Estados Unidos

Las Manos de Orlac [Mad Love] (1935) de Karl Freund

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Pequeño clásico del cine de terror basado en la novela de Maurice Renard, que ya había sido adaptada previamente en Alemania por Robert Wiene (director de El Gabinete del Dr. Caligari) y volvería a ser revisitada en el futuro.
El protagonista es el Dr. Gogol, un excéntrico cirujano que está obsesionado con Yvonne, una actriz de poca monta que actúa en teatros recreando obras de terror. Lo que no sabe el Dr. Gogol es que Yvonne está casada con el eminente pianista Stephen Orlac, así que cuando irrumpe en su camerino es rechazado y se ve obligado a conformarse con una estatua de cera de su amada como única compañía. Sin embargo el destino volverá a unirles cuando se produce un accidente ferroviario en el tren en que viaja Orlac que tiene como consecuencia que éste deba amputarse las manos. Yvonne, que conoce la reputación del doctor, acude a él en busca de ayuda y éste decide transplantarle las manos de un hombre que acaba de ser ejecutado por apuñalar a su padre. La operación es un éxito, pero Orlac se dará cuenta horrorizado de que sus manos parecen tener vida propia.

Como no conozco la novela original, solo puedo comparar esta versión con la alemana de 1934. La principal diferencia estriba que mientras en la versión alemana la trama se centraba en cómo Orlac se daba cuenta de que sus manos tenían vida propia, este film se centra en la obsesión del Dr. Gogol hacia la mujer de Orlac, obsesión que tendrá para Orlac las mismas consecuencias que en el film mudo, pero que se nos presentan desde otro punto de vista.

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Las Manos de Orlac es una de las muchas películas de terror que se realizaron a principios de los años 30 como consecuencia del enorme auge del género y de hecho su director es el creador de la famosa (aunque claramente inferior a ésta) La Momia (1932), Karl Freund. Pero si por algo merece ser recordado Karl Freund no es por su breve carrera como director, sino por ser el operador de cámara más famoso de Alemania en la floreciente edad de oro de la UFA. Freund trabajó en obras maestras como El Golem (1920), El Último (1924), Metrópolis (1927) o Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927) y eran célebres sus virtuosos trucos con la cámara que permitían a sus directores realizar complejos travellings y todo tipo de trucos visuales.
Cuando Freund se estableció en Hollywood tuvo una breve carrera de director antes de volver a su anterior oficio. Aunque no era un realizador especialmente destacable, sus películas de terror se beneficiaban de la influencia que había tenido sobre él el expresionismo alemán en lo que se refiere a decorados e iluminación. De hecho la estética del cine de terror de los años 30 se formó a partir de emigrantes alemanes como él que simplemente trasladaron esa estética al cine convencional de terror. En el caso que nos ocupa, son de destacar los planos nocturnos y los brillantes juegos que hace con las sombras aprovechándose de la inconfundible silueta del protagonista.

El gran punto fuerte del film se encuentra sin duda en ese protagonista encarnado por un magnífico Peter Lorre, cuya interpretación hecha a su medida eclipsa al resto del reparto. Éste era su primer film americano después de haber alcanzado la fama internacional como el villano de El Hombre que Sabía Demasiado (1934) de Hitchcock, y no podía haber empezado de mejor manera su carrera en los Estados Unidos, con un film hecho para lucimiento personal. Aunque en la parte final, Lorre roza la sobreactuación, su Dr. Gogol es un personaje muy carismático que evita la caricatura, un hombre obsesionado con una mujer y que mantiene su cordura e inteligencia pese a algunos leves accesos de locura. Es un caballero educado y elegante que combina esa faceta con otra mucha más oscura y perversa, no sólo por la obsesión que siente hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que le lleva a asistir a ejecuciones de presos.

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Uno de los aspectos más interesantes del film es ese ambiente tan morboso que se manifiesta en las primeras escenas en que vemos ese cutre teatro de terror en el que los espectadores pagan por ver una obra en que se tortura cruelmente a la joven protagonista. Esa faceta cruel y sádica del ser humano sólo se insinúa en este primer segmento y en la ejecución (donde el mismo preso parece sentir unas morbosas ganas de ser decapitado) pero es bastante atrevida para la época y resulta sorprendente que no fuera censurada.

Estos detalles hacen que esta nueva versión de Las Manos de Orlac no solo sea sumamente efectiva sino que sea de interés incluso para aquellos que hayan visto previamente la de Robert Wiene, puesto que no se trata de una simple repetición sino de una interesante adaptación que reaprovecha ese tema para dar rienda suelta a otros igual de interesantes con la casi patética figura del Dr. Gogol como maestro de ceremonia.

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Bola de Fuego [Ball of Fire] (1941) de Howard Hawks

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Me encantan las comedias clásicas. Destilan una inocencia y un encanto únicos que te hacen mantener una sonrisa perenne de oreja a oreja durante todo el metraje. No importa que esa inocencia hoy en día pueda parecer desfasada o anticuada, en las grandes comedias clásicas de Hollywood eso no sólo no es un inconveniente para disfrutarlas sino que además todo parece increíblemente natural, como si en el mundo real las personas se comportaran así. Y curiosamente, solían ser comedias que contaban con argumentos que no eran especialmente originales en su planteamiento.

Tomemos por ejemplo esta película: ocho sabios se pasan la vida recluidos escribiendo una ambiciosa enciclopedia que recoge todo el saber humano, cada uno de ellos está especializado en una materia y todos son solteros y viven ajenos al mundo real. Irónicamente, el que parece ser el líder del grupo y el que sigue más estrictamente el proyecto evitando el mundo exterior es el único que no es un anciano. Al contrario, es un atractivo joven encarnado por Gary Cooper, que es el especialista en lengua. Este severo lingüista un día descubrirá un hecho alarmante: su artículo sobre el slang (las expresiones populares) está terriblemente anticuado, por tanto decide salir del edificio y sumergirse en el bullicio de la ciudad para reclutar a gente que le ayude a actualizarse con expresiones modernas. En este viaje conocerá a una atractiva bailarina que decidirá aprovecharse de su bondad e inocencia para esconderse de la policía, que la busca para testificar contra su novio, un gángster que ha cometido un asesinato. Por supuesto, se producirá un choque entre la bailarina y los tímidos ancianos que viven en su mundo académico, además del inevitable romance entre los dos jóvenes.

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Nada realmente nuevo: los típicos sabios que saben sobre todo excepto sobre ‘la vida real’ (especialmente el amor) y que descubrirán ese nuevo mundo a través de un intruso, la descarada bailarina que acaba recapacitando sobre ella misma además de entregarse al bondadoso profesor de lengua y, por supuesto, el gángster malo capaz de cualquier cosa con tal de conseguir sus objetivos. No sólo son temas que ya conocemos sino que alguno hasta nos podrá parecer tópico (la historia de amor imposible, por ejemplo). Y aún así la película funciona a la perfección.

¿Cómo? Pues para empezar, con la ayuda de un solidísimo y divertido guión escrito por uno de los mejores guionistas de la historia del cine, Billy Wilder (poco antes de empezar su carrera como director) junto a su primer colaborador, Charles Brackett. También con la dirección del infalible Howard Hawks, experto narrador especializado en dotar a sus films de un ritmo que no dejaba lugar para el aburrimiento. Y con un reparto de lujo.
Tenemos a Gary Cooper, actor bastante limitado pero sin duda excelente en sus papeles prototípicos, y en este caso el protagonista le va como anillo al dedo, ya que ningún otro sabría dotarle esa sana inocencia y ese atractivo especial que desprende. También está Barbara Stanwyck, simple y llanamente una de las mejores actrices de la historia, y Dana Andrews, hombre duro que más adelante alcanzaría la fama como protagonista en films como Laura (1944). Y una serie de magníficos secundarios de esos de los que desconocemos sus nombres pero cuyas caras nos son familiares a los aficionados al cine clásico, esa factoría de secundarios de lujo que tanto abundaban en aquella época que aparecían en decenas de grandes películas interpretando papeles pequeños pero memorables como Dan Duryea (inolvidable su papel de matón en películas como La Mujer del Cuadro o Perversidad de Fritz Lang) o Henry Travers (a.k.a. el ángel de Qué Bello es Vivir).

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Con esta combinación el resultado no podía defraudar. Los personajes de los profesores resultan francamente divertidos y aunque son estereotípicos como ellos solos, sus interpretaciones no acaban cayendo en el exceso ni resultan cargantes. Su comportamiento es increíblemente infantil e inocente, pero ello no quita que Wilder y Brackett se permitan colar algunas leves referencias sexuales (muy leves, puesto que la película es de los años 40) como cuando un profesor confiesa a la criada que robó mermelada de fresa porque al escribir su artículo sobre las fresas le entró apetito y, a continuación, la criada le dice al que está escribiendo el artículo sobre sexo que confía que a él no le suceda lo mismo con su tema de investigación. Sin embargo la relación que tienen ellos con la bailarina Sugarpuss denota un comportamiento más infantil que otra cosa, como se puede comprobar en la escena en que ella llega a casa y todos corren a esconderse enfundados en sus batas como si le tuvieran miedo. Una muestra de esa inocencia tan cándida a la que antes hacía referencia que, si bien resta credibilidad a estas comedias o hace que parezcan algo anticuadas, para mí les dota de un encanto especial.

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El romance entre Sugarpuss y el Profesor Potts se trata evitando sentimentalismos rancios y con toda la credibilidad que se puede aportar a la relación entre un inocente profesor de lengua y una descarada bailarina: él, completamente ajeno al sexo contrario hasta que la conoció, cae rendido a sus encantos, y ella, acostumbrada a los gángsters con los que debe tratar, no puede evitar cogerle cariño a ese hombre tan honesto y sencillo. Incluso se nos aporta un pequeño paréntesis emotivo cuando los profesores pasan la noche en un hotel con la joven pareja de camino a su boda y uno de ellos, el único viudo, recuerda con ternura a su mujer y sus colegas acaban cantándole la canción que le recuerda a ella. Seguidamente tiene lugar la única escena de amor propiamente dicha entre Potts y Sugarpuss sin ningún matiz cómico. Para evitar caer en el tópico diálogo amoroso Wilder y Brackett se sirven de un recurso sencillísimo pero efectivo: Potts entra en la que cree que es la caravana del profesor viudo a confesarle todo lo que siente hacia ella, aunque no se da cuenta de que en realidad se ha equivocado y está hablándole a una emocionada Sugarpuss a oscuras (aquí se nos muestra un plano muy llamativo de los ojos de ella en la oscuridad que se consiguió pintando la cara de Stanwyck de negro).

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Además podemos ver cómo Wilder ya a estas alturas se sirve de uno de sus recursos más típicos que tan bien le funcionaba en los guiones: el uso de objetos para mostrar los sentimientos o pensamientos de los personajes. En este caso el objeto es el raquítico anillo de compromiso que le compra el profesor, que contrasta con el otro que le ha regalado Joe, más opulento y vistoso. Cuando se descubra todo el engaño, ella le devolverá el anillo al profesor, pero por error le dará el de Joe, no el suyo, lo cual le sirve de base a otro de los profesores para explicarle que eso significa que ella subconscientemente le sigue queriendo.
También son marca personal los numerosos juegos de palabras o dobles sentidos (la única manera que había por entonces de hacer chistes sexuales sin que fueran censurados, y eso si conseguías colarlos sutilmente), aunque desgraciadamente todas las bromas sobre el slang se pierden en la traducción y seguramente hoy en día estén anticuadas al ser expresiones que no han sobrevivido el paso del tiempo.

Todo esto adornado con pequeños gags y detalles que se suceden a lo largo del film hacen de Bola de Fuego un magnífico ejemplo de las virtudes de las comedias clásicas, y eso teniendo en cuenta que ni siquiera es una de las obras cumbre de sus responsables. Que una película así fuera un logro más de sus carreras y no un punto culminante no hace sino demostrar la buena forma en que se encontraba el género en aquella época.

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Los Intrusos [The Uninvited] (1944) de Lewis Allen

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Interesante film de terror salpicado de elementos de misterio y con una irresistible ambientación puramente inglesa. Roderick y Pamela Fitzgerald son una pareja de hermanos que se encaprichan con una misteriosa casa situada en un pueblo al lado de un acantilado y deciden comprarla. Su propietario, el Comandante Beech, se la vende a un precio bastante bajo pese a que su nieta, la joven Stella, se opone a ello porque esa casa le trae recuerdos sobre su madre, que falleció años atrás en circunstancias extrañas. Cuando la pareja de hermanos acude a su nuevo hogar, descubrirá aterrorizada que una extraña aparición habita con ellos: algunas habitaciones se llenan de un olor peculiar, sus animales se niegan a subir al piso de arriba y por las noches se oyen unos extraños lamentos. Todo esto está ligado con los extraños sucesos que tuvieron lugar ahí años atrás relacionados con la madre de Stella, su padre y su amante de origen hispano.

Los Intrusos más que ser una película de terror al uso sobre el típico tema de las mansiones encantadas, es un film que opta por un tratamiento más ligero pasando de escenas terroríficas a otras con un tono más amable e incluso a veces cómico para convertirse en su recta final en una obra de suspense y misterio. La pareja protagonista, Ray Milland y Ruth Hussey, contribuyen a ello al saber encontrar el tono adecuado para sus actuaciones, pasando libremente de momentos más humorísticos (sobre todo por parte de Milland) a otros más serios o tenebrosos sin perder por ello credibilidad.

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Como era de esperar, los mejores momentos son las escenas de terror, en que la magnífica fotografía en blanco y negro y el buen trabajo de dirección consiguen mantener al espectador en vilo sin necesidad de artificios. De hecho prácticamente no se ve nada, y ése es el gran acierto puesto que una de las normas más importantes del cine de terror es que nada da más miedo que lo que no se ve del todo, de esa manera será el espectador el que se imaginará cualquier cosa y se sentirá más inseguro por no saber a qué atenerse. Por muy logrado que sea el fantasma que se cree con efectos especiales o trucos manuales, es muy difícil que con el paso del tiempo no quede anticuado, sin embargo si éste no llega a verse nunca del todo y solo se insinúan ciertos detalles, el efecto se mantendrá vigente. En ese sentido, Los Intrusos es toda una lección de cómo aplicar esta norma. Aún hoy en día consigue inquietar y crear tensión basándose en su excelente fotografía, los juegos de luces y sombras (por ejemplo, cuando una habitación se ilumina repentinamente en mitad de la noche, un momento que impresiona por lo repentino e inusual que resulta) y el uso del sonido e insinuaciones sobre la presencia de seres paranormales sin dejar nada claro.
Por otro lado, aunque el tema hoy en día nos es más que conocido, en su época era una de las primeras películas que trataba directamente y sin tapujos un tema paranormal como éste, con sesión de ouija incluida.

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Cuando el film se decanta por la trama de misterio, pierde algo de fuerza al ser algo liosa y previsible en su desenlace si uno está mínimamente atento a los detalles, pero aún así resulta efectiva salvo quizás el desenlace final con una típica escena de ‘rescate al último momento’ algo forzada. No por ello, Los Intrusos deja de ser una película de terror remarcable y que nos demuestra cómo se puede crear tensión al espectador de forma refinada sin abusar de efectos o de sustos fáciles.

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Alma Rebelde [Jane Eyre] (1944) de Robert Stevenson

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Cuando uno se enfrenta ante la adaptación cinematográfica de un clásico de la literatura se topa con el problema de que es muy difícil que la película esté a la altura del original, y más cuando se trata de una versión que ha pasado por el filtro de Hollywood con lo que ello implica: aligerar la trama, simplificar los personajes, eliminar pasajes del libro, etc. Aún así, del Hollywood clásico han surgido muy buenas adaptaciones de clásicos como Anna Karenina (1935) de Clarence Brown o Cumbres Borrascosas (1939) de William Wyler, en que tuvieron el acierto de eliminar la parte final de la obra para no verse obligados a condensar todo en dos horas.

Jane Eyre de Charlotte Brontë tampoco era una novela fácil de adaptar manteniendo su espíritu original, pues la historia de una joven huérfana que acaba trabajando de institutriz para un misterioso noble del que se enamora daba para un melodrama sentimental bastante empalagoso. Por suerte, no es éste el caso. No en vano, en el guión colaboró gente como el prestigioso productor John Houseman o el novelista Aldous Huxley, y además partían no tanto de la novela como de la adaptación radiofónica que ya había hecho Orson Welles con el Mercury Theatre.

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Por otro lado, la elección de Joan Fontaine para encarnar a Jane Eyre no podía ser más acertada y evidente. Fontaine había logrado hacerse famosa gracias a su papel protagonista en la obra maestra Rebeca (1940) de Hitchcock, en la cual encarnaba a un personaje idéntico al de la novela de Charlotte Brontë: una joven huérfana e insegura que se acaba enamorando de un misterioso noble. Si tan bien se le dio el papel protagonista de Rebecca, todo indicaría que también haría un buen trabajo en Alma Rebelde (ya me perdonarán que use el título en español), pues no haría más que repetir exactamente el mismo papel.
El encargado de interpretar a Mr. Rochester fue Orson Welles, en uno de esos papeles alimenticios que le servían básicamente para disponer de dinero para sus próximos proyectos propios. Welles, un excelente actor, dota al personaje de más oscuridad aún que en el libro.

Con estos ingredientes, difícilmente podía salir una mala adaptación de Jane Eyre, y afortunadamente el resultado es favorable. Se conserva el espíritu de la historia y es fiel a la novela aunque obviando, claro está, algunos capítulos puesto que es demasiado extensa. Sin embargo, hay un aspecto negativo que le achaco como consecuencia de intentar sintetizar en menos de dos horas una novela tan extensa, y es que no acabo de ver que funcione la relación entre Jane Eyre y Mr. Rochester. En la novela, Brontë dedica muchas páginas a esta relación para que podamos comprender cómo Jane pasa de temerle a respetarle hasta finalmente amarle. En la película se sintetiza demasiado rápidamente su relación y choca un poco que pase tan repentinamente a amar a un hombre tan oscuro y éste a una joven que en principio desprecia. Aunque es imposible dedicar tanto tiempo como en la obra original a su relación, habría sido conveniente dedicar algunas breves escenas más para hacerla más natural y creíble.

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A cambio, el film goza de una muy buena dirección en que destaca la puesta en escena sobre todo en lo que concierne la mansión de Mr. Rochester, con esa tenebrosa niebla y esos interiores oscuros y misteriosos que enfatizan la idea de que hay algo oculto tras esos muros. En lo que se refiere al tenebroso personaje de la esposa oculta de Mr. Rochester, está tratado quizás de forma algo grotesca con esas risas siniestras típicas de locos de películas de terror, pero a cambio se tiene el acierto de no mostrar en ningún momento su rostro. Se recurre al viejo truco de dejar que el espectador imagine a partir de lo poco que se sugiere y de esa forma se mantiene ese aire misterioso que envuelve al personaje en la novela.
También destaca el trabajo de fotografía, patente por ejemplo en la composición de algunos planos bastante complejos en que Jane Eyre aparece en un primer plano mientras de fondo se ve al resto de personajes, como resaltando la distancia que separa esos dos mundos.

En conclusión, este Jane Eyre es una adaptación muy sobria y bien realizada que, sin ser una obra maestra, nos muestra una versión del Hollywood clásico de la novela de Charlotte Brontë sin pervertir el estilo de la novela original y sin caer en la tentación de convertirla en un melodrama romántico.

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La Heredera [The Heiress] (1949) de William Wyler

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Nueva York, mediados del siglo XIX. Catherine Sloper, la hija del acaudalado cirujano Austin Sloper, está ya prácticamente condenada a la soltería de por vida debido a su tímida personalidad y la ausencia de cualidades que le permitan atraer a algún joven. Repentinamente conoce al atractivo y cortés Morris Townsend, que la va cortejando hasta pedirle la mano en matrimonio. Catherine se siente más feliz que nunca, pero pronto se encontrará con un problema: su padre se opone tajantemente a la boda porque sospecha que el señor Townsend no está interesado en su hija sino en la fabulosa herencia de 30.000 dólares al año que recibirá cuando él muera.

Uno de los más memorables melodramas de época filmados por el genial William Wyler. La historia es cierto que no se puede decir que sea muy original, pero el resultado es excelente. Wyler se basa en la perfecta descripción de los personajes para desarrollar el argumento sirviéndose para ello de un gran reparto y un cuidado guión. Al igual que en otros de sus más grandes dramas de época, como la magistral La Loba (1941), este aspecto es el pilar que sostiene el film y que le permite demostrar sus cualidades como director pese a las numerosas discrepancias que tuvo con la actriz protagonista, Olivia de Havilland.

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El gran acierto del guión creo que es la forma como perfila a cada personaje: el severo y rígido Dr. Sloper que sin duda muestra cariño a su hija pero, al mismo tiempo, siente cierto desprecio porque ella no se parece a su madre (a la que tiene tan idealizada que, como dice su hermana Lavinia, casi resulta irreconocible tal y como la describe); la inocencia e incluso estupidez de la pobre Catherine; el encanto natural de Morris (que es de esas personas que son tan amables y educadas que uno llega a desconfiar de ellas) y la algo atolondrada Lavinia haciendo su papel de Celestina. De hecho uno de los mejores aspectos del film es el personaje de Morris, puesto que nunca llegamos a estar seguros del todo sobre si realmente busca su dinero. Es tan sumamente encantador y dulce con ella que cuesta creer que sea tan buen mentiroso, pero todo nos apunta hacia ello. Sin embargo, Wyler insistió mucho en no darlo nunca a entender de forma directa, el convertirlo en un personaje ambiguo y no un simple estereotipo, y eso lo hace más creíble y enriquece el film. Sólo hay un par de momentos en que realmente confirmamos esta sospecha: cuando ella le propone casarse en secreto y le advierte que en tal caso perderá la herencia de su padre (la cara de él expresa su decepción) y cuando, años después de haberla abandonado y estando su padre muerto, vuelve a pedirle en matrimonio por segunda vez y, mientras ella va a buscarle un regalo, él se pasea por la mansión contemplando todo sin duda pensando en lo que va a ganar con esta unión.

Sin embargo, el personaje sobre el que se construye en buena parte el film es, claro está, Catherine. A través de este drama observaremos su proceso de madurez, cómo pasa de ser una joven inocente, tímida, insegura y torpe a una mujer consciente de su situación, dura e implacable. Su padre, sabiendo que su hija va a echar a perder su vida con un cazafortunas, no puede evitar echarle en cara lo que es en realidad: una joven poco agraciada, no muy inteligente y aburrida que no podría interesar a alguien como Morris. A esta decepción le seguirá otra: la de ser abandonada por Morris. Después de estos dos golpes propinados por los dos hombres de su vida, Catherine madurará repentinamente convertida en una mujer dura, vengativa y cruel que le niega consuelo a su padre en su lecho de muerte, y que se vengará fríamente del hombre que la engañó y al que seguramente aún ama.
De hecho lo curioso de Catherine es que después de saber que su padre tenía razón sigue odiándole por haber provocado indirectamente la pérdida de Morris. Desde su punto de vista, prefiere vivir engañada con Morris aún cuando éste la quiera solo por el dinero. Es decir, en lugar de caer en el tópico que dicta que tras descubrir la verdad debería volver a brazos de su padre, Wyler nos propone algo mucho más enfermizo y realista: aunque sabe que es un farsante, ella sigue enamorada de él, puesto que no puede eliminar ese sentimiento de forma tan rápida.

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Después de haber alabado tanto a los personajes, no puedo olvidarme de las grandiosas interpretaciones del reparto que acaban de redondear el film. Olivia de Havilland simplemente hace el papel de su vida, en la primera parte transmite esa inocencia (rayando la estupidez) y esa torpeza de una forma perfecta, para luego pasar a convertirse en un personaje frío e implacable de forma totalmente creíble. Montgomery Clift es el actor perfecto para encarnar a Morris, ya que sabe transmitir esa ambigüedad tan necesaria para el personaje. En cuanto a Raph Richardson, es junto a Olivia de Hallivand el gran ganador de la función. Hace el personaje totalmente suyo transmitiendo ese cariño y, al mismo tiempo, desprecio a su hija presente en sus diálogos tan lapidarios («¿Qué es lo que tienes tú que no tengan otras jóvenes aparte de un montón de dinero?«). Tampoco cabe olvidar a Miriam Hopkins como Lavinia, esa Celestina que aún al final del film cree que lo mejor para ella es estar con Morris. Resulta un personaje curioso puesto que sabe perfectamente que él la quiere por dinero, pero aún así cree que su sobrina debería casarse con él.

Aparte de todo lo mencionado, la calculada dirección de Wyler y una fantástica fotografía en blanco y negro, acaban de redondear el trabajo. Wyler se sirve de ese recurso tan habitual en él como es el uso de la profundidad de campo para resaltarnos el fondo de los planos, que a veces es tan importante como lo que hay en primer plano. El director prefiere confrontar a todos sus personajes en un mismo plano en detrimento del clásico plano y contraplano y ese recurso le sirve eficazmente para mostrarnos los conflictos entre ellos. Todos estos elementos hacen de La Heredera uno de los films más destacables de su carrera.

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Una Mujer bajo la Influencia [A Woman under the Influence] (1974) de John Cassavetes

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Mabel Longhetti es una mujer casada y con tres hijos que tiene un comportamiento bastante errático y extravagante, que por momentos roza la demencia. Su marido Nick, un trabajador de la construcción, va sobrellevando las irregularidades de su mujer hasta que un día no puede más y decide internarla en un hospital psiquiátrico.

Una Mujer Bajo la Influencia es una de las más célebres obras dirigidas por John Cassavetes, el padre del cine independiente americano. Cassavetes realizaba sus propias películas a espaldas de la gran industria y financiándoselas él mismo con lo que ganaba en su carrera como actor. Precisamente por eso, Cassavetes podía permitirse hacer un tipo de cine más difícil y arriesgado, puesto que sus propuestas serían absolutamente inviables en Hollywood. Su obra suele tratar los sentimientos humanos y las relaciones entre personas de forma cruda y directa. Evitaba ante todo dramatismos forzados y buscaba un realismo que huía del típico conflicto argumental para centrarse en la vida cotidiana y en esos pequeños momentos (o pequeños en apariencia) que rodeaban a sus personajes.

En esta película el punto de partida es la inestabilidad mental de Mabel, que no nos es mostrada como una loca sino más bien como una mujer con altibajos emocionales muy marcados y ciertos arrebatos extravagantes. Adora a su marido y sus hijos, y le encanta ser anfitriona en reuniones sociales, pero en sus continuos intentos por ser una buena madre y esposa a veces se excede y provoca situaciones violentas, como por ejemplo la comida de los compañeros de Nick en que avergüenza a uno de ellos insistiéndole para que baile con ella.

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Sin embargo, Nick tampoco es que sea un esposo ejemplar y de hecho grita y pega a su mujer con demasiada facilidad, es el estereotípico marido “macho” y temperamental, que ama a su mujer pero pierde los nervios con excesiva facilidad, lo cual sin duda empeora el estado de ella. En la escena final, en que una supuestamente recuperada Mabel vuelve a tener un arrebato de locura, los niños agarran desesperados a su padre para que no se acerque a Mabel, como si temieran que le fuera a hacer daño. Desde su punto de vista Nick es a veces más un peligro que una ayuda.

Aunque la gran protagonista del film es Mabel, Cassavetes también se preocupa por elaborar un retrato detallado de Nick, un hombre que intenta tener un hogar equilibrado pero es incapaz de dar ejemplo él mismo. Aunque la base argumental es la locura de Mabel, no resulta menos conmovedora la torpeza de Nick, su insistencia por crear momentos de «normalidad». De hecho las escenas en que se nos muestra cómo quiere a sus hijos lo que nos muestran es precisamente lo desastroso que es como padre, tal y como demuestra la escena en la playa en que se agobia intentando generar un momento idílico artificial y sólo lo consigue en el viaje de retorno dándoles sorbo de cerveza a sus hijos.

Su comportamiento con Mabel es similar. En aquellos momentos que son especiales y/o delicados para ella comete la torpeza de inundar la casa de gente: el día después de la presunta cena íntima a la que no pudo acudir se trae por sorpresa a todos sus compañeros para invitarles a comer, y cuando vuelve del hospital organiza una agobiante fiesta llena de amigos, compañeros y semidesconocidos (aún así cuando reducen la cena a una reunión de familiares cercanos, ella insiste en que se vayan todos para tener un momento íntimo con Nick). Su empatía hacia ella en ocasiones así es casi nula, pero nunca dudamos que lo hace con buena intención y que la quiere. Un detalle curioso: en todo el film Nick repite insistentemente que la quiere, pero cuando al final ella se lo pregunta después de la última crisis, él se ve incapaz de responder abrumado.

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Cuando al final la protagonista retorna de su estancia en el hospital descubrimos que la Mabel jovial y llena de vida de antes ha desaparecido, se ha convertido en una mujer muerta de miedo, fría y aburrida. Y es entonces cuando Nick descubre que él ama a la Mabel de antes, a la auténtica Mabel, aunque tuviera ese punto de locura. Resulta muy significativo que al poco rato de su llegada él no lo soporte más y se la lleve aparte para pedirle que vuelva a comportarse como antaño, como era ella, que repita sus extraños gestos de locura. Cassavetes, experto en diseccionar las relaciones y sentimientos entre personas, esboza aquí la gran contradicción de las relaciones maritales: uno quiere a su pareja por cómo es, pero al mismo tiempo desea cambiarla o adaptarla a sus gustos sin que deje de ser ella misma. Nick quiere a Mabel en gran parte por su extraña personalidad, y pretende quitarle ese punto de locura sin que deje de ser ella. Pero no es posible, porque lo que define a Mabel en gran parte es esa locura.

El estilo de Cassavetes hace que la historia tenga tal nivel de realismo que todo resulta creíble hasta el punto que parece como si los espectadores nos hubiéramos colado en la casa de los protagonistas y estuviéramos siendo testigos de sus miserias y conflictos personales. Sin embargo, Cassavetes huye por completo de los grandes conflictos en favor de lo cotidiano. Por ejemplo, cuando una desesperada Mabel acaba acostándose con un desconocido que conoce en un bar, Nick no se encuentra con él al volver a casa y de hecho ese episodio no vuelve a mencionarse salvo de pasada cuando su suegra hace referencia a ciertas infidelidades (jamás sabemos no obstante cómo lo ha sabido, ya que a Cassavetes eso le da igual). Tampoco se nos muestra absolutamente nada de la dura terapia por la que pasa Mabel en el hospital. Estos hechos en otra película aparecerían resaltados, pero al director y guionista neoyorkino no le interesan, lo que le quiere mostrar es cómo la vida cotidiana de Mabel y Nick se va deteriorando. Las escenas que en otras películas se resolverían en unos minutos, Cassavetes las dilata casi hasta mostrarlas en tiempo real, como por ejemplo la comida con los obreros a los que Nick invita a casa o la fiesta final para celebrar el retorno de Mabel. Son escenas largas en las que durante un buen rato no sucede nada, o mejor dicho, aparentemente no sucede nada, pero en esos diálogos triviales, en esos silencios, en esos gestos ocasionales y sin importancia se encuentra la clave de lo que busca Cassavetes.

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La dirección de Cassavetes le imprime al film un estilo casi documental con tanta eficacia que todo parece tan natural que puede parecer improvisado. En realidad Cassavetes y los actores trabajaban sobre un sólido guión, pero el director se encarga de que éstos se sientan cómodos y de que sus interpretaciones resulten naturales y fluidas. Los encuadres a menudo son estéticamente caóticos, la cámara sigue a los actores muchas veces cortándoles o filmándoles desde planos generales que no permiten dominar la acción del todo, no existe el plano-contraplano y abundan los breves desenfoques. Lejos de ser consecuencia de una realización descuidada, es el estilo que persigue Cassavetes en primer lugar para dar mayor libertad a los actores (que no han de estar atentos por el equipo técnico y centrarse en sus actuaciones) y en segundo lugar porque esta estética aumenta la sensación de realismo.

Sin embargo la marca de autor que más me gusta de Cassavetes son sin duda sus primeros planos cerrados que tanto abundan en esta película. Este tipo de planos hace que literalmente acabemos pegados a los personajes, sintiendo más aún la sensación de que estamos penetrando en su intimidad, en su mundo privado. Si hay una escena en que este recurso destaca especialmente es aquélla en que Mabel regresa de casa después de haber sido internada y entra en el comedor a ser recibida por sus hijos. En lugar de mostrarnos, como sería habitual, las caras de alegría de los niños y cómo abrazan a su madre, Cassavetes concentra la escena en un primer plano de la emocionada Mabel llorando. Esto hace que la escena sea aún más intensa y emotiva y concentre el punto de vista únicamente en Mabel. También son inolvidables los primeros planos de Mabel acostando a los niños en sus camas, de una pureza inaudita y en que de nuevo la dirección de Cassavetes acentúa aún más la sensación de intimidad.

A todos estos logros cabe añadirles las magníficas interpretaciones de dos habituales del cine de Cassavetes como Peter Falk (fantástico) y la esposa del director, Gena Rowlands (soberbia), además de unos buenos secundarios entre los que se encuentran las madres de Cassavetes y de Gena Rowlands, que resultan suficientemente creíbles como para que uno no sospeche que no son actores profesionales, sobre todo la señora Cassavetes.

Como ya hizo y seguiría haciendo a lo largo de su filmografía, en Una Mujer bajo la Influencia Cassavetes esbozó uno retrato crudo, sincero y certero de las relaciones humanas con auténtico realismo. Y como sucede en el mundo real, no se nos aporta un final cerrado o una respuesta a los problemas que se presentan, simplemente la vida continúa y Mabel y Nick seguirán juntos pese a que esos problemas sigan estando presentes.

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Noche en la Tierra [Night on Earth] (1991) de Jim Jarmusch

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Después de unas cuantas películas que le dieron a conocer como uno de los cineastas independientes americanos más reputados de los 80, Jim Jarmusch realizó en 1991 la que era sin duda la obra más ambiciosa de su carrera hasta el momento. Se notaba que su nombre ya comenzaba a darse conocer poco a poco y que contaba con mucho más presupuesto del que tenía en sus anteriores proyectos. En Noche en la Tierra no sólo se permite contar con una actriz de renombre como Gena Rowlands (además de una Winona Ryder que aún no era tan célebre como hoy en día pero ya se estaba dando a conocer), sino que las cinco historias que forman el film suceden en cinco ciudades distintas: Los Angeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki.

Como ya iba siendo habitual en el cine de Jarmusch, la película está compuesta de varias historias unidas por un hilo común, en este caso todas suceden una noche al mismo tiempo y en taxis. El motor es casi siempre la relación entre taxista y pasajero, que se ve reforzado por la capacidad que tiene el director de saber escoger los actores adecuados para cada historia. Sin embargo, también cabe decir que no sólo era su película más ambiciosa hasta el momento, sino también la que más se acercaba al cine convencional. Jarmusch siempre había sido un defensor del cine de los tiempos muertos, de basar sus films en momentos que otros cineastas ignorarían por irrelevantes. Sus películas estaban llenas de largos planos en los que los diálogos a menudo no desembocaban a nada, simplemente eran los instantes que le interesaba capturar al director y guionista. En Noche en la Tierra es cierto que sigue habiendo un poco esta tendencia, pero en las historias uno encuentra claras moralejas o gags totalmente buscados que antes no existían o, como mucho, eran esbozados muy levemente. De todos modos no pretendo insinuar que esto sea un elemento negativo de por sí, y más cuando el resultado final es más que notable.

La primera historia es mi favorita de todas en gran parte por la genial pareja protagonista: Gena Rowlands y una formidable Winona Ryder en un papel de esos que todo buen actor agradece porque es vistoso y permite lucimiento propio. Ryder interpreta a Corky, una joven que conduce un taxi caótico y desordenado como ella misma (impagable el detalle de la cajetilla de cigarros enganchada en el techo y el chicle que deja pegado en la puerta). Pese a ser bajita y delgada es desenvuelta, atrevida y con una fuerte personalidad. Rowlands es Victoria, una importante mujer de negocios que se dedica a seleccionar cástings de películas. Durante el viaje en taxi, Victoria pasa de sentir cierto temor o desconfianza hacia Corky a acabar cogiéndole algo de cariño e incluso proponerle que participe en un papel que le vendría como anillo al dedo. Corky, ruda y de comportamiento casi varonil, en el fondo acaba siendo otra mujer como ella que desea tener una vida estable con un buen marido y muchos hijos. Cuando al final del viaje Victoria le proponga hacerle estrella de cine, Corky no aceptará su proposición simplemente porque ella es una taxista que quiere ser mecánica, lo de ser estrella del cine es algo que no le va. Aunque la moraleja es muy obvia para mí no deja de ser válida y muy bien planteada.

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La siguiente historia, que tiene lugar en Nueva York, sería mi otra favorita. Yoyo es un negro que busca desesperadamente un taxi que le lleve a Brooklyn, y el único que accede a transportarle es un emigrante alemán llamado Helmut que no tiene ni idea de conducir. Al final será Yoyo el que lleve el taxi mientras Helmut se queda de copiloto. De todas las historias de la película, creo que es la que más mantiene el estilo de sus obras anteriores al basarse únicamente en la relación entre dos personajes dispares y excéntricos y contener diálogos de besugos muy típicos en el cine de Jarmusch. El entrañable Helmut encarna al típico personaje bondadoso y que se encuentra fuera de su territorio, ajeno por completo a lo que sucede a su alrededor. Cuando Yoyo obligue a su cuñada a subir al coche y ambos comiencen a insultarse, el afable alemán no parecerá darse cuenta de lo que sucede y repetirá fascinado los insultos que se dedican el uno al otro seguramente inconsciente del significado de estas palabras. Una vez deje a sus pasajeros, se perderá por las calles de Nueva York intentando volver a su punto de origen mientras contempla fascinado el caos de la ciudad.

Cambiando de continente, la tercera historia se sitúa en París y tiene como protagonista a un taxista de origen africano que, después de una mala noche en que dos pasajeros también negros se han burlado de él, acoge a una mujer ciega confiando que ésta no le dará problemas. Al contrario, en lugar de la apacible y mansa ciega que esperaba, se encuentra con una mujer malhumorada que no duda en increparle en todo momento. Él, creyéndose ahora en ventaja, le pregunta sobre cómo es ser ciega. Y aunque los diálogos son bastante buenos, la historia no deja de parecerme demasiado simplista con la típica moraleja de «el ciego que en realidad conoce mejor el mundo que el que tiene vista». Además, para remarcar la moraleja, Jarmusch hace que al final el taxista tenga un accidente de tráfico con otro coche. El conductor del otro vehículo le increpa entonces «¿Pero es que estás ciego?«. Demasiado evidente y con poca miga. No está mal pero no me acaba de calar.

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El episodio situado en Italia tiene como protagonista absoluto a Roberto Benigni haciendo de un alocado taxista que conduce por la ciudad a toda velocidad y entrando en calles en contra dirección, una manera de parodiar el estilo de conducción tan alocado de los italianos. El taxista acogerá a un sacerdote y se empeñará en confesarse en el taxi dándole a conocer todos sus pecados sexuales (que incluyen adulterio con su cuñada y violaciones de calabazas y ovejas), sin darse cuenta de que su pasajero ha sufrido un ataque al corazón y ha muerto. Esta historia se basa totalmente en la interpretación del histriónico Benigni, a ratos gracioso, a ratos algo cansino. Su interminable verborrea alterna momentos realmente divertidos con otros más payasescos que a mí personalmente me cargan un poco y que estoy seguro de que fueron escritos o improvisados por el mismo actor. Aún así es una historia simpática que resulta graciosa en el concepto (un taxista confesando todas sus perversiones sexuales a un sacerdote en un taxi) y tiene pequeños detalles muy buenos. Por ejemplo, después de haber confesado sus relaciones sexuales con calabazas y ovejas habla del encuentro que tuvo con su cuñada comparando su piel con la de una calabaza y la textura de su ropa con la de una oveja, de manera que parece que sigue obsesionado sexualmente con esos dos objetos eróticos. Sin encantarme, me deja un buen sabor de boca este acercamiento de Jarmusch a la comedia pura y dura, y aunque pueda ser algo cargante, no se puede negar que Benigni hace un papel divertido.

Finalmente, la historia que tiene lugar en Helsinki me deja una sensación extraña puesto que por un lado no tiene una moraleja o intencionalidad clara como las de Los Angeles, París o Roma, pero tampoco me acaba de convencer. Un taxista recoge a tres hombres borrachos y cuando pregunta cómo se encuentra uno de ellos que está dormido le narran todas las desgracias que le han sucedido al pobre hombre en el transcurso del día. El taxista lejos de sentir demasiada pena les cuenta entonces su dura experiencia personal relacionada con una hija prematura que perdió al poco de nacer para darles a entender que todos tenemos nuestras propias desgracias. Al llegar al destino la pareja siente tanta pena por él que olvidan por completo a su compañero. El taxista le despierta, le pide fríamente el dinero y le deja abandonado en la calle. Este final tan seco ya me encaja más con el estilo de Jarmusch, pero la historia en conjunto me parece pobre al basarse demasiado en los intercambios de diálogos, siendo por tanto muy poco cinematográfico y no conteniendo frases demasiado brillantes. La más floja junto a la de París.

En conjunto, Noche en la Tierra quizás no sea tan homogénea en calidad como obras anteriores como Mistery Train (1989) o Down by Law (1986), pero al mismo tiempo creo que en sus dos primeras historias se encuentran algunos de los mejores momentos de su filmografía y el balance final es positivo. Tanto por la magnitud del proyecto como por el estilo, Noche en la Tierra es además el paso definitivo de Jarmusch de un cine más minoritario y alternativo a hacerse un nombre que si bien no es popular entre el gran público (al fin y al cabo nunca ha dejado de hacer cine independiente) sí que le ha dotado de un reconocimiento bastante justo hasta nuestros días en círculos cinéfilos.

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Lluvia [Rain] (1932) de Lewis Milestone

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Basada en una obra teatral de W. Somerset Maugham, Lluvia tiene lugar en la isla hawaiana de Pago Pago, donde una serie de personajes se ven obligados a permanecer durante unos días mientras esperan que un barco pueda recogerles. Entre estos personajes destaca el misionero Davidson (acompañado de su mujer) y la joven Sadie, una mujer que se pasa la vida en compañía de hombres y en busca de diversión. No tardará en aflorar la tensión entre ambos personajes hasta el punto de que el misionero intentará repatriar a Sadie de vuelta a los Estados Unidos para que siga el camino correcto.

Pese a la prometedora premisa, Lluvia es un olvidable film que sólo destaca por dos aspectos. En primer lugar tenemos el buen trabajo de Lewis Milestone tras la cámara retratándonos ese paisaje tropical tan asfixiante, el marco perfecto para un argumento lleno de tensión. Aunque no se encuentre entre sus mejores trabajos (sin ir más lejos sus anteriores films fueron la obra maestra Sin Novedad en el Frente y la memorable Primera Plana), cumple con su labor con eficacia.
En segundo lugar está el genial duelo interpretativo entre Walter Huston y Joan Crawford, dos de las más grandes estrellas de su momento que hacen que sus personajes rebosen fuerza y personalidad. Huston está excelente como siempre interpretando a un misionero que cree en la palabra de Dios pero que al mismo tiempo es implacable y no tiene nada de compasión, consigue resultar odioso pero que al mismo tiempo entendamos su forma de actuar y sus principios aunque no los compartamos. En cuanto a Crawford, hace una magnífica interpretación que transmite la ambivalencia de su personaje: duro por fuera en su manera de tratar con los hombres y pelearse con los misioneros, pero al mismo tiempo inestable por dentro como bien lo refleja la facilidad con la que pasa del insulto a pedir disculpas e implorar por compasión.

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El defecto de la obra está en que la evolución de los personajes es demasiado repentina. La forma como Sadie pasa a tener el cerebro lavado por los discursos del predicador es tan súbita que cuesta algo de creer, aunque cabe reconocer que la escena en que se nos muestra es excelente. Después de una acalorada discusión, el predicador empieza a recitar el Padrenuestro ignorando a la joven hasta que ella de repente le observa con una mirada extraña hasta acabar arrodillándose y acompañándole en sus oraciones. No sabemos qué le lleva a dar ese paso pero la formidable actuación de Crawford hace creíble la escena, que está rodada en un largo plano sin corte que nos permite ver como ella va poco a poco cayendo hasta convertirse milagrosamente.
Así mismo el final está bastante pobre y precipitadamente resuelto, seguramente la censura tuvo mucho que ver en ello, pero aún así no me parece una resolución satisfactoria.

Salvo la dirección y la soberbia pareja protagonista, el film resulta bastante vulgar y en ocasiones aburrido. Hay demasiados diálogos que delatan su origen teatral y que provocan que le falte ritmo. Se intuyen buenas ideas referentes a la religión (por ejemplo, cuando un personaje comenta amargado cómo los aborígenes salvajes viven felizmente en armonía hasta que llegan los misioneros a predicarles el cristianismo haciéndoles sentir culpables y desgraciados) pero tampoco se profundiza en ellas. El resultado acaba siendo bastante pobre y salvable sólo gracias a la labor de Milestone, Huston y Crawford.

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Tideland (2005) de Terry Gilliam

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Aunque el cine de Terry Gilliam ya de por si no suele dejar indiferente, Tideland fue una obra que en su momento dio bastante de que hablar. Su estreno fue muy dificultoso y en muchos países llegó con bastantes años de retraso. Además, en la mayoría de festivales en que se proyectó fue masacrada por la crítica. El caso más recordado en España fue la proyección que tuvo lugar en el Festival de Cine de San Sebastián, durante la cual gran parte del público abandonó la sala a mitad del film. Todo esto hizo que durante un tiempo los que somos fans de Terry Gilliam ansiáramos aún más ver su última obra esperando algo absolutamente radical, y más teniendo en cuenta que el argumento tenía que ver con una niña cuyos padres son un decadente matrimonio de yonkis. Sin embargo, una vez vista, no pude evitar sorprenderme de que hubiera causado tantísimo revuelo. Obviamente no es una película fácil y tiene ciertos detalles que se prestan a polémica, pero en pleno siglo XXI, cuando ya se ha visto prácticamente de todo en las pantallas de los cines, me sorprende que un film como Tideland sea tan polémico. No es especialmente difícil o transgresora ni tampoco visceral, pero sí que es cierto que es una película muy especial.

La protagonista de la película es Jeliza-Rose una niña que vive en un hogar (si es que se le puede llamar así) desastroso y decadente. Sus padres son drogadictos y discuten continuamente, pero ella lejos de estar traumatizada lo ve como algo normal. Cuando la madre de Jeliza-Rose muere de sobredosis, su padre, Noah, decide huir con ella a la casa que tiene en el campo la abuela de la niña. Una vez ahí, descubren que la abuela hace tiempo que también murió y que la casa está totalmente en ruinas. Lejos de desanimarse se instalan, pero Noah pronto fallecerá también de sobredosis y Jeliza-Rose se encontrará sola con sus pensamientos y su imaginación en ese extraño entorno.

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La clave para ver Tideland y sobre la que Terry Gilliam ha insistido muchísimo, es que se trata de un film creado a partir de la mirada inocente y sin prejuicios de una niña, y por tanto ése es el punto de vista que debería adoptar el espectador a la hora de visionarlo, ya que aunque cuenta una historia terriblemente dura Tideland jamás cae en dramatismos. De hecho lo que viene a mostrarnos Gilliam es cómo una niña inocente supera una serie de sucesos terribles porque no es consciente de ello sino que los vive desde su forma particular de ver el mundo. Un ejemplo clarísimo de ello se encuentra en una de las primeras escenas del film en que Jeliza-Rose prepara a su padre la jeringuilla con droga. Gilliam no enfatiza este hecho ni le da relevancia, de hecho ni siquiera nos muestra un plano cercano de Jeliza-Rose preparando la jeringuilla para remarcarnos su acto, sino que lo trata con indiferencia, como si fuera lo más normal del mundo, porque así es como ella lo ve. Lo mismo sucede cuando su padre le anuncia que su madre ha muerto y la pequeña responde con un simple y contundente «¡Ahora podremos comernos sus chocolatinas!».

A partir de cuando ella pierde también a su padre y queda abandonada a su suerte, el film se concentra entonces en el mundo personal e infantil de Jeliza-Rose sumergiéndonos directamente en su imaginación. Es aquí donde entra en juego la dirección de Terry Gilliam, y donde cobra más sentido que nunca su forma tan fantasiosa de contar historias y de relacionarla con la dura realidad. Por ejemplo, el vagabundo de El Rey Pescador (1991) que aún viviendo en la decadente Nueva York se cree que es un caballero medieval, el aburrido oficinista de Brazil (1985) atrapado en una sociedad futurista gris que sueña con poder volar, el protagonista de Las Aventuras del Barón Munchausen (1988) harto de un mundo sin fantasía, e incluso los ancianos trabajadores de la compañía de seguros de El Sentido de la Vida (1983) que se acaban amotinando. Jeliza-Rose se suma a este tipo de personajes que se encuentran en un contexto desesperado o alienante y que utilizan su imaginación para dar sentido a todo lo que le sucede. En este caso, al ser la protagonista una niña, queda más justificado que nunca el recurrir a este surrealista mundo de fantasía tan típico de Gilliam.

Para dar pie a todos sus pensamientos y reflexiones se recurre a unas aterradoras cabezas de muñeca que sirven para que Jeliza-Rose pueda dialogar consigo misma y en cierta forma sentirse menos sola. A lo largo de la película irá perdiéndolas una a una como simbolizando la pérdida de ese mundo tan inocente de fantasía para entrar en la madurez.

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Tomando como inspiración el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, al que Gilliam hace referencia de forma indirecta con la madriguera del conejo y de forma directa cuando Jeliza-Rose lee la historia a su padre, la protagonista irá pasando por diversas etapas marcadas sobre todo por el encuentro con dos excéntricos personajes: Dell, una extraña mujer madura que diseca animales y tiene pánico a las abejas, y su hermano Dickens (un excelente  Brendan Fletcher), un joven que vive tiranizado por ésta y con problemas mentales que le convierten en un ser tan inocente como la propia Jeliza-Rose. Ambos acabarán protagonizando una historia de amor que a mí personalmente me parece de una belleza y de una pureza excepcionales. En ningún momento se cae en la más mínima sensiblería, y Gilliam no sólo sabe tratarla con mucho tacto sino que además lo hace con toda sinceridad, sin ningún pudor, sabiendo que nos está contando la historia de amor entre dos niños (por mucho que Dickens sea adulto) y que no está mostrando nada vergonzoso a ojos de ellos. Éste es probablemente el punto más conflictivo del film, puesto que si uno no entra en el juego de ver todo como los protagonistas no puede evitar escandalizarse al ver una historia de amor con tintes de pedofilia. Por la forma como nos la cuenta Gilliam resulta obvio que el director no ve nada de eso y nos la muestra con la misma ternura que si estuviera contando un romance infantil.

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Gilliam nos transmite esa sensación de irrealidad o fantasía gracias a una serie de recursos: los personajes de Dell y Dickens, que de por si ya son tan delirantes que contribuyen a que no tengamos ningún punto de referencia de normalidad en que sostenernos; su estilo de dirección tan recargado con multitud de planos inclinados y travellings que dan una sensación de inestabilidad o caos; la ambientación y puesta en escena de todo lo que rodea la casa, que por momentos parece más una mansión terrorífica en contraste con la serena naturaleza del entorno, y  la convivencia directa entre fantasía y realidad que se va acrecentando a medida que avanza la película (por ejemplo, durante la primera parte del film cuando Jeliza-Rose conversa con sus muñecas lo hace poniéndoles voz, pero a partir de cierto momento las voces de las muñecas suenan sin que la niña esté hablando por ellas; así mismo al inicio del film ella habla con una ardilla aunque ésta sólo emite sonidos de roedor, pero al final de la película la ardilla le responderá hablando con voz humana).

Todo esto hace de Tideland un maravilloso e interesantísimo film que en mi opinión constituye la obra cumbre de su director junto a Brazil. Tanto en aquella película como en ésta es donde Gilliam ha conseguido dar rienda suelta a sus temas más habituales y a su estilo tan personal con más eficacia y estando justificado por las exigencias del argumento. A diferencia de Brazil, Tideland es un film más maduro y comedido (claro que para lo que Gilliam es maduro y comedido, para otro director es excesivo) donde combina la fantasía junto a momentos de una pureza y sinceridad que confirman que es sin duda uno de los mejores directores actuales en activo. Una de mis películas favoritas de esta década.

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La Cena de los Acusados [The Thin Man] (1934) de W. S. Van Dyke

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Fantástico film que combina excelentemente comedia y suspense y que dio pie a varias secuelas gracias a su carismática pareja protagonista formada por Nick (un detective retirado) y Nora, que se dedican a resolver misterios casi por hobby y sin perder su particular sentido del humor, como si todo se tratara de un juego.

Uno de los aspectos más positivos de esta película es su trepidante ritmo. Se nos lleva de una situación a otra sin descanso pero tampoco sin precipitarse, salpicándonos siempre con pequeños elementos humorísticos y sin caer en el clásico whodunit (relato que se basa en la premisa de descubrir quién ha cometido un crimen en el cual hay muchos sospechosos implicados). En este caso la intrincada trama es una excusa para que veamos a sus carismáticos personajes en acción y se nos suministren las dosis necesarias de suspense y misterio, pero en todo momento parece que lo que más interesa a los guionistas es que nos sintamos cómodos con los personajes y que disfrutemos tanto como ellos de lo que sucede.

La película además destila un humor cínico y mordaz en todo momento que se me hace raro en una obra hollywoodiense de 1934 y que hace que aún se mantenga fresca y divertida («Adoro a su marido» «Vaya, es bueno saber que a alguien le cae bien«; «Ves con cuidado, no es justo que me traigas a Nueva York para dejarme viuda» «No lo serías por mucho tiempo» «Seguro que no» «Y más con todo tu dinero…«). Por momentos de hecho parece que estemos viendo una comedia pura y dura, como en la excéntrica cena que organiza el matrimonio a la que asiste gente tan bizarra como un tipo obsesionado con llamar a su madre o un boxeador que es intimidado por su diminuto manager. La gran virtud del film es que no teme volverse demasiado humorístico pese a tratar un tema aparentemente serio como es un crimen. Ese tono es el que lo hace tan ligero y llevadero y que lo diferencia de tantas obras de la época, en la cual el rígido sistema de estudios buscaba que sus películas se encuadraran en los límites de un género concreto, siendo poco frecuente la mezcla de géneros en principio distantes como es el caso.

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Otra de las grandes cualidades que hace que el film se sustente con tanta firmeza es la pareja protagonista, William Powell y Myrna Loy, entre los cuales hay una química excelente que les permite interpretar a la perfección a ese matrimonio hedonista sólo interesado en fiestas y alcohol (no hay prácticamente ninguna escena en que no acaben bebiendo algo, pidiendo una copa o haciendo alusión a su necesidad de echar un trago) y que se insultan y quieren a la vez. Su forma de ser tan antiheroica y sus muchos vicios los hacen aún más atractivos y carismáticos, además de divertidos por su forma de actuar (impagable cuando están siendo amenazados por un hombre armado con una pistola y Nick le propina un fuerte puñetazo a Nora para dejarla fuera del alcance de la pistola). Eso por supuesto sin olvidar a su feroz Fox Terrier («Como se atreva a moverse mi perro le destrozará«, le dice Nick a un sospechoso mientras su mascota se esconde bajo una mesa muerta de miedo).

Un agradable sorpresa. Entretenidísima, ágil y divertida.

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