Críticas

The End of August at the Hotel Ozone [Konec srpna v Hotelu Ozon] (1966) de Jan Schmidt

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A veces menos es más, y precisamente lo que hace que un film gane puntos es partir de una premisa bastante escueta y sencilla, sin complicaciones añadidas y explicando lo mínimo al espectador. Es el caso de esta película checa de ciencia ficción.

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¿La situación? Un futuro incierto en que el ser humano se ha extinguido prácticamente del todo. ¿Los protagonistas? Una anciana y unas jóvenes supervivientes que deambulan por el mundo en busca de más personas, a poder ser hombres con los que poder perpetuar la raza humana. Una vez expuesta la premisa, no hacen falta más detalles para hacer una película interesante.

No sabemos cuándo, por qué ni cómo ha sucedido este holocausto. En cierto momento se habla del último periódico publicado y que un día de repente dejaron de llegar. Y aunque nos gustaría leer ese ejemplar que suponemos esbozaría algunas claves de lo que pasó, el film sigue adelante sin satisfacer nuestra curiosidad.

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The End of August at the Hotel Ozone es un relato de pura supervivencia, mujeres que deambulan por los campos y edificaciones en ruinas sin rumbo fijo, simplemente buscando más personas. De hecho el hotel al que hace referencia el título y que introduce un nuevo elemento en el film (la aparición de otro superviviente) aparece a la mitad del metraje. Hasta entonces vemos a las chicas y la anciana en su rutina habitual, inspeccionando terrenos, recogiendo lo que les pueda servir y avanzando inexorablemente.

La anciana es el único vínculo con el mundo antiguo, la que debe explicar a las jóvenes cómo era antes y que recuerda nostálgica imágenes de su pasado. Asimismo es la que ejerce de líder: las castiga cuando se comportan de forma inmadura (por ejemplo con el fuego que provocan al principio) y las ayuda cuando se quedan bloqueadas y necesitan a alguien que les inspire confianza para guiarlas (la escena de la iglesia en ruinas).

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Ellas a cambio se comportan como puras amazonas salvajes. Montan diestramente a caballo, manejan con facilidad las armas de fuego y, lo más destacable de todo, no parecen sentir ningún tipo de sentimientos, son casi más animales que personas. Ello lo demuestran en algunas escenas en que se encuentran con otros animales como un perro o una serpiente y los acaban matando sin ningún motivo concreto. Dichas escenas pueden resultar bastante desagradables al ser auténticas, culminando con el asesinato y posterior descuartizamiento real de una vaca. La escena ya es de por sí desagradable, pero lo más destacable a nivel fílmico es que nos muestra cómo las chicas realizan ese acto con toda la naturalidad del mundo, incluso contentas por haber encontrado comida. Cualquier atisbo de la anterior civilización se ha perdido, a cambio nos queda una generación de jóvenes desprovistas de sentimientos, comportándose como niñas y atacando por inercia.

La breve duración del film (hora y cuarto) contribuye a que éste no llegue a hacerse pesado aún teniendo un estilo bastante contemplativo, pero igualmente es inevitable dejarse fascinar por sus imágenes y su premisa.

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Yo Amé a un Asesino [He Ran All The Way] (1951) de John Berry

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A veces uno se pregunta cuántas joyas ocultas de cine negro quedan aún por descubrir, sobre todo cuando se encuentra por enésima vez con una película del género cuyo título no era especialmente conocido y que acaba siendo una obra formidable. Es lo que sucede con Yo Amé a un Asesino, un film que no ha trascendido demasiado salvo por su pareja protagonista pero que tiene todos los ingredientes para no decepcionar.

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La historia es bastante concisa: Nick Robbey es un delincuente que lleva a cabo un atraco con un amigo, pero es sorprendido por la policía y huye con el botín dejando a su compañero herido en la escena del robo. En su huida, se cuela en unas piscinas públicas y conoce a una chica, Peg Dobbs, con la que coquetea para pasar más desapercibido. Decide acompañarla a casa mientras decide qué hacer, pero una vez en casa de los padres de ella se pone nervioso y decide retenerla a ella, sus dos padres y su hermano menor a la espera de que se calme la situación – una premisa por tanto muy similar a la de Horas Desesperadas (1955) de William Wyler.

Curiosamente, Yo Amé a un Asesino vino a ser como una cesta en que se reunieron varias manzanas podridas a ojos del gobierno, al incluir a integrantes de las listas negras sospechosos de ser comunistas en aquel entonces: el director John Berry, los guionistas Dalton Trumbo y Hugo Butler (el film está basado en una novela del primero) y el protagonista John Garfield. Sin duda un film como éste sería el sueño del senador McCarthy.

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Uno de sus puntos fuertes es la pareja protagonista. Por un lado, John Garfield, quien hace una excelente interpretación como ese delincuente desconfiado y poco inteligente, cuyos actos a menudo no son especialmente acertados pero que encajan con su personalidad paranoica. Por el otro lado, tenemos a Shelley Winters bordando el papel de joven tímida e inocente. El personaje de Peg es especialmente conmovedor, con esa actitud de buena chica que descubre por primera vez a un hombre que siente interés por ella (o finge sentirlo). En una escena una amiga hace referencia a su dificultad por encontrar citas y saber relacionarse con hombres, lo cual sumado a la descripción que hacen de ella sus padres («es una buena chica», «confiamos en ella porque siempre nos ha sido sincera») acaba de definir el personaje. Winters consigue mostrarnos la ambivalencia de Peg: su carácter sumiso y correcto respecto a la excitación de conocer a Nick.

Nick es el intruso que penetra en el hogar destruyendo lo que era una familia feliz y armónica. Su invasión del piso mediante Peg le lleva a destruir ese núcleo familiar bucólico creando por primera vez una ruptura en la relación de Peg con sus padres (e indirectamente entre el hijo menor y su padre, ya que éste le recrimina que no reaccione a las amenazas del criminal). Por otro lado, Nick, que como familia solo tiene a una madre alcoholizada, hace algún intento por convivir entre ellos como uno más, por ejemplo ofreciéndoles una suntuosa cena que éstos rechazan. Su desenlace acabará viniendo condicionado por su incapacidad no tanto de integrarse como de confiar en los demás, o de distinguir cuándo son realmente sinceros con él y cuándo debe desconfiar.

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Se trata de un ejemplo típico de guión breve pero excelentemente aprovechado, que sumado a una buena realización, la magnífica plantilla de secundarios (especialmente Wallace Ford como el padre) y la fotografía en blanco y negro del siempre infalible James Wong Howe redondean el resultado final.

Como último detalle, decir que se trata de la última película protagonizada por James Garfield, quien quedaría fuera de Hollywood por las listas negras y moriría un año después. Se trata de un inmejorable final de filmografía a una carrera que se vio interrumpida por uno de los episodios más funestos y de los que menos se quiere hablar de la historia reciente de Estados Unidos.

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La Fiesta de San Jorge [Prazdnik svyatogo Yorgena] (1930) de Yakov Protazanov

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A veces sucede que, curiosamente, la película más recordada de un cineasta en su país no corresponde en absoluto con la que le representa en el resto del mundo, o viceversa. Eso es lo que sucede con Yakov Protazanov, cineasta soviético que hasta ahora ha sido recordado básicamente por su película de ciencia ficción Aelita (1924) o, en mucha menor medida, por su drama La Reina de Picas (1916), considerado el film más importante hecho en la Rusia zarista. Pero lo cierto es que Aelita no representa en absoluto el cine de Protazanov, quien en los años 20 dirigió una serie de comedias muy divertidas que además superan con creces a su film más famoso en occidente. De hecho la película que nos ocupa hoy es la más popular de su director en Rusia, superando en ese aspecto no solo a Aelita sino a otros clásicos del cine mudo soviético más célebres internacionalmente.

Y hay que reconocer que no es una apreciación equivocada: La Fiesta de San Jorge (1930) es efectivamente una de las mejores películas que he podido ver de Protazanov y tiene suficientes cualidades como para ser considerada una de las grandes obras del cine soviético de la era muda. Su único «defecto» es no seguir un estilo tan vanguardista como las obras de otros compañeros suyos, lo que la deja aparte en las historias del cine respecto a otras obras y cineastas más influyentes.

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Los protagonistas son dos ladronzuelos: uno más elegante y distinguido que se escapa de la cárcel y otro de poca monta que le ayuda en su fuga. En su huida de la policía se dirigen a las fiestas dedicadas a San Jorge, con la esperanza de esconderse entre todo el gentío. Pero en cierto momento, el primero de ellos queda atrapado en una iglesia mientras afuera tiene lugar una solemne ceremonia y solo se le ocurre una forma de escapar: disfrazarse de San Jorge y fingir ser el santo que ha bajado del cielo.

De entrada, la carismática pareja protagonista son una clara prolongación de una de las comedias más exitosas de Protazanov, El Proceso de Tres Millones (1926), en que se nos ofrecía una divertida trama que implicaba a tres ladrones: uno de porte aristocrático, otro más torpe e inocente que cometía pequeños hurtos y un banquero. En La Fiesta de San Jorge no sólo la pareja protagonista es idéntica a la del film anterior sino que la interpretan los mismos actores: Anatoli Ktorov e Igor Iliinsky. Es más, para enfatizar la similitud, Mikhail Klimov, que en la película anterior era el «ladrón» respetable dentro de la legalidad (un banquero) aquí encarna a su análogo en la Iglesia: un obispo. Solo ese detalle nos da a entender el gran tema de la película.

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La última película muda de Protazanov es ni más ni menos que una de las críticas más contundentes y mordaces que se hayan hecho a la Iglesia en la historia del cine. De hecho, su ataque a una institución tan respetable es tan directo, rozando directamente el insulto acusador, que hoy día sigue sorprendiendo por su temeridad. En La Fiesta de San Jorge los miembros de la Iglesia se preocupan únicamente de todos los beneficios que puedan extraer de la festividad, de hecho se comportan como codiciosos empresarios antes que como portadores de la palabra de Jesucristo. Para ellos esta festividad es la época cumbre del año por todos los beneficios que pueden extraer a partir de los ingenuos creyentes, a quienes les venden productos como pelos de San Jorge o lágrimas embotelladas del santo que luego vemos almacenadas en un armario en cantidades industriales.

El film se inicia con un divertido prólogo que en primer lugar parece una solemne escena hagiográfica, hasta que descubrimos que en realidad es el rodaje de una película sobre el santo producido por la Iglesia con motivo de la festividad. Más adelante los obispos contemplan el material rodado, que supone una clara parodia de estos dramas solemnes y que incluye alguna divertida toma falsa como la escena en que el santo camina sobre las aguas y es interrumpido bruscamente por unos veraneantes en bote. Los dos obispos le piden al director «menos psicología y más milagros» y más adelante veremos el film anunciado como un thriller religioso (un género que sin duda merecería cultivarse por todas las posibilidades que ofrece).

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Una vez entran en juego nuestros protagonistas, Protazanov se toma su rato antes de entrar en el gran conflicto de la película, que en realidad se reserva para el final. Hasta entonces va combinando pequeñas viñetas humorísticas para mayor gloria de Iliinsky con imágenes de la festividad de San Jorge. En lo que respecta al primer tipo de escenas, Iliinsky, un actor inmensamente popular por entonces, se dedica a explotar su faceta cómica casi slapstick mientras huye de la policía. En contraste, las escenas de la fiesta retratan el penoso sentimiento religioso del pueblo llano, a quien Protazanov no duda en comparar cínicamente con un rebaño de ovejas. Esta parte del film me recuerda a algunas escenas de Las Noches de Cabiria (1957) y La Dolce Vita (1960) de Fellini, en que también se retrataba el fuerte sentimiento religioso rozando la superstición del pueblo italiano y de cómo las masas acaban casi enloqueciendo en este tipo de situaciones.

Cuando ambas tramas se acaban uniendo, tanto una faceta como la otra del film salen beneficiadas: el momento en que el ladrón se hace pasar por San Jorge es el más divertido del film pero también el más crítico. No se piensen que los obispos se indignen con el protagonista por usurpar la identidad del santo, sino porque eso les resta beneficios económicos. Y aquí es donde además el film acaba de mejorar del todo dependiendo de la versión que uno visione del mismo.

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Dicha película se estrenó en 1930, con la llegada de las primeras obras sonoras. En consecuencia, a los pocos años se decidió añadirle sonido para reestrenarla de forma que ganara atractivo para el público. Normalmente estos experimentos de post-sonorización solían ser traumáticos y daban lugar a versiones de una calidad muy inferior… pero ésta es la excepción, el film de Protazanov ganó incluso más. Aunque los añadidos fueron una banda sonora, efectos de sonido y algunos diálogos, se mantuvieron la mayoría de rótulos de forma que uno no se libra de la sensación de estar viendo un film mudo. La gracia está en que Protazanov hizo de esos nuevos diálogos añadidos otro gag que enfatizaba aún más la hipocresía de los personajes eclesiásticos.

En esta nueva versión, toda la narración pasa a formar parte del discurso que da el obispo en una iglesia donde predica sobre su encuentro con el santo. La contradicción entre su versión de los hechos (lo que escuchamos) y la realidad (las imágenes y rótulos) es absolutamente hilarante: uno de los sacerdotes se regodea de haber sido el primero en reconocer al santo, pero en las imágenes vemos como se lanza a él y le tilda de farsante; el principal narrador habla de cómo le ofreció gustosamente a su hija al santo, en la escena que vemos el mismo obispo grita a su hija que se esconda de ese delincuente; en el momento en que el santo se marchó, ellos aseguran que vieron como se elevaba al cielo y no pudieron contener unas lágrimas de emoción, en la realidad vemos cómo el ladrón se va en un coche que le han proporcionado para huir a la frontera mientras los dos obispos empiezan a reír llenos de felicidad. Todo el discurso no es más que una farsa.

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De todo lo que he visto de Protazanov, La Fiesta de San Jorge es el mayor acierto del cineasta. Cinematográficamente mantiene el estilo tan visual que caracterizaba el cine mudo pero además se beneficia del sonido no como un simple complemento sino como una nueva forma de crear gags. Y no solo resulta realmente divertida sino que contiene una de las críticas más brutales que he visto a la Iglesia.

Tanto Anatoli Ktorov como Igor Iliinsky, dos actores muy conocidos y apreciados por el público, repiten el mismo tipo de personajes de El Proceso de Tres Millones y están impecables: Ktorov con su galantería seduciendo a la joven aspirante a ese extraño concurso para ser la prometida de San Jorge (¿un precedente de Miss Rusia?), Iliinsky huyendo de la policía y luego convirtiéndose en un milagro con patas, cuyo relato sobre cómo quedó tullido va volviéndose más dramático a medida que bebe más vino.

Una comedia tan divertida como mordaz a descubrir.

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Testigo Silencioso [The Silent Partner] (1978) de Daryl Duke

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Explorando dentro del interesante mundo de los thrillers americanos de los 70, hacia los que un servidor siente cierta debilidad, acabé topándome con este interesante film canadiense que fue todo un éxito en su época y hoy ha quedado relegada como una de esas muchas buenas películas algo olvidadas salvo para los amantes del género.

La premisa de la que parte, basada en una novela del danés Anders Boldensen, es más que atrayente, e incluso me atrevería a decir que el resultado final no sabe estar a su altura. Se nos presenta a Miles Cullen, un cajero de banco con un estilo de vida algo aburrido y apático – su única afición destacable es coleccionar peces raros en su acuario, sin ánimo de ofender a los apasionados del tema – quien no consigue siquiera que le haga caso su compañera Julie Carver, hacia la que se siente atraído. Pero un día su vida dará un vuelco cuando descubra casualmente que su banco va a ser atracado por un hombre disfrazado de Santa Claus, el cual llevó a cabo previamente una tentativa frustrada hasta que fue interrumpido por un niño. Cullen decide entonces aprovecharse de la situación y se guarda para sí mismo una enorme suma de dinero que se debe depositar ese día. Cuando el delincuente lleva finalmente a cabo el atraco, Cullen le da sólo una porción del dinero y se queda la mayor parte. En consecuencia, la policía buscará al delincuente por un robo de 48.300 dólares cuando sólo se llevó una pequeñísima parte de esa cantidad. El problema que tendrá que afrontar nuestro protagonista es que el delincuente en cuestión, Harry Reikle, no es un atracador cualquiera sino un tipo con brotes psicóticos dispuesto a cualquier cosa por recuperar toda la suma.

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Efectivamente, la base argumental de Testigo Silencioso resulta muy atractiva: el clásico conflicto en que un hombre normal y corriente se involucra en un crimen cuyas consecuencias de le escapan de las manos, partiendo además de una idea ingeniosa que, irónicamente, se remata depositando el dinero robado en el propio banco en una caja personal. No obstante, creo que el film empieza con mucha fuerza y luego acaba decayendo progresivamente a mitad de metraje. La primera parte, en que vemos los detalles del robo y el acoso por parte de Harry para que le dé el resto del dinero, es de un suspense infalible. Pero cuando el protagonista consigue que el atracador sea temporalmente arrestado, la película inevitablemente acaba perdiendo interés al dejarse de lado temporalmente el argumento principal.

Con el conflicto principal temporalmente aparcado, a mitad de la película se recurre a una historia de amor como sustitución del conflicto con Harry, pero no consigue funcionar del todo en gran parte por un guión que no logra hacer que su relación parezca más sólida, sobre todo cuando esta última deba poner a prueba su lealtad hacia Miles mostrando un cambio de personalidad bastante poco creíble. En ese punto del film, éste se acaba sustentando por completo en la figura del actor protagonista Elliott Gould, sin el cual se haría difícil llegar hasta el final. Gould, que en aquella época gozaba de cierta popularidad en gran parte gracias a sus colaboraciones con Robert Altman – su Philip Marlowe es una de las mayores bazas a favor de la curiosa y algo fallida versión de Un Largo Adiós (1973) – consigue dotar de vida a un personaje teóricamente gris y aburrido. Nunca sabemos del todo hasta qué punto Miles tiene todo planificado o sencillamente está improvisando fruto de las circunstancias que se le presentan. Su perenne expresión confusa de hombre de recursos limitados es magnífica porque no sólo logra engañar al resto de personajes mientras comete su plan, sino al propio espectador, que más de una vez descubrirá asombrado cómo éste se ha adelantado a los acontecimientos (por ejemplo en lo que concierne a su relación con el personaje de Elaine).

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El balance final no obstante tampoco es negativo. Como muestra de thriller menor pero efectivo, Testigo Silencioso cumple su cometido, cuenta con dos actuaciones especialmente destacables en su reparto (aparte de Elliott Gould, Christopher Plummer funciona bastante bien con su personaje medio psicópata) y tiene algunos momentos de suspense muy logrados así como un desenlace muy bien pensado. Además, la adaptación del guión corre a cargo de Curtis Hanson, futuro director del excelente neonoir L.A. Confidential (1997).

Recomendable por tanto a los aficionados como un servidor a los thrillers de los 70.

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La Saga de Gunnar Hedes [Gunnar Hedes Saga] (1923) de Mauritz Stiller

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Décadas antes de que Ingmar Bergman se convirtiera en el gran director escandinavo por excelencia, ya hubo en la era muda dos cineastas suecos cuya maestría tras las cámaras les hizo famosos en el mundo entero: Victor Sjöstrom y Mauritz Stiller.

Ambos consiguieron su pasaporte a Hollywood, el primero sobre todo gracias a La Carreta Fantasma (1921) y el segundo con La Saga de Gosta Berling (1924). A día de hoy ha sido más recordado el primero gracias a que su carrera en Estados Unidos tuvo suficiente éxito y, por supuesto, por el papel que le brindó uno de sus mayores admiradores – el ya citado Bergman – en Fresas Salvajes (1957). A su lado, Stiller parece haber quedado algo más olvidado, pero en su momento su prestigio estaba al mismo nivel que el de su colega, y por las películas suyas que nos han llegado no resulta extraño que alcanzara fama más allá de su país.

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La película que hemos escogido está basada muy libremente en una novela de Selma Lagerlöf – famosísima escritora sueca que proporcionó el material base de muchas de las mejores películas de Sjöstrom y Stiller – y cuenta como protagonista con un joven llamado Gunnar Hede criado en una familia acaudalada. Su madre aspira a que se convierta en un hombre de negocios, pero él en realidad se siente fascinado por la figura de su padre, que fue un violinista itinerante. Como todo adolescente rebelde, desobedecerá los juiciosos consejos maternos y seguirá a un par de músicos itinerantes seducido por su bonita hija.

Uno de los aspectos por los que el cine escandinavo de la época se hizo tan célebre fue su – por entonces – innovador uso del paisaje. Por mucho que por ejemplo los westerns también se sirvieran de los entornos desérticos cercanos a la colonia de Hollywood, los cineastas como Sjöstrom y Stiller llevaron esa idea a su máxima expresión, fundiendo por completo a los protagonistas con los entornos nevados y haciendo que la salvaje naturaleza sea una expresión de los momentos de mayor dramatismo de la trama.

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Si en La Saga de Gosta Berling Stiller legó a la posteridad la impresionante secuencia de la huida de los protagonistas a través del hielo acechados por una manada de lobos, en este film anterior su equivalente es la secuencia del rebaño de renos en mitad de la tormenta. No obstante, lo mejor de la película es el tratamiento psicológico de su protagonista y el motivo recurrente de la música: Gunnar Hede abandonó su hogar siguiendo su instinto que le llevaba a seguir su vocación artística, y será al final la música la que le devolverá a la cordura. Otro aspecto en que films como éste o el anterior El Tesoro de Sir Arne (1919) destacan especialmente es la maestría a la hora de combinar un tratamiento realista de los personajes con elementos más fantásticos (las alucinaciones de Gunnar Hede, el sueño de la violinista) perfectamente integrados. Stiller nunca deja que los actores sobreactúen o que esos elementos desvirtuen lo que es un drama sobre las relaciones humanas, pero tampoco renuncia a la fascinación que nos pueden aportar esas imágenes.

Una de las mayores virtudes del cine escandinavo de esa época es la capacidad para armonizar el impresionante mundo exterior simbolizado por los imponentes paisajes naturales con el íntimo mundo interior de los personajes, aportándoles una psicología profunda. La Saga de Gunnar Hede es una buena muestra de ello.


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Una Vida Marcada [Cry of the City] (1948) de Robert Siodmak

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A día de hoy Robert Siodmak ha alcanzado suficiente estatus entre la comunidad cinéfila como para no tener necesidad de presentarlo ya como una figura oculta y olvidada del Hollywood clásico: es imposible hablar de cine negro sin citar su nombre, puesto que en los años 40 dirigió un buen número de films imprescindibles para el género, y su estilo tan expresionista sirve como ejemplo de manual del vínculo entre el cine alemán de los años 20 – no olvidemos que él era de origen germano – y la influencia que tuvo en el Hollywood clásico a través de los cineastas que emigraron a la Meca del cine huyendo del nazismo. Hoy nos ocuparemos de otra obra que reafirma este nuevo estatus que está adquiriendo.

Una Vida Marcada – de nuevo es de lamentar que no se restringieran al más significativo título original, «El Llanto de la Ciudad» – fue una de sus obras más celebradas, narrando la historia de un joven criminal, Martin Rome, quien está hospitalizado por un tiroteo en que mató a un policía. Cuando descubre mediante un abogado sin escrúpulos que se les pretende implicar a él y su novia en otro crimen, decide escaparse para ponerla a ella a salvo y, de paso, huir juntos a otro país. Les seguirá el rastro de cerca el Teniente Candella, criado en el mismo barrio que Martin pero que acabó situándose al lado de la ley.

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No puedo evitar pensar que Una Vida Marcada se gestó partiendo del hecho de que el film noir en esa época había sido más que explotado y que por tanto los espectadores conocerían todos los clichés y recursos del género. Por ello su narración da pie a diversas presunciones que luego sorprendentemente no se cumplen, que es en mi opinión el rasgo que hace que la película sea bastante especial. Ese inicio con Martin gravemente herido en la cama de un hospital, los comentarios acerca de su pasado delictivo y las menciones difusas a un tiroteo y un robo de joyas del que no conocemos nada nos predisponen de inmediato a la estructura de flashback tan repetida en el género negro: un personaje nos detallará cómo acabó metido en el mundo del crimen, sabremos detalles de su relación con esa chica y conoceremos los pormenores del tiroteo en que mató a un policía. Nada de eso sucede. Ese flashback al que parece que vamos a vernos abocados jamás llega. Es más, tampoco se nos darán más detalles sobre todo lo que ha sucedido antes de su hospitalización, y ése es uno de los aspectos más transgresores de la película al alejarla de los tópicos.

Por ejemplo, nunca conocemos mucho de su relación con la joven por la cual está emprendiendo esa huida. Tradicionalmente deberíamos conocer detalles que nos justifiquen todo ese esfuerzo, pero la realidad es que ese personaje permanecerá ausente toda la película salvo al inicio y el final, lo cual a su vez implica que no hay romance. Tampoco sabremos nada sobre el tiroteo que ha condenado al protagonista por haber matado a un agente de la ley. ¿Esperaban una explicación que le justificara? Nada de eso, simplemente él asegura que fue en defensa propia pero, ¿cómo podemos creerle después de ver su comportamiento a lo largo de toda la película? Todo el film está definido por esas elipsis tan marcadas, en que el guión opta por saltarse momentos supuestamente relevantes (la charla de Candella al hermano menor de Martin, el encuentro de Martin con el personaje de Shelley Winters, que no sabemos quién es ni por qué le ayuda) dándole un tono más confuso pero que no deja sitio para bajones a nivel de ritmo. Una de las razones por las que el cine negro es uno de los géneros más apasionantes del Hollywood clásico es porque era de los pocos que permitían estas pequeñas transgresiones de la lógica y coherencia que exigía el estilo clásico.

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No era ésa la intención inicial de Darryl Zanuck, quien había pensado en una típica estructura de flashback narrado por la novia en que además se explicara cómo había llegado Martin a ese punto (esto ya les suena más familiar, ¿verdad?). Sí que se mantuvo su intención de dotar de una gran importancia al entorno urbano, ya que de hecho impulsó este film encuadrándolo dentro de un ciclo de películas criminales urbanas, en que se dejara más de lado la estética expresionista típica de estudio por un acercamiento semi-documental. Este enfoque tuvo su auge en esos años como demuestran las otras películas que produjo, El Beso de la Muerte (1947) de Henry Hathaway y Boomerang (1947) de Elia Kazan, así como otros films de esa misma época como La Ciudad Desnuda (1948) de Jules Dassin.

Siodmak, que siempre había destacado por sus puestas en escena tan góticas, no se sentía cómodo con este enfoque y de hecho a diferencia de Kazan o Dassin prefería mucho antes filmar en estudio que en exteriores. Por ello esta película, parcialmente filmada en Nueva York, tiene un estilo más contenido de lo habitual en él. Pero el estilo propio de Siodmak acaba al final imponiéndose, como queda de manifiesto en la forma que le imprime a espacios como el hospital o la cárcel que acaban haciéndose casi asfixiantes, o en algunos planos especialmente llamativos que rompen con una posible estética documental. Uno de ellos directamente es uno de los más impresionantes que he visto en su filmografía: aquél en que Martin va a visitar a la enfermera que fue cómplice en el robo de las joyas. Éste llama al timbre y vemos a través del cristal una figura recortada con el fondo que se va acercando. A cada puerta que cruza enciende una nueva luz dándole a esta aparición un toque casi espectral, hasta que llega a la puerta principal y entonces la podemos ver con detalle. Dicho recurso sin duda se beneficia del imponente físico del personaje de la enfermera, quien de lejos parecía simplemente una mujer y de cerca se revela como una presencia amenazadora.

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La relación entre Martin y Candella tiene muchos puntos en común con películas tipo Ángeles con Caras Sucias (1938) de Michael Curtiz, en que se contrapone a dos personajes de origen humilde: uno que ha escogido convertirse en una figura respetable (un sacerdote, un policía, etc.) y otro que se ha vuelto un criminal. En este film dicho contraste no se evidencia hasta la mitad del metraje, en que vemos más claramente las similitudes entre ambos que se ponen de manifiesto en un diálogo en que cada uno defiende el camino que han escogido.

Las escenas en que Candella acude a la familia de Martin muestran cómo el policía se siente familiarizado con este tipo de ambiente y siente un enorme respeto por la madre de Martin, a la que ni siquiera reprocha que oculte a su hijo en la tensa escena que sucede en la cocina – un detalle que me gusta mucho: cuando Martin encañona a Candella y le ordena que tire su arma, éste responde que no tiene que preocuparse, puesto que no disparará en presencia de la madre del delincuente, una especie de código de honor que va por encima del resto. A otro nivel, ambos tienen en común detalles como utilizar a la familia de Martin para sus propósitos e intentar ganarse la simpatía de su hermano pequeño, también ambos son disparados y ambos se escapan del hospital.

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Si bien uno esperaría la típica redención final en la escena de la iglesia, el film sigue fiel a su estilo más ambivalente: aunque nos sentíamos identificados con Martin como protagonistas, al final se revela como un criminal sanguinario y el más frío Candella acaba siendo el héroe. Es significativo de hecho que inicialmente se pensara asignar el papel de Martin a Victor Mature, quien podría encajar mejor como criminal, pero al final se tuvo la astuta decisión de darle el de oficial de la ley. De esta manera, el criminal es interpretado por un actor más carismático y con mayor facilidad para poner al espectador de su parte, y el policía por otro más inexpresivo, que tiene tanta dificultad por congeniar con el público como con el niño que encuentra en el piso de la familia de Martin, quien le mira con desconfianza.

Aún así, para mí uno de los lastres del film es la pareja protagonista. Victor Mature sigue siendo para mí uno de los grandes misterios del Hollywood clásico: ¿cómo pudo alcanzar cierto nivel de notoriedad un actor tan palpablemente incapacitado para la interpretación y que no podía compensar su inexpresividad ni siquiera con algún tipo de carisma especial? Por otro lado, Richard Conte era sin duda uno de los actores más importantes del género negro en esa época, pero nunca he conseguido que me guste. No obstante, es de reconocer que es una buena elección por su ambigüedad, ya que al espectador le sería mucho más fácil aceptar a Mature que a Conte como criminal. Al final, cuando Martin está a punto de conseguir su propósito, Candella le recuerda a todas las personas que le han ayudado y que han pagado por ello (¿habrá pensado el espectador también en ellas?). Si en la primera escena le teníamos medio moribundo al lado de un cura que le leía los sacramentos, en la última se nos repite una imagen similar en una iglesia. El círculo se cierra, la historia ha terminado igual que comenzó, pero por el camino varios personajes han muerto o pagado las consecuencias. ¿Ha valido la pena que escapara del hospital para ello?

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Mi Tío de América [Mon Oncle d’Amérique] (1980) de Alain Resnais

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Alain Resnais era sin duda uno de los cineastas más imaginativos y transgresores de los que se dieron a conocer en Francia a principios de los años 60. Y recalco lo de «imaginativo» porque siguiendo el transcurso de su filmografía uno nota una voluntad de no repetirse, de probar cosas nuevas y de no acabar convirtiéndose en una copia descolorida de sí mismo. Así pues, en las últimas décadas de su carrera sorprendió con un curioso giro hacia la comedia e incluso el musical (On Connaît la Chanson) o con propuestas tan curiosas como la de Smoking/No Smoking (1993) en que se muestra una misma historia y sus diferentes desenlaces en función de las decisiones que toman sus personajes.


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En Mi Tío de América (1980) Resnais decidió combinar sus inicios en el terreno del documental con un argumento de ficción. La idea era combinar algunos segmentos documentales en que un neurobiólogo (Henri Laborit) hablaba sobre los elementos que condicionan el comportamiento de los animales con las historias de tres personajes. En teoría, la explicación de Laborit permitiría entender la forma de proceder de los tres protagonistas, que se nos muestran como unas ratas de laboratorio a las que el guionista ha sometido a ciertas condiciones para comprobar su reacción.

Cada uno de ellos nos es presentado en paralelo con una minibiografía personal, mostrada de la misma forma sintetizada que si fueran objetos de estudio: su lugar de nacimiento, su relación con sus padres, su infancia… En primer lugar tenemos a René, hijo de granjeros, que trabaja como ejecutivo en una fábrica textil y se ve en la encrucijada de aceptar un puesto de dirección en otra sede que le separaría de su mujer e hijos. Jean es un burgués nacido en una pequeña isla que aspira a ascender como político y que tiene una aventura amorosa con Janine. Ésta es hija de una familia comprometida políticamente que decide abandonar su hogar para probar suerte en el teatro como actriz.

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Son tres argumentos de ficción que de por sí no tienen nada especial, pero que sirven a Laborit y Resnais como ejemplo de las circunstancias que condicionan el comportamiento humano. Uno de los mayores puntos a favor de la película es que en realidad son historias que desde el punto de vista cinematográfico podrían sostenerse por sí solas, y que de hecho no parece que su evolución busque expresamente coincidir con las teorías de Laborit. Al contrario, su desarrollo es el que uno esperaría de un drama y los comportamientos de sus personajes nos parecen normales, y eso es lo que buscaba Resnais: él no quiso desarrollar las historias teniendo en cuenta lo que diría el neurobiólogo, sino darles forma y luego mirar cómo encajaban dentro de esa explicación científica.

Es decir, no da la sensación de que las historias se fuercen adaptadas al discurso que van a acompañar. De hecho, una de las primeras ideas de Resnais fue elaborar todo el film a través de material ya existente de otras películas, puesto que estaba convencido de que en realidad la mayoría de argumentos existentes encajarían con ese discurso conductual. Afortunadamente se echó atrás, y lo que habría sido un interesante ensayo acabó siendo una gran película.

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Otro aspecto en que el director se muestra especialmente acertado es en no permitir que el discurso devore la ficción. Él sabe que lo que más le interesa al espectador son las tramas, y éstas ocupan el grueso del largometraje, dejando las explicaciones de Laborit como breves apariciones a lo largo del metraje.

Como complemento, también se van insertando a lo largo del film fragmentos de películas antiguas protagonizadas por Danielle Darrieux, Jean Gabin y Jean Marais que sirven para puntuar las emociones y reacciones de los protagonistas en momentos determinados. Dicho recurso encaja con el discurso que expone el film, ya que se tratan de los actores favoritos de los tres personajes y sin duda éstos han ejercido una fuerte influencia en ellos de forma más o menos consciente. Por ello, cuando se enfrentan a cierta situación es inevitable que estén condicionados por su admiración a esos actores clásicos, ya sea en su forma de reaccionar o de imaginar lo que están viviendo. Como cinéfilo me resulta especialmente conmovedora esta idea, que aunque no se profundiza en el discurso del neurobiólogo queda bastante bien enunciada: la forma como el cine nos influye aunque sea inconscientemente en nuestro día a día.

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Yo creo que lo que hace tan interesante el film es su pretensión de dar una explicación a ciertas conductas de los personajes con las que nosotros podemos sentirnos identificados por representar situaciones del día a día de la vida moderna: las difíciles relaciones sentimentales, sobre todo cuando hay un tercer implicado; la dificultad de compaginar la realización personal a nivel laboral y familiar, etc. En francés, se utiliza la figura de «un tío de América» para evocar el mito de un conocido que ha dejado su país para hacer fortuna en América y volver como alguien rico. A lo largo del film sólo se evoca esa imagen en un par de ocasiones, pero parece darnos a entender la idea de que cuando éstos personajes abandonaron su hogar enfrentándose a sus familias buscaban la prosperidad asociada con ese motivo.

En conclusión, Mi Tío de América puede tomarse como un curioso experimento entre realidad y ficción, que nos hace plantearnos el por qué de nuestras acciones a partir de una narración, o simplemente puede disfrutarse como película olvidando esos elementos relacionados con la neurobiología. El enfoque de Resnais permite que éstos no se hagan farragosos ni pedantes, sino como un complemento a tener en cuenta o no – otra cosa es si desde el punto de vista científico la teoría está bien formulada, pero este humilde Doctor no posee conocimientos de esta materia en concreto para poder juzgarlo.

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Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo [Tange Sazen yowa: Hyakuman ryo no tsubo] (1935) de Sadao Yamanaka

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Existe una fotografía bastante conocida en que se ve juntos a los directores Sadao Yamanaka y Yasujiro Ozu vestidos de uniforme militar. Ambos estaban destinados a la campaña de invasión de Manchuria pero solo uno de ellos regresó. Eran dos de los directores más importantes de Japón en aquella época, pero solo uno ha obtenido el reconocimiento que merece gracias a una extensa carrera. Resulta muy tópico formularse este tipo de preguntas pero no puedo evitar caer en la tentación: ¿qué habría sido de Sadao Yamanaka de haber sobrevivido? ¿sería hoy otro gran nombre del cine japonés a la altura de Ozu, Kurosawa, Mizoguchi y Naruse? ¿o habría permanecido  como un gran director asociado a una época concreta? A día de hoy solo nos han llegado tres obras de su prolífica carrera a causa de que la mayor parte del cine japonés producido antes de la II Guerra Mundial ha desaparecido, y según dicen algunos historiadores éstas no tienen por qué haber sido necesariamente las mejores. Y no obstante, aunque no lo fueran, justifican que el nombre de Sadao Yamanaka haya resurgido con fuerza en los últimos años.

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A él se le atribuye la renovación del jidai-geki, es decir, las películas de época. Según palabras suyas, su intención era filmar los jidai-geki como si fueran gendai-geki (películas de ambientación contemporánea), por tanto mantener la ambientación pretérita con sus códigos pero dándole el estilo más ágil y natural de los dramas contemporáneos. De esta forma, buscaba acabar con el estilo tan hierático y solemne de los films de samurais, demasiado anclados en la tradición nipona, y poner su mirada en el tipo de películas que llegaban de occidente: desde las comedias de René Clair hasta los musicales, dos de las influencias más notorias del film que nos ocupa.

Para ello, Yamanaka no dudaba lo más mínimo en tomar personajes conocidos por el público y reconvertirlos por completo, desvelando una faceta inédita de los mismos. En Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo hizo lo propio con Sazen Tange, un popular personaje de ficción que nació en la literatura y conoció numerosas adaptaciones fílmicas. Se trataba de un samurai que, a causa de una traición, sufrió un ataque en el que perdió el ojo y el brazo derechos. Eso no le impedirá seguir viviendo aventuras en las que demuestre ser un excelente luchador pese a sus limitaciones físicas. Yamanaka sabía que el público japonés conocía a este misterioso personaje, y por ello su jugada es aún más digna de elogio: consiguió al actor que lo había interpretado en las famosas versiones cinematográficas, Denjiro Okochi, y le situó… ¡en una comedia! El antaño legendario samurai ahora tiene un rol indeterminado en una casa de juego donde se pasa el día haciendo el vago y gruñendo. La propietaria de la casa, Ofuji, entendemos que es su amante, pero olvídense de escenas románticas, su relación es parecida a la de un matrimonio maduro exento de pasión y que se basa más en los tiras y aflojas del día a día (en los cuales, para más recochineo, Sazen siempre sale perdiendo).

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En cuanto al argumento, todo gira en torno a una vasija barata que en su interior alberga el secreto para acceder a un tesoro escondido de un millón de ryo. Dicha vasija estaba en manos de un gran señor, pero cometió el error de regalársela a su hermano menor Genzaburo antes de conocer su auténtico valor. Éste a su vez la vende a unos chatarreros después de soportar las quejas de su esposa, quien no quiere tener esa cosa horripilante en su casa. Cuando éste descubre también su auténtico valor, la vasija ya ha pasado a manos del hijo del chatarrero, Yasu, quien la usa para guardar a sus peces. No obstante, el padre es asesinado por unos maleantes al salir de una casa de juego y el niño es adoptado por los ya mencionados Sazen Tange y Ofuji, quienes por supuesto tampoco conocen el valor de la vasija.

Si todo esto no les convence de la original forma como Yamanaka encaró un género tan rígido como el jedai-geki, déjenme desvelarles un par de detalles más: nunca llegaremos a ver el famoso millón de ryo (convirtiendo la vasija en un auténtico McGuffin) y Sazen Tange a duras penas podrá demostrar sus habilidades con la espada (de hecho ni siquiera existe el clásico enfrentamiento final). Difícilmente Yamanaka podría satisfacer menos las expectativas iniciales de un espectador que acudiera al cine con el aliciente de ver la primera película sonora de Sazen Tange.

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Salvo unos momentos puntuales dramáticos, todo el film se mueve en un estilo ligero y divertido. Un recurso repetido continuamente y que demuestra una asimilación total del cine sonoro – recordemos que en Japón se consolidó mucho más tarde que en el resto del mundo, de hecho en la época de esta obra aún se producían films mudos – son las discusiones entre dos personajes en que uno de ellos se niega a ceder y en el siguiente plano se muestra cómo ha acabado haciéndolo. Sazen quiere que Yasu aprenda a luchar, Ofuji dice que debe ir a la escuela. Yamanaka corta el diálogo antes de que lleguen a un acuerdo y en la siguiente escena vemos a Yasu preparado para ir a la escuela. La propia Ofugi se niega a mantener al niño y en la escena siguiente le vemos comiendo. Más adelante rehusa comprarle unos zancos de bambú, pero seguidamente le vemos utilizándolos. Yamanaka se basa en la comicidad de mostrar cómo siempre es el personaje más débil el que se sale con la suya.

Del mismo modo, aunque uno esperaría que la recompensa del millón de ryo sería un aliciente para cualquier personaje, a la práctica Genzaburo utiliza esa excusa para escabullirse a la ciudad y pasarse el día jugando. Pero lo mejor de todo es que este personaje, teóricamente antipático por su actitud perezosa y sus continuas mentiras, acaba siendo un aliado de Sazen, quien al final le ayudará a recuperar el respeto de sus hombres.

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El resultado final es una magnífica revisión de los códigos del jidai-geki, una subversión de un mítico personaje convirtiéndolo en objeto de comedia (de la que por cierto Kurosawa seguro que tomó nota para su Sanjuro). Eso sí, manteniendo el estilo eminentemente japonés en la puesta en escena: la práctica ausencia de primeros planos, el uso de espacios vacíos (el asesinato del chatarrero tiene lugar totalmente fuera de encuadre) y la contención con que se exponen las emociones de los personajes (véase el precioso plano de Yamu después de haber recibido la noticia de la muerte de su padre).

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Tres Menos Dos [La Proie pour l’Ombre] (1961) de Alexandre Astruc

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Alexandre Astruc fue uno de los críticos y teóricos de cine más importantes surgidos en Francia después de la II Guerra Mundial, célebre sobre todo por haber acuñado el concepto «caméra-stylo» («cámara-bolígrafo»), que sostenía que el manejo de la cámara era similar al de un bolígrafo siendo utilizado por un escritor. Pero al margen de esa faceta más conocida, Astruc también probó suerte en la realización de films aunque con desigual suerte, ya que su carrera como director no ha conseguido la relevancia de otros críticos metidos a cineastas de sobras conocidos. Pese a que Tres Menos Dos no es su debut cinematográfico, su salida fue pareja al boom de las nuevas olas francesas, con las que compartía estilo e incluso, si se quiere rizar el rizo, temática, ya que el adulterio fue el tema principal de algunas de las primeras obras de estos realizadores – véase por ejemplo Los Amantes (1958) de Louis Malle o La Piel Dura (1964) de François Truffaut. En este caso dicha relación ilícita tiene como protagonista a Anna, una mujer burguesa quien, cansada de su matrimonio con Éric, se lanza en brazos del mucho más excitante Bruno.Proie pour l'ombre (2)

La clave de este triángulo no está tanto en el aspecto romántico del mismo como en lo que significa cada relación para Anna. Éric es un exitoso empresario que le ha facilitado a ella una galería de arte donde pueda trabajar exhibiendo cuadros, pero su actitud parece buscar más darle algo «con que entretenerla» que proporcionar un sincero apoyo a sus inquietudes. De hecho, en una cena de sociedad Éric no se corta ni un pelo a la hora de hacer público cómo va pagando cada mes los gastos de la galería de su mujer, para satisfacer lo que podría verse como un capricho. Anna por supuesto no soporta esa dependencia de su marido y anhela una mayor libertad. Eso es lo que cree encontrar en Bruno.

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Me gusta especialmente la escena con que se abre el film, en que Anna y Bruno se van a separar y ella intercambia con éste algunas frases corteses como despedida proponiéndole que le llame para cenar con su marido. Éste responde rudamente que ambos saben que no va a hacer nada de eso y la besa al instante, derribando esa barrera de decoro social.

Si bien el tema es interesante, no puedo evitar pensar que Astruc tampoco logra extraer de él todo el jugo que uno podría esperar y más siendo un tipo de argumento de sobras conocido por el espectador. A cambio, su sobria y elegante dirección entronca con el estilo de la época. Sus planos secuencia de hecho fluyen con tanta perfección que a veces uno no es consciente de que la cámara lleva varios minutos filmando sin interrupción.

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Esa apuesta por largos planos le sirve sobre todo para dar importancia a los escenarios en que se mueven los personajes, permitiéndoles moverse con libertad mientras la cámara va siguiéndoles en la distancia. Los edificios en ruinas, los apartamentos con muebles art-déco, el estudio de grabación o la casa rural acaban siendo indisociables del drama humano que tiene lugar ante ellos. En ese aspecto, creo que el film tiene vínculos clarísimos con el cine de Antonioni, tanto por la importancia del espacio como por la forma de tratar las relaciones entre unos personajes que no logran comunicarse entre sí.

Siendo bueno el resultado final, quizá a uno le queda la sensación de que Tres Menos Dos acaba siendo una obra mediana cuyo estilo y temática están demasiado vinculadas a otras películas de la época con las que acaba siendo inevitable hacer la comparación y que son claramente superiores.

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Noche de Estreno [Opening Night] (1977) de John Cassavetes

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Después de haber trabajado juntos en una película tan intensa como Una Mujer Bajo la Influencia (1974), Gena Rowlands le dijo a su marido y director John Cassavetes que nunca volvería a ponerse bajo sus órdenes en un film. El motivo es que había sido una experiencia tan agotadora que no se atrevía a repetirla. Cassavetes opinó igual y por ello en su siguiente obra optó por una temática y un tipo de personajes con los que pudiera distanciarse: El Asesinato de un Corredor de Apuestas Chino (1975), su improbable acercamiento al cine de gángsters. Pese a ello, les faltó tiempo para romper su promesa y volver a embarcarse en otro proyecto, ya que después de todo, aunque implicaba un trabajo muy duro, el resultado final valía la pena. No se equivocaron en ninguno de los dos puntos: el rodaje fue tan infernal como el del anterior film – o, si cabe, aún más – pero el resultado final fue la que muchos consideran la obra cumbre de la carrera de Cassavetes (yo me incluyo, aunque la pongo al mismo nivel que Una Mujer Bajo la Influencia).

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Desde su misma concepción, Noche de Estreno (1977) lo tenía todo para ser su película definitiva. Era una reflexión sobre la madurez ambientada en el mundo del teatro donde Rowlands encarnaba a una prestigiosa actriz, Myrtle Gordon, que protagoniza una obra sobre una mujer que ha de enfrentarse al hecho de que estaba envejeciendo. Cuando tras una función la actriz presencia el atropello de una joven admiradora, entrará en crisis, incapaz de afrontar la obra y su propio envejecimiento.

Pero curiosamente cuando el primer montaje de la película fue recibido favorablemente, Cassavetes, contra todo pronóstico, se lo tomó mal. ¿A qué otro director le habría molestado algo así y más cuando había puesto en juego su propio dinero en dicha producción? Lo que tanto le preocupaba al inquieto cineasta es que le había quedado una “gran” película, el típico film de calidad que lo tenía todo para agradar a los críticos y los cinéfilos, que le reportaría palmaditas en la espalda por haber hecho una película tan sensible y profunda. Cassavetes, el cineasta que filmaba al margen de la industria con el poco dinero que podía recaudar con un equipo formado por amigos, se había asentado, había madurado.

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Todo ello se le antojaba insoportable y su faceta inconformista de enfant terrible le llevó a remontarla para convertir Noche de Estreno en una película más difícil y, sí, más imperfecta. Además cambió el final por otro mucho más ambiguo para que el público no tuviera la satisfacción de un final feliz o dramático, sino la duda de cómo había acabado la historia. Esta nueva versión gustó menos y de hecho no pudo siquiera distribuirla en Estados Unidos, pero eso ya le dejó más tranquilo. El cine, para Cassavetes, no tenía que ser fácil. Y la perfección a menudo es reconfortante y tranquilizadora, mientras que el caos resulta inquietante y provoca sensaciones encontradas, eso es lo que quería provocar. Sacrificando la que podría haber sido su gran obra a nivel crítico y de público, Cassavetes se reafirmó a sí mismo, pero lo interesante es que el resultado final siguió siendo una película magistral… aunque siendo fiel a su estilo.

Noche de Estreno podría considerarse como el reverso de Una Mujer Bajo la Influencia. En su anterior colaboración juntos, Rowlands interpretaba a un ama de casa que sufría brotes de locura que le llevaban a exteriorizar de forma desaforada sus emociones y sentimientos, mientras que en este film encarna a una actriz en crisis incapaz de interpretar una obra. En Una Mujer Bajo la Influencia el personaje de Rowlands debe reprimir sus impulsos emocionales, mientras que en Noche de Estreno su protagonista siente por primera vez la necesidad de vomitar todo lo que tiene en su interior a través de esa obra teatral. Mabel Longhetti y Myrtle Gordon no podrían ser dos personajes más contrapuestos, pero Rowlands consigue dar vida con absoluta autenticidad a ambos y Cassavetes demuestra ser capaz de utilizar su estilo de dirección tan intenso en dos contextos totalmente distintos.

Más que seguir la crisis de Myrtle mediante una trama lineal que intente dar a entender su problema, Cassavetes, típico en él, agarra al espectador y le hace viajar a la deriva junto a ella. Aquí no tenemos la ventaja de ser el espectador que conoce todo y observa cómodamente desde la distancia, sino que nos implica directamente, lo cual nos deja tan confusos como ella.

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Por otro lado la película nos muestra con gran precisión la tiranía del mundo del teatro. Cómo por imperativos del directo desde que una obra de teatro da inicio uno se ve obligado a seguir adelante como sea, sin ninguna concesión a una crisis nerviosa o malestar personal; la absoluta vulnerabilidad que representa estar actuando ante una audiencia ante la cual uno siempre debe mantenerse dentro de papel (el primer gran pecado que comete Myrtle a ojos del resto de miembros de la obra es haber roto esa norma durante una representación); el desgaste que supone estar metiéndose noche tras noche en la piel de un personaje que a lo mejor no resulta confortante y viviendo una serie de experiencias incómodas (el gran problema que tiene Myrtle con la obra es que no da esperanza y resulta cruel, ¿no debe ser agotador pasar por ese calvario noche tras noche?).

Aunque obviamente no es el único film que refleje todo lo que sucede entre bambalinas durante una representación teatral, creo que pocos han captado tan bien como éste el caos y el suspense que se sucede en cada función en directo cuando algo parece que no va bien, como es en este caso el intento de Myrtle de intentar seguir adelante con el show tras haber llegado borracha al estreno de la obra en Broadway. Vemos entonces cómo mientras el resto de actores en el escenario hacen que la maquinaria sigue imparable su curso (repiten los mismos diálogos que hemos oído anteriormente), tras los decorados Myrtle batalla por mantenerse en pie sabiendo que cuando llegue su momento debe salir a escena interpretando el papel que el público espera de ella. No es desde luego el mejor contexto en el que sobrellevar una crisis personal como la que ella está sufriendo.

Las mejores películas de Cassavetes no dejan la satisfacción “limpia” de haber visto una gran película (como era según parece Noche de Estreno en su montaje inicial) sino que uno le ve las aristas y les nota ciertos defectos. Algunas escenas se hacen demasiado largas y parece que se está concediendo demasiado tiempo a momentos muertos, y las ideas que hay en el guión van emergiendo de forma desordenada e incoherente. Tampoco existe el apoyo de un trabajo técnico impecable (aunque no es un director tan descuidado en ese aspecto como podría parecer, simplemente le da al film una forma que concuerde con su contenido), y por ello al final uno se enfrenta únicamente a las soberbias interpretaciones y los dilemas de sus personajes expuestos en carne viva.

Cassavetes siempre basó su estilo en la dirección de actores. La prioridad de su cámara es capturar hasta el más mínimo detalle de sus interpretaciones supeditando el resto de elementos de la puesta en escena a esa necesidad. Cuando quería dejarles espacio, se mantenía en planos generales que alargaba con libertad para darles tiempo a que se expresaran. En cambio, cuando quería profundizar en el interior de uno de los actores, la cámara se aproximaba en primeros planos tan cerrados que a veces llegaban a desenfocarse. Uno de los rasgos que encuentro más maravillosamente especiales del cine de Cassavetes son esos primeros planos, a menudo tan inarmónicos y que parecen hechos por un hombre tan ansioso por capturar un gesto o un sentimiento que casi toca a los actores con la cámara. Y en ese sentido Noche de Estreno es en cierto modo un estudio a fondo de Gena Rowlands. No pretendo por ello desdeñar al resto de actores, también fantásticos (el propio Cassavetes, Ben Gazzara, los veteranos Paul Stewart y Joan Blondell)  pero el caso es que Rowlands hace aquí una de las mejores interpretaciones que jamás he visto y el director, consciente de ello, nos ofrece numerosos primeros planos que captan hasta el más ligero matiz de su rostro y que de paso revelan la edad de la actriz, ya que es el gran tema de la película. Pocas veces un director supo filmar tan bien a una actriz como en este caso.

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En la escena final de Noche de Estreno, el personaje de Rowlands comete el que sería el pecado más grande para cualquier actor al sabotear no sólo su obra sino su propia interpretación. Al final ella y el otro protagonista, encarnado por el propio Cassavetes, acaban improvisando, dejando atrás los diálogos de la obra y desbocándose por completo. Chillan, ríen, hacen bromas, se increpan el uno al otro. Cassavetes mantiene en todo momento la cámara en un plano general para no hacer de elemento intrusivo en el que es el momento más especial y auténtico de la película. No es una escena conmovedora ni tampoco abiertamente cómica, resulta extraña, en cierto modo patética, pero parece auténtica y sincera.

Por primera vez Myrtle se ha atrevido a ser realmente ella misma. Y aunque el final sea tan abierto, no cabe ninguna duda de que para Cassavetes ésa es la victoria al margen de que su carrera se haya salvado o no, del mismo modo que para él su prioridad era ser fiel a él mismo aunque eso implicara hundir la suya. Noche de Estreno es tanto por su contenido como por sus circunstancias de producción una loa a la autenticidad y ser uno mismo, porque según él es de ahí de donde emerge el verdadero arte.

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