Críticas

Una Vida Marcada [Cry of the City] (1948) de Robert Siodmak

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A día de hoy Robert Siodmak ha alcanzado suficiente estatus entre la comunidad cinéfila como para no tener necesidad de presentarlo ya como una figura oculta y olvidada del Hollywood clásico: es imposible hablar de cine negro sin citar su nombre, puesto que en los años 40 dirigió un buen número de films imprescindibles para el género, y su estilo tan expresionista sirve como ejemplo de manual del vínculo entre el cine alemán de los años 20 – no olvidemos que él era de origen germano – y la influencia que tuvo en el Hollywood clásico a través de los cineastas que emigraron a la Meca del cine huyendo del nazismo. Hoy nos ocuparemos de otra obra que reafirma este nuevo estatus que está adquiriendo.

Una Vida Marcada – de nuevo es de lamentar que no se restringieran al más significativo título original, «El Llanto de la Ciudad» – fue una de sus obras más celebradas, narrando la historia de un joven criminal, Martin Rome, quien está hospitalizado por un tiroteo en que mató a un policía. Cuando descubre mediante un abogado sin escrúpulos que se les pretende implicar a él y su novia en otro crimen, decide escaparse para ponerla a ella a salvo y, de paso, huir juntos a otro país. Les seguirá el rastro de cerca el Teniente Candella, criado en el mismo barrio que Martin pero que acabó situándose al lado de la ley.

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No puedo evitar pensar que Una Vida Marcada se gestó partiendo del hecho de que el film noir en esa época había sido más que explotado y que por tanto los espectadores conocerían todos los clichés y recursos del género. Por ello su narración da pie a diversas presunciones que luego sorprendentemente no se cumplen, que es en mi opinión el rasgo que hace que la película sea bastante especial. Ese inicio con Martin gravemente herido en la cama de un hospital, los comentarios acerca de su pasado delictivo y las menciones difusas a un tiroteo y un robo de joyas del que no conocemos nada nos predisponen de inmediato a la estructura de flashback tan repetida en el género negro: un personaje nos detallará cómo acabó metido en el mundo del crimen, sabremos detalles de su relación con esa chica y conoceremos los pormenores del tiroteo en que mató a un policía. Nada de eso sucede. Ese flashback al que parece que vamos a vernos abocados jamás llega. Es más, tampoco se nos darán más detalles sobre todo lo que ha sucedido antes de su hospitalización, y ése es uno de los aspectos más transgresores de la película al alejarla de los tópicos.

Por ejemplo, nunca conocemos mucho de su relación con la joven por la cual está emprendiendo esa huida. Tradicionalmente deberíamos conocer detalles que nos justifiquen todo ese esfuerzo, pero la realidad es que ese personaje permanecerá ausente toda la película salvo al inicio y el final, lo cual a su vez implica que no hay romance. Tampoco sabremos nada sobre el tiroteo que ha condenado al protagonista por haber matado a un agente de la ley. ¿Esperaban una explicación que le justificara? Nada de eso, simplemente él asegura que fue en defensa propia pero, ¿cómo podemos creerle después de ver su comportamiento a lo largo de toda la película? Todo el film está definido por esas elipsis tan marcadas, en que el guión opta por saltarse momentos supuestamente relevantes (la charla de Candella al hermano menor de Martin, el encuentro de Martin con el personaje de Shelley Winters, que no sabemos quién es ni por qué le ayuda) dándole un tono más confuso pero que no deja sitio para bajones a nivel de ritmo. Una de las razones por las que el cine negro es uno de los géneros más apasionantes del Hollywood clásico es porque era de los pocos que permitían estas pequeñas transgresiones de la lógica y coherencia que exigía el estilo clásico.

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No era ésa la intención inicial de Darryl Zanuck, quien había pensado en una típica estructura de flashback narrado por la novia en que además se explicara cómo había llegado Martin a ese punto (esto ya les suena más familiar, ¿verdad?). Sí que se mantuvo su intención de dotar de una gran importancia al entorno urbano, ya que de hecho impulsó este film encuadrándolo dentro de un ciclo de películas criminales urbanas, en que se dejara más de lado la estética expresionista típica de estudio por un acercamiento semi-documental. Este enfoque tuvo su auge en esos años como demuestran las otras películas que produjo, El Beso de la Muerte (1947) de Henry Hathaway y Boomerang (1947) de Elia Kazan, así como otros films de esa misma época como La Ciudad Desnuda (1948) de Jules Dassin.

Siodmak, que siempre había destacado por sus puestas en escena tan góticas, no se sentía cómodo con este enfoque y de hecho a diferencia de Kazan o Dassin prefería mucho antes filmar en estudio que en exteriores. Por ello esta película, parcialmente filmada en Nueva York, tiene un estilo más contenido de lo habitual en él. Pero el estilo propio de Siodmak acaba al final imponiéndose, como queda de manifiesto en la forma que le imprime a espacios como el hospital o la cárcel que acaban haciéndose casi asfixiantes, o en algunos planos especialmente llamativos que rompen con una posible estética documental. Uno de ellos directamente es uno de los más impresionantes que he visto en su filmografía: aquél en que Martin va a visitar a la enfermera que fue cómplice en el robo de las joyas. Éste llama al timbre y vemos a través del cristal una figura recortada con el fondo que se va acercando. A cada puerta que cruza enciende una nueva luz dándole a esta aparición un toque casi espectral, hasta que llega a la puerta principal y entonces la podemos ver con detalle. Dicho recurso sin duda se beneficia del imponente físico del personaje de la enfermera, quien de lejos parecía simplemente una mujer y de cerca se revela como una presencia amenazadora.

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La relación entre Martin y Candella tiene muchos puntos en común con películas tipo Ángeles con Caras Sucias (1938) de Michael Curtiz, en que se contrapone a dos personajes de origen humilde: uno que ha escogido convertirse en una figura respetable (un sacerdote, un policía, etc.) y otro que se ha vuelto un criminal. En este film dicho contraste no se evidencia hasta la mitad del metraje, en que vemos más claramente las similitudes entre ambos que se ponen de manifiesto en un diálogo en que cada uno defiende el camino que han escogido.

Las escenas en que Candella acude a la familia de Martin muestran cómo el policía se siente familiarizado con este tipo de ambiente y siente un enorme respeto por la madre de Martin, a la que ni siquiera reprocha que oculte a su hijo en la tensa escena que sucede en la cocina – un detalle que me gusta mucho: cuando Martin encañona a Candella y le ordena que tire su arma, éste responde que no tiene que preocuparse, puesto que no disparará en presencia de la madre del delincuente, una especie de código de honor que va por encima del resto. A otro nivel, ambos tienen en común detalles como utilizar a la familia de Martin para sus propósitos e intentar ganarse la simpatía de su hermano pequeño, también ambos son disparados y ambos se escapan del hospital.

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Si bien uno esperaría la típica redención final en la escena de la iglesia, el film sigue fiel a su estilo más ambivalente: aunque nos sentíamos identificados con Martin como protagonistas, al final se revela como un criminal sanguinario y el más frío Candella acaba siendo el héroe. Es significativo de hecho que inicialmente se pensara asignar el papel de Martin a Victor Mature, quien podría encajar mejor como criminal, pero al final se tuvo la astuta decisión de darle el de oficial de la ley. De esta manera, el criminal es interpretado por un actor más carismático y con mayor facilidad para poner al espectador de su parte, y el policía por otro más inexpresivo, que tiene tanta dificultad por congeniar con el público como con el niño que encuentra en el piso de la familia de Martin, quien le mira con desconfianza.

Aún así, para mí uno de los lastres del film es la pareja protagonista. Victor Mature sigue siendo para mí uno de los grandes misterios del Hollywood clásico: ¿cómo pudo alcanzar cierto nivel de notoriedad un actor tan palpablemente incapacitado para la interpretación y que no podía compensar su inexpresividad ni siquiera con algún tipo de carisma especial? Por otro lado, Richard Conte era sin duda uno de los actores más importantes del género negro en esa época, pero nunca he conseguido que me guste. No obstante, es de reconocer que es una buena elección por su ambigüedad, ya que al espectador le sería mucho más fácil aceptar a Mature que a Conte como criminal. Al final, cuando Martin está a punto de conseguir su propósito, Candella le recuerda a todas las personas que le han ayudado y que han pagado por ello (¿habrá pensado el espectador también en ellas?). Si en la primera escena le teníamos medio moribundo al lado de un cura que le leía los sacramentos, en la última se nos repite una imagen similar en una iglesia. El círculo se cierra, la historia ha terminado igual que comenzó, pero por el camino varios personajes han muerto o pagado las consecuencias. ¿Ha valido la pena que escapara del hospital para ello?

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Mi Tío de América [Mon Oncle d’Amérique] (1980) de Alain Resnais

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Alain Resnais era sin duda uno de los cineastas más imaginativos y transgresores de los que se dieron a conocer en Francia a principios de los años 60. Y recalco lo de «imaginativo» porque siguiendo el transcurso de su filmografía uno nota una voluntad de no repetirse, de probar cosas nuevas y de no acabar convirtiéndose en una copia descolorida de sí mismo. Así pues, en las últimas décadas de su carrera sorprendió con un curioso giro hacia la comedia e incluso el musical (On Connaît la Chanson) o con propuestas tan curiosas como la de Smoking/No Smoking (1993) en que se muestra una misma historia y sus diferentes desenlaces en función de las decisiones que toman sus personajes.


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En Mi Tío de América (1980) Resnais decidió combinar sus inicios en el terreno del documental con un argumento de ficción. La idea era combinar algunos segmentos documentales en que un neurobiólogo (Henri Laborit) hablaba sobre los elementos que condicionan el comportamiento de los animales con las historias de tres personajes. En teoría, la explicación de Laborit permitiría entender la forma de proceder de los tres protagonistas, que se nos muestran como unas ratas de laboratorio a las que el guionista ha sometido a ciertas condiciones para comprobar su reacción.

Cada uno de ellos nos es presentado en paralelo con una minibiografía personal, mostrada de la misma forma sintetizada que si fueran objetos de estudio: su lugar de nacimiento, su relación con sus padres, su infancia… En primer lugar tenemos a René, hijo de granjeros, que trabaja como ejecutivo en una fábrica textil y se ve en la encrucijada de aceptar un puesto de dirección en otra sede que le separaría de su mujer e hijos. Jean es un burgués nacido en una pequeña isla que aspira a ascender como político y que tiene una aventura amorosa con Janine. Ésta es hija de una familia comprometida políticamente que decide abandonar su hogar para probar suerte en el teatro como actriz.

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Son tres argumentos de ficción que de por sí no tienen nada especial, pero que sirven a Laborit y Resnais como ejemplo de las circunstancias que condicionan el comportamiento humano. Uno de los mayores puntos a favor de la película es que en realidad son historias que desde el punto de vista cinematográfico podrían sostenerse por sí solas, y que de hecho no parece que su evolución busque expresamente coincidir con las teorías de Laborit. Al contrario, su desarrollo es el que uno esperaría de un drama y los comportamientos de sus personajes nos parecen normales, y eso es lo que buscaba Resnais: él no quiso desarrollar las historias teniendo en cuenta lo que diría el neurobiólogo, sino darles forma y luego mirar cómo encajaban dentro de esa explicación científica.

Es decir, no da la sensación de que las historias se fuercen adaptadas al discurso que van a acompañar. De hecho, una de las primeras ideas de Resnais fue elaborar todo el film a través de material ya existente de otras películas, puesto que estaba convencido de que en realidad la mayoría de argumentos existentes encajarían con ese discurso conductual. Afortunadamente se echó atrás, y lo que habría sido un interesante ensayo acabó siendo una gran película.

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Otro aspecto en que el director se muestra especialmente acertado es en no permitir que el discurso devore la ficción. Él sabe que lo que más le interesa al espectador son las tramas, y éstas ocupan el grueso del largometraje, dejando las explicaciones de Laborit como breves apariciones a lo largo del metraje.

Como complemento, también se van insertando a lo largo del film fragmentos de películas antiguas protagonizadas por Danielle Darrieux, Jean Gabin y Jean Marais que sirven para puntuar las emociones y reacciones de los protagonistas en momentos determinados. Dicho recurso encaja con el discurso que expone el film, ya que se tratan de los actores favoritos de los tres personajes y sin duda éstos han ejercido una fuerte influencia en ellos de forma más o menos consciente. Por ello, cuando se enfrentan a cierta situación es inevitable que estén condicionados por su admiración a esos actores clásicos, ya sea en su forma de reaccionar o de imaginar lo que están viviendo. Como cinéfilo me resulta especialmente conmovedora esta idea, que aunque no se profundiza en el discurso del neurobiólogo queda bastante bien enunciada: la forma como el cine nos influye aunque sea inconscientemente en nuestro día a día.

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Yo creo que lo que hace tan interesante el film es su pretensión de dar una explicación a ciertas conductas de los personajes con las que nosotros podemos sentirnos identificados por representar situaciones del día a día de la vida moderna: las difíciles relaciones sentimentales, sobre todo cuando hay un tercer implicado; la dificultad de compaginar la realización personal a nivel laboral y familiar, etc. En francés, se utiliza la figura de «un tío de América» para evocar el mito de un conocido que ha dejado su país para hacer fortuna en América y volver como alguien rico. A lo largo del film sólo se evoca esa imagen en un par de ocasiones, pero parece darnos a entender la idea de que cuando éstos personajes abandonaron su hogar enfrentándose a sus familias buscaban la prosperidad asociada con ese motivo.

En conclusión, Mi Tío de América puede tomarse como un curioso experimento entre realidad y ficción, que nos hace plantearnos el por qué de nuestras acciones a partir de una narración, o simplemente puede disfrutarse como película olvidando esos elementos relacionados con la neurobiología. El enfoque de Resnais permite que éstos no se hagan farragosos ni pedantes, sino como un complemento a tener en cuenta o no – otra cosa es si desde el punto de vista científico la teoría está bien formulada, pero este humilde Doctor no posee conocimientos de esta materia en concreto para poder juzgarlo.

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Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo [Tange Sazen yowa: Hyakuman ryo no tsubo] (1935) de Sadao Yamanaka

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Existe una fotografía bastante conocida en que se ve juntos a los directores Sadao Yamanaka y Yasujiro Ozu vestidos de uniforme militar. Ambos estaban destinados a la campaña de invasión de Manchuria pero solo uno de ellos regresó. Eran dos de los directores más importantes de Japón en aquella época, pero solo uno ha obtenido el reconocimiento que merece gracias a una extensa carrera. Resulta muy tópico formularse este tipo de preguntas pero no puedo evitar caer en la tentación: ¿qué habría sido de Sadao Yamanaka de haber sobrevivido? ¿sería hoy otro gran nombre del cine japonés a la altura de Ozu, Kurosawa, Mizoguchi y Naruse? ¿o habría permanecido  como un gran director asociado a una época concreta? A día de hoy solo nos han llegado tres obras de su prolífica carrera a causa de que la mayor parte del cine japonés producido antes de la II Guerra Mundial ha desaparecido, y según dicen algunos historiadores éstas no tienen por qué haber sido necesariamente las mejores. Y no obstante, aunque no lo fueran, justifican que el nombre de Sadao Yamanaka haya resurgido con fuerza en los últimos años.

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A él se le atribuye la renovación del jidai-geki, es decir, las películas de época. Según palabras suyas, su intención era filmar los jidai-geki como si fueran gendai-geki (películas de ambientación contemporánea), por tanto mantener la ambientación pretérita con sus códigos pero dándole el estilo más ágil y natural de los dramas contemporáneos. De esta forma, buscaba acabar con el estilo tan hierático y solemne de los films de samurais, demasiado anclados en la tradición nipona, y poner su mirada en el tipo de películas que llegaban de occidente: desde las comedias de René Clair hasta los musicales, dos de las influencias más notorias del film que nos ocupa.

Para ello, Yamanaka no dudaba lo más mínimo en tomar personajes conocidos por el público y reconvertirlos por completo, desvelando una faceta inédita de los mismos. En Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo hizo lo propio con Sazen Tange, un popular personaje de ficción que nació en la literatura y conoció numerosas adaptaciones fílmicas. Se trataba de un samurai que, a causa de una traición, sufrió un ataque en el que perdió el ojo y el brazo derechos. Eso no le impedirá seguir viviendo aventuras en las que demuestre ser un excelente luchador pese a sus limitaciones físicas. Yamanaka sabía que el público japonés conocía a este misterioso personaje, y por ello su jugada es aún más digna de elogio: consiguió al actor que lo había interpretado en las famosas versiones cinematográficas, Denjiro Okochi, y le situó… ¡en una comedia! El antaño legendario samurai ahora tiene un rol indeterminado en una casa de juego donde se pasa el día haciendo el vago y gruñendo. La propietaria de la casa, Ofuji, entendemos que es su amante, pero olvídense de escenas románticas, su relación es parecida a la de un matrimonio maduro exento de pasión y que se basa más en los tiras y aflojas del día a día (en los cuales, para más recochineo, Sazen siempre sale perdiendo).

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En cuanto al argumento, todo gira en torno a una vasija barata que en su interior alberga el secreto para acceder a un tesoro escondido de un millón de ryo. Dicha vasija estaba en manos de un gran señor, pero cometió el error de regalársela a su hermano menor Genzaburo antes de conocer su auténtico valor. Éste a su vez la vende a unos chatarreros después de soportar las quejas de su esposa, quien no quiere tener esa cosa horripilante en su casa. Cuando éste descubre también su auténtico valor, la vasija ya ha pasado a manos del hijo del chatarrero, Yasu, quien la usa para guardar a sus peces. No obstante, el padre es asesinado por unos maleantes al salir de una casa de juego y el niño es adoptado por los ya mencionados Sazen Tange y Ofuji, quienes por supuesto tampoco conocen el valor de la vasija.

Si todo esto no les convence de la original forma como Yamanaka encaró un género tan rígido como el jedai-geki, déjenme desvelarles un par de detalles más: nunca llegaremos a ver el famoso millón de ryo (convirtiendo la vasija en un auténtico McGuffin) y Sazen Tange a duras penas podrá demostrar sus habilidades con la espada (de hecho ni siquiera existe el clásico enfrentamiento final). Difícilmente Yamanaka podría satisfacer menos las expectativas iniciales de un espectador que acudiera al cine con el aliciente de ver la primera película sonora de Sazen Tange.

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Salvo unos momentos puntuales dramáticos, todo el film se mueve en un estilo ligero y divertido. Un recurso repetido continuamente y que demuestra una asimilación total del cine sonoro – recordemos que en Japón se consolidó mucho más tarde que en el resto del mundo, de hecho en la época de esta obra aún se producían films mudos – son las discusiones entre dos personajes en que uno de ellos se niega a ceder y en el siguiente plano se muestra cómo ha acabado haciéndolo. Sazen quiere que Yasu aprenda a luchar, Ofuji dice que debe ir a la escuela. Yamanaka corta el diálogo antes de que lleguen a un acuerdo y en la siguiente escena vemos a Yasu preparado para ir a la escuela. La propia Ofugi se niega a mantener al niño y en la escena siguiente le vemos comiendo. Más adelante rehusa comprarle unos zancos de bambú, pero seguidamente le vemos utilizándolos. Yamanaka se basa en la comicidad de mostrar cómo siempre es el personaje más débil el que se sale con la suya.

Del mismo modo, aunque uno esperaría que la recompensa del millón de ryo sería un aliciente para cualquier personaje, a la práctica Genzaburo utiliza esa excusa para escabullirse a la ciudad y pasarse el día jugando. Pero lo mejor de todo es que este personaje, teóricamente antipático por su actitud perezosa y sus continuas mentiras, acaba siendo un aliado de Sazen, quien al final le ayudará a recuperar el respeto de sus hombres.

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El resultado final es una magnífica revisión de los códigos del jidai-geki, una subversión de un mítico personaje convirtiéndolo en objeto de comedia (de la que por cierto Kurosawa seguro que tomó nota para su Sanjuro). Eso sí, manteniendo el estilo eminentemente japonés en la puesta en escena: la práctica ausencia de primeros planos, el uso de espacios vacíos (el asesinato del chatarrero tiene lugar totalmente fuera de encuadre) y la contención con que se exponen las emociones de los personajes (véase el precioso plano de Yamu después de haber recibido la noticia de la muerte de su padre).

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Tres Menos Dos [La Proie pour l’Ombre] (1961) de Alexandre Astruc

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Alexandre Astruc fue uno de los críticos y teóricos de cine más importantes surgidos en Francia después de la II Guerra Mundial, célebre sobre todo por haber acuñado el concepto «caméra-stylo» («cámara-bolígrafo»), que sostenía que el manejo de la cámara era similar al de un bolígrafo siendo utilizado por un escritor. Pero al margen de esa faceta más conocida, Astruc también probó suerte en la realización de films aunque con desigual suerte, ya que su carrera como director no ha conseguido la relevancia de otros críticos metidos a cineastas de sobras conocidos. Pese a que Tres Menos Dos no es su debut cinematográfico, su salida fue pareja al boom de las nuevas olas francesas, con las que compartía estilo e incluso, si se quiere rizar el rizo, temática, ya que el adulterio fue el tema principal de algunas de las primeras obras de estos realizadores – véase por ejemplo Los Amantes (1958) de Louis Malle o La Piel Dura (1964) de François Truffaut. En este caso dicha relación ilícita tiene como protagonista a Anna, una mujer burguesa quien, cansada de su matrimonio con Éric, se lanza en brazos del mucho más excitante Bruno.Proie pour l'ombre (2)

La clave de este triángulo no está tanto en el aspecto romántico del mismo como en lo que significa cada relación para Anna. Éric es un exitoso empresario que le ha facilitado a ella una galería de arte donde pueda trabajar exhibiendo cuadros, pero su actitud parece buscar más darle algo «con que entretenerla» que proporcionar un sincero apoyo a sus inquietudes. De hecho, en una cena de sociedad Éric no se corta ni un pelo a la hora de hacer público cómo va pagando cada mes los gastos de la galería de su mujer, para satisfacer lo que podría verse como un capricho. Anna por supuesto no soporta esa dependencia de su marido y anhela una mayor libertad. Eso es lo que cree encontrar en Bruno.

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Me gusta especialmente la escena con que se abre el film, en que Anna y Bruno se van a separar y ella intercambia con éste algunas frases corteses como despedida proponiéndole que le llame para cenar con su marido. Éste responde rudamente que ambos saben que no va a hacer nada de eso y la besa al instante, derribando esa barrera de decoro social.

Si bien el tema es interesante, no puedo evitar pensar que Astruc tampoco logra extraer de él todo el jugo que uno podría esperar y más siendo un tipo de argumento de sobras conocido por el espectador. A cambio, su sobria y elegante dirección entronca con el estilo de la época. Sus planos secuencia de hecho fluyen con tanta perfección que a veces uno no es consciente de que la cámara lleva varios minutos filmando sin interrupción.

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Esa apuesta por largos planos le sirve sobre todo para dar importancia a los escenarios en que se mueven los personajes, permitiéndoles moverse con libertad mientras la cámara va siguiéndoles en la distancia. Los edificios en ruinas, los apartamentos con muebles art-déco, el estudio de grabación o la casa rural acaban siendo indisociables del drama humano que tiene lugar ante ellos. En ese aspecto, creo que el film tiene vínculos clarísimos con el cine de Antonioni, tanto por la importancia del espacio como por la forma de tratar las relaciones entre unos personajes que no logran comunicarse entre sí.

Siendo bueno el resultado final, quizá a uno le queda la sensación de que Tres Menos Dos acaba siendo una obra mediana cuyo estilo y temática están demasiado vinculadas a otras películas de la época con las que acaba siendo inevitable hacer la comparación y que son claramente superiores.

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Noche de Estreno [Opening Night] (1977) de John Cassavetes

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Después de haber trabajado juntos en una película tan intensa como Una Mujer Bajo la Influencia (1974), Gena Rowlands le dijo a su marido y director John Cassavetes que nunca volvería a ponerse bajo sus órdenes en un film. El motivo es que había sido una experiencia tan agotadora que no se atrevía a repetirla. Cassavetes opinó igual y por ello en su siguiente obra optó por una temática y un tipo de personajes con los que pudiera distanciarse: El Asesinato de un Corredor de Apuestas Chino (1975), su improbable acercamiento al cine de gángsters. Pese a ello, les faltó tiempo para romper su promesa y volver a embarcarse en otro proyecto, ya que después de todo, aunque implicaba un trabajo muy duro, el resultado final valía la pena. No se equivocaron en ninguno de los dos puntos: el rodaje fue tan infernal como el del anterior film – o, si cabe, aún más – pero el resultado final fue la que muchos consideran la obra cumbre de la carrera de Cassavetes (yo me incluyo, aunque la pongo al mismo nivel que Una Mujer Bajo la Influencia).

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Desde su misma concepción, Noche de Estreno (1977) lo tenía todo para ser su película definitiva. Era una reflexión sobre la madurez ambientada en el mundo del teatro donde Rowlands encarnaba a una prestigiosa actriz, Myrtle Gordon, que protagoniza una obra sobre una mujer que ha de enfrentarse al hecho de que estaba envejeciendo. Cuando tras una función la actriz presencia el atropello de una joven admiradora, entrará en crisis, incapaz de afrontar la obra y su propio envejecimiento.

Pero curiosamente cuando el primer montaje de la película fue recibido favorablemente, Cassavetes, contra todo pronóstico, se lo tomó mal. ¿A qué otro director le habría molestado algo así y más cuando había puesto en juego su propio dinero en dicha producción? Lo que tanto le preocupaba al inquieto cineasta es que le había quedado una “gran” película, el típico film de calidad que lo tenía todo para agradar a los críticos y los cinéfilos, que le reportaría palmaditas en la espalda por haber hecho una película tan sensible y profunda. Cassavetes, el cineasta que filmaba al margen de la industria con el poco dinero que podía recaudar con un equipo formado por amigos, se había asentado, había madurado.

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Todo ello se le antojaba insoportable y su faceta inconformista de enfant terrible le llevó a remontarla para convertir Noche de Estreno en una película más difícil y, sí, más imperfecta. Además cambió el final por otro mucho más ambiguo para que el público no tuviera la satisfacción de un final feliz o dramático, sino la duda de cómo había acabado la historia. Esta nueva versión gustó menos y de hecho no pudo siquiera distribuirla en Estados Unidos, pero eso ya le dejó más tranquilo. El cine, para Cassavetes, no tenía que ser fácil. Y la perfección a menudo es reconfortante y tranquilizadora, mientras que el caos resulta inquietante y provoca sensaciones encontradas, eso es lo que quería provocar. Sacrificando la que podría haber sido su gran obra a nivel crítico y de público, Cassavetes se reafirmó a sí mismo, pero lo interesante es que el resultado final siguió siendo una película magistral… aunque siendo fiel a su estilo.

Noche de Estreno podría considerarse como el reverso de Una Mujer Bajo la Influencia. En su anterior colaboración juntos, Rowlands interpretaba a un ama de casa que sufría brotes de locura que le llevaban a exteriorizar de forma desaforada sus emociones y sentimientos, mientras que en este film encarna a una actriz en crisis incapaz de interpretar una obra. En Una Mujer Bajo la Influencia el personaje de Rowlands debe reprimir sus impulsos emocionales, mientras que en Noche de Estreno su protagonista siente por primera vez la necesidad de vomitar todo lo que tiene en su interior a través de esa obra teatral. Mabel Longhetti y Myrtle Gordon no podrían ser dos personajes más contrapuestos, pero Rowlands consigue dar vida con absoluta autenticidad a ambos y Cassavetes demuestra ser capaz de utilizar su estilo de dirección tan intenso en dos contextos totalmente distintos.

Más que seguir la crisis de Myrtle mediante una trama lineal que intente dar a entender su problema, Cassavetes, típico en él, agarra al espectador y le hace viajar a la deriva junto a ella. Aquí no tenemos la ventaja de ser el espectador que conoce todo y observa cómodamente desde la distancia, sino que nos implica directamente, lo cual nos deja tan confusos como ella.

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Por otro lado la película nos muestra con gran precisión la tiranía del mundo del teatro. Cómo por imperativos del directo desde que una obra de teatro da inicio uno se ve obligado a seguir adelante como sea, sin ninguna concesión a una crisis nerviosa o malestar personal; la absoluta vulnerabilidad que representa estar actuando ante una audiencia ante la cual uno siempre debe mantenerse dentro de papel (el primer gran pecado que comete Myrtle a ojos del resto de miembros de la obra es haber roto esa norma durante una representación); el desgaste que supone estar metiéndose noche tras noche en la piel de un personaje que a lo mejor no resulta confortante y viviendo una serie de experiencias incómodas (el gran problema que tiene Myrtle con la obra es que no da esperanza y resulta cruel, ¿no debe ser agotador pasar por ese calvario noche tras noche?).

Aunque obviamente no es el único film que refleje todo lo que sucede entre bambalinas durante una representación teatral, creo que pocos han captado tan bien como éste el caos y el suspense que se sucede en cada función en directo cuando algo parece que no va bien, como es en este caso el intento de Myrtle de intentar seguir adelante con el show tras haber llegado borracha al estreno de la obra en Broadway. Vemos entonces cómo mientras el resto de actores en el escenario hacen que la maquinaria sigue imparable su curso (repiten los mismos diálogos que hemos oído anteriormente), tras los decorados Myrtle batalla por mantenerse en pie sabiendo que cuando llegue su momento debe salir a escena interpretando el papel que el público espera de ella. No es desde luego el mejor contexto en el que sobrellevar una crisis personal como la que ella está sufriendo.

Las mejores películas de Cassavetes no dejan la satisfacción “limpia” de haber visto una gran película (como era según parece Noche de Estreno en su montaje inicial) sino que uno le ve las aristas y les nota ciertos defectos. Algunas escenas se hacen demasiado largas y parece que se está concediendo demasiado tiempo a momentos muertos, y las ideas que hay en el guión van emergiendo de forma desordenada e incoherente. Tampoco existe el apoyo de un trabajo técnico impecable (aunque no es un director tan descuidado en ese aspecto como podría parecer, simplemente le da al film una forma que concuerde con su contenido), y por ello al final uno se enfrenta únicamente a las soberbias interpretaciones y los dilemas de sus personajes expuestos en carne viva.

Cassavetes siempre basó su estilo en la dirección de actores. La prioridad de su cámara es capturar hasta el más mínimo detalle de sus interpretaciones supeditando el resto de elementos de la puesta en escena a esa necesidad. Cuando quería dejarles espacio, se mantenía en planos generales que alargaba con libertad para darles tiempo a que se expresaran. En cambio, cuando quería profundizar en el interior de uno de los actores, la cámara se aproximaba en primeros planos tan cerrados que a veces llegaban a desenfocarse. Uno de los rasgos que encuentro más maravillosamente especiales del cine de Cassavetes son esos primeros planos, a menudo tan inarmónicos y que parecen hechos por un hombre tan ansioso por capturar un gesto o un sentimiento que casi toca a los actores con la cámara. Y en ese sentido Noche de Estreno es en cierto modo un estudio a fondo de Gena Rowlands. No pretendo por ello desdeñar al resto de actores, también fantásticos (el propio Cassavetes, Ben Gazzara, los veteranos Paul Stewart y Joan Blondell)  pero el caso es que Rowlands hace aquí una de las mejores interpretaciones que jamás he visto y el director, consciente de ello, nos ofrece numerosos primeros planos que captan hasta el más ligero matiz de su rostro y que de paso revelan la edad de la actriz, ya que es el gran tema de la película. Pocas veces un director supo filmar tan bien a una actriz como en este caso.

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En la escena final de Noche de Estreno, el personaje de Rowlands comete el que sería el pecado más grande para cualquier actor al sabotear no sólo su obra sino su propia interpretación. Al final ella y el otro protagonista, encarnado por el propio Cassavetes, acaban improvisando, dejando atrás los diálogos de la obra y desbocándose por completo. Chillan, ríen, hacen bromas, se increpan el uno al otro. Cassavetes mantiene en todo momento la cámara en un plano general para no hacer de elemento intrusivo en el que es el momento más especial y auténtico de la película. No es una escena conmovedora ni tampoco abiertamente cómica, resulta extraña, en cierto modo patética, pero parece auténtica y sincera.

Por primera vez Myrtle se ha atrevido a ser realmente ella misma. Y aunque el final sea tan abierto, no cabe ninguna duda de que para Cassavetes ésa es la victoria al margen de que su carrera se haya salvado o no, del mismo modo que para él su prioridad era ser fiel a él mismo aunque eso implicara hundir la suya. Noche de Estreno es tanto por su contenido como por sus circunstancias de producción una loa a la autenticidad y ser uno mismo, porque según él es de ahí de donde emerge el verdadero arte.

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Las Zapatillas Rojas [The Red Shoes] (1948) de Michael Powell y Emeric Pressburger

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«Nos habían dicho durante diez años que debíamos ir a morir por la libertad y la democracia, por esto y aquello, y ahora que la guerra se había terminado, Las Zapatillas Rojas nos dijo que debíamos morir por el arte” (Michael Powell)

Michael Powell entendía el cine como una forma de arte total en que se pudieran combinar elementos de otras disciplinas artísticas. Por ello cuando se asoció con el guionista Emeric Pressburger en los años 40, crearon una compañía en que se rodearon de un elenco de profesionales que fueran los mejores en sus respectivos campos. Bajo el nombre de The Archers, produjeron una serie de films magníficos con un estilo propio que los hace sumamente especiales.

La historia de Las Zapatillas Rojas juega por un lado con el mito de Fausto y por el otro con una historia que debe ser representada en forma de ballet y que acaba teniendo su equivalente en la vida real. Boris Lermontov, el dueño de una afamada compañía de ballet, hace el rol de Mefisto, ofreciendo a la bailarina Vicky Page el papel protagonista de su obra Las Zapatillas Rojas. A cambio debe entregarse en cuerpo y alma a su arte renunciando al matrimonio. Pero la joven se ha enamorado del compositor de la música del ballet, Julian Craster, y por supuesto Lermontov-Mefisto no consentirá este incumplimiento del trato.

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Formado en el cine mudo, Powell le otorgaba una gran importancia a elementos plásticos del cine como el color, los decorados o la iluminación. Su tratamiento de estos detalles acabó dando forma a una estética fácilmente reconocible, especialmente en los films que rodó en Technicolor junto al director de fotografía Jack Cardiff. El director británico entendía el uso del color no de una forma realista sino expresiva, no como una forma de fotografiar la realidad sino como un artista que pinta un cuadro. Esta tendencia expresiva venía íntimamente ligada con una de sus temáticas predilectas: la confusión entre fantasía y realidad.

A veces es una idea que se expone de forma sutil con pequeños detalles que chocan contra la lógica normal de una producción fílmica, como hacer que Deborah Kerr interprete a tres mujeres distintas en Vida y Muerte del Coronel Blimp (1943), dando a entender la continuidad a lo largo de los años de un prototipo de mujer que enamora al protagonista. Otras veces juega con la idea de un ente sobrenatural que mueve el destino de los personajes como si fueran marionetas, como es el caso de Un Cuento de Canterbury (1944) y Sé Adónde Voy (1945). En otros casos, ya apuesta abiertamente por esta idea, como sucede en A Vida o Muerte (1946), donde nunca sabemos si toda la trama relacionada con el ingreso del aviador protagonista al cielo es real o si son imaginaciones suyas a causa del shock que ha sufrido. Las Zapatillas Rojas (1948) será el film en que fantasía y realidad finalmente se entremezclen haciendo imposible distinguir la una de la otra.

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La célebre secuencia en que se representa la obra de ballet supone el momento cumbre del film en varios sentidos. Por un lado, es donde la confusión entre ficción y realidad se hace más patente, ya que Powell filma la larga obra de ballet de una forma pretendidamente no realista, haciendo que los escenarios cobren vida y utilizando trucos de cámara imposibles de realizar en un teatro. Por el otro, es la secuencia más expresamente plástica del film. Los colores tan vivos, los decorados de estilo casi abstracto y los efectos especiales le otorgan una cualidad onírica que sobrepasa lo que debería ser una actuación de ballet real. De esta forma, Powell y Pressburger nos sumergen literalmente en la obra pero sin justificarla como una secuencia fantástica. Su concepción del cine no necesita hacer distinciones en ese sentido. ¿Por qué hacer algo tan aburrido como filmar un ballet real pudiendo explotar todos los recursos posibles de este medio audiovisual? ¿Por qué molestarse en justificarlo diciendo que es una fantasía de la protagonista, y más cuando para los propios Powell y Pressburger el que una escena sea realidad o fantasía es irrelevante?

Al igual que el personaje que representa, las zapatillas rojas tienen el poder de insuflar nueva vida a Vicky como bailarina, pero a costa de la suya propia, que no le pertenece a ella sino a las zapatillas o, más exactamente en el caso real, a Lermontov. Powell enfatiza esa faceta faustiana de Lermontov caracterizándolo como un personaje misterioso siempre oculto u observando en la oscuridad mientras se desarrollan la obra y los ensayos.

De esta forma, la escena final, que muchos tildarían de irreal, encaja dentro de este universo technicolor. Vicky literalmente se ha convertido en la protagonista de las zapatillas rojas y por ello sufre su mismo destino. Lo que podría ser una mera metáfora forzada, al ser tratado desde el enfoque de Powell y Pressburger cobra todo el sentido del mundo. En definitiva, lo que consigue Powell es que cobre sentido su idea de morir por el arte.

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De todos modos, esta representación tan fantástica del argumento no hace obviar uno de los grandes temas de la película muy en sintonía con nuestro mundo real: el dilema personal de Vicky entre seguir sus ambiciones personales o ser una leal esposa. Cuando ella y Julian dejan la compañía de Lermontov, este último inicia una ambiciosa carrera como compositor, mientras que Vicky se ve relegada a un papel más doméstico.

Hay una escena que muestra maravillosamente esa idea. Lermontov lee una carta que ha escrito Vicky a un miembro de la compañía cuyo contenido no nos es narrado con una voz en off, sino únicamente con imágenes y sin un solo diálogo: Vicky y Julian están en sus camas sin poder pegar ojo, Julian se levanta y practica en el piano del salón la que seguramente sea una composición de su nueva obra, Vicky se levanta después y abre un cajón donde mira sus zapatillas rojas, seguidamente acude al salón y se sienta al lado de su marido a darle apoyo. La antigua estrella de ballet ahora está relegada a ser la esposa que da apoyo a un compositor. Todas sus ambiciones quedan aparcadas en un cajón como algo del pasado.

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El acertadísimo reparto se mueve entre rostros habituales de The Archers y otros desconocidos para el cinéfilo medio al pertenecer al mundo del ballet. En la primera categoría tenemos a los dos protagonistas masculinos: el joven compositor lo encarna Marius Goring en el papel más importante que le dieron Powell y Pressburger, pero quien destaca con luz propia sobre el resto es sin lugar a dudas Anton Walbrook como Boris Lermontov. La excelente definición que hicieron sus creadores del personaje sumada a su portentosa actuación lo convierten en una personalidad inolvidable: déspota y posesivo pero al mismo tiempo entregado por completo al arte del ballet. No se le puede calificar de antagonista dada esa ambigüedad. ¿Cómo se le puede odiar por completo cuando contemplamos su sincera entrega a su arte y la forma como le tortura la traición de Vicky? ¿Quién podría considerarlo un antagonista después de ver la profunda emoción con que se dirige al público en la última escena? No es un déspota interesado en amasar dinero ni engaña a Vicky, es un hombre entregado sinceramente a su arte… aunque a costa de los demás.

Entre los miembros del reparto que forman parte del mundo del ballet, Powell y Pressburger se rodearon de grandes nombres como Léonide Massine (el entrañable Grisch) y Robert Helpmann (quien además diseñó la coreografía). Mención aparte merece la protagonista, Moira Shearer. Powell quedó prendado de la bailarina escocesa pero ésta se mostró reticente en todo momento a dejar su adorado ballet por algo tan poco gratificante como actuar en una película. El director no obstante se mostró insistente e incluso retrasó el rodaje para adaptarse al calendario de Shearer (en el cual, por supuesto, sus actuaciones como bailarina tenían prioridad). Incluso cuando acabó la película y se convirtió en una estrella de la noche a la mañana no pareció sentir especial interés y no se planteó desarrollar una carrera como actriz salvo algunas apariciones esporádicas.

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A menudo se ha dicho de forma bastante injusta que Reino Unido ha sido un país menor a nivel cinematográfico. Y es cierto que muchos de sus mayores exponentes acabaron emigrando a Hollywood como Hitchcock o David Lean, pero el dúo Powell-Pressburger se mantuvo fiel a la industria británica con algunas de las películas que mejor han sabido explotar las posibilidades del medio cinematográfico. Lejos de ser una película únicamente sobre ballet, Las Zapatillas Rojas es una de los mayores alegatos a favor del cine en que color, sonido, movimiento y actores se conjugan para creando forma de arte pura y dura.

No es de extrañar que el film prescinda de buena parte del sentido del humor siempre presente en otras obras anteriores de The Archers – incluso en films tan trascendentales como A Vida o Muerte – puesto que trataba el que seguramente fuera el tema más importante para Powell y Pressburger: la devoción al arte, el arte como forma de vida e incluso como religión. Y uno no suele estar dispuesto a hacer muchas bromas con su religión, en este caso el cine.

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La Pointe Courte (1955) de Agnès Varda

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 El debut en la dirección cinematográfica de Agnès Varda es una de esas joyas que han quedado semiocultas y a las que uno se acerca más con curiosidad que con altas expectativas. No obstante, más allá de su innegable valor histórico, La Pointe Courte es un magnífico debut eclipsado por obras más conocidas de la realizadora como Cleo de 5 a 7 (1962) o directamente por el sonoro estrépito que provocó la Nouvelle Vague unos años después.

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El film combina libremente dos tramas que representan dos estéticas diferentes: por un lado está el retrato puramente neorrealista de la zona del suroeste de Francia a la que el título hace referencia y por otro la historia de un joven matrimonio que se encuentra allá para decidir si seguirán juntos o no.

Los episodios neorrealistas apenas tienen argumento y pese a que se intuyen ciertos conflictos (la policía o el niño enfermo) Varda los trata con un enfoque más libre, sin buscar una estructura concreta. En contraste, la historia de la pareja es más introspectiva. Mientras que los humildes pescadores nos parecen absolutamente genuinos, la pareja a cambio esboza diálogos demasiado profundos como para ser realistas, pronunciados además en un tono totalmente exento de emociones.

El contraste puede parecer extraño pero está claramente buscado a propósito y no solo funciona sino que es lo que hace que el film sea tan interesante, por moverse a medio terreno entre dos mundos y estéticas: el entorno rural y el urbano, los personajes sencillos con sus problemas cotidianos y el matrimonio ocioso que «hablan demasiado para ser felices», los pescadores interpretándose a sí mismos y los dos actores profesionales.

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Resulta sorprendente pensar que Varda apenas tenía una formación cinematográfica en la época en que realizó la película, de hecho sus referentes estaban más cercanos a la fotografía y el arte que al cine. Aún así, maneja la cámara con suma elegancia y destreza. Los primeros travellings que dan inicio al film resultan cautivadores por la forma de plasmar esas humildes casas de pescadores, penetrando en ellas con toda soltura pero al mismo tiempo sin dar la sensación de que sea algo artificial o planificado. Nótese por ejemplo cómo en varios de los planos algunos de los personajes (especialmente niños) miran a cámara, algo que la realizadora no se ha preocupado en ocultar para acentuar la sensación de documental.

La filmación de esas escenas más realistas rehuye cualquier sentimentalismo, como queda patente por la forma como se resuelve la historia del niño enfermo a nivel de montaje: un niño recibe una bofetada de su madre por hacer ruido ya que su hermano está enfermo, un plano del doctor en casa de la familia examinando al niño y, tras un corte, el niño en un ataúd y la madre a su lado guardando luto. Seguidamente la cámara se aleja hasta situarse en la calle y vemos a las vecinas chismosas acercarse a observar a la madre y la abuela lamentándose de su desgracia.
Igualmente la historia aparentemente sentimental del matrimonio en crisis es tratada con el mismo distanciamiento, como si lo que le importara a Varda no fuera la resolución del conflicto sino cómo ambos se funden en el paisaje a medida que se van reconciliando pese a ser dos «extraños» (aún cuando es el pueblo natal de él, la gente le trata ya como un parisino).

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La Pointe Courte se realizó con un presupuesto exiguo autofinanciado por la propia directora como pudo. Eso le permitió gozar de la total libertad que supone trabajar totalmente al margen de la industria, lo cual se nota en su resultado final. No parece una película que busque alinearse a ninguna tendencia ni contentar a nadie, sino que va por libre.

En su momento esa combinación tan curiosa de estética neorrealista junto a esos diálogos tan intelectuales fue toda una revelación y supuso uno de los más claros precedentes de la Nouvelle Vague. Aún así, Varda nunca participó activamente en el movimiento, como tampoco lo hizo otro de los nombres más importantes implicados en este film: el futuro director Alain Resnais, aquí desempeñando tareas de edición. No obstante, esta obra demuestra que su contribución a la cinematografía francesa de los años 50 y 60 es también fundamental.
Sin ser una de las obras emblema del cine francés de esa época, La Pointe Courte es no obstante una de mis favoritas personales.

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Trust (1990) de Hal Hartley

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Trust es un film que no se anda con rodeos. Empezamos con un primer plano de una adolescente que pide con total descaro cinco dólares a sus padres. Éstos se enfrentan a ella porque ha dejado el instituto. Ella replica que su única ambición es casarse con un compañero que la ha dejado embarazada. Su padre la insulta. Ella le propina una bofetada y se marcha furiosa. Mientras tanto, su padre muere de un infarto debido a la impresión. No está mal, ¿verdad?

Hal Hartley es uno de los nombres clave dentro de la escena indie norteamericana de los 90, que incluye también a cineastas como Gus Van Sant o Steven Soderbergh. Este tipo de films para mí siempre han tenido un encanto especial que ya justifica por sí solo su visionado: ese estilo tan auténticamente noventero, ese estilo tan fresco a medio camino entre el cine europeo de autor y las convenciones de la tradición norteamericana, esas tramas que encaran conflictos generacionales y en ocasiones temas tabú como el sexo (Sexo, Mentiras y Cintas de Vídeo) o las drogas (Drugstore Cowboy) y un estilo saludablemente modesto y austero.

Este largometraje podría considerarse uno de los mejores exponentes de este tipo de cine. Nos narra en paralelo la historia de Mary y Matthew: dos personas desubicadas con mucho en común. Ambos están en conflicto con sus familias disfuncionales y no acaban de encontrar su lugar en la sociedad. Entre ellos empieza a surgir una relación que Hartley evita muy inteligentemente tratar como una historia de amor. No hay confesiones románticas ni siquiera contacto físico. Simplemente un aprecio y respeto mutuos que les lleva a protegerse y ayudarse mutuamente.

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Ese enfoque tan delicado que evita caer en las redes del romanticismo es uno de mis aspectos favoritos de la película, reforzado especialmente por los actores protagonistas: Adrienne Shelly y Martin Donovan. Shelly consigue pasar de forma armoniosa de la adolescente caprichosa que se gasta en cerveza los únicos cinco dólares que posee, a ser una persona inquieta que empieza a ser consciente de sus responsabilidades y su futuro. Donovan por otro lado le imprime un carisma especial a su personaje lunático, que ataca a la gente sin motivo alguno, lleva consigo una granada (símbolo bastante obvio de que un día va a estallar) y sin embargo demuestra una lucidez poco común.

Ambos se ven enfrentados al gran tema del film: la necesidad del ser humano a asimilar los roles que impone la sociedad. Mary al principio sólo aspira a ser la madre y esposa de un hombre acomodado económicamente. Más adelante conocerá a una mujer de edad avanzada casada con un hombre que cumple esos requisitos pero que no parece ser precisamente un ejemplo de feliz vida conyugal. De hecho, al final sabemos que tanto su madre como su hermana se quedaron embarazadas a la misma edad que Mary y ambas tuvieron que soportar unos matrimonios frustrados, por tanto la pequeña de la familia no hace más que seguir el modelo femenino que se le ha impuesto en casa.

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Por otro lado, Matthew es un prodigio a la hora de reparar aparatos electrónicos pero sufre la frustración diaria de tener que arreglar televisores, precisamente el aparato que más odia de todos por lo que representa. Ante la búsqueda de un nuevo empleo se ofrece a cobrar menos a cambio de no tener que reparar televisores, pero ése es precisamente el aparato que más demanda genera. Cuando intenta llamar la atención a sus jefes sobre una pieza que causa siempre problemas, éstos le piden que continúe haciendo su trabajo, no quieren que piense. Y finalmente, tras haberse obligado a aceptar ese rol de trabajador responsable que debe mantener una familia, sucumbe al más grave pecado de todos: al llegar a casa mira la televisión. Uno de mis comentarios favoritos del film tiene lugar cuando Mary intenta taparle la caja tonta y éste le recrimina que no puede ver a las víctimas de un terremoto, a las cuales quiere contemplar para poder sentir compasión por ellas. Un comentario breve pero muy lúcido sobre el acto de mirar imágenes televisivas.

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Tanto uno como otro deben acarrear consigo ese peso que les impone la sociedad además de la muerte de sus progenitores, que les condena a pasar el resto de su vida con su padre y su madre en el caso de cada uno. Pese a que estos elementos parecen los ingredientes de un melodrama, Hartley consigue dosificarlos gracias a un estilo más ligero que no apuesta abiertamente por la comedia (no comparto la opinión de muchos críticos que la clasifican como «comedia romántica») pero que permite distanciarse de los hechos que se exponen. Sin ir más lejos, los maltratos que sufre Matthew por parte de su padre tienen algo de surrealismo como su obsesión por la limpieza del baño, o por ejemplo el enfrentamiento entre la madre de Mary y Matthew que acaba desembocando en una competición alcohólica.

Cabe resaltar también los excelentes diálogos entre todos los personajes: veloces, punzantes y reflexivos, para mí uno de los puntos fuertes de la película. Un retrato muy auténtico de la América de clase media de principios de los 90 poniendo en cuestión los roles que impone la sociedad.

Muy recomendable.

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Las Últimas Vacaciones [Les Dernières Vacances] (1948) de Roger Leenhardt

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Si Roger Leenhardt tiene un puesto en la historia del cine es en gran parte por sus cortometrajes documentales realizados entre los años 30 y 60. No obstante, entre su extensa filmografía también hay algunas obras de ficción, incluyendo unos pocos largometrajes como Las Últimas Vacaciones, que fue su primera tentativa en en el terreno de la larga duración.

Para ello, decidió partir de una historia muy básica impregnada de nostalgia, en que un adolescente llamado Jacques recuerda sus últimas vacaciones de verano. Durante esos meses, Jacques ha estado habitando junto a su numerosa familia en una gran casa de campo que se han visto obligados a vender para la construcción de un hotel. Jacques y su prima Juliette (de la que está enamorado) se indignan ante la futura pérdida de esa casa familiar y deciden planificar algunas travesuras contra Pierre, el arquitecto que representa a la empresa que quiere comprar el terreno. Pero poco a poco, Juliette deja de lado esa faceta más infantil y se deja seducir por los coqueteos de Pierre, causando la desesperación de Jacques.

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La película se mueve claramente en dos terrenos: el salto de la adolescencia a la madurez y la pérdida de ese histórico patrimonio familiar. En ambos casos juega un papel muy importante el sentimiento de melancolía hacia un pasado que los personajes se ven obligados a dejar atrás: el símbolo de toda una genealogía familiar y las travesuras de juventud en caso de Pierre.

En lo que respecta a la gran casa familiar en que pasan las vacaciones, ésta representa no solo un próspero pasado burgués que ha quedado ya atrás sino una concepción tradicional de la familia que también ha quedado anticuada. La familia vista como una ilustre genealogía que queda simbolizada claramente en la presencia de los árboles genealógicos y en el emblema que aparece escrito en la pared principal: «Cresca», es decir, «que crezcan». Esa reunión veraniega acaba siendo pues un acto de nostalgia en sí mismo, en que se recuerdan tradiciones de antaño (los bailes que ejecutan) y se habla nostálgicamente del pasado.

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La subtrama de los dos adolescentes se mueve en el terreno de la entrada en la edad adulta, de esos dos adolescentes que al inicio de las vacaciones jugaban con los otros niños pequeños y al final acaban teniendo su primer conflicto amoroso. Su paso de querer boicotear la compra a arrepentirse de sus hazañas al saber la precaria situación económica en que se encuentra el padre de Juliette, quien necesita ese dinero para mantener a sus hijos.

No hay apenas grandes escenas dramáticas ni tampoco una idealización excesiva de este proceso de aprendizaje (en una escena de hecho vemos cómo Jacques, celoso al ver que no consigue la atención de Juliette, intenta forzarla torpemente para que le bese), aunque sí que Leenhardt le imprime a la historia cierto toque poético que le dota al film de un encanto especial.

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Huérfanos en Budapest [Zoo in Budapest] (1933) de Rowland V. Lee

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Huérfanos en Budapest es un ejemplo prototípico de film de la Gran Depresión de principios de los años 30, que buscaba animar al público con una visión optimista del mundo a través de unos protagonistas humildes que consiguen la felicidad.

Lo interesante en este caso es que toda la acción se sitúe en el interior de un zoológico a lo largo de un día y una noche bastante ajetreadas. El protagonista es el encantador Zani, un joven huérfano que ha nacido y crecido toda su vida en el interior del parque y que se entiende con todos los animales, incluso los más fieros. Aunque el director, el Dr. Grunbaum, siente un gran afecto por él se ve obligado a denunciarle a la policía debido a una costumbre poco apropiada de Zani: robar los abrigos de pieles de las visitantes del parque para destruirlos.
Paralelamente, un niño consentido se escapa de las manos de su niñera para adentrarse en el zoo antes de cerrar y una huérfana se escabulle de las monjas de su internado durante una visita al parque.

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La premisa de Huérfanos en Budapest es bastante clara en sus intenciones: la pareja son ambos huérfanos aislados del mundo (él nunca ha salido del zoo y ella está en un orfanato) y el zoo nos es presentado como un sitio más seguro respecto al caótico mundo exterior. Zani de hecho se entiende mejor con los animales deambulando de una jaula a otra que con muchos de los visitantes. El que jamás haya salido al exterior es un síntoma de que, en el fondo, se siente más cómodo encerrado como otro animal que enfrentándose a la cruda realidad.

Desafortunadamente, el previsible romance de la pareja no acaba de funcionar del todo aún concediéndole ese tono idílico que encaja con este tipo de historia. Me inclino a atribuirlo a la floja pareja protagonista más que al trabajo de Rowland V. Lee tras la cámara, ya que de hecho mi momento favorito de todo el film es cuando ambos pasean juntos por los parajes naturales del zoo, preciosamente filmado. Es el instante en que mejor se transmite la armonía de los personajes con el entorno, bellamente fotografiado en toda su pureza.

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El gran aliciente de la película en su época entiendo que era la aparición de los diferentes animales exóticos del zoológico, quienes en el primer segmento únicamente sirven para crear gags o remarcar el carácter de los personajes (aquellos que los tratan de forma negativa o despectiva rápidamente los entendemos como antagonistas), pero al final adquieren protagonismo en una última escena de suspense.

El resultado es correcto y entretenido, pero no es una película que deje huella y creo que es inevitable verla como hija directa de su contexto.

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