Críticas

Desengaño [Dodsworth] (1936) de William Wyler

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Sam Dodsworth es un importante empresario que acaba retirándose de su negocio y decide aprovechar su nueva libertad para emprender un viaje a Europa con su esposa Fran. El viaje, que supuestamente iba a ser idílico, acaba sacando a la luz las diferencias entre ambos hasta acabar separándoles: Sam es como un niño, ilusionado por descubrir Europa por primera vez, mientras que Fran está más preocupada por parecer sofisticada y aparentar menos edad de la que tiene, lo cual acaba traduciéndose en coqueteos con toda una serie de hombres.

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Sin ser una de las mejores obras del gran William Wyler, este drama resulta sumamente interesante por el tema que se atreve a tratar y por la construcción de los personajes, que es la base de todo el film. Resulta descorazonador recordar las escenas en que inician el viaje ilusionados y compararlas con todo lo que les sucede en Europa. Poco a poco vamos comprobando cómo este cambio de aires ha afectado sobre todo a Fran, que de repente parece interesada sólo por seguir la moda francesa y codearse con gente importante. En ese sentido no podemos evitar simpatizar con la simpleza y honestidad de Sam, quien le recuerda constantemente que por mucho dinero que tengan ellos no dejan de ser dos paletos americanos. De hecho la simple mención de que ella es la hija de un cervecero le sienta a Fran casi como un insulto. Esta actitud tan paranoica llega a su máximo nivel cuando su hija da a luz y Sam le recuerda sarcásticamente que deben comportarse como buenos abuelos. El hecho de ser abuela la lleva al extremo de no querer hablar con su hija por teléfono el día del parto por miedo a que el invitado al que esperan se entere de la noticia, y por tanto de que es mayor de lo que dice ser.

Uno no puede evitar entonces simpatizar con el honrado Sam, que no sólo está por encima de esas manías sino que además le perdona sus coqueteos. Como ejemplo de ello tenemos la escena que tiene lugar en el barco en que Fran le confiesa que ha estado coqueteando con un apuesto inglés (interpretado por un joven David Niven), a lo que él responde no con celos o furia, sino burlándose de ella por haber sido tan coqueta sin saber dominar la situación. Este primer ligue le servirá a Fran como experiencia cuando su rechazado amante le eche en cara su contradictoria moralidad: le gusta coquetear con él pero se siente culpable si se atreve a llegar más allá. Fran aprenderá la lección y con su próxima conquista se atreverá a dar ese paso adelante.
Sin embargo, en un intento de hacer justicia a ambos miembros de la pareja, también se nos hace un seco retrato de la forma de ser de Sam, que ciertamente es comprensivo y poco celoso, pero también es maniático y obsesionado con su trabajo. En su breve estancia en casa sin su esposa no cesa de gritar a su hija porque no ha conservado la biblioteca como a él le gustaba, haciéndonos preguntar si echa de menos a Fran porque la quiere o porque le resulta más cómodo vivir con ella. Resulta comprensible que Fran se cansara de esa vida y que la excitante nueva vida que se le presentara en Europa se le hiciera más excitante.

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No sería exagerado decir que gran parte del film se sustenta en la interpretación de Walter Huston, uno de los más grandes y olvidados actores de la época, que desempeña como de costumbre una actuación memorable que ya justifica por sí sola el visionado de la película. Una sola mirada suya nos consigue dar a entender el estado en que se encuentra el personaje. Desafortunadamente, hacia la mitad del metraje el film pierde algo de interés al no saber condensar situaciones un tanto repetitivas que alargan demasiado la trama y hacen que el resultado final se resienta un poco.

Eso sí, no se hace ningún tipo de concesiones a la relación del matrimonio y se evita caer en el burdo happy ending, que aquí habría sido desastroso. La escena final en que ambos vuelven a EEUU en barco es tan ácida que me resulta casi insólita para la época: la pareja que emprendió el viaje de ida felizmente abrazados vuelven sin tener nada de que hablar, asqueados y comprendiendo que ya no tienen motivos para estar juntos. El paradigma del clásico matrimonio americano feliz reducido a cenizas.

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Soledad [Lonesome] (1928) de Paul Fejos

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Notable film semidesconocido de Paul Fejos surgido en la época en que el cine mudo llegaba a su fin. La historia que nos narra es sumamente sencilla: el encuentro y enamoramiento de dos personas (Jim y Mary) que se conocen por casualidad una tarde y que pasan la noche juntos en un parque de atracciones hasta que accidentalmente se pierden de vista y no saben si podrán volver a encontrarse.

Soledad es una de esas películas en las cuales no hay apenas un conflicto sino que parece que lo que más interesa al director es mostrarnos la evolución de la relación entre Jim y Mary y cómo, poco a poco, van estrechando lazos hasta acabar enamorados. Es una obra tremendamente sutil y delicada que consigue transmitirnos perfectamente el enamoramiento entre ambos mediante algo en principio tan intrascendental como el tiempo que pasan en la feria. En ese sentido me recuerda mucho (salvando las distancias) al segmento central de Amanecer (1927) de Murnau en que la pareja protagonista se volvía a reconciliar pasando el día en la gran ciudad. En ambas películas la acción parece detenerse para simplemente recrearse en los dos protagonistas y su relación sentimental, y además tienen bastantes puntos en común que se repiten: la fotografía en pareja (impagable la cara con que sale él fotografiado), el parque de atracciones, la tormenta… El gran mérito tanto de Amanecer como de Soledad es que consiguen reflejar en sus imágenes la esencia de esa relación, ese algo indescriptible que nos hace notar la evolución de sus sentimientos.

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El húngaro Paul Fejos hace un excelente trabajo de dirección que consigue enriquecer una historia tan «pequeña». La primera parte del film nos explica mediante un ingenioso montaje paralelo un día cotidiano de cada uno: mientras ella se levanta con tiempo y se arregla coquetamente, él se despierta tarde y de forma cómica; ambos coinciden en el mismo bar sin darse cuenta; él trabaja en una fábrica y ella de telefonista haciendo el mismo horario, y finalmente ambos al salir del trabajo se sienten fuera de lugar porque sus amigos van a pasar la tarde con su pareja mientras que ellos están solos. El montaje paralelo se acaba de redondear con un genial trabajo de sobreimpresiones: mientras vemos la  jornada laboral de cada uno de fondo se mantiene en todo momento la imagen de un reloj que nos enlaza ambos personajes además de darnos a entender el paso del tiempo.

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Soledad es indudablemente una obra de su tiempo, una película que refleja perfectamente la estresante vida urbana de los años 20. De hecho Jim y Mary aparecen siempre rodeados de enormes multitudes (en el tranvía, en la playa, en el parque de atracciones…) y será este hecho el que les hará imposible volver a encontrarse en el parque de atracciones, puesto que en realidad no dejan de ser dos insignificantes personas más en mitad de una enorme multitud totalmente inconsciente de ese pequeño drama humano tan importante para sus protagonistas. En cierta forma se podría decir que el film intenta mostrarnos el surgimiento de un hecho tan sublime como es el encontrar a la persona amada en medio de una sociedad cada vez más inhumana y en la que el individuo no cuenta más que como otro miembro de la masa.

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Nacida Ayer [Born Yesterday] (1950) de George Cukor

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Divertida comedia dirigida por un maestro del género como era George Cukor. Basada en una exitosa obra de Broadway, el film recrea de nuevo el mito de Pigmalión contándonos como un periodista lleno de ideales llamado Paul Verrall es contratado por Harry Brock, un pez gordo de la mafia, para dar una buena educación a su amante Billie Dawn, una ex-corista algo tonta aunque de buen corazón. El motivo de este trato es que Brock está en Washington intentando conseguir los favores de un congresista, pero para ello necesita codearse con importantes personalidades del gobierno y su amante carece de los modales necesarios para moverse en reuniones de alta sociedad.

Se trata sin duda, una de las comedias más eficaces de Cukor, sustentada por un guión impecable, su trabajo como director (especialmente la dirección de actores, su mayor punto fuerte) y un sólido reparto. Del trío protagonista destaca con luz propia Judy Holliday interpretando a la ingenua amante de Harry, papel que le valió de un merecido Oscar. La actriz encarna a la perfección ese tipo de personaje siendo graciosa y creíble al mismo tiempo, consiguiendo que la mayoría de los mejores momentos cómicos nazcan de ella (no debemos olvidar que también era la protagonista de la versión teatral de la obra). Los otros dos papeles son encarnados a su vez por dos veteranos infalibles: el periodista es interpretado por William Holden y el mafioso es Broderick Crawford, a quien muchos recordamos especialmente por El Político (1949).

El conflicto del film llegará cuando descubramos que lo que Harry Brock entiende por educación es bastante distinto a lo que piensa Paul: Harry en realidad quiere que Billie siga siendo igual de tonta pero con modales para saber moverse en sociedad, Paul en cambio la educará en valores como la democracia, la igualdad y respeto entre seres humanos. Eso hará que Billie sea consciente de su situación y la de su amante y quiera romper con ese mundo.

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Aunque es tratado de forma muy superficial, durante el film surge brevemente el tema de la corrupción mediante el congresista que está siendo comprado por Harry. Dicho conflicto tiene su momento cumbre en esa maravillosa escena en que la ingenua Billie interroga a solas al político preguntando cómo puede ser que su amante sea capaz de tratarle así a él, que representa a miles de electores. Sin darse cuenta, con su ingenuidad está echando en cara al apesadumbrado congresista su corrupción. Curiosamente, aunque el tema no se profundiza y se zanja en la mayoría de escenas con frases que no dejan de recordarnos lo maravilloso que es el sistema americano, en su momento trajo controversias porque se dijo que ponía en duda el sistema político (recordemos que fue estrenada en el momento cumbre de la paranoia anticomunista y la caza de brujas en Hollywood, cualquiera que cuestionara mínimamente lo perfecto que era el gobierno americano era un sospechoso de comunista en potencia).
También pondrá Billie en evidencia a su mentor Paul sin darse cuenta cuando esté le explica el artículo que ella ha intentado leer en el periódico («Es lo más maravilloso que he leído nunca. No he entendido ni una palabra«), y ella le responde que por qué simplemente no lo escribió con las mismas palabras que ha usado para aclararle su significado. ¿Qué necesidad hay de utilizar una prosa compleja pudiendo llegar a todo el mundo con un lenguaje sencillo?

De la dirección de Cukor me gustaría destacar algunos aspectos como la maravillosa escena en que Billie y Harry juegan a cartas (la única cosa que hacen juntos como pareja en todo el film), rodada en un larguísimo plano estático con abundantes silencios pero lleno de detalles deliciosos como Billie fumando en una elegante boquilla y apagando el cigarro en un cenicero… con la boquilla incluida. También hay detalles sutiles muy bien buscados como cuando el congresista le hace una pregunta y ella en lugar de responder se queda titubeando. La cámara entonces encuadra brevemente el diccionario que tiene al lado dándonos a entender que lo que sucede es que no ha entendido la pregunta y está deseando consultar su significado. En definitiva pequeñas sutilezas que enriquecen más el film y lo hacen más disfrutable.

Todos estos elementos junto a un reparto en estado de gracia hacen de Nacida Ayer una memorable y divertida comedia clásica imprescindible para fans del género.

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Éxtasis [Ekstase] (1933) de Gustav Machatý

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Queridos lectores, la reseña que este Doctor escribió en un ya lejano 2009 ha quedado desfasada y tras un nuevo revisionado he decidido sustituirla por otra que creo que le hace más justicia a la película.

Una Jornada Particular [Una Giornata Particolare] (1977) de Ettore Scola

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Roma, 1938. Benito Mussolini recibe por todo lo alto a su aliado Adolf Hitler, y con motivo de la ocasión, se organizan toda una serie de desfiles públicos a los que acude gran parte de la población. Antonietta (Sofia Loren) es la madre de una típica familia de clase obrera que prepara a sus seis hijos y a su marido para que acudan al acontecimiento, pero ella debe quedarse realizando sus tareas de ama de casa. Por accidente, acaba conociendo a su misterioso vecino de enfrente, Gabriele (Marcello Mastroianni), un hombre inquietante pero amable que dice trabajar como locutor de radio. En realidad acaba de ser despedido por sus «tendencias depravadas» (en otras palabras, homosexualidad) y ha estado a punto de suicidarse hasta que apareció súbitamente su vecina.

La película se centra en la evolución de la relación entre los dos personajes a lo largo de todo el día en que se produce el famoso desfile. Todo el escenario en que sucede la historia es el bloque de pisos donde viven y se encuentran solos junto a una cotilla portera que advierte a Antonietta de que ese tal Gabriele es una mala influencia. No hay bellas melodías de amor, la única banda sonora que acompaña a los personajes es la omnipresente radio de la portera hablando sobre el pomposo desfile, como si ese acontecimiento y todo lo que ello representa estuviera sobre ellos constantemente.

Ambos son desgraciados en gran parte por culpa de ese tipo de gobierno que ha seducido al resto de personas: él es un homosexual y por tanto un marginal, ella es una ama de casa que por tanto se ve obligada a soportar las continuas infidelidades de su marido y a llevar una patética vida limpiando habitaciones y cocinando. Ambos están atrapados a su manera.
Sin embargo, la primera reacción de Antonietta al conocer la homosexualidad de Gabriele es rechazarle porque de hecho ella es una fascista convencida. Es otra de esas miles de personas que creía en el Duce (es curioso que las únicas actividades creativas que lleve a cabo estén relacionadas con su adoración a Mussolini: los recortes de prensa y su retrato hecho con botones), pero a partir de la atracción y fascinación que sentirá por ese desconocido se dará cuenta de sus prejuicios.

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Resulta curioso el contraste entre un acontecimiento de tanta magnitud e importancia histórica, el encuentro entre Hitler y Mussolini, y un hecho tan pequeño y supuestamente insignificante como el encuentro entre estos dos personajes.  Una jornada particular no es una historia de amor, es una historia de desolación, de desesperanza. No hay lucha, simplemente dos personas que se encuentran en las mismas circunstancias y que se consuelan mutuamente. Pese a que su encuentro amoroso está presentado con un erotismo y una delicadeza excelentes, no es tanto la consumación de un enamoramiento (no cabe olvidar que él es homosexual) como la de una frustración, la de sentirse solos y no queridos.

Sofia Loren y Marcello Mastroianni están formidables llevando gran parte del peso de la película (la mayor parte del metraje está compuesta únicamente por conversaciones entre ellos dos) y dando forma a personajes totalmente diferentes a los que nos tienen acostumbrados: Marcello, el seductor galán, aquí es un homosexual que durante su breve encuentro amoroso adquiere una actitud pasiva y casi temerosa; la normalmente glamourosa y seductora Sofia aquí es una frustrada ama de casa, con un rostro desgastado y una mirada cansada que nos dan a entender que es una flor marchita y sin esperanza. Estas dos actuaciones acompañadas de una sutil pero muy efectiva dirección de Ettore Scola acaban de conformar un memorable film.

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Gran Torino (2008) de Clint Eastwood

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Anunciada como la última película en la que el cineasta aparecería como actor, Gran Torino se trata de la mejor obra que ha facturado el veterano cineasta Clint Eastwood en este siglo junto a la imprescindible Mystic River (2003).

Aquí encarna a Walt Kowalski, un anciano veterano de la Guerra de Corea que, tras la muerte de su esposa, se encuentra solo en un mundo que él no entiende (¿o un mundo que tampoco le entiende a él?). Sus hijos nunca se han llevado demasiado bien con el anciano y su trato con ellos es frío e impersonal, desprecia al joven sacerdote de la parroquia que intenta serle de ayuda y convencerle para que se confiese y, lo peor de todo, su barrio está plagado de emigrantes a los que odia, especialmente asiáticos de origen Hmong. Sin embargo, con el tiempo (y al principio, contra su voluntad) acabará entablando una relación amistosa con su joven vecino Thao después de haberle defendido a él y su familia de sus primos, un grupo de matones que intentan que Thao pase a formar parte de su banda.

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La historia no es nueva para Eastwood, ya vimos en films como El Aventurero de Medianoche (1982) o Un Mundo Perfecto (1993) a un duro personaje que acaba entablando una relación paternofilial con un niño en problemas o necesitado de un modelo adulto a seguir. En Gran Torino, la historia se repite aunque en este caso el personaje paterno, Kowalski, no sólo es reticente a esa relación sino que al inicio del film desprecia a Thao. Aquí es donde entra el gran McGuffin del film: el Gran Torino, el hermoso coche de Kowalski que Thao intenta robar obligado por sus primos. A lo largo de la película vemos cómo Kowalski pasa de odiarle al tenerle por un ladrón de poca monta a cogerle aprecio e incluso llegar a cederle su amado Gran Torino, la mayor muestra de afecto que podemos esperar de él.

La forma como se nos muestra la evolución de su difícil relación está muy bien llevada por parte del guionista Nick Schenk, mostrando poco a poco los momentos clave que hacen que el racista y anticuado Kowalski pueda coger cariño a Thao (“Tengo más en común con estos amarillos que con mi maleducada familia”), todo ello gracias a la mediación de Sue, la hermana de Thao. Después de ayudarla cuando unos delincuentes la acosan (acto que lleva a cabo motivado más por un odio a la delincuencia juvenil que por sentir algún interés hacia los Hmong) acabará cogiendo aprecio a la joven al encontrarse por primera vez con una persona que parece inteligente, sabe devolverle sus insultos y además no parece temerle. Esto le llevará a relacionarse más adelante con Thao hasta el punto de convertirle en el hijo que echa en falta: le enseña a “hablar como un hombre” en la escena de la peluquería y hasta le proporciona su primer trabajo. En algunos aspectos seguramente es demasiado tópico en lo que respecta la evolución en la personalidad de Thao, como por ejemplo su relación con esa chica Hmong a la que finalmente se atreve a pedir una cita, pero en general es bastante creíble pese a lo difícil de la premisa inicial.

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Sin embargo, el gran tema del film no es sólo la relación entre dos polos supuestamente opuestos, un norteamericano racista excombatiente de Vietnam “adoptando” un joven y confundido Hmong, sino la violencia. Eastwood ha expresado muchas veces su rechazo hacia cualquier forma de violencia, y en Gran Torino vuelve a mostrarnos claramente su posición al respecto.

Si con Sin Perdón (1992) Clint Eastwood creaba el canto del cisne definitivo del western al mismo tiempo que daba otra dimensión al género condenando la violencia que él mismo empleaba años atrás, en Gran Torino sigue una estrategia muy similar. Como en Sin Perdón, el protagonista de esta película viene a representar el tipo de personaje que ha encarnado tantas veces a lo largo de su carrera y al que tanto se le suele asociar, es decir, todos los hombres duros al estilo Harry el Sucio o el Sargento de Hierro (y debo decir que siempre es un placer volver a ver a Clint encarnando este tipo de personajes). La visión que parece tener de ellos resulta bastante descorazonadora: esos hombres antaño imbatibles, duros e implacables ahora se nos presentan en forma de un personaje perdido, anticuado y fuera de su tiempo. Kowalski ya no es esa figura todopoderosa que encarnaba Eastwood en sus otras películas, sigue siendo un hombre duro que sigue teniendo una fuerte presencia pero ya no es imbatible y, sobre todo, no sabe desenvolverse en estos nuevos tiempos.
A lo largo del film se nos va mostrando algo que el padre Janovich resume a la perfección cuando dice que Kowalski parece saber más sobre la muerte que sobre la vida. Ese héroe de la Guerra de Corea no es el hombre duro que vimos en otras películas de Clint Eastwood que disparaba sin inmutarse, sino que en su vejez parece sentirse atormentado por su pasado.

Todo esto resulta decisivo en el segmento final cuando la familia de Thao es brutalmente atacada por la banda de delincuentes Hmong. Esto nos demuestra que el punto crucial del film no es el racismo (la familia de Thao se ve amenazada por unos delincuentes de su misma raza e incluso de la misma familia), y que Clint huye de los tópicos de blancos malos y asiáticos/negros buenos. Simplemente los Thao son una humilde familia que quiere vivir en paz y nunca podrá hacerlo. Sin embargo, la primera vez que intentó solucionar el problema mediante la violencia pegando una paliza a uno de los delincuentes no consiguió otra cosa que más violencia, ¿qué hacer entonces? La solución de este dilema es una de las claves del film: Kowalski descubre que no tiene sentido luchar usando más violencia, entre otras cosas porque arrastraría consigo al joven e inocente Thao, y lo último que quiere hacer es convertirle en alguien como él. Si además añadimos la circunstancia de que el personaje que ha hecho este descubrimiento sea encarnado por Clint Eastwood con todas las asociaciones que ello conlleva (sus personajes de hombres duros) podríamos leer esto como una reflexión final sobre que tras una carrera siendo un hombre de los que dispara antes de preguntar, en la madurez uno se da cuenta de que tanta violencia no conduce a nada.

El camino que emprenderá Kowalski será consecuencia de esta reflexión sobre la violencia. En estos tiempos el hombre más duro y valiente no es el que mata a más gente o dispara más rápido, sino el que sabe morir noblemente. Así pues, mientras que el antiguo Clint Eastwood habría emprendido una brutal y sangrienta venganza, aquí decide tomar otro camino completamente distinto, morir por una buena causa. Para ello acude a casa de la banda de matones y les amenaza desde la calle como si se tratara de un viejo duelo del Oeste (de nuevo tenemos el gran duelo final de Clint contra los malos). Pero por primera y única vez en su carrera, Clint no desenfunda el más rápido. De hecho ni llega a desenfundar, no va armado sabiendo que así podrán detener a la banda tras haberle matado.

Gran Torino es el fin del personaje de hombre duro de Clint Eastwood. Pero lo importante es que muere porque decide que no tiene sentido seguir disparando y prefiere morir acribillado (de hecho en toda la película sólo dispara un arma una vez, y lo hace por accidente). La última lección que nos dará este hombre duro en la pantalla es que los más valientes no son los que disparan y matan, sino los que no emplean la violencia y se sacrifican por otras personas. Sinceramente, no se me ocurre una mejor despedida que ésta para la carrera de Clint Eastwood como actor.

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Una Historia de Amor [En Kärleks Historia] (1970) de Roy Andersson

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El exitoso debut del director sueco Roy Andersson fue este film en que retrataba la tierna historia de amor entre dos adolescentes, Annika y Per. Pese a que la premisa pueda dar pie para un film ñoño y azucarado, la mirada de Andersson hace que el resultado sea más que interesante. En primer lugar, consigue retratarnos con gran sensibilidad la pureza y el encanto que supone vivir una relación amorosa por primera vez, pero al mismo tiempo lo hace sin caer en tópicos ni idealizando los personajes o situaciones. Tanto Annika como Per se comportan estúpidamente en más de una ocasión (o eso nos parece desde nuestros ojos de adulto) y además dicho comportamiento es mostrado con bastante sentido del humor aunque sin burlarse de los personajes. Un ejemplo típico es cuando cada uno pide a un amigo que haga de «mensajero» para decir al otro lo que no se atreven a decir cara a cara.

Sin embargo Andersson no profundiza mucho en los momentos clave de su relación ni se regodea en ese romanticismo. De hecho en muchas ocasiones opta por cortar drásticamente la escena y pasar a continuación a otra totalmente diferente, como cuando ambos se reconcilian después de su primera pelea y se pasa enseguida a una discusión familiar de los padres de Annika. Incluso las mismas escenas en sí huyen de toda idealización romántica, como ese primer beso que es ahogado por el ruido de un ensordecedor tren.
Andersson se centra en cambio en los momentos que parecen más insignificantes, parece interesarle más esas escenas en que se les ve haciendo acciones cotidianas que aparentemente no tienen trascendencia, como cuando tontean con la grabadora del padre de Annika mientras devoran unos bocadillos.
Es esta mirada la que hace de Una Historia de Amor un bonito film bien llevado que demuestra que se puede contar una historia tan sencilla como ésta sin caer en sensiblería barata. Nunca se dicen que se quieren pero uno lo siente por cómo interactúan y disfrutan juntos, ahí reside el acierto de Andersson, el de mostrarnos esa relación sin necesidad de subrayar el romanticismo.

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El otro gran acierto del film es la comparación entre el mundo joven y el mundo adulto. Todos los adultos parecen amargados e insatisfechos comenzando por el abuelo de Per, que no puede evitar llorar porque no soporta este mundo. En comparación con la joven pareja, los padres de Annika y, sobre todo, Per resultan patéticos y aburridos. Los padres de ella discuten a menudo y resulta obvio que son profundamente infelices, los de él parecen avenirse bien pero han caído en la rutina de la edad adulta. Uno no puede evitar deprimirse al pensar que esa joven pareja tan feliz en el futuro seguramente se acabará convirtiendo en alguien como sus padres.

En el último tramo, Andersson parece olvidar a sus jóvenes protagonistas y se centra por completo (quizás de forma demasiado brusca) en los adultos en el contexto de una fiesta en la que ambas familias se conocen. Aquí el film cambia completamente de tono y a veces parece haberse convertido en una especie de comedia cruel, sobre todo cuando al final, John, el padre de Annika, desaparece en el bosque enfadado y amargado. Al encontrar su gorro en el lago, el resto de invitados creen que pueda estar ahogado y todos inician la desesperada búsqueda mientras su mujer chilla patéticamente por el hombre que unos minutos atrás parecía odiar tanto. Mientras tanto, John permanece impertérrito en medio del bosque escuchando los gritos y hasta ayudándoles a hacer las tareas de búsqueda sin que éstos se den cuenta de que él está entre ellos, aumentando aún más el absurdo de la situación.

Cuando John es descubierto y vuelven todos a casa en silencio con actitud cabizbaja por lo sucedido, aparecen Per y Annika jugueteando completamente ajenos a todo lo sucedido. El contraste no podía ser más obvio: el patetismo de los adultos contrastado con la felicidad y pureza de ese primer romance.

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El Séptimo Cielo [Seventh Heaven] (1927) de Frank Borzage

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Chico es un joven que trabaja en las alcantarillas de París soñando con salir un día a la superficie con un empleo como el de barrendero. Paralelamente, Diane es una joven que vive en los bajos fondos con una hermana que la esclaviza y que intentará matarla cuando, por su culpa, pierden la oportunidad de ser acogidos por sus ricos tíos. En medio de esa trifulca, Chico le salva la vida a Diane y, para evitar que la policía la arreste, testifica a su favor diciendo que es su mujer. Después de eso, acogerá a la joven de manera temporal hasta que la policía compruebe la veracidad de su declaración.

El Séptimo Cielo es un melodrama clásico que sigue todos los esquemas y convenciones de la novela de folletín: la joven bella y virginal que es todo pureza, la hermana malísima y cruel, el héroe apuesto y valiente, el destino implacable que les pondrá miles de obstáculos para intentar separarles en vano, etc. Siendo el argumento tan hartamente previsible, la importancia del film radica por tanto no en lo que se cuenta sino en la forma cómo nos es presentado este melodrama «bigger than life».

La realización de Frank Borzage es lo mejor de esta obra, con una puesta en escena impecable que se beneficia de un buen uso de los decorados y los juegos de luces y sombras. A destacar el largo plano en que se nos presenta el edificio donde vivirán los protagonistas: mientras ellos van subiendo de piso a piso la cámara les va siguiendo sin hacer ningún corte hasta llegar a la séptima planta, enfatizando aún más la distancia a la que se encuentran. Tal y como dice Chico, de día trabaja bajo tierra en las alcantarillas y de noche está en cambio más cerca de las estrellas que nadie.

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El punto débil que le encuentro al film es el ritmo con el que se cuenta la historia. Se recrea demasiado en el planteamiento, en el momento en que los dos personajes se conocen y él empieza a trabajar de barrendero, para luego profundizar muy poco en la evolución de su relación. Sabemos que ella está enamorada de él pero no vemos un progreso paulatino en los sentimientos de él hacia ella, que repentinamente acaba pidiéndole en matrimonio sin que tuviéramos indicios de que la correspondía. Del mismo modo, las escenas bélicas están excelentemente dirigidas pero se me antojan un tanto gratuitas y que se desvían en exceso la historia principal.

Toda esta trama da pie a dos subtemas que van relacionados con el principal. El primero, que no me convence demasiado, es el de la fe en Dios. Chico se considera ateo porque Dios no consigue ayudarle dándole un buen empleo y una mujer. Al final, cuando consigue ambos deseos, acaba creyendo por fin en el Bon Dieu. Del mismo modo, Diane se hunde cuando sabe de la muerte de Chico y arremete contra Dios por haber estado años esperando y confiando en él, hasta que finalmente Chico atraviesa la puerta y se funden en un abrazo iluminado por un rayo de luz, que simboliza la consagración definitiva de su relación y, al mismo tiempo, la vuelta de Diane al sendero de Dios tras darse cuenta de su error.
Encuentro mucho más interesante el subtema del valor. Chico se define como un hombre que no teme nada, y anima a Diane a seguir su ejemplo. Será a través del amor cuando no sólo ella perderá el miedo (atreviéndose incluso a enfrentarse a su hermana) sino que él perderá algo de valor y confesará tener miedo a la guerra porque no quiere perderla.

Finalmente, el reparto en general hace un buen trabajo pero cabe destacar la labor de una jovencísima Janet Gaynor de apenas 20 años (a la que muchos recordamos por Amanecer de Murnau) que le valió un Oscar en la primera ceremonia de la Academia.

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La Mujer en la Luna [Frau in Mond] (1929) de Fritz Lang

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La última película muda de Fritz Lang resultó ser también una de sus obras más memorables. Partiendo de un guión de su esposa Thelma von Harbou (escritora de todas sus grandes películas de su etapa alemana), este film de ciencia ficción nos narra la primera expedición llevada a cabo hacia la luna desde una perspectiva seria, diferenciándose de la visión más fantasiosa de obras como la célebre Viaje a la Luna (1902) de Méliès.

Pese a sus 160 minutos, La Mujer en la Luna no llega a aburrir en ningún momento en gran parte debido a que Lang divide el film en dos argumentos claramente diferenciados. Durante la primera parte se nos cuenta cómo el anciano profesor Manfeldt confía a su buen amigo el ingeniero Helius sus escritos sobre un posible viaje a la Luna que planean realizar. Manfeldt teme que una poderosa organización trate de robarle esos valiosos documentos movidos por la posibilidad de que haya oro en la Luna.
Esta primera mitad es una clara deudora de otros films de intriga del director como Dr. Mabuse (1922) o Los Espías (1928). Se repiten aquí temas que ya aparecieron en esas obras como la presencia de una misteriosa organización que aspira a aumentar su poder o la caracterización de algunos de esos criminales para engañar al protagonista.

Destaca en esta parte de la película la maestría de Lang y von Harbou para narrarnos la historia de manera que los acontecimientos se sucedan de forma tan seguida que no se llegue a aburrir al espectador en ningún momento y, al mismo tiempo, saber dosificar la información. En ese sentido cabe mencionar la presentación de los principales personajes al inicio del film en la casa del profesor y de sus conflictos personales mediante flashbacks, que nos muestran la humillación que sufrió el profesor en su juventud cuando propuso el viaje a la Luna, y a Helius recibiendo una carta de su compañero Windegger en que le informa que va a casarse con Fride, mujer que él también ama. Gracias a ese recurso se agiliza mucho más la acción concentrándola en una sola noche.

Así pues, en los primeros 80 minutos del film no nos encontramos aún nada que nos haga suponer que estamos contemplando una obra de ciencia ficción, sino que se centran en mostrarnos cómo las organizaciones poderosas que dominan el mundo se hacen con el control de dicha expedición científica por fines lucrativos: el posible oro lunar.

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A continuación se nos sitúa directamente en el despegue de la nave espacial, ahorrándonos todos los preliminares. Es aquí cuando vemos al Fritz Lang de Metrópolis (1927) haciendo un trabajo sencillamente magistral en la recreación del acontecimiento. Tanto la nave como los procesos por los que pasa antes del despegue están tratados con una veracidad digna de asombro. La dirección de Lang y los excelentes efectos especiales consiguen que incluso hoy en día no notemos los numerosos trucajes y maquetas que tuvieron que emplear para recrear la nave y la maquinaria que la pone en funcionamiento. También cabría mencionar en ese sentido al ingeniero Hermann Oberth, que asesoró tan eficazmente a Lang sobre la construcción de la nave que el gobierno alemán luego ordenaría destruir las maquetas y decorados del artilugio por ser demasiado realistas.

La voluntad de realismo también queda patente al tratar temas como la ingravidez o la fuerte presión a la que se someten los aeronautas cuando la nave despega. En contraste, cuando llegan a la Luna se pierde el realismo al olvidarse de la falta de gravedad y permitir que los personajes puedan respirar sin necesidad de bombonas de oxígeno.
Como curiosidad histórica, se decidió que los segundos antes del despegue se hicieran con una cuenta atrás por un motivo de lo más lógico: si se cuenta hacia delante el espectador no sabe en qué número despegará la nave, pero contando hacia atrás todos sabemos que despegará al llegar a cero, por tanto es mucho más eficaz hacer una cuenta atrás desde el punto de vista dramático, porque así se genera suspense. Fue a raíz de este film cuando se decidió adoptar la cuenta atrás previa al despegue no sólo en más obras de ciencia ficción sino incluso en la vida real.

Otro aspecto importantísimo que no olvida Lang al hablarnos del despegue es la repercusión que tiene este acontecimiento en la sociedad de masas y de los medios de comunicación. Miles de espectadores, locutores de radio y cámaras de cine siguen emocionados el desenlace de ese hito histórico. Como dice uno de los personajes, el mundo entero está viendo y escuchando qué hacen, hecho que el director nos muestra visualmente con el plano que mostramos abajo.

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A bordo de la nave se encuentran el profesor, Helius, su amigo Windegger, la prometida de éste Friede, un misterioso hombre que representa a la organización con la que se han visto obligados a colaborar y un niño como polizonte. El drama está servido: por un lado está el inevitable triángulo amoroso (Helius ama a Friede pero no quiere traicionar a su amigo) acentuado por el hecho de que Windegger sólo piensa en volver a la Tierra; por otro lado, tenemos al espía de la organización que nunca se sabe a ciencia cierta hasta qué punto se puede confiar en él. Los conflictos humanos en situaciones extremas suelen ser muy eficaces en este tipo de obras y aquí von Harbou sabe explotarlos a la perfección. Tan pronto como alunizan, el profesor pierde la cabeza y se va a investigar el paraje él solo, el espía intentará traicionarles a todos cuando descubra el oro y por último está el ya mencionado triángulo amoroso.

Todo ello tiene lugar en una Luna excelentemente recreada y creíble que de nuevo nos obliga a quitarnos el sombrero ante los responsables del film (especialmente inolvidable es el plano en que se ve como pierden de vista la Tierra). Todos estos conflictos llegan a su punto cumbre en el clímax final en que pierden una de las bombonas de oxígeno y tendrán que decidir quién de ellos no regresará a la Tierra. La resolución quizás sea algo típica, pero es un final esperanzador que puede darnos a entender la posibilidad de un nuevo mundo en la Luna donde los hombres puedan habitar en más paz y armonía que en la Tierra.

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El Viejo y el Niño [Le Vieil Homme et l’Enfant] (1967) de Claude Berri

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Conmovedora película ambientada en Francia durante la II Guerra Mundial. El protagonista es un niño judío llamado Claude, que es enviado por sus padres a un pueblo hasta que finalice la contienda para mantenerlo lejos del peligro nazi. Ahí se alojará en la casa de los ancianos padres de una amiga de su familia. Sin embargo, el entrañable abuelo  Pepe alberga un profundo rencor hacia los judíos, por lo que Claude tendrá que ocultar su identidad a sus protectores.

Resulta ejemplar la forma cómo se trata en este film un tema tan delicado y quemado como es el antisemitismo. A veces parece olvidarse que no todos los que apoyaron la persecución judía eran auténticos malvados de mirada aviesa y sin corazón. Por muy duro que sea reconocerlo el antisemitismo es algo que ha existido siempre y que a veces aflora incluso en personas tan entrañables como el personaje de Pepe.
Berri nos presenta la historia con una absoluta imparcialidad, sin recrearse en elementos melodramáticos o situaciones forzadas. Pepe es un personaje que cae bien al espectador hasta el punto de que sus continuos discursos antijudíos nos resultan graciosos pese a su contenido. No podemos evitar simpatizar con ese ancianito que cuida a su perro como si fuera su propio hijo, que juega con ese niño con tanta ternura y que, para mayor recochineo, es vegetariano porque cree que es inhumano devorar a seres vivos. Todo esto contrasta con el desprecio y el odio que parece sentir no ya sólo hacia los judíos sino también hacia masones y bolcheviques.

La historia está llevada de una forma que huye de todo moralismo, y prueba de ello es que Pepe jamás llegará a saber que ese niño al que tanto adora es un judío. Ese habría sido el desenlace más previsible y que el espectador teme en todo momento, pero a los guionistas no parece interesarles esa situación. No quieren que veamos cómo Pepe aprende una valiosa lección sobre tolerancia, sino que contemplemos su relación con el niño, que seamos testigos del íntimo vínculo que se establece entre ellos sabiendo nosotros la verdad. No se pretende caer en el tópico de que veamos como el personaje «equivocado» es consciente de su error o se plantea un dilema moral, en todo caso dicho dilema va dirigido a los espectadores, pero nunca a Pepe.

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Cabe destacar también la magnífica interpretación de la pareja protagonista, pero sobre todo la de Michel Simon como Pepe, a quien podemos recordar por sus papeles secundarios en films tan diversos como L’Atalante (1934) de Jean Vigo,  El Cebo (1958) de Ladislao Vajda o El Tren (1964) de John Frankenheimer. Su personificación consigue que Pepe adquiera vida propia, que seamos capaces de verlo no ya como un personaje sino como una persona real de carne y hueso. Es en gran parte suyo el mérito de que la película funcione tan bien.
El pequeño Alain Cohen en su primer papel cinematográfico hace también un buen trabajo al comportarse con naturalidad consiguiendo ese gran reto que es que un niño nos resulte creíble actuando en una película. Claude es un personaje muy interesante también, ya que al no conocer sus pensamientos y ser totalmente inocente llega un punto en que no sabemos si se cree los discursos de Pepe sobre los judíos o si simplemente le sigue la corriente (por ejemplo, en cierta escena dice que ha tenido una pesadilla porque ha soñado que era judío).

Por último, la realización de Berri ayudada por una buena fotografía en blanco y negro contribuyen a dotar este film de una pureza y de una delicadeza especiales. Cabe destacar las escenas en que Claude juega en el campo con su amiga o con Pepe, de una belleza y autenticidad asombrosas. Son estos pequeños momentos los que parecen que más interesan a Berri, el conseguir retratar la armonía en la que viven sus personajes, una armonía bajo la cual se esconde algo terrible aunque no lo parezca.

Una pequeña joya a reivindicar.

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