Críticas

La Aventura [L’Avventura] (1960) de Michelangelo Antonioni

La Aventura

La Aventura es uno de los hitos clave de la modernidad cinematográfica que además dio fama internacional a su director, Michelangelo Antonioni, sobre todo a raíz del enorme escándalo que rodeó a esta obra. Cuando se estrenó en el Festival de Cannes, la película fue fuertemente abucheada y atacada sin piedad. Fue tal el fracaso que una serie de críticos y cineastas más afines a estas nuevas corrientes cinematográficas exigió un segundo pase, tras el cual recibió un Premio Especial del Jurado «por un nuevo lenguaje cinematográfico y la belleza de sus imágenes». A partir de aquí el film tuvo más suerte: los críticos y cinéfilos de todo el mundo se morían de ganas por verla así que tuvo una buena acogida en taquilla y llegó a ser considerada por algunos críticos como una de las mayores obras maestras de la historia del cine.

Si este film fue tan sumamente polémico en su momento es porque era una obra de una transgresión inusitada en su momento, casi se podría decir revolucionaria. Quizás a un espectador actual se le escape esa modernidad que por entonces era tan obvia, pero aún hoy en día sigue siendo una de esas películas que cuenta tanto con ardientes defensores que la califican de obra de arte como con detractores que la ven como una tomadura de pelo. La Aventura escapaba por completo a las bases más elementales de la narrativa cinematográfica mostrando un retrato brutalmente sincero de las relaciones humanas y de la falta de comunicación que luego se complementaría con las posteriores La Noche (1961) y Eclipse (1962), con las que comparte bastantes puntos en común.

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La Aventura empieza con una excursión que llevan a cabo una serie de burgueses de clase alta en un yate privado. Entre ellos se encuentran los que parecen ser el trío protagonista: Claudia, Anna y Sandro. Anna y Sandro son novios, aunque ella se muestra muy descontenta con su pareja, tal y como comprueba su amiga Claudia. Tras horas de viaje, los tripulantes del yate paran en una pequeña isla deshabitada donde algunos de ellos desembarcan a pasear o tomar el sol. Cuando deciden volver a tierra se dan cuenta de que Anna ha desaparecido.
Todos registran la diminuta isla hasta el más pequeño rincón pero finalmente se dan por vencidos. Cuando llega la policía, continúan con el registro investigando también en las aguas de las zonas rocosas por si decidió suicidarse, pero no hay ni rastro de ella. Es imposible que Anna, viva o muerta, siga en la isla, así que Claudia y Sandro deciden seguir buscándola en tierra.

El aspecto que resulta más controvertido del film aún hoy en día es el hecho de que en ningún momento se nos explica qué le ha sucedido a Anna. A Antonioni no le importa lo que le ha pasado a su personaje, sino las consecuencias que tiene su desaparición, ya que mientras Sandro y Claudia la buscan acaban enamorándose. Por lo tanto, el que se suponía que era el conflicto central del film se va desvaneciendo en favor de lo que realmente quiere mostrarnos Antonioni: la extraña relación entre Sandro y Claudia, el hecho de que vivan un romance mientras buscan a la mujer a quien en realidad están traicionando. En una escena que tiene lugar en el tramo final de la película, Sandro se aleja de Claudia para hacer una indagación y al volver se la encuentra aterrada porque tenía miedo de que hubiera encontrado a Anna. Ella misma reconoce que ha pasado de temer por la vida de su amiga a tener miedo de que siga viva. Esta enfermiza contradicción es una de las bases del film.

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Otro punto polémico es el fulminante retrato que hace Antonioni de esa burguesía acomodada y ociosa a la que también atacaría en su siguiente película, La Noche. En concreto las escenas iniciales del viaje en yate son especialmente crueles. Todos se nos presentan como personajes aburridos, vacíos e incluso patéticos. Una de las parejas, Giulia y Corrado, resulta especialmente chocante porque absolutamente todos sus diálogos acaban desembocando en un insulto de él hacia ella («El tiempo ha empeorado» «Por favor, no me seas tan didáctica, ya veo que el tiempo ha empeorado«; «Antiguamente las islas Eólicas eran volcanes» «Cuando vinimos aquí hace 12 años, hiciste exactamente el mismo comentario«). En mitad de la frenética búsqueda de Anna, Giulia repentinamente le habla a Claudia en cierto momento sobre lo mal que le trata su marido, como si no fuera consciente de la gravedad de la desaparición de Anna. Más adelante, Giulia engaña a su esposo con un joven pintor, pero antes de entregarse a él se asegura de que Claudia le vea, como si quisiera compensar el ridículo que ha sufrido anteriormente. Parece que le está engañando más por venganza que por desearlo realmente. En realidad, todos los personajes desprenden una amoralidad que en su momento debió chocar especialmente. No tienen problema en cometer adulterio entre ellos y de hecho viene a ser lo que hacen Claudia y Sandro, con la diferencia de que ellos parecen desearse realmente mientras que el resto lo hace casi por aburrimiento.

Es remarcable la forma que tiene Antonioni de mostrarnos todo el vacío existencial y la incomunicación que rodea a estos personajes. El film se inicia con una conversación entre Anna y su padre en la que queda patente esa carencia, pero es algo que discurre a lo largo de todo el metraje y que afecta incluso a Claudia y Sandro. Aunque se desean sinceramente, en todo momento hay algo que subyace que nos da a entender que las cosas no funcionan tan bien como deberían, que los personajes no están unidos del todo y aún hay algo que les separa. ¿Quizás el fantasma de Anna? ¿O simplemente Claudia y Sandro están destinados a entenderse tan poco en el futuro como les sucedía a Anna y Sandro?

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Pese al riesgo que supone llevar adelante una película tan abstracta en su contenido, Antonioni hace un trabajo de dirección formidable que convierte a La Aventura en una obra absolutamente fascinante. Queda patente aquí su obsesión por los paisajes, no solo naturales sino también urbanos: los planos de la isla y del mar, los edificios de los pueblos que visitan los protagonistas e incluso los mismos personajes. Antonioni mima cada encuadre haciendo que su obra tenga un aspecto especialmente bello y evocador, algo que llevaría a su máxima expresión en los últimos minutos de El Eclipse, en los cuales deja completamente de lado la trama para mostrar una sucesión de planos casi abstractos de una ciudad. Pocos directores han sabido trabajar tan bien como él las formas de los objetos a la hora de situarlos en el plano.

Algunos de estos paisajes llegan a ser tan abstractos que incluso parecen imágenes de pesadilla, como el pueblo vacío o la plaza en que Claudia se ve repentinamente acosada por hombres que la observan maliciosamente. Al igual que la desaparición de Anna, son elementos que no tienen una explicación racional, pero sirve para aumentar el clima enfermizo de tensión que viven los personajes.

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El final por supuesto no deja demasiadas esperanzas hacia los personajes. La pareja recala en un hotel donde encuentran a unos viejos amigos, quienes ya ni les preguntan por Anna. Claudia está agotada y decide descansar mientras Sandro baja al hall a pasar el rato antes de dormir. Cuando amanece y Claudia ve que Sandro no ha regresado, baja en su búsqueda para encontrarle acostado en un sofá con una prostituta. Indignada, huye al exterior perseguida por él.
El último plano de la película, uno de los más bellos, resume perfectamente su situación. Sandro es incapaz de decir nada así que se sienta en un banco cerca de ella. Repentinamente, él no puede evitar echarse a llorar. Claudia le mira y, no sabemos si movida por la compasión o el amor, le coge la mano.

En este plano queda reflejada toda la incomunicación que rodea a los dos, su incapacidad para solucionar sus problemas verbalmente, su condena a amarse y al mismo tiempo herirse mutuamente como el resto de personajes de la película. Pocas veces se ha expuesto de forma tan bella y sencilla algo que encierra un significado tan dramático: la ineficacia de las relaciones humanas y la incapacidad de no hacer daño a los seres que más queremos. Bajo esa aparente belleza visual, La Aventura esconde uno de los retratos más viscerales y desencantados de las relaciones humanas en la sociedad contemporánea.

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Los Ojos Sin Rostro [Les Yeux Sans Visage] de Georges Franju (1959)

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Inquietante film de culto que nos narra la historia del prestigioso cirujano Genessier, cuya hija Christiane sufrió un accidente automovilístico que le ha destrozado el rostro por completo. Dispuesto a hacer lo que sea con tal de que vuelva a recuperar su cara, Genessier y su fiel ayudante Louise secuestran a jóvenes de aspecto similar a Christiane para intentar transplantarles su rostro a su hija.

Lejos de ser una película de terror al uso, Los Ojos sin Rostro es una obra extraña con elementos de terror y suspense pero que no se decanta por estos géneros del todo. Georges Franju tenía en este argumento la oportunidad de hacer un film terrorífico, pero no parece interesarle esa aproximación y prefiere no caer en los clichés del género para optar por una puesta en escena más bien sobria. No hay sustos y prácticamente tampoco escenas de suspense, más bien nos cuenta la historia con la misma frialdad que el Doctor Genessier le arranca la piel del rostro a sus «pacientes». Eso se nota claramente cuando vemos cómo Louise engaña a una nueva víctima. No hay suspense ni tampoco se nos muestra apenas el punto de vista o los sentimientos de la inocente joven, sólo se nos enseña su secuestro y la posterior operación como si fuera algo rutinario, que es ni más ni menos como el Doctor encara este proceso.

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También se evita caer en el cliché de simplificar a los personajes para convertirlos en aterradores dementes. Louise ayuda ciegamente al Doctor como gratitud por haberle salvado su rostro años atrás y podemos notar en todo momento esa absoluta fidelidad y el cariño que tiene a Christiane. En cuanto al Doctor Genessier, es sin duda el personaje más interesante del film: es frío y no muestra ningún tipo de sentimientos, pero al mismo tiempo sus atrocidades son fruto del amor que siente hacia su hija; sus actos son propios de un demente pero sin embargo por su forma de cometerlos y su comportamiento parece perfectamente lúcido y muy inteligente (tal y como se menciona en el film, opera en las jóvenes como si fueran los perros que tiene capturados en casa y usa para experimentar). Todo ello funciona también gracias a las geniales interpretaciones de Pierre Brasseur y una Alida Valli cuya presencia siempre es de agradecer.

Christiane resulta ser el personaje más enigmático de todos, totalmente hundida por haber perdido el rostro y con ganas de suicidarse, pero al mismo tiempo permitiendo a su padre cometer esas atrocidades hasta el final. Ella protagoniza los dos momentos más líricos y bellos del film: cuando se pasea melancólicamente por su casa con la máscara hasta llegar a la mesa de operaciones y acariciar el rostro de la víctima que sabe que pronto será suyo, y en la escena final que comentaremos más adelante.

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Es de destacar también la ausencia de escenas sangrientas explícitas, Franju sabe que al no mostrarnos en ningún momento el rostro de ella se aumenta más la sensación de inquietud y misterio. La máscara además de dotarla de misterio, contribuye a darle cierto aire irreal al film que se acentúa en el desenlace. El único momento en que se ve el rostro de ella sin máscara es cuando una de las víctimas despierta y la descubre observándola. En ese instante, Franju decide emplear un plano subjetivo de la víctima de forma que, como ésta se encuentra todavía bajo los efectos de la anestesia, la imagen que ve está deformada y borrosa y por tanto no llegamos a ver el rostro de Christiane del todo.
Otro momento en que se evitan los planos explícitos es la operación de una víctima, que nos es mostrada con todo realismo, huyendo de música de terror o una puesta en escena asfixiante. Quizás es por ese realismo que la escena se hace tan angustiosa, porque nos parece más real lo que estamos viendo y nos choca la frialdad con que se arranca la piel de la inocente joven. No hace falta mostrar sangre ni planos desagradables porque el simple acto en sí es suficiente.

Por último, la escena final también resulta inolvidable y uno de los momentos cumbre de la película. Christiane parece hartarse de tantas operaciones infructuosas y libera no sólo a la que iba a ser la nueva víctima sino también a todos los animales que su padre tenía encerrados para hacer experimentos con ellos. A continuación sale por fin de la mansión como si ya no sintiera vergüenza por su máscara. Los últimos planos de la película nos la muestran caminando por el bosque rodeada de los pájaros que ha liberado, una imagen extrañamente poética y evocadora que remite al gusto de Franju por el surrealismo y lo fantástico.

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Mikey & Nicky (1976) de Elaine May

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Nick (John Cassavetes) se encuentra encerrado en una habitación empuñando una pistola. Su aspecto es deplorable y todo el entorno tiene un aire caótico y desordenado. Coge el teléfono y llama a su amigo Mikey. Le dice que se encuentren en una cabina de la calle. Cuando llega Mikey (Peter Falk), Nick le arroja algo desde la ventana para llamarle la atención y su amigo sube hasta su habitación. Sin embargo, Nick no le deja entrar, se comporta como un paranoico nervioso y tiene miedo de algo o alguien. Finalmente, Mikey consigue entrar y tranquilizarle. Descubrimos que son amigos desde hace mucho tiempo y que Nick es el único en quien Mikey confía, y que por eso le ha llamado en una situación tan desesperada.
Nick teme que le maten por un asunto de dinero, intuimos que trabaja para algún gangster importante y que le ha estado engañando. Mikey le convence de que eso son tonterías y le saca de la habitación del hotel. El comportamiento de Nick es tan inestable que no sabemos si creer lo que dice. Consiguen salir a la calle sin problemas. Nick está nervioso por miedo a que lo maten en cualquier momento pero Mikey le convence de que no le pasará nada.
Cambiamos de escenario y nos situamos en la casa de lo que enseguida sabremos que es un asesino a sueldo. Le llaman por teléfono y alguien le informa del lugar exacto donde se encuentra Nick para poder matarle. En el siguiente plano descubrimos que el que ha llamado era Mikey desde el bar donde está con Nick.

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Mikey & Nicky podría haber sido una excelente película de suspense basada en esta premisa tan sencilla: alguien perseguido por un asesino a sueldo y que confía su seguridad en un amigo que en realidad intenta traicionarle a sus espaldas. Pero no estamos ante un film de suspense, sino ante un drama. Porque Elaine May da absoluta prioridad a la relación entre Mikey y Nick antes que al suspense, es decir, la trama de los gángsters persiguiendo a Nick no es más que un McGuffin puesto que la figura del asesino a sueldo que persigue a Nick desaparece en la mayor parte del metraje. En lugar de eso la directora y guionista se concentra en los diálogos, y todas las vivencias por las que pasan Mikey y Nick esa noche no son más que una excusa para dar pie a esas conversaciones que nos permiten conocerles mejor.

Es aquí donde resulta absolutamente fundamental la interacción y química entre actores, y en este apartado May tuvo el acierto de rodearse de dos grandes actores como Peter Falk y John Cassavetes que además ya habían trabajado juntos más de una vez y eran amigos. Y eso se nota. La forma como hablan e interactúan entre ellos es fantástica, de hecho la táctica que siguió la directora fue permitirles improvisar mientras la cámara grabara, de manera que todos los gestos y frases parecieran realmente espontáneos, y ése es sin duda uno de los grandes logros del film. Sólo por el placer de ver a estos dos grandes actores juntos, la película no se hace en ningún momento aburrida y justifica totalmente su visionado. Destaca para mi gusto un grandioso Cassavetes (también es cierto que su personaje da más juego) encarnando a un Nick que parece ligeramente desequilibrado y con altibajos emocionales pero sin caer en la sobreactuación.

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La dirección de Elaine May bebe mucho precisamente del cine de Cassavetes e imprime a la obra un estilo realista y de tono a veces casi documental, sobre todo en las escenas en la calle, donde sigue a los personajes con su cámara y los reencuadra continuamente para no perderlos de vista, como si estuviera filmando improvisadamente a dos personas reales.
En cada episodio de la noche aprendemos algo más sobre ellos, sobre sus personalidades y sobre sus vidas. El mejor momento para mí es sin duda la escena del cementerio, cuando Nick decide precipitadamente que quiere visitar la tumba de su madre. Hay un instante breve pero muy bueno en que Nick, que no está del todo en sus cabales, grita a la tumba que si algo le acaba pasando será por culpa de Mikey, a lo que éste responde a gritos que lo retire de inmediato. Sólo nosotros y Mikey sabemos el por qué de su furiosa reacción, su sentimiento de culpabilidad.

Durante gran parte del film nos preguntamos por qué Mikey está traicionando a su buen amigo Nick con el que tan bien parece llevarse, y hacia el final nos llega la respuesta cuando tienen una dura pelea. Nick hace tiempo que ha dejado a Mikey de lado y parece que incluso llega a criticarle a sus espaldas. Ambos se acusan mutuamente de ser los culpables de llevar tanto tiempo sin verse y nosotros no podemos saber cual de las dos partes tiene razón (si es que alguna la tiene), pero tampoco importa. La traición de Mikey entonces cobra sentido, es una venganza provocada por el resentimiento acumulando hacia el que era el amigo de su infancia, pero aún así cabe resaltar que aunque lo traicione no se atreve a ser él quien apriete el gatillo. Más adelante comprobaremos cómo por un lado Nick intenta reconciliarse con él antes de huir de la ciudad, y cómo Mikey parece preocupado por las críticas que le ha hecho su mejor amigo en la discusión, porque teme que sean ciertas. Resulta triste y al mismo tiempo conmovedor, ha roto con él pero sigue importándole su opinión.

Olvidada durante mucho tiempo, Mikey & Nicky es una de esas pequeñas películas especiales que no han trascendido ni trascenderán en la historia del cine pero cuyo visionado es un placer aunque solo sea por disfrutar de ese magnífico duo protagonista. Una obra a reivindicar.

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El Diablo Dijo No [Heaven Can Wait] (1943) de Ernst Lubitsch

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A veces sucede que, por una feliz coincidencia, algunos grandes directores finalizan sus carreras con una película que resulta perfecta como testamento cinematográfico por su temática o estilo, como es el caso por ejemplo de John Huston y la preciosa Dublineses (1987). Pero lo más frecuente es que esa película que sabemos que sin duda habría sido una despedida perfecta para su autor resulte no ser la última. Muchas veces los directores veteranos se niegan a retirarse definitivamente y no pueden evitar la tentación de llevar a cabo otra obra más. Otras veces simplemente no es algo premeditado por el propio director y ese magnífico epitafio para ellos no es más que otra obra de su carrera. Sea como sea, éste es sin duda el caso de El Diablo Dijo No, que aunque cronológicamente no sea la última película de Lubitsch, casi se podría considerar como su film de despedida, el cierre de su fantástica y larga carrera en el mundo del cine.

Hay varios motivos que le llevan a uno pensar eso. En primer lugar está el mismo punto de partida de la película, en que el protagonista muere y repasa los hechos más importantes de su vida. En segundo lugar, se trata de un film que recopila algunos de los temas más frecuentes de su director. Finalmente, hay un marcado sentimiento nostálgico que impregna sobre todo el último tramo de la película y que le da un tono melancólico poco habitual en el cine de Lubitsch.

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El film se inicia con la llegada al infierno del envejecido protagonista, Henry Van Cleve, quien está tan convencido de que no le aceptarán en el cielo que ni se ha molestado en probar suerte ahí. Sin embargo, el Diablo no conoce la razón por la que Van Cleve deba ir al infierno, así que le pide que le cuente la historia de su vida para poder juzgar si debe entrar o no. A partir de aquí se inicia un relato en flashback de la biografía de Henry Van Cleve centrado en su relación con las mujeres.

El Diablo Dijo No es una película que recupera algunas de las características típicas de la obra de Lubitsch que éste había dejado un poco de lado en sus últimos films. Aquí vuelve a recurrir a los ambientes de clase alta característicos de sus comedias de principios de los años 30 que tuvo que reemplazar en las maravillosas El Bazar de las Sorpresas (1940) o Ser o No Ser (1942) por personajes de clase media. Así mismo, vuelve a recurrir a un protagonista marcadamente mujeriego, encantador, amoral y poco heroico. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus obras, ésta no solo está ambientada en Estados Unidos sino que abriga una intención de tener un tono típicamente americano.

Uno de los aspectos más curiosos y que más alarmó a los productores en su momento es el hecho de que prácticamente no hay argumento. La trama se basa simplemente en los hechos más remarcables de la vida del protagonista, pero no hay un conflicto central que vertebre la historia o una meta perseguida por Henry Van Cleve a lo largo de todo el metraje. El objetivo que perseguía Lubitsch cuando adaptó muy libremente la obra de teatro original junto a su guionista habitual Samson Raphaelson era que el público se encariñara con el personaje. A partir de ahí no habría problema en narrarles en casi dos horas una vida que pese a estar llena de amoríos no cuenta con grandes hazañas sorprendentes.

Como no podría ser de otra manera con Lubitsch, la vida de Henry Van Cleve nos es narrada a través de su relación con el amor comenzando por la divertida escena en que su madre y su abuela disputan por cuidarlo y acaban dejándole abandonado mientras se pelean. El momento más importante y que seguramente era especialmente importante para el director llega cuando un adolescente Henry es instruido en las nuevas reglas que rigen el mundo sexual de su época por una criada que, cómo no, es francesa. El joven le confiesa apesadumbrado que se ve obligado casarse con una chica porque la besó en un impulso y, claro está, si sus padres se besaron para después contraer matrimonio, él debe hacer lo mismo. La coqueta criada entonces le abre los ojos: está viviendo en otra época en la cual no es necesario casarse con todas las chicas que bese, lo que significa no sólo no casarse con ella sino poder perseguir a todas las jóvenes que quiera. Esta revelación supone el despertar sexual de Henry que marcará el resto de su vida así como la confirmación de que las antiguas reglas sexuales del pasado iban desvaneciéndose.

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Henry se verá entonces en continuo conflicto con sus padres, quienes no entienden ni aprueban su lujurioso estilo de vida, pero será admirado por su abuelo, el cual contempla feliz cómo su nieto está haciendo lo que él siempre quiso y no pudo. En contraste a Henry, se encuentra su repelente primo Albert, que acumula todas las virtudes y valores que él no tiene.
A partir de aquí nos encontramos con los ingredientes típicos del cine de Lubitsch, el experto en tratar temas sexuales e infidelidades con una sutileza y elegancia únicas. Pero aún así, en este film el director alemán enseña al espectador aún menos de lo habitual y sabemos de las hazañas de Casanova del protagonista por boca de los personajes pero no visualmente, como sí sucedía en películas anteriores donde mostraba de forma deliciosa todo el proceso de seducción. Aquí más que concentrarse en sus dotes de Don Juan, prefiere dejar esa faceta de lado tratándola como una característica del personaje y no como el centro del film.

Así pues, aquí podemos disfrutar de algunas de las estrategias harto conocidas de Lubitsch como recurrir a la insinuación (en la escena final una atractiva enfermera entra en la habitación de un envejecido Van Cleve después de que él haya tenido un sueño en que bailaba con una bella rubia el vals de «La Viuda Alegre», momento en que Lubitsch prefiere dejar la cámara fuera y hacer que suene el vals, el resto es fácil de imaginar), los intercambios de identidades y las confusiones derivadas de ello (Henry seduce a Martha haciéndose pasar por un empleado de una librería, para luego descubrir que es la prometida de su primo) y el uso de objetos como elementos dramáticos (cuando un anciano y viudo Henry pide a su hijo que contrate a una joven para que lea por él y le haga compañía cambia de opinión al coger accidentalmente el libro que le unió a su adorada Martha).

A nivel humorístico no es una de sus comedias más graciosas pero sí que tiene algunos momentos realmente inspirados como la escena del desayuno de los Strable, un patético matrimonio que nada en la abundancia y se pasan el día peleándose. Mientras desayunan, a Mr. Strable se le antoja leer el cómic que está hojeando su mujer, pero como es demasiado orgulloso para pedírselo llama a un criado para que se lo dé. El criado, que parece ya versado en estas trifulcas matrimoniales, intenta dialogar con las dos partes ya que éstos no se dirigen la palabra mutuamente. Al final Mrs. Strable le desvela cómo acaba la historia que tanto ansía leer su marido, y éste se pone furioso. Lubitsch alarga esta pequeña viñeta cómica que otro director habría tratado como un simple pequeño gag apoyándose en los personajes y en sus deliciosos diálogos.

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Sin embargo, uno de los pocos inconvenientes que le encuentro a la película es que Don Ameche no acaba de convencerme como protagonista. Hace un buen papel pero no es especialmente carismático y sin duda habría sido mejor contar con Rex Harrison o Fredrich March, que son los actores que el director tenía en mente. A cambio, el plantel de secundarios funciona perfectamente, destacando a la preciosísima Gene Tierney. La ternura y cariño que transmiten Tierney cuando encarna a una envejecida Martha es una de las cualidades más irresistibles de la película.

Aún siendo una excelente película, El Diablo Dijo No no llega a ser perfecta del todo, y algunas escenas se habría agradecido que Lubitsch las hubiera aligerado un poco en beneficio del conjunto. Eso es especialmente notorio en el último segmento, ya que cuando Henry ha encontrado la estabilidad que buscaba en Martha desaparece cualquier conflicto importante y eso repercute en el ritmo del film. La historia sigue siendo deliciosa y conmovedora, pero se nota la ausencia de un tono más humorístico y de un conflicto que mantenga al espectador en tensión.
A cambio, Lubitsch rueda algunas de las secuencias más bonitas y melancólicas de su carrera. En las últimas escenas entre Henry y Martha se nota el cariño que siente Lubitsch hacia sus personajes y lo contagia a los espectadores. El humor frívolo y los divertidos adulterios momentáneamente desaparecen y el director se concentra en la felicidad de ese matrimonio perfecto. Después de tantos años mostrándonos a decenas de personajes infieles que viven el amor despreocupadamente, de repente Lubitsch al final de su carrera se detiene ante un matrimonio feliz y adorable al cual filma con respeto y ternura.

Como señalé al principio, aunque cronológicamente es su penúltima obra, dudo que exista una mejor manera de acabar la filmografía de Lubitsch que ésta: la reconciliación final del director con la institución del matrimonio, con una pareja que se quiere honestamente y es feliz, el último de toda una serie de Casanovas atractivos y despreocupados que acaba sentando la cabeza, la muerte en manos de una preciosa enfermera mientras sueña con bailar con ella el vals de La Viuda Alegre… Definitivamente, El Diablo Dijo No es el mejor testamento que Lubitsch ha podido dejar como culminación a toda una vida consagrada al cine.

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Las Manos de Orlac [Mad Love] (1935) de Karl Freund

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Pequeño clásico del cine de terror basado en la novela de Maurice Renard, que ya había sido adaptada previamente en Alemania por Robert Wiene (director de El Gabinete del Dr. Caligari) y volvería a ser revisitada en el futuro.
El protagonista es el Dr. Gogol, un excéntrico cirujano que está obsesionado con Yvonne, una actriz de poca monta que actúa en teatros recreando obras de terror. Lo que no sabe el Dr. Gogol es que Yvonne está casada con el eminente pianista Stephen Orlac, así que cuando irrumpe en su camerino es rechazado y se ve obligado a conformarse con una estatua de cera de su amada como única compañía. Sin embargo el destino volverá a unirles cuando se produce un accidente ferroviario en el tren en que viaja Orlac que tiene como consecuencia que éste deba amputarse las manos. Yvonne, que conoce la reputación del doctor, acude a él en busca de ayuda y éste decide transplantarle las manos de un hombre que acaba de ser ejecutado por apuñalar a su padre. La operación es un éxito, pero Orlac se dará cuenta horrorizado de que sus manos parecen tener vida propia.

Como no conozco la novela original, solo puedo comparar esta versión con la alemana de 1934. La principal diferencia estriba que mientras en la versión alemana la trama se centraba en cómo Orlac se daba cuenta de que sus manos tenían vida propia, este film se centra en la obsesión del Dr. Gogol hacia la mujer de Orlac, obsesión que tendrá para Orlac las mismas consecuencias que en el film mudo, pero que se nos presentan desde otro punto de vista.

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Las Manos de Orlac es una de las muchas películas de terror que se realizaron a principios de los años 30 como consecuencia del enorme auge del género y de hecho su director es el creador de la famosa (aunque claramente inferior a ésta) La Momia (1932), Karl Freund. Pero si por algo merece ser recordado Karl Freund no es por su breve carrera como director, sino por ser el operador de cámara más famoso de Alemania en la floreciente edad de oro de la UFA. Freund trabajó en obras maestras como El Golem (1920), El Último (1924), Metrópolis (1927) o Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927) y eran célebres sus virtuosos trucos con la cámara que permitían a sus directores realizar complejos travellings y todo tipo de trucos visuales.
Cuando Freund se estableció en Hollywood tuvo una breve carrera de director antes de volver a su anterior oficio. Aunque no era un realizador especialmente destacable, sus películas de terror se beneficiaban de la influencia que había tenido sobre él el expresionismo alemán en lo que se refiere a decorados e iluminación. De hecho la estética del cine de terror de los años 30 se formó a partir de emigrantes alemanes como él que simplemente trasladaron esa estética al cine convencional de terror. En el caso que nos ocupa, son de destacar los planos nocturnos y los brillantes juegos que hace con las sombras aprovechándose de la inconfundible silueta del protagonista.

El gran punto fuerte del film se encuentra sin duda en ese protagonista encarnado por un magnífico Peter Lorre, cuya interpretación hecha a su medida eclipsa al resto del reparto. Éste era su primer film americano después de haber alcanzado la fama internacional como el villano de El Hombre que Sabía Demasiado (1934) de Hitchcock, y no podía haber empezado de mejor manera su carrera en los Estados Unidos, con un film hecho para lucimiento personal. Aunque en la parte final, Lorre roza la sobreactuación, su Dr. Gogol es un personaje muy carismático que evita la caricatura, un hombre obsesionado con una mujer y que mantiene su cordura e inteligencia pese a algunos leves accesos de locura. Es un caballero educado y elegante que combina esa faceta con otra mucha más oscura y perversa, no sólo por la obsesión que siente hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que le lleva a asistir a ejecuciones de presos.

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Uno de los aspectos más interesantes del film es ese ambiente tan morboso que se manifiesta en las primeras escenas en que vemos ese cutre teatro de terror en el que los espectadores pagan por ver una obra en que se tortura cruelmente a la joven protagonista. Esa faceta cruel y sádica del ser humano sólo se insinúa en este primer segmento y en la ejecución (donde el mismo preso parece sentir unas morbosas ganas de ser decapitado) pero es bastante atrevida para la época y resulta sorprendente que no fuera censurada.

Estos detalles hacen que esta nueva versión de Las Manos de Orlac no solo sea sumamente efectiva sino que sea de interés incluso para aquellos que hayan visto previamente la de Robert Wiene, puesto que no se trata de una simple repetición sino de una interesante adaptación que reaprovecha ese tema para dar rienda suelta a otros igual de interesantes con la casi patética figura del Dr. Gogol como maestro de ceremonia.

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Plan Diabólico [Seance on a Wet Afternoon] (1964) de Bryan Forbes

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Magnífico film británico de suspense protagonizado por un extraño matrimonio de avanzada edad, Myra y Billy. Ella es una médium que elabora un maquiavélico plan para secuestrar a la hija de una acaudalada familia en colaboración con su marido. Sin embargo, la finalidad del secuestro no es utilizar el dinero del rescate para beneficiarse económicamente, sino ofrecer a los padres de la niña los servicios de Myra para ayudarles a encontrar a su hija con sus poderes sobrenaturales y así hacerse famosa y conseguir el renombre que merece.

Plan Siniestro es una pequeña joya escondida de ésas que demuestran cómo el cine inglés no se acaba en las obras británicas de cineastas reconocidos como Hitchcock y David Lean o en el free cinema. Nos encontramos ante un inquietante thriller que tiene la virtud de saber crear momentos de mucho suspense al mismo tiempo que desarrolla la profunda situación psicológica que envuelve a los protagonistas, todo ello realizado con una impecable factura.

El inicio del film es una pequeña maravilla que consigue enganchar instantáneamente al espectador: una breve recreación de una de las sesiones de espiritismo de Myra excelentemente dirigida. La cámara se concentra en las manos unidas de los que participan en ella y en sus rostros, así como en la vela situada en el centro de la mesa que da a toda la escena una iluminación casi fantasmal. Las palabras susurrantes de Myra son lo único que oímos. La sesión espiritista está tratada como si fuera un cautivador ritual que se nos antoja casi místico. El carácter de este tipo de sesiones será fundamental más adelante para entender a la protagonista.

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Indudablemente, el pilar fundamental de la película se encuentra en los dos protagonistas soberbiamente interpretados por Richard Attenborough (también productor del film) y, especialmente, Kim Stanley. En seguida se nos revela el papel que asume cada uno en su relación: ella es claramente dominante y persuasiva mientras que su marido se deja dominar sin verse capaz de contradecirla. Es una relación extraña puesto que pese a esa sumisión él depende de ella y la quiere, de hecho se da a entender que en cierto momento él intentó abandonarla pero no fue capaz. También juega un papel muy importante un personaje ausente, su hijo Arthur, del que sólo sabemos que está muerto y cuyo espíritu ayuda a Myra a llevar a cabo sus sesiones de espiritismo dándole incluso consejos, como por ejemplo todo lo relacionado con el secuestro de la niña.

El hecho de que se profundice tanto en ellos hace que la película adquiera más fuerza, puesto que la psicología de los personajes sustenta prácticamente todo el argumento. Aquí es donde habría que alabar a Richard Attenborough bordando un papel lleno de matices y a la gran triunfadora de la función, una Kim Stanley que dota de credibilidad a un personaje complejísimo que en manos de otra actriz correría el riesgo de caer en la sobreactuación. Stanley consigue transmitir con total confianza la inestabilidad mental y emocional de una Myra un tanto desequilibrada pero que mantiene la suficiente cordura como para urdir el complejo plan de secuestro. Ella muestra una gran inteligencia sobre todo por saber adelantarse a todas las situaciones que sucederán, como el registro de la casa, pero por otro lado peca de inocente al pensar que podrá convencer a la policía de que localizará a la niña solo con sus poderes, ya que cree tan firmemente en ese don suyo que supone que el resto también lo hará.

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Todas las escenas de suspense están magníficamente planteadas demostrando un gran dominio del género con reminiscencias de Hitchcock. por muy típico que sea usar este referente. Como muestra de ello está la genial escena del secuestro, que resulta especialmente hitchcockiana. Después de que Billy robe el coche en que viajaba la niña, lo lleva a un descampado donde pretende drogarla y llevarla en su motocicleta. Sin embargo cuando va a abrirle la puerta descubre horrorizado que ella ha bajado el seguro y que no hay manera de sacarla, puesto que un cristal separa los asientos traseros de los delanteros. La situación es tan cómica y patética como intrigante. Billy es un personaje nervioso e inseguro y no sabe desenvolverse con un problema realmente absurdo y sólo se le ocurre pedirle a ella que le abra la puerta con súplicas hasta que cae en la cuenta de que puede abrir los seguros del coche desde los asientos delanteros.
Para aumentar la tensión, una pelota cae cerca de él, por lo que deduce que unos niños la han perdido y vendrán a recogerla. Billy, asustado, por una vez sabe cómo reaccionar y se la lanza antes de que vean el coche. Para añadirle más ironía a la situación les dice que no jueguen por ahí porque pueden hacer daño a alguien.

El hecho de que Billy sea un personaje tan inseguro y que además parezca tan poco convencido del éxito del plan, hace que todos los momentos del secuestro relacionados con él nos pongan más nerviosos. En cambio, cuando ella tiene que lidiar con la policía parece tan segura y convencida de todo lo que hace que no tememos por ella. También es muy interesante la escena en que escriben la carta pidiendo el rescate por la forma en que se incide en los detalles. Myra escribe la carta y después pide a Billy que repase las faltas de ortografía, juntos la corrigen y la retocan con total normalidad. Más que una película de suspense parece que estemos viendo una inofensiva escena doméstica.
En general, la meticulosa forma como llevan a cabo el plan resulta hasta fascinante, centrándose en detalles a los que no se suele dar importancia en los films de secuestros como la ya mencionada redacción de la carta o la obsesión de la pareja por hacer creer a la niña que está en un hospital para que no se sienta inquieta.

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Hacia la parte final se nos desvelan algunas revelaciones que hacen que todo cobre algo más de sentido y que recomiendo no leer si algún lector ha sentido curiosidad por la película y desea visionarla.

La más importante de todas es el descubrimiento de que su hijo Arthur en realidad nació muerto y Myra nunca llegó a verlo. Por tanto, la comunicación que tiene con él gracias a su don extrasensorial en realidad es una consecuencia de esa trauma, de no haber podido asumir nunca que perdió a su hijo. Es entonces cuando empieza a haber un intercambio de roles decisivo: Billy por primera vez se rebela y le echa en cara a su esposa la realidad de que nunca ha visto a Arthur y que ella se escuda en este don sobrenatural para llenar ese vacío. Por primera vez ella es el personaje débil y él el fuerte, pero pronto los roles vuelven a encauzarse.

Después de ese descubrimiento, tiene lugar otra sesión espiritista que de nuevo juega con el suspense bajo una premisa infalible: la madre de la niña acude a la casa confiando que se le pueda revelar información sin sospechar que justamente en la habitación de al lado está su hija durmiendo. Si la niña se despierta y habla, corren el riesgo de que se descubra todo.
Pero el momento realmente significativo llega cuando Myra, intentando dar información positiva a la madre de la niña sobre el estado de su hija, entra en trance y no puede evitar mencionar «muerte» y desmayarse. Su subconsciente le lleva a creer que la niña debe morir y le dará a entender a su marido que Arthur quiere que la mate para que se reúna con él.

Ése es el último paso. Hasta entonces la norma era no hacer ningún daño a la niña, a partir de aquí Billy es consciente del delirio de su mujer y por primera y única vez desobedecerá sus órdenes. Así pues, la liberará sana y salva haciéndole creer a ella (y al espectador) que la ha matado.

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Cuando llega la policía tiene lugar el mayor clímax de la película: el sargento le pide que organicen una sesión de espiritismo para encontrarla, Billy está nervioso por miedo a ser reconocido como el secuestrador y porque ya no confía en la cordura de su mujer. Es un momento de una tensión casi insoportable donde la actuación de Kim Stanley es absolutamente fundamental para entender lo que sucede.
Myra entra de nuevo en trance, y aunque racionalmente debería decirles dónde hallar el supuesto cadáver, no puede evitar desvelar todo lo que ha sucedido en realidad. Es entonces cuando comprendemos que no es una farsante, ella realmente entra en trance en estas sesiones y deja escapar su subconsciente con todo lo que ello conlleva. No es una impostora porque cree que tiene poderes sobrenaturales que en realidad son fruto de su inestabilidad mental. Por ello se ha autoinculpado, porque no puede dominarse a sí misma en trance.
Billy, ya resignado, se entrega dócilmente y simplemente se interesa sobre si la niña llegó a su hogar sana y salva. Su esposa, vuelve en sí y pregunta satisfecha si les ha sido de ayuda, no es consciente de hasta qué punto lo ha sido.

Una película especial y fascinante, absolutamente recomendable.

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Las Vacaciones de Monsieur Hulot [Les Vacances de Monsieur Hulot] (1953) de Jacques Tati

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En una pequeña playa francesa de la costa Atlántica comienzan a llegar una serie de veraneantes dispuestos a vivir unas relajadas vacaciones al lado del mar. Sin embargo, su concepción de las vacaciones es bastante aburrida y consiste básicamente en trasladar su aburrido día a día urbano al escenario costero, es decir, regirse por unos horarios marcados (hora de comer, hora de irse a dormir…) mientras se dedican a hacer lo mismo que en su hogar: jugar a las cartas, leer el periódico y holgazanear. No hay espontaneidad ni diversión, simplemente rutina y puro aburrimiento. Pero entonces sorpresivamente irrumpe un personaje que rompe con toda la calma y armonía: Monsieur Hulot, un hombre desastroso que no planifica nada y que se deja llevar por la espontaneidad. Su llegada inevitablemente supondrá la destrucción de esa tranquila burbuja idílica  en que viven el resto de veraneantes.

Jacques Tati (director, actor protagonista y co-guionista) es uno de esos grandes cineastas a reivindicar siempre que se pueda, un autor que supo crear un estilo muy personal siguiendo la tradición de los grandes cineastas del slapstick como Charles Chaplin y, sobre todo, Buster Keaton. Su gran virtud fue saber explotar estos elementos humorísticos a la perfección integrándolos a los temas que le interesaba mostrar, especialmente la lucha entre tradición y modernidad. Las Vacaciones de Monsieur Hulot es su película más divertida y también la que menos incide en esta temática, aunque tampoco debemos dejar que nos engañe su apariencia de inocente comedia banal.

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Rodada después del gran éxito de su debut (Día de Fiesta), Las Vacaciones de Monsieur Hulot sería la primera película en que aparecería el personaje al que Tati encarnaría durante el resto de su carrera y que estaría siempre ligado a su nombre: Monsieur Hulot. Alto y larguirucho, siempre con una pipa en la boca, Monsieur Hulot es un entrañable hombre que vive ajeno a lo que sucede en el resto del mundo. Distraído, curioso, inquieto e inconsciente, Hulot siempre intenta ayudar a quien lo necesite… y también a quien no. Su presencia equivale al caos, allá por donde pasa provoca estropicios muchas veces sin darse cuenta y es quizás por eso que los que más le admiran y disfrutan de su compañía son los niños y los animales. Él, por supuesto, es totalmente ajeno a ello y siempre hace todo lo posible por encajar entre la gente normal.

La galería de personajes que componen los huéspedes del hotel no tiene desperdicio y están todos perfectamente definidos: un padre de familia que se pasa el día atendiendo el teléfono por negocios; un comandante retirado que se dedica a aburrir a quien quiera escucharle sobre sus batallitas de guerra; una joven y atractiva rubia que se siente algo ajena al monótono mundo adulto; un matrimonio de ancianos en que la mujer tiraniza a su marido obligándole a dar largos y aburridos paseos (resulta hilarante cuando ella le va enseñando emocionada las conchas que encuentra en la orilla y éste las lanza de nuevo al agua indiferente); un pedante joven intelectual obsesionado con la política; una anciana solterona, etc.

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No hay nada de inocente en la caracterización de estas personas y, aunque en esta película no existe el elemento crítico que aparecería con más fuerza en obras posteriores, Tati no los retrata de forma especialmente amable. Pero tampoco es cruel con ellos, los caricaturiza levemente de forma que resulten divertidos pero al mismo tiempo  reales. Los únicos que escapan a su mirada mordaz son los niños y los pocos aliados de Hulot, el resto aparecen retratados como unos aburridos veraneantes a los que el protagonista aplica inconscientemente una cura de shock para despertarles de su letargo.

Su visión cándida del mundo infantil aparece retratada en ese breve momento en que un pequeño niño intenta llevar un helado en cada mano sin que se le caigan. Camina torpemente, sube las escaleras poco a poco y cuando abre la puerta tememos que la bola de helado se caiga al girar el pomo… pero milagrosamente se sostiene y consigue llevar el cucurucho intacto a su hermano. Tati no se mofa en ningún momento de los niños, el blanco de sus burlas siempre serán los adultos.

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Enumerar todos los recursos humorísticos de los que se sirve el director sería interminable, ya que era un perfeccionista enfermizo y llenaba cada escena de pequeños gags siempre meticulosamente planeados. Aunque se sirve muy a menudo del sonido como complemento, Tati es en esencia un cómico visual y por ello los diálogos escasean a lo largo del film, siendo casi siempre meros complementos a la imagen que sirven para acabar de llenar el paisaje que ha recreado el director.

Un ejemplo de los trucos visuales que tanto le gustaban al cineasta francés es el mostrarnos cada noche el hotel a oscuras hasta que Hulot despierta a los asistentes de alguna manera (como por ejemplo con los fuegos artificiales del final), momento en que las ventanas se van iluminando una a una hasta que todo el hotel está despierto, o jugar con los encuadres de la cámara para hacer que un hombre parezca tener cabeza de caballo.

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Los gags visuales se suceden uno tras otro y ya es cosa de cada espectador listar sus favoritos.
Mientras pinta una barca en la orilla del mar, la corriente arrastra el bote de pintura y lo cambia de sitio sin que él se dé cuenta. A continuación, mientras está navegando la barca se le rompe por la mitad y acaba atrapado en medio de forma que cuando se acerca a la orilla la gente cree que es una especie de monstruo marino (un gag curiosamente añadido al film original décadas más tarde a rebufo del éxito de Tiburón). De visita en la casa de la joven tuerce los cuadros involuntariamente al querer colocarlos bien y luego atrapa con la espuela de sus botas una piel de zorro. En el hall del hotel al buscar su pelota de ping pong interfiere inconscientemente en dos partidas de cartas provocando que los jugadores se peleen entre ellos.

Pero si tuviera que elegir un gag concreto, sería sin duda cuando acaba accidentalmente con su desastroso coche averiado en un cementerio donde se está oficiando un funeral y confunden su rueda de recambio con una corona de flores. Al final todos los asistentes van a darle la mano creyendo que es un familiar del fallecido y, como de costumbre, Hulot no es consciente de nada de lo que sucede y les saluda sonriente.

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El director también se sirve de la elipsis de forma muy divertida en una de las primeras escenas del film. Un hombre está pintando su barco hasta que de repente la embarcación se propulsa al agua. Alguien ha tocado el torno que la sostenía, así que el furioso marinero mira alrededor y pregunta amenazadoramente a los niños. Entonces vemos cómo su mirada se posa desconfiadamente en Monsieur Hulot, el cual enseguida adivinamos que ha sido el causante de la catástrofe solo por su pose y su intento de disimular. Tratado así, el gag tiene mucha más gracia que si hubiéramos visto cómo tocaba el torno y huía para no ser descubierto.

En todo momento se nos enfatiza con algunos de estos gags el hecho de que Hulot no encaja en absoluto con el resto de adultos. Cuando el repartidor de diarios trae las últimas noticias todos acuden corriendo a comprar un ejemplar, pero Tati utiliza el suyo como sombrero para resguardarse del sol ante la mirada desaprobadora del joven intelectual. Más tarde, en la fiesta de disfraces no acude ningún adulto salvo un hilarante Hulot disfrazado de pirata que, irónicamente, acaba bailando con la chica ante la mirada del resto de huéspedes.

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Ella es una de las pocas personas adultas que parece disfrutar de su presencia, además de una anciana solterona y el aburrido marido que durante los paseos con su esposa no deja de observar las locuras de Hulot. Al final de su estancia, cuando todos los adultos intercambien saludos y sus señas, Tati de nuevo intentará infiltrarse pero descubrirá por primera vez en la película que el resto no le tienen demasiado aprecio por motivos desconocidos para él y acabará, no casualmente, sentado en la arena con los niños. Sólo pasan a saludarle su anciana amiga y el marido sometido por su aburrida mujer, dejando sorprendido al protagonista ya que en ningún momento de su estancia han intercambiado palabra y desconocía por completo la existencia de un admirador secreto.

También se esboza levemente el que será el futuro tema central de su siguiente y mejor película, Mi Tío (1958) al mostrarnos a un niño como el del atareado hombre de negocios que se pasa el día junto al teléfono, el cual admira a Hulot seguramente deseando que su padre fuera así.

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La escena final del film es un plano de la costa que se convierte en una postal que Tati quería inicialmente que se viera en color. Ese plano enfatiza el aire melancólico que sobrevuela todo el film y que el director potencia también con la canción que se oye repetidas veces a lo largo del metraje.

Las Vacaciones de Monsieur Hulot no sólo es un film que demuestra el inmenso potencial de Tati como cineasta y cómico, sino también una visión entrañable y divertida de algo tan conocido por todos como son las vacaciones veraniegas, pero añadiéndole el punto de locura de su protagonista, como si el cineasta nos quisiera decir que la vida sería muy aburrida sin un Hulot para romper la rutina creando algo de caos.

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Bola de Fuego [Ball of Fire] (1941) de Howard Hawks

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Me encantan las comedias clásicas. Destilan una inocencia y un encanto únicos que te hacen mantener una sonrisa perenne de oreja a oreja durante todo el metraje. No importa que esa inocencia hoy en día pueda parecer desfasada o anticuada, en las grandes comedias clásicas de Hollywood eso no sólo no es un inconveniente para disfrutarlas sino que además todo parece increíblemente natural, como si en el mundo real las personas se comportaran así. Y curiosamente, solían ser comedias que contaban con argumentos que no eran especialmente originales en su planteamiento.

Tomemos por ejemplo esta película: ocho sabios se pasan la vida recluidos escribiendo una ambiciosa enciclopedia que recoge todo el saber humano, cada uno de ellos está especializado en una materia y todos son solteros y viven ajenos al mundo real. Irónicamente, el que parece ser el líder del grupo y el que sigue más estrictamente el proyecto evitando el mundo exterior es el único que no es un anciano. Al contrario, es un atractivo joven encarnado por Gary Cooper, que es el especialista en lengua. Este severo lingüista un día descubrirá un hecho alarmante: su artículo sobre el slang (las expresiones populares) está terriblemente anticuado, por tanto decide salir del edificio y sumergirse en el bullicio de la ciudad para reclutar a gente que le ayude a actualizarse con expresiones modernas. En este viaje conocerá a una atractiva bailarina que decidirá aprovecharse de su bondad e inocencia para esconderse de la policía, que la busca para testificar contra su novio, un gángster que ha cometido un asesinato. Por supuesto, se producirá un choque entre la bailarina y los tímidos ancianos que viven en su mundo académico, además del inevitable romance entre los dos jóvenes.

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Nada realmente nuevo: los típicos sabios que saben sobre todo excepto sobre ‘la vida real’ (especialmente el amor) y que descubrirán ese nuevo mundo a través de un intruso, la descarada bailarina que acaba recapacitando sobre ella misma además de entregarse al bondadoso profesor de lengua y, por supuesto, el gángster malo capaz de cualquier cosa con tal de conseguir sus objetivos. No sólo son temas que ya conocemos sino que alguno hasta nos podrá parecer tópico (la historia de amor imposible, por ejemplo). Y aún así la película funciona a la perfección.

¿Cómo? Pues para empezar, con la ayuda de un solidísimo y divertido guión escrito por uno de los mejores guionistas de la historia del cine, Billy Wilder (poco antes de empezar su carrera como director) junto a su primer colaborador, Charles Brackett. También con la dirección del infalible Howard Hawks, experto narrador especializado en dotar a sus films de un ritmo que no dejaba lugar para el aburrimiento. Y con un reparto de lujo.
Tenemos a Gary Cooper, actor bastante limitado pero sin duda excelente en sus papeles prototípicos, y en este caso el protagonista le va como anillo al dedo, ya que ningún otro sabría dotarle esa sana inocencia y ese atractivo especial que desprende. También está Barbara Stanwyck, simple y llanamente una de las mejores actrices de la historia, y Dana Andrews, hombre duro que más adelante alcanzaría la fama como protagonista en films como Laura (1944). Y una serie de magníficos secundarios de esos de los que desconocemos sus nombres pero cuyas caras nos son familiares a los aficionados al cine clásico, esa factoría de secundarios de lujo que tanto abundaban en aquella época que aparecían en decenas de grandes películas interpretando papeles pequeños pero memorables como Dan Duryea (inolvidable su papel de matón en películas como La Mujer del Cuadro o Perversidad de Fritz Lang) o Henry Travers (a.k.a. el ángel de Qué Bello es Vivir).

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Con esta combinación el resultado no podía defraudar. Los personajes de los profesores resultan francamente divertidos y aunque son estereotípicos como ellos solos, sus interpretaciones no acaban cayendo en el exceso ni resultan cargantes. Su comportamiento es increíblemente infantil e inocente, pero ello no quita que Wilder y Brackett se permitan colar algunas leves referencias sexuales (muy leves, puesto que la película es de los años 40) como cuando un profesor confiesa a la criada que robó mermelada de fresa porque al escribir su artículo sobre las fresas le entró apetito y, a continuación, la criada le dice al que está escribiendo el artículo sobre sexo que confía que a él no le suceda lo mismo con su tema de investigación. Sin embargo la relación que tienen ellos con la bailarina Sugarpuss denota un comportamiento más infantil que otra cosa, como se puede comprobar en la escena en que ella llega a casa y todos corren a esconderse enfundados en sus batas como si le tuvieran miedo. Una muestra de esa inocencia tan cándida a la que antes hacía referencia que, si bien resta credibilidad a estas comedias o hace que parezcan algo anticuadas, para mí les dota de un encanto especial.

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El romance entre Sugarpuss y el Profesor Potts se trata evitando sentimentalismos rancios y con toda la credibilidad que se puede aportar a la relación entre un inocente profesor de lengua y una descarada bailarina: él, completamente ajeno al sexo contrario hasta que la conoció, cae rendido a sus encantos, y ella, acostumbrada a los gángsters con los que debe tratar, no puede evitar cogerle cariño a ese hombre tan honesto y sencillo. Incluso se nos aporta un pequeño paréntesis emotivo cuando los profesores pasan la noche en un hotel con la joven pareja de camino a su boda y uno de ellos, el único viudo, recuerda con ternura a su mujer y sus colegas acaban cantándole la canción que le recuerda a ella. Seguidamente tiene lugar la única escena de amor propiamente dicha entre Potts y Sugarpuss sin ningún matiz cómico. Para evitar caer en el tópico diálogo amoroso Wilder y Brackett se sirven de un recurso sencillísimo pero efectivo: Potts entra en la que cree que es la caravana del profesor viudo a confesarle todo lo que siente hacia ella, aunque no se da cuenta de que en realidad se ha equivocado y está hablándole a una emocionada Sugarpuss a oscuras (aquí se nos muestra un plano muy llamativo de los ojos de ella en la oscuridad que se consiguió pintando la cara de Stanwyck de negro).

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Además podemos ver cómo Wilder ya a estas alturas se sirve de uno de sus recursos más típicos que tan bien le funcionaba en los guiones: el uso de objetos para mostrar los sentimientos o pensamientos de los personajes. En este caso el objeto es el raquítico anillo de compromiso que le compra el profesor, que contrasta con el otro que le ha regalado Joe, más opulento y vistoso. Cuando se descubra todo el engaño, ella le devolverá el anillo al profesor, pero por error le dará el de Joe, no el suyo, lo cual le sirve de base a otro de los profesores para explicarle que eso significa que ella subconscientemente le sigue queriendo.
También son marca personal los numerosos juegos de palabras o dobles sentidos (la única manera que había por entonces de hacer chistes sexuales sin que fueran censurados, y eso si conseguías colarlos sutilmente), aunque desgraciadamente todas las bromas sobre el slang se pierden en la traducción y seguramente hoy en día estén anticuadas al ser expresiones que no han sobrevivido el paso del tiempo.

Todo esto adornado con pequeños gags y detalles que se suceden a lo largo del film hacen de Bola de Fuego un magnífico ejemplo de las virtudes de las comedias clásicas, y eso teniendo en cuenta que ni siquiera es una de las obras cumbre de sus responsables. Que una película así fuera un logro más de sus carreras y no un punto culminante no hace sino demostrar la buena forma en que se encontraba el género en aquella época.

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Liliom (1934) de Fritz Lang

Cuando Fritz Lang emigró a Francia en 1933 huyendo de la Alemania nazi, a diferencia de muchos de sus compañeros que también se vieron obligados a abandonar el país él no se encontraba en una difícil situación económica. Era el director más importante y prestigioso de Alemania y cuando llegó a París le esperaba el productor Erich Pommer (con quien había colaborado a menudo) con un nuevo proyecto entre manos. Por supuesto la situación había cambiado radicalmente para él: ya no podía escoger con libertad lo que quería rodar, no contaba con los altos presupuestos de los que había gozado en la Ufa (productora en la que filmó sus películas más majestuosas) y además se veía obligado a trabajar por primera vez en más de 10 años sin su más estrecha colaboradora y guionista, su esposa Thea von Harbou (que permaneció en Alemania fiel al regimen nazi).
Aún así Lang no estaba como para quejarse, la mayoría de sus compañeros se encontraban en una situación bastante precaria intentando abrirse paso desde cero en la industria francesa o inglesa.
La única película que rodaría Lang en su breve estancia francesa sería toda una rareza, un film que no tenía nada que ver con todo lo que había hecho antes en Alemania. En realidad, Pommer tenía por entonces dos proyectos entre manos: una película de detectives y Liliom, los cuales quería ceder a los directores Fritz Lang y Max Öphuls. Teniendo en cuenta el tipo de films en que se había especializado Lang, lo más lógico habría sido darle a él el film de detectivesco, pero por algún extraño motivo Lang acabó encargándose de Liliom.
El guión de Liliom estaba basado en una OBRA TEATRAL y era un drama en que un simpático y mujeriego feriante (Liliom) acaba viviendo con una joven inocente (Julie) que le siguie amando pese a que su marido sea un buscavidas que la maltrata. Cuando Liliom muere tras un frustrado robo, en el cielo se le juzgará por sus pecados igual que era juzgado en la vida real en la comisaría donde acababa recalando continuamente.
En general Liliom me da la sensación de que es un film no demasiado memorable. La historia no es nada del otro mundo y la primera parte del film (la que se desarrolla antes de que aparezcan los elementos fantásticos) me deja bastante indiferente. Charles Boyer está magnífico como Liliom, es cierto (y eso que no es un actor que me guste) pero el carisma de su personaje es prácticamente lo único que puedo destacar junto algunos planos bastante buenos de Lang (los del tiovivo al inicio del film, el recurso de las pintadas amorosas en el banco para señalar el paso del tiempo, el siniestro afilador que pasa justo antes del crimen y que tiene un aura casi sobrenatural…).
El personaje de Julie es demasiado simple, una joven inocente que entrega su vida a un hombre que no cesa de maltratarla y al que ella se mantiene fiel en todo momento sin que sepamos por qué. Habría ayudado mucho el mostrarnos alguna escena en que se les viera a ellos dos en armonía para poder entender por qué sigue con él o, al menos, poder comprender su personaje.
Cuando Liliom muere e irrumpe de repente el elemento sobrenatural, el film cobra algo de interés. La puesta en escena del momento en que Liliom sube al cielo es magnífica y también resalto los dos guardianes que le escoltan, que me parecen aterradores tanto por su maquillaje como por su interpretación tan fría y estática.
Sin embargo, el film no acaba de despegar. La parte final en que se intenta que Liliom se redima no funciona y no me parece demasiado convincente, además de pecar de estar resuelta demasiado deprisa.
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Cuando Fritz Lang emigró a Francia en 1933 huyendo de la Alemania nazi, a diferencia de muchos de sus compañeros que también se vieron obligados a abandonar el país él no se encontraba en una difícil situación económica. Era el director más importante y prestigioso de su país natal y cuando llegó a París le esperaba con un nuevo proyecto entre manos el productor Erich Pommer, quien había trabajado con éñ anteriormente. Por supuesto la situación había cambiado radicalmente: ya no podía escoger con libertad lo que quería rodar, no contaba con los altos presupuestos de los que había gozado en la UFA (el estudio en que filmó sus películas más majestuosas) y además se veía obligado a trabajar por primera vez en más de diez años sin su más estrecha colaboradora y guionista, su esposa Thea von Harbou, que permaneció en Alemania fiel al régimen nazi. Aún así Lang no estaba como para quejarse, ya que la mayoría de sus compañeros se encontraban en una situación bastante precaria intentando abrirse paso desde cero en las industrias de otros países.
La única película que rodaría Lang en su breve estancia francesa sería toda una rareza, un film que no tenía nada que ver con todo lo que había hecho antes en Alemania ni con lo que haría después en los Estados Unidos. En realidad, Pommer tenía por entonces dos proyectos entre manos: una película de detectives y Liliom, los cuales quería ceder a los directores Fritz Lang y Max Öphuls. Teniendo en cuenta el tipo de films en que se había especializado Lang, lo más lógico habría sido darle a él el film de detectivesco dejando a Öphuls el otro proyecto, pero por algún extraño motivo Lang acabó encargándose de Liliom.
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El guión de Liliom estaba basado en un drama teatral en que un simpático y mujeriego feriante (Liliom) acaba viviendo con una joven inocente (Julie) que le sigue amando pese a que su marido sea un buscavidas que la maltrata. Cuando Liliom muere tras un frustrado robo, en el cielo se le juzgará por sus pecados igual que era juzgado en la vida real en la comisaría donde acababa recalando continuamente.
En general Liliom me da la sensación de ser un film no excesivamente memorable. La historia no es nada del otro mundo hasta llegar a la muerte de él y la primera parte del film, la que se desarrolla antes de que aparezcan los elementos fantásticos, me deja bastante indiferente. Charles Boyer está magnífico como Liliom, es cierto (y eso que no es un actor que me guste, pero el papel le pega mucho) pero el carisma de su personaje es prácticamente lo único que puedo destacar junto algunos planos bastante buenos de Lang: los del tiovivo al inicio del film, el recurso de las pintadas amorosas en el banco para señalar el paso del tiempo, el siniestro afilador que pasa justo antes del crimen y que tiene un aura casi sobrenatural, etc.
El personaje de Julie a cambio es demasiado simple, una joven inocente que entrega su vida a un hombre que no cesa de maltratarla y al que ella se mantiene fiel en todo momento sin que sepamos por qué. Habría ayudado mucho el mostrarnos alguna escena en que se les viera a ellos dos en armonía para poder entender por qué sigue con él o, al menos, poder comprender su personaje. En consecuencia, durante buena parte de la película somos testigos de un dramón bastante simple que carece de elementos destacables y que quizás habría convenido aligerar un poco en beneficio de la segunda parte, que es mucho más interesante.
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Cuando Liliom muere e irrumpe el elemento sobrenatural, el film cobra algo de interés. La puesta en escena del momento en que Liliom sube al cielo es magnífica y también cabe resaltar los dos guardianes que le escoltan, que me parecen aterradores tanto por su maquillaje como por su interpretación tan fría y estática.
Sin embargo, aunque aquí el film consigue remontar el vuelo respecto a la primera parte, no despega del todo para mi gusto. La parte final aporta un nuevo elemento dramático: el intento de que Liliom sea consciente de sus pecados y se pueda redimir. Desgraciadamente su regreso a la Tierra me da la sensación de estar resuelto de forma demasiado precipitada y el final tampoco me parece convincente.
No es una mala película y se salva de la mediocridad por la forma como se juega en la segunda parte con los elementos fantásticos, pero éstos resultan interesantes más por la dirección y la excelente puesta en escena de Fritz Lang que por su implicación en el argumento. Curiosamente (o quizás no tanto, porque los grandes cineastas solían ser muy caprichosos en estas cuestiones) Lang la consideraba una de sus mejores películas y le tenía un cariño especial. Yo sinceramente no puedo dejar de considerarla una película interesante pero inevitablemente menor.
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Häxan, La Brujería a través de los Tiempos (1922) de Benjamin Christensen

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Muy interesante film danés sobre el tema de la brujería y las supersticiones en la Edad Media que mezcla eficazmente y con total libertad documental y ficción.
El director y guionista Benjamin Christensen nos habla en siete episodios de las causas y consecuencias de la creencia en brujas y supersticiones para finalmente retomar el tema en el siglo XX haciéndonos ver cómo las mujeres acusadas por entonces de brujería son las que hoy en día llamaríamos histéricas, consideradas como personas enfermas y no seres malignos.
Para exponer sus ideas, Christensen se sirve tanto de grabados de la época como de escenas recreadas por él mismo. Pese a lo escalofriantes que resultan las imágenes medievales mostrándonos al demonio o a la Santa Inquisición, el punto fuerte del film está sin duda en las recreaciones hechas por el propio Christensen.
El danés parte de una historia real sobre una anciana acusada de haber matado con sus poderes a un humilde hombre. A partir de aquí Christensen no sólo recrea con toda fidelidad el proceso por el que pasa la pobre mujer sino que además nos muestra todas las imágenes de orgías demoníacas descritas. Ése es el gran acierto del film, que no se dedica sólo a exponer las creencias de los personajes sino que además nos las muestra visualmente, de forma que nos sumerge a los espectadores en el mundo que por entonces la gente creía como real. Para ello, Christensen se sirve de una ambientación lúgubre y espeluznante llena de imaginería visual y de perversiones que en su época lógicamente fueron objeto de muchas polémicas: oscuras orgías, demonios terroríficos, mujeres dejándose seducir por demonios….
Christensen tampoco se corta en mostrarnos los horrores de la Inquisición a través del proceso que condena a una familia entera de inocentes a base de torturas y crueles engaños (incluyendo un interrogatorio en el que vemos un curioso precedente del clásico poli bueno-poli malo). No sólo eso sino que dedica unos minutos a mostrarnos con detalle todos los objetos de tortura a los que someten a los acusados. Al director parece fascinarle tanto el mundo fantasioso de brujas y demonios como el hecho de que estas supersticiones sacan la peor faceta de los seres humanos.
Así pues, aunque las partes más documentales puedan echar algo atrás a no interesados en la materia, los segmentos recreados son suficiente motivo para hacer de Häxan una película imprescindible y un referente ineludible en la historia del cine de terror. Es ahí donde se pueden comprobar los enormes y costosos esfuerzos que hizo el director Christensen (que aparece en el film encarnando nada más y nada menos que al demonio) para conseguir una recreación detallada y horrorífica que aún hoy en día puede sorprendernos.

Muy interesante film danés sobre el tema de la brujería y las supersticiones en la Edad Media que mezcla eficazmente y con total libertad documental y ficción.

El director y guionista Benjamin Christensen nos habla en siete episodios de las causas y consecuencias de la creencia en brujas y supersticiones, para finalmente retomar el tema en el siglo XX haciéndonos ver cómo las mujeres acusadas por entonces de brujería son las que hoy en día llamaríamos histéricas, consideradas como personas enfermas y no seres malignos.

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Para exponer sus ideas, Christensen se sirve tanto de grabados de la época como de escenas recreadas por él mismo. Pese a lo escalofriantes que resultan las imágenes medievales mostrándonos al demonio o a la Santa Inquisición, el punto fuerte del film está sin duda en las recreaciones hechas por el propio Christensen.

El danés parte de una historia real sobre una anciana acusada de haber matado con sus poderes a un hombre. A partir de aquí Christensen no sólo recrea con toda fidelidad el proceso por el que pasa la pobre mujer sino que además nos muestra todas las imágenes de orgías demoníacas que los personajes describen. Ése es el gran acierto del film, que no se dedica sólo a exponer las creencias de los personajes sino que además nos las muestra visualmente, de forma que nos sumerge a los espectadores en un mundo que por entonces se creía como real. Para ello, Christensen se sirve de una ambientación lúgubre y espeluznante llena de imaginería visual y de perversiones que durante el estreno del film lógicamente fueron objeto de muchas polémicas: oscuras orgías, demonios terroríficos, mujeres dejándose seducir por demonios….

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Christensen tampoco se corta en mostrarnos los horrores de la Inquisición a través del proceso que condena a una familia entera de inocentes a base de torturas y crueles engaños (incluyendo un interrogatorio en el que vemos un curioso precedente del clásico poli bueno-poli malo). No sólo eso sino que dedica unos minutos a mostrarnos con detalle todos los objetos de tortura a los que someten a los acusados. Al director parece fascinarle tanto el mundo fantasioso de brujas y demonios como el hecho de que estas supersticiones sacaran la peor faceta de los seres humanos.

Así pues, aunque las partes más documentales puedan echar algo atrás a no interesados en la materia, los segmentos recreados son suficiente motivo para hacer de Häxan una película imprescindible y un referente ineludible en la historia del cine de terror. Es ahí donde se pueden comprobar los enormes y costosos esfuerzos que hizo el director Christensen (quien aparece en el film encarnando nada más y nada menos que al demonio) para conseguir una recreación detallada y horrorífica que aún hoy en día puede sorprendernos.

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