Críticas

El Carnaval de las Almas [Carnival of Souls] (1962) de Herk Harvey

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Inquietante película de culto de serie B. Rodada con muy pocos medios y en tan sólo tres semanas, El Carnaval de las Almas ha logrado trascender en la historia del cine hasta convertirse en un referente ineludible en el género de terror.

En una pequeña ciudad estadounidense se produce un accidente en que un coche en que viajaban tres jóvenes cae al río. Aunque se hace imposible encontrar el automóvil, milagrosamente una de las pasajeras, Mary Henry, emerge de las aguas como única superviviente.
Pese a esta traumática experiencia, ella se empeña en seguir adelante con sus planes de viajar a una población cercana a trabajar como organista en la iglesia local. Sin embargo, por el camino empiezan a acecharle unas extrañas visiones, una espeluznante figura humana fantasmal que parece perseguirla. Aunque al principio no le da importancia al hecho, a medida que pasa el tiempo sus alucinaciones irán en aumento.

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El film destaca y ha pasado a la historia sobre todo por su asfixiante atmósfera. Aunque no es una película de terror en que el espectador esté en tensión durante todo el metraje, sí que nos encontraremos unas cuantas escenas especialmente sobrecogedoras pese a la escasez de medios de la que disponía Herk Harvey. Los planos de ese extraño hombre (interpretado por el propio director) que se aparece repentinamente a la protagonista son tremendamente desasosegantes aunque en realidad no muestren nada del otro mundo. El simple hecho de que esa inquietante figura de apariencia terrorífica se aparezca repentinamente y de forma breve en el momento menos esperado es lo que inquieta tanto a la protagonista como a nosotros.
Más que una película terrorífica, El Carnaval de las Almas parece una pesadilla. Más que aterrorizar, produce malestar por no saber qué está sucediendo, como en las escenas en que Mary repentinamente no puede oír nada y parece que el resto de personas no pueden verla ni oírla tampoco a ella. En estos momentos es cuando más se agradecen detalles de dirección como remarcar el sonido de sus zapatos, que contrasta con el tenebroso silencio en que se encuentra.

En ese sentido, el momento cumbre del film son sin duda sus últimos minutos, en que la pesadilla que se iba anunciando poco a poco durante todo el metraje acaba de estallar por completo y hacerse realidad. Esos extraños seres fantasmales (un claro antecedente de los futuros zombies por el maquillaje y la forma de moverse) acaban de revelarse del todo al espectador e incluso persiguen a la protagonista, convirtiéndose en un peligro real. En concreto, la escena en que aparecen todos bailando es sin duda el instante más memorable visualmente de la película, por no hablar del mil veces homenajeado y copiado plano en que uno de ellos surge de las aguas.

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Sin embargo, El Carnaval de las Almas también tiene algunos defectos que hacen que la película se resienta un poco. Para empezar, la banda sonora de órgano resulta tan tenebrosa como cargante, aunque hay que reconocer que está muy bien utilizada en momentos puntuales y le da ese aire fantasmal tan adecuado.
En segundo lugar, uno de sus mayores problemas es el contar con un reparto que hace unas actuaciones muy poco creíbles. Aunque éste es un problema muy común en el cine de serie B, quizás debería haberse tapado mejor esa carencia acortando un poco algunas escenas.
Lo cual nos lleva al otro gran defecto, que es su irregular guión. Hay buenas ideas que se desarrollan a lo largo de la película, como el hecho de que ella evite tanto la compañía de más personas y parezca una mujer «sin alma» (quizás fue su cuerpo el que sobrevivió al accidente pero no su alma), lo cual la lleva a rechazar al vecino que intenta seducirla y a que un amigo le recomiende que no se sirva sólo de su habilidad para tocar el órgano, sino que también ponga algo de alma. En general el hecho de que nunca se aclare del todo qué es lo que pasa, dedicándose solo a insinuar, es un gran acierto. Pero aún así, el ritmo es terriblemente irregular, algunos diálogos entre personajes se hacen demasiado largos (la cita entre él y su vecino sin ir más lejos es bastante redundante) y el resultado final acaba resintiéndose por esos altibajos.

Pese a esos defectos, que para algunos incluso le dotan de cierto encanto característico de serie B, El Carnaval de las Almas sigue siendo una película muy destacable y con suficientes méritos como para hacer que su visionado valga la pena. Esa atmósfera tan surreal y terrorífica ha sido una marcada influencia para autores del género y para cineastas como David Lynch, y sus escenas fantasmales aún hoy en día conservan su fuerza e incluso cierta aterradora belleza.

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Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel

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Una de las cosas que más me choca sobre Los Olvidados es saber que fue el productor Óscar Dancigers el que propuso a Buñuel hacer un film sobre los niños pobres de los suburbios de la ciudad de Mexico. No sé si el hombre todavía no sabía de lo que era capaz Luis Buñuel o si sencillamente era un inconsciente, pero lo que el director le entregó fue uno de los retratos más viscerales que ha hecho el cine sobre la miseria y la infancia perdida que aún hoy en día mantiene su impacto.
El trato que llevaron a cabo director y productor después del éxito comercial de El Gran Calavera (1949) era que de cada tres films, en uno Buñuel contaría con libertad creativa absoluta a cambio de bajar (aún más) el presupuesto y cobrar lo mínimo. A la práctica eso solo sucedió con Los Olvidados, en la que el presupuesto ínfimo se vio recompensado por esa libertad que le permitió narrar la historia sin necesidad de autocensurarse ni de hacer concesiones.

Buñuel no engaña a nadie y pone las cartas sobre la mesa desde el inicio con la voz en off que advierte en el prólogo de que es una película basada en hechos reales y que, por tanto, no es nada optimista. Para asegurarse de hacer un retrato totalmente realista, el director aragonés estuvo varios meses paseándose por los suburbios mezclándose con la gente, observando y escuchando (algunas de las historias que escuchó se incorporaron al guión). No cabe duda de que era un proyecto que se tomó muy en serio.

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Aunque es una película coral, el personaje que sirve de hilo conductor es Pedro, un niño de los suburbios sin padre que malvive con una serie de jóvenes delincuentes. Uno de los líderes es el Jaibo, que ha escapado del correccional y quiere vengarse de Julián, que cree que es quien le delató. Los dos consiguen atraer a Julián a un descampado solitario donde Jaibo le asesina a golpes. Tras esta traumática experiencia, Pedro querrá reformarse pero lo tendrá todo en su contra.

La cruda visión que nos muestra Luis Buñuel de los suburbios no conoce ni buenos ni malos. Ningún personaje protagonista es enteramente positivo o negativo: por un lado el malvado Jaibo que traiciona sin titubear a su amigo y ha matado a otro inspira algo de compasión cuando recuerda sus orígenes; por el otro lado, el entrañable e inofensivo Ojitos (un indefenso niño abandonado en un mercado por su padre) en cierto momento está a punto de atacar a su amo ciego con una piedra y más adelante anima a la dulce Meche a que lo apuñale mientras éste la toquetea impúdicamente.

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Pedro es el personaje que mejor representa esta ambivalencia, ya que el gran conflicto del film se encuentra en su intento de conversión, en su lucha por querer reformarse y al mismo tiempo no poder evitar su instinto de futuro delincuente. Cuando es enviado a la escuela granja y empieza a comer huevos, el resto de niños se lo echan en cara diciendo que esos huevos han de servir para todos, ellos se han reformado y ya han interiorizado ese pensamiento comunitario de respeto mutuo, mientras que Pedro sigue pensando solo en sí mismo y acaba exteriorizando su rabia matando a unas gallinas. Para reformarle, el director acierta en apostar por él y dejarle salir de la escuela para que le haga unos recados, dándole confianza. Pero al igual que le sucedió cuando intentó ser un honrado aprendiz de herrero, el destino (y más concretamente Jaibo) no le dejarán reformarse del todo. En ese sentido Buñuel es inflexible, Pedro quiere reformarse pero nunca lo puede conseguir, el problema no es que jóvenes delincuentes como él puedan mejorar sino que sus circunstancias se lo permitan.
La relación de Pedro con su madre es otro de los puntos clave del film. Esa obsesión por conseguir su aprobación y el toparse con que ella nunca le cree (seguramente con motivo) es lo que le motivará a intentar reformarse entregándose a la policía. Más adelante descubrimos que el desprecio que siente su madre hacia él se debe en gran parte a que fue fruto de un romance esporádico con 14 años. No es hasta que un policía le recrimina por su conducta que ella se da cuenta de que es su hijo y parece empezar a quererle. Pero entonces será demasiado tarde.

En este descarnado clima realista también podemos encontrar algunas de las constantes típicas de Buñuel. Por ejemplo, las gallinas como elemento simbólico están muy presentes durante todo el film: el director de la escuela le recrimina que las matara argumentando que ellas también se pueden vengar, y al final de la película Jaibo descubre a Pedro cuando éste va a atacarle porque, irónicamente, es avisado por el ruido de las gallinas, condenando así al protagonista. También está presente el erotismo «bruto» típico de Buñuel incluyendo su obsesión por las piernas y los pies (inolvidable la escena en que Meche remoja sus piernas con leche).
Su mano se nota sobre todo en la maravillosa escena onírica en que quedan patentes las dos grandes obsesiones de Pedro: su relación con su madre y los remordimientos por el asesinato de Julián. Buñuel la rueda magistralmente empleando el ralentizado y dándole ese toque surreal y simbólico que tan bien se le daba.
A modo más anecdótico, también se hace notar la inquieta mano del realizador en otra escena que en su época debió sorprender a los espectadores, cuando Pedro bebe el contenido de un huevo y al comprobar que está podrido lo arroja asqueado directamente a la cámara.

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Tal y como se dice en el prólogo, Buñuel no es optimista ni hace ningún tipo de concesiones. Los jóvenes delincuentes atacan sin ningún tipo de remordimiento a un ciego y a un hombre sin piernas mientras que los niños son continuamente víctimas de malos tratos e incluso se insinúa el riesgo de que puedan ser víctimas de abusos sexuales (en una breve y soberbia escena muda que homenajea directamente a M, El Vampiro de Düsseldorf de Fritz Lang, vemos cómo un hombre con apariencia de burgués le ofrece dinero a Pedro para que le acompañe).
Buñuel no muestra el más mínimo atisbo de compasión o pena por los personajes, todo lo que sucede lo retrata con una cruda frialdad que evita ante todo el sentimentalismo. De hecho no puede haber un final más salvaje y descorazonador que el que nos muestra Buñuel en el último plano de la película en que vemos el cuerpo sin vida de Pedro arrojado a un vertedero.

Como es natural, la película supuso un escándalo tremendo en México. Muchos acusaron a Buñuel de ingrato por mostrar un retrato tan cruel del país que le había acogido en el exilio, la gente que iba a verla salía del cine muda de asombro y espanto y a su creador le llegaron insultos y amenazas. La película estaría condenada a caer en el olvido de no haber sido porque de alguna manera se consiguió que llegara al Festival de Cannes, donde ganó el premio a la mejor película y supuso un gran éxito de crítica (lógico por otra parte teniendo en cuenta que por aquel entonces el Neorrealismo seguía en boga y muchos la clasificaron, con más o menos acierto, dentro de esa corriente). De hecho Los Olvidados fue la película que volvió a dar renombre internacional a Buñuel veinte años después de haber estrenado Un Perro Andaluz y fue el primero de una serie de inolvidables clásicos que realizaría en México.

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Vestida para Matar [Dressed to Kill] (1980) de Brian De Palma

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Muy a menudo se ha criticado a Brian De Palma por ser un mero imitador de Hitchcock, y aunque es una acusación injusta (reducir sus dotes como cineasta de esa manera me parece bastante desafortunado) cabe decir que en algunas de sus obras no se ha molestado mucho, por no decir nada, en disimular el referente del que partía. Así pues, si Obsesión (1976) era una revisión bastante obvia de Vértigo (1958), Vestida para Matar (1980) es descaradamente la versión de Psicosis (1960) de De Palma. Y no es que parta de un solo aspecto o idea de la obra maestra de Hitchcock, sino que aprovecha varios puntos de esa película y los hace suyos, de forma que aunque Vestida para Matar  no llega a ser un remake sí que es una especie de reinterpretación de algunos de los aspectos esenciales de esa obra. Por supuesto eso no resta valor al resultado final y de hecho creo que es su mejor trabajo junto a Atrapado por su Pasado (1993), pero las comparaciones se harán inevitables cuando analicemos la trama.

La protagonista es Kate Miller, una madura mujer que se siente profundamente insatisfecha con su matrimonio, sobre todo en lo que respecta a sus relaciones sexuales. Por ello acude regularmente a la consulta de un psiquiatra, el Doctor Elliott, ante el cual desahoga sus frustraciones. Un día, de visita en un museo, se siente atraída hacia un misterioso hombre al que intenta atraer su atención. Sorprendentemente, tiene éxito y acaba acostándose con él en su apartamento.
Mientras él duerme, Kate abandona sigilosamente la cama para volver a casa, pero antes de irse descubre accidentalmente que ese desconocido tenía una enfermedad venérea. Alarmada por el error que ha cometido, sale rápidamente hacia el ascensor donde repentinamente es asesinada por una mujer rubia con gafas de sol. Cuando se abren las puertas del ascensor, la única persona que presencia la escena es Liz, una joven prostituta que se verá involucrada en el asesinato como posible sospechosa.

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Como vemos, Brian De Palma usa de entrada el mismo punto de partida que Hitchcock en Psicosis: empezar la película con una protagonista que muere brutalmente asesinada al cabo de media hora aproximadamente y que además en las dos películas resulta ser una actriz de renombre para descolocar más al espectador. Aunque en este caso De Palma llevó este recurso un paso más lejos que Hitchcock. En Psicosis, Marion Crane moría después de que Hitchcock hubiera desarrollado el que parecía ser el conflicto principal de la trama: Marion había robado 40.000 dólares, había huido de la policía y en el punto en iba a devolverlos moría, es decir cuando la trama se iba a solucionar. En este caso De Palma llega más lejos porque Kate muere justo cuando había descubierto un hecho que nosotros nos pensamos que era absolutamente trascendental y que sería el gran conflicto de la trama: acaba de contagiarse de una enfermedad venérea y obviamente no puede confesárselo a su marido.

Hay cierto punto de humor negro en ello, tanto Kate como el espectador se sienten preocupados por lo que hará la protagonista para solucionar ese problema, pero De Palma apenas nos da tiempo a asimilarlo y la liquida pocos minutos después de haberlo sabido. El introducir este elemento que en realidad no aporta nada a la trama principal no es más que una ingeniosa y excelente jugarreta del director.
Hoy en día es imposible que nadie vea Psicosis por primera vez desconociendo el hecho de que Janet Leigh acaba siendo asesinada en la ducha, por lo que ese punto de sorpresa que tan eficaz fue en su estreno hoy en día ya no lo es debido a la fama que tuvo esa escena. A cambio tenemos esta Vestida para Matar en que podemos experimentar algo parecido a lo que sintieron los espectadores de Psicosis en su momento.

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A partir de aquí, comienza la trama principal, en que la prostituta Liz intenta descubrir al asesino para librarse de las sospechas ayudado por Peter, el hijo de Kate que busca venganza. Las similitudes con Psicosis se mantienen en esta nueva trama en el hecho de que el tipo de psicópata sexual es exactamente el mismo, y de hecho la explicación final casi sobra para los que hayan visto el film de Hitchcock porque el comportamiento del asesino es idéntico al de Norman Bates: en ambos casos sufren de doble personalidad y cuando su lado masculino se siente excitado ante una mujer, su lado femenino irrumpe para matar a la mujer en cuestión. El único problema que le veo es que si uno ve el film sabiendo cual es el punto de referencia de De Palma, no es muy difícil intuir pronto quién es el asesino.

Dejando ya de lado las similitudes con Psicosis, Vestida para Matar es una obra de las obras más impecablemente realizadas por Brian De Palma. Para mi gusto es especialmente destacable la escena del museo en que Kate conoce a su futuro amante, una de las mejores que he visto en su carrera. Es una escena totalmente visual, sin diálogos, en que el director se apoya en todo momento en las imágenes para narrarnos lo que va sucediendo: las parejas a las que mira ella con envidia, las miradas de él y ella cuando se sientan juntos (e incluso su cambio de postura algo coqueto), la excelente banda sonora de Pino Donaggio envolviendo el encuentro y, no lo olvidemos, la genial actuación de una magnífica Angie Dickinson. Brian De Palma consigue impregnar de cierta tensión una escena en la que está sucediendo algo muy sútil, el darse a entender mutuamente sin palabras que están interesados el uno por el otro, para desembocar en una especie de persecución por las salas. Siento debilidad por las escenas en que se cuentan las cosas con sutilidad y sin utilizar apenas la palabra, y ésta es una de ellas.

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Por supuesto también es digna de alabar tanto la magnífica escena del asesinato en el ascensor (bastante compleja de filmar por el espacio limitado y porque se suceden muchas acciones importantes en tan poco tiempo) como las que aparecen en el prólogo y epílogo final, que si bien son totalmente prescindibles, ya que no aportan nada al film, sirven para hacer más evidente aún la referencia a Psicosis al situar las dos en una ducha (por si a algún espectador aún no le había quedado claro) y demuestran que a Brian De Palma le importa mucho más la forma que el contenido.
Pero su eficaz labor no se limita solo a estas escenas en que el trabajo de dirección salta a la vista, sino que se extiende a todo el film con muchos detalles que me parecen muy interesantes. Por ejemplo, las dos veces que al Dr. Elliott se le insinúan sus pacientes éste aparece inmediatamente después encuadrado en un espejo en el que se queda mirando su reflejo antes de negarse fríamente, casi como dando a entender que en esos breves instantes está teniendo un conflicto consigo mismo o algún tipo de dilema personal.

El reparto funciona perfectamente pero para mi gusto destacan sobre todo la ya mencionada Angie Dickinson y un muy eficaz Michael Caine, al que el papel de Dr. Elliott le viene como anillo al dedo, seguidos por el personaje secundario del detective Marino, a quien Dennis Franz interpreta con mucha soltura dotándole de una marcada personalidad pese a sus escasas apariciones.
A cambio el guión tiene algunos pequeños agujeros que si bien no tienen mucha importancia (hasta en eso se parecía a su maestro Hitchcock) en algunos momentos no puedo evitar que me resulten algo molestos o incluso algo tramposos para crear el final sorpresa.

Aún así, en Vestida para Matar Brian de Palma demostró ser un excelente seguidor del maestro del suspense dejando bien clara además su influencia. Todos los críticos que le acusaron de ser un mero imitador parecen olvidar que hasta para ser un buen «imitador» de Hitchcock hace falta tener talento, y de eso hay de sobras en esta película.

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Dies Irae [Vredens Dag] (1943) de Carl Theodor Dreyer

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Prodigiosa obra maestra del danés Carl Theodor Dreyer que se erige como una de las obras cumbre de la historia del cine.

Ambientada en un poblado danés en el siglo XVII, el film se inicia con una acusación de brujería hacia la anciana Marta de Herlof. Ésta, para protegerse, se intenta esconder en la casa del reverendo Absalon y pide protección argumentando que conoce el pasado oscuro de la segunda esposa del reverendo, la joven Anne. Según dice, la madre de Anne fue acusada de brujería, pero Absalon usó su influencia para salvarla y así proteger a su hija, con la que luego se casó. Mas sus intentos de huir son en vano y Marta es pronto atrapada y encarcelada.
Paralelamente, Martin, el hijo del primer matrimonio de Absalon vuelve al hogar paterno e inicia un romance secreto con su joven y bella madrastra. Todas estas intrigas se suceden bajo la atenta vigilancia de la sobreprotectora madre de Absalon, Merete, la cual aborrece a su segunda nuera.

Aunque en un principio podría parecer una película sobre brujería, Dies Irae es mucho más que eso. La trama relacionada con el proceso de Marta de Herlof en realidad acaba siendo relegada a un plano secundario al morir el personaje en la mitad del film. En realidad es más bien el detonante del conflicto central, además de servir como reflejo de la fortísima presión religiosa que afecta a todos los protagonistas del film, que viven subyugados por Dios.
Dreyer en ningún momento dramatiza en exceso los acontecimientos, por muy brutales que sean y todo lo que rodea al proceso y la ejecución de Marta de Herlof nos es mostrado con distanciamiento y respeto pero sin enfatizar su sufrimiento. El film empieza con un magnífico plano de la casa de la anciana mientras ésta vende una especie de brebaje a una mujer. Inmediatamente después oímos a una multitud que grita su nombre acusándola de bruja, la cliente se escabulle y Marta de Herlof huye muerta de miedo. La sensación de claustrofobia que imprime el director dota a la escena de más angustia, filmando todo en un solo plano de seguimiento del personaje que no nos da el respiro de ver a los perseguidores para saber si están cerca (sólo los oímos). Nos sentimos tan angustiosamente atrapados como ella.

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Todo el proceso de tortura y condena del personaje es cruel pero sin caer en los excesos. No vemos cómo la torturan pero sus simples gritos de horror nos son suficientes para entender su sufrimiento. En estas escenas contrasta la humanidad de la anciana (que parece inofensiva y resulta conmovedora cuando afirma suplicante que teme a la muerte e implora por su salvación) con la frialdad de los inquisidores, que en nombre de Dios la torturan sin inmutarse e incluso le dan consejos morales («No debes suplicar por tu vida, sino por tu alma«).
Su humanidad bondadosa queda aún más patente en el hecho de que aunque ella chantajea al reverendo Absalon para salvar su vida, nunca llega a cumplir sus amenazas y en la hoguera simplemente maldecirá a sus ejecutores pero sin desvelar el secreto que se esconde tras la segunda esposa de Absalon.

A partir de aquí, Dies Irae se concentra en el que es el principal tema de la película: el difícil triángulo amoroso que tiene lugar entre Absalon, Anne y Martin, así como sus crisis morales. Por un lado, Absalon sufre una crisis espiritual puesto que la confidencia de Marta de Herlof le ha hecho recordar que salvó a una acusada de brujería simplemente para tomar a su hija como esposa, aún siendo ella mucho más joven que él. Este hecho que permanecía acallado en su interior vuelve a su conciencia y le hace plantearse su comportamiento como cristiano. Por otro lado, su hijo Martin está profundamente enamorado de Anne y es feliz con ella pero sabe que aunque no es su madre está cometiendo un incesto: la mujer a la que pretende es la esposa de su padre. Además, es una relación profana porque supone engañar a su padre pero también porque es demasiado carnal.

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La relación entre Absalon y Anne muestra a la perfección el enfrentamiento que existe entre dos formas totalmente diferentes de vivir. Ella es pura vida, sensualidad y amor, representa la juventud y la frescura mientras que su anciano marido Absalon es más serio, aburrido y deprimente. Cuando ella pide leer en la mesa unos salmos que hablan sobre el amor, su suegra furiosa le ordena que deje de leer, en esa casa su comportamiento tan vital y alegre (fruto de estar por primera vez con un hombre que ama) está mal visto. El amor además ha hecho que deje de someterse a su tiránica suegra y le da fuerzas para enfrentarse a ella. Anne casi ha resucitado.

Esa idea se refuerza aún más con el hecho de que Martin y Anne siempre salgan de casa para tener sus encuentros amorosos en la naturaleza. El contraste entre la deprimente casa oscura y austera donde viven respecto a la preciosa naturaleza donde se aman libremente hace que notemos aún más ese enfrentamiento. Los planos de los amantes son contrapuestos por Dreyer con otros de árboles y bellos paisajes naturales que nos muestran cómo la feliz pareja está en armonía con este entorno puro alejado de las perversas intrigas humanas.
En uno de esos paseos, la pareja mira un árbol inclinado sobre el agua y mientras ella lo entiende como que el árbol es tan feliz que se inclina para ver su imagen, él extrae una interpretación negativa. Este momento anecdótico refleja en un simple diálogo las diferentes formas de pensar de cada personaje y en cierta manera presagia que su relación no puede tener un final feliz, ya que aunque se aman él ha sido educado bajo la mentalidad represora y religiosa de su padre. Puede que este enamoramiento le haga sentirse feliz, pero en el fondo no puede huir de si mismo.
Cabe destacar también la excelente fotografía en blanco y negro, que juega muy sabiamente con las sombras y la oscuridad en el interior de la casa del reverendo, y con la luz en las escenas que suceden en la naturaleza.

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Absalon por su parte se encuentra con un difícil conflicto: sabe que hay motivos de sobras para denunciar a Anne pero la ama. Y lo más doloroso de todo es ver con qué sinceridad la ama, hasta el punto de traicionar sus profundas creencias religiosas por salvar su vida. Éste es uno de los mayores sacrificios de la película que pocos cineastas habrían sabido retratar con tanta sinceridad como Dreyer: el traicionar algo en lo que se cree y en lo que ha basado su vida por el amor sincero hacia su mujer (aunque también resulta chocante que haga un sacrificio tan hermoso la misma persona que minutos antes vimos como torturaba sin remordimiento a una anciana).
Es conmovedor ver lo ciego que está ante el idilio que tienen su hijo y su esposa, afirmando alegremente que por fin su mujer se ha llenado de vida pero sin saber el verdadero motivo. Ama tanto a los dos que es incapaz de creerles capaces de cometer un pecado como ése. En cierto sentido, este pequeño martirio es su forma de expiar su gran pecado: el adueñarse de una inocente joven y tomarla como esposa, algo que aún pesa sobre su conciencia y por lo que acabará pagando.

Al final, Absalon va perdiendo poco a poco la esperanza en la humanidad al haberla perdido en sí mismo. La muerte de uno de los inquisidores es interpretada como la maldición de la bruja Marta de Herlof y su propia muerte parecerá ser fruto de las dotes de bruja de Anne, cuya madre dicen que tenía la capacidad de hacer morir a quien quisiera. Sin embargo, lo que mata a Absalon del todo es el saber que ella y su hijo son amantes, lo cual viene a ser un fruto del pecado que él mismo cometió al querer casarse con una mujer mucho más joven que en realidad nunca le quiso.
¿Es realmente Anne una bruja? Dreyer nunca lo deja del todo claro, pero tal y como nos muestra la historia parece que lo importante no es si ella realmente es una bruja o no, sino si el resto de personajes (y especialmente Absalon y la propia Anne) lo creen. Este personaje nos resulta muy perturbador puesto que aunque sabemos que no es una bruja, sí que tiene algo especial que le da un aire misterioso. Esos ojos en los que su suegra ve fuego y su esposo ve claridad. O la sinceridad con que le pide a Martin que vivan juntos abandonando a Absalon, una frase que tiene cierto punto de inocencia por la forma como está dicha pero también algo de maldad por lo que supone. Anne será siempre un misterio tanto para los personajes como para nosotros.

En la escena final, la implacable Merete acusará públicamente a Anne de bruja y ésta acabará confesando. Pero aunque a ojos de ellos Absalon fue asesinado por sus dotes de brujería y Anne será ajusticiada por ser bruja, nosotros sabemos la verdad. Absalon murió por el pecado que le estaba remordiendo la conciencia, y ella por sus ansias de vivir y amar libremente en una época en que algo así podía llegar a ser un pecado. Tanto el uno como el otro pagarán con su vida por haber cometido el pecado de amar a su manera.

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La Aldea Maldita (1930) de Florián Rey

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Florián Rey era uno de los cineastas más destacados de la modesta industria cinematográfica española en los años de la II República. Con la llegada del cine sonoro, el veterano director tuvo que adaptarse a esta novedad incorporándola en la que sería su primera película hablada, Fútbol, amor y toros (1929) que, pese a su prometedor título, fue un auténtico fracaso en gran parte por lo deficiente que era aún la sonorización de films en España.
En consecuencia, decidió que su siguiente película volvería a ser muda, y curiosamente sería así como nacería la que está considerada una de las obras cumbre del cine mudo español.

Inicialmente, La Aldea Maldita parecía destinada a ser un proyecto fracasado ya que ningún productor se interesó por su temática algo peliaguda. Tuvo que ser el propio protagonista del film, Pedro Larrañaga, el que pusiera el dinero para financiarla. En su estreno fue muy bien recibida pero se le recomendó a Florián Rey sonorizarla, ya que a esas alturas (1930) era obvio que el cine mudo iba a pasar a la historia. La sonorización se realizó en París, donde esta vez sí que pudo contar con competentes técnicos y un buen equipo de sonido. Esta nueva versión de La Aldea Maldita gozó de un éxito inmenso en Francia y tuvo una buena acogida en España pertmitiendo a Florián Rey sumergirse en el cine sonoro definitivamente. Sin embargo, la versión que ha sobrevivido hasta nuestros días y que voy a comentar es la muda, aunque afortunadamente parece ser que ésta era superior a la sonora y por tanto no hay mucho que lamentar.

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La aldea castellana a la que hace referencia el título es un lugar desolado por la miseria en que las cosechas no fructifican, por ello la mayoría de sus habitantes deciden abandonarla en busca de un lugar mejor. Uno de los que permanece ahí es Juan Castilla, que en un arrebato de furia ha atacado al usurero local y está en la cárcel. Pese a eso, su mujer Acacia es convencida por una amiga para que abandone el pueblo en busca de fortuna dejando tras ella a su marido, su hijo y su suegro Martín, quien le advierte que deberá cargar consigo con el duro peso de mantener el honor de su familia a toda costa.
Tres años después, Juan Castilla ha salido de la cárcel y ha conseguido prosperar con una vida acomodada junto a su padre ciego y su hijo pero sin tener noticias de su mujer, la cual está convencido de que está llevando una vida digna donde quiera que esté. Desgraciadamente, una noche Juan conocerá la triste verdad sobre ella al encontrarla en un bar con otro hombre. Indignado la obliga a volver a casa sólo para hacer feliz a su padre haciéndole creer que la familia ha vuelto a unirse, prohibiéndole que se acerque a su hijo y dejándole bien claro que tan pronto como muera su padre la echará de casa.

El tema central de la película es obviamente el honor, pero tratado como un valor arcaico y a superar. El honor es algo absolutamente fundamental para los protagonistas y está por encima de todo, de hecho un rótulo nos aclara que Juan sigue amando a Acacia pero se debate entre ceder ante sus sentimientos o ante su deber. Aunque el anciano Martín muere creyendo aún firmemente en estos valores que ha transmitido a su hijo, lo hará sin ser consciente del drama que se sucede en su propia casa (el hecho de que sea ciego es un simbolismo bastante claro de esta idea). Será tarea de Juan superar esas creencias y perdonar a su mujer rompiendo con esa tradición.

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Florián Rey consigue crear una ambientación pueblerina creíble y muy eficaz que acompaña perfectamente a esta idea. A diferencia de la visión tradicional del cine español de la época, él no muestra una visión folklórica y amable de la España profunda, sino más bien una cruel y crudamente realista que en su época no sentó nada bien. Aún faltaban unos pocos años para que Buñuel hurgara aún más en la herida con su devastador documental Tierra sin Pan (1933), y Florián Rey se atrevió a dar ya un importante paso mostrándonos el estado de miseria en que se encontraban muchos pueblos como los del film, cuyos habitantes se sienten impotentes ante las inclemencias que parecen fruto de una maldición.
Este aspecto religioso planea sobre toda la película. Continuamente se deja caer el hecho de que la aldea es castigada por Dios y algunas imágenes nos traen a la mente imágenes bíblicas, como el apedreamiento de Acacia. Teniendo en cuenta lo fuerte que estaba arraigada la religiosidad en la España de la época, dudo que sea un recurso casual y de hecho enriquece aún más el film.

Es de destacar también la dirección de Florián Rey, fuertemente influenciada por cineastas alemanes de la época (de hecho hay un plano en que la sombra de una mano agarra el corazón de Acacia que está tomado de Nosferatu). Pese a su aparente sencillez, la película denota una gran profesionalidad destacándola por encima de la media de los films nacionales que se realizaban por entonces. Se puede mencionar por ejemplo un recurso que usa a menudo durante todo el metraje y es hacer que los personajes salgan del encuadre dirigiéndose hacia la cámara, algo muy inusual en la época y muy moderno.

Aunque no puede competir con las obras maestras del cine mudo internacional, La Aldea Maldita se trata de uno de los films imprescindibles de la cinematografía española pre-franquista, además de una de las pocas obras que huían de los tópicos de por entonces (cine folklórico de poca calidad pero muy comercial), constituyendo una notable excepción a la que era la norma de la época.

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La Aventura [L’Avventura] (1960) de Michelangelo Antonioni

La Aventura

La Aventura es uno de los hitos clave de la modernidad cinematográfica que además dio fama internacional a su director, Michelangelo Antonioni, sobre todo a raíz del enorme escándalo que rodeó a esta obra. Cuando se estrenó en el Festival de Cannes, la película fue fuertemente abucheada y atacada sin piedad. Fue tal el fracaso que una serie de críticos y cineastas más afines a estas nuevas corrientes cinematográficas exigió un segundo pase, tras el cual recibió un Premio Especial del Jurado «por un nuevo lenguaje cinematográfico y la belleza de sus imágenes». A partir de aquí el film tuvo más suerte: los críticos y cinéfilos de todo el mundo se morían de ganas por verla así que tuvo una buena acogida en taquilla y llegó a ser considerada por algunos críticos como una de las mayores obras maestras de la historia del cine.

Si este film fue tan sumamente polémico en su momento es porque era una obra de una transgresión inusitada en su momento, casi se podría decir revolucionaria. Quizás a un espectador actual se le escape esa modernidad que por entonces era tan obvia, pero aún hoy en día sigue siendo una de esas películas que cuenta tanto con ardientes defensores que la califican de obra de arte como con detractores que la ven como una tomadura de pelo. La Aventura escapaba por completo a las bases más elementales de la narrativa cinematográfica mostrando un retrato brutalmente sincero de las relaciones humanas y de la falta de comunicación que luego se complementaría con las posteriores La Noche (1961) y Eclipse (1962), con las que comparte bastantes puntos en común.

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La Aventura empieza con una excursión que llevan a cabo una serie de burgueses de clase alta en un yate privado. Entre ellos se encuentran los que parecen ser el trío protagonista: Claudia, Anna y Sandro. Anna y Sandro son novios, aunque ella se muestra muy descontenta con su pareja, tal y como comprueba su amiga Claudia. Tras horas de viaje, los tripulantes del yate paran en una pequeña isla deshabitada donde algunos de ellos desembarcan a pasear o tomar el sol. Cuando deciden volver a tierra se dan cuenta de que Anna ha desaparecido.
Todos registran la diminuta isla hasta el más pequeño rincón pero finalmente se dan por vencidos. Cuando llega la policía, continúan con el registro investigando también en las aguas de las zonas rocosas por si decidió suicidarse, pero no hay ni rastro de ella. Es imposible que Anna, viva o muerta, siga en la isla, así que Claudia y Sandro deciden seguir buscándola en tierra.

El aspecto que resulta más controvertido del film aún hoy en día es el hecho de que en ningún momento se nos explica qué le ha sucedido a Anna. A Antonioni no le importa lo que le ha pasado a su personaje, sino las consecuencias que tiene su desaparición, ya que mientras Sandro y Claudia la buscan acaban enamorándose. Por lo tanto, el que se suponía que era el conflicto central del film se va desvaneciendo en favor de lo que realmente quiere mostrarnos Antonioni: la extraña relación entre Sandro y Claudia, el hecho de que vivan un romance mientras buscan a la mujer a quien en realidad están traicionando. En una escena que tiene lugar en el tramo final de la película, Sandro se aleja de Claudia para hacer una indagación y al volver se la encuentra aterrada porque tenía miedo de que hubiera encontrado a Anna. Ella misma reconoce que ha pasado de temer por la vida de su amiga a tener miedo de que siga viva. Esta enfermiza contradicción es una de las bases del film.

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Otro punto polémico es el fulminante retrato que hace Antonioni de esa burguesía acomodada y ociosa a la que también atacaría en su siguiente película, La Noche. En concreto las escenas iniciales del viaje en yate son especialmente crueles. Todos se nos presentan como personajes aburridos, vacíos e incluso patéticos. Una de las parejas, Giulia y Corrado, resulta especialmente chocante porque absolutamente todos sus diálogos acaban desembocando en un insulto de él hacia ella («El tiempo ha empeorado» «Por favor, no me seas tan didáctica, ya veo que el tiempo ha empeorado«; «Antiguamente las islas Eólicas eran volcanes» «Cuando vinimos aquí hace 12 años, hiciste exactamente el mismo comentario«). En mitad de la frenética búsqueda de Anna, Giulia repentinamente le habla a Claudia en cierto momento sobre lo mal que le trata su marido, como si no fuera consciente de la gravedad de la desaparición de Anna. Más adelante, Giulia engaña a su esposo con un joven pintor, pero antes de entregarse a él se asegura de que Claudia le vea, como si quisiera compensar el ridículo que ha sufrido anteriormente. Parece que le está engañando más por venganza que por desearlo realmente. En realidad, todos los personajes desprenden una amoralidad que en su momento debió chocar especialmente. No tienen problema en cometer adulterio entre ellos y de hecho viene a ser lo que hacen Claudia y Sandro, con la diferencia de que ellos parecen desearse realmente mientras que el resto lo hace casi por aburrimiento.

Es remarcable la forma que tiene Antonioni de mostrarnos todo el vacío existencial y la incomunicación que rodea a estos personajes. El film se inicia con una conversación entre Anna y su padre en la que queda patente esa carencia, pero es algo que discurre a lo largo de todo el metraje y que afecta incluso a Claudia y Sandro. Aunque se desean sinceramente, en todo momento hay algo que subyace que nos da a entender que las cosas no funcionan tan bien como deberían, que los personajes no están unidos del todo y aún hay algo que les separa. ¿Quizás el fantasma de Anna? ¿O simplemente Claudia y Sandro están destinados a entenderse tan poco en el futuro como les sucedía a Anna y Sandro?

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Pese al riesgo que supone llevar adelante una película tan abstracta en su contenido, Antonioni hace un trabajo de dirección formidable que convierte a La Aventura en una obra absolutamente fascinante. Queda patente aquí su obsesión por los paisajes, no solo naturales sino también urbanos: los planos de la isla y del mar, los edificios de los pueblos que visitan los protagonistas e incluso los mismos personajes. Antonioni mima cada encuadre haciendo que su obra tenga un aspecto especialmente bello y evocador, algo que llevaría a su máxima expresión en los últimos minutos de El Eclipse, en los cuales deja completamente de lado la trama para mostrar una sucesión de planos casi abstractos de una ciudad. Pocos directores han sabido trabajar tan bien como él las formas de los objetos a la hora de situarlos en el plano.

Algunos de estos paisajes llegan a ser tan abstractos que incluso parecen imágenes de pesadilla, como el pueblo vacío o la plaza en que Claudia se ve repentinamente acosada por hombres que la observan maliciosamente. Al igual que la desaparición de Anna, son elementos que no tienen una explicación racional, pero sirve para aumentar el clima enfermizo de tensión que viven los personajes.

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El final por supuesto no deja demasiadas esperanzas hacia los personajes. La pareja recala en un hotel donde encuentran a unos viejos amigos, quienes ya ni les preguntan por Anna. Claudia está agotada y decide descansar mientras Sandro baja al hall a pasar el rato antes de dormir. Cuando amanece y Claudia ve que Sandro no ha regresado, baja en su búsqueda para encontrarle acostado en un sofá con una prostituta. Indignada, huye al exterior perseguida por él.
El último plano de la película, uno de los más bellos, resume perfectamente su situación. Sandro es incapaz de decir nada así que se sienta en un banco cerca de ella. Repentinamente, él no puede evitar echarse a llorar. Claudia le mira y, no sabemos si movida por la compasión o el amor, le coge la mano.

En este plano queda reflejada toda la incomunicación que rodea a los dos, su incapacidad para solucionar sus problemas verbalmente, su condena a amarse y al mismo tiempo herirse mutuamente como el resto de personajes de la película. Pocas veces se ha expuesto de forma tan bella y sencilla algo que encierra un significado tan dramático: la ineficacia de las relaciones humanas y la incapacidad de no hacer daño a los seres que más queremos. Bajo esa aparente belleza visual, La Aventura esconde uno de los retratos más viscerales y desencantados de las relaciones humanas en la sociedad contemporánea.

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Los Ojos Sin Rostro [Les Yeux Sans Visage] de Georges Franju (1959)

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Inquietante film de culto que nos narra la historia del prestigioso cirujano Genessier, cuya hija Christiane sufrió un accidente automovilístico que le ha destrozado el rostro por completo. Dispuesto a hacer lo que sea con tal de que vuelva a recuperar su cara, Genessier y su fiel ayudante Louise secuestran a jóvenes de aspecto similar a Christiane para intentar transplantarles su rostro a su hija.

Lejos de ser una película de terror al uso, Los Ojos sin Rostro es una obra extraña con elementos de terror y suspense pero que no se decanta por estos géneros del todo. Georges Franju tenía en este argumento la oportunidad de hacer un film terrorífico, pero no parece interesarle esa aproximación y prefiere no caer en los clichés del género para optar por una puesta en escena más bien sobria. No hay sustos y prácticamente tampoco escenas de suspense, más bien nos cuenta la historia con la misma frialdad que el Doctor Genessier le arranca la piel del rostro a sus «pacientes». Eso se nota claramente cuando vemos cómo Louise engaña a una nueva víctima. No hay suspense ni tampoco se nos muestra apenas el punto de vista o los sentimientos de la inocente joven, sólo se nos enseña su secuestro y la posterior operación como si fuera algo rutinario, que es ni más ni menos como el Doctor encara este proceso.

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También se evita caer en el cliché de simplificar a los personajes para convertirlos en aterradores dementes. Louise ayuda ciegamente al Doctor como gratitud por haberle salvado su rostro años atrás y podemos notar en todo momento esa absoluta fidelidad y el cariño que tiene a Christiane. En cuanto al Doctor Genessier, es sin duda el personaje más interesante del film: es frío y no muestra ningún tipo de sentimientos, pero al mismo tiempo sus atrocidades son fruto del amor que siente hacia su hija; sus actos son propios de un demente pero sin embargo por su forma de cometerlos y su comportamiento parece perfectamente lúcido y muy inteligente (tal y como se menciona en el film, opera en las jóvenes como si fueran los perros que tiene capturados en casa y usa para experimentar). Todo ello funciona también gracias a las geniales interpretaciones de Pierre Brasseur y una Alida Valli cuya presencia siempre es de agradecer.

Christiane resulta ser el personaje más enigmático de todos, totalmente hundida por haber perdido el rostro y con ganas de suicidarse, pero al mismo tiempo permitiendo a su padre cometer esas atrocidades hasta el final. Ella protagoniza los dos momentos más líricos y bellos del film: cuando se pasea melancólicamente por su casa con la máscara hasta llegar a la mesa de operaciones y acariciar el rostro de la víctima que sabe que pronto será suyo, y en la escena final que comentaremos más adelante.

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Es de destacar también la ausencia de escenas sangrientas explícitas, Franju sabe que al no mostrarnos en ningún momento el rostro de ella se aumenta más la sensación de inquietud y misterio. La máscara además de dotarla de misterio, contribuye a darle cierto aire irreal al film que se acentúa en el desenlace. El único momento en que se ve el rostro de ella sin máscara es cuando una de las víctimas despierta y la descubre observándola. En ese instante, Franju decide emplear un plano subjetivo de la víctima de forma que, como ésta se encuentra todavía bajo los efectos de la anestesia, la imagen que ve está deformada y borrosa y por tanto no llegamos a ver el rostro de Christiane del todo.
Otro momento en que se evitan los planos explícitos es la operación de una víctima, que nos es mostrada con todo realismo, huyendo de música de terror o una puesta en escena asfixiante. Quizás es por ese realismo que la escena se hace tan angustiosa, porque nos parece más real lo que estamos viendo y nos choca la frialdad con que se arranca la piel de la inocente joven. No hace falta mostrar sangre ni planos desagradables porque el simple acto en sí es suficiente.

Por último, la escena final también resulta inolvidable y uno de los momentos cumbre de la película. Christiane parece hartarse de tantas operaciones infructuosas y libera no sólo a la que iba a ser la nueva víctima sino también a todos los animales que su padre tenía encerrados para hacer experimentos con ellos. A continuación sale por fin de la mansión como si ya no sintiera vergüenza por su máscara. Los últimos planos de la película nos la muestran caminando por el bosque rodeada de los pájaros que ha liberado, una imagen extrañamente poética y evocadora que remite al gusto de Franju por el surrealismo y lo fantástico.

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Mikey & Nicky (1976) de Elaine May

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Nick (John Cassavetes) se encuentra encerrado en una habitación empuñando una pistola. Su aspecto es deplorable y todo el entorno tiene un aire caótico y desordenado. Coge el teléfono y llama a su amigo Mikey. Le dice que se encuentren en una cabina de la calle. Cuando llega Mikey (Peter Falk), Nick le arroja algo desde la ventana para llamarle la atención y su amigo sube hasta su habitación. Sin embargo, Nick no le deja entrar, se comporta como un paranoico nervioso y tiene miedo de algo o alguien. Finalmente, Mikey consigue entrar y tranquilizarle. Descubrimos que son amigos desde hace mucho tiempo y que Nick es el único en quien Mikey confía, y que por eso le ha llamado en una situación tan desesperada.
Nick teme que le maten por un asunto de dinero, intuimos que trabaja para algún gangster importante y que le ha estado engañando. Mikey le convence de que eso son tonterías y le saca de la habitación del hotel. El comportamiento de Nick es tan inestable que no sabemos si creer lo que dice. Consiguen salir a la calle sin problemas. Nick está nervioso por miedo a que lo maten en cualquier momento pero Mikey le convence de que no le pasará nada.
Cambiamos de escenario y nos situamos en la casa de lo que enseguida sabremos que es un asesino a sueldo. Le llaman por teléfono y alguien le informa del lugar exacto donde se encuentra Nick para poder matarle. En el siguiente plano descubrimos que el que ha llamado era Mikey desde el bar donde está con Nick.

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Mikey & Nicky podría haber sido una excelente película de suspense basada en esta premisa tan sencilla: alguien perseguido por un asesino a sueldo y que confía su seguridad en un amigo que en realidad intenta traicionarle a sus espaldas. Pero no estamos ante un film de suspense, sino ante un drama. Porque Elaine May da absoluta prioridad a la relación entre Mikey y Nick antes que al suspense, es decir, la trama de los gángsters persiguiendo a Nick no es más que un McGuffin puesto que la figura del asesino a sueldo que persigue a Nick desaparece en la mayor parte del metraje. En lugar de eso la directora y guionista se concentra en los diálogos, y todas las vivencias por las que pasan Mikey y Nick esa noche no son más que una excusa para dar pie a esas conversaciones que nos permiten conocerles mejor.

Es aquí donde resulta absolutamente fundamental la interacción y química entre actores, y en este apartado May tuvo el acierto de rodearse de dos grandes actores como Peter Falk y John Cassavetes que además ya habían trabajado juntos más de una vez y eran amigos. Y eso se nota. La forma como hablan e interactúan entre ellos es fantástica, de hecho la táctica que siguió la directora fue permitirles improvisar mientras la cámara grabara, de manera que todos los gestos y frases parecieran realmente espontáneos, y ése es sin duda uno de los grandes logros del film. Sólo por el placer de ver a estos dos grandes actores juntos, la película no se hace en ningún momento aburrida y justifica totalmente su visionado. Destaca para mi gusto un grandioso Cassavetes (también es cierto que su personaje da más juego) encarnando a un Nick que parece ligeramente desequilibrado y con altibajos emocionales pero sin caer en la sobreactuación.

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La dirección de Elaine May bebe mucho precisamente del cine de Cassavetes e imprime a la obra un estilo realista y de tono a veces casi documental, sobre todo en las escenas en la calle, donde sigue a los personajes con su cámara y los reencuadra continuamente para no perderlos de vista, como si estuviera filmando improvisadamente a dos personas reales.
En cada episodio de la noche aprendemos algo más sobre ellos, sobre sus personalidades y sobre sus vidas. El mejor momento para mí es sin duda la escena del cementerio, cuando Nick decide precipitadamente que quiere visitar la tumba de su madre. Hay un instante breve pero muy bueno en que Nick, que no está del todo en sus cabales, grita a la tumba que si algo le acaba pasando será por culpa de Mikey, a lo que éste responde a gritos que lo retire de inmediato. Sólo nosotros y Mikey sabemos el por qué de su furiosa reacción, su sentimiento de culpabilidad.

Durante gran parte del film nos preguntamos por qué Mikey está traicionando a su buen amigo Nick con el que tan bien parece llevarse, y hacia el final nos llega la respuesta cuando tienen una dura pelea. Nick hace tiempo que ha dejado a Mikey de lado y parece que incluso llega a criticarle a sus espaldas. Ambos se acusan mutuamente de ser los culpables de llevar tanto tiempo sin verse y nosotros no podemos saber cual de las dos partes tiene razón (si es que alguna la tiene), pero tampoco importa. La traición de Mikey entonces cobra sentido, es una venganza provocada por el resentimiento acumulando hacia el que era el amigo de su infancia, pero aún así cabe resaltar que aunque lo traicione no se atreve a ser él quien apriete el gatillo. Más adelante comprobaremos cómo por un lado Nick intenta reconciliarse con él antes de huir de la ciudad, y cómo Mikey parece preocupado por las críticas que le ha hecho su mejor amigo en la discusión, porque teme que sean ciertas. Resulta triste y al mismo tiempo conmovedor, ha roto con él pero sigue importándole su opinión.

Olvidada durante mucho tiempo, Mikey & Nicky es una de esas pequeñas películas especiales que no han trascendido ni trascenderán en la historia del cine pero cuyo visionado es un placer aunque solo sea por disfrutar de ese magnífico duo protagonista. Una obra a reivindicar.

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El Diablo Dijo No [Heaven Can Wait] (1943) de Ernst Lubitsch

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A veces sucede que, por una feliz coincidencia, algunos grandes directores finalizan sus carreras con una película que resulta perfecta como testamento cinematográfico por su temática o estilo, como es el caso por ejemplo de John Huston y la preciosa Dublineses (1987). Pero lo más frecuente es que esa película que sabemos que sin duda habría sido una despedida perfecta para su autor resulte no ser la última. Muchas veces los directores veteranos se niegan a retirarse definitivamente y no pueden evitar la tentación de llevar a cabo otra obra más. Otras veces simplemente no es algo premeditado por el propio director y ese magnífico epitafio para ellos no es más que otra obra de su carrera. Sea como sea, éste es sin duda el caso de El Diablo Dijo No, que aunque cronológicamente no sea la última película de Lubitsch, casi se podría considerar como su film de despedida, el cierre de su fantástica y larga carrera en el mundo del cine.

Hay varios motivos que le llevan a uno pensar eso. En primer lugar está el mismo punto de partida de la película, en que el protagonista muere y repasa los hechos más importantes de su vida. En segundo lugar, se trata de un film que recopila algunos de los temas más frecuentes de su director. Finalmente, hay un marcado sentimiento nostálgico que impregna sobre todo el último tramo de la película y que le da un tono melancólico poco habitual en el cine de Lubitsch.

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El film se inicia con la llegada al infierno del envejecido protagonista, Henry Van Cleve, quien está tan convencido de que no le aceptarán en el cielo que ni se ha molestado en probar suerte ahí. Sin embargo, el Diablo no conoce la razón por la que Van Cleve deba ir al infierno, así que le pide que le cuente la historia de su vida para poder juzgar si debe entrar o no. A partir de aquí se inicia un relato en flashback de la biografía de Henry Van Cleve centrado en su relación con las mujeres.

El Diablo Dijo No es una película que recupera algunas de las características típicas de la obra de Lubitsch que éste había dejado un poco de lado en sus últimos films. Aquí vuelve a recurrir a los ambientes de clase alta característicos de sus comedias de principios de los años 30 que tuvo que reemplazar en las maravillosas El Bazar de las Sorpresas (1940) o Ser o No Ser (1942) por personajes de clase media. Así mismo, vuelve a recurrir a un protagonista marcadamente mujeriego, encantador, amoral y poco heroico. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus obras, ésta no solo está ambientada en Estados Unidos sino que abriga una intención de tener un tono típicamente americano.

Uno de los aspectos más curiosos y que más alarmó a los productores en su momento es el hecho de que prácticamente no hay argumento. La trama se basa simplemente en los hechos más remarcables de la vida del protagonista, pero no hay un conflicto central que vertebre la historia o una meta perseguida por Henry Van Cleve a lo largo de todo el metraje. El objetivo que perseguía Lubitsch cuando adaptó muy libremente la obra de teatro original junto a su guionista habitual Samson Raphaelson era que el público se encariñara con el personaje. A partir de ahí no habría problema en narrarles en casi dos horas una vida que pese a estar llena de amoríos no cuenta con grandes hazañas sorprendentes.

Como no podría ser de otra manera con Lubitsch, la vida de Henry Van Cleve nos es narrada a través de su relación con el amor comenzando por la divertida escena en que su madre y su abuela disputan por cuidarlo y acaban dejándole abandonado mientras se pelean. El momento más importante y que seguramente era especialmente importante para el director llega cuando un adolescente Henry es instruido en las nuevas reglas que rigen el mundo sexual de su época por una criada que, cómo no, es francesa. El joven le confiesa apesadumbrado que se ve obligado casarse con una chica porque la besó en un impulso y, claro está, si sus padres se besaron para después contraer matrimonio, él debe hacer lo mismo. La coqueta criada entonces le abre los ojos: está viviendo en otra época en la cual no es necesario casarse con todas las chicas que bese, lo que significa no sólo no casarse con ella sino poder perseguir a todas las jóvenes que quiera. Esta revelación supone el despertar sexual de Henry que marcará el resto de su vida así como la confirmación de que las antiguas reglas sexuales del pasado iban desvaneciéndose.

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Henry se verá entonces en continuo conflicto con sus padres, quienes no entienden ni aprueban su lujurioso estilo de vida, pero será admirado por su abuelo, el cual contempla feliz cómo su nieto está haciendo lo que él siempre quiso y no pudo. En contraste a Henry, se encuentra su repelente primo Albert, que acumula todas las virtudes y valores que él no tiene.
A partir de aquí nos encontramos con los ingredientes típicos del cine de Lubitsch, el experto en tratar temas sexuales e infidelidades con una sutileza y elegancia únicas. Pero aún así, en este film el director alemán enseña al espectador aún menos de lo habitual y sabemos de las hazañas de Casanova del protagonista por boca de los personajes pero no visualmente, como sí sucedía en películas anteriores donde mostraba de forma deliciosa todo el proceso de seducción. Aquí más que concentrarse en sus dotes de Don Juan, prefiere dejar esa faceta de lado tratándola como una característica del personaje y no como el centro del film.

Así pues, aquí podemos disfrutar de algunas de las estrategias harto conocidas de Lubitsch como recurrir a la insinuación (en la escena final una atractiva enfermera entra en la habitación de un envejecido Van Cleve después de que él haya tenido un sueño en que bailaba con una bella rubia el vals de «La Viuda Alegre», momento en que Lubitsch prefiere dejar la cámara fuera y hacer que suene el vals, el resto es fácil de imaginar), los intercambios de identidades y las confusiones derivadas de ello (Henry seduce a Martha haciéndose pasar por un empleado de una librería, para luego descubrir que es la prometida de su primo) y el uso de objetos como elementos dramáticos (cuando un anciano y viudo Henry pide a su hijo que contrate a una joven para que lea por él y le haga compañía cambia de opinión al coger accidentalmente el libro que le unió a su adorada Martha).

A nivel humorístico no es una de sus comedias más graciosas pero sí que tiene algunos momentos realmente inspirados como la escena del desayuno de los Strable, un patético matrimonio que nada en la abundancia y se pasan el día peleándose. Mientras desayunan, a Mr. Strable se le antoja leer el cómic que está hojeando su mujer, pero como es demasiado orgulloso para pedírselo llama a un criado para que se lo dé. El criado, que parece ya versado en estas trifulcas matrimoniales, intenta dialogar con las dos partes ya que éstos no se dirigen la palabra mutuamente. Al final Mrs. Strable le desvela cómo acaba la historia que tanto ansía leer su marido, y éste se pone furioso. Lubitsch alarga esta pequeña viñeta cómica que otro director habría tratado como un simple pequeño gag apoyándose en los personajes y en sus deliciosos diálogos.

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Sin embargo, uno de los pocos inconvenientes que le encuentro a la película es que Don Ameche no acaba de convencerme como protagonista. Hace un buen papel pero no es especialmente carismático y sin duda habría sido mejor contar con Rex Harrison o Fredrich March, que son los actores que el director tenía en mente. A cambio, el plantel de secundarios funciona perfectamente, destacando a la preciosísima Gene Tierney. La ternura y cariño que transmiten Tierney cuando encarna a una envejecida Martha es una de las cualidades más irresistibles de la película.

Aún siendo una excelente película, El Diablo Dijo No no llega a ser perfecta del todo, y algunas escenas se habría agradecido que Lubitsch las hubiera aligerado un poco en beneficio del conjunto. Eso es especialmente notorio en el último segmento, ya que cuando Henry ha encontrado la estabilidad que buscaba en Martha desaparece cualquier conflicto importante y eso repercute en el ritmo del film. La historia sigue siendo deliciosa y conmovedora, pero se nota la ausencia de un tono más humorístico y de un conflicto que mantenga al espectador en tensión.
A cambio, Lubitsch rueda algunas de las secuencias más bonitas y melancólicas de su carrera. En las últimas escenas entre Henry y Martha se nota el cariño que siente Lubitsch hacia sus personajes y lo contagia a los espectadores. El humor frívolo y los divertidos adulterios momentáneamente desaparecen y el director se concentra en la felicidad de ese matrimonio perfecto. Después de tantos años mostrándonos a decenas de personajes infieles que viven el amor despreocupadamente, de repente Lubitsch al final de su carrera se detiene ante un matrimonio feliz y adorable al cual filma con respeto y ternura.

Como señalé al principio, aunque cronológicamente es su penúltima obra, dudo que exista una mejor manera de acabar la filmografía de Lubitsch que ésta: la reconciliación final del director con la institución del matrimonio, con una pareja que se quiere honestamente y es feliz, el último de toda una serie de Casanovas atractivos y despreocupados que acaba sentando la cabeza, la muerte en manos de una preciosa enfermera mientras sueña con bailar con ella el vals de La Viuda Alegre… Definitivamente, El Diablo Dijo No es el mejor testamento que Lubitsch ha podido dejar como culminación a toda una vida consagrada al cine.

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Las Manos de Orlac [Mad Love] (1935) de Karl Freund

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Pequeño clásico del cine de terror basado en la novela de Maurice Renard, que ya había sido adaptada previamente en Alemania por Robert Wiene (director de El Gabinete del Dr. Caligari) y volvería a ser revisitada en el futuro.
El protagonista es el Dr. Gogol, un excéntrico cirujano que está obsesionado con Yvonne, una actriz de poca monta que actúa en teatros recreando obras de terror. Lo que no sabe el Dr. Gogol es que Yvonne está casada con el eminente pianista Stephen Orlac, así que cuando irrumpe en su camerino es rechazado y se ve obligado a conformarse con una estatua de cera de su amada como única compañía. Sin embargo el destino volverá a unirles cuando se produce un accidente ferroviario en el tren en que viaja Orlac que tiene como consecuencia que éste deba amputarse las manos. Yvonne, que conoce la reputación del doctor, acude a él en busca de ayuda y éste decide transplantarle las manos de un hombre que acaba de ser ejecutado por apuñalar a su padre. La operación es un éxito, pero Orlac se dará cuenta horrorizado de que sus manos parecen tener vida propia.

Como no conozco la novela original, solo puedo comparar esta versión con la alemana de 1934. La principal diferencia estriba que mientras en la versión alemana la trama se centraba en cómo Orlac se daba cuenta de que sus manos tenían vida propia, este film se centra en la obsesión del Dr. Gogol hacia la mujer de Orlac, obsesión que tendrá para Orlac las mismas consecuencias que en el film mudo, pero que se nos presentan desde otro punto de vista.

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Las Manos de Orlac es una de las muchas películas de terror que se realizaron a principios de los años 30 como consecuencia del enorme auge del género y de hecho su director es el creador de la famosa (aunque claramente inferior a ésta) La Momia (1932), Karl Freund. Pero si por algo merece ser recordado Karl Freund no es por su breve carrera como director, sino por ser el operador de cámara más famoso de Alemania en la floreciente edad de oro de la UFA. Freund trabajó en obras maestras como El Golem (1920), El Último (1924), Metrópolis (1927) o Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927) y eran célebres sus virtuosos trucos con la cámara que permitían a sus directores realizar complejos travellings y todo tipo de trucos visuales.
Cuando Freund se estableció en Hollywood tuvo una breve carrera de director antes de volver a su anterior oficio. Aunque no era un realizador especialmente destacable, sus películas de terror se beneficiaban de la influencia que había tenido sobre él el expresionismo alemán en lo que se refiere a decorados e iluminación. De hecho la estética del cine de terror de los años 30 se formó a partir de emigrantes alemanes como él que simplemente trasladaron esa estética al cine convencional de terror. En el caso que nos ocupa, son de destacar los planos nocturnos y los brillantes juegos que hace con las sombras aprovechándose de la inconfundible silueta del protagonista.

El gran punto fuerte del film se encuentra sin duda en ese protagonista encarnado por un magnífico Peter Lorre, cuya interpretación hecha a su medida eclipsa al resto del reparto. Éste era su primer film americano después de haber alcanzado la fama internacional como el villano de El Hombre que Sabía Demasiado (1934) de Hitchcock, y no podía haber empezado de mejor manera su carrera en los Estados Unidos, con un film hecho para lucimiento personal. Aunque en la parte final, Lorre roza la sobreactuación, su Dr. Gogol es un personaje muy carismático que evita la caricatura, un hombre obsesionado con una mujer y que mantiene su cordura e inteligencia pese a algunos leves accesos de locura. Es un caballero educado y elegante que combina esa faceta con otra mucha más oscura y perversa, no sólo por la obsesión que siente hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que le lleva a asistir a ejecuciones de presos.

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Uno de los aspectos más interesantes del film es ese ambiente tan morboso que se manifiesta en las primeras escenas en que vemos ese cutre teatro de terror en el que los espectadores pagan por ver una obra en que se tortura cruelmente a la joven protagonista. Esa faceta cruel y sádica del ser humano sólo se insinúa en este primer segmento y en la ejecución (donde el mismo preso parece sentir unas morbosas ganas de ser decapitado) pero es bastante atrevida para la época y resulta sorprendente que no fuera censurada.

Estos detalles hacen que esta nueva versión de Las Manos de Orlac no solo sea sumamente efectiva sino que sea de interés incluso para aquellos que hayan visto previamente la de Robert Wiene, puesto que no se trata de una simple repetición sino de una interesante adaptación que reaprovecha ese tema para dar rienda suelta a otros igual de interesantes con la casi patética figura del Dr. Gogol como maestro de ceremonia.

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