Críticas

Los Niños de la Colmena [Hachi no su no kodomotachi] (1948) de Hiroshi Shimizu

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Los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial dieron pie en Japón a una serie de películas de corte más realista ambientadas en las ruinas de ese país destrozado. Uno de los motivos es que bajo la ocupación americana se intentó dejar de lado el género del jidai-geki (películas de época), ya que evocaba ese Japón antiguo y mítico que los americanos intentaban dejar en un segundo plano para no despertar sentimientos nacionalistas y ansias de venganza. La otra razón es que obviamente la situación en que se encontraba el país era propicia a este tipo de producciones más sencillas que la industria podía permitirse llevar a cabo con más facilidad.

En occidente existe un clarísimo equivalente de esta situación en el neorrealismo italiano, pero no deben entenderse estas películas como una versión consciente de ese movimiento (de hecho no creo que las obras de Rossellini y De Sica hubieran podido llegar todavía a Japón), sino como un equivalente que se dio en paralelo al estar los dos países en circunstancias muy parecidas.

Los Niños de la Colmena es una de las grandes obras asentadas en este ciclo. Su responsable es Hiroshi Shimizu, uno de los directores japoneses más importantes de los años 30 y 40, que se basó en sus experiencias reales ayudando a huérfanos durante la postguerra a la hora de elaborar el argumento del film. Aparentemente, en los años de la posguerra había muchos niños vagabundeando por las calles sin hogar y Shimizu solía ofrecerles comida o dinero. Con el tiempo empezó a acoger a algunos de estos menores sin techo y a cuidarles proporcionándoles cuidados médicos y una estabilidad, pero siempre dejándoles libertad para que se marcharan cuando quisieran.

Según Shimizu, la idea del filme no le vino hasta que un día se topó con uno de los jóvenes que había aparecido en la película La Torre de Introspección (1941), donde mostraba el día a día de un centro para menores conflictivos utilizándolos a estos como actores. Éste había salido del centro e ingresado en el ejército. Al volver a Japón, sus compañeros habían partido en tren para volver a verse con sus familias, pero él al ser huérfano no tenía a donde ir. En consecuencia, estuvo viajando sin rumbo por el país y por el camino un par de niños de la calle se le unieron. Éste fue literalmente el argumento que Shimizu copió para Los Niños de la Colmena.

Los niños del título son una pandilla que ha perdido a sus padres y malviven en las calles hasta que deciden seguir a un joven soldado, también huérfano. Aunque este último no busca explícitamente hacerse amigo de ellos, los niños acaban simpatizando con él y le acompañan en su devenir sin rumbo en busca de «algo»: un trabajo, un lugar en que asentarse, un sentido a su vida… lo que sea. Finalmente se les ocurre la idea de ir al centro al que se aludía en La Torre de Introspección, e incluso el soldado menciona explícitamente la película (descubriéndola como una obra vieja, ¡cuando tenía solo siete años!). Así pues, se dirigen hacia allá topándose por el camino con diferentes estampas que dejan entrever la miseria de la población.

El planteamiento del filme obviamente recuerda mucho a El Limpiabotas (1946) de Vittorio De Sica y, al igual que éste, se beneficia enormemente de contar con actores no profesionales, es decir, niños huérfanos de verdad que se muestran en la pantalla tal cual son. Eso quiere decir que en este film los niños realmente se comportan de una forma auténticamente infantil, con sus defectos y virtudes, y que su apariencia tan sucia y desastrada parece genuina. Esto es obviamente una marca personal de Shimizu, quien ya en filmes como el mentado La Torre de Introspección o Niños en el Viento (1937) demostró ser un cineasta extraordinario a la hora de captar el mundo infantil. Un ejemplo de ello es la escena en que cada uno de ellos explica su situación, a cada cual más dramática. Ninguno la comenta entre lloros y lamentaciones, todos han pasado ya por esos traumas y, como niños que son, acaban aceptando la situación como se les ha presentado y han aprendido a sobreponerse a ella para sobrevivir. Del mismo modo, cuando muere uno de ellos se lamentan en su tumba de todas las malas pasadas que le hicieron mientras estaba enfermo, demostrando que pese a su arrepentimiento en el pasado estaban lejos de ser unos bucólicos querubines.

Algo que me gusta mucho de películas japonesas como ésta es el tono que le imprimen los directores, reflejando los dramas cotidianos con serenidad sin ahondar en el dramatismo, como si esos acontecimientos trágicos fueran otro elemento del día a día a asimilar. Por ello en este caso no me desagrada la clásica banda sonora uniforme omnipresente en todo el metraje, porque contribuye a hacer que el tono del film se mantenga igual al margen del patetismo de los diferentes episodios que se suceden. Del mismo modo, me gusta mucho el personaje del soldado, convertido sorpresivamente en una especie de modelo a seguir que les inculca el valor del trabajo. En todo el film no abandona su expresión seria, y aunque notamos por sus acciones que se preocupa por los niños, no ahonda en su vínculo con ellos por la vía emocional. Incluso cuando aparece una chica en la trama ésta no es la típica actriz bella destinada a robarnos el corazón ni tampoco surge el previsible romance entre ella y el soldado. Los personajes parecen demasiado preocupados para sobrevivir como para perder tiempo ahondando en sus sentimientos. Son prácticos, no sensibleros.

La sobria dirección de Shimizu concuerda con ese tono. Puede que el director y los personajes afronten los hechos con normalidad, pero nosotros no podremos evitar emocionarnos profundamente ante el niño llamando a gritos a su madre ahogada en el mar, ni sentir un estremecimiento ante la imagen de una Hiroshima destrozada (algo por cierto hecho a espaldas de las autoridades americanas, que no veían con buenos ojos que se mostrara en filmes la ciudad en ruinas que evocaba el terrible ataque nuclear). Pero esos detalles no se resaltan ni por parte de la cámara ni de los personajes, simplemente forman parte del contexto en que nos encontramos. Es por ello que destaca tanto el momento más genuinamente dramático de la película, cuando uno de los niños transporta en su espalda a un compañero gravemente enfermo, que le pide como último favor que le suba al pico de una montaña para poder ver una vez más el océano donde murió su madre. Al ser un instante tan intenso y dramático en contraste con el resto del filme (y no obstante Shimizu sigue filmándolo desde la distancia, sin implicarse emocionalmente más de la cuenta en lo que sucede), resulta aún más emotivo.

El final, que algún espectador quizá critique por romper con el tono del resto del film, debe verse como un mensaje de esperanza hacia Japón, hacia un futuro en que confiaban que podrían reconstruirlo. Tanto ese soldado que ha retornado del frente sin ningún lugar al que acudir como esos niños huérfanos representaban la esperanza de un país que por entonces buscaba como ellos el camino a seguir.

Los Inútiles [I Vitelloni] (1953) de Federico Fellini

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Los Inútiles (1953) surgió en un momento difícil para Fellini, puesto que su primera película como director en solitario, El Jeque Blanco (1952), había sido un fracaso de taquilla y su siguiente proyecto había sido rechazado por el productor (poco después conseguiría realizarlo bajo el título de La Strada).  Pero aun así, animado por la consigna de crear una comedia, Fellini escribió junto a Ennio Flaiano y Tullio Pinelli un guión basado en gran parte en sus experiencias de juventud que sería la base para el primer clásico de su carrera.

La palabra «vitelloni» a la que alude el título original tiene una difícil traducción exacta. Sirve para definir a un hombre joven y vago que se dedica a perder el tiempo mantenido por su familia, sin perspectivas de futuro ni intención de buscar un trabajo. Ésos serían los protagonistas del film, cinco hombres sin empleo que malviven perezosamente en un pequeño pueblo: Fausto, un incorregible mujeriego; Alberto, dado a la juerga y la diversión fácil; Leopoldo, que aspira a ser dramaturgo; Moraldo, inmerso en sus ensoñaciones, y Riccardo. Para encarnar a estos don nadies, Fellini optó muy inteligentemente por prescindir de estrellas y otorgarles rostros poco conocidos. Moraldo fue interpretado por Franco Interlenghi, uno de los protagonistas de El Limpiabotas (1946); Fausto es Franco Fabrizi, quien apenas tenía experiencia en el cine, y un por entonces desconocido Alberto Sordi interpreta a Alberto, personaje que lanzaría su carrera. Además repite Leopoldo Vannucci, protagonista de El Jeque Blanco, y a un nivel más anecdótico el quinto personaje lo encarna el hermano de Fellini, Riccardo, cuyo parecido con el director es inconfundible.

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Un primer aspecto a destacar es la presencia de una voz en off narradora que no obstante no se corresponde a la de ninguno de los personajes. Este narrador siempre se refiere al grupo de amigos en primera persona del plural («nosotros») dando a entender que forma parte del mismo, pero nunca le vemos en la pantalla. Aun así, es indudable que el personaje hacia el que el espectador se siente más cercano es Moraldo, quien adopta un punto de vista más distante respecto a todo lo que sucede en el pueblo. Al negarle a él la opción de ser el narrador, Fellini se permite cierta distancia respecto a los hechos e incluso respecto al mismo Moraldo, pero por otro lado, al crear un narrador en primera persona nos invita a acercarnos más a los personajes. No es un informador frío y lejano, sino alguien que se considera como parte del grupo y acentúa el tono nostálgico y autobiográfico tan importante en el cine de Fellini.

Todos ellos deambulan sin rumbo a lo largo del film, con sus sueños más o menos difusos y culpando a ese pueblo sin futuro de todos sus males. Sugieren la idea de irse, pero nadie se atreve a hacerlo. El plano más recordado refleja esa idea: los cinco en el embarcadero mirando el vasto océano, una imagen que simboliza sus ansias de libertad y de escapar. Sus personalidades tan diferenciadas convergen en un desprecio común hacia el trabajo o cualquier actividad útil. En una escena especialmente divertida, durante un viaje en coche, Alberto se burla sin motivo alguno de unos hombres que están picando tierra con el peculiar insulto de «¡Trabajadores!«. Acto seguido el coche se avería y los obreros corren a atacarles mientras Leopoldo intenta defenderse arguyendo que es socialista.

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De todo el grupo, Fausto es el modelo a seguir y de hecho, algunos se dejan bigote o perilla para imitarle. No obstante, cuando le fuerzan a casarse con la hermana de Moraldo (Sandra) por haberla dejado embarazada y a trabajar en una tienda de antigüedades, sus amigos acuden a espiarle burlonamente. Éstos le observan a través del escaparate mientras Fausto permanece con rostro abatido en el interior. De esta forma se remarca cómo viven ya en diferentes mundos: él casado y con trabajo, ellos siendo aún unos inútiles, ambos representan esas dos caras del espejo que es el escaparate. Pero lo interesante es cómo Fausto, el trabajador, es el objeto de burla por parte de sus amigos ociosos; cómo, al verse reflejados a sí mismos en ese escaparate como hombres de bien, se lo toman como una broma más que como algo que envidiar. Para hacer esto aún más ambiguo, más adelante Alberto confesará en un estado de borrachera que en el fondo envidia a Fausto y que deberían asentarse como él.

La subtrama centrada en Fausto y sus adulterios llegará a su punto crítico cuando Sandra descubre la verdad y desaparece. Tras encontrarla en casa del padre de Fausto, éste le riñe violentamente y le castiga a golpes de cinturón, como si fuera un niño. Días antes, Fausto se quejaba de que le trataban como si tuviera cinco años, pero su inmadurez obliga a su padre a castigarle para que entienda lo que ha hecho. De esta forma, el principal conflicto de la película se cierra siguiendo una estructura circular que empieza y termina en la casa de Fausto: el film se iniciaba con el embarazo de Sandra y la bronca del padre de Fausto para que se casara con la chica y termina en la misma casa con una paliza por haber cometido adulterio. Precisamente como la estructura es circular, imaginamos que Sandra y Fausto están condenados a tener una vida desdichada plagada de infidelidades, del mismo modo que Leopoldo será siempre el eterno escritor frustrado atrapado en un pueblo donde no puede explotar su talento y Riccardo nunca llegará más lejos de cantar en eventos tan costumbristas como la ceremonia inicial (tan felliniana por cierto) de Miss Sirena.

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Fellini opta por otorgarle al film un tono a medio camino entre la comedia y el drama, insuflándole a menudo un toque de patetismo. Eso queda especialmente patente en la escena en que la hermana de Alberto deja su hogar para fugarse con un hombre casado. Dicho momento es de un enorme dramatismo, pero Fellini contrarresta ese punto amargo haciendo que Alberto conozca la noticia al volver del carnaval, travestido y medio ebrio. Lo mismo se podría decir de ese extraño episodio tan felliniano en que el inocente Leopoldo lee su drama a un eminente actor envejecido para acabar descubriendo que su interés es meramente sexual.

Uno de los aspectos en que el film flaquea es en la ausencia de un protagonista de peso que sustente todo un film coral, papel que parece otorgarse al compasivo Moraldo pero que le acaba viniendo demasiado grande. Aun así, sus encuentros nocturnos con el niño que trabaja de madrugada y sus miradas teñidas de melancolía nos hacen intuir a un personaje con unas inquietudes más profundas que sus compañeros. Cuando confirma que Fausto ha sido infiel a su hermana, Moraldo se aparta expresamente del grupo y lleva a cabo aquello con lo que todos fantaseaban y nadie se atrevía a hacer: abandonar el pueblo, huir de la existencia mediocre e infeliz que le esperan a su hermana y sus amigos. La conmovedora escena final en que acude a la estación sin avisar a nadie es la que nos da una pista más clara del talento de Fellini. Mientras el vagón se aleja, el director nos muestra a cada uno de los amigos de Moraldo durmiendo con un travelling que imita el movimiento de un tren al mismo tiempo que se oye la locomotora. Es como si Moraldo los estuviera visualizando mientras se despide de su pueblo natal. Esta combinación entre realidad y ensoñación es una de las pequeñas pistas del Fellini clásico.

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En general se podría decir que Los Inútiles apunta hacia las claves del estilo de Fellini pero que aún no acaba de redondearlas. Las escenas comentadas anteriormente, la descripción de los ambientes festivos y lúdicos como el carnaval, la melancólica banda sonora de Nino Rota… Todo ello da pie a escenas muy notables pero no inolvidables, y apunta más bien hacia futuros logros, especialmente La Dolce Vita (1960) y Amarcord (1973). Lo que sí es reseñable es la voluntad de Fellini por escapar a la rigidez del neorrealismo en búsqueda de un estilo propio que aún estaba por madurar.

No obstante, el film fue un enorme éxito que propulsó la carrera algo estancada de su creador. Pronto le llovieron propuestas para desarrollar una secuela, y aunque Fellini las rechazó, sí que tanteó durante años un proyecto bautizado “Moraldo en la ciudad”. Al final acabó desestimándolo pero muchas de esas ideas las reaprovecharía para una de sus obras cumbre, La Dolce Vita (1960). En esos siete años el cineasta ya había definido un estilo propio que le permitió tomar algunas de las características de Los Inútiles para dar forma a una de sus obras cumbre.

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La Última Película [The Last Movie] (1971) de Dennis Hopper

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A veces sucede que una película fallida acaba siendo más interesante e instructiva que muchas obras correctas impecablemente realizadas, y que incluso siendo conscientes de que dicha película no es buena consigamos extraer de ella ideas muy interesantes. Éste es sin duda el caso de un film tan inclasificable como La Última Película (1971) de Dennis Hopper, que bascula entre la genialidad y la pérdida absoluta de cordura, entre ideas muy interesantes y otras que no aportan nada, entre la vanguardia y el cine convencional.

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Su gestación fue consecuencia del enorme y, sobre todo, inesperado éxito de la mítica Easy Rider (1969), una película de moteros dirigida por Hopper y su amigo Peter Fonda con poquísimo presupuesto y en petit comité. A toda la industria cinematográfica le pilló completamente por sorpresa que un film de estas características se convirtiera en una obra generacional que arrasara en taquilla. Los ejecutivos literalmente no entendían la película, pero el público joven de la época había respondido entusiasmado, así que era de prever que Dennis Hopper sería un valor en alza. El astuto actor y director aprovechó ese repunte de popularidad para volver a sacar a la luz un guión que había escrito junto al guionista Stewart Stern años atrás.

Era una ambiciosa historia que en su momento aspiró a filmar protagonizada por Montgomery Clift pero que no llegó a nada tras la muerte del actor y la ausencia de inversores. Se centraba en un pueblo sudamericano donde tenía lugar el rodaje de un western en un decorado construido ahí mismo. Cuando el equipo abandonaba el lugar, el único miembro que queda es el especialista de escenas difíciles, Kansas, que permanece en el país con la idea de reaprovechar el decorado para otras películas. Pero Kansas se topará con los nativos locales, quienes acuden con curiosidad al set y empiezan a simular ellos mismos que graban una película pero convirtiendo el proceso en un ritual.

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Dicho planteamiento tan apasionante surgió de la mente de Hopper tras un rodaje en México que le había hecho preguntarse qué harían los nativos cuando quedaran los decorados abandonados. A partir de aquí, planteó una visión muy interesante del cine como una especie de ritual. Las únicas imágenes que vemos del rodaje son escenas de muertes y tiroteos desmadrados en que fallecen absolutamente todos los personajes, es decir, una referencia nada sutil a cómo se explota el cine para articular la violencia y la representación de la muerte. El hecho de que Hopper inserte estas escenas sin un contexto que nos dé a entender que forman parte del rodaje – no es hasta pasados unos minutos cuando vemos el equipo que les está filmando – enfatiza la confusión entre ficción y realidad que sufrirán los mismos nativos que presencian el rodaje, máxime cuando uno de los miembros del equipo fallece accidentalmente.

Una vez se marcha el equipo y los nativos se apoderan del set, éstos intentan recrear ese ritual mágico llegando incluso a fabricarse elementos de rodaje como cámaras y focos con ramas. En última instancia, esta falsa filmación acaba derivando en una celebración pagana en que se utilizan fuegos artificiales y máscaras, convirtiendo todo en una suerte de rito místico. El problema está en que ellos no acaban de entender que lo que se filma es falso, y por tanto para filmar una muerte pretender matar de verdad a una persona, es decir, culminar todo el ritual con un sacrificio humano. Que el único miembro del equipo que quede sea Kansas resulta además doblemente oportuno, puesto que al hacer de especialista para escenas peligrosas su función consiste en simular una y otra vez su propia muerte, como si fuera una especie de mago que muere una y otra vez pero siempre resucita: ¿cómo puede sobrevivir si no a tantos disparos y caídas?

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Dichas ideas son sin duda lo que más justifica el visionado de este film y eran, según parece, el grueso del guión que escribieron Hopper y Stern. El problema está en que el director se dejó llevar por ese ambiente de libertad creativa y decidió dejar de lado el guión e improvisar buena parte de las escenas en un ambiente de rodaje por otra parte caótico. En consecuencia, Hopper volvió del rodaje en Perú con 40 horas de película sin mucha coherencia que no sabía cómo montar.

Del mismo modo que en el film no se disocia claramente entre ficción y realidad (o mejor dicho, entre la realidad y su representación), la propia película en sí misma tampoco puede disociarse de su contexto de producción. El estilo tan caótico y desmadrado que caracteriza La Última Película es en realidad un fiel reflejo del ambiente que rodeó a su rodaje, y de la misma manera que el equipo de la historia acaba «contaminando» a los indígenas con su llegada, el propio Hopper y su el equipo de rodaje real hicieron lo mismo. Todo el rodaje estuvo envuelto en una continua orgía de sexo y drogas que, ya sea de forma consciente o no, ha quedado de alguna forma reflejada en el resultado final. Estoy convencido que en unas circunstancias más normales, Hopper no habría logrado transmitir ese estilo decadente que impregna La Última Película, especialmente en las escenas finales.

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Por supuesto, eso acarrea consigo unas consecuencias, y es que al final el resultado final es desequilibrado y fallido. Incapaz de lidiar con lo que había filmado y con el guionista Stewart Stern consternado al ver en qué había convertido Hopper su historia, el director finalmente optó por jugársela del todo y montarla con un estilo expresamente confuso y experimental. El resultado final se acaba resintiendo puesto que sobre el film sobrevuela una tensión mal resuelta entre un estilo más cercano al cine convencional y otro más vanguardista. A lo largo de su hora y media, La Última Película nos ofrece tanto momentos magníficos que justifican el visionado como otros más olvidables. Los primeros son especialmente los que tienen que ver con la trama propiamente dicha del film, que además son los que encajan mejor con ese estilo de montaje vanguardista, de la misma forma que lo hacía en Easy Rider con el segmento del viaje de ácido durante el Mardi Gras. Los que hacen que flojee el film son las otras subtramas, que no son tan interesantes como el argumento principal y se desarrollan pobremente entre ideas desaprovechadas y momentos de puro onanismo a gloria del propio Hopper: su fallida relación amorosa, la fiesta con las dos jovencitas, la búsqueda de la mina de oro, etc.

No obstante, ése es el precio a pagar por una película que es coherente consigo misma hasta las últimas consecuencias. La Última Película es un film confuso e incoherente, que buscaba dar forma a su propia identidad a través de ese estilo aunque eso perjudique al resultado final. Con ella, la carrera de Hopper como director llegó a su fin y la película se convirtió en  una de esas obras de culto ilocalizables durante décadas de las que se oía hablar pero que muy poca gente había logrado ver.

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Vidas Secas (1963) de Nelson Pereira Dos Santos

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Pocas veces el título de una película se corresponde tan acertadamente con su contenido como el caso que nos ocupa hoy. Basada en una novela de mismo nombre de Graciliano Ramos, aunque está ambientada en los años 40 la situación que refleja trasciende más allá de la denuncia a una época determinada y acaba siendo una de las representaciones fílmicas más conseguidas de la pobreza y la miseria.

Su responsable es Nelson Pereira Dos Santos, junto a Glauber Rocha uno de los grandes nombres del Cinema Novo brasileño de los años 60, movimiento que surgía por un lado a raíz de las nuevas olas europeas de esa época y, por el otro, de la necesidad de dar forma a una escena cinematográfica brasileña consistente y que encarara los problemas del país. Menos críptico y sorprendente que Rocha, Pereira Dos Santos apuesta por un estilo más realista y, de nuevo volviendo al título, seco.

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La historia es mínima, simplemente las pequeñas vivencias de una familia pobre formada por Fabiano, Sinhá Vitoria, sus dos hijos y su fiel perra Baleia. La primera vez que les vemos caminan por el desierto hacia un destino indeterminado. Llegan a una granja abandonada y se instalan, pero al día siguiente el patrón les descubre e intenta echarlos. El padre le pide que le deje cuidar a su ganado y finalmente acepta contratarlos. Pero su situación no mejora: el patrón le paga menos de lo estipulado, en el pueblo Fabiano se mete en problemas perdiendo el poco dinero que tenía y la sequía empieza a cobrarse las vidas del ganado.

Uno de los aspectos que más me gusta de Vidas Secas es que, aunque queda clara la postura del director, no es un film que busque enunciar claramente un mensaje. De hecho el guión ni siquiera se recrea en el dramatismo de la situación, y simplemente nos muestra cómo sucede sin banda sonora, sin excesos, simplemente el devenir diario tal cual, una lucha por la supervivencia y un continuo enfrentamiento a las injusticias que los protagonistas soportan y ven como algo normal. Cuando los policías detienen y apalizan injustamente a Fabiano, éste únicamente puede llorar y maldecir impotente en la celda. No hay nada que pueda hacer. Ni siquiera se lo plantea ni le hace replantearse su situación. Solamente puede seguir adelante e intentar sobrevivir (en cierto momento le surge la oportunidad de vengarse pero aun así es incapaz de llevarla a cabo)

Reducida la familia de Fabiano a la condición de animales – de hecho, al final del film la propia madre demuestra ser consciente de ello – su comportamiento acaba viéndose condicionado por factores externos que les lleva a emigrar de un sitio a otro, ya sea por circunstancias naturales (la sequía) como sociales, que para ellos vienen a ser lo mismo al no poder ejercer ningún control sobre ellos.

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Un aspecto básico en el resultado final es la estética del film, con esa fotografía en blanco y negra tan iluminada que acaba resultando la representación visual exacta de ese clima opresivo y caluroso. Algunos planos de hecho literalmente están quemados fotográficamente hablando, con los rayos de luz cegando prácticamente al espectador. No hay que olvidar que ante todo Vidas Secas es una película visual en que los diálogos son mínimos. Un ejemplo de una escena aparentemente irrelevante, que a mí me gusta mucho por ser tan puramente cinematográfica: Fabiano monta un caballo indomable y difícil y se interna a través de unos árboles, su hijo se le queda mirando fascinando; durante unos minutos, Fabiano no vuelve y nace la inquietud en el niño sobre si su padre habrá tenido un percance, pero finalmente éste vuelve a lomos del caballo y lo encierra. Con sólo imágenes entendemos la fascinación y el temor del niño hacia la extrema fragilidad de su situación, la conciencia de la muerte en su día a día: simplemente un movimiento en falso de ese caballo tras la arboleda y su padre podría no volver nunca más reduciéndoles aún más a la miseria.

Un film árido, sin discursos políticos, que simplemente expone una situación con el máximo de fidelidad posible y deja a los espectadores el resto. Muy recomendable.

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Irma Vep (1996) de Olivier Assayas

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Es cierto que a mediados de los 90 la premisa de un film sobre el rodaje de una película había perdido un poco la gracia que podría tener años atrás por ser un terreno ya bastante explotado. Más aún viniendo de un ex-redactor de Cahiers du Cinéma, al existir previamente dos referentes poderosos de su dos ex-críticos más míticos: El Desprecio (1963) de Jean-Luc Godard y La Noche Americana (1973) de François Truffaut. No obstante, con Irma Vep Olivier Assayas fue suficientemente inteligente como para llevar la premisa a otro terreno, lejos del tono reflexivo de Godard o del enfoque más amable de Truffaut. Con Irma Vep, Assayas se propuso un ejercicio de pura postmodernidad, combinando referentes tan distintos como puedan ser los seriales de los años 10 o el cine de acción de Hong Kong.

La película de la que se parte es un remake de Les Vampires (1915) de Louis Feuillade que va a ser dirigido por una antigua gloria del cine francés, René Vidal. Éste se empeña en contar como protagonista a la actriz china Maggie Cheung (interpretándose a sí misma), quien acude al rodaje sin tener ni idea de francés y contando como único apoyo con la diseñadora de vestuario Zoe. No obstante, Vidal no consigue que su película acabe de funcionar y acaba sufriendo una crisis nerviosa que pone el rodaje en peligro.

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Una de las ideas en que más se incide en Irma Vep es la frágil situación del cine francés, con un componente de autocrítica nada desdeñable viniendo ni más ni menos que de un ex-Cahiers. La figura de René Vidal remite obviamente a los grandes directores de la Nouvelle Vague de los años 60, algo totalmente explícito al dar ese papel a Jean-Pierre Léaud, el gran rostro por excelencia de esa nueva ola cinematográfica. Pero ese viejo director no nos es mostrado con respeto y reverencia, sino como un hombre acabado, incapaz de hacer buenas películas, que ha quedado relegado a tener que desempeñar un remake para televisión.

Del mismo modo, en la entrevista que le realizan a Maggie Cheung, ésta dice admirar el cine de Vidal (aún cuando ha visto sus películas sin subtítulos) y el entrevistador acaba inesperadamente criticando duramente al director y, por ende, a todo el cine francés, al que acusa  de continuo ombliguismo. Según él, son películas hechas por y para intelectuales que no interesan a la mayoría del público, y en el fondo no le falta razón. Aunque Assayas no profundiza a fondo en esa idea, una de las reflexiones que me vienen al ver esa escena es recordar ese breve momento en que pareció que el público aceptó films como las de Nouvelle Vague convirtiéndolos en éxitos de taquilla. ¿En qué momento se perdió esa conexión con el público? O tal vez quizá nunca hubo tal conexión, sólo un momento fugaz en un contexto muy determinado. Ahora todo lo que queda de ese pasado mítico son figuras como el envejecido René Vidal incapaz de hacer buenas películas o esos dos antiguos cineastas que ven con cierto rubor sus películas tan politizadas de los 60.

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Irma Vep se propone por tanto dialogar con el pasado para hacerse preguntas sobre el presente, contraponiendo un serial folletinesco como Les Vampires junto a las películas de acción de Hong Kong. La gran pregunta que nos hacemos es la misma que se repiten todos los personajes (incluyendo el propio director): ¿qué sentido tiene rehacer Les Vampires en los años 90? Es más, ¿qué sentido tiene volver a grabarla en estilo mudo? ¿por qué repetir la misma película de la misma forma?

La obsesión de Vidal es capturar la magia del original, pero es una tarea imposible, ya que cada film es fruto de su contexto y de unas fórmulas narrativas y estéticas determinadas. Lo que hace tan especial Les Vampires no se puede reproducir en los años 90 sin caer en el ridículo, que es lo que descubrirá apesadumbrado al contemplar el material filmado durante el primer día de rodaje. Quizá su idea de utilizar a Maggie Cheung como protagonista fuera un vano intento de revitalizar y dar sentido a un serial adaptándolo a las fórmulas contemporáneas.

Nunca sabremos si esa idea fue un último arrebato de genialidad o una prueba de que ha perdido el norte. A favor de ese último argumento está el que nadie más entienda esa decisión de casting («¿por qué una china?«, repetirá lastimosamente el director encargado de sustituirle), eso sin olvidar que en la película con la que Vidal descubrió a Cheung su escena predilecta en realidad la había interpretado una doble. En todo caso, el planteamiento de un remake de Les Vampires incide bastante en la acusación de un cine que parece más empeñado en mirar hacia el pasado que al futuro.

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Otro aspecto a resaltar del film es que refleja a la perfección algo tan frustrante como no lograr que una película funcione. El trabajar las imágenes, dar indicaciones a los actores y seguir todas las pautas posibles para que la idea que el director tiene en la cabeza se traslade a la pantalla… y que el resultado sencillamente sea malo, provocando el colapso de Vidal.

Paradójicamente, la única escena en que parece que Maggie consigue transformarse en Irma Vep es en la escena en que se pone el traje en el hotel y se infiltra en una habitación para robar unas joyas. Es en esta escena cuando por fin la vemos moviéndose de la forma felina y misteriosa que René intentaba infructuosamente recrear. Es seguramente el momento en que la actriz china ha conseguido meterse del todo en el papel… hasta las últimas consecuencias, cometiendo un robo que en realidad no le interesa, porque luego lanza el botín a la calle.

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El último elemento que queda por reseñar es la relación entre Maggie y Zoe. A mí personalmente me resulta menos interesante en la teoría, pero a cambio está muy bien resuelto en gran parte gracias al buen hacer de las dos actrices, especialmente una memorable Natalie Richard. Paradójicamente la acabamos conociendo mejor a ella que a la protagonista, la reservada Maggie, demasiado agobiada al ser el elemento extraño del rodaje e intentando llevarse bien con todos los miembros del equipo (de hecho acaba siendo la única que se preocupa por René una vez sufre el colapso).

Tampoco me olvido del excelente trabajo de Assayas tras las cámaras, dotando a la película de una viveza que se agradece, con un montaje en que las escenas se suceden con ligereza, el uso frecuente de cámara al hombro y travellings para dar libertad a los actores consiguiendo una mayor sensación de espontaneidad (fíjense por ejemplo en la cena a la que acude Maggie). Y por supuesto, siempre está el componente extra de ver la evolución de un rodaje desde dentro, con sus fricciones, sus ensayos y la caótica producción. De hecho lo primero que se ve es el bullicioso despacho de producción, tan anárquico que nadie se ha acordado de ir a buscar a la estrella del film al aeropuerto, lo cual ya da una idea del papel que ocupa la pobre Maggie en medio de ese tinglado.

Y por supuesto, es de agradecer que Assayas se lo tome con humor, con detalles como el ensayo improvisado de los dos actores protagonistas utilizando un juguete con pitido a modo de arma o la ayudante de producción obsesionada en su odio a Zoe. Puede parecer simplemente un detalle menor, pero creo que es de resaltar como ejemplo de que en Francia también se hacen buenas películas de autor que sean reflexivas y, a su vez, puedan ser ligeras y con cierto humor.

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The End of August at the Hotel Ozone [Konec srpna v Hotelu Ozon] (1966) de Jan Schmidt

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A veces menos es más, y precisamente lo que hace que un film gane puntos es partir de una premisa bastante escueta y sencilla, sin complicaciones añadidas y explicando lo mínimo al espectador. Es el caso de esta película checa de ciencia ficción.

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¿La situación? Un futuro incierto en que el ser humano se ha extinguido prácticamente del todo. ¿Los protagonistas? Una anciana y unas jóvenes supervivientes que deambulan por el mundo en busca de más personas, a poder ser hombres con los que poder perpetuar la raza humana. Una vez expuesta la premisa, no hacen falta más detalles para hacer una película interesante.

No sabemos cuándo, por qué ni cómo ha sucedido este holocausto. En cierto momento se habla del último periódico publicado y que un día de repente dejaron de llegar. Y aunque nos gustaría leer ese ejemplar que suponemos esbozaría algunas claves de lo que pasó, el film sigue adelante sin satisfacer nuestra curiosidad.

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The End of August at the Hotel Ozone es un relato de pura supervivencia, mujeres que deambulan por los campos y edificaciones en ruinas sin rumbo fijo, simplemente buscando más personas. De hecho el hotel al que hace referencia el título y que introduce un nuevo elemento en el film (la aparición de otro superviviente) aparece a la mitad del metraje. Hasta entonces vemos a las chicas y la anciana en su rutina habitual, inspeccionando terrenos, recogiendo lo que les pueda servir y avanzando inexorablemente.

La anciana es el único vínculo con el mundo antiguo, la que debe explicar a las jóvenes cómo era antes y que recuerda nostálgica imágenes de su pasado. Asimismo es la que ejerce de líder: las castiga cuando se comportan de forma inmadura (por ejemplo con el fuego que provocan al principio) y las ayuda cuando se quedan bloqueadas y necesitan a alguien que les inspire confianza para guiarlas (la escena de la iglesia en ruinas).

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Ellas a cambio se comportan como puras amazonas salvajes. Montan diestramente a caballo, manejan con facilidad las armas de fuego y, lo más destacable de todo, no parecen sentir ningún tipo de sentimientos, son casi más animales que personas. Ello lo demuestran en algunas escenas en que se encuentran con otros animales como un perro o una serpiente y los acaban matando sin ningún motivo concreto. Dichas escenas pueden resultar bastante desagradables al ser auténticas, culminando con el asesinato y posterior descuartizamiento real de una vaca. La escena ya es de por sí desagradable, pero lo más destacable a nivel fílmico es que nos muestra cómo las chicas realizan ese acto con toda la naturalidad del mundo, incluso contentas por haber encontrado comida. Cualquier atisbo de la anterior civilización se ha perdido, a cambio nos queda una generación de jóvenes desprovistas de sentimientos, comportándose como niñas y atacando por inercia.

La breve duración del film (hora y cuarto) contribuye a que éste no llegue a hacerse pesado aún teniendo un estilo bastante contemplativo, pero igualmente es inevitable dejarse fascinar por sus imágenes y su premisa.

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Yo Amé a un Asesino [He Ran All The Way] (1951) de John Berry

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A veces uno se pregunta cuántas joyas ocultas de cine negro quedan aún por descubrir, sobre todo cuando se encuentra por enésima vez con una película del género cuyo título no era especialmente conocido y que acaba siendo una obra formidable. Es lo que sucede con Yo Amé a un Asesino, un film que no ha trascendido demasiado salvo por su pareja protagonista pero que tiene todos los ingredientes para no decepcionar.

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La historia es bastante concisa: Nick Robbey es un delincuente que lleva a cabo un atraco con un amigo, pero es sorprendido por la policía y huye con el botín dejando a su compañero herido en la escena del robo. En su huida, se cuela en unas piscinas públicas y conoce a una chica, Peg Dobbs, con la que coquetea para pasar más desapercibido. Decide acompañarla a casa mientras decide qué hacer, pero una vez en casa de los padres de ella se pone nervioso y decide retenerla a ella, sus dos padres y su hermano menor a la espera de que se calme la situación – una premisa por tanto muy similar a la de Horas Desesperadas (1955) de William Wyler.

Curiosamente, Yo Amé a un Asesino vino a ser como una cesta en que se reunieron varias manzanas podridas a ojos del gobierno, al incluir a integrantes de las listas negras sospechosos de ser comunistas en aquel entonces: el director John Berry, los guionistas Dalton Trumbo y Hugo Butler (el film está basado en una novela del primero) y el protagonista John Garfield. Sin duda un film como éste sería el sueño del senador McCarthy.

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Uno de sus puntos fuertes es la pareja protagonista. Por un lado, John Garfield, quien hace una excelente interpretación como ese delincuente desconfiado y poco inteligente, cuyos actos a menudo no son especialmente acertados pero que encajan con su personalidad paranoica. Por el otro lado, tenemos a Shelley Winters bordando el papel de joven tímida e inocente. El personaje de Peg es especialmente conmovedor, con esa actitud de buena chica que descubre por primera vez a un hombre que siente interés por ella (o finge sentirlo). En una escena una amiga hace referencia a su dificultad por encontrar citas y saber relacionarse con hombres, lo cual sumado a la descripción que hacen de ella sus padres («es una buena chica», «confiamos en ella porque siempre nos ha sido sincera») acaba de definir el personaje. Winters consigue mostrarnos la ambivalencia de Peg: su carácter sumiso y correcto respecto a la excitación de conocer a Nick.

Nick es el intruso que penetra en el hogar destruyendo lo que era una familia feliz y armónica. Su invasión del piso mediante Peg le lleva a destruir ese núcleo familiar bucólico creando por primera vez una ruptura en la relación de Peg con sus padres (e indirectamente entre el hijo menor y su padre, ya que éste le recrimina que no reaccione a las amenazas del criminal). Por otro lado, Nick, que como familia solo tiene a una madre alcoholizada, hace algún intento por convivir entre ellos como uno más, por ejemplo ofreciéndoles una suntuosa cena que éstos rechazan. Su desenlace acabará viniendo condicionado por su incapacidad no tanto de integrarse como de confiar en los demás, o de distinguir cuándo son realmente sinceros con él y cuándo debe desconfiar.

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Se trata de un ejemplo típico de guión breve pero excelentemente aprovechado, que sumado a una buena realización, la magnífica plantilla de secundarios (especialmente Wallace Ford como el padre) y la fotografía en blanco y negro del siempre infalible James Wong Howe redondean el resultado final.

Como último detalle, decir que se trata de la última película protagonizada por James Garfield, quien quedaría fuera de Hollywood por las listas negras y moriría un año después. Se trata de un inmejorable final de filmografía a una carrera que se vio interrumpida por uno de los episodios más funestos y de los que menos se quiere hablar de la historia reciente de Estados Unidos.

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La Fiesta de San Jorge [Prazdnik svyatogo Yorgena] (1930) de Yakov Protazanov

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A veces sucede que, curiosamente, la película más recordada de un cineasta en su país no corresponde en absoluto con la que le representa en el resto del mundo, o viceversa. Eso es lo que sucede con Yakov Protazanov, cineasta soviético que hasta ahora ha sido recordado básicamente por su película de ciencia ficción Aelita (1924) o, en mucha menor medida, por su drama La Reina de Picas (1916), considerado el film más importante hecho en la Rusia zarista. Pero lo cierto es que Aelita no representa en absoluto el cine de Protazanov, quien en los años 20 dirigió una serie de comedias muy divertidas que además superan con creces a su film más famoso en occidente. De hecho la película que nos ocupa hoy es la más popular de su director en Rusia, superando en ese aspecto no solo a Aelita sino a otros clásicos del cine mudo soviético más célebres internacionalmente.

Y hay que reconocer que no es una apreciación equivocada: La Fiesta de San Jorge (1930) es efectivamente una de las mejores películas que he podido ver de Protazanov y tiene suficientes cualidades como para ser considerada una de las grandes obras del cine soviético de la era muda. Su único «defecto» es no seguir un estilo tan vanguardista como las obras de otros compañeros suyos, lo que la deja aparte en las historias del cine respecto a otras obras y cineastas más influyentes.

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Los protagonistas son dos ladronzuelos: uno más elegante y distinguido que se escapa de la cárcel y otro de poca monta que le ayuda en su fuga. En su huida de la policía se dirigen a las fiestas dedicadas a San Jorge, con la esperanza de esconderse entre todo el gentío. Pero en cierto momento, el primero de ellos queda atrapado en una iglesia mientras afuera tiene lugar una solemne ceremonia y solo se le ocurre una forma de escapar: disfrazarse de San Jorge y fingir ser el santo que ha bajado del cielo.

De entrada, la carismática pareja protagonista son una clara prolongación de una de las comedias más exitosas de Protazanov, El Proceso de Tres Millones (1926), en que se nos ofrecía una divertida trama que implicaba a tres ladrones: uno de porte aristocrático, otro más torpe e inocente que cometía pequeños hurtos y un banquero. En La Fiesta de San Jorge no sólo la pareja protagonista es idéntica a la del film anterior sino que la interpretan los mismos actores: Anatoli Ktorov e Igor Iliinsky. Es más, para enfatizar la similitud, Mikhail Klimov, que en la película anterior era el «ladrón» respetable dentro de la legalidad (un banquero) aquí encarna a su análogo en la Iglesia: un obispo. Solo ese detalle nos da a entender el gran tema de la película.

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La última película muda de Protazanov es ni más ni menos que una de las críticas más contundentes y mordaces que se hayan hecho a la Iglesia en la historia del cine. De hecho, su ataque a una institución tan respetable es tan directo, rozando directamente el insulto acusador, que hoy día sigue sorprendiendo por su temeridad. En La Fiesta de San Jorge los miembros de la Iglesia se preocupan únicamente de todos los beneficios que puedan extraer de la festividad, de hecho se comportan como codiciosos empresarios antes que como portadores de la palabra de Jesucristo. Para ellos esta festividad es la época cumbre del año por todos los beneficios que pueden extraer a partir de los ingenuos creyentes, a quienes les venden productos como pelos de San Jorge o lágrimas embotelladas del santo que luego vemos almacenadas en un armario en cantidades industriales.

El film se inicia con un divertido prólogo que en primer lugar parece una solemne escena hagiográfica, hasta que descubrimos que en realidad es el rodaje de una película sobre el santo producido por la Iglesia con motivo de la festividad. Más adelante los obispos contemplan el material rodado, que supone una clara parodia de estos dramas solemnes y que incluye alguna divertida toma falsa como la escena en que el santo camina sobre las aguas y es interrumpido bruscamente por unos veraneantes en bote. Los dos obispos le piden al director «menos psicología y más milagros» y más adelante veremos el film anunciado como un thriller religioso (un género que sin duda merecería cultivarse por todas las posibilidades que ofrece).

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Una vez entran en juego nuestros protagonistas, Protazanov se toma su rato antes de entrar en el gran conflicto de la película, que en realidad se reserva para el final. Hasta entonces va combinando pequeñas viñetas humorísticas para mayor gloria de Iliinsky con imágenes de la festividad de San Jorge. En lo que respecta al primer tipo de escenas, Iliinsky, un actor inmensamente popular por entonces, se dedica a explotar su faceta cómica casi slapstick mientras huye de la policía. En contraste, las escenas de la fiesta retratan el penoso sentimiento religioso del pueblo llano, a quien Protazanov no duda en comparar cínicamente con un rebaño de ovejas. Esta parte del film me recuerda a algunas escenas de Las Noches de Cabiria (1957) y La Dolce Vita (1960) de Fellini, en que también se retrataba el fuerte sentimiento religioso rozando la superstición del pueblo italiano y de cómo las masas acaban casi enloqueciendo en este tipo de situaciones.

Cuando ambas tramas se acaban uniendo, tanto una faceta como la otra del film salen beneficiadas: el momento en que el ladrón se hace pasar por San Jorge es el más divertido del film pero también el más crítico. No se piensen que los obispos se indignen con el protagonista por usurpar la identidad del santo, sino porque eso les resta beneficios económicos. Y aquí es donde además el film acaba de mejorar del todo dependiendo de la versión que uno visione del mismo.

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Dicha película se estrenó en 1930, con la llegada de las primeras obras sonoras. En consecuencia, a los pocos años se decidió añadirle sonido para reestrenarla de forma que ganara atractivo para el público. Normalmente estos experimentos de post-sonorización solían ser traumáticos y daban lugar a versiones de una calidad muy inferior… pero ésta es la excepción, el film de Protazanov ganó incluso más. Aunque los añadidos fueron una banda sonora, efectos de sonido y algunos diálogos, se mantuvieron la mayoría de rótulos de forma que uno no se libra de la sensación de estar viendo un film mudo. La gracia está en que Protazanov hizo de esos nuevos diálogos añadidos otro gag que enfatizaba aún más la hipocresía de los personajes eclesiásticos.

En esta nueva versión, toda la narración pasa a formar parte del discurso que da el obispo en una iglesia donde predica sobre su encuentro con el santo. La contradicción entre su versión de los hechos (lo que escuchamos) y la realidad (las imágenes y rótulos) es absolutamente hilarante: uno de los sacerdotes se regodea de haber sido el primero en reconocer al santo, pero en las imágenes vemos como se lanza a él y le tilda de farsante; el principal narrador habla de cómo le ofreció gustosamente a su hija al santo, en la escena que vemos el mismo obispo grita a su hija que se esconda de ese delincuente; en el momento en que el santo se marchó, ellos aseguran que vieron como se elevaba al cielo y no pudieron contener unas lágrimas de emoción, en la realidad vemos cómo el ladrón se va en un coche que le han proporcionado para huir a la frontera mientras los dos obispos empiezan a reír llenos de felicidad. Todo el discurso no es más que una farsa.

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De todo lo que he visto de Protazanov, La Fiesta de San Jorge es el mayor acierto del cineasta. Cinematográficamente mantiene el estilo tan visual que caracterizaba el cine mudo pero además se beneficia del sonido no como un simple complemento sino como una nueva forma de crear gags. Y no solo resulta realmente divertida sino que contiene una de las críticas más brutales que he visto a la Iglesia.

Tanto Anatoli Ktorov como Igor Iliinsky, dos actores muy conocidos y apreciados por el público, repiten el mismo tipo de personajes de El Proceso de Tres Millones y están impecables: Ktorov con su galantería seduciendo a la joven aspirante a ese extraño concurso para ser la prometida de San Jorge (¿un precedente de Miss Rusia?), Iliinsky huyendo de la policía y luego convirtiéndose en un milagro con patas, cuyo relato sobre cómo quedó tullido va volviéndose más dramático a medida que bebe más vino.

Una comedia tan divertida como mordaz a descubrir.

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Testigo Silencioso [The Silent Partner] (1978) de Daryl Duke

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Explorando dentro del interesante mundo de los thrillers americanos de los 70, hacia los que un servidor siente cierta debilidad, acabé topándome con este interesante film canadiense que fue todo un éxito en su época y hoy ha quedado relegada como una de esas muchas buenas películas algo olvidadas salvo para los amantes del género.

La premisa de la que parte, basada en una novela del danés Anders Boldensen, es más que atrayente, e incluso me atrevería a decir que el resultado final no sabe estar a su altura. Se nos presenta a Miles Cullen, un cajero de banco con un estilo de vida algo aburrido y apático – su única afición destacable es coleccionar peces raros en su acuario, sin ánimo de ofender a los apasionados del tema – quien no consigue siquiera que le haga caso su compañera Julie Carver, hacia la que se siente atraído. Pero un día su vida dará un vuelco cuando descubra casualmente que su banco va a ser atracado por un hombre disfrazado de Santa Claus, el cual llevó a cabo previamente una tentativa frustrada hasta que fue interrumpido por un niño. Cullen decide entonces aprovecharse de la situación y se guarda para sí mismo una enorme suma de dinero que se debe depositar ese día. Cuando el delincuente lleva finalmente a cabo el atraco, Cullen le da sólo una porción del dinero y se queda la mayor parte. En consecuencia, la policía buscará al delincuente por un robo de 48.300 dólares cuando sólo se llevó una pequeñísima parte de esa cantidad. El problema que tendrá que afrontar nuestro protagonista es que el delincuente en cuestión, Harry Reikle, no es un atracador cualquiera sino un tipo con brotes psicóticos dispuesto a cualquier cosa por recuperar toda la suma.

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Efectivamente, la base argumental de Testigo Silencioso resulta muy atractiva: el clásico conflicto en que un hombre normal y corriente se involucra en un crimen cuyas consecuencias de le escapan de las manos, partiendo además de una idea ingeniosa que, irónicamente, se remata depositando el dinero robado en el propio banco en una caja personal. No obstante, creo que el film empieza con mucha fuerza y luego acaba decayendo progresivamente a mitad de metraje. La primera parte, en que vemos los detalles del robo y el acoso por parte de Harry para que le dé el resto del dinero, es de un suspense infalible. Pero cuando el protagonista consigue que el atracador sea temporalmente arrestado, la película inevitablemente acaba perdiendo interés al dejarse de lado temporalmente el argumento principal.

Con el conflicto principal temporalmente aparcado, a mitad de la película se recurre a una historia de amor como sustitución del conflicto con Harry, pero no consigue funcionar del todo en gran parte por un guión que no logra hacer que su relación parezca más sólida, sobre todo cuando esta última deba poner a prueba su lealtad hacia Miles mostrando un cambio de personalidad bastante poco creíble. En ese punto del film, éste se acaba sustentando por completo en la figura del actor protagonista Elliott Gould, sin el cual se haría difícil llegar hasta el final. Gould, que en aquella época gozaba de cierta popularidad en gran parte gracias a sus colaboraciones con Robert Altman – su Philip Marlowe es una de las mayores bazas a favor de la curiosa y algo fallida versión de Un Largo Adiós (1973) – consigue dotar de vida a un personaje teóricamente gris y aburrido. Nunca sabemos del todo hasta qué punto Miles tiene todo planificado o sencillamente está improvisando fruto de las circunstancias que se le presentan. Su perenne expresión confusa de hombre de recursos limitados es magnífica porque no sólo logra engañar al resto de personajes mientras comete su plan, sino al propio espectador, que más de una vez descubrirá asombrado cómo éste se ha adelantado a los acontecimientos (por ejemplo en lo que concierne a su relación con el personaje de Elaine).

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El balance final no obstante tampoco es negativo. Como muestra de thriller menor pero efectivo, Testigo Silencioso cumple su cometido, cuenta con dos actuaciones especialmente destacables en su reparto (aparte de Elliott Gould, Christopher Plummer funciona bastante bien con su personaje medio psicópata) y tiene algunos momentos de suspense muy logrados así como un desenlace muy bien pensado. Además, la adaptación del guión corre a cargo de Curtis Hanson, futuro director del excelente neonoir L.A. Confidential (1997).

Recomendable por tanto a los aficionados como un servidor a los thrillers de los 70.

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La Saga de Gunnar Hedes [Gunnar Hedes Saga] (1923) de Mauritz Stiller

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Décadas antes de que Ingmar Bergman se convirtiera en el gran director escandinavo por excelencia, ya hubo en la era muda dos cineastas suecos cuya maestría tras las cámaras les hizo famosos en el mundo entero: Victor Sjöstrom y Mauritz Stiller.

Ambos consiguieron su pasaporte a Hollywood, el primero sobre todo gracias a La Carreta Fantasma (1921) y el segundo con La Saga de Gosta Berling (1924). A día de hoy ha sido más recordado el primero gracias a que su carrera en Estados Unidos tuvo suficiente éxito y, por supuesto, por el papel que le brindó uno de sus mayores admiradores – el ya citado Bergman – en Fresas Salvajes (1957). A su lado, Stiller parece haber quedado algo más olvidado, pero en su momento su prestigio estaba al mismo nivel que el de su colega, y por las películas suyas que nos han llegado no resulta extraño que alcanzara fama más allá de su país.

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La película que hemos escogido está basada muy libremente en una novela de Selma Lagerlöf – famosísima escritora sueca que proporcionó el material base de muchas de las mejores películas de Sjöstrom y Stiller – y cuenta como protagonista con un joven llamado Gunnar Hede criado en una familia acaudalada. Su madre aspira a que se convierta en un hombre de negocios, pero él en realidad se siente fascinado por la figura de su padre, que fue un violinista itinerante. Como todo adolescente rebelde, desobedecerá los juiciosos consejos maternos y seguirá a un par de músicos itinerantes seducido por su bonita hija.

Uno de los aspectos por los que el cine escandinavo de la época se hizo tan célebre fue su – por entonces – innovador uso del paisaje. Por mucho que por ejemplo los westerns también se sirvieran de los entornos desérticos cercanos a la colonia de Hollywood, los cineastas como Sjöstrom y Stiller llevaron esa idea a su máxima expresión, fundiendo por completo a los protagonistas con los entornos nevados y haciendo que la salvaje naturaleza sea una expresión de los momentos de mayor dramatismo de la trama.

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Si en La Saga de Gosta Berling Stiller legó a la posteridad la impresionante secuencia de la huida de los protagonistas a través del hielo acechados por una manada de lobos, en este film anterior su equivalente es la secuencia del rebaño de renos en mitad de la tormenta. No obstante, lo mejor de la película es el tratamiento psicológico de su protagonista y el motivo recurrente de la música: Gunnar Hede abandonó su hogar siguiendo su instinto que le llevaba a seguir su vocación artística, y será al final la música la que le devolverá a la cordura. Otro aspecto en que films como éste o el anterior El Tesoro de Sir Arne (1919) destacan especialmente es la maestría a la hora de combinar un tratamiento realista de los personajes con elementos más fantásticos (las alucinaciones de Gunnar Hede, el sueño de la violinista) perfectamente integrados. Stiller nunca deja que los actores sobreactúen o que esos elementos desvirtuen lo que es un drama sobre las relaciones humanas, pero tampoco renuncia a la fascinación que nos pueden aportar esas imágenes.

Una de las mayores virtudes del cine escandinavo de esa época es la capacidad para armonizar el impresionante mundo exterior simbolizado por los imponentes paisajes naturales con el íntimo mundo interior de los personajes, aportándoles una psicología profunda. La Saga de Gunnar Hede es una buena muestra de ello.


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