Críticas

Vivir con Papá [Life with Father] (1947) de Michael Curtiz

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Hay películas que esencialmente merecen la pena no tanto por la fuerza de su historia sino por sus personajes. Que nos hacen cogerles cariño y que entienden el film no como una narración de un conflicto sino más bien como una invitación para estar con sus protagonistas y disfrutar de su agradable compañía. Es el caso de esta encantadora comedia clásica, Recursos de Mujer, también conocida por el título de Vivir con Papá.

Ambientada en el Nueva York de principios del siglo XX, tiene como protagonistas a los Day, una elegante familia de clase alta. El cabeza de familia es Clarence Day, un corredor de bolsa con un carácter severo y exigente que exige que todo el mundo se amolde a sus costumbres y necesidades. Pero lejos de ser un ogro, Clarence es querido y respetado por su mujer Vinnie y sus cuatro hijos, quienes en el día a día no pueden evitar perturbar la previsible cotidianedad que el buen hombre esperaría tener en su hogar.

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A medida que avanza la película, se van intuyendo pequeños conflictos que dan un poco de vida al guión: la visita de una prima de Vinnie con una atractiva joven que encandilará al mayor de los hijos, una enfermedad que provoca una recaída en la madre y, sobre todo, el descubrimiento de que Clarence no está bautizado y que por tanto no podrá ir al cielo. No obstante ninguna de estas historias acaba imponiéndose como el principal conflicto del film, al contrario, el guión parece evitar expresamente que una de ellas se alce sobre el resto para dar prioridad a las escenas domésticas de los Day.

El motivo por el cual el film aún así mantiene su atractivo tiene nombre y apellidos, y es ni más ni menos que William Powell. No debería sorprendernos al ser uno de los mejores actores de comedia que ha dado Hollywood, pero aún así cabe resaltar que aquí hace una actuación extraordinaria en que le coge el punto al personaje infaliblemente: ese término medio entre severidad y aprecio por su familia, ese carácter tan intransigente pero que al mismo tiempo le obliga a doblegarse en más de una ocasión, sus gritos de rabia y sus continuos roces con las doncellas, así como esa maniática obsesión por llevar las cuentas de cada gasto mínimo.

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Aunque Powell y su carismático Clarence Day es quien tira adelante la película, no se puede decir que esté mal acompañado: su esposa la encarna Irene Dunne, otra de las grandes actrices de comedia de la época; en un papel secundario tenemos a una joven Elizabeth Taylor, y además también contamos con la presencia de algunos actores cuya presencia siempre agradezco, como Edmund Gwenn encarnando al sacerdote y ZaSu Pitts en el papel más discreto de prima Cora. Por otro lado, la dirección está en manos del competente profesional Michael Curtiz, que se deleita con el llamativo Technicolor moviendo la cámara por todas las habitaciones además de demostrar una curiosa obsesión por los espejos y los reflejos.

Se le podría achacar el desenlace algo cojo, que da la sensación de que viene de golpe como excusa para dar un cierre al film, pero no deja de ser fiel a la intención de la película de mostrar el día cotidiano de los personajes. Más que centrarme en esa imperfección, prefiero quedarme con uno de esos pequeños instantes en que el film se deja caer en el sentimentalismo pero sin empachar al presentador: ese bello plano en que marido y mujer se quedan sentados cantarrueando después de que él le haya dado a entender de la forma más casual del mundo y sin darle nada de importancia que siempre la ha querido. Es una instantánea que refleja la esencia de todo el metraje: conocer a los personajes, cogerles cariño y disfrutar con ellos de ese pequeño y entrañable momento.

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Los Cuatro Cocos [The Cocoanuts] (1929) de Robert Florey y Joseph Santley

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A finales de los años 20, la novedad del sonido puso del revés a la industria de Hollywood que, ante la necesidad de encontrar nuevos artistas que supieran desenvolverse bien oralmente, hizo lo que mejor se le daba: buscar fuera nuevos talentos e importarlos a la Meca del Cine. De repente, todos los artistas de variedades estaban cotizadísimos y eran tentados con ofertas irresistibles. Los hermanos Marx, que por entonces tenían un enorme éxito, no fueron una excepción.

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Según parece, los Marx ya habían hecho previamente una película en 1921 llamada Humour Risk (1921), pero fue tan nefasta que acabó siendo enterrada para la posteridad, por tanto consideraremos a efectos prácticos Los Cuatro Cocos (1929)  como su auténtico debut cinematográfico – además ¿alguien se imagina a Groucho y Chico actuando en una película muda?

No obstante este segundo debut tampoco fue muy feliz para ellos, a quienes el film no les agradó demasiado y sugirieron no estrenarlo. Por suerte el estudio no les hizo caso y fue un enorme éxito que abrió paso a su carrera en el cine. Pero pese a que el público la recibió con los brazos abiertos, vista hoy día resulta lógica la reticencia de los Marx: Los Cuatro Cocos (1929) se nota que es todavía una versión en bruto de lo que serían sus siguientes films. Incluso si tenemos en cuenta que sus primeras películas hasta Sopa de Ganso (1933) eran especialmente alocadas, Los Cuatro Cocos tiene una crudeza especial que deja en evidencia las circunstancias en que se produjo.

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Básicamente la película es una traslación bastante exacta de una de sus obras más exitosas, y aquí es donde reside su mayor handicap: resulta demasiado obvio que no se ha trabajado especialmente en la adaptación de un material teatral a un contexto cinematográfico. No solo por la limitación espacial en que sucede la acción (el Hotel Cocoanut) sino incluso por la forma como está dirigida. No quiero ser tampoco duro con los pobres Robert Florey y Joseph Santley, los primeros de una lista de directores que tuvieron que afrontar la ardua tarea de enfrentarse a los Marx, con el inconveniente añadido de que en Los Cuatro Cocos los Marx eran más inmanejables que nunca por no entender (ni querer entender todavía) las diferencias básicas entre hacer su show habitual y convertirlo en película. A la práctica lo único que pudieron hacer los realizadores es dejarles a ellos desarrollar su espectáculo teatral y captar lo máximo posible con la cámara. El dominio de los Marx sobre la cámara es evidente, y eso hace que aunque la película sea divertida (puesto que al fin y al cabo ellos eran muy divertidos) acabe siendo la más floja de su primera etapa que abarca hasta Sopa de Ganso (1933), ya que se echa en falta un realizador que adapte los gags a una puesta en escena más cinematográfica.

También es cierto que el guión parece seguir la pauta de copiar el espectáculo original en vez de dar a los Marx el protagonismo absoluto que requerían y que tendrían en sus siguientes films. Nótese por ejemplo cómo Chico y Harpo no aparecen imperdonablemente hasta los 20 minutos de metraje. Hasta entonces Groucho ha tenido tiempo para solo un par de gags y el resto de escenas nos han mostrado la aburrida subtrama del robo de una joya y otros personajes que, francamente, nos importan bien poco. Peor aún es que, al ser una obra de los inicios del sonoro, tengamos que soportar la tendencia de algunos personajes a ponerse a cantar cuando les viene en gana (por suerte en nuestra era moderna existe el mando a distancia y el fast forward), ignorando que lo que nosotros queremos es ver a los Marx en acción y que lo máximo que estamos dispuestos a transigir es que sea uno de los hermanos el que cante.

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Una vez asumimos esas circunstancias y que Los Cuatro Cocos es más la traslación del espectáculo teatral de los Marx que una película de los Marx, el film sigue siendo muy disfrutable gracias a sus inigualables dotes como humoristas. Groucho y su lengua viperina arremeten contra la pobre Margaret Dumont, en su clásico papel de viuda relegada a la función de punching ball verbal. Chico con su inconfundible acento italiano protagoniza con su hermano una divertida escena llena de juegos de palabras intraducibles  y desempeña el papel principal en mi momento favorito del film: la subasta en que siempre sigue pujando. Y Harpo, bueno, es Harpo: persigue damiselas, rompe cartas, se bebe un tintero y cuando se relaja toca un poco el arpa. Mientras tanto, el pobre Zeppo está visiblemente incómodo en su papel de «el hermano Marx aburrido y normal» destinado a dar los pies para que el resto le devuelvan réplicas ingeniosas.

Los Cuatro Cocos, también lastrada por ser una de las primeras películas totalmente sonoras (puede notarse levemente cómo las voces de algunos actores se escuchan mejor que otras por su proximidad al micrófono), fue su primera y aún mejorable incursión en la gran pantalla sin contar su desaparecido film mudo. Todos los rasgos que nos gustan de los Marx ya están aquí puesto que en realidad llevaban años perfeccionándolos sobre el escenario. De hecho en la época en que filmaron la película, por las noches estaban representando su último espectáculo, es decir que aún ni se planteaban que el cine podría sustituir los escenarios. Hizo falta que la película triunfara para que se tomaran su paso por el cine más en serio y no como un dinero extra a ganar. De esta forma sus siguientes obras buscaron un equilibrio entre la anarquía marxiana que rompía con todos los estándares de Hollywood y un cierto respeto a ciertas convenciones cinematográficas que beneficiarían el resultado final.

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Nubes Dispersas [Midaregumo] (1967) de Mikio Naruse

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Resulta curioso pensar que, de los cuatro grandes nombres del cine japonés clásico, los tres que acabaron su carrera en los años 50 y 60 lo hicieran con una de sus mejores películas: tanto La Calle de la Vergüenza (1957) como El Sabor del Sake (1962) se encuentran entre las obras cumbre de Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu respectivamente, y lo mismo podría decirse del film de Mikio Naruse que nos ocupa hoy. De estos cuatro cineastas (el cuarto es, por si hacía falta aclararlo, un tal Akira Kurosawa) Naruse es sin duda el más olvidado en occidente, pero si ha alcanzado el estatus de ser uno de los «grandes» no es de forma inmerecida, y su último film es uno de los más claros argumentos a su favor.

La protagonista es Yumiko, una mujer que tiene una vida idílica: su cariñoso marido, Hiroshi, es un importante miembro del Ministerio al que le van a ascender en un puesto en Washington, y además está a punto de ser madre por primera vez. Pero todo esto se derrumba cuando Hiroshi muere atropellado en un accidente mientras volvía de una cena de trabajo. El conductor del coche, Mishima, un joven con un prometedor puesto en una empresa, es declarado inocente ya que la investigación determina que la causa del accidente fue una rueda que se pinchó y no una imprudencia del conductor. Yumiko se hunde en la depresión y aborta. Mishima, aunque exento de responsabilidad, se siente culpable e intenta compensar a la viuda pagándole una cantidad cada mes y preocupándose por ella, pero ésta no quiere saber nada de él.

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Si bien el argumento de Nubes Dispersas parece el propio de un dramón lacrimógeno, la clave del film, lo que lo convierte en una auténtica joya, es el tratamiento que le da Naruse: sin emplear un tono trágico pero al mismo tiempo con una enorme sensibilidad. Me recuerda un poco a Yasujiro Ozu, sólo que este último se centraba más en pequeños argumentos y su visión de la vida tiene algo más de optimismo. En cambio, Naruse nunca deja que la tristeza abandone por completo a sus protagonistas, la muerte de Hiroshi siempre planea sobre ellos, como un hecho que por mucho que pertenezca al pasado nunca van a poder dejar atrás por completo.

El joven Mishima se nos presenta como una persona responsable y muy educada que no tiene ninguna culpa sobre lo sucedido, de hecho él es en cierto modo otra víctima al ser el destino el que haya hecho que matara accidentalmente a Hiroshi. Pero aun entendiéndole a él como otra víctima inocente, dicha muerte siempre se interpondrá entre él y Yumiko cuando ambos comiencen a enamorarse. La forma como Naruse va dando forma a la relación entre esos personajes es absolutamente ejemplar, el paso del desprecio inicial de Yumiko y el terrible sentimiento de culpa de Mishima a un afecto mutuo realmente sincero, una preocupación real por el otro. ¿Hasta qué punto tiene Yumiko derecho a despreciar sus atenciones cuando éste no tuvo la culpa del accidente? ¿En qué momento la preocupación de Mishima hacia Yumiko deja de venir causada por su sentimiento culpabilidad y pasa a ser por aprecio a ella? ¿Yumiko cuida de él cuando enferma gravemente como una nueva obligación hacia su protector después de lo amable que ha sido con ella o porque realmente ya le quiere?

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Inicialmente, el gran tema del film gira en torno a un concepto fundamental en la cultura japonesa como es el giri, el sentimiento de obligación que adquiere uno hacia otra persona (en este caso Mishima hacia Yumiko). Pero gran parte de la magia de la película está en la forma cómo Naruse va poco a poco haciendo que esa relación pase de basarse en el giri al aprecio mutuo y, finalmente, en el sentimiento amoroso. Cuesta captar el momento exacto en que empiezan a aflorar esos sentimientos en los personajes y ése es uno de sus mayores logros, porque para Naruse – y esto es un rasgo ampliable a todo su cine – lo importante no es solo el destino hacia el que van abocados los protagonistas (a enamorarse mutuamente) sino el reflejar todo ese proceso, el captar cómo va evolucionando poco a poco su relación.

Aunque Mishima, de ideas más modernas, le propone a Yumiko escapar con él, el peso del pasado es demasiado fuerte y su relación está condenada a no prosperar (en cierto momento él dice que son casi como familiares, enfatizando la idea de ser una relación que no puede llevarse a cabo). De hecho ni siquiera consiguen volver a recrear el idílico paseo en barca que vivieron en el pasado Yumiko e Hiroshi, ya que Mishima enferma y una tormenta les estropea la excursión. Es una metáfora bastante obvia de cómo las circunstancias no les van a permitir unirse realmente, de cómo por mucho que se quieran están condenados a no poder repetir ese romance idílico que tuvo Yumiko en su primer matrimonio.

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Otro aspecto que me gusta mucho del film es el uso que hace Naruse de la fotografía en color y de las elipsis, saltando libremente de una escena a otra, interrumpiendo a menudo conversaciones teóricamente trascendentales que el cineasta prefiere saltarse. Aunque el estilo de la película es muy reposado, este sistema de montaje hace que aún así siga fluyendo con naturalidad.

Y si antes mencioné a Ozu, también podría citarse a Mizoguchi por la imagen que da Naruse de la mujer. A lo largo de su carrera, el papel de la mujer en la sociedad japonesa tuvo tanta importancia en el cine de Naruse como en el de Mizoguchi, y una prueba de ello es que incluso en sus últimas obras volvieran a insistir en el tema manteniendo esa visión pesimista. En Nubes Dispersas las mujeres siempre dependen de los hombres: la vida de Yumiko se hunde tras la muerte de su marido no solo en el aspecto emocional sino económico, la decisión de abortar quizá responda también a no saber cómo podrá sacar adelante a un hijo en un futuro tan incierto. Incluso su cuñada, que tiene un negocio propio, debe coquetear con algunos de los clientes y tener un amante para tirar adelante. Del mismo modo, Mishima intenta compensarla con una ayuda económica, que ella rechaza por no querer tener lazos de dependencia con nadie. La realidad es que la única forma que tendrá Yumiko de volver a alcanzar el nivel de vida anterior es volviendo a casarse (como muchos le sugieren que haga) y que está destinada a resignarse a la idea de perder a los dos hombres que ama.

Desafortunadamente, en la última joya de su carrera, este delicado retrato de una relación destinada a no poder funcionar nunca, Naruse continuó llegando a la misma conclusión que en muchas de sus películas precedentes: los personajes están condenados a no reunirse y la felicidad de la protagonista vuelve a estar supeditada al rol que le otorga la sociedad.

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La Mujer del Aviador [La Femme de l’Aviateur] (1981) de Éric Rohmer

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La carrera de Éric Rohmer tiene para mi gusto una característica que puede verse tanto como una virtud como un defecto, y es que en la mayor parte de sus films hace gala siempre de un estilo muy similar. Por supuesto, todo autor tiene unas marcas propias reconocibles, pero en el caso de Rohmer este hecho es tan palpable que al principio puede sorprender que haya hecho tantas películas moviéndose en unos márgenes tan limitados (y, sobre todo, que haya conseguido que éstos tengan interés y no se hagan reiterativos). Aunque dentro de los grandes nombres de la Nouvelle Vague mis preferencias personales comulgan más con Claude Chabrol y quizá François Truffaut, le tengo un aprecio especial a Rohmer. Ver sus películas te da cierta seguridad similar a la de volver a un sitio de sobras conocido en que sabes que te sentirás a gusto.

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No obstante, sumergiéndonos en su filmografía podemos comprobar que realmente no todas sus películas son tan homogéneas. Sin ir más lejos, los años 70 Rohmer supusieron para Rohmer un curioso paréntesis con dos films de época: La Marquesa de O… (1976) y el bizarrísimo Perceval el Galés (1978). Los 80 en cambio se caracterizarían por un retorno a su terreno más conocido con su célebre serie de Cuentos y Proverbios.

El cambio de estilo respecto a sus dos anteriores obras salta claramente a la vista: de dos producciones de época pasó a tratar sencillos dramas contemporáneos; de la puesta en escena expresamente irreal y el año de ensayos de Perceval el Galés, optó por un retorno a un estilo más austero y con un tono más espontáneo. Sus Cuentos y Proverbios se centran – ¡cómo no! – en las relaciones sentimentales que afectan a un núcleo muy concreto de personajes, tienen lugar en escenarios reales y apuestan a menudo por rostros no conocidos y con un look a menudo poco cinematográfico.

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El primero de la serie, La Mujer del Aviador, parte del proverbio «Es imposible pensar en nada» y tiene como protagonista a François. Éste es un estudiante de Derecho de carácter algo difícil que trabaja por las noches para pagarse sus estudios y que está enamorado de Anne, la cual no le corresponde. Todo el film transcurre a lo largo de un solo día, que comienza con François acudiendo al apartamento de ella para avisarle de que le ha conseguido un fontanero para hacerle unas reparaciones en su piso. Él la sorprende saliendo del inmueble con Christian, un amante de Anne que acaba de romper con ella porque va a ser padre. Más tarde intenta hablar con Anne pero ésta le rechaza. Seguidamente sorprende a Christian con una mujer y les sigue. Se le une accidentalmente en su búsqueda Lucie, una simpática estudiante que está encantada con esta aventura.

Un rasgo que aprecio enormemente de este film es que la mayor parte de su metraje se sustenta sobre hechos absolutamente insustanciales, más incluso que en el resto de los Cuentos y Proverbios, en que había más atisbos de conflictos o situaciones problemáticas. En esta obra, Rohmer se detiene más que nunca en pequeños detalles irrelevantes de la vida cotidiana que en circunstancias normales no tendrían la más mínima importancia. Por ejemplo, el primer encuentro entre François y Anne le debe mucho a caprichos del azar como el hecho de que el lápiz de él no funcione y deba volver a bajar para escribir la nota, o que se quede dormido en el bar. ¿Qué necesidad hay de estos detalles? ¿No sería más rápido que a su primera llegada al apartamento de Anne la sorprendiera saliendo con su supuesto amante? Para Rohmer en cambio la gracia está en esos detalles, en que les sorprenda a partir de dos circunstancias como ésas, e incluso en que la excusa para verla sea el que le haya conseguido un fontanero.

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Los diálogos también se basan en esa característica. Por ejemplo, la larga excusa que la extrovertida Lucie expone a la portera para justificar que quieran saber a qué piso ha ido la pareja que siguen es totalmente irrelevante a nivel de guión, pero en cambio el personaje se inventa toda una historia que está genialmente escrita por parte de Rohmer, ya que da la sensación de estar realmente improvisada. De hecho el gran mérito de La Mujer del Aviador son sus diálogos tan frescos y espontáneos, que consiguen no hacerse pesados pese a ser tan largos y que suenan totalmente reales. Prácticamente la mitad del film se basa por un lado, en esos diálogos entre Lucie y François mientras siguen a Christian y, por el otro, en la conversación final de François con Anne. Pero discurren con tanta fluidez y naturalidad que cuando la película llega a su fin uno no se ha dado cuenta de todos los minutos que han pasado. No hay nada especial tras esos diálogos, las teorías que inventan Lucie y François sobre el hombre que están siguiendo no conducen a nada ni son siquiera abiertamente humorísticos, pero consiguen recrear el modo en que se encuentran ambos personajes y cómo acaba surgiendo entre ellos cierta complicidad. Ésa es la clave del film.

Al final esa persecución no lleva a nada. Ni siquiera la mujer del aviador que da título al film tiene la más mínima relevancia. Y por supuesto François no encontrará el amor a través de Lucie. No hay conflictos especialmente dramáticos, ni tenemos la sensación de que todos estos hechos hayan conducido a algo claro. Simplemente son pequeños detalles cotidianos que se suceden. La maestría de Rohmer reside en saber cómo darles forma para que parezcan auténticos y crear una notable película que resulta un retrato muy veraz de esta cotidianedad: de esas situaciones vacías, de esos diálogos que no conducen a nada y que son nuestro día a día.

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Suburbios [Okraina] (1933) de Boris Barnet

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Hablar de las grandes obras del cine soviético de los años 20 y 30 es hablar de nombres como Eisenstein, Pudovkin, Dovzhenko o Kuleshov. Pero como sucede en todos los grandes movimientos, hay otros artistas más allá de los tres o cuatro nombres «oficiales». En el caso de la URSS uno de los nombres que más se ha comenzado a reivindicar en estos últimos años es el de Boris Barnet, recordado (es un decir) sobre todo por comedias como la magnífica La Casa de la Plaza Trubnaya (1928) que se apartan por completo del estilo tan propagandístico y marcadamente vanguardista de sus compañeros más célebres. Pero hoy les proponemos reivindicar su primera película sonora y una de las más celebradas de su carrera aun sin ser una comedia, Suburbios (1933).

La acción del film se concentra en un pequeño pueblo ruso que se basa sobre todo en la industria del calzado. Con la irrupción de la I Guerra Mundial, la mayoría de los obreros abandonan su trabajo para enfrentarse a los alemanes, provocando en el pueblo una escasez de zapateros. El conflicto emergerá cuando un día llegue al poblado un cargamento de prisioneros alemanes entre los que se encuentra ni más ni menos que un zapatero.

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La gran virtud de Suburbios es que es una película que, pese a tratar un tema más serio, mantiene en gran parte la ligereza de estilo de las comedias precedentes de su autor. De hecho, ni siquiera es una obra especialmente circunspecta y Barnet combina escenas serias con otras abiertamente cómicas, reflexiones sobre el absurdo de la guerra con pequeñas estampas cotidianas. De esta forma se aleja por completo del tono solemne de otras obras contemporáneas que aspiraban a convertir los obreros en héroes del pueblo.

Barnet, a diferencia de los directores citados anteriormente, se sirve de un estilo más humanista y desenfadado, mostrándonos a una campesina que se sienta en el mismo banco que un alemán del que está enamorada y seguidamente acaba cayéndose de forma ridícula. O a un soldado que se hace el muerto en mitad de las trincheras para consternación de un compañero provocando las risas del pelotón. O una escena inicial en que se habla de una huelga haciéndonos esperar el previsible conflicto entre amos y obreros hasta acabar dejándose de lado, dando más importancia a cómo la entrañable amistad entre un ruso y un inquilino alemán acaba destruyéndose por culpa de la guerra (me resulta especialmente conmovedor el momento en que el primero, tras haberse enfrentado a su inquilino, sale a su búsqueda para darle el sombrero que le había dejado en un último resquicio de amistad).

Teniendo en cuenta ese enfoque, no debería sorprender que el gran tema del film sea el de la confraternización entre diferentes pueblos. El personaje del prisionero alemán de hecho resulta tan entrañable que nos es difícil verle como un enemigo, y él mismo resalta cómo los soldados rusos del frente le trataron bien. En el fondo tiene más en común con los miembros del pueblo por su condición de zapatero que éstos con los «patriotas» dueños de la fábrica, que apoyan la guerra porque les reportará cuantiosas ganancias.

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Otro elemento que hace especialmente interesante el film es su magnífico uso del sonido, que queda patente en las mismas escenas iniciales, con los ruidos de la fábrica de zapatos funcionando como una sinfonía y un pequeño gag en que parece que un caballo pronuncie «¡Dios mío!«. Más adelante, Barnet se sirve del montaje prototípico del cine soviético que aspira a transmitir ideas mediante la combinación de imágenes, pero usando también el sonido. Mientras las ametralladoras resuenan en el frente, en paralelo vemos a los trabajadores en la fábrica de zapatos, hasta el punto de que los sonidos de los disparos y de las máquinas de la fábrica se confunden. De esta forma se nos da a entender cómo el dueño de la fábrica se está enriqueciendo con la guerra.

Aunque mantiene las mismas ideas que todo el cine soviético de la época debía transmitir, Suburbios da la impresión de ser una obra menos cerebral y más humana. La hermandad entre rusos y alemanes, que en la época hacía referencia a la unión de los obreros de todos los pueblos del mundo, hoy día puede verse en general como un simple mensaje pacifista. Y teniendo en cuenta el cariño con que Barnet trata a sus personajes estoy convencido de que su intención iba más por ese mensaje humanista, que «camufló» bajo la coartada comunista. El cineasta es por tanto uno de esos ejemplos de artistas que ocultaban exitosamente su verdadera filosofía bajo las consignas del partido.

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Los Niños de la Colmena [Hachi no su no kodomotachi] (1948) de Hiroshi Shimizu

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Los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial dieron pie en Japón a una serie de películas de corte más realista ambientadas en las ruinas de ese país destrozado. Uno de los motivos es que bajo la ocupación americana se intentó dejar de lado el género del jidai-geki (películas de época), ya que evocaba ese Japón antiguo y mítico que los americanos intentaban dejar en un segundo plano para no despertar sentimientos nacionalistas y ansias de venganza. La otra razón es que obviamente la situación en que se encontraba el país era propicia a este tipo de producciones más sencillas que la industria podía permitirse llevar a cabo con más facilidad.

En occidente existe un clarísimo equivalente de esta situación en el neorrealismo italiano, pero no deben entenderse estas películas como una versión consciente de ese movimiento (de hecho no creo que las obras de Rossellini y De Sica hubieran podido llegar todavía a Japón), sino como un equivalente que se dio en paralelo al estar los dos países en circunstancias muy parecidas.

Los Niños de la Colmena es una de las grandes obras asentadas en este ciclo. Su responsable es Hiroshi Shimizu, uno de los directores japoneses más importantes de los años 30 y 40, que se basó en sus experiencias reales ayudando a huérfanos durante la postguerra a la hora de elaborar el argumento del film. Aparentemente, en los años de la posguerra había muchos niños vagabundeando por las calles sin hogar y Shimizu solía ofrecerles comida o dinero. Con el tiempo empezó a acoger a algunos de estos menores sin techo y a cuidarles proporcionándoles cuidados médicos y una estabilidad, pero siempre dejándoles libertad para que se marcharan cuando quisieran.

Según Shimizu, la idea del filme no le vino hasta que un día se topó con uno de los jóvenes que había aparecido en la película La Torre de Introspección (1941), donde mostraba el día a día de un centro para menores conflictivos utilizándolos a estos como actores. Éste había salido del centro e ingresado en el ejército. Al volver a Japón, sus compañeros habían partido en tren para volver a verse con sus familias, pero él al ser huérfano no tenía a donde ir. En consecuencia, estuvo viajando sin rumbo por el país y por el camino un par de niños de la calle se le unieron. Éste fue literalmente el argumento que Shimizu copió para Los Niños de la Colmena.

Los niños del título son una pandilla que ha perdido a sus padres y malviven en las calles hasta que deciden seguir a un joven soldado, también huérfano. Aunque este último no busca explícitamente hacerse amigo de ellos, los niños acaban simpatizando con él y le acompañan en su devenir sin rumbo en busca de «algo»: un trabajo, un lugar en que asentarse, un sentido a su vida… lo que sea. Finalmente se les ocurre la idea de ir al centro al que se aludía en La Torre de Introspección, e incluso el soldado menciona explícitamente la película (descubriéndola como una obra vieja, ¡cuando tenía solo siete años!). Así pues, se dirigen hacia allá topándose por el camino con diferentes estampas que dejan entrever la miseria de la población.

El planteamiento del filme obviamente recuerda mucho a El Limpiabotas (1946) de Vittorio De Sica y, al igual que éste, se beneficia enormemente de contar con actores no profesionales, es decir, niños huérfanos de verdad que se muestran en la pantalla tal cual son. Eso quiere decir que en este film los niños realmente se comportan de una forma auténticamente infantil, con sus defectos y virtudes, y que su apariencia tan sucia y desastrada parece genuina. Esto es obviamente una marca personal de Shimizu, quien ya en filmes como el mentado La Torre de Introspección o Niños en el Viento (1937) demostró ser un cineasta extraordinario a la hora de captar el mundo infantil. Un ejemplo de ello es la escena en que cada uno de ellos explica su situación, a cada cual más dramática. Ninguno la comenta entre lloros y lamentaciones, todos han pasado ya por esos traumas y, como niños que son, acaban aceptando la situación como se les ha presentado y han aprendido a sobreponerse a ella para sobrevivir. Del mismo modo, cuando muere uno de ellos se lamentan en su tumba de todas las malas pasadas que le hicieron mientras estaba enfermo, demostrando que pese a su arrepentimiento en el pasado estaban lejos de ser unos bucólicos querubines.

Algo que me gusta mucho de películas japonesas como ésta es el tono que le imprimen los directores, reflejando los dramas cotidianos con serenidad sin ahondar en el dramatismo, como si esos acontecimientos trágicos fueran otro elemento del día a día a asimilar. Por ello en este caso no me desagrada la clásica banda sonora uniforme omnipresente en todo el metraje, porque contribuye a hacer que el tono del film se mantenga igual al margen del patetismo de los diferentes episodios que se suceden. Del mismo modo, me gusta mucho el personaje del soldado, convertido sorpresivamente en una especie de modelo a seguir que les inculca el valor del trabajo. En todo el film no abandona su expresión seria, y aunque notamos por sus acciones que se preocupa por los niños, no ahonda en su vínculo con ellos por la vía emocional. Incluso cuando aparece una chica en la trama ésta no es la típica actriz bella destinada a robarnos el corazón ni tampoco surge el previsible romance entre ella y el soldado. Los personajes parecen demasiado preocupados para sobrevivir como para perder tiempo ahondando en sus sentimientos. Son prácticos, no sensibleros.

La sobria dirección de Shimizu concuerda con ese tono. Puede que el director y los personajes afronten los hechos con normalidad, pero nosotros no podremos evitar emocionarnos profundamente ante el niño llamando a gritos a su madre ahogada en el mar, ni sentir un estremecimiento ante la imagen de una Hiroshima destrozada (algo por cierto hecho a espaldas de las autoridades americanas, que no veían con buenos ojos que se mostrara en filmes la ciudad en ruinas que evocaba el terrible ataque nuclear). Pero esos detalles no se resaltan ni por parte de la cámara ni de los personajes, simplemente forman parte del contexto en que nos encontramos. Es por ello que destaca tanto el momento más genuinamente dramático de la película, cuando uno de los niños transporta en su espalda a un compañero gravemente enfermo, que le pide como último favor que le suba al pico de una montaña para poder ver una vez más el océano donde murió su madre. Al ser un instante tan intenso y dramático en contraste con el resto del filme (y no obstante Shimizu sigue filmándolo desde la distancia, sin implicarse emocionalmente más de la cuenta en lo que sucede), resulta aún más emotivo.

El final, que algún espectador quizá critique por romper con el tono del resto del film, debe verse como un mensaje de esperanza hacia Japón, hacia un futuro en que confiaban que podrían reconstruirlo. Tanto ese soldado que ha retornado del frente sin ningún lugar al que acudir como esos niños huérfanos representaban la esperanza de un país que por entonces buscaba como ellos el camino a seguir.

Los Inútiles [I Vitelloni] (1953) de Federico Fellini

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Los Inútiles (1953) surgió en un momento difícil para Fellini, puesto que su primera película como director en solitario, El Jeque Blanco (1952), había sido un fracaso de taquilla y su siguiente proyecto había sido rechazado por el productor (poco después conseguiría realizarlo bajo el título de La Strada).  Pero aun así, animado por la consigna de crear una comedia, Fellini escribió junto a Ennio Flaiano y Tullio Pinelli un guión basado en gran parte en sus experiencias de juventud que sería la base para el primer clásico de su carrera.

La palabra «vitelloni» a la que alude el título original tiene una difícil traducción exacta. Sirve para definir a un hombre joven y vago que se dedica a perder el tiempo mantenido por su familia, sin perspectivas de futuro ni intención de buscar un trabajo. Ésos serían los protagonistas del film, cinco hombres sin empleo que malviven perezosamente en un pequeño pueblo: Fausto, un incorregible mujeriego; Alberto, dado a la juerga y la diversión fácil; Leopoldo, que aspira a ser dramaturgo; Moraldo, inmerso en sus ensoñaciones, y Riccardo. Para encarnar a estos don nadies, Fellini optó muy inteligentemente por prescindir de estrellas y otorgarles rostros poco conocidos. Moraldo fue interpretado por Franco Interlenghi, uno de los protagonistas de El Limpiabotas (1946); Fausto es Franco Fabrizi, quien apenas tenía experiencia en el cine, y un por entonces desconocido Alberto Sordi interpreta a Alberto, personaje que lanzaría su carrera. Además repite Leopoldo Vannucci, protagonista de El Jeque Blanco, y a un nivel más anecdótico el quinto personaje lo encarna el hermano de Fellini, Riccardo, cuyo parecido con el director es inconfundible.

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Un primer aspecto a destacar es la presencia de una voz en off narradora que no obstante no se corresponde a la de ninguno de los personajes. Este narrador siempre se refiere al grupo de amigos en primera persona del plural («nosotros») dando a entender que forma parte del mismo, pero nunca le vemos en la pantalla. Aun así, es indudable que el personaje hacia el que el espectador se siente más cercano es Moraldo, quien adopta un punto de vista más distante respecto a todo lo que sucede en el pueblo. Al negarle a él la opción de ser el narrador, Fellini se permite cierta distancia respecto a los hechos e incluso respecto al mismo Moraldo, pero por otro lado, al crear un narrador en primera persona nos invita a acercarnos más a los personajes. No es un informador frío y lejano, sino alguien que se considera como parte del grupo y acentúa el tono nostálgico y autobiográfico tan importante en el cine de Fellini.

Todos ellos deambulan sin rumbo a lo largo del film, con sus sueños más o menos difusos y culpando a ese pueblo sin futuro de todos sus males. Sugieren la idea de irse, pero nadie se atreve a hacerlo. El plano más recordado refleja esa idea: los cinco en el embarcadero mirando el vasto océano, una imagen que simboliza sus ansias de libertad y de escapar. Sus personalidades tan diferenciadas convergen en un desprecio común hacia el trabajo o cualquier actividad útil. En una escena especialmente divertida, durante un viaje en coche, Alberto se burla sin motivo alguno de unos hombres que están picando tierra con el peculiar insulto de «¡Trabajadores!«. Acto seguido el coche se avería y los obreros corren a atacarles mientras Leopoldo intenta defenderse arguyendo que es socialista.

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De todo el grupo, Fausto es el modelo a seguir y de hecho, algunos se dejan bigote o perilla para imitarle. No obstante, cuando le fuerzan a casarse con la hermana de Moraldo (Sandra) por haberla dejado embarazada y a trabajar en una tienda de antigüedades, sus amigos acuden a espiarle burlonamente. Éstos le observan a través del escaparate mientras Fausto permanece con rostro abatido en el interior. De esta forma se remarca cómo viven ya en diferentes mundos: él casado y con trabajo, ellos siendo aún unos inútiles, ambos representan esas dos caras del espejo que es el escaparate. Pero lo interesante es cómo Fausto, el trabajador, es el objeto de burla por parte de sus amigos ociosos; cómo, al verse reflejados a sí mismos en ese escaparate como hombres de bien, se lo toman como una broma más que como algo que envidiar. Para hacer esto aún más ambiguo, más adelante Alberto confesará en un estado de borrachera que en el fondo envidia a Fausto y que deberían asentarse como él.

La subtrama centrada en Fausto y sus adulterios llegará a su punto crítico cuando Sandra descubre la verdad y desaparece. Tras encontrarla en casa del padre de Fausto, éste le riñe violentamente y le castiga a golpes de cinturón, como si fuera un niño. Días antes, Fausto se quejaba de que le trataban como si tuviera cinco años, pero su inmadurez obliga a su padre a castigarle para que entienda lo que ha hecho. De esta forma, el principal conflicto de la película se cierra siguiendo una estructura circular que empieza y termina en la casa de Fausto: el film se iniciaba con el embarazo de Sandra y la bronca del padre de Fausto para que se casara con la chica y termina en la misma casa con una paliza por haber cometido adulterio. Precisamente como la estructura es circular, imaginamos que Sandra y Fausto están condenados a tener una vida desdichada plagada de infidelidades, del mismo modo que Leopoldo será siempre el eterno escritor frustrado atrapado en un pueblo donde no puede explotar su talento y Riccardo nunca llegará más lejos de cantar en eventos tan costumbristas como la ceremonia inicial (tan felliniana por cierto) de Miss Sirena.

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Fellini opta por otorgarle al film un tono a medio camino entre la comedia y el drama, insuflándole a menudo un toque de patetismo. Eso queda especialmente patente en la escena en que la hermana de Alberto deja su hogar para fugarse con un hombre casado. Dicho momento es de un enorme dramatismo, pero Fellini contrarresta ese punto amargo haciendo que Alberto conozca la noticia al volver del carnaval, travestido y medio ebrio. Lo mismo se podría decir de ese extraño episodio tan felliniano en que el inocente Leopoldo lee su drama a un eminente actor envejecido para acabar descubriendo que su interés es meramente sexual.

Uno de los aspectos en que el film flaquea es en la ausencia de un protagonista de peso que sustente todo un film coral, papel que parece otorgarse al compasivo Moraldo pero que le acaba viniendo demasiado grande. Aun así, sus encuentros nocturnos con el niño que trabaja de madrugada y sus miradas teñidas de melancolía nos hacen intuir a un personaje con unas inquietudes más profundas que sus compañeros. Cuando confirma que Fausto ha sido infiel a su hermana, Moraldo se aparta expresamente del grupo y lleva a cabo aquello con lo que todos fantaseaban y nadie se atrevía a hacer: abandonar el pueblo, huir de la existencia mediocre e infeliz que le esperan a su hermana y sus amigos. La conmovedora escena final en que acude a la estación sin avisar a nadie es la que nos da una pista más clara del talento de Fellini. Mientras el vagón se aleja, el director nos muestra a cada uno de los amigos de Moraldo durmiendo con un travelling que imita el movimiento de un tren al mismo tiempo que se oye la locomotora. Es como si Moraldo los estuviera visualizando mientras se despide de su pueblo natal. Esta combinación entre realidad y ensoñación es una de las pequeñas pistas del Fellini clásico.

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En general se podría decir que Los Inútiles apunta hacia las claves del estilo de Fellini pero que aún no acaba de redondearlas. Las escenas comentadas anteriormente, la descripción de los ambientes festivos y lúdicos como el carnaval, la melancólica banda sonora de Nino Rota… Todo ello da pie a escenas muy notables pero no inolvidables, y apunta más bien hacia futuros logros, especialmente La Dolce Vita (1960) y Amarcord (1973). Lo que sí es reseñable es la voluntad de Fellini por escapar a la rigidez del neorrealismo en búsqueda de un estilo propio que aún estaba por madurar.

No obstante, el film fue un enorme éxito que propulsó la carrera algo estancada de su creador. Pronto le llovieron propuestas para desarrollar una secuela, y aunque Fellini las rechazó, sí que tanteó durante años un proyecto bautizado “Moraldo en la ciudad”. Al final acabó desestimándolo pero muchas de esas ideas las reaprovecharía para una de sus obras cumbre, La Dolce Vita (1960). En esos siete años el cineasta ya había definido un estilo propio que le permitió tomar algunas de las características de Los Inútiles para dar forma a una de sus obras cumbre.

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La Última Película [The Last Movie] (1971) de Dennis Hopper

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A veces sucede que una película fallida acaba siendo más interesante e instructiva que muchas obras correctas impecablemente realizadas, y que incluso siendo conscientes de que dicha película no es buena consigamos extraer de ella ideas muy interesantes. Éste es sin duda el caso de un film tan inclasificable como La Última Película (1971) de Dennis Hopper, que bascula entre la genialidad y la pérdida absoluta de cordura, entre ideas muy interesantes y otras que no aportan nada, entre la vanguardia y el cine convencional.

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Su gestación fue consecuencia del enorme y, sobre todo, inesperado éxito de la mítica Easy Rider (1969), una película de moteros dirigida por Hopper y su amigo Peter Fonda con poquísimo presupuesto y en petit comité. A toda la industria cinematográfica le pilló completamente por sorpresa que un film de estas características se convirtiera en una obra generacional que arrasara en taquilla. Los ejecutivos literalmente no entendían la película, pero el público joven de la época había respondido entusiasmado, así que era de prever que Dennis Hopper sería un valor en alza. El astuto actor y director aprovechó ese repunte de popularidad para volver a sacar a la luz un guión que había escrito junto al guionista Stewart Stern años atrás.

Era una ambiciosa historia que en su momento aspiró a filmar protagonizada por Montgomery Clift pero que no llegó a nada tras la muerte del actor y la ausencia de inversores. Se centraba en un pueblo sudamericano donde tenía lugar el rodaje de un western en un decorado construido ahí mismo. Cuando el equipo abandonaba el lugar, el único miembro que queda es el especialista de escenas difíciles, Kansas, que permanece en el país con la idea de reaprovechar el decorado para otras películas. Pero Kansas se topará con los nativos locales, quienes acuden con curiosidad al set y empiezan a simular ellos mismos que graban una película pero convirtiendo el proceso en un ritual.

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Dicho planteamiento tan apasionante surgió de la mente de Hopper tras un rodaje en México que le había hecho preguntarse qué harían los nativos cuando quedaran los decorados abandonados. A partir de aquí, planteó una visión muy interesante del cine como una especie de ritual. Las únicas imágenes que vemos del rodaje son escenas de muertes y tiroteos desmadrados en que fallecen absolutamente todos los personajes, es decir, una referencia nada sutil a cómo se explota el cine para articular la violencia y la representación de la muerte. El hecho de que Hopper inserte estas escenas sin un contexto que nos dé a entender que forman parte del rodaje – no es hasta pasados unos minutos cuando vemos el equipo que les está filmando – enfatiza la confusión entre ficción y realidad que sufrirán los mismos nativos que presencian el rodaje, máxime cuando uno de los miembros del equipo fallece accidentalmente.

Una vez se marcha el equipo y los nativos se apoderan del set, éstos intentan recrear ese ritual mágico llegando incluso a fabricarse elementos de rodaje como cámaras y focos con ramas. En última instancia, esta falsa filmación acaba derivando en una celebración pagana en que se utilizan fuegos artificiales y máscaras, convirtiendo todo en una suerte de rito místico. El problema está en que ellos no acaban de entender que lo que se filma es falso, y por tanto para filmar una muerte pretender matar de verdad a una persona, es decir, culminar todo el ritual con un sacrificio humano. Que el único miembro del equipo que quede sea Kansas resulta además doblemente oportuno, puesto que al hacer de especialista para escenas peligrosas su función consiste en simular una y otra vez su propia muerte, como si fuera una especie de mago que muere una y otra vez pero siempre resucita: ¿cómo puede sobrevivir si no a tantos disparos y caídas?

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Dichas ideas son sin duda lo que más justifica el visionado de este film y eran, según parece, el grueso del guión que escribieron Hopper y Stern. El problema está en que el director se dejó llevar por ese ambiente de libertad creativa y decidió dejar de lado el guión e improvisar buena parte de las escenas en un ambiente de rodaje por otra parte caótico. En consecuencia, Hopper volvió del rodaje en Perú con 40 horas de película sin mucha coherencia que no sabía cómo montar.

Del mismo modo que en el film no se disocia claramente entre ficción y realidad (o mejor dicho, entre la realidad y su representación), la propia película en sí misma tampoco puede disociarse de su contexto de producción. El estilo tan caótico y desmadrado que caracteriza La Última Película es en realidad un fiel reflejo del ambiente que rodeó a su rodaje, y de la misma manera que el equipo de la historia acaba «contaminando» a los indígenas con su llegada, el propio Hopper y su el equipo de rodaje real hicieron lo mismo. Todo el rodaje estuvo envuelto en una continua orgía de sexo y drogas que, ya sea de forma consciente o no, ha quedado de alguna forma reflejada en el resultado final. Estoy convencido que en unas circunstancias más normales, Hopper no habría logrado transmitir ese estilo decadente que impregna La Última Película, especialmente en las escenas finales.

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Por supuesto, eso acarrea consigo unas consecuencias, y es que al final el resultado final es desequilibrado y fallido. Incapaz de lidiar con lo que había filmado y con el guionista Stewart Stern consternado al ver en qué había convertido Hopper su historia, el director finalmente optó por jugársela del todo y montarla con un estilo expresamente confuso y experimental. El resultado final se acaba resintiendo puesto que sobre el film sobrevuela una tensión mal resuelta entre un estilo más cercano al cine convencional y otro más vanguardista. A lo largo de su hora y media, La Última Película nos ofrece tanto momentos magníficos que justifican el visionado como otros más olvidables. Los primeros son especialmente los que tienen que ver con la trama propiamente dicha del film, que además son los que encajan mejor con ese estilo de montaje vanguardista, de la misma forma que lo hacía en Easy Rider con el segmento del viaje de ácido durante el Mardi Gras. Los que hacen que flojee el film son las otras subtramas, que no son tan interesantes como el argumento principal y se desarrollan pobremente entre ideas desaprovechadas y momentos de puro onanismo a gloria del propio Hopper: su fallida relación amorosa, la fiesta con las dos jovencitas, la búsqueda de la mina de oro, etc.

No obstante, ése es el precio a pagar por una película que es coherente consigo misma hasta las últimas consecuencias. La Última Película es un film confuso e incoherente, que buscaba dar forma a su propia identidad a través de ese estilo aunque eso perjudique al resultado final. Con ella, la carrera de Hopper como director llegó a su fin y la película se convirtió en  una de esas obras de culto ilocalizables durante décadas de las que se oía hablar pero que muy poca gente había logrado ver.

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Vidas Secas (1963) de Nelson Pereira Dos Santos

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Pocas veces el título de una película se corresponde tan acertadamente con su contenido como el caso que nos ocupa hoy. Basada en una novela de mismo nombre de Graciliano Ramos, aunque está ambientada en los años 40 la situación que refleja trasciende más allá de la denuncia a una época determinada y acaba siendo una de las representaciones fílmicas más conseguidas de la pobreza y la miseria.

Su responsable es Nelson Pereira Dos Santos, junto a Glauber Rocha uno de los grandes nombres del Cinema Novo brasileño de los años 60, movimiento que surgía por un lado a raíz de las nuevas olas europeas de esa época y, por el otro, de la necesidad de dar forma a una escena cinematográfica brasileña consistente y que encarara los problemas del país. Menos críptico y sorprendente que Rocha, Pereira Dos Santos apuesta por un estilo más realista y, de nuevo volviendo al título, seco.

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La historia es mínima, simplemente las pequeñas vivencias de una familia pobre formada por Fabiano, Sinhá Vitoria, sus dos hijos y su fiel perra Baleia. La primera vez que les vemos caminan por el desierto hacia un destino indeterminado. Llegan a una granja abandonada y se instalan, pero al día siguiente el patrón les descubre e intenta echarlos. El padre le pide que le deje cuidar a su ganado y finalmente acepta contratarlos. Pero su situación no mejora: el patrón le paga menos de lo estipulado, en el pueblo Fabiano se mete en problemas perdiendo el poco dinero que tenía y la sequía empieza a cobrarse las vidas del ganado.

Uno de los aspectos que más me gusta de Vidas Secas es que, aunque queda clara la postura del director, no es un film que busque enunciar claramente un mensaje. De hecho el guión ni siquiera se recrea en el dramatismo de la situación, y simplemente nos muestra cómo sucede sin banda sonora, sin excesos, simplemente el devenir diario tal cual, una lucha por la supervivencia y un continuo enfrentamiento a las injusticias que los protagonistas soportan y ven como algo normal. Cuando los policías detienen y apalizan injustamente a Fabiano, éste únicamente puede llorar y maldecir impotente en la celda. No hay nada que pueda hacer. Ni siquiera se lo plantea ni le hace replantearse su situación. Solamente puede seguir adelante e intentar sobrevivir (en cierto momento le surge la oportunidad de vengarse pero aun así es incapaz de llevarla a cabo)

Reducida la familia de Fabiano a la condición de animales – de hecho, al final del film la propia madre demuestra ser consciente de ello – su comportamiento acaba viéndose condicionado por factores externos que les lleva a emigrar de un sitio a otro, ya sea por circunstancias naturales (la sequía) como sociales, que para ellos vienen a ser lo mismo al no poder ejercer ningún control sobre ellos.

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Un aspecto básico en el resultado final es la estética del film, con esa fotografía en blanco y negra tan iluminada que acaba resultando la representación visual exacta de ese clima opresivo y caluroso. Algunos planos de hecho literalmente están quemados fotográficamente hablando, con los rayos de luz cegando prácticamente al espectador. No hay que olvidar que ante todo Vidas Secas es una película visual en que los diálogos son mínimos. Un ejemplo de una escena aparentemente irrelevante, que a mí me gusta mucho por ser tan puramente cinematográfica: Fabiano monta un caballo indomable y difícil y se interna a través de unos árboles, su hijo se le queda mirando fascinando; durante unos minutos, Fabiano no vuelve y nace la inquietud en el niño sobre si su padre habrá tenido un percance, pero finalmente éste vuelve a lomos del caballo y lo encierra. Con sólo imágenes entendemos la fascinación y el temor del niño hacia la extrema fragilidad de su situación, la conciencia de la muerte en su día a día: simplemente un movimiento en falso de ese caballo tras la arboleda y su padre podría no volver nunca más reduciéndoles aún más a la miseria.

Un film árido, sin discursos políticos, que simplemente expone una situación con el máximo de fidelidad posible y deja a los espectadores el resto. Muy recomendable.

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Irma Vep (1996) de Olivier Assayas

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Es cierto que a mediados de los 90 la premisa de un film sobre el rodaje de una película había perdido un poco la gracia que podría tener años atrás por ser un terreno ya bastante explotado. Más aún viniendo de un ex-redactor de Cahiers du Cinéma, al existir previamente dos referentes poderosos de su dos ex-críticos más míticos: El Desprecio (1963) de Jean-Luc Godard y La Noche Americana (1973) de François Truffaut. No obstante, con Irma Vep Olivier Assayas fue suficientemente inteligente como para llevar la premisa a otro terreno, lejos del tono reflexivo de Godard o del enfoque más amable de Truffaut. Con Irma Vep, Assayas se propuso un ejercicio de pura postmodernidad, combinando referentes tan distintos como puedan ser los seriales de los años 10 o el cine de acción de Hong Kong.

La película de la que se parte es un remake de Les Vampires (1915) de Louis Feuillade que va a ser dirigido por una antigua gloria del cine francés, René Vidal. Éste se empeña en contar como protagonista a la actriz china Maggie Cheung (interpretándose a sí misma), quien acude al rodaje sin tener ni idea de francés y contando como único apoyo con la diseñadora de vestuario Zoe. No obstante, Vidal no consigue que su película acabe de funcionar y acaba sufriendo una crisis nerviosa que pone el rodaje en peligro.

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Una de las ideas en que más se incide en Irma Vep es la frágil situación del cine francés, con un componente de autocrítica nada desdeñable viniendo ni más ni menos que de un ex-Cahiers. La figura de René Vidal remite obviamente a los grandes directores de la Nouvelle Vague de los años 60, algo totalmente explícito al dar ese papel a Jean-Pierre Léaud, el gran rostro por excelencia de esa nueva ola cinematográfica. Pero ese viejo director no nos es mostrado con respeto y reverencia, sino como un hombre acabado, incapaz de hacer buenas películas, que ha quedado relegado a tener que desempeñar un remake para televisión.

Del mismo modo, en la entrevista que le realizan a Maggie Cheung, ésta dice admirar el cine de Vidal (aún cuando ha visto sus películas sin subtítulos) y el entrevistador acaba inesperadamente criticando duramente al director y, por ende, a todo el cine francés, al que acusa  de continuo ombliguismo. Según él, son películas hechas por y para intelectuales que no interesan a la mayoría del público, y en el fondo no le falta razón. Aunque Assayas no profundiza a fondo en esa idea, una de las reflexiones que me vienen al ver esa escena es recordar ese breve momento en que pareció que el público aceptó films como las de Nouvelle Vague convirtiéndolos en éxitos de taquilla. ¿En qué momento se perdió esa conexión con el público? O tal vez quizá nunca hubo tal conexión, sólo un momento fugaz en un contexto muy determinado. Ahora todo lo que queda de ese pasado mítico son figuras como el envejecido René Vidal incapaz de hacer buenas películas o esos dos antiguos cineastas que ven con cierto rubor sus películas tan politizadas de los 60.

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Irma Vep se propone por tanto dialogar con el pasado para hacerse preguntas sobre el presente, contraponiendo un serial folletinesco como Les Vampires junto a las películas de acción de Hong Kong. La gran pregunta que nos hacemos es la misma que se repiten todos los personajes (incluyendo el propio director): ¿qué sentido tiene rehacer Les Vampires en los años 90? Es más, ¿qué sentido tiene volver a grabarla en estilo mudo? ¿por qué repetir la misma película de la misma forma?

La obsesión de Vidal es capturar la magia del original, pero es una tarea imposible, ya que cada film es fruto de su contexto y de unas fórmulas narrativas y estéticas determinadas. Lo que hace tan especial Les Vampires no se puede reproducir en los años 90 sin caer en el ridículo, que es lo que descubrirá apesadumbrado al contemplar el material filmado durante el primer día de rodaje. Quizá su idea de utilizar a Maggie Cheung como protagonista fuera un vano intento de revitalizar y dar sentido a un serial adaptándolo a las fórmulas contemporáneas.

Nunca sabremos si esa idea fue un último arrebato de genialidad o una prueba de que ha perdido el norte. A favor de ese último argumento está el que nadie más entienda esa decisión de casting («¿por qué una china?«, repetirá lastimosamente el director encargado de sustituirle), eso sin olvidar que en la película con la que Vidal descubrió a Cheung su escena predilecta en realidad la había interpretado una doble. En todo caso, el planteamiento de un remake de Les Vampires incide bastante en la acusación de un cine que parece más empeñado en mirar hacia el pasado que al futuro.

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Otro aspecto a resaltar del film es que refleja a la perfección algo tan frustrante como no lograr que una película funcione. El trabajar las imágenes, dar indicaciones a los actores y seguir todas las pautas posibles para que la idea que el director tiene en la cabeza se traslade a la pantalla… y que el resultado sencillamente sea malo, provocando el colapso de Vidal.

Paradójicamente, la única escena en que parece que Maggie consigue transformarse en Irma Vep es en la escena en que se pone el traje en el hotel y se infiltra en una habitación para robar unas joyas. Es en esta escena cuando por fin la vemos moviéndose de la forma felina y misteriosa que René intentaba infructuosamente recrear. Es seguramente el momento en que la actriz china ha conseguido meterse del todo en el papel… hasta las últimas consecuencias, cometiendo un robo que en realidad no le interesa, porque luego lanza el botín a la calle.

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El último elemento que queda por reseñar es la relación entre Maggie y Zoe. A mí personalmente me resulta menos interesante en la teoría, pero a cambio está muy bien resuelto en gran parte gracias al buen hacer de las dos actrices, especialmente una memorable Natalie Richard. Paradójicamente la acabamos conociendo mejor a ella que a la protagonista, la reservada Maggie, demasiado agobiada al ser el elemento extraño del rodaje e intentando llevarse bien con todos los miembros del equipo (de hecho acaba siendo la única que se preocupa por René una vez sufre el colapso).

Tampoco me olvido del excelente trabajo de Assayas tras las cámaras, dotando a la película de una viveza que se agradece, con un montaje en que las escenas se suceden con ligereza, el uso frecuente de cámara al hombro y travellings para dar libertad a los actores consiguiendo una mayor sensación de espontaneidad (fíjense por ejemplo en la cena a la que acude Maggie). Y por supuesto, siempre está el componente extra de ver la evolución de un rodaje desde dentro, con sus fricciones, sus ensayos y la caótica producción. De hecho lo primero que se ve es el bullicioso despacho de producción, tan anárquico que nadie se ha acordado de ir a buscar a la estrella del film al aeropuerto, lo cual ya da una idea del papel que ocupa la pobre Maggie en medio de ese tinglado.

Y por supuesto, es de agradecer que Assayas se lo tome con humor, con detalles como el ensayo improvisado de los dos actores protagonistas utilizando un juguete con pitido a modo de arma o la ayudante de producción obsesionada en su odio a Zoe. Puede parecer simplemente un detalle menor, pero creo que es de resaltar como ejemplo de que en Francia también se hacen buenas películas de autor que sean reflexivas y, a su vez, puedan ser ligeras y con cierto humor.

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