Críticas

Los Intrusos [The Uninvited] (1944) de Lewis Allen

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Interesante film de terror salpicado de elementos de misterio y con una irresistible ambientación puramente inglesa. Roderick y Pamela Fitzgerald son una pareja de hermanos que se encaprichan con una misteriosa casa situada en un pueblo al lado de un acantilado y deciden comprarla. Su propietario, el Comandante Beech, se la vende a un precio bastante bajo pese a que su nieta, la joven Stella, se opone a ello porque esa casa le trae recuerdos sobre su madre, que falleció años atrás en circunstancias extrañas. Cuando la pareja de hermanos acude a su nuevo hogar, descubrirá aterrorizada que una extraña aparición habita con ellos: algunas habitaciones se llenan de un olor peculiar, sus animales se niegan a subir al piso de arriba y por las noches se oyen unos extraños lamentos. Todo esto está ligado con los extraños sucesos que tuvieron lugar ahí años atrás relacionados con la madre de Stella, su padre y su amante de origen hispano.

Los Intrusos más que ser una película de terror al uso sobre el típico tema de las mansiones encantadas, es un film que opta por un tratamiento más ligero pasando de escenas terroríficas a otras con un tono más amable e incluso a veces cómico para convertirse en su recta final en una obra de suspense y misterio. La pareja protagonista, Ray Milland y Ruth Hussey, contribuyen a ello al saber encontrar el tono adecuado para sus actuaciones, pasando libremente de momentos más humorísticos (sobre todo por parte de Milland) a otros más serios o tenebrosos sin perder por ello credibilidad.

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Como era de esperar, los mejores momentos son las escenas de terror, en que la magnífica fotografía en blanco y negro y el buen trabajo de dirección consiguen mantener al espectador en vilo sin necesidad de artificios. De hecho prácticamente no se ve nada, y ése es el gran acierto puesto que una de las normas más importantes del cine de terror es que nada da más miedo que lo que no se ve del todo, de esa manera será el espectador el que se imaginará cualquier cosa y se sentirá más inseguro por no saber a qué atenerse. Por muy logrado que sea el fantasma que se cree con efectos especiales o trucos manuales, es muy difícil que con el paso del tiempo no quede anticuado, sin embargo si éste no llega a verse nunca del todo y solo se insinúan ciertos detalles, el efecto se mantendrá vigente. En ese sentido, Los Intrusos es toda una lección de cómo aplicar esta norma. Aún hoy en día consigue inquietar y crear tensión basándose en su excelente fotografía, los juegos de luces y sombras (por ejemplo, cuando una habitación se ilumina repentinamente en mitad de la noche, un momento que impresiona por lo repentino e inusual que resulta) y el uso del sonido e insinuaciones sobre la presencia de seres paranormales sin dejar nada claro.
Por otro lado, aunque el tema hoy en día nos es más que conocido, en su época era una de las primeras películas que trataba directamente y sin tapujos un tema paranormal como éste, con sesión de ouija incluida.

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Cuando el film se decanta por la trama de misterio, pierde algo de fuerza al ser algo liosa y previsible en su desenlace si uno está mínimamente atento a los detalles, pero aún así resulta efectiva salvo quizás el desenlace final con una típica escena de ‘rescate al último momento’ algo forzada. No por ello, Los Intrusos deja de ser una película de terror remarcable y que nos demuestra cómo se puede crear tensión al espectador de forma refinada sin abusar de efectos o de sustos fáciles.

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Y la Nave Va [E la Nave Va] (1983) de Federico Fellini

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La película más infravalorada de la larga filmografía de Federico Fellini. La acción tiene lugar en 1914 cuando un barco de lujo parte para llevar las cenizas de la famosa cantante de ópera Tetua y lanzarlas en las costas de la isla en que ella nació. A bordo del barco viajan toda una serie de personajes respetables relacionados de forma más o menos directa con la cantante (compañeros de profesión, amantes, admiradores…) para presenciar el funeral.

Como es costumbre en el cine del director italiano, en Y La Nave Va apenas hay un argumento o conflicto claro, ya que lo que parece interesarle es recrearse en los personajes y las situaciones por los que éstos pasan durante el viaje. A partir de aquí, como sucede con la mayoría de sus obras, uno debe entrar en el juego de dejarse llevar fascinado por el mundo de Fellini y las esperpénticas escenas que éste nos muestra.

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Los primeros minutos de película son un maravilloso homenaje al cine mudo. Se nos muestran imágenes del puerto en blanco y negro en completo silencio mientras van llegando los protagonistas. De repente aparecen el sonido y el color. Se entregan las cenizas de Tetua al capitán del barco, los pasajeros suben a bordo y todos empiezan a cantar una emotiva ópera mientras la embarcación se dispone a abandonar el puerto. Si no les gusta este extravagante inicio, más les vale que dejen ya la película.

En Y La Nave Va nos encontramos con un Fellini ya maduro que domina de sobras su propio estilo, que no se corta ni un pelo en suspender la realidad siempre que hace falta en favor de cualquier idea que se le pase por la cabeza y que pueda funcionar en la película. La diferencia está en que esa libertad no la utiliza salvo en momentos muy puntuales que ya resaltaremos y el resto del film es bastante moderado dentro de lo que es su estilo. El reportero Orlando, encargado de narrar la crónica del viaje, nos sirve como hilo conductor entre los diversos personajes e historias, aunque de nuevo Fellini juega libremente de modo que tan pronto los personajes miran a cámara (enfatizando la idea de que estamos viendo lo que están grabando para un noticiario) como ésta se vuelve invisible. Una de las claves del film es este juego con lo cinematográfico y con la idea de narrar. Orlando se supone que es el narrador que se mantiene al margen de todo y que se dedica simplemente a explicar ante la cámara lo que va sucediendo, pero a medida que avanza el film él se va convirtiendo en un personaje más que participa en las acciones y que abandona poco a poco la costumbre de hablar a cámara, quizás porque es consciente de que no hay nada que explicar (como ya hemos dicho, no hay apenas conflicto o argumento) o simplemente porque no puede evitar implicarse en la acción.

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A la hora de definir a la tripulación, Fellini se sirve como es costumbre en él de toda una serie de personajes variopintos y caricaturescos entre los que se siente cómodo: dos ancianos maestros de canto que van acompañados de unas monjas; un tenor gordinflón siempre de buen humor al que le gusta llamar la atención; un ruso que hipnotiza a gallinas con su voz; el gran Duque de Austria, cuya apariencia física recuerda a un obeso niño gigante; un actor de comedia que se siente atraído por los marineros del barco; un misterioso jeque acompañado de su harén… A todos estos distinguidos personajes debería añadirse la fallecida Tetua, de la que solo vemos las bellas imágenes que proyecta su amante en un camerino pero cuya presencia sobrevuela todo el film, comenzando por el hecho de que su muerte es la excusa argumental por la que todos están reunidos. Curiosamente, cuando los personajes hablan sobre ella aportan informaciones absolutamente contradictorias que provocan que no podamos llegar a saber como era: uno dice que en los temas legales era muy inocente y que no quería saber nada de este tipo de papeleo, otro dice que se sabía los contratos legales de memoria; unos dicen que era una mujer que parecía muy segura pero que en el fondo era terriblemente insegura, otros dicen que era una mujer que parecía terriblemente insegura pero que en el fondo era muy segura. Al parecer, pese a que todos los presentes eran personas cercanas a ella, nadie parece conocerla de verdad y ni siquiera Orlando podrá ayudarnos al respecto, ya que de hecho parece más interesado en la tripulación que en la propia Tetua.

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Curiosamente, muchos de los episodios que conciernen a estos personajes acomodados suceden en lugares humildes, donde se mezclan con el mundo obrero. Fellini ya resalta con bastante gracia esa diferencia en la escena de la primera cena, en que contrasta la diferencia entre el ritmo acelerado y caótico de la cocina con el ritmo apacible y armónico del comedor. De hecho es en la cocina donde se produce la surrealista escena en que el ruso duerme a una gallina (y, por accidente, al propio Orlando) y otra en que los viejos maestros de canto interpretan un improvisado concierto con vasos de agua. Sin embargo el mejor momento tiene lugar en la caldera, donde los carboneros ruegan a los ilustres visitantes que les canten algo, dando lugar a un duelo de voces operísticas ante la asombrada mirada de los humildes obreros. Este contraste entre mundos se hará más obvio aún con la llegada de los náufragos serbios a bordo, provocando diferentes reacciones entre los pasajeros, desde indignación hasta pena. Parece como si Fellini quisiera remarcar que pese a que esta gente de clase alta viva en un mundo acomodado y lujoso es inevitable que acaben entrando en contacto con personas más humildes.

Otras escenas claramente fellinianas son la esperpéntica sesión de espiritismo (en la que la casual caída de un libro es interpretada como la presencia del espíritu de Tetua) y la entrevista de Orlando al Gran Duque de Austria mediante un traductor y que al final se acaba centrando en la traducción correcta de la breve frase que ha pronunciado el Duque y que uno asegura que quiere decir «borde de la montaña» y otro «boca de la montaña». De nuevo, al acabar la entrevista tenemos la sensación de que nos hemos quedado igual y que Orlando no ha conseguido ninguna información especialmente importante. Siguiendo la constante del film, a Fellini no le importa el qué sino el cómo, la respuesta del Gran Duque es bastante vacía pero da pie a una situación absurda semicómica de las que tanto le gustaban al director italiano.

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La única escena en que Fellini parece otorgar algo de dignidad y solemnidad a los personajes es cuando arrojan las cenizas al mar. Un momento absolutamente mágico y conmovedor coronado con un disco de ópera de la propia Tetua como banda sonora mientras sus cenizas se las lleva el viento. Incluso el charlatán Orlando mira emocionado a cámara y,por una vez, no encuentra palabras para describir el momento.

En general es un film totalmente felliniano en el que abunda un tono muy nostálgico. En aquella época Fellini estaba siendo testigo de cómo el mundo del cine iba perdiendo cada vez más terreno frente a la televisión, y él mismo describiría Y La Nave Va como una película de despedida al mundo del cine. Sigue presente su personal su sentido del humor y las situaciones absurdas, pero en general se desprende ese sentimiento nostálgico en contraste con otras películas del director.

Sin embargo, al final vuelve a sorprendernos con una última e inesperada pirueta que acentúa notablemente la relación entre la película y el mundo del cine al que hace homenaje. El barco es disparado por un acorazado austríaco (sin que se sepa exactamente por qué, para variar) y éste se hunde irremediablemente. Los pasajeros están entonando una ópera como al inicio de la película en homenaje a la fallecida, y no parece importarles el hecho de que el barco se esté hundiendo. Y es entonces, en medio de esta confusión, en el momento de mayor clímax de la película, cuando Fellini saca el último as de la manga y nos sorprende mostrándonos una panorámica del propio rodaje de la película en el que podemos comprobar cómo todo es una ilusión: los balanceos del barco que se hunde los provoca una estructura mecánica, el océano que llevamos admirando toda la película son tiras de tela o papel, todo es una ilusión, un truco que él mismo se encarga de desvelarnos (no en vano, al inicio de la película un personaje exclamaba admirado mientras contemplaba una maravillosa puesta de sol: «¡Qué maravilla! ¡Parece un decorado!»).

Sinceramente, aunque después de ésta haría al menos un par más de películas notables (Entrevista y Ginger y Fred), no puedo evitar pensar que estos últimos planos habrían sido el final perfecto para la filmografía de ese coloso del séptimo arte que era Federico Fellini. Aunque no sea su última obra, yo en cierto sentido siempre la he considerado como su emotivo testamento cinematográfico.

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Alma Rebelde [Jane Eyre] (1944) de Robert Stevenson

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Cuando uno se enfrenta ante la adaptación cinematográfica de un clásico de la literatura se topa con el problema de que es muy difícil que la película esté a la altura del original, y más cuando se trata de una versión que ha pasado por el filtro de Hollywood con lo que ello implica: aligerar la trama, simplificar los personajes, eliminar pasajes del libro, etc. Aún así, del Hollywood clásico han surgido muy buenas adaptaciones de clásicos como Anna Karenina (1935) de Clarence Brown o Cumbres Borrascosas (1939) de William Wyler, en que tuvieron el acierto de eliminar la parte final de la obra para no verse obligados a condensar todo en dos horas.

Jane Eyre de Charlotte Brontë tampoco era una novela fácil de adaptar manteniendo su espíritu original, pues la historia de una joven huérfana que acaba trabajando de institutriz para un misterioso noble del que se enamora daba para un melodrama sentimental bastante empalagoso. Por suerte, no es éste el caso. No en vano, en el guión colaboró gente como el prestigioso productor John Houseman o el novelista Aldous Huxley, y además partían no tanto de la novela como de la adaptación radiofónica que ya había hecho Orson Welles con el Mercury Theatre.

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Por otro lado, la elección de Joan Fontaine para encarnar a Jane Eyre no podía ser más acertada y evidente. Fontaine había logrado hacerse famosa gracias a su papel protagonista en la obra maestra Rebeca (1940) de Hitchcock, en la cual encarnaba a un personaje idéntico al de la novela de Charlotte Brontë: una joven huérfana e insegura que se acaba enamorando de un misterioso noble. Si tan bien se le dio el papel protagonista de Rebecca, todo indicaría que también haría un buen trabajo en Alma Rebelde (ya me perdonarán que use el título en español), pues no haría más que repetir exactamente el mismo papel.
El encargado de interpretar a Mr. Rochester fue Orson Welles, en uno de esos papeles alimenticios que le servían básicamente para disponer de dinero para sus próximos proyectos propios. Welles, un excelente actor, dota al personaje de más oscuridad aún que en el libro.

Con estos ingredientes, difícilmente podía salir una mala adaptación de Jane Eyre, y afortunadamente el resultado es favorable. Se conserva el espíritu de la historia y es fiel a la novela aunque obviando, claro está, algunos capítulos puesto que es demasiado extensa. Sin embargo, hay un aspecto negativo que le achaco como consecuencia de intentar sintetizar en menos de dos horas una novela tan extensa, y es que no acabo de ver que funcione la relación entre Jane Eyre y Mr. Rochester. En la novela, Brontë dedica muchas páginas a esta relación para que podamos comprender cómo Jane pasa de temerle a respetarle hasta finalmente amarle. En la película se sintetiza demasiado rápidamente su relación y choca un poco que pase tan repentinamente a amar a un hombre tan oscuro y éste a una joven que en principio desprecia. Aunque es imposible dedicar tanto tiempo como en la obra original a su relación, habría sido conveniente dedicar algunas breves escenas más para hacerla más natural y creíble.

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A cambio, el film goza de una muy buena dirección en que destaca la puesta en escena sobre todo en lo que concierne la mansión de Mr. Rochester, con esa tenebrosa niebla y esos interiores oscuros y misteriosos que enfatizan la idea de que hay algo oculto tras esos muros. En lo que se refiere al tenebroso personaje de la esposa oculta de Mr. Rochester, está tratado quizás de forma algo grotesca con esas risas siniestras típicas de locos de películas de terror, pero a cambio se tiene el acierto de no mostrar en ningún momento su rostro. Se recurre al viejo truco de dejar que el espectador imagine a partir de lo poco que se sugiere y de esa forma se mantiene ese aire misterioso que envuelve al personaje en la novela.
También destaca el trabajo de fotografía, patente por ejemplo en la composición de algunos planos bastante complejos en que Jane Eyre aparece en un primer plano mientras de fondo se ve al resto de personajes, como resaltando la distancia que separa esos dos mundos.

En conclusión, este Jane Eyre es una adaptación muy sobria y bien realizada que, sin ser una obra maestra, nos muestra una versión del Hollywood clásico de la novela de Charlotte Brontë sin pervertir el estilo de la novela original y sin caer en la tentación de convertirla en un melodrama romántico.

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Gente en Domingo [Menschen am Sonntag] (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

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Gente en domingo es una película que se recuerda mucho hoy en día sobre todo por los nombres que estuvieron involucrados en ella: Robert Siodmak junto a su hermano Curt, Edgar G. Ulmer, Fred Zinneman y Billy Wilder. Todos ellos emigrarían a Hollywood huyendo del horror nazi y emprenderían ahí una carrera cinematográfica con más o menos suerte: Curt Siodmak y Egdar G. Ulmer no fueron tan exitosos como sus compañeros (el primero fue guionista y el segundo director especializado en serie B con alguna pequeña joya escondida entre su filmografía), Robert Siodmak construyó una sólida carrera con un buen número de geniales películas de cine negro, Fred Zinneman tendría gran éxito con films como Sólo Ante el Peligro (1952) De Aquí a la Eternidad (1953) y sobre Billy Wilder… bueno, no creo que haga falta comentar nada.

Este film fue su interesante debut tras las cámaras, una película que fue más bien un trabajo colectivo pese a que en sus créditos figura como dirigida por Robert Siodmak y Ulmer y escrita por Billy Wilder.

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 La premisa de la que parte es muy interesante y se anticipaba en algunos aspectos al estilo neorrealista que llegaría a Europa más de una década después: los protagonistas los encarnan cinco actores no profesionales y la película se rueda en su mayor parte en las calles de Berlín. El argumento sobre el que gira es mínimo, es una excusa para reflejar a la clase obrera berlinesa disfrutando de sus actividades de ocio en un domingo cualquiera. Los protagonistas son dos hombres que quedan con dos chicas para pasar el domingo juntos: uno de ellos está casado pero no parece llevarse bien con su mujer, a la que deja en casa durmiendo; el otro intenta inicialmente seducir a la chica que conoció el día anterior, pero cuando ésta le rechaza él se lanza enseguida a por la amiga que vino simplemente como acompañante. Obviamente, al final de la cita habrá olvidado a las dos.
Pese a que los cinco protagonistas son actores no profesionales, cabe reconocer que hacen sus papeles con mucha soltura y credibilidad. Seguramente la personalidad que exhiben no sea más que un reflejo de la suya propia, y por ello no les supuso mucho esfuerzo hacer un buen trabajo.

Los creadores de la película se recrean ampliamente en el ambiente hasta el punto de olvidar en ciertos momentos a los protagonistas para convertirla brevemente en un documental del Berlín de la Alemania previa al desastre que estaba a punto de llegar. Si se tiene eso en cuenta, se hace extraño ver hoy en día con perspectiva histórica los rostros inocentes y felices de todos esos berlineses inconscientes de lo que estaba a punto de llegar. Por otro lado, a diferencia del gran documental sobre la capital germana, el soberbio Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927), en Gente en Domingo el estilo de dirección no es vanguardista y rompedor, sino más estilizado y clásico, más poético. Abundan planos idílicos de parques y playas repletos de niños jugando inocentemente desnudos, y también hay multitud de primeros planos que demuestran el interés que tenían por retratar a esos alemanes de clase trabajadora y humilde, de ofrecer primeros planos a rostros desconocidos (magnífica la pequeña escena del fotógrafo en que vemos las caras que van poniendo los retratados). En este marco el argumento relacionado con los cuatro protagonistas no es más que otra pequeña escena documental entre las que nos ofrece el film, son simplemente cuatro de los muchos rostros que pasan por la película. La diferencia respecto a otras películas alemanas de la época con voluntad realista es precisamente esta estética casi de documental, enfatizada en su mínimo hilo argumental.

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Gente en Domingo es además una de las últimas películas mudas alemanas importantes de la época. Cuando se estrenó, el cine sonoro ya había penetrado en el mercado alemán cambiando por completo la estética y el estilo de las nuevas obras que se realizarían. También es una de las últimas películas importantes que se realizarían antes de que la industria cinematográfica perdiera a muchas de sus figuras más destacadas, que emigraron a ponerse a salvo del nazismo. A partir de entonces, los cineastas más importantes de Alemania irían emigrando progresivamente a Francia y Estados Unidos. El realismo y la belleza de Gente en Domingo son el testamento de una Alemania que estaba a punto de sufrir una de las peores etapas de su historia.

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Fuego en la Llanura [Nobi] (1959) de Kon Ichikawa

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«Debe haber granjeros alrededor de ese fuego. Sé que es peligroso ir, pero sólo deseo ver por una vez gente normal.»

Una de las películas más duras y viscerales que he visto. Ambientada en las Filipinas durante la II Guerra Mundial, narra las desventuras del soldado japonés Tamura, que ha sido expulsado de su pelotón por estar débil y tuberculoso y que debe intentar sobrevivir por su cuenta.

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Fuego en la Llanura más que una película sobre la guerra, es una obra sobre la supervivencia, sobre el instinto que le lleva a Tamura a no cometer el suicidio que se había propuesto llevar a cabo y a seguir adelante por muy extremas que sean las condiciones en que se encuentre. En ningún momento vemos enfrentamientos bélicos, sólo soldados débiles, hundidos, asqueados y hambrientos, un ejército caótico y sin rumbo en que cada uno tiene un plan para seguir adelante: intentar llegar hasta otro batallón, rendirse a los norteamericanos, subsistir intercambiando tabaco por comida…

No se nos da ningún personaje heroico y totalmente positivo en el que apoyarnos. Todos actúan movidos por sus más bajos instintos: a Tamura le expulsan de su pelotón y su general le ordena suicidarse si le echan del hospital, en el hospital uno de los enfermos no admitidos intenta robar comida, cuando empieza el bombardeo los médicos huyen a toda prisa dejando completamente abandonados a sus pacientes, Tamura dispara sin motivo alguno a una indígena por puro nerviosismo e intenta hacer lo mismo con su acompañante, además posteriormente se dará cuenta de que no puede confiar en nadie porque puede ser traicionado en cualquier momento. Todos estos comportamientos llegan a su momento cumbre hacia la parte final de la película cuando los personajes se ven abocados a traspasar la última frontera: el canibalismo. En ese punto ya no son seres humanos, son animales en la jungla que intentan matarse entre ellos para sobrevivir.

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Sin embargo pese a la dureza de lo que está narrando, Ichikawa no se recrea en ella llegando a lo impactante y explícito. No nos muestra sangre en prácticamente ningún momento de la película ni tampoco insiste en la brutalidad de lo que sucede ante la cámara, ni nos hace compadecernos de los personajes, simplemente los muestra con absoluta frialdad. Se puede tomar por ejemplo una escena en que varios de los soldados japoneses son atacados por tanques norteamericanos. La escena del ataque es más bien breve y tan sólo muestra unas pocas muertes. A continuación, vemos un plano general con todos los cadáveres desperdigados pero sin acercarse a ellos mediante primeros planos. Vistos de lejos los cuerpos humanos parecen casi abstractos, totalmente despersonalizados. Es así como se ve en la guerra a las personas, como simples puntos que eliminar. Horas después, llega la ambulancia del ejército americano a atender a los supervivientes. Los enfermeros se dedican simplemente a manipular a los cadáveres como objetos, sacudiéndoles o dándoles un rápido vistazo antes de dejarlos caer en el suelo, para luego marcharse comprobando que no queda ninguno vivo.

A partir de esa escena, la presencia americana desaparece y los enemigos de Tamura pasan a ser sus propios compañeros japoneses, quienes no dudan en engañarle y aprovecharse de él. Éste es el momento culminante del film, con ciertas reminiscencias a El Tesoro de Sierra Madre (1948), cuando vemos a los personajes desconfiando mutuamente e incluso yendo a dormir a lugares apartados hasta acabar autodestruyéndose entre ellos.

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La grandeza de la película sin embargo no se encuentra sólo en su crudeza ya que debe destacarse además al magnífico reparto, todos ellos malnutridos expresamente durante el rodaje para que reflejaran mejor el estado de desesperación absoluta de sus personajes, llegando el actor protagonista a enfermar debido a que llevó esa política al extremo. También juegan un papel fundamental la fotografía en blanco y negro y por supuesto la dirección de Ichikawa, que en ciertos momentos le da un toque casi irreal a todo lo que estamos viendo.

Cabe recordar por último que hasta bien entrados los años 50, las películas bélicas estaban censuradas en Japón por motivos obvios, así que Fuego en la Llanura fue una de las muchas obras aparecidas en esa década que quisieron llenar ese hueco una vez levantada la prohibición y atreverse a reflejar el tema sin tapujos ni censuras, sin tópicos ni buenos ni malos (los soldados japoneses del film perecen tanto ante los americanos como ante sus mismos compatriotas). Aún hoy en día sigue siendo uno de los mayores alegatos antibelicistas de la historia del cine, una mirada descarnada que demuestra cómo la guerra ha reducido al ser humano al más bajo nivel hasta convertirlo en un monstruo.

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La Heredera [The Heiress] (1949) de William Wyler

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Nueva York, mediados del siglo XIX. Catherine Sloper, la hija del acaudalado cirujano Austin Sloper, está ya prácticamente condenada a la soltería de por vida debido a su tímida personalidad y la ausencia de cualidades que le permitan atraer a algún joven. Repentinamente conoce al atractivo y cortés Morris Townsend, que la va cortejando hasta pedirle la mano en matrimonio. Catherine se siente más feliz que nunca, pero pronto se encontrará con un problema: su padre se opone tajantemente a la boda porque sospecha que el señor Townsend no está interesado en su hija sino en la fabulosa herencia de 30.000 dólares al año que recibirá cuando él muera.

Uno de los más memorables melodramas de época filmados por el genial William Wyler. La historia es cierto que no se puede decir que sea muy original, pero el resultado es excelente. Wyler se basa en la perfecta descripción de los personajes para desarrollar el argumento sirviéndose para ello de un gran reparto y un cuidado guión. Al igual que en otros de sus más grandes dramas de época, como la magistral La Loba (1941), este aspecto es el pilar que sostiene el film y que le permite demostrar sus cualidades como director pese a las numerosas discrepancias que tuvo con la actriz protagonista, Olivia de Havilland.

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El gran acierto del guión creo que es la forma como perfila a cada personaje: el severo y rígido Dr. Sloper que sin duda muestra cariño a su hija pero, al mismo tiempo, siente cierto desprecio porque ella no se parece a su madre (a la que tiene tan idealizada que, como dice su hermana Lavinia, casi resulta irreconocible tal y como la describe); la inocencia e incluso estupidez de la pobre Catherine; el encanto natural de Morris (que es de esas personas que son tan amables y educadas que uno llega a desconfiar de ellas) y la algo atolondrada Lavinia haciendo su papel de Celestina. De hecho uno de los mejores aspectos del film es el personaje de Morris, puesto que nunca llegamos a estar seguros del todo sobre si realmente busca su dinero. Es tan sumamente encantador y dulce con ella que cuesta creer que sea tan buen mentiroso, pero todo nos apunta hacia ello. Sin embargo, Wyler insistió mucho en no darlo nunca a entender de forma directa, el convertirlo en un personaje ambiguo y no un simple estereotipo, y eso lo hace más creíble y enriquece el film. Sólo hay un par de momentos en que realmente confirmamos esta sospecha: cuando ella le propone casarse en secreto y le advierte que en tal caso perderá la herencia de su padre (la cara de él expresa su decepción) y cuando, años después de haberla abandonado y estando su padre muerto, vuelve a pedirle en matrimonio por segunda vez y, mientras ella va a buscarle un regalo, él se pasea por la mansión contemplando todo sin duda pensando en lo que va a ganar con esta unión.

Sin embargo, el personaje sobre el que se construye en buena parte el film es, claro está, Catherine. A través de este drama observaremos su proceso de madurez, cómo pasa de ser una joven inocente, tímida, insegura y torpe a una mujer consciente de su situación, dura e implacable. Su padre, sabiendo que su hija va a echar a perder su vida con un cazafortunas, no puede evitar echarle en cara lo que es en realidad: una joven poco agraciada, no muy inteligente y aburrida que no podría interesar a alguien como Morris. A esta decepción le seguirá otra: la de ser abandonada por Morris. Después de estos dos golpes propinados por los dos hombres de su vida, Catherine madurará repentinamente convertida en una mujer dura, vengativa y cruel que le niega consuelo a su padre en su lecho de muerte, y que se vengará fríamente del hombre que la engañó y al que seguramente aún ama.
De hecho lo curioso de Catherine es que después de saber que su padre tenía razón sigue odiándole por haber provocado indirectamente la pérdida de Morris. Desde su punto de vista, prefiere vivir engañada con Morris aún cuando éste la quiera solo por el dinero. Es decir, en lugar de caer en el tópico que dicta que tras descubrir la verdad debería volver a brazos de su padre, Wyler nos propone algo mucho más enfermizo y realista: aunque sabe que es un farsante, ella sigue enamorada de él, puesto que no puede eliminar ese sentimiento de forma tan rápida.

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Después de haber alabado tanto a los personajes, no puedo olvidarme de las grandiosas interpretaciones del reparto que acaban de redondear el film. Olivia de Havilland simplemente hace el papel de su vida, en la primera parte transmite esa inocencia (rayando la estupidez) y esa torpeza de una forma perfecta, para luego pasar a convertirse en un personaje frío e implacable de forma totalmente creíble. Montgomery Clift es el actor perfecto para encarnar a Morris, ya que sabe transmitir esa ambigüedad tan necesaria para el personaje. En cuanto a Raph Richardson, es junto a Olivia de Hallivand el gran ganador de la función. Hace el personaje totalmente suyo transmitiendo ese cariño y, al mismo tiempo, desprecio a su hija presente en sus diálogos tan lapidarios («¿Qué es lo que tienes tú que no tengan otras jóvenes aparte de un montón de dinero?«). Tampoco cabe olvidar a Miriam Hopkins como Lavinia, esa Celestina que aún al final del film cree que lo mejor para ella es estar con Morris. Resulta un personaje curioso puesto que sabe perfectamente que él la quiere por dinero, pero aún así cree que su sobrina debería casarse con él.

Aparte de todo lo mencionado, la calculada dirección de Wyler y una fantástica fotografía en blanco y negro, acaban de redondear el trabajo. Wyler se sirve de ese recurso tan habitual en él como es el uso de la profundidad de campo para resaltarnos el fondo de los planos, que a veces es tan importante como lo que hay en primer plano. El director prefiere confrontar a todos sus personajes en un mismo plano en detrimento del clásico plano y contraplano y ese recurso le sirve eficazmente para mostrarnos los conflictos entre ellos. Todos estos elementos hacen de La Heredera uno de los films más destacables de su carrera.

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Una Mujer bajo la Influencia [A Woman under the Influence] (1974) de John Cassavetes

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Mabel Longhetti es una mujer casada y con tres hijos que tiene un comportamiento bastante errático y extravagante, que por momentos roza la demencia. Su marido Nick, un trabajador de la construcción, va sobrellevando las irregularidades de su mujer hasta que un día no puede más y decide internarla en un hospital psiquiátrico.

Una Mujer Bajo la Influencia es una de las más célebres obras dirigidas por John Cassavetes, el padre del cine independiente americano. Cassavetes realizaba sus propias películas a espaldas de la gran industria y financiándoselas él mismo con lo que ganaba en su carrera como actor. Precisamente por eso, Cassavetes podía permitirse hacer un tipo de cine más difícil y arriesgado, puesto que sus propuestas serían absolutamente inviables en Hollywood. Su obra suele tratar los sentimientos humanos y las relaciones entre personas de forma cruda y directa. Evitaba ante todo dramatismos forzados y buscaba un realismo que huía del típico conflicto argumental para centrarse en la vida cotidiana y en esos pequeños momentos (o pequeños en apariencia) que rodeaban a sus personajes.

En esta película el punto de partida es la inestabilidad mental de Mabel, que no nos es mostrada como una loca sino más bien como una mujer con altibajos emocionales muy marcados y ciertos arrebatos extravagantes. Adora a su marido y sus hijos, y le encanta ser anfitriona en reuniones sociales, pero en sus continuos intentos por ser una buena madre y esposa a veces se excede y provoca situaciones violentas, como por ejemplo la comida de los compañeros de Nick en que avergüenza a uno de ellos insistiéndole para que baile con ella.

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Sin embargo, Nick tampoco es que sea un esposo ejemplar y de hecho grita y pega a su mujer con demasiada facilidad, es el estereotípico marido “macho” y temperamental, que ama a su mujer pero pierde los nervios con excesiva facilidad, lo cual sin duda empeora el estado de ella. En la escena final, en que una supuestamente recuperada Mabel vuelve a tener un arrebato de locura, los niños agarran desesperados a su padre para que no se acerque a Mabel, como si temieran que le fuera a hacer daño. Desde su punto de vista Nick es a veces más un peligro que una ayuda.

Aunque la gran protagonista del film es Mabel, Cassavetes también se preocupa por elaborar un retrato detallado de Nick, un hombre que intenta tener un hogar equilibrado pero es incapaz de dar ejemplo él mismo. Aunque la base argumental es la locura de Mabel, no resulta menos conmovedora la torpeza de Nick, su insistencia por crear momentos de «normalidad». De hecho las escenas en que se nos muestra cómo quiere a sus hijos lo que nos muestran es precisamente lo desastroso que es como padre, tal y como demuestra la escena en la playa en que se agobia intentando generar un momento idílico artificial y sólo lo consigue en el viaje de retorno dándoles sorbo de cerveza a sus hijos.

Su comportamiento con Mabel es similar. En aquellos momentos que son especiales y/o delicados para ella comete la torpeza de inundar la casa de gente: el día después de la presunta cena íntima a la que no pudo acudir se trae por sorpresa a todos sus compañeros para invitarles a comer, y cuando vuelve del hospital organiza una agobiante fiesta llena de amigos, compañeros y semidesconocidos (aún así cuando reducen la cena a una reunión de familiares cercanos, ella insiste en que se vayan todos para tener un momento íntimo con Nick). Su empatía hacia ella en ocasiones así es casi nula, pero nunca dudamos que lo hace con buena intención y que la quiere. Un detalle curioso: en todo el film Nick repite insistentemente que la quiere, pero cuando al final ella se lo pregunta después de la última crisis, él se ve incapaz de responder abrumado.

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Cuando al final la protagonista retorna de su estancia en el hospital descubrimos que la Mabel jovial y llena de vida de antes ha desaparecido, se ha convertido en una mujer muerta de miedo, fría y aburrida. Y es entonces cuando Nick descubre que él ama a la Mabel de antes, a la auténtica Mabel, aunque tuviera ese punto de locura. Resulta muy significativo que al poco rato de su llegada él no lo soporte más y se la lleve aparte para pedirle que vuelva a comportarse como antaño, como era ella, que repita sus extraños gestos de locura. Cassavetes, experto en diseccionar las relaciones y sentimientos entre personas, esboza aquí la gran contradicción de las relaciones maritales: uno quiere a su pareja por cómo es, pero al mismo tiempo desea cambiarla o adaptarla a sus gustos sin que deje de ser ella misma. Nick quiere a Mabel en gran parte por su extraña personalidad, y pretende quitarle ese punto de locura sin que deje de ser ella. Pero no es posible, porque lo que define a Mabel en gran parte es esa locura.

El estilo de Cassavetes hace que la historia tenga tal nivel de realismo que todo resulta creíble hasta el punto que parece como si los espectadores nos hubiéramos colado en la casa de los protagonistas y estuviéramos siendo testigos de sus miserias y conflictos personales. Sin embargo, Cassavetes huye por completo de los grandes conflictos en favor de lo cotidiano. Por ejemplo, cuando una desesperada Mabel acaba acostándose con un desconocido que conoce en un bar, Nick no se encuentra con él al volver a casa y de hecho ese episodio no vuelve a mencionarse salvo de pasada cuando su suegra hace referencia a ciertas infidelidades (jamás sabemos no obstante cómo lo ha sabido, ya que a Cassavetes eso le da igual). Tampoco se nos muestra absolutamente nada de la dura terapia por la que pasa Mabel en el hospital. Estos hechos en otra película aparecerían resaltados, pero al director y guionista neoyorkino no le interesan, lo que le quiere mostrar es cómo la vida cotidiana de Mabel y Nick se va deteriorando. Las escenas que en otras películas se resolverían en unos minutos, Cassavetes las dilata casi hasta mostrarlas en tiempo real, como por ejemplo la comida con los obreros a los que Nick invita a casa o la fiesta final para celebrar el retorno de Mabel. Son escenas largas en las que durante un buen rato no sucede nada, o mejor dicho, aparentemente no sucede nada, pero en esos diálogos triviales, en esos silencios, en esos gestos ocasionales y sin importancia se encuentra la clave de lo que busca Cassavetes.

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La dirección de Cassavetes le imprime al film un estilo casi documental con tanta eficacia que todo parece tan natural que puede parecer improvisado. En realidad Cassavetes y los actores trabajaban sobre un sólido guión, pero el director se encarga de que éstos se sientan cómodos y de que sus interpretaciones resulten naturales y fluidas. Los encuadres a menudo son estéticamente caóticos, la cámara sigue a los actores muchas veces cortándoles o filmándoles desde planos generales que no permiten dominar la acción del todo, no existe el plano-contraplano y abundan los breves desenfoques. Lejos de ser consecuencia de una realización descuidada, es el estilo que persigue Cassavetes en primer lugar para dar mayor libertad a los actores (que no han de estar atentos por el equipo técnico y centrarse en sus actuaciones) y en segundo lugar porque esta estética aumenta la sensación de realismo.

Sin embargo la marca de autor que más me gusta de Cassavetes son sin duda sus primeros planos cerrados que tanto abundan en esta película. Este tipo de planos hace que literalmente acabemos pegados a los personajes, sintiendo más aún la sensación de que estamos penetrando en su intimidad, en su mundo privado. Si hay una escena en que este recurso destaca especialmente es aquélla en que Mabel regresa de casa después de haber sido internada y entra en el comedor a ser recibida por sus hijos. En lugar de mostrarnos, como sería habitual, las caras de alegría de los niños y cómo abrazan a su madre, Cassavetes concentra la escena en un primer plano de la emocionada Mabel llorando. Esto hace que la escena sea aún más intensa y emotiva y concentre el punto de vista únicamente en Mabel. También son inolvidables los primeros planos de Mabel acostando a los niños en sus camas, de una pureza inaudita y en que de nuevo la dirección de Cassavetes acentúa aún más la sensación de intimidad.

A todos estos logros cabe añadirles las magníficas interpretaciones de dos habituales del cine de Cassavetes como Peter Falk (fantástico) y la esposa del director, Gena Rowlands (soberbia), además de unos buenos secundarios entre los que se encuentran las madres de Cassavetes y de Gena Rowlands, que resultan suficientemente creíbles como para que uno no sospeche que no son actores profesionales, sobre todo la señora Cassavetes.

Como ya hizo y seguiría haciendo a lo largo de su filmografía, en Una Mujer bajo la Influencia Cassavetes esbozó uno retrato crudo, sincero y certero de las relaciones humanas con auténtico realismo. Y como sucede en el mundo real, no se nos aporta un final cerrado o una respuesta a los problemas que se presentan, simplemente la vida continúa y Mabel y Nick seguirán juntos pese a que esos problemas sigan estando presentes.

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Noche en la Tierra [Night on Earth] (1991) de Jim Jarmusch

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Después de unas cuantas películas que le dieron a conocer como uno de los cineastas independientes americanos más reputados de los 80, Jim Jarmusch realizó en 1991 la que era sin duda la obra más ambiciosa de su carrera hasta el momento. Se notaba que su nombre ya comenzaba a darse conocer poco a poco y que contaba con mucho más presupuesto del que tenía en sus anteriores proyectos. En Noche en la Tierra no sólo se permite contar con una actriz de renombre como Gena Rowlands (además de una Winona Ryder que aún no era tan célebre como hoy en día pero ya se estaba dando a conocer), sino que las cinco historias que forman el film suceden en cinco ciudades distintas: Los Angeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki.

Como ya iba siendo habitual en el cine de Jarmusch, la película está compuesta de varias historias unidas por un hilo común, en este caso todas suceden una noche al mismo tiempo y en taxis. El motor es casi siempre la relación entre taxista y pasajero, que se ve reforzado por la capacidad que tiene el director de saber escoger los actores adecuados para cada historia. Sin embargo, también cabe decir que no sólo era su película más ambiciosa hasta el momento, sino también la que más se acercaba al cine convencional. Jarmusch siempre había sido un defensor del cine de los tiempos muertos, de basar sus films en momentos que otros cineastas ignorarían por irrelevantes. Sus películas estaban llenas de largos planos en los que los diálogos a menudo no desembocaban a nada, simplemente eran los instantes que le interesaba capturar al director y guionista. En Noche en la Tierra es cierto que sigue habiendo un poco esta tendencia, pero en las historias uno encuentra claras moralejas o gags totalmente buscados que antes no existían o, como mucho, eran esbozados muy levemente. De todos modos no pretendo insinuar que esto sea un elemento negativo de por sí, y más cuando el resultado final es más que notable.

La primera historia es mi favorita de todas en gran parte por la genial pareja protagonista: Gena Rowlands y una formidable Winona Ryder en un papel de esos que todo buen actor agradece porque es vistoso y permite lucimiento propio. Ryder interpreta a Corky, una joven que conduce un taxi caótico y desordenado como ella misma (impagable el detalle de la cajetilla de cigarros enganchada en el techo y el chicle que deja pegado en la puerta). Pese a ser bajita y delgada es desenvuelta, atrevida y con una fuerte personalidad. Rowlands es Victoria, una importante mujer de negocios que se dedica a seleccionar cástings de películas. Durante el viaje en taxi, Victoria pasa de sentir cierto temor o desconfianza hacia Corky a acabar cogiéndole algo de cariño e incluso proponerle que participe en un papel que le vendría como anillo al dedo. Corky, ruda y de comportamiento casi varonil, en el fondo acaba siendo otra mujer como ella que desea tener una vida estable con un buen marido y muchos hijos. Cuando al final del viaje Victoria le proponga hacerle estrella de cine, Corky no aceptará su proposición simplemente porque ella es una taxista que quiere ser mecánica, lo de ser estrella del cine es algo que no le va. Aunque la moraleja es muy obvia para mí no deja de ser válida y muy bien planteada.

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La siguiente historia, que tiene lugar en Nueva York, sería mi otra favorita. Yoyo es un negro que busca desesperadamente un taxi que le lleve a Brooklyn, y el único que accede a transportarle es un emigrante alemán llamado Helmut que no tiene ni idea de conducir. Al final será Yoyo el que lleve el taxi mientras Helmut se queda de copiloto. De todas las historias de la película, creo que es la que más mantiene el estilo de sus obras anteriores al basarse únicamente en la relación entre dos personajes dispares y excéntricos y contener diálogos de besugos muy típicos en el cine de Jarmusch. El entrañable Helmut encarna al típico personaje bondadoso y que se encuentra fuera de su territorio, ajeno por completo a lo que sucede a su alrededor. Cuando Yoyo obligue a su cuñada a subir al coche y ambos comiencen a insultarse, el afable alemán no parecerá darse cuenta de lo que sucede y repetirá fascinado los insultos que se dedican el uno al otro seguramente inconsciente del significado de estas palabras. Una vez deje a sus pasajeros, se perderá por las calles de Nueva York intentando volver a su punto de origen mientras contempla fascinado el caos de la ciudad.

Cambiando de continente, la tercera historia se sitúa en París y tiene como protagonista a un taxista de origen africano que, después de una mala noche en que dos pasajeros también negros se han burlado de él, acoge a una mujer ciega confiando que ésta no le dará problemas. Al contrario, en lugar de la apacible y mansa ciega que esperaba, se encuentra con una mujer malhumorada que no duda en increparle en todo momento. Él, creyéndose ahora en ventaja, le pregunta sobre cómo es ser ciega. Y aunque los diálogos son bastante buenos, la historia no deja de parecerme demasiado simplista con la típica moraleja de «el ciego que en realidad conoce mejor el mundo que el que tiene vista». Además, para remarcar la moraleja, Jarmusch hace que al final el taxista tenga un accidente de tráfico con otro coche. El conductor del otro vehículo le increpa entonces «¿Pero es que estás ciego?«. Demasiado evidente y con poca miga. No está mal pero no me acaba de calar.

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El episodio situado en Italia tiene como protagonista absoluto a Roberto Benigni haciendo de un alocado taxista que conduce por la ciudad a toda velocidad y entrando en calles en contra dirección, una manera de parodiar el estilo de conducción tan alocado de los italianos. El taxista acogerá a un sacerdote y se empeñará en confesarse en el taxi dándole a conocer todos sus pecados sexuales (que incluyen adulterio con su cuñada y violaciones de calabazas y ovejas), sin darse cuenta de que su pasajero ha sufrido un ataque al corazón y ha muerto. Esta historia se basa totalmente en la interpretación del histriónico Benigni, a ratos gracioso, a ratos algo cansino. Su interminable verborrea alterna momentos realmente divertidos con otros más payasescos que a mí personalmente me cargan un poco y que estoy seguro de que fueron escritos o improvisados por el mismo actor. Aún así es una historia simpática que resulta graciosa en el concepto (un taxista confesando todas sus perversiones sexuales a un sacerdote en un taxi) y tiene pequeños detalles muy buenos. Por ejemplo, después de haber confesado sus relaciones sexuales con calabazas y ovejas habla del encuentro que tuvo con su cuñada comparando su piel con la de una calabaza y la textura de su ropa con la de una oveja, de manera que parece que sigue obsesionado sexualmente con esos dos objetos eróticos. Sin encantarme, me deja un buen sabor de boca este acercamiento de Jarmusch a la comedia pura y dura, y aunque pueda ser algo cargante, no se puede negar que Benigni hace un papel divertido.

Finalmente, la historia que tiene lugar en Helsinki me deja una sensación extraña puesto que por un lado no tiene una moraleja o intencionalidad clara como las de Los Angeles, París o Roma, pero tampoco me acaba de convencer. Un taxista recoge a tres hombres borrachos y cuando pregunta cómo se encuentra uno de ellos que está dormido le narran todas las desgracias que le han sucedido al pobre hombre en el transcurso del día. El taxista lejos de sentir demasiada pena les cuenta entonces su dura experiencia personal relacionada con una hija prematura que perdió al poco de nacer para darles a entender que todos tenemos nuestras propias desgracias. Al llegar al destino la pareja siente tanta pena por él que olvidan por completo a su compañero. El taxista le despierta, le pide fríamente el dinero y le deja abandonado en la calle. Este final tan seco ya me encaja más con el estilo de Jarmusch, pero la historia en conjunto me parece pobre al basarse demasiado en los intercambios de diálogos, siendo por tanto muy poco cinematográfico y no conteniendo frases demasiado brillantes. La más floja junto a la de París.

En conjunto, Noche en la Tierra quizás no sea tan homogénea en calidad como obras anteriores como Mistery Train (1989) o Down by Law (1986), pero al mismo tiempo creo que en sus dos primeras historias se encuentran algunos de los mejores momentos de su filmografía y el balance final es positivo. Tanto por la magnitud del proyecto como por el estilo, Noche en la Tierra es además el paso definitivo de Jarmusch de un cine más minoritario y alternativo a hacerse un nombre que si bien no es popular entre el gran público (al fin y al cabo nunca ha dejado de hacer cine independiente) sí que le ha dotado de un reconocimiento bastante justo hasta nuestros días en círculos cinéfilos.

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Lluvia [Rain] (1932) de Lewis Milestone

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Basada en una obra teatral de W. Somerset Maugham, Lluvia tiene lugar en la isla hawaiana de Pago Pago, donde una serie de personajes se ven obligados a permanecer durante unos días mientras esperan que un barco pueda recogerles. Entre estos personajes destaca el misionero Davidson (acompañado de su mujer) y la joven Sadie, una mujer que se pasa la vida en compañía de hombres y en busca de diversión. No tardará en aflorar la tensión entre ambos personajes hasta el punto de que el misionero intentará repatriar a Sadie de vuelta a los Estados Unidos para que siga el camino correcto.

Pese a la prometedora premisa, Lluvia es un olvidable film que sólo destaca por dos aspectos. En primer lugar tenemos el buen trabajo de Lewis Milestone tras la cámara retratándonos ese paisaje tropical tan asfixiante, el marco perfecto para un argumento lleno de tensión. Aunque no se encuentre entre sus mejores trabajos (sin ir más lejos sus anteriores films fueron la obra maestra Sin Novedad en el Frente y la memorable Primera Plana), cumple con su labor con eficacia.
En segundo lugar está el genial duelo interpretativo entre Walter Huston y Joan Crawford, dos de las más grandes estrellas de su momento que hacen que sus personajes rebosen fuerza y personalidad. Huston está excelente como siempre interpretando a un misionero que cree en la palabra de Dios pero que al mismo tiempo es implacable y no tiene nada de compasión, consigue resultar odioso pero que al mismo tiempo entendamos su forma de actuar y sus principios aunque no los compartamos. En cuanto a Crawford, hace una magnífica interpretación que transmite la ambivalencia de su personaje: duro por fuera en su manera de tratar con los hombres y pelearse con los misioneros, pero al mismo tiempo inestable por dentro como bien lo refleja la facilidad con la que pasa del insulto a pedir disculpas e implorar por compasión.

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El defecto de la obra está en que la evolución de los personajes es demasiado repentina. La forma como Sadie pasa a tener el cerebro lavado por los discursos del predicador es tan súbita que cuesta algo de creer, aunque cabe reconocer que la escena en que se nos muestra es excelente. Después de una acalorada discusión, el predicador empieza a recitar el Padrenuestro ignorando a la joven hasta que ella de repente le observa con una mirada extraña hasta acabar arrodillándose y acompañándole en sus oraciones. No sabemos qué le lleva a dar ese paso pero la formidable actuación de Crawford hace creíble la escena, que está rodada en un largo plano sin corte que nos permite ver como ella va poco a poco cayendo hasta convertirse milagrosamente.
Así mismo el final está bastante pobre y precipitadamente resuelto, seguramente la censura tuvo mucho que ver en ello, pero aún así no me parece una resolución satisfactoria.

Salvo la dirección y la soberbia pareja protagonista, el film resulta bastante vulgar y en ocasiones aburrido. Hay demasiados diálogos que delatan su origen teatral y que provocan que le falte ritmo. Se intuyen buenas ideas referentes a la religión (por ejemplo, cuando un personaje comenta amargado cómo los aborígenes salvajes viven felizmente en armonía hasta que llegan los misioneros a predicarles el cristianismo haciéndoles sentir culpables y desgraciados) pero tampoco se profundiza en ellas. El resultado acaba siendo bastante pobre y salvable sólo gracias a la labor de Milestone, Huston y Crawford.

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Ascensor para el Cadalso [Ascenseur pour l’Échafaud] (1958) de Louis Malle

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Louis Malle es uno de esos directores franceses a los que se suele asociar con la Nouvelle Vague, ya que empezó su carrera cinematográfica prácticamente al mismo tiempo que muchos de los cineastas de este movimiento y además hacía un cine de autor con bastantes puntos en común con ellos. Pero en realidad Malle siempre fue por libre y nunca buscó adherirse a ninguna corriente, y de hecho a mí personalmente me gusta más que los grandes nombres de la Nouvelle Vague (sin ánimo de menospreciarlos). Su filmografía abarca una interesante variedad de géneros y estilos como películas de cine negro como la que voy a comentar a continuación, comedias alocadas y surrealistas (Zazie en el Metro), dramas existenciales o psicológicos (Un Soplo en el Corazón), films sobre la ocupación nazi (Lacombe Lucien, Adiós Muchachos) y alguna que otra obra simplemente inclasificable (El Unicornio, que no sabría decir si es ciencia ficción o simplemente una paranoia surrealista a secas).

Ascensor para el Cadalso fue su primera obra de ficción, una peculiar aproximación al cine negro, estilo que gozaba de especial éxito en Francia. El argumento inicial es típico del género: Florence y Julien Tavernier son dos amantes que han urdido un plan perfecto para asesinar al acaudalado marido de ésta, que es además el jefe de él. Un sábado por la tarde, cuando no queda casi nadie en las oficinas en que trabaja Julien, consigue que una secretaria permanezca ante su puerta para proporcionarle la coartada perfecta de que en ningún momento ha salido de su despacho. A continuación, escala desde su terraza con la ayuda de una cuerda y un gancho al despacho de su jefe, al que asesina de un disparo para luego dejar la escena como si hubiera sido un suicidio. Sin embargo, cuando sale del edificio contento por haber cometido el crimen perfecto, descubre horrorizado que se ha olvidado la cuerda y el gancho. Vuelve corriendo para recuperar esas pruebas delatoras pero justo cuando sube a su piso por el ascensor el portero apaga la luz y él queda atrapado dentro.
Aunque es habitual que en mis reseñas comente algún que otro spoiler, en este caso recomiendo al lector que sienta algún interés por ver la película que deje de leer, puesto que en esta obra resulta de mucha importancia el ir descubriendo durante el visionado cómo se van sucediendo los diferentes acontecimientos.

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Ascensor para el Cadalso es prácticamente una oda a la mala suerte o a los designios del azar. Si una de las constantes del cine negro siempre ha sido el cómo los crímenes supuestamente perfectos se acababan truncando debido a una serie de infortunios imprevistos, en esta película esa premisa se explota hasta un punto que puede parecer ya casi irónico.
Desde el momento en que Julien descubre que ha cometido el imperdonable error de olvidar de desenganchar la cuerda en la terraza, todo sale mal para nuestros protagonistas. No sólo él se queda encerrado en el ascensor sino que su coche es robado por una pareja de jóvenes: una especie de delincuente juvenil de poca monta llamado Louis y su novia Veronique. Cuando ambos pasan por el bar donde Florence espera a Julien, ésta reconoce el coche de su amante y ve que en el asiento del copiloto viaja una joven, por lo que deduce erróneamente que Julien le ha abandonado. A partir de aquí la trama se enreda a niveles insospechados sin que ninguno de los personajes sea consciente de ello. La pareja de jóvenes conoce a un amistoso matrimonio de turistas alemanes con los que beben champagne en un motel. Louis se hace pasar por Julien y alardea de sus logros en la guerra, pero lejos de engañar al alemán, éste le desenmascara enseguida y se burla de él hiriéndole en su orgullo. De madrugada, los dos delincuentes deciden huir y Louis se empeña en robar el lujoso coche de los alemanes, pero es descubierto por su dueño y le mata a él y su mujer disparándoles con la pistola de Julien.

En este punto de la historia la trama está tan enredada que cabe pensar detenidamente para entender todo: Julien va a ser condenado por un asesinato que no ha cometido al haber sido robado su coche mientras estaba en el ascensor; mientras que Florence, apática y desencantada creyéndose engañada por su amante, accidentalmente aporta a la policía una prueba falsa de su culpabilidad. Cuando Julien salga del ascensor al día siguiente sin ser visto, la policía encontrará el cadáver de su jefe y en ningún momento pondrán en duda que ha sido un suicidio (por tanto su crimen ha sido perfecto, de hecho no tendría ni por qué haber vuelto a por la cuerda), pero a cambio será acusado de un absurdo asesinato del que ni siquiera tiene noticia. Cuando es detenido se ve obligado a reconocer que pasó la noche encerrado en el ascensor, irónicamente para exculparse de un crimen debe aportar una coartada que lo implica directamente en otro.
Para añadirle un punto más de patetismo, la deplorable pareja de jóvenes delincuentes deciden suicidarse juntos como unos Romeo y Julieta para que no les separe la policía y les ejecuten por separado. Ella cree románticamente que aparecerán en los periódicos al día siguiente y que cuando lean su historia «todos les comprenderán«. Al final ni aparecen en los periódicos ni mueren, ya que tomaron una dosis muy pequeña.

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A estas alturas me parece obvio que Malle se está burlando de los personajes y casi ironizando sobre las convenciones del género. Si bien en el cine negro es habitual que se interpongan impedimentos al plan de los criminales, en Ascensor para el Cadalso todo lo que sucede es casi absurdo. El protagonista, que tanto cuidado había puesto en cometer un crimen que esperaba que no sería descubierto, es acusado de otro del que no tiene nada que ver y en el que todas las pruebas apuntan hacia él (¡hasta los testigos creen reconocerle!). Si en el cine negro a veces los criminales se ven obligados a matar a gente que se interpone en sus planes (soplones, testigos, chantajistas…), aquí la joven pareja acaba matando a un inofensivo matrimonio de turistas que además les habían acogido con toda bondad y sin tener ningún motivo para hacerlo, el colmo de los absurdos. De hecho la escena en que se intentan suicidarse solemnemente («la música continuará pero nosotros moriremos«) para luego acabar simplemente dormidos ya indica ese nivel casi paródico que planea sobre el film. Sus comportamientos intentan ser heroicos y serios pero son cómicos. Y aún así Malle no recalca esa comicidad, de hecho la forma como realiza el film sigue todas las convenciones estéticas del cine negro y le da un tono serio, de manera que si uno no se pone a pensar fríamente en el contenido podría pensar que está viendo otra película más del género. Ésta es una de las grandes virtudes del film, que adopta el estilo de cine negro pero en lugar de limitarse ahí, va algo más allá expandiendo levemente sus fronteras con situaciones casi surrealistas.

La fantástica fotografía en blanco y negro, la sobria y eficaz dirección de Louis Malle y la sugerente banda sonora de Miles Davis (que fue improvisándola a medida que veía la película en un estudio) arropan al film dotándole de un estilo elegante irresistible. Del reparto para mi gusto destaca la grandísima Jeanne Moreau, que, pese a no tener tanto protagonismo como los otros tres personajes principales, su sola presencia y la mirada de tristeza y desolación que transmite hacen que uno no olvide su actuación.

A destacar esos preciosos planos nocturnos de las calles de París en los que ella vaga sin rumbo confiando poder encontrar a Julien, negándose a creer lo que ha visto. Así mismo me encanta la escena final en que vemos las fotografías que consiguen inculpar tanto a la joven pareja como a Julien y Louis. El último plano de la película es una fotografía de los dos (en la película no les hemos visto juntos en ningún momento) en la que aparecen sonriendo felices. La fotografía, que se está revelando en el laboratorio, va poco a poco oscureciéndose hasta desaparecer la imagen. Cuando se evapora esta fotografía, que simbolizaba la felicidad a la que aspiraba la pareja de amantes, se evapora también la posibilidad que tenían de hacerla realidad.

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