Críticas

The Whisperers (1967) de Bryan Forbes

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La señora Ross es una anciana que vive sola en una diminuta casa situada en una pequeña ciudad inglesa. Abandonada desde hace años por su marido y descuidada por su único hijo, ha acabado volviéndose senil, escuchando voces que no existen y creyéndose que alguien la está espiando. Sus pocos contactos con la realidad son la beneficiencia, que le proporciona la poca ayuda de la que dispone mientras ésta fantasea con recibir algún día una cuantiosa herencia.

The Whisperers es uno de esos films que demuestran una vez más la riqueza del cine británico más allá de los nombres y movimientos más citados. En ese sentido Bryan Forbes es uno de esos cineastas poco mencionados pero con una carrera más que interesante tras sus espaldas, en la que si uno se anima a rascar puede encontrar bastantes obras notables como Plan Diabólico (1964).

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En la película que destacamos hoy, Forbes se decanta por un realismo sucio, interesado más por captar fielmente la situación de la protagonista antes que ahondar en el melodrama: apenas hay banda sonora y en varias escenas estamos virtualmente en silencio con la anciana (una forma de remarcar su soledad); además la filmación en barrios obreros reales aumenta aún más la sensación de veracidad. La primera parte de la película es sin duda la mejor, enfatizando ese estilo tan seco y centrándose únicamente en el día a día de la anciana.

A medio metraje se produce un inesperado giro con la llegada del marido. Éste aporta un cambio de tono total y el film en este punto deja de ser tan especial al dividir el protagonismo entre ambos cónyuges (siendo además la subtrama de él mucho menos interesante). No obstante, a la larga acaba siendo un cambio de rumbo necesario para insistir en la principal idea de la película: el hecho de que incluso tras haber sido rescatada por la beneficiencia y haber recuperado a su marido, la señora Ross sigue en el fondo estando sola; la incapacidad por parte de ella y los servicios sociales de reencauzar su vida, que sospechamos volverá al punto del inicio del filme.

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Me dejo para el final uno de los elementos absolutamente claves de la película: la veterana Edith Evans. No es que haga una magnífica interpretación, es que la película se sustenta prácticamente en ella. Hace una actuación tan realista que literalmente la anciana cobra vida. Consigue la que es una de las grandes metas de un actor: que seamos incapaces de ver en él al intérprete que da vida a un personaje, que sintamos a la señora Ross como alguien tan real que nos cueste pensar que de hecho es una veterana actriz poniéndose en la piel de un personaje. Los gestos, las miradas, la forma de interactuar con los otros personajes… incluso en los detalles más sutiles Evans consigue que el personaje sea absolutamente auténtico.

Aun sin estar la segunda mitad del metraje a la altura del primero, se trata indudablemente de una de las mejores películas que he visto sobre la vejez y todo lo que representa.

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La Petite Lise (1930) de Jean Grémillon

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Siento una debilidad especial por las películas de los inicios del sonoro. Son obras que nos revelan que lo que damos por evidente no lo es tanto, que el uso que damos por entendido del sonido y que se ha convertido en un estándar es fruto de años de experimentar hasta darle una forma determinada. Films que en muchos casos nos hacen replantearnos la forma como se ha utilizado siempre esa técnica y que quizá nos hacen acusar un uso demasiado conservador y poco imaginativo de la misma.

Son además películas que suelen tener un estilo casi áspero. En ocasiones sin la tradicional banda sonora de fondo que haga de colchón para no tener que enfrentarnos a las imágenes en estado puro, de modo que muchas escenas a nuestros ojos se nos hacen inusualmente largas al tener que enfrentarnos al silencio. Esto nos lleva a una curiosa paradoja, ya que incluso en el cine mudo el acompañamiento musical siempre estaba presente, de modo que estos incómodos silencios son un fenómeno que solo se daba en estas primeras películas sonoras. Se nota además la tendencia de los directores a potenciar todavía la imagen, de modo que suelen ser films que a nuestros ojos pueden tener un estilo casi espartano. Y no obstante, todo esto que puede entenderse como una serie de defectos no deja de ser otra forma de hacer cine antes de que llegara el estándar en el uso de imagen y sonido que todos conocemos.

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Esta introducción viene a cuento de que solo así se puede entender el primer film sonoro de Jean Grémillon, La Petite Lise (1930), un ejemplo de manual de este fenómeno que expongo. El protagonista es Victor Berthier (Pierre Alcover, al que quizá conozcan por L’Argent (1928) de Marcel L’Herbier), un hombre que sale de prisión después de haber cumplido una condena por haber matado a su mujer por celos. No obstante su esperado encuentro con su hija está lejos de ser feliz: Lise se ha convertido en una prostituta y su novio, André, es un buscavidas que la va a llevar a la perdición.

Prácticamente uno podría mirar La Petite Lise sólo fijándose en el curioso uso del sonido, fruto de la novedad pero también de que tras la cámara se hallaba un director inquieto como Grémillon. La escena de la prisión, un espacio caótico y casi infernal, está construida en base a las imágenes de prisioneros apelotonados de forma desordenada pero también con los diálogos y gritos que se superponen. Más adelante el primer diálogo entre los amantes protagonistas se nos presenta mientras la cámara les sigue… por la espalda. Parece como si Grémillon pensara que una ventaja del sonido es poder hacer cosas así, sustentar un plano en base a los diálogos sin tener necesariamente que mostrar sus rostros. Del mismo modo el esperadísimo y emotivo encuentro entre padre e hija aparece fuera de plano y solo lo escuchamos por los diálogos entre ambos.

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Otro momento memorable es la escena final, en que el tenso clímax va en paralelo a las imágenes de un espectáculo de música ligera interpretada por una banda de negros, que acaba constituyendo el telón de fondo de esa terrible escena. El contraste entre el diálogo que hay entre los personajes y la música alegre de fondo y los aplausos nos da a entender cómo, más allá de esas paredes, el mundo sigue su curso. Hay además en medio de esa escena un breve plano de la antigua prisión como evocando el destino que le espera al protagonista que es alucinante: en el cine mudo habría sido más complejo ubicarlo en la narrativa, pero aquí al mantener el telón sonoro de fondo entendemos que no es un cambio de espacio, sino un pensamiento fugaz del protagonista respecto a lo que le espera. Este tipo de audacias hoy nos parecen fruto de la modernidad, pero podemos comprobar cómo ya se intentaron en esta época: es uno de esos muchos recursos que quedaron como experimentos que no tuvieron continuidad en el clasicismo, y que solo podían «escaparse» en el contexto de unos años en que los cineastas buscaban qué camino estético seguir con el sonido.

Un último detalle que merece la pena destacarse es cómo la llegada del sonido acabó con la supremacía de la imagen y su uso más preciosista. Los fanáticos del cine mudo como un servidor siempre aplaudimos el uso tan cuidado de la imagen que se hacía en los años 20 y el hecho de que a finales de esa década el cine llegó a su punto álgido en el aspecto visual. El sonido trajo consigo un elemento que puede entenderse como negativo pero que también tiene su interés: una cierta despreocupación por los encuadres, un estilo que podría tildarse de más «feísta» al tener que estar el director por otros aspectos que no fueran solo la imagen, y que dio lugar al uso de encuadres inarmónicos y en ocasiones descompensados. En otros casos quizá sería de lamentar, pero en films como éste, en que se retratan los bajos fondos y un mundo más sucio, esta tendencia encaja bien con su contenido. En cierto modo, otra de las aportaciones del sonido fue esa huida a un estilo en ocasiones demasiado preciosista hacia otros caminos expresivos no tan bellos pero igualmente interesantes y con mucho que aportar.

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Carta de Amor [Koibumi] (1953) de Kinuyo Tanaka

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Tras ver Carta de Amor (1953) me vienen inmediatamente a la memoria una serie de películas, comenzando por Cartas a mi Amada (1945) de William Dieterle y acabando en Her (2013) de Spike Jonze, que comparten con ésta la idea de alguien que se dedica a escribir cartas por otros. Es decir, un protagonista que materializa los sentimientos que esas otras personas son incapaces de expresar y, al final, lo que hace es compartir los suyos propios con alguien que no conoce.

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Ése es el punto de partida del debut tras la cámara de Kinuyo Tanaka, una de las grandes actrices del cine clásico japonés que aquí se animó a saltar a la dirección (fue de hecho la segunda mujer japonesa en trabajar como directora). Reikichi Mayumi es un hombre destrozado por haber perdido a Michiko, el amor de su vida, que se casó con otro hombre antes de la II Guerra Mundial. Pese a que su formación le permitiría encontrar un buen trabajo, Reikichi se deja llevar por la apatía y malvive junto a su hermano menor en un diminuto apartamento de Tokio. Su salida de ese estado de soledad e introversión vendrá cuando un amigo le ofrezca un trabajo insólito: ayudar a mujeres a escribir cartas a soldados americanos que fueron sus amantes durante la ocupación del ejército para pedirles dinero. De esta forma, Reikichi acaba aprovechando sus sentimientos atormentados con una finalidad terriblemente cínica: las mujeres se inventan todo tipo de desgracias para darles pena, pero lo que hace que Reikichi sea tan bueno en esa tarea es que realmente está poniendo sus sentimientos por escrito.

Más adelante, Reikichi se reencuentra con Michiko, pero su encuentro está muy lejos de ser idílico. Ella se vio obligada en los años más duros de posguerra a convertirse en la amante de un soldado americano, y Reichiki no puede evitar reprocharle que no mantuviera su pureza intacta. La película entonces pasa a tener un estilo mucho más cercano a una de las obras cumbre del cine japonés, Nubes Flotantes (1955). Guarda en común con el futuro film de Mikio Naruse el reflejo de ese sentimiento trágico y pesimista de posguerra que ha dejado huella en sus protagonistas, un romance que no consigue sobrevivir a esos penosos años no por impedimentos externos sino porque los personajes ya no son los mismos y, a un nivel anecdótico, un mismo protagonista, Masayuki Mori, uno de los actores más importantes y reconocibles de la era clásica del cine japonés.

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Pese a encontrarse por debajo de la obra maestra de Naruse, Carta de Amor es igualmente una gran película que refleja el Japón de posguerra, que lucha por prosperar en los años anteriores al boom económico que viviría el país. Las historias de Reikichi y su hermano circulan en paralelo como el reflejo de dos formas completamente distintas de sobreponerse a la adversidad: Reikichi, que lamenta no haber muerto en combate y sigue de luto por el pasado perdido, y su hermano más pragmático y astuto, que acaba prosperando con un pequeño puesto de revistas. En cierto momento el amigo de Reikichi anima al protagonista a que deje de obsesionarse por la guerra y a que entienda que, en el fondo, todos los japoneses son culpables por todos los pecados cometidos en esos años.

El film de hecho acaba con estas palabras, lo cual resulta bastante acertado: un desenlace que aunque se puede intuir por donde irá queda bastante en el aire. Como si lo que le interesara explicar a Tanaka y al guionista Keisuke Kinoshita (uno de los directores más importantes del cine nipón) ya hubiera quedado expuesto, y la previsible escena de desenlace no valiera la pena mostrarla. Este tipo de sutilezas, que nos pueden parecer remarcables, en realidad no eran nada infrecuentes en el cine japonés clásico.

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La Tierra Tiembla [La Terra Trema] (1948) de Luchino Visconti

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Aunque a nivel popular La Tierra Tiembla (1948) no goza del mismo estatus que las otras películas fundacionales del neorrealismo – Roma, Ciudad Abierta (1945) de Rossellini o El Limpiabotas (1946) de Vittorio de Sica – puede que el segundo film de Luchino Visconti como director sea el que muestra más fielmente la idea de lo que pretendía ser inicialmente el neorrealismo.

En un pequeño pueblo siciliano las familias de pescadores viven en la miseria. Durante las noches los hombres realizan la pesca en condiciones muy duras para que luego, a su regreso, se vean obligados a vender los peces a los comerciantes a un precio ridículo. Su rutinaria existencia no admite salida ya que no hay forma de salir de ese círculo vicioso… o al menos así pensaban la mayoría. El cabecilla de una de las familias del pueblo, ‘Ntoni, no puede aceptar esa situación después de haber hecho el servicio militar y haber visto una parte del mundo. Por ello un día toma una decisión: comprar una barca y ser ellos sus propios jefes, vender ellos mismos el pescado que recogen sin necesidad de pasar por los intermediarios que se quedan todo el beneficio sin mover un dedo. Pero aunque él espera que todos se adhieran a su idea, el resto de familias le miran con desconfianza e incluso les achacan que sean tan arrogantes como para trabajar por su cuenta. ‘Ntoni hipoteca pues su casa y en las primeras pescas parece que todo va viento en popa. Pero la desgracia acaba cayendo sobre ellos llevando al traste todas sus esperanzas.

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Mucho se ha escrito ya sobre todas las innovaciones del neorrealismo y sobre cómo su forma de abordar el cine supuso una de las mayores revoluciones del medio hasta la fecha. Poco vamos a descubrir pues en ese sentido. Pero en mi opinión fue La Tierra Tiembla el film que reflejó mejor que ninguno el neorrealismo en su forma más pura. No en vano, su realizador ya se había empapado de algunas de estas ideas antes de que el mero concepto de neorrealismo existiera trabajando como ayudante de dirección para Jean Renoir en el drama realista Toni (1935). Y tampoco cabe olvidar que la primera película del movimiento fue suya: Obsesión (1943), que partía de la arriesgada idea de adaptar una novela negra dándole un estilo sucio y naturalista.

Cuando afrontó Visconti La Tierra Tiembla ya estaba pues más que versado en ese estilo y supo dar a esta historia sobre humildes pescadores ese tono tan característicamente auténtico, comenzando por el hecho de permitirles hablar en su dialecto local. Aunque el narrador nos detalla el estado de miseria en que se encuentran los protagonistas, son las imágenes las que dicen todo: esas casas sucias y destrozadas donde solo hay dos reliquias (una imagen de Jesucristo y la fotografía de familia), esos pies descalzos caminando entre ruinas y los rostros de los personajes.

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De hecho se hace difícil imaginar esta película protagonizada por actores en vez de por pescadores reales. Un actor quizá leería el guión y se esforzaría por interpretar cada escena reflejando sus sentimientos. Los protagonistas del filme en cambio no sobreactuan lo más mínimo, al contrario, pese a sus innumerables desgracias apenas dejan traslucir nada, como si estuvieran atrofiados por su desgraciada vida. Y del mismo modo, los pequeños romances que se entreven, como el de la hermana mayor con el obrero (seguramente los dos personajes más entrañables de la película) está exento de todo romanticismo. Cuando al final de la película pasean juntos y ella le dice con toda naturalidad que nunca se podrá casar, apenas nos damos cuenta de que en realidad no se han declarado su amor ni se han besado, el inevitable ritual por el que deberían pasar en cualquier película. Simplemente el cariño que sienten mutuamente ha hecho que ambos se den cuenta de ello y que lo traten como una evidencia, sin ningún romanticismo por medio.

El guión por otro lado no solo denuncia la terrible situación a la que se ven sometidos por los comerciantes, sino que acaba con cualquier idea bondadosa a lo Frank Capra de que los humildes se ayudan entre ellos. Los vecinos del poblado no solo no cooperan con los protagonistas, sino que les tienen envidia y los atacan sin compasión. Esto resulta quizá lo más descorazonador de todo: que ‘Ntoni en realidad quería cambiar las cosas para que todo el pueblo se beneficiara, que él no buscaba lucrarse sino abrir los ojos a los demás. Y sin embargo el resto de vecinos lo tachan de arrogante y se alegran de su desgracia. Esa visión del pobre que no se atreve a salir de su modo de vida (el abuelo comenta que siempre ha sido y siempre será así) y que ataca a aquel que intenta ayudarles por pura ignorancia resulta tan auténtica, tan veraz incluso hoy día que deja un aliento desesperanzador. ¿Cómo van a salir nunca de su situación si ya tienen asimilado que cualquiera que intente hacer algo para remediarlo está equivocado?

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El final, como en muchos filmes neorrealistas, es totalmente abierto, hasta el punto de que desconocemos qué será de algunos miembros de la familia. Después de sufrir una terrible, absolutamente terrible, humillación ‘Ntoni vuelve a una barca con dos de sus hermanos. Al igual que en la vida misma, no hay un cierre, su historia sigue su curso con solo una certeza: seguirán en la miseria el resto de sus vidas.

La Tierra Tiembla fue un fracaso de taquilla en su momento. La historia obviamente no resultaba tan atractiva como la de Roma, Ciudad Abierta, Paisá (1945) o El Limpiabotas, y ni siquiera el Partico Comunista (que financió parte de la película) quedó satisfecho ante esta visión tan cínica que huía del tópico de la hermandad entre humildes. El mundo no estaba preparado para un neorrealismo tan austero, y eso impidió a Visconti realizar una segunda parte, que sería «La historia de la tierra». En vez de eso, el realizador tomó nota y su siguiente incursión en el neorrealismo optaría por un enfoque diferente: una actriz consagrada como protagonista y una historia más atractiva. El resultado sería Bellísima (1951).

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You and Me (1938) de Fritz Lang

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A la hora de compartir nuestros gustos y filias cinematográficas con otros amantes del séptimo arte a veces resulta más interesante preguntar no tanto las películas favoritas de cada uno como sus debilidades personales, aquellas que uno es consciente que no son grandes obras pero hacia las que uno no puede evitar sentir cierto cariño, incluso con sus defectos (o quizá especialmente por sus defectos). Es fácil justificar el fanatismo hacia un gran film, puesto que sus cualidades hablan por sí solas, pero en cambio las debilidades personales no poseen esos argumentos a favor y por tanto resulta más interesante tratar de vislumbrar qué ha visto la otra persona en ellas.

En mi caso uno de los ejemplos que suelo mencionar más a menudo es You and Me (1938) de Fritz Lang. Y no se crean que eso sea debido a que la dirige uno de mis cineastas favoritos, ya que por ejemplo no tengo reparo en decir que una película tan bien valorada como Mientras Nueva York Duerme (1955) me parece aburrida y floja. Lo que sucede es que me atrae esta rareza desigual, esta combinación de elementos dispares que solo funciona a ratos pero nunca en conjunto. Se trata sin duda de la película más peculiar de la filmografía de Lang junto a Liliom (1934) y la más extraña de todas.

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El punto de partida ya es bastante extravagante teniendo en cuenta el realizador al que iba dirigido este encargo: una comedia amable ambientada en unos grandes almacenes con canciones de Kurt Weill. ¿Lang en una comedia musical? ¿En qué momento alguien pensó que eso sería una buena idea? Quizá fuera el argumento lo que despistó a los productores creyendo que el cineasta alemán sabría encajar en el proyecto: los grandes almacenes Morris tienen como propietario a un altruista que contrata como dependientes a ex-presidiarios para que tengan la oportunidad de reformarse. Entre ellos se encuentran Helen y Joe, dos compañeros que están enamorados y que, cómo no, acaban casándose. Joe pertenecía a una peligrosa banda cuyo jefe está intentando involucrarle en un golpe mientras que Helen estuvo en prisión por un crimen menor. El problema está en que Joe desprecia a las mujeres que han estado en la cárcel, y por ello ésta intenta ocultarle la verdad a toda costa.

La premisa podría ser la de una típica comedia romántica de enredo con la clásica moraleja final, y quizá en manos de otro cineasta habría adquirido ese tono, pero en las de Lang el resultado es más peculiar que divertido. You and Me es un film que parece que nunca encuentra su tono adecuado, y que va basculando de la comedia entrañable al drama criminal de forma un tanto torpe. Además, inicialmente iba a incluir varios números musicales de Kurt Weill, que habrían hecho del film un pastiche aún más improbable, pero Weill y Lang (al que el primero definió como una de las personas con menos sentido musical que había conocido) no se acabaron entendiendo, y a causa de ello solo han sobrevivido unas pocas canciones.

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No obstante, lo que me gusta de You and Me son precisamente algunos de estos defectos, la extraña combinación de géneros no demasiado bien integrados entre sí. Las escenas románticas entre Helen y Joe son seguramente las más hermosas que Lang haya filmado nunca, destacando ese precioso plano en que ambos se encuentran en las escaleras mecánicas y disimuladamente se tocan sus manos en el breve momento en que se cruzan. Es la primera vez en la película que les vemos juntos, y resulta una forma realmente bonita de darnos a entender visualmente lo que hay entre ambos.

De hecho el film se recrea tanto en las escenas románticas que el conflicto tarda bastante en arrancar. Eso que podría entenderse como un defecto para mí es otra de las rarezas que le dotan de un encanto especial: que el guión inicialmente parte de una situación que no conduce a ningún sitio (teóricamente Joe va a emigrar a la costa oeste y van a tener que separarse para siempre) para que experimentemos la emoción que sienten cuando ambos se declaran su amor al último momento. O que se nos permita compartir con ellos una escena tan entrañable como la «luna de miel», que acaba siendo una visita a varios restaurantes exóticos.

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Ese tono tan inusual en el cine de Lang va combinado con una subtrama criminal que recupera la idea de la magistral Solo se Vive una Vez (1937) sobre las segundas oportunidades, pero el film no parece decidirse sobre si opta por tomarse en serio este conflicto o si retratar a los miembros de la banda como inofensivos bribonzuelos. Del mismo modo, la escena más llamativa de la película es un momento que no parece saber cómo integrarse en el film al ser tan estilísticamente llamativo: la banda de criminales se reencuentra en un bar y rememora su estancia en prisión casi con nostalgia, pero poco a poco sus comentarios van derivando hacia el episodio en que uno de los grandes jefazos del hampa acabó entre rejas. Repentinamente, Lang convierte esta escena en una especie de número musical con un montaje expresionista. Pocas veces en Hollywood el director se permitió apartarse de tal manera del flujo tradicional del film para recrearse en un momento tan abstracto.

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Obviamente, la película tiene también ciertas flaquezas que sí habría deseado que se solventaran, comenzando por la mala decisión de dar a George Raft el papel protagonista. Raft era una de las grandes estrellas del momento en papeles de gángsters, pero no tiene el encanto necesario para lidiar con los momentos más dulces del film. A cambio Sylvia Sidney, en su tercera colaboración seguida con Lang, hace un gran papel sabiendo manejar mejor la faceta dramática con la más romántica. Del mismo modo esa extraña variación de tonos hace que ese desenlace tan capriano descoloque un poco, con Helen explicando a los delincuentes como si fueran niños en una clase escolar que el crimen no sale a cuenta económicamente. Finalmente, tras hora y cuarto de indecisión, el film ha optado por quedarse en el tono de comedia.

La película fue en su época un previsible fracaso que sentó especialmente mal a Lang al haber dedicado a ella mucho tiempo y esfuerzos. Eso para mí aumenta aún más el encanto de You and Me: no es un encargo que el director despachara desdeñosamente, realmente su autor creía en este film extraño y descompensado, y eso creo que se nota en el resultado final pese a sus flaquezas.

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Fear and Desire (1953) de Stanley Kubrick

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Hasta hace unos años, Fear and Desire (1953) era una película casi de culto y difícil de conseguir en buenas condiciones (al parecer circulaba una versión por la red pero de pésima calidad), lo cual resulta sorprendente teniendo en cuenta que se trata del debut de Stanley Kubrick. Pero en el mundo de Kubrick nada es casual. Cuando poco después de su muerte se reeditó toda su filmografía en DVD, el hecho de que su primer film fuera el único largometraje excluido respondía a una razón muy concreta: Kubrick despreciaba esa película y en vida hizo todo lo posible por evitar su difusión y por ocultarla del público. Y lo logró… hasta que recientemente se restauró el film y se editó a la venta, algo que sin duda habría avergonzado o enfurecido al cineasta.

De apenas una hora de duración, Fear and Desire es una obra antibélica ambientada en una guerra inconcreta y tiene como protagonistas a cuatro soldados que se han quedado atrapados en las líneas enemigas después de un accidente aéreo. Su objetivo es volver a su país a través de un río, pero el pelotón ha de lidiar con una serie de problemas, entre ellos el ser descubiertos por una campesina a la que deben retener para que no les delate, o el testarudo empeño de uno de los soldados por intentar acceder a una fortaleza enemiga para matar a un general.

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Resultaría muy sencillo cargar tintas contra un film que en realidad no deja de ser la primera experiencia cinematográfica seria de su autor y que se realizó de forma casi amateur, y más cuando algunas de sus carencias son evidentes. Pero aunque innegablemente Fear and Desire es una película floja y la peor de la carrera de Kubrick, realmente no está mal como primera toma de contacto de su creador con el cine de ficción.

De entrada, si hay algo que uno debe destacar de la película es sin ningún lugar a dudas su trabajo de fotografía, realizado por el propio Kubrick. Salta claramente a la vista que el joven director y productor era fotógrafo antes de meterse en el cine, ya que la composición de muchos de los planos está tan cuidada que a veces parecen instantáneas. De hecho creo que incluso se le podría achacar que aquí Kubrick cae en la tentación de dejarse seducir demasiado por ese aspecto de la dirección cinematográfica, y que ciertos planos visualmente resultan muy atractivos en sí mismos pero que dentro del conjunto de la escena no encajan del todo. Eso se nota mucho en ciertos diálogos en que escuchamos la voz en off mientras se sucede un montaje de planos de diferentes elementos de la escena, como si Kubrick no quisiera perder el tiempo encuadrando al actor que está hablando y prefiriera tener por un lado el necesario diálogo y, por el otro, ir montando sus planos tan perfectos. La escena en que los protagonistas atacan una pequeña cabaña y matan a dos soldados que estaban cenando es seguramente la más llamativa de todas en ese aspecto, aunque resulta algo más justificable por lo caótico de la situación que se representa.

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A cambio, en lo que más flojea el film con diferencia es en su guión. Aunque la idea de una guerra inconcreta es siempre atractiva como metáfora, el guionista Howard Sackler se recrea demasiado en monólogos existencialistas en que los personajes divagan continuamente sobre lo absurdo de su situación. Son esa clase de diálogos que enfatizan demasiado la idea que quieren transmitir y que acaban resultando muy artificiales. Además, los personajes no están muy bien desarrollados, de forma que solo hay dos de los cuatro soldados a los que realmente llegamos a conocer, mientras que el general, supuestamente el líder del grupo, tiene el dudoso honor de ser uno de los cabecillas menos carismáticos que he visto en una película.

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Por otro lado, Fear and Desire es en la mayor parte de su metraje una película competente, no brillante pero sí bien acabada, que solo en determinados momentos pierde el norte por completo. El instante en que corre más peligro de caer en lo ridículo es en la escena en que el soldado joven queda custodiando a la campesina y se vuelve loco (ya saben, dejemos que sea el miembro más imprevisible e inestable psicológicamente del pelotón el que se quede a solas con la bella muchacha, ¿qué puede salir mal?). Paul Mazursky, futuro director de prestigio, sobreactúa terriblemente en su papel del soldado, pero tampoco ayuda que el guión haya construido pésimamente el personaje al abocarlo tan repentinamente a la locura, y Kubrick parece demasiado preocupado en la composición de los planos de la preciosa campesina como para detener los excesos del actor. También me molesta la breve escena tan fuera de lugar que sucede en la base, cuando los dos soldados deciden volver a buscar a sus compañeros, pero en este caso más por la construcción de la historia que por la escena en sí.

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Teniendo en cuenta lo obsesivamente controlador que era Stanley Kubrick en todos los aspectos de su carrera e incluso de su vida personal, no es de extrañar que intentara conseguir todas las copias del film para destruirlo. Yo no lo achaco tanto a que fuera una película tan mala que le avergonzara (ya que, pese a sus obvios defectos, no es una obra pésima) como a su obsesión por el control y que su breve carrera fuera lo más inmaculada posible. Ciertamente El Beso del Asesino (1955) es una obra de juventud mucho más agradecida: la trama es más modesta sin los discursos existencialistas de Fear and Desire y aunque tiene todavía los típicos tics de un debutante que quieren jugar con la cámara, lo hace con más gracia que en su debut (por ejemplo, la escena en que un personaje lanza un vaso a la cámara) y sin que su pasado como fotógrafo esté por encima de la película. No seré yo por tanto el que le quite su estatus de ser el film más flojo de su carrera, pero sí que agradezco que Kubrick no consiguiera ocultarnos la película porque su visionado resulta más que interesante para los aficionados a su cine.

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La Trama [Family Plot] (1976) de Alfred Hitchcock

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Siempre es meritorio cerrar una larga carrera en el mundo del cine con una muy buena película, y más cuando su principal responsable tiene la respetable edad de 77 años y se encuentra débil de salud tras sufrir un par de infartos. Pero si además de todo ello resulta que su último trabajo es una obra ágil, ligera y que en estilo encaja mucho con las corrientes de la época, el mérito es aún mayor. No en vano, hablamos de Alfred Hitchcock, alguien que había empezado en el cine mudo y que había sobrevivido al salto al sonoro, al sistema de estudios del Hollywood clásico y a la modernidad de los años 60. Y que en vez de jubilarse de forma respetable a mediados de los años 70 se embarcó con una nueva película, fiel a su tipo de cine pero sin parecer anticuada o propia de alguien que ha dejado de estar en sintonía con lo que se llevaba en el cine.

La Trama es puro Hitchcock y al mismo tiempo no tiene ese aire de película acartonada de vieja gloria que persiste en seguir haciendo cine tal y como se hacía 20 años atrás. La protagonista es Blanche, una excéntrica mujer que se hace pasar por espiritista y que recibe el encargo de una acaudalada anciana para que encuentre a Edward Shoebridge, el hijo ilegítimo de su difunta hermana, y así nombrarle principal heredero. La compinche de Blanche es su novio George, un taxista que trabaja como detective aficionado en sus ratos libres para proporcionar a Blanche información de sus clientes. Pero encontrar a Shoebridge será una tarea difícil, puesto que éste es a día de hoy un secuestrador que ha borrado cualquier rastro sobre su pasado y que trabaja también en complicidad con su pareja.

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Una de las cosas que más me gustan de La Trama es que se trata de una película puramente setentera. No solo por el reparto (en el que ya entraremos) sino por la estética, por los escenarios reales que tanto nos recuerdan a otros filmes típicos de la época, por los diálogos tan ágiles y auténticos, incluso por la presencia en papeles ínfimos de rostros que reconoceremos de obras míticas de aquellos años como Nicholas Colasanto o Charles Tyner. La Trama tiene un aroma de su época, y nos da la sensación de que Hitchcock no se encerró en la seguridad de los estudios de la Universal protegido por su estatus de leyenda viviente aún en activo, sino que se molestó en dar autenticidad a su nueva película y que pudiera encajar perfectamente con el resto de films de la cartelera.

Con toda probabilidad uno de los factores esenciales que hacen que La Trama tenga una apariencia tan joven es su reparto, puesto que en vez de aprovechar su estatus para reclutar a las estrellas más taquilleras del momento, Hitchcock prefirió rodearse de rostros menos conocidos (una táctica que ya le funcionó a la perfección cuatro años atrás en Frenesí). Así pues, aunque se barajaron nombres como Jack Nicholson, Al Pacino, Faye Dunaway o Liza Minnelli, Hitchcock decidió coger la lista de candidatos, que iba de más a menos importancia, y empezar a barajar los nombres que estaban hacia el final. No quiere decir eso que todos estos actores de renombre no hubieran hecho un gran trabajo, pero le habrían dado al film un halo de gran producción que haría que ésta no fuera tan especial. En cambio con los nombres escogidos da más la sensación de que estemos viendo una película modesta de los 70, y eso contribuye a su encanto tan auténtico. Por tanto, Hitchcock no se «protegía» con grandes actores que aseguraran la viabilidad comercial de su nueva obra y se apoyaba únicamente en su habilidad tras la cámara (hay en esto, cabe reconocerlo, también un tema de manías personales: es conocido que le molestaban los elevados sueldos de las estrellas de Hollywood, que encarecían innecesariamente las películas, y más cuando el director a menudo pedía a los actores que interpretaran lo menos posible).

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Los actores protagonistas escogidos fueron, en el bando de los protagonistas, Barbara Harris y Bruce Dern. La primera apenas tuvo (ni ha tenido) una gran proyección en el cine, mientras que el segundo ha sido más un secundario de carácter especialmente querido por los fans del cine americano de los 70 como un servidor (aunque a día de hoy está teniendo una justa revalorización gracias a directores como Alexander Payne y Quentin Tarantin). Dern ya había tenido un papel secundario en Marnie la Ladrona (1964) y fue el miembro del reparto que mejor se entendió con Hitchcock. Su personaje es uno de los héroes más improbables del universo hitchcockiano: alto y desgarbado, sin el atractivo de los gentlemen de sus filmes clásicos (paradójicamente es el antagonista el que recupera la elegancia de los antiguos protagonistas hitchcockianos). De hecho su labor como detective amateur no es especialmente brillante salvo algunos breves momentos de lucidez, y en realidad jamás le veremos enfrentarse a ningún antagonista, más bien huyendo de ellos.

En el otro bando tenemos a un efectivo William Devane (con el que sin embargo en cambio Hitchcock no se sintió satisfecho) y a uno de los rostros por excelencia del nuevo cine americano, Karen Black, lo más cercano a un nombre popular que podía ofrecer la película.

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La idea que se nota que más le interesaba a Hitchcock de esta historia es la de los paralelismos entre ambas parejas, la forma como ambas se dedican a engañar a los demás bajo una falsa tapadera (una espiritista y un joyero) y sus caminos se entrecruzan continuamente, como queda de manifiesto en la primera escena en que George casi atropella a uno de ellos. La ironía está además en que Shoebridge intenta evitar a Blanche y George pensando que conocen su peligroso negocio, cuando en realidad lo que van a ofrecerle es una enorme fortuna y la respetabilidad que tanto ansía.

De hecho, en La Trama las líneas entre el bien y el mal quedan desdibujadas: tanto unos como otros se aprovechan de los demás de forma ilegal, simplemente Shoebridge ha sabido montárselo mejor, pero el exquisito cuidado con el que trata a sus secuestrados está muy alejado del perfil de perverso secuestrador que uno esperaría. Si nuestras simpatías van más hacia Blanche y George creo que es más por la comicidad de sus personajes y el encanto que destila su relación que por su supuesta honestidad (al fin y al cabo se dedican a engañar a ancianas crédulas e inocentes).

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Hitchcock no sabía por entonces que La Trama sería su última película, y eso hace que sea una maravillosa casualidad que el que acabó siendo el último plano de toda su carrera sea tan significativo: una mirada de Blanche a cámara ofreciéndonos un guiño a los espectadores, uno de los poquísimos planos de su carrera en que un actor se dirige explícitamente a cámara. Hitchcock se despedía así con un gesto cómplice de ese público al que había estado haciendo sufrir y manipulando sus emociones durante 50 años.

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El Vuelo del Fénix [Flight of the Phoenix] (1965) de Robert Aldrich

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Cojan un guión que parta de una situación al límite en que varios personajes están atrapados en cierto entorno. Añádanle un reparto de actores carismáticos encabezado por una vieja gloria. Pónganle un director de mano hábil en su momento de mayor estado de gracia. El resultado difícilmente puede fallar.

El Vuelo del Fénix (1965) es una de esas películas que prácticamente se defienden solas, sin necesidad de que un crítico (o ni siquiera un humilde Doctor cinéfilo como un servidor) se moleste en resaltar sus cualidades. La premisa de entrada es sumamente atrayente: un avión se estrella en mitad del desierto y sus pasajeros se dan cuenta al cabo de unos días de que nadie va a rescatarles. El capitán del avión, el veterano Frank Towns, intenta controlar la situación con su fiel ayudante Lew Moran, pero el peligro de quedarse sin agua se hace inminente. Entonces uno de los pasajeros, Heinrich Dorfmann, les propone construir un pequeño avión con las piezas del que se ha estrellado y así escapar de ahí. Parece una locura, pero no tienen más alternativa.

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Siendo un film situado en un solo espacio y con pocos personajes, no es de extrañar que se apoye en un reparto de primer nivel encabezado por James Stewart y Richard Attenborough, a los que les acompañan nombres de la talla de Peter Finch, Dan Duryea (en un papel desacostumbradamente dócil, los años no pasan en balde), Peter Finch, George Kennedy y Ernest Borgnine. Pero curiosamente el gran enfrentamiento del protagonista no es contra ninguno de ellos sino contra el personaje interpretado por Hardy Krüger, encarnando al diseñador de aviones alemán Heinrich Dorfmann, el clásico duelo entre dos hombres autoritarios que no quieren ceder el uno al otro.

Se le podría achacar quizá al personaje de Dorfmann el hecho de darle un origen germánico para asentarlo en el tópico de frío alemán cuadriculado de sangre fría – del mismo modo que Borgnine resulta un tanto desaprovechado en el papel también algo tópico de excéntrico algo mal de la cabeza. Pero, en fin, obviando esos detalles, la interacción entre los personajes funciona bien y los tiras y aflojas están muy bien graduados a medida que avanza el film sin necesidad de llegar a histrionismos.

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De hecho ésta es quizá una de las cualidades que hace que sienta especial simpatía por cineastas como Aldrich. Directores que sabían realizar películas de calidad que al mismo tiempo eran perfectos entretenimientos sin por ello forzar la máquina. En ningún momento da la sensación de que se lleva una escena al exceso o que se fuerce el argumento para provocar más impacto. En todo momento se mantiene la tensión entre el piloto y el diseñador industrial, pero nunca llega a estallar de forma explosiva (ni se requiere que lo haga). Del mismo modo, la subtrama sobre el sargento que se niega a acompañar a su capitán en una misión suicida no deja de ser otro pequeño apunte en ese pequeño microcosmos, que nos sirve para entender mejor a los personajes pero sin necesidad de darle una conclusión o moraleja forzada.

Posiblemente eso es lo que hace que muchos de los films de entretenimiento que se facturan hoy día Hollywood me suelan chirriar tanto. Falta quizá cierta mesura. A veces simplemente basta con coger una buena historia, un buen reparto y dejar que un director inteligente lleve todo por el buen camino.

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La Ilusión Viaja en Tranvía (1954) de Luis Buñuel

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Resulta fácil, demasiado fácil, pasar por alto las obras menores de un gran director y desdeñarlas por no tener la profundidad de sus mejores logros ni tener ese factor que siempre agradecemos de riesgo. Y también injusto, ya que si dicha obra queda empequeñecida es únicamente por formar parte de una carrera mayúscula, y en manos de otro cineasta menor sería vista como una pequeña joya a reivindicar. Dicho eso, es fácil ignorar La Ilusión Viaja en Tranvía (1954) viniendo de un coloso como Luis Buñuel, y más cuando está rodeada de obras como El Bruto (1952), Él (1953) o Ensayo de un Crimen (1955). Tampoco juega en su favor pertenecer a un género como la comedia, además sin recurrir al estilo tan negro y cínico más típico de Buñuel, sino con un tono más bien amable, pero conviene hacerle justicia como merece.

Los protagonistas son Juan Godínez, apodado «El Caireles», y Tobías Hernández, apodado «El Tarrajas», dos empleados de la empresa de tranvías de la ciudad de México D.F. que reparan sin consultar a sus superiores el tranvía 133. Cuando sus jefes se enteran, lejos de felicitarles, les reprenden por esa inquietante muestra de iniciativa propia. Molestos por ese desenlace, los dos amigos se emborrachan y acaban sacando el tranvía por la noche para transportar a la gente bajo la excusa de que es un servicio piloto. Cuando despiertan de su borrachera se encuentran entonces con un gran problema: deben devolver el tranvía sin que se sepa que lo han sacado sin permiso, y la única forma de hacerlo es conduciéndolo a las instalaciones a las siete de la tarde. Hasta entonces deben circular en él por la ciudad sin que nadie se dé cuenta de lo que han hecho.

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Ciertamente, nos encontramos ante un Buñuel que parte de una premisa de comedia clásica absurda, evitando momentáneamente sus ataques al poder y sin ni siquiera aprovechar el perfil obrero de sus protagonistas para hacer una crítica a su realidad social (solo se intuye en cierta escena en que unos contrabandistas intentan transportar sacos de maíz y varias mujeres intentan llevárselos). De esta forma el film se basa, además de en su atractivo conflicto (la combinación de comedia y suspense siempre funciona), en la química que hay entre los dos protagonistas y en la forma como retratan tan fidedignamente esos típicos obreros mexicanos, especialmente en su forma tan informal de hablar y sus expresiones. Además, el único antagonista que encuentran no podemos evitar que nos caiga en gracia por lo bien que refleja al típico anciano cascarrabias metomentodo, Papá Pinillos (ya el mismo nombre resulta acertado).

No obstante, hay destellos imposibles de ignorar el guión. Por ejemplo esos dos pasajeros burgueses que lanzan una larga diatriba con «todo lo que tenga que ver con obreros» o la americana a la que, cuando le piden que no pague su viaje en el tranvía (ya que están circulando ilegalmente y no quieren ser acusados de robo), responde furiosa que ella no es una comunista. Más cruel es un diálogo disfrazado de intrascendente en que la profesora de escuela explica a uno de los protagonistas que en cierta excursión se les ahogó un escolar pero que, por suerte, no hubo problemas porque su caso era como el de otro niño que está sentado delante de ellos. Más adelante, el autobús para al lado de un rodaje y ven a una mujer al lado de la carretera que parece una prostituta (una actriz en realidad), a la cual el resto de jóvenes toman por la madre del mencionado niño,  lo cual nos da una pista sobre cuál era ese caso tan especial que menciona la profesora. Pero nada de eso se dice claramente, aunque se da a entender de forma inequívoca.

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Aun así, hay dos momentos de la película más claramente buñuelianos que ya por sí solos justifican su visionado. El primero es la estrambótica y divertidísima representación teatral de barrio que pretende representar el pecado original. Tan absurdamente divertida que el director nos la muestra entera y además la remata con una de esas frases que hacen historia, cuando el responsable de la obra se queja de los actores: «Eso pasa por darle el papel de Dios a cualquiera». La otra escena es la que nos evoca más claramente al Buñuel surrealista, cuando en el viaje nocturno se suben una serie de personajes variopintos, destacando unos carniceros llevando pedazos de carne del matadero y dos ancianas con un Cristo. La imagen del autobús con piezas de carne y la cruz es digna de sus obras más surreales.

Como ven, tienen motivos justificados para darle una oportunidad a La Ilusión Viaja en Tranvía si aún no lo han hecho, una comedia muy bien construida, con unos buenos protagonistas y algunos destellos del Buñuel más puro. Un último detalle, fíjense cómo en la escena final el director muestra el inevitable beso entre los protagonistas en un plano tan distanciado que apenas podemos verlo, una forma de claudicar a las convenciones del género pero evitando «mancharse» situándose a lo lejos.

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Las Maletas del Señor O.F. [Die Koffer des Herrn O.F.] (1931) de Alexis Granowsky

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Ostend es un pequeño pueblo alemán tan insignificante que hace falta una lupa para localizarlo en los mapas. Sus habitantes tienen una vida aburrida y monótona hasta que un día llegan al único hotel de la ciudad 13 maletas. En ellas va escrito el nombre O.F. y les acompaña una carta de su propietario en que pide que le reserven seis habitaciones, lo cual es un problema ya que el hotel solo dispone de cinco. Los habitantes del pueblo se preguntan entonces quién es ese misterioso personaje y qué viene a hacer allá. Dos astutos personajes aprovechan la confusa situación y hacen correr el rumor de que O.F. es un millonario que seguramente ha acudido al pueblo para especular con los terrenos. La tranquilidad de Ostend da paso entonces al frenesí, puesto que todos los habitantes deciden aprovechar esa oportunidad y empiezan a modernizar la ciudad.

Ya en otras entradas como Emil y los Detectives (1931) este Doctor les habló de esa tendencia un tanto simplista de encasillar periodos históricos de ciertos países bajo una serie de ideas fijas. En este caso, la Alemania de Weimar se ha asociado siempre, no solo al famoso expresionismo, sino a un tipo de cine más intelectual que en realidad es solo una parte de lo que se producía en aquellos años. Las Maletas del señor O.F. (1931) se trata en cambio un ejemplo de película típicamente alemana de la época (los personajes y el pueblecito de Ostend tienen un aspecto claramente germánico) que no deja de ser una simpática comedia.

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De hecho el film no es más que una fábula que critica el capitalismo y que cobra pleno sentido si tenemos en cuenta que se realizó justo después del crack del 29: la forma como un inocente pueblecito acaba convirtiéndose en una capital económica mundial a raíz de una mera confusión sirve para criticar la falsedad y el absurdo de un sistema económico basado en la especulación, y que se descontroló llevando al mundo a una crisis devastadora.

Se le puede achacar que nunca pierde ese tono de fábula para ganar entidad como comedia. De hecho las situaciones se llevan al extremo absurdo a propósito optándose más por una narración de cuento en que se explican hechos globales (los cambios que sufre el pueblo), antes que centrarse en los personajes o, siquiera, explotar el potencial de la situación (uno puede imaginarse fácilmente una screwball comedy bajo esta misma premisa con escenas hilarantes en que los protagonistas intentan ocultar el engaño al resto de habitantes, pero no es el caso).

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Si partimos de que el film no tiene esas intenciones, Las Maletas del señor O.F. es una película agradable, con algunos detalles bastante divertidos (el vendedor que comenta que tenía tres pintalabios en el almacén desde hacía años y nunca había conseguido venderlos) y que en algunos aspectos argumentales puede recordar a Bienvenido Mr. Marshall (1953) de Luis García Berlanga.

Por otro lado, el film nos ofrece una faceta más pícara y agradable de Peter Lorre, aquí encarnando a un astuto periodista, y nos permite disfrutar de actores de primer nivel como Bernhard Goetzke y Alfred Abel, así como una de las primeras interpretaciones de Hedy Lamarr.
Una entrañable curiosidad.

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