la literatura). Una de las más destacadas fue The Seashore Village (1965) de Kim Soo-Yong.

Este drama de corte realista ahonda en las miserias de los humildes pescadores pero, como interesante novedad, se centra más en el punto de vista de las mujeres que de los hombres. Quienes adquieren protagonismo no son los pescadores con sus sufridas aventuras en alta mar, sino el grupo de viudas del pueblo, que se reúnen periódicamente estableciendo un alto grado de complicidad entre ellas. Lo más llamativo del film es la forma como expresa abiertamente las emociones de estas mujeres, incluyendo sus frustraciones al no tener un hombre con el que acostarse. De hecho, en algún momento incluso se insinúa cierto homoerotismo cuando juguetean entre ellas en una choza.

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La relación entre Hae-sun y Sang-su resulta interesante precisamente porque participa de esta visión tan carnal. El acoso que le practica Sang-su le lleva a abusar literalmente de ella, pero la joven, lejos de quedar traumatizada por ello, acaba cogiéndole cariño y acepta ser su amante. Esto resulta un shock para el espectador, que inicialmente se mostrará contra Sang-su por estar forzando a la pobre viuda, y después descubrirá sorprendido que ésta ha acabado aceptándolo como compañero. En el fondo, esas muestras de cariño – puesto que Sang-su, pese a haberla forzado, luego se muestra como un compañero realmente enamorado de ella – son algo que la joven echaba en falta y le lleva a unirse a él, en detrimento de su cuñado, también enamorado de ella pero mucho más tímido y respetuoso.

El tramo final en que los dos protagonistas buscan en vano un lugar donde asentarse es menos interesante pero igualmente entretenido. Resulta más destacable ver en paralelo cómo su ex-suegra y cuñado siguen con su vida miserable al lado del mar y la anciana se niega, pese a ello a trasladarse («No creo que pueda vivir sin el sonido de las olas, puedo oír a tu padre y tu hermano en ellas«). A cambio el desenlace me gusta bastante por transmitir cierto optimismo al mismo tiempo que se mantiene totalmente abierto, con esa promesa del hermano de su esposo fallecido de que volverá mientras se dirige a alta mar a pescar. Se trata más de un deseo que una promesa, puesto que su destino depende de cómo se porte el océano, pero nos transmite al menos sus ganas de vivir y seguir adelante pese a saber que en cualquier momento puede ser él quien no regrese a la aldea.

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Hombre sin Fronteras [The Hired Hand] (1971) de Peter Fonda

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Después del enorme e inesperado éxito de Easy Rider (1969), sus creadores Dennis Hopper y Peter Fonda se vieron de repente convertidos en dos promesas del cine de la contracultura. Esa sencilla historia sobre dos motoristas que rodaron con un presupuesto ínfimo y casi entre amigos pasó de ser un modesto proyecto tirado adelante por dos hippies a uno de los mayores iconos de la época. A la Universal este súbito blockbuster le pilló por sorpresa, y rápidamente decidió capitalizar este taquillazo dando a sus dos directores y protagonistas carta blanca para hacer otras películas de bajo presupuesto pero con absoluta libertad artística.

Dennis Hopper perdió el norte por completo y entregó la interesantísima pero fallida (y en todo caso decididamente anticomercial, que es lo que le preocupaba al estudio) La Última Película (1971). Fonda por otro lado decidió rodar un western que por aquí recibió la absurda e incomprensible traducción de Hombre sin Fronteras (1971).

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El film se inicia con tres hombres que se dirigen a la costa oeste a ver el océano por primera vez en sus vidas: el meditabundo e introvertido Harry Collings, el veterano Arch Harris y el joven Dan Griffen. Los problemas empiezan cuando a su llegada a un pequeño pueblo, unos hombres matan a Griffen. En venganza sus dos amigos dejan inválido al responsable y huyen. Pero entonces la película da un inesperado giro, puesto que Collings decide volver a casa de su mujer en vez de viajar hasta la costa oeste. A su llegada a la granja se encuentra con su esposa e hija a las que abandonó años atrás, y le pide a su mujer una segunda oportunidad trabajando un tiempo como jornalero.

Hombre sin Fronteras se adscribe en la tendencia de esos westerns casi existencialistas de la época, como aquellos que realizó también con un presupuesto ínfimo Monte Hellman en colaboración con un por entonces desconocido Jack Nicholson. Pero a diferencia de películas mucho más interesantes como Forajidos Salvajes (1965), el debut en solitario de Peter Fonda me da la sensación de ser una obra que pretende transmitir una profundidad que no tiene. Su protagonista, interpretado por él mismo, parece más ensimismado que atormentado, y a la práctica uno no puede evitar simpatizar más con su compañero Arch, encarnado por un mucho más solvente Warren Oates.

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Pero si algo no se le puede achacar a la película, es que su factura visual es impecable, con un trabajo de fotografía soberbio (obra del húngaro Vilmos Zsigmond, que a partir de entonces se labraría una importante carrera) acompañado de una muy adecuada banda sonora de Bruce Langhorne de tintes western, pero acentuando ese tono melancólico que precisa la cinta. Ese estilo tan melancólico y contemplativo es lo más destacable de la película, y si bien tengo la sensación de que Fonda se apoya mucho en lo visual para compensar las carencias de la historia, es innegable que le da al film un estilo propio que lo diferencia de la mayoría de westerns de la época.

El punto flojo es indudablemente el guión, basado en una historia demasiado simple y rutinaria sobre un personaje que vuelve a su hogar en busca del perdón. La película no es de esas que busque profundizar especialmente en la psicología de sus protagonistas y eso hace que este segmento, que acaba siendo el corpus del metraje, se haga algo pesado. En ese sentido, Hellman era más hábil abordando historias casi minimalistas que encajan mejor con este tipo de westerns.

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Resulta curioso por otro lado comparar los proyectos que realizó cada miembro de la pareja de Easy Rider por separado: si Hombre sin Fronteras es un film lento y contemplativo, La Última Película es en cambio una obra desbordante (y desbordada) de ideas, como si Hopper quisiera tener mucho que contar y no supiera cómo canalizar su creatividad. Fonda en cambio parece quedarse corto a nivel de contenido y nos deja un tanto a medias.

Tanto una como otra fueron sendos fracasos de taquilla que acabaron con la presunta prometedora carrera de estos dos cineastas de la contracultura. Ambas se convirtieron en obras de culto casi inencontrables durante décadas hasta que fueron reivindicadas. En el caso que nos ocupa uno de los grandes defensores de Hombres sin Fronteras es, cómo no, Martin Scorsese, tan gran director como cinéfilo e infatigable recuperador de películas semiolvidadas del pasado. Puede que el film de Peter Fonda no sea una obra maestra por descubrir, pero sí que es una película muy interesante que revela a un cineasta con mucha sensibilidad tras las cámaras que quizá de haberse forjado una carrera más estable habría podido ofrecernos algún film más redondo.

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Resurrectio (1931) de Alessandro Blasetti

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Después de ejercer durante años el papel de crítico enfrentado contra el cine nacional academicista, Alessandro Blasetti decidió – en un gesto que se repetiría de idéntica forma en Francia unas décadas después – pasar del papel de crítico al de cineasta, intentando aportar a la escena cinematográfica italiana la frescura y modernidad que necesitaba. Su debut, Sole! (1929), sería un fracaso de taquilla, pero a nivel artístico supondría un soplo de aire fresco en un contexto dominado por peplums y fastuosos melodramas.

Durante los años 30 Blasetti seguiría con su carrera convirtiéndose en uno de los pocos referentes anteriores al neorrealismo italiano que sería luego citado elogiosamente por autores de dicho movimiento, como Luchino Visconti, quien luego le dedicaría un ambiguo homenaje dándole un papel en que se interpretaba a sí mismo en Bellísima (1951).

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Resurrectio (1931) ostenta el mérito histórico de ser la primera película del cine italiano filmada con sonido, pero lo que me interesa de este film no es tanto ese logro como la forma que le da Blasetti.

En los primeros minutos parecemos encontrarnos en una comedia burguesa, una de esas futuras películas conocidas como «teléfonos blancos» que trataban de enredos entre personajes de la alta sociedad. Un hombre le hace llegar una nota a su amante, ésta le rechaza. En paralelo vemos cómo se despierta una bonita joven, sin conexión todavía con la otra trama ni con ese mundo nocturno habitado exclusivamente por las clases altas.

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Vemos al hombre rechazado en la calle, absolutamente hundido y con una pistola en la mano. Y entonces se suceden una serie de imágenes que llevan la película por otros caminos inesperados. Un breve flashback de él mismo de niño rezando con su madre. Y un camión desbocado que casi atropella un niño. La forma como Blasetti filma estas situaciones tiene un tono irreal mucho más vinculado con el mundo de los sueños. Por unos minutos nos olvidamos de la trama y compartimos la sensación de extrañeza del protagonista. Las imágenes se suceden en un montaje rápido, más evocando que narrando hechos concretos. El protagonista se convierte casi en un sonámbulo que vaga por las calles sin rumbo y contemplando estas imágenes cotidianas como si fueran extrañas a él. La grandeza de Resurrectio en este punto es que Blasetti consigue transmitir esas sensaciones al espectador con una puesta en escena tan influenciada por el cine mudo que uno a veces siente la tentación de quitar el sonido y seguir la historia sin los pocos diálogos que hay.

A bordo del autobús se encuentra con una joven que adivina sus intenciones y le sigue. Creyendo que ha matado a tiros a su amante, le protege de un policía y se refugian en un café. En otro contexto parecería una excusa un tanto forzada de hacer que los protagonistas se conozcan, en cambio dentro del ambiente enrarecido e irreal del film no nos parece algo fuera de lugar. Del mismo modo que él se ha conducido a casa de su amante casi como un sonámbulo, ella se ha visto impelida a ayudarle pese a no saber quién es.

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Una vez se conocen y se citan para un concierto esa noche, Resurrectio inevitablemente vuelve a la normalidad. La omnipresente banda sonora ligera hace que la película pierda ese tono de extrañeza y Blasetti pasa a filmar las siguientes escenas con un estilo más convencional, adaptándose al diferente tono que ha adquirido aquí la cinta.

Sigue habiendo no obstante pequeños destellos que nos vuelven a evocar ese estilo tan irresistiblemente irreal del inicio de la película. Cuando ella acude al concierto y ve que se ha quedado sola, vemos una serie de imágenes que evocan de forma visual las sensaciones que le transmite la música: paisajes abstractos como el mar y un campo, vagas imágenes en que ella se convierte en una heroína de prominente cabellera y rescata a ese desconocido… No es una historia concreta, simplemente planos casi abstractos que transmiten sensaciones, ¿en qué momento el cine dejó de atreverse a hacer cosas así y se ató a sí mismo de forma tan implacable para ser un mero reflejo de la realidad?

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De ahí pasamos a un instante que hoy día nos parece irresistiblemente pasado de vueltas, en que una tormenta desata el pánico en el auditorio (lo cual nos da que pensar sobre el desconocimiento que tenía la alta sociedad italiana de los años 30 acerca de los fenómenos meteorológicos más elementales). Se sucede el caos y el pánico más absoluto, hasta que el director de orquesta toca una melodía al órgano que apacigua a los presentes y les devuelve la cordura. Es el tipo de escenas que hoy día nos parecerían inaceptablemente falsas en una película actual, pero a mí me gusta aun así porque de nuevo devuelve el film al terreno de lo irreal y casi fantasioso. Es esa clase de momentos que seguramente recordaré en el futuro a la hora de pensar en la película, porque resulta más evocadora que las otras escenas más atadas a la realidad.

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Resurrectio es indudablemente una película hija de su contexto, aún embebida por el estilo tan impactantemente visual del cine mudo y que, por tanto, todavía sigue el camino de lo expresivo antes que del realismo (o, mejor dicho, del falso realismo que evocaría el cine clásico sonoro). Pese a que en ocasiones la ligera banda sonora insiste en trivializar el contenido del film y evitar que nos enfrentemos a los incómodos silencios, Resurrectio no es una película que pueda verse desde la comodidad de un film clásico, sino que continuamente impacta al espectador por la fuerza de sus imágenes y ese ambiente extraño a lo largo de su metraje de apenas una hora.

Incluso detalles técnicamente negativos, como el hecho de que los diálogos en ocasiones se oigan demasiado bajos, contribuyen a que no entremos en el contenido de la película olvidándonos de su forma y que siempre la veamos desde cierta distancia de extrañeza. Más adelante Blasetti ya conseguiría en sus películas más célebres – 1860 (1934) o Cuatro Pasos por las Nubes (1942) – dar forma de lleno al estilo clásico que permite al espectador sumergirse en la película sin ser consciente de que está viendo una construcción, pero lo que hace que Resurrectio me guste tanto es ese tono tan poderosamente irreal.

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Marea de Luna [Moontide] (1942) de Archie L. Mayo

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Aunque en circunstancias normales Marea de Luna (1942) habría quedado relegada al olvido como una película de cine negro menor, hay dos motivos de peso que la sitúan en nuestro foco de atención, más allá de su calidad intrínseca. De entrada, es la primera de las dos películas que Jean Gabin filmó en su breve periplo en Hollywood. El célebre actor francés había huido como muchos otros compatriotas suyos del terror nazi dirigiéndose a la Meca del cine, pero – como veremos en este caso – no consiguió adaptarse y finalmente regresó a Francia, donde retomó su carrera.

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Otro motivo de interés que va más allá de la película es el hecho de que Marea de Luna iba a ser una obra dirigida por un coloso del cine como Fritz Lang, pero sus relaciones con el el estudio (la 20th Century Fox) y, más concretamente, con el magnate Darryl F. Zanuck estaban en su peor momento. Resulta curioso que tras haber filmado dos films impersonales situados en un género totalmente alejado de su ámbito como es el western – la interesante La Venganza de Frank James (1940) y la mediocre Espíritu de Conquista (1941) – fuera con un proyecto que tenía todos sus rasgos con el que entrara en conflicto con el estudio. Quizá es que tras haber filmado un thriller antinazi como El Hombre Atrapado (1941) Lang quería seguir esa senda. En todo caso, tras unas semanas de rodaje en que puso todas las pegas que pudo (incluyendo ciertos roces con la estrella de la película) por fin fue liberado del proyecto y en su lugar se incluyó a Archie L. Mayo.

Este último es uno de esos muchos directores de Hollywood que carecía de una personalidad definida para calificarles posteriormente de autores y que normalmente no solían destacar demasiado tras la cámara pero que, a cambio, eran competentes profesionales que solían hacer bien su trabajo (y que quizá por eso solían gustar más a los estudios que los temperamentales cineastas que se consideraban artistas o que tenían la osadía de oponerse a un encargo simplemente porque no les gustaba). En definitiva, un cineasta en la línea de un Henry Hathaway, un Jean Negulesco o un John Sturges; sin que ello sea necesariamente algo negativo.

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La película en cuestión se sitúa en unos muelles donde Bobo, un francés borrachín, malvive junto a su amigo Tiny, que intenta encontrarle un trabajo en vano. Una noche rescata a Anna, una mujer que intentaba suicidarse, y ambos se enamoran. Esto lleva a Bobo a intentar reformarse contando con la complicidad de otro amigo, el vigilante nocturno Nutsy, pero en oposición a Tiny.

Marea de Luna es claramente un film hecho para mayor gloria de Jean Gabin, y por ello el guión se esfuerza en hacer de su personaje, Bobo, un hombre demasiado carismático; que nos muestra de forma un tanto insistente mediante sus diálogos lo ingenioso y de vueltas de todo que está, y cómo es capaz de desenvolverse en literalmente cualquier situación. A veces me parece como si el guión no diera margen a Gabin para desplegar él mismo su carisma sin necesidad de apoyarse en los textos.

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Paradójicamente, uno de los defectos del film será la forma como convierte a ese buscavidas en un personaje romántico tan repentinamente. Resulta hasta desalentador ver a ese borracho pendenciero y mujeriego dando posteriormente consejos sentimentales a un médico casado que engaña a su esposa con una joven amante. Para nuestra desgracia, Bobo el buscavidas se ha convertido en consejero matrimonial. Viene a ser en el fondo un reflejo del funcionamiento de Hollywood: contratar a un gran actor de renombre (Jean Gabin) con todo lo que su presencia representa (esos personajes atormentados y cínicos que siguen su propia filosofía) para luego domesticarlo y convertirlo en otro galán masculino, inofensivo como un ratón, asustado en el día de su boda. Se vende al público el gancho de un Jean Gabin, pero la maquinaria de Hollywood lo convierte en otro héroe romántico tradicional – en el sentido más estricto del término: ¡deja muy claro que no va a tocar a Anna hasta que no se hayan casado!

No obstante, Marea de Luna está muy bien resuelta y al final la suma de tantos nombres de talento acaba funcionando pese al guión. Mayo ciertamente no es un gran director, pero aquí hace un trabajo excelente de ambientación noir portuaria apoyado en una fotografía en blanco y negro soberbia. Si bien los film noir de los estudios importantes para algunos fans del género tienen menos autenticidad que los de poco presupuesto, a cambio no suelen fallar en aspectos formales como la fotografía o los decorados.

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Por otro lado el reparto es de primer nivel. Si bien a Gabin se le ve comprensiblemente mucho menos suelto por su difícil fluidez en inglés (el actor se quejaría del exceso de diálogos de su personaje), a cambio tenemos a secundarios de lujo como Ida Lupino, Thomas Mitchell y Claude Rains. En mi opinión es Mitchell con su ambivalente personaje el mejor parado, mientras que Rains acaba desaprovechadísimo en un personaje de sonrisa perenne y buenas intenciones, que tiene poco que aportar más allá de parecer una especie de Santa Claus cuya única función está en repartir amor y felicidad por doquier.

El guión parte de un muy buen inicio hasta acabar rozando lo rutinario y, finalmente, lo incoherente; teniendo como momento culminante a Bobo largándose después de su propia boda a reparar un barco, un giro final respecto al misterioso asesinato de Pop Kelly muy poco creíble y un desenlace de los acontecimientos en que parece que Bobo al final no hace gran cosa, y que nos da la sensación más de ser como su perro, que ladra mucho pero luego no hace nada.

No obstante, una película interesante y que merece la pena por su combinación de talentos.

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El Incinerador de Cadáveres [Spalovac mrtvol, 1969] de Juraj Herz

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Pocas películas se me ocurren que tengan un inicio más sugerente que el de El Incinerador de Cadáveres (1969). Un padre de familia en un zoológico contemplando la jaula del leopardo junto a su esposa, mientras recuerda cómo ambos se conocieron allá tiempo atrás. El montaje rápido y la excelente fotografía en blanco y negro hacen que esta pequeña escena nos entre ya por los ojos: mientras ese hombre habla en off sobre las bondades de su familia (una hija adolescente y otro hijo menor), la frenética sucesión de planos de sus rostros, de las jaulas y de los animales nos resultan confusos. El contraste entre la placidez de su discurso y la casi violencia de las imágenes nos resulta chocante. Y para acabar un plano muy significativo: el reflejo de esta familia aparentemente perfecta desde un espejo que distorsiona su imagen.

La acción sucede en la Checoslovaquia de los años 30. Karel Kopfrkingl es el encargado de un importante crematorio que tiene una existencia en apariencia ordenada totalmente entregado a su trabajo. En una mezcla de espiritualidad de andar por casa y una curiosa obsesión con la cultura tibetana, Karel cree que al quemar los cuerpos está liberando las almas de esos seres que luego se reencarnan en otros. No obstante, su vida tan apacible tendrá que enfrentarse con la amenaza del nazismo, que viene anunciada por un amigo que le intenta convencer de las ventajas de unirse al régimen y renunciar a su faceta checa, argumentando tener sangre alemana. Obviamente solo faltaba unir la barbarie nazi a una mente tan perversa y desequilibrada como la de Karel para dar pie a una serie de hechos catastróficos.

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De todas las maravillosas películas que salieron de la fructífera hornada del nuevo cine checo de los 60, El Incinerador de Cadáveres es una de las que ha perdurado más con el paso del tiempo, y con razón. Quizá influya el hecho de que su historia no esté unida a la situación política de la época como la de otras obras que, en su necesario afán por denunciar la realidad del momento, han quedado quizá demasiado ligadas a un contexto concreto. O quizá sea su tono, menos enigmático y metafórico y más marcadamente humorístico, aunque no por ello exento de escenas alucinatorias.

Más que sugerir ideas a interpretar por el espectador, El Incinerador de Cadáveres es una película que bascula entre el humor negrísimo y un tono casi asfixiante, en que notamos que la desgracia va a sucederse de un momento a otro (un tipo como Karel sencillamente es una bomba de relojería). En ese aspecto la dirección de Juraj Herz es absolutamente magistral, su estilo casi nervioso en algunas escenas (enfatizando primeros planos, saltando de un plano a otro) mantiene al espectador en constante tensión y contribuye a crear ese ambiente enrarecido. Del mismo modo, pequeños detalles como esas imágenes surrealistas en que una extraña aparición le anuncia que es el nuevo Dalai Lama o esos destellos de las personas a las que envía a la desgracia enriquecen la película y nos sumergen en ese extraño mundo del protagonista.

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Porque es de justicia reconocer que el otro gran factor por el que la película funciona tan bien tiene nombre y apellidos: Rudolf Hrušínský. Un rostro habitual del cine checo de la época – pueden verle en varias películas de Jirí Menzel, quien por cierto aquí tiene un pequeño papel secundario, como en Alondras en el Alamabre (1969), Los Hombres de la Manivela (1979) o Mi Dulce Pueblecito (1989) – Hrušínský está aquí absolutamente descomunal, bordando a la perfección ese personaje frío, hipócrita y calculador escondido bajo ese aparente padre de familia impecable. Sus miradas y sus pequeños gestos (fíjense en el detalle de cómo peina los cadáveres e, ipso facto, usa el mismo peine en su cabeza), conjugado con su obsesión con la muerte (la escena en que muestra el crematorio es espeluznante) y un oportunismo atroz (repitiendo textualmente los mismos argumentos pro-germánicos que otros le han dado); todo ello hacen de Karel un personaje inolvidable que sustenta prácticamente la película.

El Incinerador de Cadáveres es una obra que no esconde su crítica a ese oscuro episodio del nazismo, pero que tampoco lo convierte en el principal pilar de la historia. El film prefiere centrarse en el estilo a medio camino entre el humor negro y el horror, ahorrándonos detalles de las purgas nazis y en su lugar mostrándonos cómo alguien con obsesiones tan peculiares logra labrarse una prometedora carrera (no olvidemos que esa extraña pasión por la cultura tibetana era compartida por Heinrich Himmler, hasta el punto de financiar expediciones al Himalaya, ¿casualidad o buscado expresamente por el autor de la novela?). De hecho, a día de hoy se trata de mi película favorita de la nueva ola checoslovaca junto a La Tienda de la Calle Mayor (1965), que coincide en el uso de comedia junto a los horrores del nazismo.

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Niños en el Viento [Kaze no naka no kodomo] (1937) de Hiroshi Shimizu

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A medida que voy descubriendo nuevas películas de Hiroshi Shimizu, más me reafirmo en mi convicción de que se trata uno de los grandes directores japoneses clásicos por descubrir. Su cine posee la cualidad de saber captar la vida diaria con suma sencillez, haciendo que en una primera toma de contacto pueda parecer en ocasiones hasta superficial, pero bajo esa superficie de alguna manera consigue plasmar con absoluta autenticidad esos pequeños dramas cotidianos. Se podría decir que en ese aspecto tiene bastante en común con Ozu, pero en el cine de este último resulta aún más palpable que bajo esos argumentos sencillos hay toda una filosofía de vida, mientras que Shimizu se resiste a desvelar ese aspecto de sus historias.

Niños en el Viento (1937) nos cuenta la historia de dos niños: Zenta y su hermano pequeño Sampei. Los únicos problemas a los que han de enfrentarse en su día a día son las notas escolares (mucho peores las del pequeño, ya que está siempre jugando y metiéndose en líos) y las peleas con otros jovenzuelos del vecindario. Pero un día les llega la noticia de que su padre va a ser detenido por haber desfalcado dinero de la empresa donde trabaja. Aunque al principio se resisten a creerlo, al final resulta ser cierto y la familia queda en tal situación que Sampei se ve obligado a irse a vivir con sus tíos.

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Uno de los rasgos más característicos de Hiroshi Shimizu – y que ya es tangible en su película más conocida, Los Niños de la Colmena (1948) – es su afición a trabajar con niños en sus films. De hecho el cineasta consigue extraer de ellos actuaciones tan naturalistas que no tenemos la sensación de ver a actores infantiles sino a niños jugando sin ser conscientes de la presencia de la cámara, como queda patente aquí en momentos tan inolvidables como cuando los hermanos juegan a los Juegos Olímpicos en su casa mientras esperan la llegada de su madre.

De hecho Niños en el Viento parte de la idea de plasmar un terrible drama familiar (el padre injustamente encarcelado) desde el punto de vista exclusivo de los niños. De esta forma parece casi peor el hecho de que los otros niños del barrio observen como se detiene a su padre que la detención misma, o que los amigos de Zenta le den la espalda antes que el motivo por el cual le evitan; del mismo modo que al final de la película parece igual de importante que se haya absuelto al padre como que Sampei haya parecido madurar y ser consciente de que debe comportarse bien. En el universo adulto esos pequeños problemas de los niños parecen intrascendentes, pero para Zenta y Sampei tienen tanta importancia como los conflictos de los mayores.

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Al igual que sucedía con una película del ya mencionado Yasujiro Ozu, He Nacido Pero… (1932) – otro film de la época en que los protagonistas son dos hermanos – los niños descubren la dura realidad del mundo adulto a partir de señales intrascendentes: en el film de Ozu era el visionado de un vídeo doméstico en que descubrían cómo su padre se comportaba como un payaso ante su jefe, en el de Shimizu el hombre de aspecto inofensivo y que casi parece turbado por molestar a la familia resulta ser en realidad el policía que viene a detener a su padre. Los niños nunca se enfrentan directamente a estos hechos, sino que los deducen a partir de simples anécdotas (el vídeo doméstico, el simpático desconocido de la bicicleta que pregunta a Sampei cómo se llega a su casa). Una vez su padre se ha ido, los dos hermanos se levantan de la cama para ir tras él y, cuando su madre les pregunta a dónde van a esas horas de la noche, éstos replican como excusa que quieren recoger una estrella que se ha caído. La respuesta suena auténtica y llena de inocencia, pero al mismo tiempo es preciosa.

Shimizu era un director que lograba este estilo tan natural filmando muchas veces sin guión y dejando que los actores condujeran las propias situaciones. Aunque su estilo con la cámara es sobrio, centrándose ante todo en los actores, también demuestra ser capaz de componer algunos planos memorables, como por ejemplo cuando Zenta corre de un lado a otro en busca de sus amigos y en cada corte de plano mantiene la dirección que el niño estaba siguiendo antes o, sobre todo, en los preciosos planos encadenados de los niños dirigiéndose en grupo al río. Bajo la aparente sencillez de la trama y su estilo, el cine de Shimizu tiene la naturalidad y la belleza de la vida cotidiana.

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Brigada 21 [Detective Story] (1951) de William Wyler

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Las adaptaciones cinematográficas de obras teatrales pueden ser un arma de doble filo. Por un lado, si la obra es buena el guionista se encontrará ya con unos diálogos de calidad y una historia suficientemente interesante como para funcionar en un espacio cerrado. Pero por el otro, el limitar la acción a un espacio y lugar concretos evidencian de forma quizá demasiado clara el origen de la historia. Hace falta ser un muy buen director para saber sacar partido a los elementos de la obra teatral (el guión) al mismo tiempo que aprovechar los recursos que proporciona el cine sin traicionarla. Y William Wyler sencillamente no podía defraudarnos.

Ambientada en una comisaría neoyorkina en el transcurso de un día, Brigada 21 tiene como personaje principal al Detective Jim McLeod. Se trata de un policía tenaz e implacable, con una mentalidad similar al Javert de Los Miserables, que cree en el bien y el mal, sin matices, y entiende que su deber es el cumplimiento estricto de la ley. Los dos casos que trata en este instante son el de un joven que ha cometido un pequeño robo y un médico abortista al que lleva tiempo persiguiendo sin éxito por falta de pruebas. Al descubrir que sus dos principales testigos contra este último no van a poder servirle, McLeod pierde la cabeza y le asesta una paliza al acusado que lo envía al hospital. Su superior malinterpreta este gesto creyendo que Jim realmente tiene algo personal contra el médico y descubre un vínculo entre ambos: la esposa de Jim acudió a dicho doctor siendo soltera a causa de un embarazo no deseado. Pero lo peor de todo es que Jim en realidad no sabe nada al respecto y su mentalidad tan implacable difícilmente podría aceptar algo así sobre su adorada mujer.

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Años atrás, William Wyler ya había intentado adaptar otra prestigiosa obra teatral imprimiéndole el realismo sucio que necesitaba, Callejón sin Salida (1937). La anécdota más famosa está en el hecho de que para recrear los bajos fondos portuarios de Nueva York, el productor Samuel Goldwyn hacía traer a diario camiones con verdura fresca que luego dejaban en el suelo del decorado, intentando que eso diera el pego. Es decir, la imagen que tenía el glamouroso Hollywood de la suciedad callejera eran piezas de fruta fresca, nada de basura de verdad. Quizá podemos manchar la cara del chico con un poco de polvo para que parezca sucio, pero no nos olvidemos de peinarle y vestirle adecuadamente. Wyler se tuvo que resignar. Eran las reglas de Hollywood.

Pero en Brigada 21 por fin consiguió un poco de ese realismo que buscaba. La comisaría en que sucede toda la acción da una cierta imagen de desorden y suciedad. Los policías están continuamente sudando y son rudos. No hay rastro de glamour, de hecho el guión se recochinea de ello con el personaje de una mujer que pregunta a un policía si no llevan relojes como los de Dick Tracy, y a otro le increpa que no parece un detective sin el sombrero característico.

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Pero sobre todo, donde Wyler y los guionistas Rober Wyler (hermano de William) y Philip Yordan se mojan más es en los temas que trata el guión. Aquí tenemos por fin una película de Hollywood que, en medio del Código de Censura Hays, se atrevió a lidiar abiertamente sobre temas tabú como el aborto o el sexo pre-matrimonial. Y eso sin olvidar a su protagonista, un agente de la ley odioso y prepotente, sin una pizca de humanidad. El guión y la portentosa actuación de ese milagro de la naturaleza llamado Kirk Douglas hacen un estudio magnífico sobre la compleja psicología de ese personaje, obsesionado por ser lo más recto y justo posible para huir de su sombra paterna. Y no solo eso, cuando parece que enmienda su error y todo se va a solucionar, vuelve otra vez atrás. Hay un extraño patetismo en el espectáculo de ver a este personaje que debe enfrentarse a un mundo que no admite solo blancos o negros, que descubre que en su intento por huir de su padre se ha convertido en una versión de él.

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Wyler encara la película con gran profesionalidad, consiguiendo que la unidad de espacio y tiempo no se nos haga pesada, apoyándose en su eficaz reparto (creo que merece también una mención especial la joven Cathy O’Donnell con su conmovedor personaje) y evitando darle a la película esa lustrosa apariencia hollywoodiense. La ausencia de banda sonora aumenta el realismo de las situaciones. Del mismo modo, se prefiere mostrar el aburrido y cotidiano día a día de los policías antes que excitantes escenas de acción. Sigue siendo Hollywood y por tanto tiene que abrirse una pequeña rendija de luz a la esperanza, pero trata temas que eran impensables por entonces en la gran pantalla, como el aborto o la terrible losa que se pretendía imponer a las mujeres sobre la necesidad de mantener su pureza y virginidad. Y lo hace de una forma que aun hoy día parece honesta. No está mal viniendo de un director que se suele asociar a los melodramas y las grandes producciones.

Una pequeña joya, intensa y que mantiene su estilo descarnado.

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Solo en la Noche [Somewhere in the Night] (1946) de Joseph L. Mankiewicz

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Algo olvidada hoy día dentro de lo que es una carrera absolutamente brillante, Solo en la Noche (1946) es un más que interesante film noir que tiene el aliciente extra de mostrarnos a Joseph L. Mankiewicz desenvolviéndose en un género al que no estamos acostumbrados a verle. Pese a ser su segunda película como director, Mankiewicz estaba muy lejos de ser un novato: ya se había hecho un nombre en la industria como guionista y productor, y su porvenir como realizador no podía ser menos que prometedor.

En Solo en la Noche abordó una historia que ya atrapa al espectador desde el planteamiento inicial: un excombatiente de la II Guerra Mundial se despierta en un hospital sufriendo amnesia. Pero en lugar de confiar ese problema a los enfermeros, decide descubrir su propia identidad él mismo con los pocos objetos personales que tiene a mano. De vuelta a la vida civil, se agarra firmemente a la única pista que tiene: una carta de un tal Larry Cravat que dice ser su amigo. Pero una vez empieza a investigar quién es ese tal Cravat, se ve envuelto en una serie de problemas con matones y la policía.

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En general, las obras de cine negro acaban siendo como rompecabezas en que al final no todas las piezas encajan. De hecho lo que las hace tan inquietantes es que aun cuando uno espere que en el desenlace todo cuadre y ofrezca una imagen con sentido, a la práctica siempre habrá algunos vacíos que no se habrán podido llenar. Es un mundo en que nos sentimos siempre indefensos porque no se rige por las leyes de la lógica. Por ello, la idea del amnésico que intenta tirar del hilo para encontrarse a si mismo es una premisa sumamente atractiva para una película de este género. El camino de este excombatiente para reencontrar su identidad le llevará a situaciones sin lógica, a un entramado criminal que, de haberse explicado en orden cronológico y conociendo todos sus recovecos, resultaría mucho menos interesante.

Mankiewicz pareció entender a la perfección esa condición del género aumentando expresamente en el guión las situaciones confusas y el sentimiento de paranoia (¿de quién fiarse y de quién no, siendo el protagonista un hombre solo en el mundo sin ningún punto de referencia al que agarrarse?). Esta idea llega incluso a un punto más rocambolesco en uno de los giros que da hacia el final, que quizá ustedes prefieran desconocer, en cuyo caso les recomendamos que se salten el siguiente párrafo.

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Una vez el protagonista descubre que en realidad es él Larry Cravat y que se vio envuelto en un asesinato la película toma tintes casi existenciales: ya no está buscando a su único amigo, sino que intenta descubrir qué fue lo que hizo como criminal, bajo el temor de averiguar que es un asesino. El enemigo pasa de ser alguien externo a ser uno mismo o, mejor dicho, su pasado. Cuando la chica que le ha acompañado en esta búsqueda le da apoyo diciéndole que él sería incapaz de matar a nadie nos surge un dilema: ¿hasta qué punto el Larry Cravat pre-amnésico es la misma persona que volvió después de la guerra? ¿Podría haber sido antes un criminal capaz de matar a alguien para luego sentirse horrorizado por lo que había hecho en su pasado?

Dejando de lado esas cuestiones, la película está dirigida con buen pulso, se nota el saber hacer de Mankiewicz dotando de personalidad a todos los secundarios para que no sean simples sombras encargadas de hacer avanzar la trama, pero quizá flaquea en la elección del protagonista, un correcto pero no especialmente brillante John Hodiak. Una película a descubrir.

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Al Anochecer [Juste Avant la Nuit] (1971) de Claude Chabrol

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Una de las cosas que más me gustan de los nuevos cines de los años 60 es la forma como aúnan sus influencias con la modernidad, cómo cogen los rasgos del cine por entonces considerado clásico y los utilizan para llevarlos a su terreno. El francés Claude Chabrol creo que es un ejemplo paradigmático de esta tendencia. Un seguidor acérrimo de Alfred Hitchcock (el primer libro editado sobre el mago del suspense lo habían escrito él y su colega de la Cahiers du Cinéma Éric Rohmer), Chabrol toma muchas de las temáticas del maestro, como la forma de introducir el crimen en el respetable hogar; pero a partir de ahí, Chabrol escoge otro camino que dota a sus films de una personalidad propia.

En Al Anochecer (1971) tenemos a un respetable ejecutivo, Charles Masson (el parecido de su nombre con el del asesino en serie entendemos que es una divertida coincidencia), que se acuesta con la esposa de su amigo François Tellier. Pero por desgracia a la pareja de amantes les gusta practicar el sadomasoquismo, y una de sus sesiones se le va a Charles de las manos y la mata por accidente.

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Inicialmente podría parecer que nos encontramos ante el clásico film criminal en que el protagonista intenta escapar de las sospechas de la policía, de su mujer y/o su mejor amigo. Pero no es así. Enseguida nos damos cuenta de que a Chabrol ese tipo de suspense no le interesa, y en su lugar centra la película en dos grandes temas.

El primero es una descripción detallada de la burguesía acomodada de la época. Esa respetable familia con sus rituales de comportamiento que en la superficie parecen impecables, donde parece que no es válida siquiera ninguna expresión de sentimientos extremos. ¿Y qué subyace por debajo? Un padre y marido hastiado que solo encuentra cierto placer en acostarse con la mujer de su amigo. Además, la forma como la mata incide más en la idea de ese submundo oculto: ese ejecutivo arreglado, serio y tan correcto que roza lo inexpresivo en sus ratos libres practica sadomasoquismo. Nada que reprocharle más allá del detalle de haber estrangulado a una mujer, por supuesto, pero es interesante que tenga que salir del ámbito familiar para dar rienda suelta a las emociones fuertes que necesita. De hecho, la impactante escena inicial, soberbiamente planificada, ni siquiera nos muestra al personaje disfrutando del momento, parece como si fuera una forma de salir del hastío.

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El segundo tema que trata el film es el tema de la culpabilidad y los remordimientos. El problema en Al Anochecer no es la policía, sino el mismo Charles, que ha de enfrentarse a sus actos. Porque, en un giro que hace el film aún más interesante, llega un momento en que parece desear que le atrapen y le hagan pagar por ello. En una película de Hitchcock el problema de sus protagonistas es que no sean atrapados por la policía, pero aquí en cambio parece que es lo único que dará al protagonista la redención que ansía.

Resulta fundamental en el funcionamiento de la película la actuación de Michel Bouquet, excelentemente perfilado en su rol de burgués de apariencia impecable que poco a poco va desmoronándose. Porque al igual que sucede en otras de las obras más representativas de Chabrol, como El Carnicero (1970), al final no importa tanto el crimen en sí mismo como la forma como afecta a las relaciones del protagonista con los demás. Y quizá lo que nos resulta más terrible de todo no es lo que ha hecho Charles (que ha matado a una mujer, pero ha sido por accidente y luego siente remordimientos por ello) sino la reacción de su mujer, que al enterarse intenta seguir como si no hubiera pasado nada, prefiriendo mantener esa vida y apariencia respetablemente burguesas, evitando que se vengan abajo por algo tan nimio como un marido adúltero y asesino.

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The Whisperers (1967) de Bryan Forbes

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La señora Ross es una anciana que vive sola en una diminuta casa situada en una pequeña ciudad inglesa. Abandonada desde hace años por su marido y descuidada por su único hijo, ha acabado volviéndose senil, escuchando voces que no existen y creyéndose que alguien la está espiando. Sus pocos contactos con la realidad son la beneficiencia, que le proporciona la poca ayuda de la que dispone mientras ésta fantasea con recibir algún día una cuantiosa herencia.

The Whisperers es uno de esos films que demuestran una vez más la riqueza del cine británico más allá de los nombres y movimientos más citados. En ese sentido Bryan Forbes es uno de esos cineastas poco mencionados pero con una carrera más que interesante tras sus espaldas, en la que si uno se anima a rascar puede encontrar bastantes obras notables como Plan Diabólico (1964).

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En la película que destacamos hoy, Forbes se decanta por un realismo sucio, interesado más por captar fielmente la situación de la protagonista antes que ahondar en el melodrama: apenas hay banda sonora y en varias escenas estamos virtualmente en silencio con la anciana (una forma de remarcar su soledad); además la filmación en barrios obreros reales aumenta aún más la sensación de veracidad. La primera parte de la película es sin duda la mejor, enfatizando ese estilo tan seco y centrándose únicamente en el día a día de la anciana.

A medio metraje se produce un inesperado giro con la llegada del marido. Éste aporta un cambio de tono total y el film en este punto deja de ser tan especial al dividir el protagonismo entre ambos cónyuges (siendo además la subtrama de él mucho menos interesante). No obstante, a la larga acaba siendo un cambio de rumbo necesario para insistir en la principal idea de la película: el hecho de que incluso tras haber sido rescatada por la beneficiencia y haber recuperado a su marido, la señora Ross sigue en el fondo estando sola; la incapacidad por parte de ella y los servicios sociales de reencauzar su vida, que sospechamos volverá al punto del inicio del filme.

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Me dejo para el final uno de los elementos absolutamente claves de la película: la veterana Edith Evans. No es que haga una magnífica interpretación, es que la película se sustenta prácticamente en ella. Hace una actuación tan realista que literalmente la anciana cobra vida. Consigue la que es una de las grandes metas de un actor: que seamos incapaces de ver en él al intérprete que da vida a un personaje, que sintamos a la señora Ross como alguien tan real que nos cueste pensar que de hecho es una veterana actriz poniéndose en la piel de un personaje. Los gestos, las miradas, la forma de interactuar con los otros personajes… incluso en los detalles más sutiles Evans consigue que el personaje sea absolutamente auténtico.

Aun sin estar la segunda mitad del metraje a la altura del primero, se trata indudablemente de una de las mejores películas que he visto sobre la vejez y todo lo que representa.

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