Críticas

La Versión Browning [The Browning Version] (1951) de Anthony Asquith

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El veterano profesor de lenguas clásicas Andrew Crocker-Harris está a punto de dejar el internado en el que lleva años dando clases por problemas de salud. En sus últimos días ahí dos personas estrechan su relación con ese misterioso personaje que parece totalmente desprovisto de sentimientos: Taplow, un alumno suyo que, a diferencia de sus compañeros, no puede evitar sentir cierta pena y aprecio por él; y Frank Hunter, el simpático profesor de Ciencias que es en secreto el amante de su mujer Millie. Sus alumnos, sus colegas y su propia mujer creen que Crocker-Harris es un hombre más muerto que vivo, pero en estos dos días cruciales, la presión a la que se ve sometido le hará sacar a relucir su faceta más humana.

Fantástico film británico adaptado de la obra teatral de mismo nombre por Anthony Asquith, un director inglés muy competente que hace aquí el trabajo más reputado de su carrera. La Versión Browning es un ejemplo de película de calidad auténticamente británica, no solo por el escenario (el clásico internado británico) sino también por la caracterización de su protagonista, con esa personalidad introvertida y en apariencia exenta de sentimientos tan comúnmente asociada al carácter británico.

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Michael Redgrave, en una de las mejores interpretaciones que le he visto, borda a la perfección dicho personaje. Crocker-Harris es retraído, gris y aburrido, que representa el típico hombre que se guía ante todo por el deber y carente de cualquier atisbo de humor o espontaneidad. Tal es así que cuando hace en clase pequeñas bromas en latín que sabe que no entienden sus alumnos, humilla públicamente al único que se ha reído, ya que lo ha hecho por amabilidad, y no por haberla entendido. No obstante, lo más interesante de Crocker-Harris es que no es un profesor que goce torturando a sus alumnos, como bien remarcan dos de ellos, simplemente ésa es su forma de ser.

Del mismo modo, esa personalidad tan infalible y preocupada por cumplir los detalles y el deber (por ejemplo obligar a Taplow a recuperar la hora perdida incluso siendo su último día como profesor) se refleja en detalles como su insistencia en poner los relojes en hora cada vez que oye las campanadas de la iglesia. Pero esa forma de ser irónicamente le acaba jugando una mala pasada: el director le anuncia que deberá renunciar a su pensión porque su retiro no se ha hecho de acuerdo con las normas. Esa noticia decepciona profundamente al profesor, pero en realidad no es más que un ejemplo de cómo esa insistencia suya por acatar siempre las reglas a rajatabla se le vuelve en contra: objetivamente no debe recibir la pensión, y del mismo modo que él no perdona a Taplow esa hora extra que le debe ni aunque sea su último día de clase, la junta directiva no tiene por qué concederle una pensión que no le corresponde.

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Los destellos de humanidad aparecen solo en momentos puntuales. Por ejemplo, ante el nuevo profesor no puede evitar descubrirse y reconocer su fracaso como maestro. Como él mismo admite, su incapacidad para interactuar con sus alumnos le llevó a exagerar conscientemente sus manierismos o coletillas para que éstos se burlaran de él, pensando que al menos les sería más agradable. Esta confesión resulta muy significativa, nos muestra cómo intenta romper esa barrera de alguna forma, y sólo cree conseguirlo buscando expresamente ser objeto de burla.

Pero el momento realmente clave en que se rompe esa barrera emocional es cuando confiesa distraídamente a su alumno Taplow cómo de joven intentó traducir al inglés el Agamenón. En ese momento de confesión, Taplow y el espectador asistimos a un hecho insólito: por primera vez el profesor se quita la máscara y deja entrever ciertos sentimientos. Explica cómo esa obra le produjo tal emoción que le movió a intentar traducirla y lo detalla demostrando la ilusión que le hacía ese proyecto que quedó inacabado. Su traducción, lógicamente, está perdida y cubierta de polvo, el único atisbo de sentimientos o ilusión ha quedado enterrado en algún lugar, una metáfora bastante obvia sobre la propia personalidad del profesor.

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Cuando Taplow le regala la versión Browning del Agamenón, esa barrera emocional se rompe por completo. Aquí es cuando se destruyen todas las convenciones sociales bajo las que se ocultaba Crocker-Harris. Ya no hace falta ser hipócrita y guiarse por lo correcto: su mujer le dice que Taplow estuvo imitándole a sus espaldas, y por otro lado el profesor le echa en cara a Frank que está al corriente del adulterio pero le da igual. Éste intentará entonces ayudarle pero el profesor se resiste escudándose en su personaje frío que no necesita a nadie. Este primer contacto con las relaciones humanas desprotegido de su máscara distanciadora le duele, pero es el primer paso para la redención.

A la práctica, aunque Crocker-Harris nunca llega a cambiar del todo externamente, sí que se produce un cambio en su interior: pide a Frank que le deje en paz e insiste en que no necesita sus consejos, pero le hará caso separándose de su esposa; insiste en que el detalle de Taplow le es indiferente, pero al final de la película demuestra a su manera que le tiene cierto afecto al romper su sagrada regla de no decir nunca a los alumnos si han aprobado el curso. El discurso final (no incluido en la obra original y que fue escrito por el autor de la misma expresamente para la película) es en ese sentido el momento revelador en que hace público ser consciente de su fracaso como profesor y pide disculpas. Ya deja de ser «el Himmel de quinto curso», un ser frío y autómata, y pasa a ser un hombre que lamenta no haber apoyado a sus alumnos.

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La Versión Browning es una de esas películas que no esconde la idea que quiere mostrar, sino que la expone abiertamente mediante metáforas bastante claras para el espectador (aparte de las ya mencionadas, es de destacar el contraste entre los dos profesores que se marchan: el aburrido Crocker-Harris al que nadie va a echar de menos respecto al atlético y popular profesor de educación física). Es por tanto una obra que se muestra abiertamente sin esconder el propósito de su planteamiento, apoyándose en sus sólidas interpretaciones y el trabajo de guión y dirección. En definitiva, una película segura de sí misma con todos los ingredientes para ser una gran obra y que, efectivamente, no acaba defraudando.

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Casino (1995) de Martin Scorsese

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Casino es dentro de la carrera de Scorsese la continuación lógica de Uno de los Nuestros (1990) pero llevada al exceso en todos los sentidos. En este film, el director neoyorkino volvió a servirse de muchos de los aspectos más destacables de su anterior obra maestra elevándolos al cuadrado. Por ejemplo, el personaje que interpreta Joe Pesci en Casino tiene muchas reminiscencias del Tommy DeVito de Uno de los Nuestros, pero es aún más excesivo y delirante. Si en Uno de los Nuestros Scorsese utilizaba una magnífica banda sonora que demostraba su buen gusto musical, en Casino llega a tal extremo que hay más minutos de película con música que sin ella. Si en Uno de los Nuestros hizo un uso magistral de la voz en off del narrador a la que puntualmente se adhería el personaje de su mujer, en Casino apuesta desde el principio por un doble narrador que además prevalece sobre los diálogos de los personajes.

Y sin embargo, el resultado final indudablemente no supera el de Uno de los Nuestros, lo cual demuestra que no siempre ir a más implica ganar en calidad. Pero eso no quita que Casino sea una muy buena película que en su momento recibió críticas demasiado negativas, seguramente influenciadas por su antecesora todavía reciente. En mi opinión el paso del tiempo y la perspectiva que ello conlleva han beneficiado a Casino – en parte, por qué no admitirlo, a causa de que las últimas obras de Scorsese hacen que uno acoja este film con mucho más entusiasmo.

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El argumento está basado en un personaje real, Franky Rosenthal, que en el film aparece con el nombre Sam Rothstein, un profesional del juego que es enviado por el mundo del hampa a Las Vegas a dirigir un casino, para así aumentar los beneficios y servir de contacto entre Las Vegas y la mafia. Pronto le hace compañía Nicky Santoro, un peligroso matón al que se le ha asignado la función de protegerle. El casino prospera rápidamente bajo el mandato de Sam (aún cuando no es el jefe oficial del mismo debido a que no tiene licencia) y éste se enamora de Ginger, una jugadora profesional experta en seducir a hombres, a la que se propone cambiar ofreciéndole una vida respetable.

Uno de los grandes alicientes del film es sin duda volver a ver a la pareja Robert De Niro y Joe Pesci en los que probablemente sean los últimos grandes papeles de sus respectivas carreras. De Niro, que en esa época aún era un actor respetable y no un tipo obsesionado con participar en la peor película que se le presentara y autoparodiarse hasta la extenuación, hace una magnífica y sólida interpretación llena de matices. El actor tuvo la oportunidad de conocer al personaje real para dar vida a su personaje, y es algo que se nota en cada escena y detalle. Por otro lado, Pesci está absolutamente desbocado en un personaje no menos desbocado aún. Quizá por ello el personaje no está exento de cierta comicidad para compensar su carácter ultraviolento (por ejemplo su devoción como padre en contraste con su carácter violento).
Entre los secundarios destacan una sorprendente Sharon Stone como Ginger y un muy efectivo James Woods en un pequeño pero inolvidable papel.


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Casino es ante todo un auténtico ejercicio de virtuosismo – no pretendo darle a este término una connotación peyorativa. Durante sus casi tres horas de duración el film es una demostración continua de la calidad del equipo que hay detrás. La cámara prácticamente no para quieta moviéndose en travellings de grúa que permiten al espectador disfrutar del escenario y darle una mayor sensación de ritmo. A nivel de vestuario y decorados está cuidadísima y demuestra el esmero del equipo en pulir cada detalle, y por otro lado el guión salta inteligentemente de un punto de vista a otro y de un tema a otro sin que por ello el espectador se pierda. La sensación es abrumadora pero funciona, y el resultado final no se queda en un simple ejercicio vacío dedicado simplemente a lucir el buen saber hacer de todos los implicados.

En la película todo fluye perfectamente, hasta el punto de que no se hace larga pese a su duración. No es un film al uso basado en diferentes escenas «cerradas» sino que toda la narración discurre libremente sin casi detenerse. La mayoría de escenas y situaciones son muy breves, dándose paso unas a otras gracias al hilo conductor del narrador. Esta forma de narración que normalmente se utiliza para resumir un periodo de tiempo concreto, aquí Scorsese lo explota al máximo utilizándola en la mayor parte del film. Los momentos en que se detiene y dedica unos minutos a una escena concreta (el encuentro entre De Niro y James Woods, la charla con el vaquero, la detención de los dos que hacen trampas, etc.) sirven de pequeño descanso al espectador para enfatizar momentos clave, y no es hasta el tramo final cuando el ritmo se detiene y la película empieza a basarse mayormente en este tipo de escenas. Es entonces, una vez Scorsese ha presentado todos los personajes y la evolución de su situación, cuando la película se vuelve más convencional y se centra en los conflictos entre ellos como su triángulo amoroso. El film tenía que abocar inevitablemente en un conflicto de este estilo, en el que se hace necesario parar el ritmo para ver a los personajes, pero por otro lado es quizá la parte menos interesante de la película.

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Uno de los aspectos más interesantes de la película es la narración con dos voces en off, que nos sirve para conocer los puntos de vista y motivaciones de cada personaje a modo de contraste: el planificador Sam preocupado porque todo funcione bien, en contraste con el alocado Nicky que únicamente piensa en enriquecerse y extrujar al máximo las posibilidades que se le presentan. De esta forma no nos ofrece un protagonista único sobre el que el espectador pueda apoyarse conociendo mejor sus motivaciones que las del resto y hace de Casino un film en que se solapan la visión de los hechos de los dos protagonistas.

Otro detalle que en mi opinión beneficia mucho al film es su sentido del humor, que evita que se convierta en una típica historia engrandecida de auge y caída. No solo los excesos de Nicky acaban siendo divertidos, sino que hay en ocasiones escenas que son casi gags puros y duros como el helicóptero del FBI que se queda sin gasolina o la escena en que un miembro de la mafia da a descubrir todo al discutir el tema en una tienda con un micrófono oculto (escena en la que por cierto la madre de Scorsese hace un cameo breve pero muy divertido). Una de las ideas que se pueden entrever es que incluso organizaciones tan poderosas en las que circula tanto dinero como la que muestra el film son susceptibles de caer por nimiedades o que su funcionamiento no está exento de cierto punto absurdo (por ejemplo las conversaciones de Nicky tapándose la boca).

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Además de ser una de sus últimas grandes obras, Casino también tiene el desafortunado mérito de ser junto a Al Límite (1999) uno de sus últimos films en que realmente se percibe la mano de Scorsese tras las cámaras. Ni siquiera en la notable Infiltrados (2006), donde se percibe claramente cómo el director buscaba conscientemente evocar ese «estilo Scorsese», lo consiguió del todo – y es que dicho «estilo Scorsese» no es únicamente un retorno al género de gángsters con el que siempre se la relaciona, ya que en su carrera ha sido siempre bastante más versátil de lo que se suele recordar.

En su momento el film no gustó mucho a buena parte de la crítica seguramente por la inevitable comparación con Uno de los Nuestros. Mirándolo ahora con perspectiva, sin necesidad de basarse en esa comparación y teniendo reciente la etapa más floja de la carrera de Scorsese, Casino es una película que no solo se disfruta más sino que si se estrenara ahora la recibiríamos con los brazos abiertos y seguramente elogios unánimes de la crítica.

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Le Diable Au Coeur (1928) de Marcel L’Herbier

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En un pequeño puerto pesquero francés vive la adolescente Ludivine Bucaille, una muchacha de familia humilde que pasa sus ratos libres liderando una banda de niños con los que comete todo tipo de travesuras. Su hogar es un auténtico desastre, con un padre alcohólico, dos hermanos menores tan incontrolables como ella y una madre desesperada. Una noche deciden atacar la casa de otra familia de pescadores que representa su polo opuesto y a los que tiene cierta manía. Ludivine y su banda son sorprendidos y amonestados por Delphin, el hijo de la familia, y ésta llena de rencor desea que les suceda una desgracia. Al día siguiente su vida dará un cambio radical cuando descubra que mientras Delphin y su padre pescaban sufrieron un naufragio en que el padre murió, lo cual hace que Ludivine se sienta culpable, ya que ella les había deseado ese mal. Cuando la madre del chico también fallece a causa de la impresión, Delphin, solo y empobrecido, decide abandonar el pueblo, pero una Ludivine llena de remordimientos le pide que se venga a vivir a su casa.

Marcel L’Herbier es uno de los grandes nombres del cine francés de la era muda junto a otros más conocidos como Abel Gance o Jean Epstein. Sus películas se nutrían de las contribuciones del cine vanguardista y experimental de la época aplicándolas a obras narrativas, dando forma así a una combinación memorable que daba como fruto películas muy modernas que eran accesibles para el gran público, además de ser un reflejo de las últimas tendencias de su época.

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Una de las primeras cualidades que salta a la vista de Le Diable Au Coeur es lo acertado de su ambientación. L’Herbier consigue sumergir totalmente al espectador en el ambiente de pueblo pesquero así como en los escenarios interiores de las casas de los protagonistas, cuidados con mucho detalle. De hecho esto resulta crucial para la película, ya que la transformación o madurez que sufre la protagonista acaba viéndose reflejada en su hogar: una vez decide acoger a Delphine, obliga al resto de personajes a arreglar la casa para que el joven no vea en qué estado de suciedad y desorden viven.

También destaca del film su poderosa fuerza visual, que es fruto de un excelente trabajo de fotografía, un uso inteligente de la iluminación y una cuidada puesta en escena. L’Herbier era uno de esos muchos realizadores que creía y apostaba firmemente en los recursos visuales del cine y que evitaba el uso de rótulos siempre que fuera posible.

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Donde flojea claramente el film es en su manido argumento, que empieza de forma muy prometedora con la idea de una joven que madura repentinamente ante una desgracia ajena y acaba desembocando en un previsible dilema. Gaston Lauderin, el mujeriego dueño de la taberna convence a su padre para que le deje casarse con Ludivine pero ésta en realidad ama a Delphin. La resolución del conflicto es poco convincente pero se salva por la buena interpretación de sus protagonistas (destacando Betty Balfour como Ludivine) y el uso de algunos símbolos y metáforas que le dan algo de vida, como ese barco en miniatura que Delphin va construyendo como símbolo de su amor a Ludivine.

Aunque objetivamente Le Diable Au Coeur no es una de las películas más importantes de su carrera, su visionado está más que justificado por su impecable factura visual. Además, tiene el aliciente extra de demostrar cómo L’Herbier era capaz de crear películas más convencionales, despojadas de los atractivos extra que tienen sus obras más influenciadas por la vanguardia. Es en definitiva la demostración de que era un gran director no sólo por sus contribuciones al medio o su asimilación de otras influencias, sino por ser capaz de hacer grandes películas como ésta a partir de una historia rutinaria y sin servirse de recursos experimentales para dotarla de interés.

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Dillinger Ha Muerto [Dillinger È Morto] (1968) de Marco Ferreri

Después de ver Dillinger Ha Muerto muchos se sentirán altamente decepcionados por ser una película aburrida. Y ciertamente, es muy posible que lo sea. Pero antes de rechazarla por esto cabe preguntarse, ¿cómo sino se puede retratar con detalle el aburrimiento existencial que afecta a su protagonista? Si la intención del director es profundizar en ese vacío del personaje, en que no solo lo comprendamos sino que lo sintamos, ¿cómo podría hacerlo de forma fidedigna sin acabar siendo inevitablemente aburrido a ratos? La premisa que persigue Marco Ferreri no solo es bastante arriesgada sino hasta cierto punto extrema, en su afán por ser fiel a su intención está dispuesto a sacrificar la película, a hacer un producto plagado de tiempos muertos y escenas insignificantes.

Su protagonista, Glauco, es el prototípico burgués de edad media con una buena carrera profesional, una bonita esposa y una casa con las típicas comodidades como un televisor o la omnipresente radio. La película no hace más que narrar una noche que pasa en casa al volver del trabajo: se prepara la cena, mira vídeos domésticos de sus vacaciones con su mujer, tontea con la criada y, como único elemento que rompe con esta monotonía, recompone una pistola que se ha encontrado en un armario.

La película apenas contiene diálogos, durante la mayor parte del metraje lo único que se escucha son las canciones de pop que no paran de sonar en la radio como si Glauco intentara llenar ese vacío que siente con la música simplona y pegadiza de moda. Del mismo modo, Ferreri no se permite la concesión de amenizar sus acciones y las muestra de forma seca y realista. Sin gags, sin suspense, sin ningún indicio de conflicto. El director nos obliga a enfrentarnos a la misma soledad que sufre el personaje, que no consigue llenar su vacío ni con su esposa o su criada. Uno de los momentos más extravagantes de hecho es cuando intenta interactuar con la pantalla sobre la que está viendo los vídeos domésticos de su viaje con su mujer y Glauco gesticula y proyecta su figura sobre la pantalla, como si quisiera abrazar esas imágenes o fundirse con ellas.

No obstante, aunque es de alabar el que Ferreri se atreviera con una idea tan arriesgada no quita que el resultado final sencillamente no funcione. El director desde luego consigue triunfar en su propósito de que el espectador sienta lo mismo que su protagonista, pero por el camino se carga la película. Una idea como ésta es demasiado arriesgada y necesita sostenerse sobre un trabajo cinematográfico de primer nivel, y aunque Ferreri no era ni mucho menos un mal director, no consigue que su idea se traduzca en una gran película.

El resultado final es interesante y se sostiene en gran parte por un Michel Piccoli que supo coger el punto exacto al personaje, pero por lo demás acaba siendo uno de esos productos que es víctima de su propia premisa. Quizá este tipo de idea solo podría dar pie a un film imperfecto y vacío. O quizá no es así. Pero en todo caso resulta un experimento cinematográfico curioso.

Días Sin Huella [The Lost Weekend] (1945) de Billy Wilder

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Hay una anécdota muy conocida sobre Días Sin Huella que sin embargo creo necesario repetir de nuevo, y es que antes de su estreno la industria del licor ofreció una importante suma a cambio del negativo del film. Menciono esto porque a la hora de valorar esta magnífica película hay que tener siempre presente que en el Hollywood de entonces no se trataba el tema del alcoholismo de forma seria y realista. El alcohólico estaba relegado al papel secundario del borrachín simpático, del estilo de Walter Brennan en Tener y No Tener. Muy probablemente Días Sin Huella no es la primera película de Hollywood en tratar el alcoholismo de forma realista (porque si algo nos ha enseñado la historia del cine es que siempre hay un precedente), pero sí que fue el primer film de importancia basado enteramente en ese tema tan complejo.

El protagonista es Don Birnam, un escritor que nunca ha conseguido el éxito que esperaba y ahoga su frustración con alcohol. Su hermano Wick y su novia Helen han hecho todo lo posible por rehabilitarle, pero ha sido en vano y Don ya no tiene esperanzas de recuperarse. La película se centra en un fin de semana en que intenta volver a escribir pero acaba recayendo de nuevo mientras recuerda los inicios de su relación con Helen.

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Algo que me gusta mucho de Días Sin Huella es que Wilder transmite a la perfección esa sensación de irreversabilidad del alcohólico, esa espiral de autodestrucción que le lleva a continuar bebiendo y engañando a los seres que quiere sin importarle nada. Es un rasgo que hace que el film haya perdurado especialmente bien hasta nuestros días, porque la visión del alcoholismo es implacable y nos transmite la frustración continua del protagonista, que se propone dar un paso adelante y acaba dando dos hacia atrás durante toda la película.

Menos me gusta en cambio el desenlace, algo abrupto en mi opinión y contradictorio con lo que nos ha mostrado el resto del film. Después de ver cómo Don ha intentado rehabilitarse continuamente y ha fracasado, se me hace extraño ese cambio de comportamiento repentino cuando ha tocado más fondo. Pero a cambio, me agrada que el final sea abierto y no se nos diga claramente cuál es su destino, aunque deje la puerta abierta a la esperanza.

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Billy Wilder es en mi opinión uno de los cineastas que mejor reflejan el estilo clásico de Hollywood llevado a su máxima expresión, y esta película es un nuevo ejemplo de ello. A nivel de guión tiene todas las características de Wilder y de su colaborador Charles Brackett: diálogos ingeniosos y muy bien redactados (la forma como Don describe el alcoholismo a lo largo de la película es tan lúcida como espeluznante), toques humorísticos aún siendo un drama y multitud de detalles pequeños pero muy bien vistos (por ejemplo, los círculos que dejan los vasos sobre la barra del bar y que reflejan cuánto ha bebido).

También es típico de Wilder la forma tan inteligente de utilizar los objetos como puntos clave del drama. Por ejemplo, la máquina de escribir es el objeto más importante del Don escritor, por lo que cuando decide venderla está enterrando definitivamente su faceta de escritor vencida por su otra faceta alcohólica. O la confusión de abrigos en la ópera que permite que Helen y Don se conozcan, una premisa ingeniosa que da pie a situaciones humorísticas típicas de Wilder, como el que Don tenga que esperar al final de la obra para recuperar su abrigo. Cuando al final Don decide empeñar el abrigo de Helen y a cambio le da la gabardina, se cierra el círculo: se conocieron mediante este intercambio de prendas y teóricamente se despiden también así (de hecho está tan bien pensado que Wilder y Brackett no pueden evitar hacerlo evidente explícitamente por un diálogo de Helen).

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A nivel de dirección, Wilder tomó la astuta decisión de optar por una puesta en escena de cine negro aún tratándose de un drama no relacionado con el mundo criminal. El estilo oscuro y tenebroso del cine noir es la forma ideal para transmitir al espectador la desesperada situación del protagonista, y Wilder demostró lo que ya se había hecho patente en Perdición, que dominaba los códigos visuales del género.

De hecho las escenas más truculentas de la película siguen impactando hoy en día, así que es de suponer que en aquel entonces debieron provocar una impresión muy profunda en el público. La escena de la sala de alcohólicos del hospital parece de hecho una pesadilla con los enfermos delirando o convertidos prácticamente en vegetales.
El propio delirio del protagonista es por otro lado un ejemplo de cómo transmitir ese malestar pesadillesco sin necesidad de grandes trucos, simplemente con una sencilla imagen visual muy bien escogida. Don cree ver un ratón emergiendo del agujero de su pared que es devorado por un murciélago. El momento en que el murciélago se abalanza sobre el ratón dejando un reguero de sangre en la pared es un plano angustioso e incluso repugnante pero a la vez tremendamente simple, que representa a la perfección esas alucinaciones surrealistas de un alcohólico.

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Me dejo para el final la que es una de las grandes bazas de la película, que es la formidable interpretación de Ray Milland que comprende en sí misma todas las facetas de su personaje: el ingenioso escritor intelectualoide venido a menos, el educado y atractivo galán, el alcohólico egoísta que no duda en pisotear a cualquier persona y utilizarla de forma ruin a cambio de un trago, el hombre frágil y sin autoestima que se ve incapaz de confiar en sí mismo, etc. Todos los matices del mismo personaje los sabe capturar Milland a la perfección creando a un protagonista alcohólico creíble y, sobre todo, humano. Un factor esencial en la recreación del personaje fue por cierto el excelente trabajo de maquillaje dándole un aspecto demacrado pero sin caer en excesos, acentuado por la fuerte iluminación.

El personaje de la novia cobra mucho más importancia en el film que en la novela, ya que en la obra original uno de los hechos que atormentan más al protagonista es un incidente del pasado relacionado con la homosexualidad. Obviamente, eso era inviable en un film de Hollywood y por ello no solo se cambió el motivo a un bloqueo artístico sino que se dio más importancia al personaje de la novia, dándole de paso el inevitable toque femenino que todos los productores exigían. Habría sido curioso ver el resultado de haber encarnado ese personaje Katharine Hepburn, que era la primera elección que se tuvo en mente. A cambio, tenemos a Jane Wyman, que hace un buen trabajo pero carece por completo de la personalidad que Hepburn le habría otorgado.

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Un último elemento necesario de reseñar es la banda sonora de Miklós Rózsa. El primer pase de la película fue un fracaso, ya que tenía una banda sonora de jazz que hizo que el público esperara un film ligero sobre entrañables alcohólicos, por lo que el contenido tan crudo del mismo les pilló desprevenidos. Miklós Rózsa compuso entonces una banda sonora que tenía como gran novedad el uso del theremin para recrear sonoramente la sensación de paranoia y angustia del protagonista. El otro gran film de ese año, Recuerda de Alfred Hitchcock, también destacaría por una banda sonora de Rózsa con fuerte presencia del theremin.

Como ya es sabido, el film fue un auténtico éxito de taquilla recompensado además con premios en los festivales de cine más prestigiosos. Pero antes de su estreno, Días Sin Huella fue una apuesta arriesgada que por fortuna no acabó enterrada por presiones de las grandes empresas del sector y que pudo dignificar por fin la figura del alcohólico en el cine.

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Hardcore, Un Mundo Oculto [Hardcore] (1979) de Paul Schrader

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Como es bien sabido, el reputado guionista Paul Schrader tuvo una juventud bastante difícil al ser criado en una familia muy estrictamente religiosa. Eso ha llevado a muchos críticos y cinéfilos a relacionar ese ambiente tan represivo con algunos de los temas por excelencia de sus guiones como la culpa o la autodestrucción. Teniendo eso en cuenta, su segundo largometraje como director es un caramelo para todos los que disfruten psicoanalizando la personalidad y traumas de su creador a partir de su obra.

El protagonista es Jake Van Dorn (magníficamente interpretado por el veterano George C. Scott), que vive en una tranquila comunidad de fuertes raíces cristianas y posee un próspero negocio local. Su vida sencilla y monótona sufre un revés cuando su hija adolescente Kristen desaparece. Desesperado, contrata a un detective privado para que la encuentre. Éste no consigue dar con su paradero exacto, pero sí descubre que la joven está trabajando en el mundo de la pornografía. Jake, harto de la ineficacia de la policía y del detective, decide sumergirse en ese mundo para buscar a su hija.

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La principal idea de Hardcore que Schrader explota de forma muy inteligente es el contraste entre dos mundos prácticamente opuestos: la vida idílica rural basada en ideales cristianos en la que Jake vivía sumergido hasta entonces, contra el submundo de la pornografía con todo lo que ello implica (prostitución, violencia, etc.). En ese sentido la premisa es muy fiel al estilo de Schrader, quien coge al protagonista y le hace pasar por un duro proceso de asimilación de otra realidad a la que estaba dando la espalda.

Inicialmente intenta hallar a su hija procurando salpicarse lo menos posible de esa realidad que tanto le repugna, pero la falta de resultados le obliga a dar el gran salto y sumergirse de lleno fingiendo ser un productor de cine pornográfico. Eso le obliga a asistir a rodajes, hacer entrevistas a actores y, en última instancia, ver una snuff movie, que supone el último escalón en este proceso de degradación por el que debe pasar. Tal y como le dice un familiar al inicio de la película, Dios le está poniendo a prueba, e indudablemente tanto Jake como Schrader entienden todo este duro proceso como una prueba a superar.

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Se le podría achacar a la película que acaba siendo algo reiterativa, que una vez superado el impacto inicial de su contacto con el submundo de la pornografía acaba repitiéndose un poco en su búsqueda de Kristen sin aportar muchas novedades. Schrader lo compensa un poco con la figura de Niki, una actriz porno y prostituta que le acaba ayudando en su búsqueda. Aunque la relación entre ambos personajes es algo tópica (buscando el contraste entre un hombre conservador y temeroso de Dios respecto una prostituta), algunos de los diálogos entre ambos personajes resultan interesantes y permiten a Jake Van Dorn verse enfrentado a su puritanismo. En cierto momento Niki dice que ambos tienen una visión muy similar del sexo porque los dos le dan muy poca importancia. La única diferencia es que él le da tan poca importancia que apenas lo practica mientras que ella le da tan poca importancia que no le importa practicarlo con cualquier persona.

El tramo final abusa en exceso de algunas escenas de acción que parecen fuera de lugar en un personaje como Jake Van Dorn (al que nos es imposible imaginarlo peleándose con jóvenes matones), pero se compensa con la tensa escena del reencuentro con la hija y ese final tan cínico en que el detective privado le recomienda al protagonista que vuelva a refugiarse a su mundo. Notable.

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Emil y los Detectives [Emil und die Detektive] (1931) de Gerhard Lamprecht

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Una obra como Emil y los Detectives resulta de entrada un film que no parece destinado a ser recordado décadas después de su estreno. Una película infantil sobre unos niños que intentan capturar a un ladrón no parece una obra con potencial para ser recordada en el futuro. Pero en realidad hay un motivo por el cual en pleno siglo XXI se hable de esta versión de Emil y los Detectives en un blog de cine y no de otras películas infantiles de la época, y es que los autores de su guión fueron ni más ni menos que Billy Wilder y Emeric Pressburger, dos de los más grandes guionistas del cine clásico. Claro está, en aquella época no gozaban del prestigio que tendrían unos 10 años después, así que Emil y los Detectives es uno de esos divertidos casos de films menores que uno encuentra rastreando en los inicios de muchos cineastas.

La película era la adaptación de una novela de éxito de mismo título protagonizada por Emil, un niño que vive en el pueblo de Neustadt y viaja a Berlín a pasar las vacaciones con su abuela. Lleva consigo 140 marcos que debe dar a su abuela, una suma nada desdeñable teniendo en cuenta que proviene de una familia muy humilde. Por desgracia, en el tren un desconocido le ofrece un dulce que contiene un somnífero y le deja dormido. Cuando se despierta descubre que no tiene el dinero. Emil sigue entonces al hombre pero es reticente a avisar a la policía. Afortunadamente, se encuentra con otro niño, Gustav, quien decide ayudarle convocando a todos sus amigos del barrio.

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Una primera advertencia al lector. No intente buscar en Emil y los Detectives indicios del inconfundible futuro estilo de Wilder y Pressburger. Tampoco rastros del cine expresionista ni, por descontado, sutiles mensajes sobre el advenimiento del nazismo (!!). La película es ni más ni menos que un film infantil. Realizada en un contexto políticamente problemático y artísticamente muy fructífero, escrita por dos de los grandes guionistas de la historia del cine… pero nada de eso se ve en el resultado final. Se trata pues de lo que promete su argumento: un film infantil e inocente, muy competentemente realizado, eso sí, pero nada más.

En mi opinión la película tiene como principal punto de interés el pertenecer a los inicios del cine sonoro, por lo que se trata de uno de esos films en que el sonido todavía se utilizaba de forma muy rudimentaria y aún persistían tics del cine mudo. La escena más remarcable de la película de hecho podría pertenecer a un film mudo. Se trata de la secuencia del sueño de Emil, el momento que destaca más claramente de todos al ser la única escena que se aleja del estilo más convencional para ofrecer un tono surrealista que recrea a la perfección la alucinación que tiene Emil bajo el efecto del somnífero.

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Por lo demás, la película no tiene mucho interés más allá que como curiosidad cinéfila, pero está competentemente realizada y no se hace pesada al ser bastante corta. Para mi gusto los actores infantiles no resultan demasiado creíbles y suponen un pequeño lastre, pero ese sería el único defecto que le achacaría.

No deja de ser curioso que dos grandes guionistas como Wilder y Pressburger sólo coincidieran en un film como éste a lo largo de sus extensas carreras. Uno no puede evitar preguntarse cómo habría sido una colaboración entre ambos con plena libertad creativa pero tampoco hay que idealizar esa fantasía, ya que por entonces aún se encontraban en su fase de aprendizaje como guionistas. Poco después del exitoso estreno de Emil y los Detectives ambos huyeron de Alemania por su condición judía y emprendieron dos carreras de sobra conocidas, una en Hollywood y otra en Reino Unido. Para entonces, aunque no habían pasado ni 10 años de Emil y los Detectives ya les debería parecer una obra de un pasado muy lejano.

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El Cuarto Hombre [Kansas City Confidential] (1952) de Phil Karlson

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Phil Karlson es uno de esos nombres menores en la historia del cine que bien merecen una pequeña mención por algunas de las películas de género negro que filmó en los años 50. A diferencia del estilo más barroco y estilizado del cine negro clásico de los 40, Karlson planteaba el género de una forma realista, cruda y sumamente violenta. En sus mejores films la tensión se nota en cada plano. En ese sentido su visión del género encaja con la evolución que éste fue sufriendo a lo largo de los años adaptándose a los nuevos tiempos. Cuanto más permisivo se volvía Hollywood a la hora de mostrar el mundo criminal, menos se necesitaba el estilo del cine negro, que bajo sus sombras escondía un submundo de puro caos y violencia.

El Cuarto Hombre, seguramente su mejor obra, no se anda con medias tintas: expone un argumento claro y conciso y hace estallar la violencia en la cara del espectador. El protagonista es Joe, un exconvicto acusado de un atraco a un banco del que es inocente. Pese a que se demuestra que no es culpable, su detención le hace perder su trabajo, así que decide encontrar a los responsables. Pero no será tarea fácil: el atraco fue planificado minuciosamente por alguien que contrató a tres criminales y les obligó a efectuar el robo con una máscara puesta en todo momento, de forma que al acabar no conocen la identidad ni de la persona que los reclutó ni de sus compañeros, evitando así posibles traiciones. Joe, sin embargo encuentra una pista que le lleva a un pequeño hotel mexicano donde van a repartirse el botín.
Para complicar más las cosas, el misterioso cabecilla es un ex-sargento que quiere vengarse del cuerpo de policía por haberle expulsado injustamente.

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Uno de los atractivos de El Cuarto Hombre es la sólida premisa, que se basa en una doble venganza que entra en conflicto: la del exconvicto que quiere vengarse de quién le ha vuelto a hacer caer en brazos de la ley, y la del expolicía, amargado por haber sido expulsado del cuerpo. Ambos son antagonistas aunque paradójicamente son víctimas de una injusticia provocada por la ley. La escena del interrogatorio de Joe, en que es sometido a varias palizas, no deja una buena imagen de las fuerzas del orden, del mismo modo que tampoco lo hace el motivo por el que el ex-sargento Tom Foster fue expulsado del cuerpo. En un mundo caótico e injusto la única solución para compensar esos errores es vengarse actuando al margen de la ley.

Es por ello que aunque la consabida historia de amor entre Joe y Helen puede parecer el típico relleno innecesario tiene su justificación, ya que crea un nuevo punto de enlace entre los dos antagonistas: el amor que siempre ambos hacia Helen y su insistencia en que ella no se vea involucrada en sus asuntos turbios. En el desenlace estos dos puntos de contacto acaban confluyendo, aunque quizás el lector prefiera no conocer el final y saltarse el siguiente párrafo.

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En el tiroteo final Tim le reconoce a Joe que le es simpático al ser una persona inocente que se ha visto involucrada en toda la trama criminal, pero no obstante intenta matarlo porque siguen siendo antagonistas. Cuando finalmente Joe es herido de muerte y le pide que no descubra la verdad a la policía se unen por fin los dos puntos de interés común, las dos venganzas se consuman: Joe ha conseguido aunque sea de forma indirecta que mueran los culpables, incluyendo Tim, mientras que éste último ha limpiado su nombre antes de morir; al mismo tiempo que Joe puede por fin ser digno de Helen y su padre muere con la tranquilidad de que su hija nunca conocerá su crimen.

La película tiene ese punto de crudeza característico de Phil Karlson, quien en Scandal Sheet (1952) proponía de protagonista a un reportero que se hacía pasar por policía para conseguir declaraciones de una mujer que ha presenciado un crimen, o en The Phenix City Story (1955) mostraba el asesinato de una niña inocente por parte de la mafia.

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El protagonista lo interpreta John Payne, actor habitual en el cine de Karlson que interpreta al clásico hombre duro acorralado entre el mundo legal (donde pierde la posibilidad de trabajar por un crimen no cometido) y el mundo del hampa (donde los atracadores intentan deshacerse de él), un personaje en ese sentido muy hitchcockiano. Entre los secundarios el más llamativo nos resulta a día de hoy un joven Lee Van Cleef encarnando al criminal mujeriego.

En general, El Cuarto Hombre es la película que mejor recopila las grandes virtudes del estilo de su director: una obra simple pero bien realizada con personajes abocados a una situación límite y una dosis de violencia bastante cruda y realista para la época.

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El Hombre Que Vendió Su Alma [The Devil and Daniel Webster] (1941) de William Dieterle

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En este gabinete se ha hablado ya de dos magníficos films del alemán William Dieterle, Jennie (1948) y Cartas a mi Amada (1945), que para mí destacaban sobre todo por ese deje sobrenatural que hacía tan especiales sus respectivas historias. En El Hombre Que Vendió Su Alma, anterior a esos dos dramas románticos, Dieterle ya pudo dar rienda suelta a esa faceta suya al tratarse de una adaptación moderna del mito de Fausto y, por tanto, una película abiertamente sobrenatural en su planteamiento.

Ambientada en un pequeño pueblo de New Hampshire, su protagonista es el humilde granjero Jabez Stone, cuya continua mala suerte le lleva a vender su alma al diablo a cambio de una fortuna. A raíz del trato que hace, la suerte cambia para Stone y no solo puede pagar sus deudas con el dinero adquirido sino que se convierte en un poderoso terrateniente que tiene en sus manos al resto de granjeros del pueblo. No obstante, su mujer y su madre notan un cambio en el carácter de Jabez Stone, que se ha vuelto frío y ambicioso, y la primera decide pedir consejo a Daniel Webster, un pequeño político que goza de muy buena reputación entre los granjeros por el apoyo que les da y su carácter cercano.

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El Hombre Que Vendió Su Alma es una de las obras que más me ha sorprendido del Hollywood clásico, ya que por estilo parece casi más germana que americana. Y no lo digo por la nacionalidad del director, sino por ese estilo tan surreal y onírico, lleno de metáforas e instantes que rompen con la armonía de una narración clásica hollywoodiense. Es cierto que el material de base da mucho juego para todo ello, pero la forma como Dieterle lo explota denota claramente sus orígenes en la industria cinematográfica alemana de los años 20. Todo el film tiene ese halo romántico y tenebroso en su puesta en escena, muy ayudado por la excelente fotografía de Joseph H. August (que colaboró de nuevo con Dieterle en Jennie). Además se trata de una obra maravillosamente visual, hasta el punto de que a veces parece casi una película muda por la forma tan expresiva de tratar las imágenes. Hay por ejemplo algunos primeros planos que están insertados de una forma que tiene más que ver con el cine mudo que con el sonoro (por ejemplo el rostro de la madre mirando gravemente en ciertas escenas), por no hablar de algunos trucos de montaje muy inusuales que parecen demasiado bruscos en el contexto de un film de Hollywood.

El momento culminante en este aspecto se encuentra al final, cuando un acaudalado Stone organiza una fiesta en su mansión a la que nadie acude. Repentinamente aparecen en el salón principal varios personajes invitados por su amante Belle (que está íntimamente vinculada con el demonio). Toda esa escena es filmada con un tono difuminado dándole un aire irreal y casi terrorífico cuando los personajes empiezan a bailar y Belle inicia una danza mortal con el usurero del pueblo, que también había hecho un trato con el diablo, y muere en manos de ella. La última escena nos muestra a su vez un juicio en que Daniel Webster intenta defender a Stone antes de que se lo lleve el diablo. El jurado y el juez son una serie de personajes famosos por sus malas acciones que también habían vendido su alma. Aunque la escena está destinada a desembocar en el típico discurso de Webster en favor de la libertad, lo que la convierte en un momento tan magistral es de nuevo la dirección de Dieterle, que se sirve de nuevo de pequeños trucajes para aumentar el tono sobrenatural.

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Resulta curioso que de todo el reparto el que menos se luzca de todos sea el protagonista, interpretado por James Craig. A cambio tenemos al siempre maravilloso Edward Arnold como Daniel Webster, la seductora Simone Simon como la atractiva Belle y, sobre todo, Walter Huston como el diablo. Huston, uno de los mejores intérpretes que jamás haya aparecido en la gran pantalla, aquí se regodea en un papel que es una golosina para cualquier actor de carácter robando las escenas al resto del reparto cada vez que aparece por la pantalla.

No obstante el verdadero protagonista del film es Dieterle, quien coge una historia clásica conocida de sobras por el público y la transforma en una fantasía visual sugerente y terrorífica que tiene lugar en el improbable contexto de la América rural. Solo ese final extrañamente idílico con guiño al público incluido por parte de Huston rompen un poco con el estilo del resto, pero eso no quita que El Hombre Que Vendió Su Alma sea una de las películas más curiosas y únicas que se hayan realizado en un gran estudio del Hollywood clásico.

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Cómo Ser John Malkovich [Being John Malkovich] (1999) de Spike Jonze

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Craig Schwartz es un marionetista que ante la falta de dinero es animado por su pareja, Lotte, para que busque otro trabajo. Mediante un anuncio llega a una extraña empresa situada en el piso 7 y medio de un rascacielos donde le contratan para archivar ficheros. Allí se enamora instantáneamente de Maxine, una mujer que muestra la más absoluta indiferencia hacia él. Pero entonces su vida da un vuelco cuando descubre un misterioso pasadizo oculto que le permite llegar al interior de John Malkovich durante 15 minutos.

Cómo Ser John Malkovich fue la película que dio notoriedad al guionista Charlie Kaufman, consiguiendo algo inaudito: que para mucha gente su nombre fuera más importante que el de los directores de sus películas (aún cuando gente como Spike Jonze o Michel Gondry, que han demostrado tener talento de sobras como realizadores). Y no es para menos, un film como éste resultaba, dejando de lado gustos personales, un golpe de aire refrescante entre la producción independiente norteamericana, una obra tan asombrosamente original y divertida que no podía pasar inadvertida.

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La premisa en sí misma y todos los detalles que le rodean (como las oficinas del piso 7 y medio y ese fantástico vídeo corporativo que le hacen ver a Craig) es tan extraña que parece sacada de un gag de Monty Python. Pero lo que hace que sea especialmente interesante no es lo rara que resulta en sí misma, sino el hecho de que Kaufman consiguiera extraer de ella un argumento con profundidad, convirtiendo una premisa surrealista y absurda en un medio de narrar lo que al fin y al cabo es un triángulo amoroso. Lotte y Craig están enamorados de la misma mujer, pero sólo pueden llegar a seducirla a través de John Malkovich. Al inicio del film Craig es un fracasado que intenta utilizar sus marionetas para vivir a través de ellas todo lo que le es negado en la vida real. Cuando Maxine le rechaza, él representa por la noche un pequeño espectáculo en que ella se interesa por sus aficiones y acaban juntos. Del mismo modo, más adelante utilizará el cuerpo de John Malkovich para seducirla a ella, ya que él solo no puede aspirar a ello, únicamente puede conseguirlo a través de otro cuerpo (sus marionetas o John Malkovich).

Por supuesto si la idea es de por sí increíblemente surrealista, lo que le da un atractivo añadido al film es el hecho de contar con el John Malkovich real interpretándose a sí mismo en un argumento tan enrevesado. Muchos pagaríamos por ver la cara que se le quedó cuando llegó el guión de Cómo Ser John Malkovich a sus manos, y lo cierto es que la elección de Malkovich entre todos los actores posibles es más que acertada al ser un intérprete respetable que no convirtiera el film en una parodia fácil. Su extravagante interpretación es uno de los atractivos de la película, ya que no sólo tiene que interpretarse a sí mismo, sino a sí mismo estando «poseído» por otras personas, que utilizan su cuerpo como un instrumento. Junto a él destaca un eficiente John Cusack y una sorprendente Cameron Díaz en un personaje totalmente alejado de sus papeles típicos.

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Cómo Ser John Malkovich fue el film que catapultó la carrera de Charlie Kaufman y Spike Jonze al mundo del cine. Los siguientes guiones de Kaufman volvieron a confirmar su saber hacer y su estatus como uno de los guionistas más interesantes y personales del Hollywood actual. Películas como Adaptation (2002) y Olvídate de Mí (2004) volvían a mostrar una original combinación entre delirante fantasía y realidad pero de un modo menos alocado y más coherente, mientras que su debut como director, la (algo fallida en mi opinión) Synecdoche New York, ha sido en contraste su obra más excesiva y ambiciosa.

De todas ellas, yo sigo prefiriendo Cómo Ser John Malkovich, más original y chocante que la excelente Olvídate de Mí pero menos grandilocuente y pesada que Synecdoche New York (2008); manteniendo el ingenio, el sentido del humor y cierta dosis de locura narrando uno de los triángulos amorosos más bizarros y enfermizos surgidos en Hollywood.

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